Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 5 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Iii

CAPÍTULO III

EL olor a óleo inundaba la amplia estancia. En el medio, un hombre se esforzaba extasiado por dar pinceladas ordenadas y precisas sobre un enorme lienzo. Al fondo posaba una mujer. Su figura era perceptible bajo la luz impenitente de un ventanal. No estaba totalmente desnuda, cubría su cuerpo con un blusón transparente por el que sus pezones firmes se transparentaban provocando una excitación tan fuerte como el deseo de las mentes que pudieran observar su imagen reflejada en el cuadro.

Su edad no rondaría más allá de los diecisiete. Su pelo era negro como sus ojos, grandes y hermosos. Sus formas voluptuosas hacían estremecer a cuantos la conocían y eran la envidia de las mujeres de La Corte que, por más que estrecharan sus corsés, jamás conseguían un talle tan hermoso, una cintura tan proporcionada y unos senos tan insolentes, unidos en un escote tremendamente sensual. Al propio Velázquez le costó centrarse en la pintura, por más que se repetía una y otra vez que sólo era una mujer, no una musa o una diosa. Cuando intentaba apartar sus libidinosos pensamientos la veía de nuevo en el lienzo, pintada por sus propias manos, con una fuerza irresistible, prometiendo noches de alcoba y apasionados romances sin final.

Hacía poco tiempo que el pintor había regresado de su viaje a Italia y el contacto con los maestros de Roma y Nápoles había motivado su trabajo multiplicando sus horas en el estudio para realizar nuevos cuadros con los que decorar el Salón de Reinos del Buen Retiro. El nuevo palacio había sido construido vertiginosamente por iniciativa del Conde-Duque de

Olivares a principios del año anterior, y éste había instado personalmente al pintor para realizar un buen numero de encargos que le obligaron a contratar a nuevos aprendices para que le ayudaran a poder hacer frente a tanto trabajo, aunque personalmente siempre se encargaba de las manos y los rostros, en cuyos trazos no había pincel que le igualase.

Los más afamados críticos afirmaban que, tras el regreso de Italia y la influencia de Peter Paul Rubens durante su estancia en La Corte antes de su viaje, el Pintor del Rey había intensificado en su estilo la indefinición de los contornos, la pérdida de corporeidad física de las figuras a base de un juego de iluminaciones claras y uniformes envolviendo a los objetos. A él todo aquello le parecía demasiado prosaico y prefería definir su obra como un camino en el estudio hacia la perfección que no terminaría nunca. Ese camino incluía el estudio de la anatomía humana, pero también de las luces, los volúmenes, los espacios, la policromía, las sombras, las dimensiones, las distancias y la psicología de los personajes a través de los rasgos más significativos de su personalidad captados en un instante de su existencia.

“Un retrato no debe ser sólo un momento de la vida, sino ser capaz por sí mismo de sintetizar la forma de ser y de pensar de una persona, debe transmitirnos no sólo lo que vemos a través de su cuerpo sino también lo que esconde su alma”, solía decir a sus aventajados alumnos mientras retocaba magistralmente alguno de sus cuadros.

Velázquez proseguía así experimentando con la fuerza de la luz en sus retratos, iluminando cuerpos de anatomía espléndida y matizando el rostro con esa expresividad sin precedentes que tanta fama le había dado ante los maestros Bernini y Guercino. Cierto es que en aquel tiempo tenía pendiente un retrato del príncipe Baltasar Carlos, nacido poco después de que marchara a Italia año y medio atrás, pero quería dejarse llevar por el culto a la belleza de los cuerpos retratados por el maestro Reni e inmortalizar a las hermosas cortesanas que había contratado el Rey para cuidar al pequeño heredero y decorar con ellas los salones del Buen Retiro, “el que debía ser el mejor Palacio del mundo”, según las pretensiones del Conde-Duque.

De pronto, se escuchó el atronador sonido de un disparo en la estancia contigua. El pintor salió apresuradamente, todavía con la paleta y un pincel entre sus manos. El cuarto se encontraba entre penumbras. No había nadie.

Los enormes cortinajes burdeos dejaban entrar los últimos rayos de sol de la tarde y, entonces, un grito ahogado precedió al silencio ensordecedor que solía ocupar las estancias del palacio.

Nada adivinaba tragedia ni comedia, sólo un enorme espejo reflejaba la imagen del pintor, repetida reiteradamente en otro espejo frente a él, y más allá en otro, y en otro, convirtiendo su rostro desconfiado en infinito. Sin duda, la conocida «Sala de los Espejos» había cosechado merecidamente su fama asombrando y, a veces, aterrorizando a sus visitantes.

Una carrera de pasos acelerados rompió el silencio de nuevo por unos segundos. Parecía alejarse hacia las escaleras que daban acceso a las estancias inferiores. Todavía con la paleta y los pinceles en la mano, el pintor regresó a la estancia donde había estado trabajando. Nada más entrar intuyó que algo terrible había pasado; el lienzo había sido certeramente rajado por una mano implacable y apenas dejaba adivinar las suaves y sensuales formas de la muchacha semidesnuda que había retratado. Y

entonces se percató de que la joven estaba en el suelo, en el mismo lugar en el que había estado posando, con las manos abiertas y la mirada fija y lejana, el blusón ensangrentado y abierto por el mismo cuchillo que tal vez había rajado el lienzo, arrebatando la vida real e inmortal a la desdichada.

Diego Velázquez no pudo contener un espasmódico temblor e intentó adivinar al asesino escondido en algún rincón de la estancia. Pero no había nadie. Después arrojó la paleta y el pincel y salió de la estancia como si el mismo diablo le persiguiese buscando llevarse su alma, hasta llegar al piso inferior, donde dos guardias perfectamente uniformados y armados impedían la entrada al salón donde pasaba audiencia el Rey. Sólo entonces paró y, entre gritos entrecortados, logró esbozar algunas palabras: “¡Han matado a Clara Salazar, una de las cortesanas!. ¡Hay un asesino en palacio!”.

Lo que sucedió después resulta difícilmente comprensible desde el prisma de la racionalidad. Pasos agitados, gritos que hacían correr la noticia como si del fuego en un campo seco de paja se tratase, algún llanto. El eco de las órdenes convirtió en un huracán el palacio y, pasados unos minutos, los alabarderos reales penetraron en las estancias del pintor inspeccionando

palmo a palmo el lugar, sin lograr otra cosa que dar un terrible susto a una rata que fue a morir aplastada por el pisotón certero de un soldado.

Con la prestancia que le caracterizaba el capitán Villanueva, máximo responsable de la “Guardia Amarilla”, la temible Guardia personal del Rey, dio orden de cerrar todos los accesos al Alcázar nada más conocer la noticia e hizo sonar las trompetas anunciando el toque de queda en Palacio.

El propio Felipe IV salió de sus estancias sobrecogido por el estruendo de sus guardias. El capitán Villanueva se presentó ante él sudoroso, respirando con dificultad, para informarle de lo sucedido y las medidas que había tomado para garantizar su seguridad en el suntuoso palacio en el que residía sobre las riberas del Manzanares, al oeste de Madrid. Le dijo además que había mandado detener a todos los desconocidos que estuvieran en su interior para interrogarlos, y ya en aquellos instantes eran más de una veintena las personas detenidas por la guardia de entre visitantes, vendedores, bordadoras, toneleros, aguadores, cortesanas y demás personas ajenas a los contratados de Palacio que se encontraba por una u otra razón en el edificio.

El minucioso interrogatorio que tuvo lugar en las horas siguientes no dio resultado alguno, como tampoco la inspección pormenorizada de las estancias. Todos los detenidos demostraron encontrarse realizando su trabajo y ninguno resultó sospechoso por llevar armas escondidas ni conocer siquiera a don Diego Velázquez. Al caer la noche se reforzaron los controles de la “Guardia Amarilla”, se cerraron todos los accesos al recinto y los centinelas recibieron órdenes expresas de disparar a matar contra cualquiera que intentase salir de la fortaleza sin identificarse. El capitán Villanueva sospechaba que el asesino se encontraba escondido en alguna estancia y esperaba la noche para poder escapar y, sin embargo, no hubo fugitivo alguno ni nadie salió del lugar fuera de los aguadores y el propio relevo de la guardia.

Al día siguiente se celebró en la capilla del propio Palacio el funeral por la muerte de la joven. Un nutrido grupo de la más selecta nobleza de La Corte estuvo presente, entre ellos el propio Conde Duque de Olivares y el mismísimo Duque de Béjar Marqués de Gibraleón y Conde de Benalcázar y Bañares, a quien el ilustre Cervantes dedicara su más famosa novela. El

dolor era patente en el rostro de los presentes, no en vano la joven era una de las cortesanas al cuidado del príncipe Baltasar Carlos más hermosas y prudentes de cuantas en esos días vivían bajo el favor real, y la impronta de su belleza hacía si cabe más execrable el crimen para los presentes.

El Arzobispo de Toledo fue el encargado de celebrar las exequias. Fue una ceremonia larga y monótona, casi tediosa, lo que permitió a los fieles concentrarse cada uno en sus asuntos personales y olvidar el doloroso hecho que les había unido aquella mañana. Desde lo más alto de la cúpula, sustentada sobre pechinas, podía descubrirse a decenas de personas con la cabeza gacha, en su mayor parte personal al servicio de Palacio que apenas habían llegado a conocer a la joven. En los primeros bancos sus compañeras de la Casa de las Muñecas. Algunas llorando discretamente, otras enjugando los ojos con sus pañuelos bordados.

El tiempo fue pasando lentamente al son de las palabras del Arzobispo que por su grandilocuencia y excesivo celo parecían dirigidas al propio Rey, aunque Felipe IV no estaba allí. Al final la gran mayoría tenía prisa porque aquello terminase y volver a sus quehaceres cotidianos, aunque hubo quien no tuvo pudor en mirar alrededor e inspeccionar a cada uno de los presentes, sospechando que quizá tras el rictus aburrido e impersonal de aquellos rostros podía esconderse la sangrienta daga del criminal.

El capitán Villanueva había tomado medidas excepcionales al no poder encontrar al asesino, paralizando prácticamente la vida de Palacio.

Prácticamente nadie podía acercarse a las estancias reales sin un salvoconducto personal firmado por el secretario del Rey y sellado por el propio Villanueva, pero en la realidad había fisuras que eran del todo inevitables, ya que el monarca se negaba a permanecer encerrado en sus estancias y se movía como si nada hubiera pasado. Ante este hecho el capitán se sentía impotente y apenas si podía mantener una vigilancia constante del Rey a base de los generosos esfuerzos de una docena de guardias siempre preparados para entrar en acción, que se sucedían en relevos diarios cada seis horas, convirtiéndose literalmente en la sombra del monarca.

—No os preocupéis Villanueva —le había dicho don Fernando, hermano de Felipe IV, escondiendo una dolorosa pesadumbre nada habitual

por la muerte de una simple doncella— A la joven la ha matado algún amante frustrado de entre nuestros más cercanos caballeros. Había desdeñado a demasiados hombres en poco tiempo, y el orgullo es algo que se paga con la vida cuando se es una mujer hermosa y castigadora.

El capitán asintió respetuoso aunque su rostro no dejó traslucir ninguna expresión, sin dejar siquiera una leve pista para adivinar sus pensamientos, que se centraban en analizar la cercanía que había tenido el asesino sobre las estancias reales, guarnecidas tan sólo por cuatro alabarderos cuando ocurrieron los hechos. Había algo que no le encajaba, pese a que era prácticamente seguro que el inteligente infante tuviera razón y que aquél desgraciado suceso tuviera más que ver con una historia de celos y amoríos que con poner en peligro la vida del Rey e iba a quedar impune durante mucho tiempo si no surgía algún indicio que delatase al asesino.

Dos días después del funeral por la joven asesinada, un cocinero descubrió por casualidad un cuchillo con restos de sangre dentro de la cajonera de las cocinas del Alcázar. No pertenecía al castillo, dado que toda la vajilla Real estaba grabada con las iniciales de los Hasburgo y se ordenaba todos los días. Por el tamaño del acero era uno de esos cuchillos de procedencia toledana que se utilizan habitualmente para sacar lonchas finas y jugosas de los preciados jamones procedentes de las matanzas, que colgaban oreándose en las alacenas. Sin perder un instante, se lo hizo saber al maestro de cocina y éste al capitán Villanueva, quien lo identificó al instante como el arma homicida como la que había asestado las tres puñaladas que sesgaron la vida de la hermosa joven.

“¿Quién había tenido posibilidad de esfumarse como el humo por las estancias de Palacio, recorrerlas con presteza y seguridad, llegarse a las cocinas, siempre repletas de gente, y dejar allí un cuchillo ensangrentado sin dejar sospecha?. ¿Sabía el asesino que hasta el último de los cuchillos reales se encontraba grabado o creía que, como en los tiempos del emperador Carlos, sólo la vajilla que se colocaba en las mesas de Palacio tenía ribetes de oro y podría por tanto confundirse con uno de los cuchillos que se utilizan para degollar cerdos?”. El capitán Villanueva comenzó a albergar una sospecha inquietante, tan inquietante que se dio una vuelta por los pasillos hasta volver a pasar frente a las estancias reales y preguntar a la

guardia si había alguna nueva. Nada, todo tranquilo, como si nada hubiera pasado. “De acuerdo —pensó Villanueva— estoy enloqueciendo, tengo que tranquilizarme y dormir un poco. Por mucho que quiera no voy a coger hoy a ese maldito matacortesanas”. Todavía notaba un gato en el estómago cuando logró conciliar el sueño abrazándose a la almohada de su cama, en el ala izquierda de Palacio. Había algo que no encajaba en todo aquello y Villanueva lo intuía, aunque no lograse adivinar qué era lo que le intranquilizaba.

Esa noche soñó con un pintor sin rostro frente al hermoso cuerpo desnudo de una menina. En un momento indefinido, el artista enarbolaba un pincel convertido en cuchillo y avanzaba hacia la joven. Él intentaba gritar y decirle que escapara, pero la doncella estaba preocupada en arreglarse la túnica transparente que cubría su cuerpo y no se daba cuenta del peligro. El pintor llegaba entonces frente a la mujer, y ésta le miraba al rostro y descubría la cara descarnada de un esqueleto.

Fue un momento terrible, marcado por la impotencia, que le devolvió al mundo de los vivos sudoroso y buscando sus armas en la oscuridad. “Vaya noche —pensó el malogrado capitán— No consigo quitarme de encima esta pesadilla”. Usando el pedernal encendió un cirio para iluminar la cabecera de su cama. Hacía un calor insoportable, aunque no estaba seguro de que fuera la canícula o el sofocón lo que le había hecho emerger del sueño.

Salió de la estancia en dirección al exterior para tomar un poco de aire, y por eso tomó el camino que llevaba a las estancias donde reposaba su majestad.

Entre las sombras de los inmensos pasillos descubrió un raro objeto sobre la pared. Se acercó lentamente, y el asombro volvió de nuevo a su rostro. La pesadilla se tornó presente. Sobre el pecho prominente de una de las cortesanas, en un cuadro pintado por el mismo Velázquez, alguien había clavado una daga. El arma tenía restos de sangre y el capitán Villanueva sospechó que aquel reseco líquido de la vida escondía un nuevo asesinato.

Al día siguiente, uno de los palafreneros se levantó nada más despuntar el alba y se dirigió presuroso hacia las caballerizas. La tarde anterior una yegua se había mostrado especialmente nerviosa y el mozo presumía que podía tratarse del anuncio de un cólico. Por eso el joven acudió con una

prontitud inusual a las caballerizas, iluminadas sólo por las primeras luces del nuevo día que todavía no acababa de nacer, en medio de un silencio sólo interrumpido por el canto de los gallos y el relincho aislado de alguna del más del centenar de magníficas bestias que se alojaban en los lujosos establos.

Al doblar la esquina junto al cementerio de los sirvientes, por la parte sur del muro de la iglesia, vio un cuerpo tendido muy cerca de la puerta trasera del camposanto. Medio tapada por la hojarasca caída de los chopos, una mujer yacía extendida en el suelo. El mozo se echó las manos a la boca y seguidamente se persignó una y otra vez, enloquecido por la visión de la joven cuyo pecho había sido apuñalado mientras sus manos atadas abrazaban una herrumbrosa cruz de hierro.

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