Aprendiz de hombre
Capã“tulo Ix
CAPÍTULO IX
-ESTAMOS viviendo momentos difíciles, muy difíciles, y todo el mundo tiende a ponerse demasiado nervioso, incluso el Rey parecía fuera de sí tras la reunión, creo que hubiera matado con sus propias manos al capitán Villanueva por hacer un ridículo tan espantoso —las palabras del Duque de Alba pusieron fin a más de una hora de conversación en la que había explicado a su fiel Calabacillas el desarrollo del encuentro con el monarca el día anterior.
—En verdad que tuvo mala pata el Jefe de la Guardia por no tener en cuenta que el Marqués de Camarasa pudiera no ser el asesino —dijo Calabacillas.
—¿Mala pata? Vive Dios que no fue mala pata, se cavó su propia tumba-contestó el Duque— Pero lo más terrible es que el asesino sigue suelto y puede volver a actuar de nuevo. Desde el primer criado hasta el propio Olivares, cualquiera puede ser el degenerado que se mueve a sus anchas por Palacio matando mujeres y tal como están las cosas en Italia dudo que su majestad quiera dejar el timón y marcharse a pasar una temporada de vacaciones a alguno de sus palacios.
—¿Pero no hay indicios de quién puede estar detrás de todo esto? —
preguntó inocentemente el enano— Los consejeros del Rey deben tener alguna respuesta.
—Ninguna. Estuve hablando un momento con su majestad y me confesó que descartado el de Camarasa no había ninguna prueba que inculpase a nadie en los asesinatos. De momento se ha encargado
personalmente de redoblar las guardias y controlar a todo el personal de Palacio. Nadie entrará o saldrá sin una credencial con el sello del propio Rey y sin conocer un santo y seña que será cambiado a diario, pero no tiene gran confianza en que esas medidas sirvan de mucho, visto lo visto el asesino es capaz de escurrirse por el ojo de una cerradura, en realidad parece un fantasma más que un cristiano de carne y hueso —zanjó el Duque.
—Perdonad mi impertinencia, mi señor —prosiguió Calabacillas, visiblemente interesado porque la conversación sobre los asesinatos no terminase— No creo que haya más de un centenar de personas que puedan andar libremente por Palacio sin levantar sospechas, entre las que me cuento. De ellas no habrá siquiera una treintena con capacidad de acceso a las salas donde se han producido los crímenes en las horas que tuvieron lugar y si tenemos en cuenta los requisitos físicos y la fuerza que se exige para llevarlos a cabo, tal lista puede quedar reducida a apenas una veintena de personas. No creo que sea tan difícil vigilarlas y saber qué hacen cada una de las horas del día.
—Lo sé —asintió el Duque— De hecho también sé que su majestad ha encargado a don Fernando de Borja, el Condestable de Castilla, que lleve a cabo personalmente esa lista. Yo os pido, leal amigo, que si sois capaz de descubrir la más leve prueba o tener la menor sospecha sobre el posible criminal me lo hagáis saber lo antes posible.
—¿Por qué no se lo ha encargado al Conde-Duque, al fin y al cabo es el primer ministro y ostenta un poder casi absoluto en los asuntos de estado —
insistió el enano como si la pregunta se le acabase de ocurrir en aquel momento.
—Creo que el distanciamiento entre su majestad y don Gaspar de Guzmán es un hecho a todas luces evidente —contestó solícito el Duque—
pero sobre todo creo, aunque sólo sea una intuición personal, que el Conde-Duque encabezará esa lista de sospechosos.
En los días siguientes el enano Calabacillas vivió en sus propias carnes las medidas tomadas a cabo para garantizar la seguridad del monarca, pero muy pronto se dio cuenta de que tales medidas provocaban un auténtico caos entre el personal de Palacio, que llegaba tarde a sus tareas cotidianas o
no podía acceder sin más a limpiar los lugares donde se encontraba el Rey.
Estaba claro que la desconfianza estaba a punto de generar un auténtico drama en el funcionamiento orgánico del Alcázar y nadie sabía a ciencia cierta si tales medidas daban algún resultado más allá del desconcierto.
Una vez más el Duque de Alba no se había equivocado y el Condestable de Castilla se encontraba al frente de todo aquel aparato militar en busca de un fantasma. “Resulta cómico —pensó Calabacillas— que la nación más poderosa de la tierra se esté tambaleando por causa de un solo hombre”.
Había que hacer algo y el bufón decidió actuar. Con más dificultades que si hubiera querido llegar al propio infierno logró acceder a última hora de la mañana junto al cementerio de los sirvientes, por la parte sur del muro de la Iglesia de las Claras, donde habían hallado el cuerpo sin vida de la segunda menina asesinada abrazando una cruz de hierro oxidada. Durante un rato estuvo dando vueltas por los alrededores, simulando estar preparando piruetas para algún montaje teatral de los que tanto gustaban al monarca. De vez en cuando pasaba una patrulla de guardias reales armados en perfecta formación marcial. Una y otra vez se preguntó por qué había sido asesinada allí, probablemente porque había salido del templo y se había topado de frente con el criminal. Sin llegar a conclusión alguna se centró en la cruz de hierro, necesitaba verla para poder tener un punto de referencia sobre su origen. Se dirigió entonces hacia el edificio donde se encontraba el Cuerpo de Guardia. Curiosamente la entrada estaba menos vigilada que cualquiera de los accesos a Palacio. Al atravesar el umbral fue parado en seco por un alabardero que le pidió el pase lacrado y el santo y seña. Después le preguntó dónde se dirigía.
—¿No lo sabéis? —dijo mostrando su expresión más inocente y bobalicona— Se está preparando un Auto de Fe para ahuyentar al demonio y distraer a su majestad y me han pedido que vea la cruz que tenía la doncella asesinada para buscar una cruz parecida que arderá en la hoguera como sacrificio contra el maligno. Ya sabéis, son cosas del «Maestro de Ceremonias», que pretende tenerlo listo para Cuaresma.
—Desconozco dónde se encuentra esa cruz, pero preguntad al Jefe del Cuerpo de Guardia, se encuentra en esa estancia —dijo el soldado indicando con la cabeza el despacho principal al fondo del pasillo.
Durante más de una hora el enano tuvo que repetir dos veces su historia y fue conducido de un lado a otro, con largos compases de espera en los despachos, sin que nadie supiera a ciencia cierta dónde se encontraba la cruz. Por fin un Oficial de la Guardia, visiblemente cansado de tanto ajetreo y pocas horas de sueño, pareció recordar.
—Está en el cementerio de los sirvientes —dijo de mala gana— Ha sido devuelta al lugar del que procedía, al parecer fue arrancada de la tumba de una muchacha que murió de fiebres maltas hace dos veranos, creo que se llamaba María Eulalia y trabajó como doncella de la infanta. No tenía nada de particular, es una cruz de hierro en espiral muy vieja, probablemente estuvo anteriormente en otra tumba. Podéis quemar cualquier cruz y nadie lo distinguirá, es una cruz tan vulgar como otra cualquiera.
Sin perder tiempo el enano volvió de nuevo al cementerio. Era ya la hora del almuerzo y por los alrededores no se encontraban ni los guardias que había visto por la mañana. La puerta del recinto estaba abierta. No tardó mucho en encontrar la tumba de la joven. Una tosca madera indicaba su nombre y había muchas flores, probablemente porque tenía familiares o amigos trabajando en Palacio. La cruz que presidía la sepultura era efectivamente una cruz vieja y herrumbrosa que no indicaba nada. Fue arrancada de allí y puesta en las manos de la asesinada con alguna misteriosa intención. “Tal vez porque el asesino pretendía que todos relacionasen el suceso con el mundo de los muertos y así evitar sospechas, como si la muchacha fallecida por las maltas se hubiera levantado de su tumba y se dedicara a matar a otras cortesanas, pensó Calabacillas, o tal vez, porque el asesino quería indicar algo, ¿pero qué?”.
En ese momento una idea se cruzó por la cabeza del enano. Rodeó la tumba y agarró la cruz con las dos manos tirando con fuerza hacia arriba.
Pese a que había sido clavada hacía poco tiempo y la argamasa aún no había fraguado suficientemente la cruz no salió. De nuevo dio un tirón, nada. Se apoyó empujándola hacia un lado y luego hacia el otro y tiró de nuevo.
Tuvo que repetir tres veces la operación. Por fin el hierro salió. En su parte inferior se abría en dos pletinas que lo sujetaban y que habían hecho tan difícil su extracción. La cruz era pesada y tuvo que sostenerla con ambas manos para poder guardar el equilibrio y poder colocarla de nuevo. El
enano sonrió, “la muerte por fiebres maltas debilitaba mucho a los enfermos, sin duda si el fantasma de la joven María Eulalia había salido de su tumba se encontraba en perfecto estado de forma y tenía la fuerza de un hombre adulto”, pensó con sarcasmo.
Estaba muy excitado por los descubrimientos y en vez de ir a almorzar a las cocinas, como hacía habitualmente, fue hasta el pabellón del servicio donde se encontraban los sirvientes. Desde allí se dirigió a la cercana “Casa de Muñecas” donde se alojaban las cortesanas. Conocía perfectamente a las damas de compañía de la infanta, las deslumbrantes mujeres que todo el mundo sabía eran amantes del Rey y, aunque en secreto, buscaba poder ver a su amada doña María Isabel de Tolosa, se encontró de frente con Encarnación de Salazar, una jovencita muy hermosa y habladora, rolliza de carnes, de tez blanca y pelo negro zaino a la que en más de una ocasión había adulado con sus memorizados sonetos. La muchacha se alteró un poco al ver allí al enano a quien jamás había visto pisar por aquellos pagos.
—¿Vuestra merced viene de parte del Rey? —preguntó— Hace tiempo que no nos llama y no sabemos si tiene miedo de que la maldición que se ciñe sobre nosotras le sea contagiada.
—Es normal que con tanto revuelo su majestad quiera evitar cualquier peligro —dijo el enano evitando contestar la pregunta— pero no se preocupe vuestra merced, seguro que en poco tiempo el criminal será apresado y las aguas volverán a su cauce. Si estoy aquí es porque tengo el encargo secreto de llevar unas flores a la tumba de una muchacha que murió hace dos veranos de fiebres maltas, tal vez la conocierais, se llamaba...
—María Eulalia, también la conocían como “la segedana” —terció la joven— no estuvo aquí mucho tiempo, en realidad fue contratada como doncella pero tenía una salud muy frágil y apenas pasó con nosotras un mes, fue internada en el hospital de Palacio con fiebres maltas y una semana después murió, aunque todo el mundo sospechó que había sido envenenada. Procedía de la familia de los Zúñiga, aunque en segundo o tercer grado, según dicen. Era muy tímida y devota, iba a misa dos veces al día y rezaba el rosario todas las noches. Estuvo poco tiempo pero la queríamos mucho, el Rey nunca tuvo contacto con ella porque temía por su mala salud, la verdad es que era muy buena personas, dulce y desinteresada
como jamás he visto a nadie. Todas teníamos la convicción de que no iba a durar mucho, y creo que ella también lo sabía, pero lejos de hundirse nos ayudaba a coser la ropa y a arreglarnos para las fiestas. Ella nunca asistió a ninguna. La recuerdo perfectamente. Fue una lástima que muriera.
—¿Sabe vuestra merced si tuvo alguna mala relación con doña Inés, si no se llevaban bien? —preguntó el enano como quien no quiere la cosa.
—¿Por qué dices eso?. No creo que “la segedana” tuviera jamás algún encontronazo con nadie. No puedes ni imaginar la clase de persona que era.
Algo fuera de lo común. Era discreta y tímida, pero en cuanto se la conocía se volvía muy dulce y agradable. De haber sido un hombre me hubiera gustado tener a mi lado a una mujer como ella, pero el infortunio le perseguía y ya veis como acabó —Encarnación Salazar hablaba más para sí misma que para su interlocutor, pero Calabacillas seguía con avidez cada una de sus palabras, intentando encontrar la clave de algo que sospechaba le aclararía muchas cosas— Dicen que era una auténtica doncella y que murió siendo una santa. Yo no lo pongo en duda. Después de conocerla cualquiera de las demás me parece una víbora, y eso que como sabéis yo me llevo bien con todas, pero en estos tiempos que corren raro es que alguna de las chicas no levante rumores ni te apuñale cuando menos te lo esperas. María Eulalia era distinta, bien distinta, por eso todo el mundo la recuerda con afecto, incluso con mucho afecto, se dice que el Conde de Sástago y Puebla la pretendió entre otros antes de venir a La Corte, y que ella le desdeñó por el amor de un sirviente que murió en extrañas circunstancias, pero ya sabéis que se cuentan muchas cosas...
Mientras regresaba a sus aposentos Calabacillas sentía que la cabeza le daba vueltas intentando retener todo lo que Encarnación de Salazar le había dicho y encajarlo con el resto de datos que había obtenido en sus investigaciones. Poco a poco una extraña idea iba tomando cuerpo en su mente y por más peregrina que le parecía, una corazonada le llevó a pasar la tarde mirando al techo de su cubículo, dándole vueltas a su imaginación, con la misma concentración con que observaba en ratos perdidos los lentos movimientos de las arañas.
Con la caída de la tarde las tripas comenzaron a chirriarle y recordó que no había comido nada en todo el día. Entonces fue hasta la cocina, donde
también tuvo que mostrar su credencial lacrada y dar el santo y seña del día, y cenó junto a los sirvientes que hacían turno durante la noche. Todo el mundo hablaba en voz baja y el ambiente, más que nunca, estaba impregnado de una tensión desconocida. Apenas cruzó unas cuantas frases con el resto de personas sentadas en los bancos de madera que comían a toda prisa y sin levantar apenas la cabeza, como si el hecho de demostrar tensión y recogimiento fuese un indicativo de inocencia. La sopa estaba sosa y el tocino con huevos muy salado, como si la tensión hubiera hecho también mella entre los cocineros, siempre tan correctos, y les hubiera hecho olvidar hasta las recetas más insignificantes.
De postre tomó una granada y jugó un rato con las pepitas rojas antes de devorarlas con avidez. Después también tomó un membrillo de la cesta de la fruta, le gustaba la carne áspera y el fuerte sabor que dejaba la lengua pastosa. Era curioso pero prefería tomar el membrillo como fruta que degustar el afamado dulce que con tanto esmero hacían los maestros de cocina y que le resultaba demasiado dulce. Por un momento y sin saber por qué se reprochó aquel pensamiento, no podía evitar en momentos de gula el recuerdo de aquella noche lejana, las punzadas del hambre y ver a su padre internarse en la niebla para buscar a duras penas unas bayas de majuelo con que poder engañar al estómago para evitar la muerte. El viejo Juan Martín Calabazas había demostrado que le quería más allá de su propia vida, y por más tiempo que pasase Calabacillas no podría olvidar aquel gesto tan generoso, algo que jamás había vuelto a ver jamás en ningún ser humano, y que a él le había salvado la vida.
De nuevo salió al patio de Palacio. Ahora los últimos rayos de luz se filtraban entre las nubes y un viento frío presagiaba que habría helada. Por más vueltas que le daba no conseguía encajar en su mente algunas de las piezas de la triste historia de Maria Eulalia “la segedana”, lo que le llevó a dirigirse de nuevo hacia la Casa de las Muñecas. Esta vez no se topó con ningún guardia en el camino, probablemente porque era la hora de la cena.
No encontró a Encarnación Salazar ni a María Isabel de Tolosa, tan sólo halló bordando en la sala de estar a otra de las cortesanas, Isabel Siruela, quien le dijo que probablemente ambas estarían en capilla y que no tardarían demasiado. El enano decidió quedarse a esperarlas interesándose
falsamente por los bordados de Isabel, la mayor de las cortesanas, que un día fuera favorita del Rey y que desde hacía meses no tenía otra ocupación que la costura. Era una mujer muy atractiva, que no pasaría los treinta años, y a quien el tiempo le había dado un encanto especial, aunque en Palacio era bien sabido que Felipe IV las prefería jóvenes, y que si seguía en la Casa de Muñecas no era sino para instruir a las nuevas cortesanas.
—Siempre me ha maravillado el que enhebrar agujas pueda provocar obras de arte, sobre todo porque soy un completo inútil y no sería capaz de hacer un zurcido —dijo el enano para romper el hielo.
—Es sólo cuestión de práctica— contestó ella visiblemente halagada—
Para mí es realmente entretenido, a veces se me pasa el día sin darme cuenta. No es mucho lo que hay que hacer aquí, y ahora encima apenas nos dejan salir por los asesinatos.
—¿No tiene miedo de que pueda pasarle a vuestra merced? —interrogó Calabacillas.
—Siempre es posible, estamos en manos de Nuestro Señor —dijo la mujer persignándose— pero creo que el asesino será apresado muy pronto, antes de que pueda cometer nuevos crímenes. Si nos toca nos tocó, nadie sabe lo que pasa por la mente de ese loco, imaginaos que ahora le da por matar bufones.
El enano sonrió cogiendo al vuelo el sarcasmo, se había dado cuenta de que aquella mujer era muy inteligente, además de tener grandes dotes para la costura, y le gustó saber que entre aquellas cortesanas había alguien con sentido del humor y sangre fría, alguien que tal vez le pudiera servir de gran ayuda.
—¿Conocisteis a María Eulalia, la segedana? —se atrevió a preguntar.
—¿Por qué lo preguntáis? Debéis saber que la conocí porque soy la más veterana de cuantas ocupamos esta casa y ella estuvo aquí sólo hace dos años.
—Hasta morir...
—Hasta morir de fiebres maltas. No creo que eso tenga nada que ver con los asesinatos hechos con arma blanca por un criminal —dijo mientras dejaba a un lado el bordado y dirigía la penetrante mirada de sus ojos verdes al inquieto enano.
—¿Sabéis que antes de venir aquí tenía muchos pretendientes, entre ellos algún grande de España? —siguió interrogando Calabacillas.
—Por lo visto os habéis informado bien, ¿pero en verdad no sospecháis que todas las que entramos aquí somos pretendidas por muchos, grandes o chicos de España? ¿No os dais cuenta de que entre estas paredes se encuentran las flores más esplendorosas de todo el imperio? —contestó mostrando de nuevo una sonrisa sarcástica.
—Claro, no hay más que veros —fue la rápida respuesta del enano.
—No me refería a mí, yo ya hace tiempo que superé la necesidad de mantener mi espíritu con los halagos de los hombres, aunque siguen haciéndolo. Quería haceros entender que, por nuestra belleza, somos escogidas para servir a los infantes y de paso servimos las necesidades del Rey...
—No era necesario que os explicarais, todo el mundo en Palacio lo sabe
—dijo Calabacillas empezando a incomodarse al haber perdido el rumbo de la conversación.
—Entonces ¿a dónde quiere llegar vuestra merced? ¿A le diga que tal o cual grande de España enviaba mensajes de amor a Maria Eulalia “la segedana”. Y a que le confirme que ese “grande” era don Francisco Vinuesa, el Conde de Sástago y Puebla?. ¿Acaso ahora vive de los chismes en vez de bufonadas?. —el humor ácido de Isabel Siruela tenía al enano contra las cuerdas, que no sabía si se estaba equivocando al hacer sus preguntas o por el contrario estaba en el buen camino.
—Eres mucho más listo de lo que pareces, ¿verdad? —prosiguió la mujer sin dar cuartel a su interlocutor— Dicen las chicas que eres capaz de recitar versos enteros del Quijote, y que los sonetos de Lope o Calderón no tienen secretos para vuestra merced. Alguien tan inteligente, con tanta memoria y que conoce tantos chismes podría muy bien ser peligroso para esos “grandes” de quienes habláis. Y ahora, querido bufón, deja de portarte como un imbécil y de hacerme preguntas cuya respuesta conoces y dime de verdad por qué estás esperando a Encarnación Salazar. ¿Tal vez para entregarle una inocente nota del Duque de Medina de las Torres, a quien tantas veces se ha negado a ver, o para concertar una cita secreta con algún segundón de La Corte?.
Calabacillas no tuvo que contestar. En esos momentos el azorado llanto de una mujer les llevó hasta la puerta. Allí estaba Luisa Magdalena de Jesús, una de las más jóvenes cortesanas, llorando desenfrenadamente y tapando su rostro con ambas manos. Fuera se oían pasos precipitados y los inconfundibles gritos de la “Guardia Amarilla” dando la voz de alarma.
Lo que ocurrió luego era ya intuido por Juan Martín Calabazas e Isabel de Siruela, ambos no se inmutaron cuando acertaron a escuchar la voz de uno de los soldados en medio de la noche. “¡Han matado a otra mujer, han matado a otra de las cortesanas! ¡Llamad al Condestable, que vengan refuerzos!.”
Los dos sabían que Encarnación Salazar no volvería a entrar jamás en aquella casa.
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