Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 19 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Xvii

CAPÍTULO XVII

ALFONSO CORTÉS era por aquel entonces el más renombrado espadachín de la “Guardia Amarilla”. Tenía mirada lobuna y una velocidad endiablada que hacía moverse la hoja de su espada en el aire a velocidad de vértigo y acertar en su enemigo antes de que éste pudiera evitar el golpe. En realidad no había tenido ocasión de poner a prueba su valía en el campo de batalla, tan sólo había intervenido en una docena de escaramuzas deteniendo a ladrones y herejes, pero su fama era grande entre los soldados de Palacio porque su superioridad era insultante en los torneos y competiciones palaciegas. No era alto ni guapo, pero sí veloz y mujeriego, a juzgar por la leyenda que de él se escuchaba por los barrios menos honorables de Madrid. Gustaba de mirar a los ojos de su contrincante antes de entrar en liza, como si lo analizase hasta adivinar cuál eran sus intenciones y después atacaba sin miramientos, sabedor de que su velocidad y determinación le darían la victoria.

Por todo ello Alfonso Cortés era uno de los dos soldados que habían sido elegidos para seguir a María Violeta de Enghien y garantizar que nada le ocurriera. Era un trabajo que le gustaba, porque sabía que aquella mujer estaba en peligro y estaba ansioso por verse las caras con aquel asesino de sirvientas, para atravesarle de parte a parte con su espada.

Cortés recibió la misión de boca del mismo capitán Álvaro de Ovando, su superior y modelo. Jamás había cruzado la espada con el capitán, pero en sus ojos veía el peligro de un hombre con una determinación de hierro.

Decían que no era muy rápido con la espada, pero él había leído en aquellos

ojos el miedo, y sabía muy bien que la lucha por la supervivencia era el principio de la victoria para todo aquel que quisiera ganar un duelo. El miedo no era sino aliado del valor, sólo los imbéciles se creían invencibles, sólo los muertos habían creído en su inmortalidad.

María Violeta de Enghien era una mujer hermosa, muy hermosa, la más hermosa con la que jamás había cruzado palabra en toda su vida. Tenía una frescura e irradiaba una vida que no era explicable más que para el que recibía el don de sus ojos. Era esa clase de mujer con la que cuesta mantener la mirada, porque todo parece sucio frente a esos ojos cristalinos, incrustados en un rostro perfecto, angelical, de otro mundo. Para un veterano espadachín una mujer así era el premio que siempre había deseado. Por eso aquella tarde, en la que el sol lucía con fuerza inusitada anunciando ya la próxima primavera, cuando en la distancia la vio dirigirse al estanque con la intención de darse un baño, supo que iba a entrar en vida en el reino de los cielos.

Buscó un lugar apartado, entre unas matas de adelfas del jardín, para poder observarla a través de su espesura, sin tener que realizar movimiento alguno que le delatase. Era tal vez demasiado alta y delgada para los cánones de la época. Su pelo rubio caía sobre sus hombros con una belleza salvaje. Tenía un cuerpo tan perfecto como su rostro. Blanquecino, con pechos pequeños pero de pezones puntiagudos. Sus muslos eran inmaculados y apetitosos. Sus labios carnosos y excitantes. El espadachín no pudo reprimir una erección viendo aquella escena idílica de una mujer que parecía de otro universo. Entonces se percató de que tras ella, entre los aligustres de los setos que cercaban el estanque, algo se había movido.

Hasta entonces la ensoñadora visión le había impedido digerir aquellos pequeños indicios de peligro que en otra ocasión le hubieran resultado evidentes, pero un nuevo movimiento delató que no se trataba del viento, u otro elemento natural.

Allí había alguien escondido, acechando a la hermosa mujer. Alfonso Cortés comenzó a reptar como una culebra, mientras María Violeta se sumergía en el agua ajena al peligro. Fue arrastrándose tras las matas de adelfas hasta llegar al borde de los setos de aligustres sin perder la visión del lugar donde presuponía se encontraba el enemigo. No volvió a ver

movimiento alguno, pero eso no le desanimó, sabía que había alguien allí, agazapado como él y que, probablemente, estaba con los ojos clavados en la joven que jugueteaba despreocupadamente en el agua.

Avanzó un poco más, ahora podía ver por la línea de aligustres hasta el lugar donde había un bulto en el suelo. Estaba inmóvil. Siguió reptando sigilosamente. Las risas y el chapoteo de María Violeta estaban distrayendo sin duda al enemigo. Se arrastró un poco más. En ese instante sintió que se había cortado con la rama de una zarzamora que los jardineros no habían quitado. Mantuvo su avance como un felino que ve cada vez más cerca su presa, más cerca, más cerca, más cerca. Estaba allí, donde él había intuido.

No podía ver su rostro pero sí su cuerpo estirado en el suelo y su cabeza metida entre los matorrales para regocijarse con el espectáculo de la joven desnuda. Sacó su daga con movimientos lentos para no hacer ruido.

Después avanzó un poco más, hasta quedar apenas a seis metros de su presa. Contuvo el aliento. Le escuchó moverse, tal vez había oído algo, tal vez le esperaba y también se había armado. Durante unos segundos todo fue silencio. De pronto se oyó de nuevo un chapoteo. La joven estaba jugando con el agua y se había alejado un poco. Era su oportunidad. Con la velocidad del rayo saltó sobre el bulto en el suelo dispuesto a echarle una de las manos al cuello mientras con la otra le ponía el arma en la garganta.

Pero al sentir el ruido de su asaltante el hombre escondido se giró en el momento en que Cortés le caía encima provocando que éste rodase por el suelo sin conseguir inmovilizarlo.

Alfonso Cortés cayó con tan mala fortuna que la mano derecha en la que portaba el puñal se le dobló, partiéndole la muñeca con un fuerte dolor que le impidió concentrarse en su ataque. Había perdido la daga y la idea de escapar cuanto antes le sobrevino como una prudente necesidad para salvar la vida. Su víctima se había revuelto y sintió sus movimientos ágiles al caerle encima por la espalda. Cayó entonces el peso de un hombre corpulento sobre él y una mano se aferró con fuerza a su garganta, mientras la hoja del cuchillo le apretaba exigiéndole la rendición incondicional. Por primera vez en toda su vida Alfonso Cortés sintió la cercanía de la muerte.

Sabía que su enemigo no tendría piedad, como él mismo hubiera hecho y por eso, intentó revolverse en busca de una última esperanza. Lanzó con

fuerza hacia atrás su codo derecho y consiguió impactar en el costado de su agresor. Éste cedió la presión del cuello, pero el cuchillo se apretó más penetrando en su piel y la sangre comenzó a manar. Cortés tuvo entonces la absoluta convicción de que si volvía a intentar zafarse encontraría la muerte. Se giró lentamente para ver a su agresor, y no se hubiera sorprendido más si hubiera visto al diablo en persona, porque frente a él estaba el capitán Álvaro de Ovando.

Entonces fueron conscientes de que la joven María Violeta había escuchado la escaramuza y se encontraba gritando al saber que la espiaban.

Con celeridad de felino el capitán arrastró a Alfonso Cortés entre la maleza en sentido contrario al estanque, hasta conseguir llegar tras unas matas de endrinos y quedar fuera de la vista de la joven. Sin perder un instante se irguió, sujetando todavía por el peto a su agresor con una mano y amenazándole en el cuchillo en la otra.

—¿Qué demonios estáis haciendo? —dijo todavía resoplando por el esfuerzo.

—¡Cumplía vuestras órdenes! —contestó Cortés agarrándose la muñeca derecha con la mano izquierda porque el dolor era cada vez más grande—

No sabía que también vuestra merced vigilaba a la doncella, de haber sido así jamás os hubiera atacado.

—Perdonad —dijo entonces el capitán guardando el arma— Siento haberos hecho daño. En realidad no os había visto y tenía el temor de que atacaran a nuestra protegida durante su baño, momento en que se encuentra más vulnerable. La verdad es que debí sospechar que os encontrabais por los alrededores, pero no os había descubierto.

—Pues buena la hemos hecho —protestó el guardia sintiendo que la muñeca se le estaba hinchando— Yo casi os mato y vuestra merced me ha dejado mal herido. La verdad es que tuvimos suerte de que el asesino no hubiera elegido de verdad atacar a nuestra protegida.

Cinco guardias llegaron en aquel momento y presentaron armas al reconocer al capitán Ovando. Habían acudido al oír los gritos de la joven e intentaban descubrir a los que la espiaban.

—¿Qué hacéis aquí capitán? ¿Sabéis que hay gentes desconocidas por los alrededores de estanque? —dijo el alférez de la patrulla.

—Sí, estaba persiguiendo al espía con el guardia Cortés pero ha tenido una desafortunada caída y se encuentra herido —contestó Ovando— Ha huido por los jardines, buscadle por ahí, yo acompañaré al herido al hospital.

Los guardias desaparecieron en dirección a los jardines del Buen Retiro.

Alfonso Cortés pidió entonces al capitán que le dejara ir solo y se ocupara de mantener la vigilancia de la joven, ya que ahora se encontraba más indefensa que nunca.

—Espero no enfrentarme a vuestra merced jamás, ya lo había oído antes pero ahora lo he sufrido en mis carnes, tenéis al diablo de vuestra parte —

dijo mientras se alejaba del capitán en dirección al hospital de Palacio para que los doctores le atendieran con urgencia. Álvaro de Ovando sonrió, confiaba en aquel hombre.

Encontró a María Violeta en el interior de los vestuarios anexos al estanque, envuelta en una túnica blanca y tiritando de miedo. Su angelical rostro tenía una expresión de inocencia que incitaba a la ternura. Casi no mediaron palabra. Ella, instintivamente, le abrazó buscando su protección y entonces él se sintió el más dichoso de los mortales, y dio gracias al Cielo por la oportunidad que le había dado de sentir el cuerpo de aquella mujer que ocupaba todo los resquicios de su corazón. La apretó con fuerza, sus brazos se tensaron alrededor de aquel grácil cuerpo como si de un cinturón se tratase, y ella agradeció toda esa sensación de seguridad apoyando su rostro sobre el del capitán. Fueron apenas unos segundos, pero podrían haber durado toda la eternidad. Los susurros dieron paso a tímidos besos que ella le dio en el cuello mientras sus delicadas manos acariciaban la espalda del guerrero. Él la apretó aún más contra sí, sin saber exactamente qué estaba pasando ni cómo debía actuar. Por un momento los papeles se cambiaron y sintió un escalofrío mientras notaba la seguridad que emanaba de aquellas manos cortesanas, como si ahora el desvalido fuese él y ella la defensora que guiaba sus pasos. Le avergonzó que pudiese sentir la erección que no podía controlar y entonces, sintió una mano metiéndose en su entrepierna y acariciándole sin ningún pudor. Lo demás vino tan deprisa que apenas le dio tiempo a asimilarlo. Hicieron el amor con el deseo inconfesado de haberlo querido desde mucho tiempo atrás. La pasión corrió

por sus cuerpos haciéndoles suspirar, gemir, y hasta gritar de placer, dejándolos exhaustos en el duro suelo que para ellos se había convertido en el más cómodo de los jergones. De pronto recordaron que alguien podía verlos y se vistieron de prisa sin parar de besarse, de rozarse, mientras se abotonaban y colocaban a toda prisa sus ropas, de sentirse dichosos y felices como dos adolescentes que descubren el amor.

Primero salió el capitán. En el exterior no había nadie. Después salió María Violeta, tenía el pelo todavía mojado. La acompañó hasta el Alcázar conteniendo el deseo de abrazarla a cada instante. No hablaron más que palabras sueltas, sin sentido, pero sus manos se rozaban y el capitán Ovando supo que no podría sostener aquellos hermosos ojos mirándole fijamente. Se sintió de pronto muy vulnerable, feliz como un chiquillo, con ganas de saltar y correr, de subir montañas, de escapar con ella a cualquier lugar, porque allá donde fuese aquellos ojos le darían todo lo que siempre había soñado.

Apareció de nuevo la patrulla que había enviado a los jardines.

Presentaron armas e informaron que no habían localizado a los intrusos.

Para no levantar sospechas, el capitán les encargó que escoltaran a la dama hasta la Casa de las Muñecas y se despidió de ella con una leve inclinación, sin poder mirarla a los ojos. Al verla marchar sintió una angustia terrible, una sensación de vacío acuciante que sólo su presencia podía llenar y se juró que pasase lo que pasase, lucharía por el amor de aquella mujer.

Aquella misma tarde, durante su reunión con Martín Villanueva, el capitán le informó que ocuparía el puesto de Alfonso Cortés para vigilar personalmente a María Violeta de Enghien, lo cual le pareció correcto a su segundo, ya que ambos sabían que bien podía tratarse del próximo objetivo del asesino. Pocos minutos después el ama de llaves del equipo de vigilancia de María Teresa le hizo llegar un mensaje verbal del capitán, en el que le informaba que permanecería hasta la media noche frente a su ventana, vigilando para que nadie osara poner su vida en peligro y que si en algo le necesitaba, no tendría más que hacerle una señal.

Era aquella una noche cálida. El olor de la hierbabuena invadía los alrededores de la Casa de las Muñecas, mezclándose con el de las tempranas rosas y las adelfas. El capitán permanecía inmóvil, en un lugar

que le permitía observar la puerta de entrada y el muro lateral derecho donde, según le había indicado el ama de llaves, daba la habitación de su enamorada. Era la ventana del segundo piso, y en ella tenía clavados los ojos como si su destino estuviera escrito tras aquellas vidrieras. De pronto vio un candil encendido. Las hojas se abrieron y alguien apareció. Era María Violeta. Estaba muy hermosa, más que nunca, y el capitán sintió deseos de echar a correr y trepar por el muro hasta la ventana. Saliendo de la oscuridad se mostró a la aparecida y le hizo señales agitando su sombrero. Ella movió el candil y le indicó con la otra mano que se acercase.

Cuando estaba bajo la ventana le arrojó algo y volvió a meterse dentro sin esperar contestación. Recogió lo que ella le había arrojado. Era un papel arrugado envuelto en un pañuelo, tenía una sola palabra escrita a grandes trazos. “Espérame”, decía, y él se sintió el hombre más feliz del mundo.

Pasaron los minutos, largos como siglos. De pronto vio llegar ante la Casa a una patrulla de alabarderos. En principio no era extraño dado que tenía al menos una docena merodeando por todo el recinto exterior del Alcázar día y noche y dando el alto a todo aquel personaje que les resultaba sospechoso, pero aquella no era una patrulla normal. Estaba compuesta por al menos veinte hombres, cifra muy superior a los ocho o diez que conformaban las patrullas habituales, además iban en perfecta formación, cosa mucho menos habitual ya que las patrullas seguían a un alférez u otro oficial pero ni con mucho guardaban la formación. En última instancia iban además alrededor de alguien, creando una protección circular que sólo se llevaba a cabo con miembros de la Casa Real. No le cupo duda alguna: El Rey se disponía a visitar la Casa de las Muñecas. Probablemente durante su ausencia le habrían buscado para informarle de la salida de Felipe IV y al no hallarle Martín Villanueva habría organizado la patrulla. Eran meros trámites para los que estaban preparados y que podían ocurrir en cualquier momento.

La mayor parte de los alabarderos quedaron a las puertas del edificio.

Sólo un par de guardias penetraron dentro acompañando al monarca. Esto le fastidió. Su amada no podría bajar mientras aquella muchedumbre permaneciese en la puerta.

Siguió pasando el tiempo lentamente y entonces, vio encenderse de nuevo la luz de la habitación de María Violeta de Enghien, y comenzó a llorar de rabia. Por primera vez en toda su vida maldijo a Felipe IV y sintió el oscuro deseo de que el asesino que buscaba diese de una vez por todas con el cuerpo del Rey en vez de matar a sus inocentes queridas.

Durante más de dos horas el odio le fue creciendo y el tiempo se volvió eterno. Sintió el deseo de hacer llegar a doña Isabel de Borbón una nota en la que le descubriese todas las infidelidades de su marido. Pero tal vez no hubiera servido más que para conseguir llevarle a la cárcel “porque —pensó

— era probable que la reina no fuera ajena a esas excursiones nocturnas”.

Por fin las puertas se abrieron y los guardias se pusieron en pie.

Envuelto en su capa y embozado, el personaje principal ocupó su lugar en medio del círculo de la patrulla de alabarderos y se marcharon. La discreta luz de la habitación de María Violeta seguía encendida. No podía seguir quieto ni un minuto más. Se acercó hacia la ventana de su amada y con cuidado arrojó un guijarro que no acertó a dar en el vidrio. Volvió a intentarlo tres veces más. La tensión le impedía afinar la puntería. Al final dio en el blanco. Espero un rato pero la ventana no se abrió. De nuevo arrojó otro guijarro, esta vez acertó a la primera. No pasó nada. Repitió la operación dos veces más, hasta que el candil se acercó hasta la ventana y las hojas se abrieron. La vio tan hermosa como horas antes. Le hizo una seña que no entendió, después se apagó el candil.

No habían pasado ni cinco minutos cuando una figura salió de la casa, adentrándose con discreción entre las sombras para no ser vista y se dirigió hacia donde él se escondía. Cuando estaba muy cerca la llamó suavemente.

Ella llegó y le abrazó sin ningún protocolo. Sus brazos la rodearon con fuerza, como si la unión les llevase a ser sólo uno. Permanecieron así varios minutos, sin mediar palabra, sin hacer un solo gesto, sólo sintiendo sus cuerpos unidos. Después se besaron precipitadamente, el cuello, el rostro, el cabello, de forma casi desesperada, como si más que un encuentro se tratase de una separación. Él comenzó a tocarla de forma desenfrenada y a quitarle la ropa, pero ello le paró las manos. No quería sexo, deseaba algo más puro, deseaba entregarle su amor, algo que no había dado a ningún otro hombre.

Él le acarició el rostro y sintió las lágrimas manando a borbotones. En ese

momento sus sentimientos se confundieron entre el amor que sentía por ella y el odio hacia el Rey.

Estuvieron mucho tiempo así, abrazados el uno al otro en la mitad de la noche, en silencio, sobre la tierra, sintiendo el tenue frío en el rostro que no les afectaba porque su abrazo les daba el calor y la vida. Al fin ella comenzó a acariciarle, primero el rostro, luego el pecho. Abrió su peto y su camisa. Sus labios le besaron suavemente. Después sintió sus manos en su entrepierna y el calor de sus labios que lentamente le abrasaban. Con tierna delicadeza le fue desnudando, después se levantó la falda, se bajó las enaguas y colocándose encima dejó que el amor la embriagara como si jamás lo hubiera hecho antes. Él permanecía inmóvil, no quería ensuciar aquel momento. El Cielo podía esperar, aquello era mucho más hermoso.

Despuntaban las primeras luces del alba cuando se separaron. Ella le besó una vez más. Él la abrazó y le prometió que jamás nada la separaría de su lado. Entonces sus labios pronunciaron una frase que se le quedó grabado a fuego, que no perdonaría jamás, como una sentencia.

—No vamos a volver a vernos, esta es mi despedida.

Su mano le tapó la boca para que no dijese nada. La vio marchar con los ojos inyectados en lágrimas de dolor y de odio. Sus palabras pronunciadas en voz baja tenían la determinación del que está dispuesto a todo en un acceso de locura.

—Juro que le mataré, aunque sea la última cosa que haga en mi miserable vida.

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