Aprendiz de hombre
Capã“tulo Xxii
CAPÍTULO XXII
CORRÍA el tiempo y, lejos de aclararse, las muertes de las cortesanas se estaban convirtiendo en una auténtica pesadilla que tenía al borde de un ataque de nervios a todo aquel que deambulaba por Palacio. En los días siguientes los inquisidores, bajo la dirección implacable de fray Jimeno, llevaron a cabo treinta detenciones, descubriendo a mayordomos que habían robado cubiertos pertenecientes a las famosas colecciones reales, brujas que escondían sus ritos prohibidos bajo la inocente piel de asistentas y limpiadoras y judíos que renegaban de Cristo bajo sus hipócritas promesas de conversión obligada. Todo el mundo en el Alcázar parecía ser culpable hasta que no se demostrase lo contrario, y corrían malos tiempos para todo aquel que tuviera cuentas pendientes con los allegados al Rey o hubiera manifestado en algún momento críticas contra la política internacional del Conde-Duque. El inquisidor, estrechando aún más la fórmula que llevara a cabo el capitán Ovando, intentaba cerrar así el círculo contra el asesino y devolver la calma a Palacio, pero lejos de tranquilizar la situación, sus actuaciones estaban haciendo tambalearse los cimientos del Alcázar y ya nadie se sentía seguro.
Siguiendo las tradicionales costumbres de su Orden, fray Jimeno había multiplicado las confesiones descubriendo mil y una pequeñas faltas de los sirvientes, a quienes convertía en sus espías a cambio de perdonar los azotes por sus “debilidades”. Nadie estaba a salvo y todo el mundo era consciente de que el antiguo amigo podría ser un delator. Nadie preguntaba cuando en medio de la noche escuchaban los gritos de algún detenido que era llevado a
rastras hasta los calabozos. Nadie sabía a ciencia cierta si el siguiente turno era el suyo, por eso el Alcázar se había convertido en un cementerio donde todo el mundo hablaba a media voz y caminaba con la cabeza agachada y el terror en los huesos.
Esa noche alguien empujó la puerta de la habitación del capitán Ovando, incomprensiblemente los guardias no se encontraban custodiando la entrada. Penetró en silencio, sabía que, tras la puerta, el capitán colocaba habitualmente una silla para prevenir cualquier movimiento en el interior y provocar que alguien que entrase a hurtadillas se delatase. Retiró la silla y sacó un arma afilada, con ella en la mano avanzó lentamente hasta el bulto sobre la cama, en ese momento el tenue sueño del capitán se desvaneció al escuchar un sonido sordo y se despertó violentamente, presentando la daga a su enemigo. Pero era tarde, con un violento movimiento el asaltante golpeó la mano del capitán que se abrió perdiendo el puñal. El acero chocó contra el enlosado de forma estrepitosa. Estaba vencido. El destino era inevitable. Sólo un instante para ver aquel rostro descarnado, sonriente bajo la capa negra, con sus manos aferradas a una guadaña que elevaba inexorablemente. Entonces despertó. La inconfundible voz de Juan Martín Calabazas le sacó de su pesadilla en medio de fríos sudores que habían humedecido su rostro.
—Levantaos rápido, tenéis que huir cuanto antes, vendrán por vuestra merced en unos minutos, no tenéis tiempo que perder —dijo mientras le daba un empujón para que se vistiera.
—¿No entiendo? ¿Qué es lo que hacéis? ¿Estáis completamente loco?
—exclamó Álvaro de Ovando quitándose de encima al enano de un empujón mientras intentaba volver a la dignidad de la vida real.
—Lo sé, lo sé, sé que no entendéis nada, pero creo que os han tendido una trampa y, si no escapáis ahora, será difícil que no consigan su objetivo
—explicó el bufón apresuradamente sin acertar las palabras que provocaran la reacción que buscaba en el capitán.
—¿Pero de qué habláis, queréis decirme de una vez qué es lo que pasa?
—dijo Ovando mientras comenzaba a vestirse a toda prisa.
—El Conde-Duque ha recibido un mensaje procedente de Sevilla pidiendo vuestra inmediata detención y lo ha puesto en manos de los
inquisidores. Se os involucra en realizar ritos satánicos durante vuestro viaje de regreso de La Habana. Lo he sabido todo porque me encontraba junto al Rey cuando han acudido a informarle y a anunciar que os detendrán para investigar el suceso —le dijo mientras le pasaba las botas para que se las calzase.
—¿Pero cómo puede darse crédito a esa farsa? ¿Qué pruebas pueden tener contra mí que procedo de una familia de cristianos viejos? —dijo el capitán mientras se ponía las botas altas de cuero.
—La misiva procede al parecer del Corregidor de Sevilla. Detuvieron a una bruja y durante su interrogatorio os ha delatado, tenía una espada con vuestras iniciales —dijo el enano mientras le daba la capa y el sombrero de ala ancha— Ahora marchémonos cuanto antes, no tenéis un minuto que perder, si los guardias de la Santa Inquisición os detienen aquí, poco podréis hacer por vuestra defensa.
—Pero si huyo seré un proscrito y me declararán culpable —dijo el capitán dudando sobre seguir al enano o hacer frente a lo que se le venía encima.
—No sabéis como es la Inquisición, capitán —dijo Calabacillas tirando literalmente de Ovando hacia el pasillo— Están deseosos de hincarle el diente a un hueso como vuestra merced. Habéis suplantando su poder en Palacio y eso es algo que no os perdonan, sobre todo el abad Scaglia y probablemente muchos más que no conocemos. Si os torturan confesaréis lo inconfesable para que os dejen morir en paz. He visto sollozar como niños por menos a otros hombres que también se creían intocables.
—Pero así no demostraré nada, ¿nos os dais cuenta de que si huyo darán por hecho que ha sido cierto y mancillaré el honor de mi familia? —le dijo el capitán parando en seco al enano.
—¿Y de qué vale el honor si estaréis muerto y darán por hecho que sois un hereje? Necesitáis poneos a salvo y buscar apoyos ahora que podéis.
Luego ya veremos como demostrar vuestra inocencia. Ahora corred y dejaos de hablar si en algo apreciáis vuestra vida —le dijo tirando de él una vez más y consiguiendo que por fin le acompañase hacia el pasillo que llevaba a las plantas inferiores.
Alcanzaron la parte sur del Alcázar para llegar hasta las caballerizas. El capitán seguía al bufón todavía a regañadientes, dudando sobre si el escapar y no hacer frente al problema sería una solución correcta. Jamás en la vida le había vuelto la espalda al peligro por más terror que éste le hubiera provocado y ahora estaba corriendo como un cobarde, para ponerse a salvo de una acusación que no tenía fundamento alguno. Por fin se paró, dispuesto a volver sobre sus pasos antes de seguir con aquella locura.
—Tengo que regresar. —le dijo al enano que se volvió mirándolo con escepticismo— Todo el mundo me aprecia en Palacio. Soy un héroe, todos lo dicen, no me pasará nada, me creerán, ya lo veréis. Tiene que haber otra salida, no pueden acusarme de algo que no he hecho. No soy un hereje, he puesto mi vida en peligro mil veces para defender nuestra bandera. Esto no puede sucederme a mí. Apelaré a mis validos, ellos me defenderán.
—Os equivocáis —replicó el bufón en un último intento por convencerle— Los mismos que ayer os aclamaban hoy no dudarán en enviaros a la hoguera. ¿No os dais cuenta de que todo es un juego de intereses? ¿De que la mitad de los que os saludaban en la fiesta de recepción ahora quieren veros encerrado?.
—¿Y mis éxitos militares? ¿Todo lo que he hecho en el campo de batalla? ¿Creéis que no valorarán eso? —protestó el capitán demostrando una vez más su terquedad.
—El éxito no siempre es reconocido por los mediocres, de hecho vuestra merced es un notable personaje y el pago de los tontos es la envidia
—le dijo Calabacillas.
El capitán Ovando bajó entonces la voz para dar mayor intimidad a sus palabras mientras un rictus de diabólico sarcasmo se apoderaba de su rostro.
—Soy un cristiano viejo, por mis venas corre sangre impoluta y nadie osará creer a ese Corregidor de Sevilla que según tengo entendido tiene una nariz que le tapa el rostro-su voz bajó aún más el tono aunque sin esconder su envenenado matiz sarcástico— Bien pudiera tener ascendencia judía y pertenecer a la familia de uno de esos usureros prestamistas que tienen subyugadas nuestras finanzas y se enriquecen con la plata de nuestras minas. Si por mí fuera a más de uno colgaría de la torre del Alcázar, después de hacer jurar su lealtad a Cristo Nuestro Señor.
Calabacillas no daba crédito a las palabras del capitán Ovando en un momento como aquél. Su rostro se convirtió entonces en una mueca de desprecio y sus palabras resonaron duras y lacerantes.
—Me decepcionáis, capitán. Creía que valorabais a los hombres por la grandeza de sus actos, la tolerancia con sus vecinos y la heroicidad de su corazón y no por el tamaño de sus narices, el apellido de sus antepasados o la suerte de su naturaleza. ¿Tiene el burro culpa por nacer burro y, sin embargo, es menos útil al labriego que el caballo?. ¿Creéis acaso que existe un dios para los judíos y otro para los cristianos? ¿Creéis entonces que mi dios no es el vuestro porque nací pequeño y deforme?.
—No voy a permitir que un aprendiz de hombre se permita poner en duda mi honor, por mucho que aprecie vuestra colaboración y compañía —
fue la respuesta envenenada de Álvaro de Ovando.
—“Donec eris felix, multos numerabis amicos, tempora si fuerint nubila, solus eris” —con la cita de Ovidio por respuesta, Calabacillas hizo una mueca de desprecio y se inclinó ante el capitán con un sarcástico saludo como si del mismo Rey se tratase.
No hubo más que hablar. Álvaro de Ovando se volvió en dirección a sus aposentos mascullando maldiciones contra el enano y jurándose que jamás volvería a dar crédito a un bufón, por muy inteligente que le pareciese.
Ahora tocaba enfrentarse al destino con honor y dignidad, y se sentía convencido de que saldría victorioso de esa batalla.
Calabacillas le vio marcharse con tristeza. Del enfado había pasado a la compasión. Sabía que el orgullo y la arrogancia del capitán le iban a llevar a la tortura y tal vez, a la muerte.
A las puertas de sus aposentos tres soldados con uniformes negros estaban esperando la llegada del capitán Ovando. Su actitud no era de respeto y no presentaron armas cuando le vieron ante ellos con el escudo del Rey bordado en la casaca y las insignias de Jefe de la “Guardia Amarilla”, lejos de eso, la voz de uno de ellos, el oficial de mayor rango, resultó ciertamente dura y distante.
—Quedáis detenido por orden de la Santa Inquisición, debéis entregarnos vuestras armas y seguidnos —dijo lacónicamente.
El capitán Ovando obedeció y siguió los pasos del que había hablado, tras él avanzaban los otros dos. Se dirigieron directamente al Cuerpo de Guardia y desde allí, a los calabozos del piso inferior, donde fue instalado en una de las celdas, semejante a donde él mismo había encerrado a don Diego Velázquez poco tiempo atrás. Dos soldados quedaron custodiando la puerta mientras el oficial penetraba en su interior con el detenido.
—Deseo ver al secretario del Rey o al Conde-Duque —ordenó el Jefe de la “Guardia Amarilla”— Esto tiene que tener una explicación y estoy dispuesto a dársela.
—¡Usted hará lo que le digamos! —fue la contestación del oficial de la Inquisición— ¡Ahora no estáis en manos del Rey sino de la Iglesia, y ante ella responderéis!.
—Soy inocente —repitió el capitán con desesperación— Tenéis que dejarme demostrar mi inocencia, soy un cristiano viejo, un creyente, os estáis equivocando.
—¡Eso dicen todos los herejes! ¡Hay pruebas irrefutables que demuestran que sois un adorador de Satanás!. ¡Tendréis un juicio sumario.
Os aseguro que la muerte será poco castigo para vuestra merced! —dijo el oficial sin dejar de gritarle.
Ante esa respuesta el capitán sintió que la ira le hacía hervir la sangre.
Jamás había permitido tamaña injusticia bajo su mando y no estaba dispuesto a tolerar que un soldado de rango muy inferior le tratase como a un delincuente. Con un rápido movimiento lanzó de revés su mano derecha alcanzando en el rostro al oficial, que gritó pidiendo auxilio. Los dos soldados que habían quedado en la puerta de la celda penetraron dentro, espadas en mano. Con un rápido gesto Álvaro de Ovando agarró la espada del oficial y la desenvainó mientras empujaba a éste contra los guardias.
Los dos soldados intentaron atacar a la vez, sabedores de que sería prácticamente imposible detenerlos. El oficial aprovechó para salir de la celda y gritar pidiendo refuerzos. El capitán se echó sobre la pared a su izquierda para impedir un ataque conjunto y hacer frente sólo al soldado que atacaba por ese lado. Los aceros se cruzaron. Su espada paró el primer golpe que buscaba su cabeza y, dejando que el acero se escurriera con velocidad hacia el suelo, hirió en la pierna a su enemigo, como hiciera
tantas veces en el campo de batalla. De un desesperado giro de revés alcanzó también en una mano al otro soldado. Antes de que los soldados de la Inquisición se recuperasen del sorprendente ataque salió de la celda y cerró la puerta por fuera. Ante él, por el pasillo, descubrió al oficial pidiendo auxilio a gritos. Corrió como un diablo y de un salto le alcanzó con una patada que le arrojó violentamente al suelo.
Después subió por la escalera que daba a la planta superior. Al salir se topó de frente con varios alabarderos del Cuerpo de Guardia que habían acudido al oír las voces. Iban armados y le apuntaban. Álvaro de Ovando arrojó entonces su espada ante ellos y besó la insignia de su casaca.
—¡Quiero ver cuanto antes al Conde-Duque o al mismo Rey! —ordenó tajante— ¡Decidles que me ha detenido la Inquisición sin ninguna causa!.
¡Decid a su majestad que si quiere mi vida puede disponer de ella, pero mi honor sólo he de entregarlo a Dios, quien ha de juzgar si soy culpable o inocente de herejía! ¡Y soy inocente!. Y por favor, haceos cargo de mi persona, no dejéis que esas alimañas de ahí abajo pongan sus sucias manos sobre vuestro capitán.
En ese momento el oficial de la Inquisición apareció por las escaleras, espada en mano, dirigiéndose directamente hacia el detenido.
—¡Ha herido a mis hombres y ha intentado escaparse! —dijo echando furiosas llamaradas de ira por sus ojos— ¡Es culpable de brujería y ahora también de sedición! ¡Merece mil veces la muerte!.
El capitán estaba firme cuando recibió la patada del oficial en la entrepierna que le dobló haciéndole caer al suelo. Allí se tapó la cabeza con las manos para evitar que nuevos golpes le acertasen en el rostro, pero no hubo más. Los alabarderos reales habían presentado armas contra el oficial de la Inquisición.
—¡Esa no es forma de tratar al Jefe de la “Guardia Amarilla”! —dijo el de mayor graduación— ¡Si es delincuente o no será sentencia de un tribunal no de vuestra merced!.
El inquisidor masculló una maldición en voz baja, pero cambió de actitud y pidió que encerraran al detenido. El capitán Ovando volvió a los calabozos, custodiado esta vez por guardias del Rey. No opuso resistencia cuando le colocaron en los pies los grilletes clavados en la pared, ni
tampoco cuando esposaron sus manos con una cadena, al fin y al cabo había intentado escaparse.
Después pasaron las horas mientras la humedad se le metía en los huesos y los temblores por el frío se hacían insoportables. No entendía cómo tardaban tanto en venir a verle. Se imaginó suplantado por un capitán de la Inquisición que sugería al Rey que no acudiese nadie a escucharle. Sus reflexiones le torturaban minuto a minuto y le menoscababan su ya debilitada fortaleza mental. En aquellos momentos echó de menos a su guarnición de La Habana, aquellos fieles soldados que hubieran dado su vida por salvarle. Supo que había sido un error venir a la Corte, y comprendió por qué el imperio se estaba desmoronando irremediablemente.
Hombres como él daban su vida en el campo de batalla para defender una monarquía que no les garantizaba ni siquiera el derecho a vivir. La todopoderosa Iglesia tenía en sus manos el poder para dar o quitar la vida en nombre de Dios y nadie estaba a salvo. Le habían enseñado a odiar a los protestantes holandeses, a los católicos franceses, a los corsarios ingleses, a los indígenas ateos, pero se preguntó si eran mejores que aquellos a quienes servía. “¿Le hubieran metido alguna vez en una celda las tropas de Richelieu si hubiera estado en sus huestes?. ¿Merecía la pena sacrificar la vida por una Iglesia que mataba inocentes?” —se preguntó, y en esos momentos se arrepintió de haber pateado al oficial de la Inquisición y no haberlo atravesado de parte a parte con su espada.
Por fin hubo ruido de pasos frente a su celda. Habían transcurrido muchas horas. Tenía hambre y mucha, mucha sed La herrumbrosa puerta chirrió y se abrió lentamente. Dos soldados penetraron en el interior. Tras ellos iba un sacerdote armado, en su vestimenta negra llevaba bordado el temible escudo de la Inquisición.
—Su majestad ha accedido a que nos hagamos cargo de vuestro interrogatorio —dijo sin presentaciones— Hemos inspeccionado vuestras estancias y hemos hallado allí una botella con el bebedizo que según confesó antes de morir, os entregó la bruja para que invocarais al demonio.
No cabe duda de que sois culpable y vuestro destino será la hoguera liberadora. ¿Tenéis algo que decir en vuestro favor?.
El capitán Ovando guardó silencio. No tenía palabras con qué afrontar la realidad. De pronto sintió un terrible abatimiento y se desmoronó.
Tuvieron que ayudarle a ponerse en pie porque las piernas no le sostenían.
Le golpearon varias veces hasta que se puso a andar, pero apenas sintió los golpes, tan sólo notaba como la sangre de una de sus cejas rotas le nublaba el rostro, pero no se limpió. La sangre le llegó hasta la comisura de los labios, abrió la boca y dejó que le enjugara la garganta. La puerta de la celda se cerró tras él y por un momento se sintió como si le llevaran al patíbulo. Estaba solo, más solo que nunca, y terriblemente abandonado a su suerte por aquellos que horas antes le habían agasajado con toda clase de honores, como predijera el enano Calabacillas.
Al pasar ante el Cuerpo de Guardia los soldados presentaron armas, mostrándole respeto, pero él ni siquiera les vio. Miraba al infinito, muy lejos, hacia las profundidades de su existencia, y allí descubrió a su hermano. Había pasado mucho tiempo. El esqueleto de Pedro de Ovando estaba frente a él, subido en su caballo, y le sonreía mientras tendía su mano derecha para tocarle, en ese momento la lanza de un holandés le atravesó de parte a parte. Intentó levantar las manos para ayudarle pero las pesadas cadenas se lo impidieron, entonces volvió a la realidad y no le pareció menos terrible.
De nuevo sintió un golpe y más sangre sobre el rostro, después la claridad del día al salir al exterior le obligó a cerrar los ojos, porque llevaba horas sin sentir la luz del sol. La sed le quemaba la garganta hasta casi hacerle enloquecer. Le vendaron los ojos y le montaron en un carro. Uno de los verdugos le dio de beber un líquido inmundo. No pudo soportarlo y vomitó. Lentamente el vehículo fue atravesando las calles de Madrid. Hacía calor y el aire le cortaba el rostro, pero en medio del delirio Álvaro de Ovando agradeció poder respirar el aire del exterior porque tal vez era la última vez que lo hiciera en su vida. Le dolía todo el cuerpo, sobre todo las muñecas y los tobillos aprisionados por los grilletes. La cabeza le ardía y la sed se hacía cada vez más insoportable. El carro paró de pronto. Oyó como abrían la puerta de atrás y tiraban de él brutalmente. Cayó de golpe haciéndose daño en las rodillas. Después alguien le golpeó en la cabeza con algo muy duro. Un nuevo golpe y todo se nubló, como si la noche hubiera
vencido a la luminosidad de la vida, tal como siempre le había sucedido cuando alcanzaba algunas cotas de felicidad.
Abrió los ojos en otra celda tan inmunda como la anterior. Le habían echado un cubo de agua fría encima para despertarle. Estaba sentado en una silla de hierro, atado con cadenas a las patas y con dos grilletes a los brazos de la silla. Todo estaba muy oscuro, tan sólo la luz tenue de un candil de aceite iluminaba parte de la estancia. Olía mal, muy mal, un olor fétido procedente tal vez de la canalización de aguas fecales. En el ambiente flotaba un hedor casi asfixiante, como si la humedad constante produjera la podredumbre de todo cuanto allí se encontraba. Alguien le colocó por la espalda un casco de hierro en la cabeza con alambre de espino en su interior. Se lo ajustó a la barbilla con una correa de cuero hasta conseguir que le quedara sujeto, aunque no muy apretado. Era pesado y sintió como las afiladas puntas le rasgaron el cráneo por multitud de pequeñas heridas, pero no le dolía demasiado. De nuevo sintió un frío terrible que le hizo tiritar: era la fiebre, que le estaba subiendo por momentos. Sus ojos consiguieron adaptarse a la penumbra. Ante él había un monje y el sacerdote armado que había visto en Palacio con el uniforme de la Inquisición. El monje tenía una Biblia entre sus manos y rezaba incesantemente. El inquisidor le miraba mientras un soldado que no había visto le echaba un nuevo cubo de agua infecta para terminar de despertarle.
Abrió la boca y dejó que el asqueroso líquido que le corría por el rostro le aliviase su reseca lengua. Todo estaba en silencio.
—¡Jurad en nombre de Dios que diréis la verdad y sólo la verdad! —
dijo el monje con un grito atronador mientras le mostraba la Biblia.
—Lo juro —respondió en bajo el capitán Ovando.
—Jurad que sois cristiano y creyente en la doctrina de Cristo Nuestro Señor.
—Lo juro.
—¡Jurad que amáis a Dios Todopoderoso, a Cristo su hijo y reconocéis a la Virgen, Inmaculada Concepción y Madre de Nuestro Señor!.
—Lo juro.
—¡Jurad que creéis en el Misterio de la Santa Trinidad, que reúne en tres personas distintas, Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, a un solo Dios
verdadero!.
—Lo juro.
—¡Jurad que creéis en la Iglesia como heredera de la voluntad de nuestro Señor, y reconocéis al Papa como sucesor legítimo de San Pedro!.
—Lo juro.
Durante más de una hora el monje fue exigiendo juramentos de reconocimiento de los Apóstoles, los Libros Sagrados del Testamento, los milagros de Jesucristo y los hechos recogidos en la Biblia que negaban las principales sectas que proliferaban en España. Todas y cada una de las preguntas recibieron el mecánico juramento del capitán Ovando, quien permanecía con los ojos mirando al infinito y la mente puesta muy lejos, en las calles empedradas del Cáceres de su infancia, en las tierras de Holanda y en la bahía de La Habana, donde había pasado los mejores momentos de su azarosa vida.
Por fin le tocó el turno al inquisidor fray Jimeno. Portaba una rama de abedul en su mano derecha. Su voz sonó firme y explosiva, como una detonación en la húmeda celda.
—¡Jurad en nombre de Dios que no conocisteis a una bruja en Sevilla llamada Juana Herreruela!.
Por toda respuesta se hizo el silencio. El capitán Ovando intentaba recordar su visita a Sevilla, no mucho tiempo atrás, entonces sintió un profundo dolor en la cabeza al recibir en el casco el golpe de la rama de abedul, las puntas habían hecho su trabajo.
—¡Jurad que no conocisteis a Juana Herreruela! —repitió fray Jimeno.
De nuevo el silencio. La rama silbó al cortar el aire para golpear con fuerza el casco sobre la cabeza del capitán. Este chilló de dolor.
—¡Jurad que no llevasteis a cabo un aquelarre para hablar con vuestros muertos!.
De nuevo el silencio.
—¡Jurad que no os entregasteis a ritos satánicos y a la adivinación del pasado invocando a Satanás!.
—Lo juro —respondió por fin el capitán, esperando el inevitable castigo.
El palo golpeó una vez más el casco. El dolor se hizo mucho más fuerte.
Álvaro de Ovando gritó, sentía como la sangre le manaba de la cabeza por mil heridas. Y sabía que aquello no había hecho más que empezar.
El inquisidor se giró y habló en voz baja unas palabras con el soldado que había arrojado el agua. Este se dirigió entonces a la puerta de la celda y dio unas órdenes a los guardias del exterior. Pasaron unos interminables minutos sin que nada sucediera. De pronto se oyó un grito de dolor que retumbó en los pasillos acrecentado por el eco. El lamento se repitió varias veces y se multiplicó por mil en la mente del capitán Ovando. Alguien más estaba siendo interrogado en los calabozos. Por un momento se apiadó de aquel pobre miserable y rezó en voz baja para mantener la cordura. Poco después chirrió otra puerta, se escucharon unos pasos avanzando por el pasillo y dos soldados penetraron en la habitación sosteniendo el cuerpo de otro preso. Tenía la cara deformada por los golpes, el pelo largo le caía a medias sobre el rostro e impedía reconocer sus facciones, pero sus ojos verdes seguían teniendo una intensidad que le delataba.
—No le reconozco —dijo dirigiéndose al inquisidor que todavía portaba la vara de abedul como si de un cetro se tratase.
—El palo silbó en el aire y alcanzó el rostro del preso recién llegado.
Este no se inmutó, sin duda había sufrido torturas mucho más terribles durante los días pasados y aquello no significaba nada comparable a lo vivido.
—¿Queréis volver al potro? —preguntó fray Jimeno desafiante —
Jurasteis que reconoceríais a los culpables de herejía en cuanto os los mostrásemos y ahí tenéis a uno de ellos.
—No, no le reconozco, creo que no era él —repitió Lorenzo Gadir sin mirar siquiera al capitán. Entonces sintió un mareo y las piernas no le sostuvieron. Los guardias le sujetaron para que no diera con sus huesos en el frío suelo.
En aquel momento Álvaro de Ovando sintió un escalofrío de admiración por aquel hombre que se estaba jugando la vida para salvarle.
Se juró que si alguna vez volvía a ser el que había sido le tendría a su lado, porque jamás había visto una mayor prueba de lealtad por alguien a quien apenas conocía y que sólo pretendía salvarle de una muerte segura.
—¡Dejadle, él no ha hecho nada! —dijo entonces el capitán Ovando—
¡Sólo me acompañaban cuando estuve en Sevilla!
—¿Quién más os acompañaba además de “el cordobés? —interrogó el inquisidor haciendo tartamudear por primera vez al capitán.
—Nadie, no había nadie más, lo juro —contestó Álvaro de Ovando.
—¡Mentís! ¡Sois sólo un blasfemo sin agallas! — gritó fray Jimeno golpeando nuevamente con fuerza el casco del capitán, que se desplomó sin sentido sobre la silla mientras escuchaba a lo lejos las últimas palabras de su agresor.
—¡Además sois un encubridor y un mentiroso! ¡El hereje Fernando del Amo os ha delatado antes de morir en la hoguera!.
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