Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 6 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Iv

CAPÍTULO IV

LA intensa niebla cubría las calles de Bruselas y una fina lluvia convertía en irreal y prácticamente invisible cada uno de sus rincones. El tacto de la empuñadura de su espada le otorgaba una vez más una seguridad que lo convertía en un enemigo ciertamente peligroso. Por eso se aferró a ella bajo la capa, sabedor de que jamás le traicionaría, que estaría ahí dispuesta a convertirse en un apéndice de su cuerpo y zanjar en un instante cualquier peligro. Nunca había sido un gran esgrimista y lo sabía, pero no le importaba porque siempre, en el momento preciso, ante el temor a la muerte, su velocidad le arrojaba a la acción vertiginosamente y, antes de que su enemigo pudiera siquiera afrontar el ataque, se abalanzaba sobre él y terminaba el combate de una sola estocada.

Álvaro de Ovando, embozado hasta los ojos, aprovechó la oscuridad para adentrarse en los callejones de la zona vieja y acudir a la cita a la que misteriosamente le había convocado el propio general Spínola.

Aquellas calles empedradas y señoriales le recordaban vagamente a la lejana Cáceres, con sus palacios y casas adornados por los escudos de los Golfines, los Ojalvo, los Pereros, los Carvajales, los Ovando...

Instintivamente se tocó el bolsillo de su chaleco donde guardaba escondida la carta lacrada que le había hecho llegar el escribano del general esa misma mañana y se preguntó si no hubiera sido mejor destruirla.

Pasó ante la catedral, cuyos pináculos renacentistas buscaban los cielos desapareciendo en la niebla como puentes hasta el infinito. Más allá, cruzó dos calles empedradas hasta dar con una escalinata que bajó con sumo

cuidado. Vaciló ante una nueva bifurcación, pero la señal de una madreselva trepando por un muro le valió como indicación inconfundible de su destino.

Por fin llegó a las puertas del Palacio de piedra indicado en el mensaje. En su exterior tenía un escudo que no supo distinguir a causa de la niebla, cada vez más espesa. Golpeó cinco veces seguidas la puerta de madera utilizando un picaporte de bronce con forma de sirena. Al pronto no sonó nada.

Después se abrió una puerta lateral de la que emergió un hombre con un candil de aceite que le hizo indicaciones para que le siguiese, internándose por un laberinto de pasillos hasta el corazón del grandioso edificio.

Llegaron a una enorme biblioteca donde cientos de libros reposaban perfectamente ordenados sobre las estanterías de madera de haya que tapizaban las paredes. No había nadie en la estancia, y el criado le indicó que esperase mientras encendía dos faroles de aceite que iluminaron escuetamente la habitación.

Durante algunos minutos, Álvaro de Ovando esperó paciente con el convencimiento de que el general quería hacerle saber algún secreto y buscaba la discreción más absoluta, aunque no pudo evitar acariciar su espada y la daga que escondía bajo el antebrazo izquierdo y que desenfundaría en segundos si surgía el peligro de entre aquel laberinto de libros. “¿Quién puede tener tiempo para leer todo esto?, se preguntaba cuando sonó un chasquido a su espalda que le hizo volverse a la vez que desenfundaba su daga. Frente a frente se encontró con el general, elegantemente vestido con camisa bordada con ribetes de oro, chaleco militar cruzado y calzas de seda, quien sonrió al comprobar la velocidad de reflejos del oficial Ovando. Una de las estanterías de libros había girado parcialmente y daba entrada a otra estancia de donde había salido Spínola.

Le acompañaban tres hombres, también ataviados con exquisitos ropajes de lino y seda y capas de rico terciopelo azul oscuro rematadas con bordados de oro.

—No temáis oficial, estáis entre amigos y patriotas —dijo el general tranquilizando a Álvaro de Ovando mientras le indicaba los sillones acolchados que se encontraban alrededor de una mesa en el centro de la estancia.

Todos se sentaron sin ningún protocolo, mientras Spínola abría las puertas de uno de los armarios y sacaba una botella de vino de rioja y unos vasos.

—Oficial, —dijo sin preámbulos mientras servía el vino en los vasos a sus invitados— Estos señores son don Manuel Sueyro y don Gabriel de Roy de la Compañía Comercial de Flandes, que tiene su base en Sevilla, y don Enrique Van Der Bergh, mi segundo y hombre de confianza. Señores, tengo el gusto de presentarles a Álvaro de Ovando, un hombre de mi entera confianza que demostró su valor e hizo honor al apellido de su familia bajo mi servicio en Breda.

—¿La Compañía Comercial de Flandes? —preguntó inocentemente Ovando, quien desconocía los entresijos y entidades que había creado la administración real.

—La Compañía —explicó el marqués de los Balbases— fue fundada hace meses en Sevilla por el Almirantazgo con el fin de combatir los intereses comerciales de los holandeses, poder frenar de ese modo la financiación de las tropas enemigas y poner fin a esta maldita guerra. Hace tiempo que hice saber personalmente a don Gaspar de Guzmán, tercer Conde de Olivares y primer Duque de San Lúcar y, como sabéis, ministro del Rey, que en mi opinión jamás ganaríamos esta guerra con las armas si no conseguíamos terminar con el comercio holandés, sitiar sus rutas y hacernos fuertes en su propio terreno, mejorando nuestra flota y garantizando la llegada de refuerzos y víveres a través del Atlántico. Hasta ahora hemos hecho importantes progresos con nuestros corsarios de Dunkerque, quienes siguiendo mis órdenes asaltan tanto a grandes navíos como a los barcos pesqueros. Pero no somos los únicos que pensamos así.

De hecho, el señor Gabriel De Roy, aquí presente, quien ha sido designado para realizar en Lübeck una importante misión, ha venido a informarnos de un peligroso comentario que ha llegado a sus oídos...

Spínola dejó la frase entrecortada mirando al recién mentado para que éste prosiguiera, mientras daba un pequeño trago al rioja de su vaso, degustando el cuerpo de un vino que le traía recuerdos de las viñas de su tierra natal.

—En realidad mi información procede de un comerciante de S

´Hertogenbosch a quien detuvimos hace diez días con un cargamento de armas proveniente de Inglaterra con destino al ejército holandés —explicó De Roy con un innegable acento extranjero— Tras hacerlo hablar en el potro, el comerciante nos dijo que un oficial del ejército le prometió que muy pronto iban a pagarle todas las deudas que le tenían pendientes con plata española de las minas del Perú.

—La misma que llega a España en los galeones y que sufraga los gastos de nuestros soldados, lo que supondría que están planeando atentar a gran escala contra nuestra flota y abordarla en sus rutas hacia España para poder hacer frente a sus cuantiosas deudas— intervino Manuel Sueyro mostrando un acento holandés todavía más patente que el de su compañero.

—El comerciante —prosiguió De Roy— tachó de mentiroso al oficial al recordarle la derrota que las naves españolas habían inflingido a la flota holandesa en Bahía, y fue entonces cuando el oficial holandés le dijo que ahora la cosa iba a cambiar, que tendrían junto a ellos como aliados al país que contaba con la armada más poderosa del mundo, y que esta vez no iba a suceder en las tierras de ultramar sino en las mismas tierras de España. No conseguimos sacar al comerciante el lugar donde planean desembarcar ingleses y holandeses, porque probablemente el desdichado tampoco lo supiese. Pero no es difícil imaginar que intentarán entrar por el sur, cerrando así el paso a los galeones que llegan cargados con los tesoros de ultramar y al mismo tiempo atacar las posiciones españolas en los principales puertos del caribe, especialmente La Habana.

—Tras conocer la noticia, enviamos un correo urgente al Conde-Duque para que pusiera en sobre aviso a nuestro Almirantazgo, ya que el desabastecimiento de las tropas y la falta de paga que acusamos en los últimos tiempos podría suponer una catástrofe y deserciones en masa si ocurriese tal como planean nuestros enemigos —dijo entonces Spínola, mientras volvía a llenar las copas de rioja demostrando su grata diligencia como anfitrión— Esta mañana ha llegado un correo de Madrid con una carta de puño y letra del propio Olivares, en la que nos confirma que ha dado órdenes urgentes a don Fernando Girón para que extreme la vigilancia en Cádiz, donde se encuentran ya fondeados y listos para el combate más de

una docena de galeones de la armada de Fabrique de Toledo que han participado en la expedición a Brasil, además de otros navíos de menor tonelaje, e incluso barcazas de pescadores desde donde se llevan a cabo maniobras de vigilancia de la costa. En su misiva también me ha confirmado que, durante los últimos meses, los corsarios holandeses e ingleses han multiplicado sus ataques contra los galeones españoles, hundiendo al menos veinte navíos en lo que va de año y dando muerte a más de quinientos hombres entre marineros y soldados.

—Sabemos que, probablemente, una ofensiva contra las tierras españolas tiene pocas probabilidades de éxito —explicó De Roy, mientras tanto Spínola como Sueyro mostraban su conformidad con sendos golpes de cabeza— Sin embargo, si los holandeses apoyados por los ingleses atenazan nuestras rutas comerciales será francamente difícil mantener nuestras tropas por mucho tiempo, la ofensiva comercial será un fracaso y la guerra estará sentenciada.

—Don Gaspar de Guzmán tiene una excesiva confianza tanto en mí como en el Ejército de Flandes —dijo retomando la palabra el general tras un largo sorbo de vino— pero vuestra merced conoce tanto como yo el ánimo de nuestras tropas y, pese al optimismo del valido del Rey, sin una buena paga que les motive nuestros soldados no seguirán arriesgando la vida en una empresa que día a día se convierte en más peligrosa. Por eso, no es de locos afirmar que la campaña de Flandes se disputará en tres frentes bien diferenciados, el primero aquí, siguiendo nuestra política de asedios y estrangulamiento comercial, el segundo en la costa, donde ya se han tomado medidas especiales para que no nos coja desprevenido un ataque, y el tercero en ultramar, de donde provienen los millones de ducados con los que pagar a nuestras tropas y sostener los ejércitos del Rey.

—La ofensiva contra nuestras colonias es inevitable —sentenció Van Der Berg confirmando la posición del general— tanto como la necesidad imperiosa que tiene el Conde-Duque de controlar la situación y asegurar que los galeones de la Flota de Nueva España lleguen a la península, para garantizar la misión por la que me encuentro aquí y que representa el golpe de mano más importante desde el inicio de la guerra.

Por un momento, ninguno de los presentes habló, como si con una nueva ronda de vino se digiriesen mejor todos los secretos de estado que acababan de verterse sobre la mesa. Álvaro de Ovando no parecía entender qué pintaba él en todo aquello ya que, aunque era indudable la confianza que el general mostraba hacia su persona, poco o nada pesaban sus opiniones sobre los temas tratados en cuestión, pero se dio cuenta de que era él, y no otro, el protagonista de todo aquel coloquio en el que el resto de personajes, que previamente habían hablado entre sí, no hacían sino instruirlo antes de hacerle saber el papel que le estaba predestinado en aquella comedia.

—El Conde-Duque me ha confesado en su misiva que necesita la ayuda de mandos experimentados en la batalla para hacer frente a los ataques que se suceden en los puertos de ultramar, especialmente en La Habana, donde se concentran todos los galeones cargados con plata antes de partir con destino a España. Desconfía de nuestros mandos y no sin razón —dijo Spínola dirigiéndose sin titubeos a Álvaro de Ovando— Por eso se justifica vuestra presencia con nosotros hoy. Quiero ascenderos al grado de capitán y recomendaros a don Gaspar de Guzmán para que os ponga al frente del destacamento que defiende La Habana, con el fin de detener el ataque de nuestros enemigos contra la ciudad y garantizar la seguridad de nuestros galeones. Sé que sois un oficial leal, valiente, inteligente y suficientemente experimentado pese a vuestra juventud. Un oficial al que sus tropas seguirán sin titubeos porque es la viva imagen de la victoria, y vuestra merced tanto como yo sabe que en el momento de la batalla no cuenta sólo la soldada sino, y sobre todo, la confianza de los Tercios en sus mandos.

—Vuestra excelencia me honra mucho más de lo que merezco —

contestó honestamente Álvaro de Ovando en respuesta al general— y, como soldado, no dudaré en combatir a los enemigos del cristianismo allá donde sea necesaria mi presencia. No obstante es un hecho cierto que jamás estuve en ultramar, desconozco las defensas de las ciudades portuarias e incluso jamás realicé travesía alguna en barco, con lo cual de poco puede servir mi experiencia en batallas terrestres cuando de lo que se trata es de la defensa de ciudades costeras. Además, los soldados del Nuevo Mundo no me conocen y las tropas que defienden nuestras posesiones son en gran medida

reclutados forzosos procedentes de nuestras prisiones cuando no desertores extranjeros de otros ejércitos o levados a la fuerza en nuestras tierras.

—Espero no estar recibiendo una excusa en vuestras palabras —dijo Spínola, endureciendo su tono de voz ante una respuesta que no era de su agrado del que era uno de sus mejores oficiales y hombre de absoluta confianza— De hecho, ¿qué puede saber más que vuestra merced un oficial de La Corte que jamás vio frente a sí al enemigo por mucho que haya vivido frente a la costa?. De cualquier manera os estoy pidiendo que organicéis la defensa terrestre de La Habana contra los ataques de corsarios y filibusteros, no que dirijáis una flota en plena batalla naval y, al mismo tiempo, que hagáis gala de vuestros dotes de conocedor de la naturaleza humana que esta a vuestro servicio y vuestra indiscutible talla de estratega, que tanto han servido en nuestras campañas, aplicándolos contra nuestros mismos enemigos pero en otros escenarios. Por mi parte, tengo decidida vuestra proposición al Conde de Olivares y me gustaría que la aceptaseis de buen grado, no defraudando mi confianza. De vuestra decisión depende no sólo mantener el orden en nuestras colonias, sino ganar la guerra a los holandeses en su terreno: el mar, y garantizar que seremos capaces de dar su soldada a nuestras tropas y de mantener un ejército suficiente para darnos la victoria. Por encima de nuestros intereses y gustos personales está nuestra nación.

Álvaro de Ovando sabía que toda negación hubiera provocado la inmediata pérdida de confianza de su superior y quizá un suicidio en su meteórica carrera militar, por eso contestó levantando la copa y brindando por el triunfo de las tropas en Flandes y Nueva España.

Como respuesta a su gesto, Sueyro sacó de una cartera de piel de ternero varios documentos que puso sobre la mesa.

—Ahí tenéis toda la información que hemos podido conseguir de la fuerza naval de los holandeses. Las posiciones de sus navíos indican que, efectivamente, un nutrido número de galeones y naves de guerra que actualmente controlan al Atlántico están fondeando en puertos ingleses con un fin desconocido que bien pudiera ser un desembarco en la península.

Pero sobre todo es importante esto —dijo abriendo un mapa cartográfico de Nueva España— al menos treinta y cinco naves al mando del almirante

holandés Piet Heyn se han concentrado en Barbados al amparo de la impunidad de las tierras de los filibusteros. Es demasiada casualidad que, después de todo lo que sabemos sobre las intenciones del mando holandés, no vaya a tener lugar a un asalto en toda regla sobre las posiciones españolas en el caribe. Si vuestra merced estuviese al mando de toda esa fuerza, ¿cuál sería el objetivo sobre el que centraríais vuestra mirada?.

La pregunta era en sí una respuesta, y Sueyro hizo un significativo gesto indicando la bahía de La Habana, que tanto Spínola como De Roy acompañaron con un gesto de complicidad.

—Tenemos los indicios, las pruebas de los movimientos de la poderosa fuerza naval de nuestros enemigos y un oficial valiente y dispuesto a plantar cara al asalto. Sobran palabras y falta premura, ya que el viaje es largo y los preparativos para la defensa de La Habana no permiten ni un minuto de tardanza. La sorpresa será nuestro principal aliado y el tiempo nuestro enemigo. Si el almirante holandés recibe la orden de asalto antes de que estemos preparados para repelerlo, todos nuestros esfuerzos habrán sido en vano —dijo el general Spínola a Álvaro de Ovando, entregándole varios documentos que sacó del interior de su lujosa casaca— Tengo preparadas las órdenes de vuestro traslado y vuestro ascenso a capitán, así como un pequeño destacamento que os servirá de guardia personal por Lorena y Saboya hasta el mediterráneo. Desde allí viajareis en barco al condado de Barcelona y vía Madrid hasta Cádiz, donde un galeón de don Fabrique os llevará a La Habana. Vuestra misión es absolutamente secreta, ya que la jugada consiste en que el enemigo jamás sepa que intuimos sus intenciones.

Partiréis mañana al despuntar el alba, por lo que apenas queda tiempo para que hagáis vuestro equipaje y descanséis un poco. Si tenéis alguna pregunta este es el momento, capitán.

—Agradezco una vez más la confianza que depositáis en mí, general.

Acataré como siempre mi destino de soldado, pero me pregunto qué pasará si en el transcurso de mi viaje es atacada La Habana.

—Entonces, capitán —dijo el general dando cierto tinte dramático a sus palabras— no habremos podido evitar uno de los mayores desastres de nuestra historia militar. Difícilmente La Habana está preparada en la actualidad para repeler un ataque corsario de semejantes dimensiones y, si

perdemos la bahía de La Habana, nuestros galeones cargados con la plata para sostener nuestros ejércitos serán fácil pasto para los carroñeros del mar y todo se habrá perdido. No obstante, habéis de saber que el almirante Benavides se encuentra en la zona con más de cuarenta naves para garantizar el regreso de la flota de Nueva España pero, si nuestros cálculos son ciertos, nuestra fuerza naval no sería capaz de soportar acciones conjuntas en varios frentes.

Cuando volvió a salir a las calles de Bruselas, el joven capitán Álvaro de Ovando no logró evitar cierto estremecimiento, no sólo por la ineludible responsabilidad que el general Spínola había depositado sobre sus espaldas, sino porque había demasiadas piezas sueltas que no le acababan de encajar.

Sabía que en aquella misión además del abastecimiento de los ejércitos de Flandes se jugaba más que nunca su propia vida.

Nada más llegar a la casona del acuartelamiento militar y lejos de ponerse a organizar su equipaje, el recientemente nombrado capitán llamó a Lope de Carvajal, a quien intentó resumir aceleradamente la misteriosa reunión.

—No entiendo cuál es la trascendental y misteriosa misión a que se refirió De Roy, —se preguntó en alto para hacer partícipe de sus sospechas a su amigo y hombre de confianza— ni por qué me pidieron opinión sobre mi nuevo destino— Hubiera bastado con que el general se hubiera entrevistado conmigo y me hubiera ordenado el traslado sin más, no era necesario todo aquello y, mucho menos, la intervención de dos hombres que no tienen ningún rango sobre mí.

—Nosotros somos soldados al fin y al cabo y acabáis de conocer la otra cara de las guerras y la política-le contestó Carvajal, aunque a ciencia cierta la pregunta no le hubiese sido formulada.— Lejos del honor derrochado en las batallas también se hace la guerra, frente a los mapas y averiguando, de una y mil maneras, los movimientos del enemigo y su capacidad ofensiva.

Tranquilizado por la sincera reflexión de Lope de Carvajal, el capitán Álvaro de Ovando comenzó a abrir los arcones que trasladarían sus escasos bienes y a introducir cuidadosamente sus pertenencias.

—Sigo sin entenderlo —continuó— porque hay otros oficiales también experimentados y siempre sería más lógico que defendiese la Plaza de La

Habana un conocedor del Caribe, de sus gentes, y alguien acostumbrado al clima y las enfermedades de aquellas tierras y no un oficial castellano que no ha hecho sino luchar en Flandes soportando el fuego del enemigo y los fríos inviernos del norte. Además, están las tropas del Nuevo Mundo. Ya le dije al comandante que no será nada fácil hacerse con el mando de un ejército de buscadores de fortuna, penados y mercenarios. Mis posibilidades como capitán son muy limitadas, diga el general Spínola lo que quiera, pese a la confianza que ha depositado en mí.

—Convenceos, capitán —dijo Carvajal, haciendo especial énfasis, orgulloso al dar el nuevo título a Ovando— de que hay pocos hombres en nuestras tropas con vuestras características, valor y fidelidad al Rey y la causa del cristianismo. Si por la soldada fuera, que llega mal y tarde, ya habríais regresado a vuestras tierras, o estaríais planeando un viaje a Nueva España para buscar la fortuna, como tantos de vuestros vecinos. Por eso vuestra merced es el elegido. Además, cuenta con el apoyo y confianza casi absoluta del general Spínola y, como bien sabéis, Spínola cuenta con el favor del Conde-Duque. Hay demasiados enemigos, como el Duque de Lerma, que estarían gustosos de zancadillear al Ministro de la Guerra para ocupar su puesto como antaño junto a Felipe III, y si se perdiera La Habana tened bien presente que el primero en caer sería don Gaspar de Guzmán.

—Pero si la política se hace en Palacio, ¿no sería más fácil atentar directamente contra el comandante Spínola o contra el Conde-Duque? —

preguntó de pronto Ovando como si fuese el producto de largas deliberaciones internas— Si yo fuera uno de esos enemigos del privado no perdería el tiempo e intentaría acabar con la vida de don Ambrosio o, si esto no fuera posible, haría que el Rey perdiera su confianza y le destituyera.

El oficial López de Carvajal sonrió y susurró con cierta precaución.

—No debe ser fácil, pero ¿cómo sabe vuestra merced que no lo están haciendo ya?.

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