Aprendiz de hombre
Aprendiz de Hombre
Salvador Vaquero
“Todos los hombres de una forma u otra anhelan la inmortalidad, buscan dejar una huella impresa de su paso por el mundo. A veces esa huella es un hijo, otras un libro, otras un cuadro. Pero de todas las formas de la inmortalidad ninguna como la de la imagen. Hoy en día los medios técnicos hacen muy fácil que podamos dejar nuestro retrato como legado a nuestros descendientes, pero en el siglo XVII eso no era posible, excepto a través de los cuadros de los grandes maestros de la pintura, y eso estaba sólo en manos de unos pocos...”
El Autor
A MODO DE INTRODUCCIÓN:
A veces las mentiras no son más que verdades a medias, del mismo modo, a veces la historia que conocemos sólo es una parte de lo que de verdad sucedió en una época determinada de la que se han excluido acontecimientos —importantes aunque no decisivos— sin los cuales el resultado final de un siglo resulta incomprensible.
En una ocasión durante la visita a los archivos de Coria para buscar información sobre la época de dominación del Duque de Alba en tierras extremeñas, encontré unos manuscritos de un tal Santiago González Linares
—un cronista de la ciudad de la época ilustrada— sobre ciertos aspectos desconocidos de la dominación del Duque que me intrigaron sobremanera y me mantuvieron durante meses de archivo en archivo, siguiendo el hilo de una desconocida y sombría época en los anales de las tierras extremeñas.
En sus manuscritos González Linares recopilaba información del tiempo en que la ciudad era grande por la presencia de los Alba, como el gasto de un millón de maravedíes en la construcción de la barrera y el foso del castillo, y hablaba de las aventuras de los soldados del Duque al internarse en las tierras del noroeste, por los montes que separan las actuales tierras extremeñas de Portugal y de los montes de las Batuecas.
Sin desvelar todas sus fuentes, el cronista cauriense mentaba a un tal Justino de Garciaz, a la sazón uno de los bachilleres que vivió en la Corte del Duque, sirviendo de escribano, quien al parecer había conocido en persona a alguno de los habitantes de aquellas tierras lejanas aún por descubrir en una época donde el sol no se ponía jamás en nuestros reinos.
González Linares comenta en uno de sus relatos más extensos de la época ducal —no por eso mejor conservado— la historia del enano Calabacillas y su llegada a la Corte, donde fue pieza clave en la investigación —según manifiesta expresamente el cronista— “de uno de los sucesos más extraños de la época de Felipe IV, como fueron los crímenes de las cortesanas de Palacio”.
Aquella frase levantó mi curiosidad y me llevó a investigar a fondo la historia de Calabacillas, pero la pérdida de algunas de las páginas originales
—tal vez por descuido de bibliotecarios y cronistas o por orden expresa de ciertos personajes de la época— y el desconocimiento de muchos de los personajes nombrados en el relato que debían ser harto famosos en la época, me obligó a tomar caminos que se entrecruzaban y adentrarme durante algunas semanas siguiendo al pista a las andanzas del bufón del Rey en los Archivos de Indias, el Archivo Nacional de Madrid, el Archivo Provincial de Valladolid y la Biblioteca de la Universidad de Salamanca. Conseguí así algunas menciones de su presencia en La Corte y escasa información sobre
su pasado, lo que llegó a decepcionarme tanto que durante meses dejé en el olvido mis investigaciones.
Un día, casualmente cayó en mis manos un libro sobre “Procesos inquisitoriales en el Siglo de Oro Español”, de Ramiro Liceu, Barcelona, 1968, donde se hace referencia a la ejecución de un tal Fernando del Amo a manos del inquisidor fray Jimeno Benítez de Posada con motivo de haber practicado la brujería en Sevilla, el libro indicaba que en aquella época el inquisidor había investigado sin demasiado éxito la misteriosa muerte de varias sirvientas de Palacio (pág 212, párrafo. 56).
Esa nueva pista alentó mis olvidadas investigaciones y, al comprobar una vez más que apenas nada existía sobre la figura del enano Juan Martín Calabazas, cuya fama residía sobre todo en su doble inmortalización por el genial Velázquez (es el único de los bufones del Rey que fue retratado dos veces) intenté conseguir más información tomando otras líneas de investigación a través de la vida de los principales personajes de la época en busca de indicios y nuevas referencias a los crímenes, para lo que leí con apasionado interés el manuscrito “Epítome de las Historias de la Gran Casa de Guzmán”, finalizado en 1638 por Juan Alonso Martínez Sánchez Calderón, “Historia de la Decadencia Española” publicada en Madrid en 1854, los “Estudios del reinado de Felipe IV” publicados en Madrid en 1888, la biografía de Felipe III bajo el título “Un mecenas español del siglo XVII”, escrita por Alfonso Pardo Manuel de Villena, marques de Rafal, las Cartas de Andrés de Almansa y Mendoza publicadas en Madrid en 1886,
“Caída del Conde-Duque de Olivares” de Ernst Werner, publicada en 1927, donde se reproduce el plano del Alcázar, el libro de Fernand Braudel “En Espagne au temps de Richelieu et dÓlivarés”, publicado en 1927,
“Epistolario inédito del reinado de Felipe IV” publicado por José María Martínez Val y Margarita Peñalosa, el libro de Marañón sobre el Conde-Duque de Olivares y “Grandes anales de quince días” de Francisco de Quevedo.
Adentrarme en el corazón de la España de Felipe IV se convirtió en una aventura apasionante y obsesiva que me llevó durante año y medio a conocer muy de cerca no sólo a muchos de sus principales protagonistas sino incluso el pensamiento de aquellos próceres en una época de
decadencia sin paliativos poco conocida y demasiado denostada. Estaba muy cerca de darme por vencido y dejar de intentar cerrar las lagunas abiertas en el relato de Justino de Garciaz cuando encontré nuevos y singulares indicios sobre su veracidad en los legajos de Echevarria Becigalupe titulados “La diplomacia secreta” y en una copia hallada por casualidad sobre “Medidas económicas para la financiación del Estado del Duque de Olivares” cuyo original data de 1838, aunque fue traducido en 1933 por Antonio Argensola, y en cuya página 356 habla de la imposición del impuesto sobre la sal como medida fiscal más igualitaria entre la población “en un momento en que eran necesarias medidas contundentes para frenar el hundimiento del imperio no sólo económico, sino también por los asesinatos de varias cortesanas del Alcázar a manos de un desquiciado”, Animado por tales hallazgos proseguí mi sinuoso camino por la historia y, durante más de nueve meses de búsqueda, conseguí identificar los movimientos de los principales personajes de la época en el tiempo de los sucesos, a partir de las obras de José Simón Díaz “Dos privados frente a frente: el Cardenal F.Barberini y el Conde-Duque de Olivares”, “Richelieu and Olivares” de Elliott, “A portrait Drawing by Velázquez” de Jonathan Brown, publicado en “Master Drawings” en 1976, “A history of slavery in Cuba, 1511 to 1868” de Huberthe H.S. Aime, publicado en Nueva York en 1907, “The spanish borderland frontier, 1513-1821”, publicado en Nueva York por John Francis Bannan en 1970, “The Key of the Caribbean spanish Cuba, 1492-1898” publicado por G. Campbell León en California en 1975, y en la “El gobierno de Don Gaspar de Guzmán” publicada en “El Bibliotecario” de Madrid en 1841, y la fundamental “Memoria y legados del reinado de Felipe IV, de la gloria a la decadencia del Imperio” de Sebastián Hidalgo Quintanilla, Madrid 1871, donde se enumeran no sólo las muertes, sino los nombres y procedencia de las sirvientas asesinadas durante el gobierno del Duque de Olivares (págs 451 a 456). (Aderecé todo ese conocimiento con otros muchos libros que excuso enumerar para no aburrir al lector y que podrá encontrar al final de la novela).
Por fin tenía pruebas definitivas de que había sido cierto. Prácticamente todos los datos concordaban y dejaban constancia de que todos los personajes incluidos en el relato de Garciaz habían coincidido en las fechas
indicadas por él, siendo bien sabidas y conocidas las hazañas de algunos de ellos como las memorables batallas del general Spínola o las gestas contra los piratas del capitán Álvaro de Ovando, a través de las investigaciones de Fausto Domínguez “El inicio del fin del Imperio en Ultramar” publicado con motivo de la Expo 92 de Sevilla y Cornelius Gorlinga “Los holandeses en el Caribe” publicada por la Casa de las Américas en La Habana.
Quedaba tan sólo unir las piezas y conseguir restaurar la historia que me había llegado a las manos gracias al relato de González Linares. A esto me dediqué con empeño y no pocos sacrificios durante los meses siguientes, para lo cual me vi. obligado a releer muchos de los textos ya nombrados con el fin de recrear el ambiente, los personajes, las situaciones y el contexto en que se produjeron los hechos que a continuación voy a proceder a relataros.
Sería injusto no desvelar todas estas fuentes antes de pasar a su lectura, ya que podría parecer que se trata de un relato de ficción y —con la honestidad que me es obligada— he de confesar que pese a mis modestas aportaciones literarias y mi fatigoso viaje por la historia de la primera mitad del siglo XVII, la crónica de los hechos que conmovieron al Madrid de la época no me pertenecen. Soy responsable, eso sí, de traer al presente sucesos que durante siglos se perdieron entre citas aisladas, documentos deteriorados y bibliografías leídas con poca atención. No obstante, a qué negarlo, de todas las fuentes de las que bebí, ninguna como aquel cuadro en El Prado, donde el enano me miraba con una sonrisa idiota para esconder
—tímido bajo su disfraz de vanidoso irrefrenable— todo su innegable encanto y su portentosa inteligencia, que llegó a subyugar a Duques y Reyes, esperando que un día alguien fuera capaz de entender por qué había sido inmortalizado por el mayor genio de la pintura que han conocido la historia del mundo.
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