Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xxv
CAPÍTULO XXV
NO habrían pasado ni dos horas cuando alguien entró en la habitación del hospital donde el Jefe del Regimiento de Guardias del Rey se debatía entre la vida y la muerte. Penetró despacio, manipulando el pomo de la puerta con exquisito cuidado, evitando los ruidos y cerciorándose de la soledad del paciente, aunque probablemente era sabedor de que en ese momento nadie más que el herido se encontraba en la estancia.
Desde su escondite el pequeño bufón no lograba ver más que los pies de la cama del herido, y el desconocido no se colocó en aquel lugar. Durante unos instantes el recién llegado pareció dudar y quedó inmóvil junto a la puerta, como si intuyese que alguna trampa se escondía en la soledad de la habitación y que, en algún lugar de la misma, dos ojos intentaban sorprenderle.
Por un momento el corazón de Calabacillas comenzó a latir de manera desaforada, con una intensidad tan grande que estuvo a punto de saltar de su escondite al parecerle imposible que el recién llegado no pudiera escuchar sus latidos, amplificados en sus sienes, haciéndole sudar desmesuradamente y enloqueciendo sus ojos, que no podían contemplar más que el ángulo vacío de la estancia. Pero mitad por miedo y mitad por intriga, logró aguantar inmóvil. Tras varios minutos de espera no ocurrió nada, la habitación permanecía completamente en silencio, como si ningún ser vivo estuviese en su interior. Calabacillas comenzó a preguntarse si el asesino le había visto entrar en la estancia y sabía que permanecía escondido en algún lugar de la misma. Se imaginó al degollador de mujeres observando
minuciosamente el cuarto a la espera de que cometiera cualquier ruido imprudente que pudiera delatarle, para asestarle entonces una frenética puñalada como al resto de sus víctimas. Pero pese a que su corazón estaba a punto de estallar y sus sienes bombeaban aceleradamente la sangre a su cabeza, no se movió ni un milímetro, dominando la respiración hasta convertirla en insonora, casi inexistente.
Dando dos pasos al frente, el desconocido se mantuvo fuera del ángulo de visión del hombrecillo. Respiró profundamente, como dispuesto a hacer algo que marcaría su vida para siempre, y entonces desenvainó su espada y la enarboló con ambas manos, apuntando a los cielos y elevando los ojos hacia nubes inexistentes como pidiendo fuerzas a un dios sólo por él conocido.
Desde su escondite Calabacillas pareció oír un chasquido que le recordó al de una daga justo en el momento en que el misterioso personaje se puso en el ángulo de visión del bufón y éste pudo ver claramente los ropajes elegantes de la “Guardia Amarilla” y los blasones de la casaca del capitán Villanueva, pero en sus manos no había un cuchillo, sino una espada, la del propio Ovando, y con voz firme Villanueva habló al herido como si, pese a sus ojos cerrados y su sensación de ausencia, éste pudiera escucharle.
—Aquí os traigo vuestra espada, que tantas veces os ha ayudado en mil batallas, para que con ella venzáis de nuevo en ésta a la dama de la guadaña. Os admiro y respeto, porque sois hombre de honor, pero sobre todo porque me mantuvisteis a vuestro lado cuando el propio Rey dudaba de mi lealtad, pese a que también sé que dudasteis de mí en mis secretas persecuciones sentimentales tras la bella Raquel, por lo que no os censuro.
Salid de ésta capitán y os juro que en mí tendréis por siempre a un fiel vasallo y sobre todo a un amigo.
Tras depositar la espada a los pies del herido, el capitán Villanueva abandonó la sala y durante más de una hora reinó en la misma el silencio y la soledad
.Desde su seguro escondite el enano, convencido de que su intuición no tenía más que aliado que el transcurso del tiempo, intentó pasarlo de la manera más entretenida que pudo y fue repasando uno a uno los recuerdos de las víctimas y sus expresivas miradas en los bocetos de Velázquez, como
si los pinceles las hubieran descubierto en una de sus semblanzas más personales, inmortalizando el gesto, la mirada, la expresión, que las hacía únicas. Eran indudablemente hermosas, cada una de una forma, con un estilo, con un color de piel, de pelo o de ojos, pero todas tenían en su haber la virtud de la belleza que sólo la naturaleza otorga como don divino a un escaso número de mortales. Esa belleza que marchita y cae como los pétalos de la rosa, pero que da sentido a la flor y, tal vez, a la existencia, por efímera que sea.
Calabacillas sabía lo que era envidiar la belleza. Cuánto no habría dado por ser un hombre normal, sin aspecto de bufón, sin tener que hacer muecas y groseros chascarrillos para tener que ser escuchado, o demostrar su portentosa memoria a iletrados y analfabetos que no sabían apreciar la profundidad de un decasílabo o el sentimiento escondido en el soneto de un gran maestro. En sus sueños existió siempre la figura de otro hombre, un héroe como el capitán Álvaro de Ovando, admirado por todos y elevado a los altares de la Corte y sin embargo, el espejo, el execrable espejo, le devolvió siempre la imagen de un ser en quien no se reconocía, un enano de aspecto soez y repugnante, de dientes indisciplinados y vista demasiado tendente a la unidad, que sólo con sus burlas hacía bajar las cabezas para demostrar su existencia.
En demasiadas ocasiones anheló la figura de un hombre normal para poder satisfacer sus deseos sexuales sin que la puta de turno tuviese que hacer despiadadas muecas de asco y mirar para otra parte mientras fornicaba con ella. Jamás conoció una mujer que lo amase, nunca recibió una mirada femenina de deseo y tuvo que contentarse con las admiraciones y halagos de doña María Isabel de Tolosa cuando le leía el pasaje de algún libro, o le recitaba poesías que a veces recordaba y otras muchas improvisaba para ella, como si de un perro que supiera hacer una gracia especial se tratase.
Muchas veces se había preguntado por qué Dios le envió ese castigo cuando todavía era un inocente sin posibilidad siquiera para el pecado, tal vez porque su padre sacrificó la vida por él, ¿ese era su estigma, su cuenta pendiente?. Por qué ese Dios que hablaba de la justicia y la igualdad de todos los hombres, de poner la otra mejilla como respuesta a la agresión, le
había maldecido de aquella manera haciéndole nacer deforme en medio de la miseria y el hambre de una tierra tan desconocida para los todopoderosos Reyes y Duques que la poseían y de tan poco valor para los hombres que la sufrían. Había demasiadas respuestas que no conocía y que habían marcado para siempre su rebelde superación como ser humano, convirtiéndole en favorito de nobles y reyes hasta alcanzar la Corte, y poder vivir tomando las migajas del lujo de los ricos y disfrutar la visión de las mujeres más hermosas que jamás hubiera imaginado en su miserable existencia.
Por eso y quizá sólo por eso, la búsqueda del criminal era para él una oportunidad más de demostrar su no reconocida calidad humana, y se había convertido en una gesta personal contra aquel demonio que arrasaba todo lo que él había anhelado desde el primero de los días en que tuvo conciencia para saber que era sólo un aprendiz de hombre, un experimento de Dios, como en tantas ocasiones se había definido en una burla que hacía reír al auditorio.
Recordó la primera vez que se cruzó en Palacio con doña María Isabel de Tolosa, le impresionaron sus bucles rojizos, su tez blanca, sus pecas graciosas y sobre todo sus ojos claros y perfectos, iluminando la estancia con una fuerza que parecía nacer de otro mundo. Ella apenas le miró un instante y ni siquiera se dignó a dirigirle la palabra, en realidad actuaba como el resto de los sirvientes, porque un bufón no era más que un ser maldecido por la naturaleza a la que sólo el rey o los nobles dedicaban sus ratos de ocio para divertir a sus invitados con groseras ocurrencias.
La recordó también mirándolo absorta tras escuchar los versos que le leyó del Quijote, al descubrir que el bufón era también un hombre con sentimientos, y con las otras cortesanas en la capilla de Palacio, postrada en los asientos del fondo, donde solía ponerse la servidumbre, escondiendo la cara entre las manos para no delatar una cómplice sonrisa con uno de los más apuestos soldados de la “Guardia Amarilla”, y se descubrió profundamente envidioso de aquel muchacho, de aquella aventura de amor a hurtadillas que le era desconocida pero que intuía y quería para sí.
Devanando sus pensamientos pasaron lentamente los minutos hasta que alguien empujó de nuevo la puerta, que se abrió chirriando lentamente. Tras ella un nuevo personaje se introdujo en la sala y se paró durante unos
instantes frente al moribundo para comenzar a cantar en latín una oración antigua sobre el arrepentimiento y la salvación de los muertos. Después tomó algo que traía en sus manos y sin que todavía el escondido Calabacillas hubiera podido identificarle vio como movía el hisopo en el aire para rociar con agua bendita el cuerpo de Álvaro de Ovando mientras oraba y pedía a Dios por el descanso de su alma.
En ese momento la figura se postró a los pies del herido y Calabacillas consiguió por fin ratificar la presencia del recién llegado, aunque no hacía falta verle para saber de quién se trataba. Llevaba mucho tiempo esperándolo y sus intuiciones se habían hecho realidad, pero lejos de tener un sentimiento de victoria se sintió tremendamente cansado.
Entonces intentó descubrir por qué estaba envolviendo el cuerpo del herido y, con estupor, se dio cuenta de que el capitán Álvaro de Ovando iba a ser enterrado vivo.
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