Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 4 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Ii

CAPÍTULO II

DETRÁS de los cortinajes burdeos del salón de recepciones, una araña extendía su fina tela desde los gruesos tejidos hasta uno de los cuarterones de la ventana. A él le gustaba verla, con una mezcla de miedo y terrible atracción, como si el hecho de pasar tanto tiempo mirándola lo convirtiese en su amigo e impidiese así cualquier peligro frente a sus quelíceros venenosos. Era una araña pequeña y demostraba la escasa diligencia del servicio de limpieza en sus paseos diarios por la imponente estancia, donde los grandes espejos y los muebles de caoba y maderas preciosas monopolizaban la mayor parte del tiempo de los sirvientes, que no miraban tras las grandes cortinas más que para abrir y cerrar los cuarterones y comprobar que los cristales estaban impolutos. Pasaba mucho tiempo viéndola tejer y cuando podía, cazaba alguna mosca y la echaba con cuidado en la red para que fuese devorada por su peligrosa amiga. A veces tenía sueños en que se veía enredado en la tela, el animal aparecía multiplicando su tamaño hasta ser igual al de un hombre y, con las patas delanteras, le enlazaba con su seda hasta que quedaba inmóvil, y entonces se le acercaba, abría la boca, y él solía despertarse en ese momento, sudando copiosamente y con el vello erizado por el terror vivido.

El salón de recepciones era realmente impresionante. El oro y el verde competían decorando las paredes con lujosas filigranas. La bóveda estaba adornada con pinturas flamencas y de sus paredes colgaban cuadros de los grandes maestros; además estaban los espejos, que multiplicaban una y otra vez las imágenes dando a la estancia una perspectiva de profundidad casi

interminable. Los espejos nunca habían sido sus aliados. Una vez más detestó la imagen deplorable que le devolvían. Se dio cuenta de que era él a quien veía multiplicado y no pudo contener la angustia de saberse prisionero en aquella imagen terrible y desconsoladora. Por un instante clavó las torcidas pupilas en los rasgos reflejados y sintió una profunda desazón muy alejada de la lástima que provocaba en el resto de los mortales. ¿Cuál había sido su pecado si la vida apenas le dio la oportunidad de pecar? Sin duda, pensó, el buen Dios conocía cosas que él jamás alcanzaría a saber y en su infinita Misericordia le tenía dispuesto un destino igual al del resto de sus siervos. ¿Pero entonces por qué? Se rebelaba contra aquellos ojos de idiota, aquel cuerpo pequeño y deforme, aquellos rasgos desgraciados y las palabras que tantas veces escuchara de su confesor no lograban reconfortarle.

Volvió la mirada hacia los cortinajes del salón donde se escondía su amiga la araña, en parte para compartir su secreta existencia y en parte para olvidar los espejos y, como tantas veces, intentó sentirse dichoso ante su innegable situación de privilegio. Si su padre, el viejo Juan Martín Calabazas, le viera ahora no podría creerlo. Allí en Palacio, unido al séquito del Rey, quien personalmente le ofrecía sus favores, rodeado de lujo y derroche, de metales preciosos y telas de valor incalculable. Debía sentirse el ser más afortunado de la tierra, porque ¿era o no un milagro que un

“medio hombre”, fuera un popular miembro de La Corte?

El viejo Juan Martín Calabazas había muerto cinco años atrás. Aquel invierno fue extremadamente duro y ni los higos secos ni las bellotas fueron suficientes para mantener a la familia en la aldea maldita donde le tocó nacer, allá en los confines de los dominios del Duque de Alba, su señor, de quien tan sólo tenían noticias por un monje que les adoctrinaba en los Evangelios y oraba por sus almas cuando con frecuencia algún miembro de la comunidad moría de hambruna.

Una mañana gris —recordaba mientras mantenía los ojos fijos en la tela

— su padre hizo un hatillo con lo poco que tenían y, cargándolo al hombro, les dijo que le siguieran, que debían ir hacia el sur, donde había trabajo y prosperidad y hornos donde se hacía un pan crujiente por fuera y blanco por dentro, sin penurias ni miserias. La familia Calabazas contaba entonces con

seis miembros, incluyendo a la madre de su progenitor, su propia madre, su padre y dos hermanos frente a los diez que habían llegado a ser apenas dos años atrás. El hambre y las maldiciones habían acabado con el resto y amenazaban con no dejar una sola alma sobre la tierra si se quedaban allí.

Por eso partieron, siguiendo los pasos de Juan Martín Calabazas sin preguntarse si sabía o no hacia dónde iba. Tenían una fe ciega en su padre porque, como todos decían, era una buena persona, y Dios no puede dejar de lado a las buenas personas, o al menos eso creía entonces.

Al tercer día desde la partida llegaron hasta lo alto de una montaña y les sorprendió una fuerte tormenta. Habían comido sólo raíces hervidas y les dolía la barriga. Se guarecieron bajo los salientes de una roca que les permitía escapar del aguacero, pero no del frío, y Juan Martín Calabazas les dijo que se apretasen con fuerza porque así se darían calor los unos a los otros. Todavía recordaba el olor de las andrajosas pieles que cubrían el cuerpo de su madre y el miedo cuando comenzó a soplar con fuerza el viento desatando su ira contra ellos. En sus retinas las imágenes de la muerte fueron de nuevo tan reales como aquella noche. Se descubrió al alba abrazado al cuerpo yerto e inerte de su madre, cada vez más frío, mientras frente a él su padre permanecía de rodillas, sollozando casi en silencio en un balbucear de oraciones apresuradas, con el rostro desencajado por el dolor y las lágrimas ensuciándole la cara. Viéndole despierto, Juan Martín Calabazas cogió a su hijo de la mano y, sin mediar palabra, comenzó a andar con él hacía el sur. Sólo los dos. Atrás quedaron su madre, su abuela y sus otros dos hermanos. No había nada que preguntar. El buen Dios les había llamado a su presencia y ellos debían seguir su camino. Apenas un trecho y volvió el aguacero. Arrancaron unas raíces e intentaron comerlas, pero eran muy duras para el desdentado Juan Martín Calabazas y el pequeño Calabacillas pronto se dio cuenta de que su padre hacía como si comiera para animarle. Al atardecer mordisquearon unas bayas amargas y bebieron de un arroyo en la otra parte del monte. Ya apenas avanzaban y sus pasos eran lentos y torpes. Juan Martín Calabazas lloraba continuamente y pedía perdón a Dios mientras iba caminando. Él le apretaba la mano porque quería a su padre y hubiera dado cualquier cosa por verle sonreír como aquella vez que le vio sacar un cabritillo de las entrañas de la vieja cabra, en

los tiempos en que llegaron a tener un rebaño de hasta diez animales.

Hubiera dado su propia vida porque aquel hombre salvara la suya y recompensar así los muchos sacrificios por sacar adelante a su familia.

El tierno roce de unos dedos encallecidos por el trabajo le hizo albergar la ingenua esperanza de que todo se solucionara. Pararon de golpe. Su padre respiraba apresuradamente, como si el oxígeno no le llegase a los pulmones, pero le sonrió mientras se esforzaba por darle ánimos con palabras que se diluyeron en el frío aire haciéndose incomprensibles. Entonces lo comprendió. Juan Martín Calabazas lo había dado todo por perdido. Tan sólo animaba sus pasos la responsabilidad de intentar guiar a su hijo superviviente hasta una posible salvación. En una de las paradas orinó sangre y supo que la muerte tampoco tardaría mucho en quitarle el aliento.

Estaba derrotado, vencido después de tanto sufrimiento, fracasado como hombre por no haber sacado adelante a los suyos y, de haber estado solo, no hubiera dudado en despeñarse cuanto antes por uno de los acantilados del monte y poner fin al calvario que estaba sufriendo.

Los acelerados pasos de los soldados de la “Guardia Amarilla” de Felipe IV corriendo por el pasillo que daba acceso a la estancia le sacaron de sus fantasías. Fue sólo un instante. Después los recuerdos volvieron con la fuerza de las pesadillas y, pese al fuego de las chimeneas que iluminaban la estancia, sintió un escalofrío como si todavía estuviese en lo alto de las cumbres hurdanas, avanzando lentamente hacia la tierra prometida que nunca llegó. La oscuridad de la noche trajo de nuevo el frío y el pertinaz aguacero. Al abrigo de las rocas se apretó contra su padre y por primera vez en todo el día se permitió un sollozo. “Padre, tengo hambre”. No había querido decirlo, pero eran tan fuertes las punzadas en el estómago que no pudo ocultar su necesidad. Por toda respuesta, vio como su padre salía a la tormenta y regresaba minutos después con unas pobres bayas de majuelo en las manos, ofreciéndoselas como un tesoro, el único que tenía y que podía dar a su hijo. La lluvia no le dejaba adivinar el rostro, pero sabía que estaba llorando porque no podía darle nada más. Las comió como tantas veces, sabiendo que no harían sino engañar a su estómago y provocarle ardores que quizá le durasen toda la noche.

Como había supuesto, no pudo dormir. Las punzadas del estómago vinieron acompañados de una repentina fiebre que le hizo debatirse entre fuertes temblores. Su padre se quitó entonces su abrigo de piel de cabra y se lo echó encima para darle calor. “¿Y tú, padre, ¿como te abrigarás tú?”, recordaba haberle dicho, recibiendo la mirada afable de Juan Martín Calabazas por toda respuesta. La fiebre subió y subió hasta hacerle perder el sentido en más de una ocasión durante aquella noche interminable, fría, lluviosa, terrible, imborrable en los años de su memoria.

Al amanecer unos soldados del Duque que estaban batiendo el monte en busca de venados descubrieron el cuerpo sin vida de Juan Martín Calabazas sobre el de su hijo, en un desesperado intento por darle el calor de la vida que a él se le había ido consumiendo. El niño, arropado con unas pieles, estaba ardiendo por la fiebre y, semiinconsciente, balbuceaba cosas incomprensibles. Uno de los soldados quitó con cuidado el cadáver del hombre, cuyos brazos fríos e inertes se abrazaban con tenacidad al bulto de pieles y cargó al pequeño en su caballo. No era infrecuente en aquellos tiempos encontrar hombres muertos por el hambre en los caminos, pero sin duda la salvación de aquel pequeño era un milagro, pensó. Después siguieron su camino hacia la fortaleza del Duque en la cercana ciudad de Coria, donde los matasanos y los clérigos podrían intentar salvar el cuerpo y el alma de aquella criatura.

Las manos del niño se aferraron a los ropajes del soldado con una fuerza nacida más de la desesperación que de la voluntad, mientras repetía una y otra vez “Padre, tengo frío”, “padre, tengo frío”. Al soldado le recordaba a un hermano pequeño que perdió un año atrás por culpa de las fiebres maltas; también él se aferraba a su padre en aquel entonces diciéndole que tenía frío. Por eso pararon e hicieron una fogata adonde arrimaron al niño mientras le daban vino caliente para intentar reconfortarle. Al poco tiempo se quedó profundamente dormido, entre sudores que traían buenos presagios y por eso los rudos soldados del Duque aguantaron pacientemente una hora más antes de decidirse a tomar el camino hacia Coria y poder llegar así con las últimas luces del día.

Al atardecer, la poderosa imagen de la torre pentagonal de la fortaleza se adivinó en la distancia. Era sin duda una de las ciudades más imponentes

de aquella parte del reino y se enorgullecía de su pasado glorioso en los tiempos de la reconquista, cuando se convirtió en baluarte de las tropas cristianas en su avance contra el infiel. Recordaba vagamente aquella imagen entre los delirios de la fiebre, agarrado al corpachón de su salvador, mientras sus labios resecos repetían una y otra vez la llamada a su padre, sin voz, sin aliento, sin convicción, como la única fórmula que mantenía viva su tenue esperanza. De cuando en cuando el soldado le acariciaba la mejilla con sus toscas manos en un gesto de profunda ternura y él se abrazaba a su pecho apretando las manitas. Entonces surgía la voz casi marchita: “Padre, tengo frío padre”, y en un par de ocasiones aquel hombre, acostumbrado a la guerra y las penalidades, se sentía conmovido por el chiquillo y se limpiaba una lágrima furtiva con el revés de la mano para que no lo vieran llorar el resto de sus compañeros.

Apenas recordaba nada más de aquel día ni jamás pudo agradecerle todo lo que hizo por él aquel soldado, días después le dijeron que había marchado apresuradamente con un regimiento para frenar a un grupo de musulmanes que se dedicaban a asaltar las caravanas a su paso por el Tajo y murió en una escaramuza, herido por uno de sus propios compañeros. Ese día, recordaba, él también lloró amarga y profundamente y maldijo a la fortuna que le arrebataba a todos aquellos seres que le habían dado su ternura.

El ruido de pasos de la Guardia Real por el cercano pasillo le devolvió a la realidad y se escondió tras las cortinas burdeos, cerca de donde la araña tenía su tela, porque no les gustaba que estuviese en el Salón de los Reinos, también conocido como la Sala de Audiencias, donde el Rey solía recibir a los dignatarios y embajadores de otros reinos para departir con ellos e intercambiar los presentes que marcaba el protocolo. Había cierta inquietud en Palacio pero él era ajeno a todo aquello. Por alguna razón desconocida una angustia demasiado familiar le había traído los trágicos recuerdos de su infancia, grabados a fuego en su memoria y apenas era capaz de soportar la tristeza y el desasosiego. Tal vez porque la lluvia otoñal, que golpeaba con fuerza las ventanas del acogedor salón, le trasladaba a aquellos días grises, lluviosos y gélidos. Sin embargo allí, a su lado, a la araña no le importaba la

lluvia y esperaba paciente que algún insecto se enredase en su tela para amortajarle con un traje de seda antes de devorarlo lentamente.

De pronto vio con sorpresa una polilla saltando sobre las cortinas. Con movimientos felinos se acercó cuanto pudo y lanzó con fuerza su mano para atraparla. Fue en vano. El insecto descubrió a su atacante y voló intentando escapar. El no se desanimó y, durante unos minutos, persiguió a la polilla por todo el salón hasta que en uno de los ataques consiguió aplastarla sobre un cuadro. El animal cayó al suelo destrozado y con sumo cuidado, él levantó su presa y la examinó. No entendía por qué a su amiga la araña podía gustarle aquello. La acercó más hasta sus ojos y pensó que si era buena para la araña tal vez también lo sería para él y le daría el poder de tejer seda para poder inmovilizar a sus enemigos. Por eso abrió la boca y se metió en ella la polilla, tragándosela sin poder reprimir una arcada por el desagradable sabor del insecto.

De nuevo los pasos acelerados de los guardias resonaron sobre las losas del pasillo, pero esta vez se pararon a la puerta del Salón de Audiencias.

Juan Martín Calabazas, conocido por todos como “Calabacillas”, corrió a esconderse tras los cortinajes para escapar a la reprimenda que le esperaba si le descubrían jugando en la estancia. Las puertas se abrieron y el Rey entró seguido de su secretario y de varios sirvientes. Entre las cortinas, el pequeño bufón consiguió ver a Felipe IV sentado en su despacho donde solía recibir a las autoridades, mientras daba órdenes a los sirvientes que el bufón, en su nerviosismo, no fue capaz de entender. De nuevo se abrió la puerta de la estancia y entró el padre fray Antonio de Sotomayor, regente de la Iglesia de Nuestra Señora de Las Claras, donde habitualmente oía misa el Rey.

Los sirvientes salieron de la sala dejando a solas al monarca y a su confesor quienes hablaron en voz baja sin que Calabacillas acertara a escuchar una sola de sus palabras. De pronto el Rey se levantó y se arrodilló besando la mano del sacerdote. Éste con un gesto le hizo erguirse porque el monarca tenía privilegio de poder confesar sin postrarse ante el ministro de la iglesia. No fue una confesión larga, pero la voz del prior se elevó de pronto haciéndose perfectamente audible.

—Nuestro Señor no permitirá que la vida de nuestro Rey esté en peligro. Creedme majestad, en su Justicia Infinita hará que no sea cierta la inquietud que os incomoda y permitirá que viváis muchos años para poder tener descendientes y gobernar las tierras de nuestros reino con la sabiduría que sólo vuestra merced ostenta.

Después la voz bajó de nuevo y la invocación en latín al perdón de los pecados se perdió en un susurro que Calabacillas no pudo ni pretendió entender. Estaba inmóvil, completamente inerte y aterrado por el temor de que pudiesen descubrirlo. Jugar en salones no permitidos era motivo de reprimenda, pero espiar al Rey en sus confesiones podría ser realmente motivo de castigos inimaginables.

Pasaron lentamente los minutos sin que apenas tuviese valor para hacer ruido al respirar. El prior salió de la estancia dejando al Rey completamente solo, probablemente orando la penitencia impuesta para el perdón de sus pecados, pensó Calabacillas. Durante un tiempo indeterminado el enano se convirtió en un ser inanimado, incapaz de pestañear siquiera. Después también salió el monarca, pero el bufón se mantuvo impasible intentando desentrañar el sonido de las pisadas al alejarse por los pasillos enlosados. El silencio era absoluto y la calma era total. De pronto notó algo en su hombro derecho, un leve movimiento que le hizo estremecerse y erizó sus cabellos.

Al volver el rostro, descubrió a la araña moviéndose lentamente.

Y sin poder evitarlo, se desmayó.

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