Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xvi
CAPÍTULO XVI
JUAN MARTÍN Calabazas vivió aquellos días con la tensión propia de cualquier sirviente de Palacio. Las continuas detenciones e interrogatorios ponían en evidencia que el capitán Ovando estaba tomando drásticas medidas para evitar nuevas muertes, pero él sabía que no tenía ninguna pista fiable que le condujese hasta el asesino. La figura del nuevo Jefe de la Guardia estaba cosechando cada vez menos adeptos y su impopularidad venía correspondida por la incómoda situación que estaba creando en la Corte. Muchos, en voz baja, hablaban ya de la preparación real de una posible e inmediata sustitución. Él no lo creía así, al menos en un breve plazo, aunque si la situación se prolongaba sería inevitable. Pero no era esa la causa de su distanciamiento. Se había alejado conscientemente del capitán Ovando debido a los inconfesables celos que sentía por Martín Villanueva, quien había conseguido ocupar el puesto de hombre de confianza del Jefe de la Guardia que según entendía, a él le correspondía.
Por eso había decidido mantenerse al margen de los crímenes e intentar dedicarse a las artes, que tanta fama le habían otorgado a ojos del Rey y los miembros de la Corte. En aquel tiempo había llegado a sus manos, gracias al bibliotecario real, “La Dorotea”, una nueva obra teatral del dramaturgo Félix López de Vega que leyó con avidez por tratarse de una trágica historia de amor, en las que tanto se veía reflejado. Lope de Vega, que tenía fama de ser uno de las mejores plumas de entre los prolijos escritores de la época, no era nuevo para él, de hecho había tenido oportunidad de leer “Las Fortunas de Diana”, “El peregrino en su patria”, “La más prudente venganza” y “El
desdichado por la honra”. Las historias románticas, los enredos, el verso genial, la erudición de la palabra y sobre todo una capacidad insaciable para la creación eran la seña de identidad del “fénix de los ingenios”, pero no se encontraban entre las únicas preferencias del docto enano. Calabacillas recordaba con especial deleite “Las harpías de Madrid” y “La niña de los embustes Teresa de Manzanares”, que no hacía ni dos meses había leído, del vallisoletano Alonso de Castillo, y también muy especialmente los
“Sucesos y prodigios de amor” de Juan Pérez de Montalbán.
Más si había un libro que una y otra vez le venía a la mente, ese era la
“Vida del capitán Alonso de Contreras”, una autobiografía llena de amoríos, picaresca, revueltas y aventuras que inevitablemente le hacían recordar al capitán Ovando. Alonso de Contreras había recordado su historia añadiendo buenas dosis de imaginación en la casa de Lope de Vega, convirtiendo la historia de su vida en un épico viaje que enlazaba desde las luchas en el Mediterráneo contra los turcos hasta América y Flandes, como si del famoso Álvaro de Ovando se tratase. En su fuero interno el bufón tenía el sueño de ser el biógrafo del capitán Ovando, y recoger las gestas por las que era de todos conocido y de muchos envidiado, aunque sus relaciones no pasasen en aquellos días por su mejor momento.
Sabía, no obstante, que del final de aquella historia de crímenes y asesinatos dependía el futuro de Ovando, y en la memoria quedaría grabado su nombre como el más grande de los capitanes de los ejércitos del Rey, que habría batido al enemigo no sólo en Europa y América, sino también en Palacio, o sólo como uno más de aquella larga lista de oficiales que tuvieron en el campo de batalla la cara y la cruz de su destino.
La imagen del capitán Ovando grabada en la retina de Calabacillas evocaba la del apuesto soldado al que siempre envidió, con su traje negro de fino paño bejarano y su alzacuello blanco, su espada toledana colgando del cinto, su cabeza tocada por el sombrero de ala ancha adornado por un plumero, sus botas altas de caballería, sus calzas negras, una medalla de oro cruzándole el pecho, y su capa tapando la grupa de un caballo negro, majestuoso, como el héroe que siempre había soñado ser.
Ahora era consciente que desde el primer momento que le vio en la recepción del Rey quiso ser como aquel hombre, deseó poseer su carisma,
tenerle cerca aunque sólo fuera para gozar de su seguridad, de su presencia, de su altivez, de su testaruda e intolerante educación religiosa, de su pelo negro suelto en bucles sobre sus hombros, de todo lo que él siempre quiso ser y jamás sería.
Y entonces, aquella mañana, cuando departía con el Rey chanzas sobre las obras de ciertos dramaturgos religiosos que, según el enano, no eran sino sardinas que tornaban una y otra vez a morderse la cola sin ningún tipo de ingenio, apareció en escena fray Jimeno Benítez, un inquisidor que por aquel entonces era mano derecha del Arzobispo de Toledo. Era una de esas visitas de máximos dignatarios eclesiásticos que no daban ninguna importancia a la presencia de aquellos aprendices de hombres al servicio del Rey o tal vez la urgencia del asunto evitó que cayera en la cuenta que los enanos también saben escuchar.
—Su majestad conoce la preocupación de su eminencia por los hechos que acontecen en Palacio, y sabe que si me envía para ponerme a vuestro servicio en contestación a vuestra petición de apoyo, no es con otro fin del de poder serviros como mejor sea menester y con cuanta diligencia y celeridad me sea posible, ya sabéis que he actuado en otras ocasiones y no carezco de experiencias ni éxitos en mi función —argumentó sin preámbulos el inquisidor.
Lejos de parecer contrariado, el Rey sonrió. Estaba harto de muertes sin contestación y pese a no ser un denodado defensor de los métodos de La Inquisición, era consciente de que eran cuanto menos, contundentes, pero tampoco era partidario de dejar que los inquisidores utilizaran sus artes dentro de Palacio, pudiendo hallar secretos comprometedores incluso para la Corona.
—Todo se andará. De momento os alojaréis en los aposentos destinados a mis sirvientes de confianza e iréis conociendo el problema que nos aqueja
—dijo al fin el monarca— pero no entraréis en acción hasta que no lo crea necesario. Actualmente la investigación está siendo llevada a cabo por el Jefe de mi Guardia sin muchos adelantos pero, si esto sigue así, tal vez la deje plenamente en vuestras manos —el Rey tomó aliento— quiero que las muertes cesen cuanto antes.
—Quedo a vuestra entera disposición —contestó el inquisidor— Pero dejadme actuar ya y os aseguro que no pasarán más de siete noches antes de que el asesino se encuentre encerrado en las mazmorras de Palacio.
El enano se escabulló de la escena con tal sigilo y delicadeza que los actores principales ni siquiera lo percibieron. Su cerebro bullía al darse cuenta de que más que nunca el capitán Ovando estaba en peligro, un peligro realmente inquietante a juzgar por lo que había escuchado.
Por eso tomó la secreta determinación de volver sobre sus pasos y no dejar la investigación pendiente, para salvar su cabeza y demostrarle que él, y no Martín Villanueva, era por su inteligencia el merecedor de su confianza.
Salió a los jardines del Patio del Rey y repasó una vez más mentalmente todo lo que sabía de los crímenes, la forma en que el asesino atacaba a sus víctimas, los lugares en donde éstas habían aparecido muertas, los retratos realizados por el maestro Velázquez, y los móviles posibles. Varias ideas comenzaron a circular por su cabeza intentando unir los cabos de aquella singular madeja. Intentó concentrarse primero en la difundida idea de un asesino pagado por el cardenal Richelieu cuyo fin era poner en jaque al propio Rey y al ministro Olivares. Sin embargo, resultaba ciertamente ridículo que si era capaz de llegar tan cerca del monarca y del Conde-Duque no llevara a cabo una acción más contundente que sin duda hubiera desestabilizado el gobierno.
Pensó también en una posible venganza de la propia doña Isabel de Borbón contra las putas preferidas por su marido para yacer en su cama, no era descabellado dado que la reina podía moverse por todo Palacio con absoluta libertad y contar con la sumisión de distintos soldados dispuestos a obedecerla. Pero tal hipótesis tenía varias fisuras: la primera era que no había acabado con todas las cortesanas, sino sólo con algunas aunque también era posible pensar en que la reina sólo quería dar una lección al rey para que recapacitase y dejase sus aventuras nocturnas. La segunda fisura apuntaba a que también era conocido que la reina tenía sus propios amantes, lo que significaba que su aprecio por el lecho conyugal no era tan grande como para plantear peligrosos asesinatos que le devolvieran al Rey —
sentenció.
Otra de las posibles líneas de investigación llevaba al enano a pensar en uno de los aprendices del Pintor del Rey que no pudiese contener la envidia contra la genialidad de su maestro y hubiera decidido acabar con su vida haciéndole peligrosamente sospechoso de los crímenes al rajar los retratos de las víctimas. No era descartable y por eso decidió investigar los movimientos de los pintores bajo la dirección de don Diego Velázquez.
Un alabardero de la guardia que custodiaba el acceso a los talleres informó al enano que acababa de ser inaugurado el llamado “Cuarto del Príncipe del Alcázar”, que no era otra cosa que una ampliación de “la Pieza Ochavada”, el pabellón del taller personal de Velázquez, anexionando nuevas salas para permitir que realizasen su trabajo nuevos pintores que dieran salida a la gran cantidad de cuadros pendientes. Tal información no hizo sino aumentar el interés del enano, que se dirigió con una hábil excusa hacia los dominios de Velázquez, donde encontró a varios pintores trabajando. Allí estaban Juan de Olaizola, integrante del equipo de vigilancia del maestro, los aprendices José de Argensola y Francisco Armentero, Pedro Díaz Villanueva y su discípulo Francisco Zurbarán, de la escuela sevillana. Zurbarán era un pintor conocido por sus cuadros religiosos, que durante bastante tiempo había residido en Llerena, realizando trabajos para conventos de Extremadura y Sevilla.
Recientemente, según se había informado el enano, había sido contratado para pintar una serie mitológica de Los trabajos de Hércules para el Palacio del Buen Retiro.
—Había oído hablar mucho de vuestra merced —dijo el bufón dirigiéndose al pintor de Llerena— La calidad de vuestros retratos os ha hecho merecedor de grandes elogios, en realidad debo reconocer que no conozco todavía vuestra obra, pero si las lenguas no mienten sois uno de los mejores pintores de nuestros reinos.
—Yo también había oído hablar de vuestra merced —contestó Zurbarán devolviéndole el cumplido, mientras seguía retocando el óleo en que trabajaba en correspondencia a los halagos del enano— Sois el bufón culto del Rey, el que sabe de poesía y teatro tanto como de dramaturgia y comedia, el que es capaz de recordar sonetos de Lope o Calderón, a la par de pasajes enteros del Quijote.
—Es más que eso —dijo a espaldas de ambos Juan de Olaizola, que acababa de unirse a la escena y había escuchado la respuesta de Zurbarán—
Es un brillante curioso que todo pregunta y a todo presta atención.
Deberíais probar con el pincel. Con vuestras dotes podríais ser muy pronto una promesa de nuestra pintura.
—¿Y que se debe vuestra visita? —preguntó entonces Zurbarán sin dejar de retocar con el pincel el Hércules sobre el que trabajaba— Ya sabéis que el maestro tiene prohibida la entrada a todo el mundo. No le gusta que se moleste en horas de trabajo.
—Precisamente vengo a buscarle, tengo un recado del Rey para él —
contestó apresuradamente el bufón, buscando una respuesta convincente.
—Pues podéis encontrarlo en “la Pieza Ochavada” está trabajando sobre un Cristo —le dijo Olaizola mientras volvía a su trabajo sobre una escena mitológica, y sonriendo añadió— Aunque tal vez haya dejado a un lado a don Felipe y esté retocando alguna de los muchos pedidos que tenemos pendiente de entregar.
Efectivamente, Calabacillas encontró a don Diego inmerso en la composición de un Cristo desnudo, que presentaba una vez más un magnífico dominio de la anatomía humana. Calabacillas se había acostumbrado a las pinturas del maestro y le resultaba difícil comprender la evolución de su pintura, pero advertía que Velázquez, lejos de anquilosarse en el retrato que tanta fama le había dado, probaba diferentes técnicas pictóricas, volviendo a veces a sus raíces, como las de aquel Cristo, que le recordaba tanto a las primeras pinturas del artista.
—Cuatro clavos de nuevo —dijo mientras observaba al pintor retocar sus pinceladas— Habéis vuelto a la tradición sevillana que os enseñó vuestro maestro Pacheco y que con tanta fama aplicó Martínez Montañés en su “Cristo de la Clemencia”.
Velázquez se volvió, todavía con el pincel y la paleta en sus manos y sonriendo miró al bufón, cuya presencia lejos de disgustarle le reconfortaba.
—Desde luego sois una caja de sorpresas —dijo soltando su instrumental y limpiándose las manos manchadas de óleo— No sabía que vuestros conocimientos artísticos también incluyeran la pintura, y mucho menos que tuvierais la habilidad y capacidad de relacionar mis fuentes de
inspiración. De vuestra merced deberían aprender muchos de esos críticos mal llamados maestros que sólo saben sacar defectos y no son capaces de entender de dónde nace la sensibilidad o a qué se debe que un pintor aplique de una forma u otra su técnica. Una vez más es un placer teneros aquí, y eso que he de confesaros que no son muchos a quienes me alegro de ver en estos días.
El pintor hizo esta última alusión mientras veía avanzar por el pasillo a fray Antonio de Sotomayor, que al igual que el enano se había saltado todas las prohibiciones de paso y se disponía a molestar al maestro en su trabajo.
—Veo que habéis vuelto a la pintura religiosa para deleite de Nuestro Señor —dijo con un tono de voz que no escondía su visible enfado, mientras observaba el óleo sobre el que trabajaba el artista.
—Si venís por los encargos ya os dije que tengo que acabar antes este Cristo para la iglesia de San Plácido y me queda pendiente un retrato del Rey para el Buen Retiro —le dijo Velázquez visiblemente incómodo por la visita.
—Disculpad que me encuentre aquí, en realidad sólo quería recordaros que la decoración de la capilla es también un encargo del Rey. No quiero incomodaros con mi presencia —se despidió el confesor real ante el tono de desagrado del pintor, mientras saludaba y volvía sobre sus pasos.
—Todo el mundo quiere sus cuadros terminados cuanto antes —
comentó Velázquez mientras veía alejarse a fray Antonio. Cada vez tengo más trabajo y me queda poco tiempo para estudiar nuevas técnicas en el retrato. Creen que plasmar un rostro es cosa fácil. No se dan cuenta del esfuerzo que lleva conseguir que un cuerpo pintado hable por sí solo, como si estuviera vivo. La expresión de una cosa muerta es el auténtico valor de la pintura.
—La expresividad de vuestros retratos os ha hecho célebre —confirmó el bufón halagando de nuevo al maestro, como sabía que tanto le gustaba—
y eso ciertamente no está al alcance de ningún otro pintor.
Velázquez hizo una seña a Calabacillas y le llevó hasta un lienzo enorme, apoyado en un lateral de la sala. No tenía nada pintado, tan sólo se veían ciertas manchas de carboncillo que parecían indicar puntos invisibles de correspondencia para un futuro trabajo. El bufón intentó imaginar
mentalmente qué pretendía el pintor con todo aquello, pero no logró comprenderlo. Los puntos no correspondían a ninguna figura humana, sólo parecían realizar indicaciones, señalizaciones para la ubicación de objetos, entonces le rondó una idea por la cabeza.
—¿Vais a realizar un retrato de grandes dimensiones o tal vez estudiáis la posibilidad de trabajar una escena con profundidad a través de distintos puntos de luz que dimensionen los cuerpos? —preguntó el enano visiblemente interesado.
—Muy acertado —confirmó el maestro agradeciendo encontrar a alguien tan docto y sagaz como el pintor— Traje algunas ideas muy claras de mi pasado viaje a Italia. Creo que lo difícil de verdad no es sólo hacer reales las expresiones y los cuerpos o el movimiento de los personajes, quiero ser más ambicioso y crear un mundo en el lienzo, con sus propias dimensiones, como si hubiera sido posible detener una escena cotidiana de la vida en un instante.
—Tal vez tengáis razón —dijo Calabacillas imaginando un cuadro que evocase lo que Velázquez le decía— La pintura es la única forma de detener el tiempo, la única posible inmortalidad para el hombre, y vuestra merced es su artífice y mejor soldado. El río de Heráclito jamás volverá a traer la misma agua, pero vuestra merced consigue parar el río y dejar que los tiempos venideros puedan beber de sus aguas. Sólo Dios y la pintura son inmortales. ¿Os dais cuenta de que en cierto sentido también sois un instrumento de Dios?.
Los ojos del pintor se clavaron en aquel enano de ojos torcidos y vieron en él al más docto de cuantos personajes había conocido. Era sin duda un genio en el arte de la imaginación y la palabra, y sintió que a su lado las musas estaban cerca y la inspiración le poseía.
—¿Me equivoco si os pregunto que todos esos retratos de cortesanas son parte de vuestro cuadro? ¿Qué vuestra merced quiere seguir avanzando en el estudio del cuerpo y las luces para conseguir una obra que admire el mundo? ¿Qué esas mujeres son las figuras que habéis señalado en vuestro lienzo? —prosiguió sagazmente Calabacillas.
—No es del todo cierto aunque sí tenéis parte de razón —confesó el maestro— Comencé a retratarlas porque me fascina la perfección de sus
cuerpos, su vitalidad, su belleza. Creo que la belleza es un don divino que demuestra la pureza del alma y merece ser retratada. Después me planteé crear una escena mitológica donde la diosa Venus, con uno de sus rostros, estuviera consolando a Orfeo de la pérdida de su amada, en dicha composición incorporaría a cada una de las cortesanas acompañando a la diosa en distintas posturas. Pero después de los crímenes me he planteado todo y he desechado la idea. De momento no avanzaré en el cuadro y me dedicaré a los encargos que he recibido. Tengo tanto trabajo que apenas puedo pensar en comenzarlo.
—¿Puedo haceros una última pregunta? —dijo Calabacillas y sin esperar la afirmación del pintor prosiguió— ¿Tenía la diosa Venus el rostro de doña María Isabel de Tolosa?.
La sonrisa del maestro fue más que una respuesta. Una vez más el pequeño bufón le había sorprendido como si fuera capaz de leer en su mente, más allá de lo que jamás nadie pudiera conocer.
Calabacillas salió del “Cuarto del Príncipe” tras despedirse alegremente de los pintores. Creía que allí se encontraba la clave de los asesinatos, pero no sabía por qué. Al fin y al cabo todo estaba perfectamente en orden y de no haber sabido la realidad, nadie hubiera dicho que el taller del maestro Velázquez estuviera sumido en las tensiones de Palacio. En ese momento le alcanzó el aprendiz José de Argensola, era un joven tímido, de aspecto delicado y nada propenso a exteriorizar sus sentimientos.
—Excusad mi atrevimiento —le dijo al llegar junto a él— Por lo que he podido ver sois amigo del maestro. En más de una ocasión le he escuchado hablar de vuestra merced con admiración y respeto, eso es algo de lo que muy pocos pueden vanagloriarse en la Corte. Necesito confesaros algo pero mi nombre no debe sonar porque si así fuera pudiera muy bien quedar apartado del taller. Juradme por Dios que todo lo que voy a deciros quedará en secreto.
—Lo juro por las Santas Escrituras —afirmó el enano.
—Veréis, desde hace unas semanas noto que mi compañero Francisco Armentero se comporta de una manera extraña, como si tuviera miedo de ser descubierto por alguna causa. Al principio faltó un par de veces porque al parecer le dolía la cabeza, después las ausencias se han hecho habituales
en cuanto el maestro no está presente y, cuando le preguntas de dónde viene, dice lo primero que se le ocurre. Tales ausencias no me alarmaron en un primer momento, pero la última vez que faltó coincidió con la muerte de doña María Isabel de Tolosa.
—¿Y por qué me lo contáis a mí, no debíais haber acudido a la
“Guardia Amarilla”? —interrogó Calabacillas.
—No tengo ninguna prueba, y si lo hubiera hecho le habrían detenido e interrogado. En mi familia somos cristianos nuevos y, de demostrarse su inocencia, yo tendría que abandonar el taller —explicó el aprendiz— Se lo digo a vuestra merced porque sé que utilizaréis esta información de forma discreta. No tengo la seguridad de que se trate de un delito, pero en estos días todo es posible. Por favor, recordad vuestra promesa y no me delatéis.
José de Argensola volvió sobre sus pasos al taller, dejando a Calabacillas perplejo y reflexivo. Se abría una brecha en la tranquilidad de
“El Cuarto del Príncipe” y decidió avanzar en la misma. Lo primero que hizo fue dirigirse de nuevo al alabardero que cerraba el pasillo de acceso.
Le preguntó si había visto salir a un aprendiz llamado Francisco, porque necesitaba verle y no se encontraba en su trabajo. El guardia le confirmó que no era la primera vez que le buscaban por faltar a su oficio.
—Id al pabellón de los sirvientes y preguntad allí al vigilante —
comentó el joven soldado— Probablemente el aprendiz haya ido a sus aposentos.
Calabacillas se dirigió entonces al pabellón donde estaban las habitaciones de los sirvientes y del personal del Alcázar y preguntó al alabardero que custodiaba la puerta, obviamente éste no le había visto, pero también confirmó que en las últimas semanas había estado enfermo y no había acudido en al menos cinco ocasiones a su trabajo.
—Dicen que tiene mal de ojo y que no es capaz de superarlo pese a haberse purificado en confesión. De hecho suele ir todas las tardes a misa de seis con fray Fernando de Ortuña, en la iglesia de Palacio —comentó el guardia en voz baja.
Era evidente que la feroz vigilancia sobre todo el personal del Alcázar había conseguido que nadie escapara al control de unos o de otros, y que fuera prácticamente imposible el movimiento de personas habituales en la
Corte sin que alguien cercano lo percibiese. Al menos eso habían conseguido las férreas medidas del capitán Ovando. Una vez más Calabacillas tuvo una suerte de premonición e intuyó que el asesino que perseguía estaba muy cerca, y era alguien conocido por todos.
El tiempo había cambiado. Esa tarde hacía frío y el viento soplaba moviendo las copas de los altos cedros de los jardines anexos al Alcázar.
Las nubes habían oscurecido el día y presagiaban fuertes lluvias para la mañana siguiente. El bufón se abrigó bien y se preparó para visitar la capilla, sobre la mesa dejó “El mejor mesón del mundo”, una novela amorosa del sevillano Rodrigo Fernández de Ribera que acababa de caer en sus manos y que había leído casi a la mitad.
Llegó poco antes del inicio de los oficios, era una capilla enclavada en el ala este a la que se accedía una vez atravesado el Patio de la Reina. No había mucha gente, y los que allí estaban eran todos sirvientes cuyas caras y nombres conocía. Casi tras él llegó Francisco Armentero. Venía tapado por una capa negra que no se quitó. Se sentó en la primera fila, solo, concentrado en rezar y recibir los sacramentos en la más profunda postración cristiana.
Calabacillas le vigiló durante toda la misa y, al acabar los oficios, se quedó discretamente fuera de su vista, tras un confesionario. No vio nada especial ni le llamó la atención ningún tipo de actuación del aprendiz.
Cuando se levantó le siguió con la mirada hasta la puerta principal, entonces le vio desaparecer por otro acceso que se encontraba muy cerca de la entrada y que comunicaba con la sacristía. Discretamente llegó allí.
Había una puerta cerrada. Tiró suavemente del pomo hacia abajo y la abrió unos dedos, dentro había una tenue luz. No oyó nada. Abrió un poco más y dejó pasar unos segundos hasta comprobar que no había nadie. Después se deslizó dentro y cerró la puerta tras él. Se escondió tras una mesa y esperó.
No se oía nada. Al fondo de la sacristía había otra puerta, también estaba cerrada, Llegó hasta ella y con suma delicadeza hizo que el pomo bajase, después tiró hacia él y la entreabrió un poco. En el interior había un candil encendido que apenas daba una luz mortecina. Oía susurros pero no podía entender nada, era como si dos personas hablasen en voz baja en su interior.
Intentó afinar el oído pero no consiguió oír nada más. La luz se apagó,
probablemente procedía de un candil y alguien había soplado para que se extinguiese. Esto le alarmó, se retiró de la puerta pero no salió nadie. Tenía que jugársela, así es que de nuevo llegó hasta la puerta. Un silencio sepulcral reinaba en la estancia. Entreabrió de nuevo la hoja de madera y volvió a escuchar susurros y algo que le parecieron gemidos. De pronto un ruido le alertó, como si algo se hubiera caído al suelo en la habitación contigua. Los susurros volvieron a ser perceptibles e incluso subieron un poco el tono. Sonaron más ruidos y más gemidos. Se deslizó lentamente en la habitación. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y llegó a percibir dos cuerpos en una cama. Con sumo cuidado se metió debajo mientras seguía escuchando los gemidos de las dos personas. Ahora tenía claro que estaba en la habitación del capellán Fernando de Ortuña y que era el indiscreto testigo de un encuentro amoroso.
Durante más de media hora los dos amantes prosiguieron su ritual sin descanso. El enano estaba inmóvil bajo la cama y sentía calambres en las piernas por la inmovilidad. Al fin terminaron. Escuchó risitas y besos desenfrenados. Después se encendió la luz de un candil y las palabras fueron tan perceptibles como reconocibles las voces de las personas que las pronunciaban.
—Debo volver cuanto antes, sospechan de mí y tal vez sea peligroso que salga tan tarde de la iglesia. Mañana intentaré estar aquí tras la primera misa, pero no es seguro, últimamente me vigilan mucho, creo que no creen lo de mi enfermedad-dijo Francisco Armentero.
Los dos salieron de la estancia, probablemente para despedirse y después sólo volvió uno de ellos. Durante un rato Calabacillas escuchó al capellán deambulando de un lado a otro de la habitación. Por fin apagó la vela y notó como se metía dentro de la cama. El enano no podía aguantar más el frío y la inmovilidad e intentó deslizarse fuera. Oyó la respiración continuada de Ortuña y supo que estaba dormido. Al fin salió de su escondite y llegó hasta donde creía estaba la puerta. Entonces se dio cuenta de que se había equivocado y se encontraba en la parte contraria de la salida. De nuevo comenzó a reptar, esta vez sobre la alfombra, arrastrándose muy lentamente. Su corazón bombeaba con una fuerza inusitada, creyó que llegaría a despertar al capellán, pero éste dormía a
pierna suelta. Por fin llegó a la puerta de la habitación. Deslizó el pomo con suavidad y abrió lentamente. La madera no hizo ruido. Salió a la sacristía cerrando tras él. Desde allí llegó hasta la puerta. La traspasó y cerró. Ya sólo le quedaba alcanzar la salida. Se apresuró hasta la puerta del templo.
Hacía un frío que helaba el aliento. Tiró del pomo hacia abajo pero la puerta no se abrió. El capellán había echado el cerrojo. Calabacillas sintió entonces un profundo temor y maldijo haberse metido en aquel lío. Se encontraba encerrado en la capilla de Palacio, tiritando y en la más absoluta oscuridad, donde no podía ver las arañas.
Durante largos minutos avanzó buscando una salida, pero fue inútil. El frío en el templo se hizo insoportable y sintió como se helaba mientras se frotaba las manos con fuerza para buscar el calor. Las ventanas estaban demasiado altas e inaccesibles, cerradas con vidrieras de colores. Al final optó por esconderse dentro de un confesionario, donde el suelo de madera impedía al menos la fría humedad que transmitía el enlosado de piedra. Se hizo un ovillo en el fondo del armazón de madera y se echó por encima un cojín que servía para acomodarse al capellán sobre la banqueta mientras escuchaba los pecados de sus fieles. Comenzó a dolerle la garganta y a sentir un dolor de cabeza insoportable. Se dio cuenta de que podía morir allí mismo, sin ningún sentido, de que su curiosa vanidad le había llevado una vez más a intentar una aventura que no le había conducido más que al peligro y, tal vez, a la muerte. No podía dormir pese a que consiguió encogerse en el suelo del confesionario. Intentó imaginar los secretos inconfesables que sería capaz de oír el sacerdote desde aquel lugar, tras la rejilla, de boca de villanos y nobles, de reyes y plebeyos. Después recordó a Segismundo, encerrado en su fría torre, buscando el sentido a la vida que le había sido arrebatada, e intentó imaginarse a alguien menos venturoso.
“Quejoso de la fortuna
yo en este mundo vivía
y cuando entre mí decía
habrá otra persona alguna
de suerte tan infortuna
piadoso me has respondido
pues volviendo en mi sentido
hallo que las penas mías
para hacerlas tú alegrías
las hubieras recogido”.
El amanecer le descubrió tiritando dentro del confesionario. Oyó ruido y supo que era probablemente el capellán o el monaguillo abriendo el templo para la misa del alba. Se irguió como pudo. Tenía todo el cuerpo dolorido por la incómoda postura y estaba helado como un muerto, pero no podía salir hasta estar seguro de que nadie le vería. Escuchó la llegada de feligreses. Apartó un poco la cortinilla para poder observar y comprobó que había al menos una docena de personas rezando, la mayoría mujeres, y algunas más se incorporaban a los oficios.
Volvió a cerrar la cortinilla con la mayor discreción para evitar ser visto, pero entonces empujó el taburete que había colocado de lado y en alto para poder utilizar todo el suelo del confesionario. El taburete cayó sobre el suelo de tabla e hizo un ruido que se le antojó espantoso. Esperó unos segundos sin saber qué hacer. Entonces alguien se postró de rodillas frente a la rejilla y susurró unas palabras en latín. El corazón le latía incesante.
Estuvo a punto de salir en estampida pero se contuvo en el último momento, y contestó como lo hubiera hecho cualquier arcipreste.
Las palabras le llegaron de forma poco clara. Era una mujer y estaba acongojada. Rogó a Dios para que acabara pronto su plática y le permitiera salir de allí. Por un momento le asaltó el terror de que otros feligreses estuvieran también esperando y todo aquello se convirtiera en una suplantación que le llevaría a la hoguera sin remedio. Sabía que la Santa
Inquisición no se compadecería de un enano que había utilizado un lugar sagrado para satirizar con los sacramentos. Era algo indefendible, nadie le apoyaría contra tales acusaciones. Estaba en peligro de muerte y a la fiebre se unió el terror de verse sorprendido y ajusticiado. Oyó las primeras palabras de la mujer muy bajito, apenas en susurros, y no fue capaz de comprender nada. Pero le pareció escuchar algo a lo que no daba crédito, tal vez fruto de su estado. Pidió que repitiera de nuevo lo que había dicho y entonces las palabras le estallaron en los oídos.
—Padre, confieso que he matado a las cortesanas de Palacio.
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