Aprendiz de hombre
Capã“tulo X
CAPÍTULO X
SEVILLA era en aquellos tiempos mucho más que una ciudad, era la capital del Mundo. Uno de los pocos lugares de la Tierra donde se daban cita capitanes aventureros y soldados de fortuna en busca de un barco con destino al Nuevo Mundo, monjes y sacerdotes con el anhelo de convertirse en los evangelizadores de los indígenas del nuevo continente, banqueros ambiciosos ávidos de plata, hidalgos en decadencia, holgazanes y pícaros en busca de rapiña, tahúres y estafadores a la caza de ingenuos hacendados, putas e inquisidores prestos a atrapar a sus víctimas, prometedores artistas, extravagantes poetas, espadachines a sueldo, lozanas vírgenes vendiendo su tesoro al mejor postor, seminaristas complacientes y gentes de toda clase y condición en busca de un sueño a orillas del Guadalquivir. Sevilla era más que un lugar, era un destino y por eso aquella tarde el carruaje de caballos paró su marcha a las puertas del Palacio de Rodrigo de Antequera, Conde de Feria y Hortaleza, en San Juan de Dios, a la entrada de Triana, para dejar que sus ilustres pasajeros pasasen la noche en las confortables habitaciones que les tenía preparadas.
Era un palacio fastuoso, abrazado por una muralla con garitas adosadas y una cornisa de arquillos que le daban una imagen de fortaleza.
Atravesaron la puerta donde un soldado del Conde les dio la bienvenida y les informó que su señor les estaba esperando. En el patio de la lujosa mansión dos hombres, espada en mano, ejercitaban con destreza el arte de la esgrima. El sonido del carruaje apagó al de las espadas y ambos pararon su duelo para ir a recibir a los recién llegados. Eran singularmente distintos,
uno alto y corpulento, con el pelo corto y la mirada noble que promete lealtad eterna. El otro era más bajo y delgado, con el pelo largo cayéndole sobre el rostro, los ojos de un verde azul intenso y la mirada segura de quien se sabe un ganador antes de levantar las cartas. En aquel momento Rodrigo de Antequera salió por la puerta principal mostrando una encantadora sonrisa y los brazos abiertos al recién llegado. Álvaro de Ovando abrazó al conde más en reciprocidad que otra cosa ya que, pese a haberle conocido años atrás, jamás había mantenido una relación más que cortés con el eufórico noble. Tras él bajó del carruaje el secretario José González, quien como hombre de mundo saludó sin excesos y se mantuvo en un discreto segundo plano.
—Ante vuestra merced tenéis a mis guardias Fernando del Amo y Lorenzo Gadir, más conocido por todos como “el cordobés”, ambos son de mi entera confianza y velarán por vuestra seguridad en Sevilla —dijo el de Feria mientras los dos guardias bajaban la cabeza en señal de respeto— Son dos de las espadas más temibles de Andalucía, y no dudarán en dar su vida por proteger la vuestra en todo momento, aunque en verdad no creo que nadie que haya oído hablar de vuestra merced intente enfrentarse cara a cara con vuestro acero.
—No exagere vuestra merced —contestó amable el capitán— he escuchado leyendas sobre mi persona nada más desembarcar que sobrepasan con mucho la realidad. Al fin y al cabo allá en La Habana no somos más que soldados defendiendo el honor de su patria y su rey, y debo confesar que mis éxitos en la guerra tienen mucho que ver con el valor de los hombres que combatieron a mi lado.
—Queráis o no —dijo entonces “el cordobés”— del último mercader a los grandes prohombres de Sevilla, todos dicen vuestro nombre con respeto y admiración. Sois un estandarte, un reflejo de la grandeza de nuestro país y un ejemplo que guía los pasos de centenares de jóvenes que parten para la conquista y defensa de nuestras posesiones de ultramar.
—Me honran las palabras de vuestra merced, pero esconden demasiada responsabilidad para espaldas tan pequeñas como las mías —contestó Álvaro de Ovando sin esconder una vanidosa risotada— Espero que si
tienes que defender mi vida con tu acero no dudes en darme ayuda por creer que mi sola espada sea invencible.
Por toda respuesta la mano derecha del bizarro guardia tocó el pomo de su arma en señal de que estaba preparado y volvió a bajar la cabeza en señal de respeto.
Tras instalarse en una lujosa habitación de la primera planta de Palacio y deshacer el escaso equipaje que llevaba, el capitán Ovando bajó de nuevo al patio donde los dos guardias seguían entrenándose en el manejo de la espada. Ambos, al volver a ver al recién llegado le mostraron sus respetos y se pusieron a su servicio para acompañarle a visitar la ciudad, lo que éste aceptó de buen grado, evadiéndose así de la vigilancia constante que hasta ahora había tenido de José González, quien se había quedado descansando en su estancia.
Era un día caluroso y el sol reverberaba en las casas blancas y las aguas limpias del Guadalquivir. Álvaro de Ovando se mantenía en un discreto silencio mientras los guardias charlaban infatigablemente, alegres al compartir paseo con tan ilustre héroe militar, sin embargo, el capitán apenas escuchaba sus chanzas y dejaba volver a sus recuerdos de La Habana, al escaso espacio de tiempo en que conoció la felicidad antes que el desencanto, más allá de las ciénagas, los piratas, las enfermedades, el mosquito y las escaramuzas que tanto tiempo le habían mantenido en jaque.
Las callejuelas de Sevilla tenían el pacífico encanto de una ciudad motivada por la plata y las leyendas del nuevo mundo. Había en el aire una ilusión que se transmitía de rostro en rostro, como si la fortuna estuviera allí más cerca de cuantos esperaban su turno para comenzar la aventura en otros lugares sólo imaginados en sus sueños. La construcción de nuevos palacios en las márgenes del Guadalquivir, junto al Puente Nuevo, no eran sino la constatación de que muchos de los que marcharon en busca de fortuna la habían encontrado, y estaban dispuestos a mostrar al mundo y sobre todo a sus vecinos cómo les sonreía la vida.
Entraron en una taberna de una calle transversal a la Plaza Mayor, cerca del Monasterio de los Franciscanos, donde se encontraba el albergue de los desamparados. El bullicio en el interior irradiaba una vez más ese reflejo de esperanza del que toda la ciudad se había contagiado. Pidieron vino y
cabrito asado y se sentaron en una mesa del fondo que con diligencia les limpió una mesonera tan gorda como sonriente.
—Díganos capitán —preguntó Fernando del Amo— ¿es cierto que en La Habana cualquiera puede hacer fortuna en un año y volver con más plata que su propio peso?.
—Teniendo en cuenta que vuestra merced debe pesar más de ocho arrobas la verdad es que es bastante difícil —dijo el de Ovando con una sarcástica sonrisa— Cualquiera puede hacer fortuna si está dispuesto a trabajar en firme cultivando nuevas tierras. Pero no todos lo consiguen, también hay peligros, enfermedades y prestamistas usureros que te sacan hasta los ojos.
—¿Cuál ha sido el enemigo más temible al que os habéis enfrentado?
— interrogó entonces Lorenzo Gadir mirándole fijamente con sus profundos ojos verdes.
El capitán dudó un momento. En sus recuerdos aparecieron rostros de corsarios, soldados protestantes y oficiales temibles.
—Los mosquitos —contestó al fin lacónicamente, sin que su voz mostrara ningún matiz de temor más allá del reconocimiento de la verdad.
—¿Cómo? —dijo “el cordobés” sin esconder la sorpresa por una contestación que no esperaba.
—En el último año más de la mitad de mis hombres padecieron enfermedades que hicieron tambalearse las defensas de la ciudad por culpa de los mosquitos, muchos murieron sin que pudiéramos hacer nada por ellos —explicó Álvaro de Ovando— Si hay algo que necesitamos en el Nuevo Mundo son doctores y remedios contra las enfermedades contagiosas, sobre todo las que nacen de la lujuria de los soldados en los burdeles cercanos a la guarnición.
—Pues cierre los burdeles, al fin y al cabo el yacer con una mujer sin matrimonio es pecado capital —intervino Fernando del Amo dando muestras de una sensata inocencia que hizo sonreír al capitán.
—No es tan fácil. Muchos de aquellos hombres se encuentran solos, muy solos. Han dejado a sus mujeres, sus madres y sus prometidas aquí en España y necesitan divertirse y desfogarse de los muchos trabajos que como soldados tienen que hacer. Allá los pecados capitales tal vez sigan siendo
pecados, pero son menos capitales —sentenció Ovando esbozando una sonrisa.
—¿Y vuestra merced? ¿Por qué no tiene mujer? Dicen que allí las mulatas tienen cuerpos divinos y se mueven en el lecho como la mejor de las putas de Castilla —los ojos de Gadir brillaron de nuevo con maligna intensidad.
—La tuve pero ha muerto —mintió el capitán intentando zanjar una conversación que no hacía más que tocar una herida todavía sin cicatrizar—
Ahora debemos volver, ha sido un placer pero me gustaría tomar un descanso.
En el regreso unas nubes taparon el sol presagiando la llegada de las lluvias otoñales. Estaba anocheciendo muy deprisa. El aire se impregnó de un olor húmedo y ciertamente agradable para los tres hombres que en silencio se dirigieron atravesando varias callejuelas hacia el Palacio del Duque de Feria. A la vuelta de una de las calles un carro tirado por dos caballerías casi atropella a Fernando del Amo, quien profirió grandes maldiciones contra el temerario cochero. Más adelante, un hombre salió apresuradamente de unas casitas blancas de puertas destartaladas en la calle de Los Remedios, tras él una mujer comenzó a pedir auxilio. Movidos como por un resorte los tres desenvainaron y corrieron tras el fugitivo que, viéndose perseguido se metió por una callejuela muy estrecha y oscura, con tan mala fortuna que resbaló y cayó al suelo, permitiendo que sus perseguidores se le echaran encima. Tendría unos cuarenta años, la tez morena y una barba incipiente que demostraba poca higiene. Vestía con el atuendo típico de los ricos ganaderos andaluces, camisa bordada de hilo, calzas de paño y botas de cuero. Desde el suelo el hombre miró aterrado a los tres espadachines que apuntaban sus armas directamente contra él.
—Esa zorra ha intentado robarme —dijo intentando incorporarse.
Por toda respuesta “el cordobés” le propinó una patada en el estómago que le arrojó de nuevo al suelo en el momento en que lograba ponerse en pie.
—No permitimos que se insulte a las mujeres y menos por un mequetrefe como vuestra merced —los ojos verdes de Gadir se clavaron en el aterrado rostro del hombre.
En ese momento llegó la mujer hasta el lugar de la escena. Era una joven de unos veinticinco años, tenía el cabello largo, negro y ondulado, la tez morena, los ojos grandes y si no fuera porque estaban demasiado juntos la naturaleza le hubiera concedido un rostro angelical.
—Ese hombre quería llevarse mi dinero —dijo acusando con el índice al ganadero— Vino a mi casa buscando mis servicios y como las señales no le fueron afortunadas pretendía escapar llevándose los maravedíes que le había pedido como precio.
—¡Es mentira! —gritó entonces el aludido— ¡Es una bruja y sólo merece que la quemen en la hoguera! ¡Me dijo que moriría muy pronto si no seguía sus indicaciones para asustarme y obligarme a pagarle más! ¡Es una farsante!.
—¿En qué quedamos? —intervino entonces el capitán Ovando—
Primero dices que es una bruja y ahora que es una farsante. ¿No será que no te adivinó aquello que deseabas?.
En aquel momento sonó un disparo. Un ruido de pasos precipitados invadió la calle. Sin mediar palabra el temperamental Lorenzo Gadir echó mano de su pistolón e hizo fuego para intimidar a posibles matones que acudiesen en ayuda del fugitivo. Entonces los inconfundibles gritos de los soldados de la Inquisición resonaron pidiendo a los contendientes que se entregaran y, en respuesta, todos corrieron, evitando caer en manos de «los soldados de la cruz», ávidos de detenidos a quienes poner sobre el potro para confesar sus vinculaciones con Satanás o su pertenencia a alguna de las sectas secretas que tanto proliferaban en aquellos tiempos.
Un par de calles más abajo la mujer hizo una seña al capitán Ovando y a sus acompañantes para que la siguieran por un huerto hasta el interior de una vieja casona. El ganadero por su parte intentó la huída en dirección al puerto, pero una vez más la suerte le fue esquiva y tropezó cayendo sobre la tierra y recibiendo una lluvia de fuego en el momento en que intentaba incorporarse y huir de nuevo.
En el interior de la casona la humedad del ambiente se hacía casi irrespirable. Era un lugar sucio, envejecido y poco iluminado, “antaño probablemente propiedad de algún rico indiano que ahora estaba dejado de los cuidados y el lujo que conoció en sus primeros años”, pensó Ovando. La
mujer les condujo con soltura por un dédalo de habitaciones hasta un amplio salón donde había algunas hamacas y banquetas para tomar asiento.
—Será mejor que esperen vuestras mercedes un rato a que desaparezca la guardia, no hay muchas comodidades pero pueden sentarse y echar unas cartas mientras se serena el ambiente, intentar salir ahora podría ser peligroso —dijo la mujer con una media sonrisa.
—Somos guardias del Duque de Feria, señora —dijo Fernando del Amo
— No hay nada que temer, es más, deberíamos haber hablado con los inquisidores en vez de correr como conejos.
—¿Creéis que os hubieran dejado presentaros como caballeros? —se burló la mujer— Vuestra merced, como yo, sabe que habrían disparado como lo han hecho contra ese ladrón. Esta es una zona de la ciudad peligrosa donde es mejor actuar y después preguntar, don...
—Don nada —contestó Gadir de malos modos— Os basta con saber que pertenecemos a la soldada del Duque, al fin y al cabo no sabemos si de verdad no tenía razón el ganadero cuando acudimos en vuestra ayuda y si no sois más que una puta barriobajera o una bruja embaucadora.
—Cálmate —dijo entonces el capitán Ovando— Al fin y al cabo ella tiene razón. Pasaremos un rato aquí y luego volveremos al Palacio, es normal que la Inquisición ponga orden en estos lugares y sea dura contra los proscritos. Gracias a esta mujer hemos encontrado un buen lugar donde guarecernos. Mi nombre es Álvaro de Ovando, capitán de los ejércitos de su majestad, y ellos son los guardias del Duque, Lorenzo Gadir y Fernando del Amo, somos gente de bien y fuimos en vuestra ayuda al oír los gritos de socorro.
—Os estoy muy agradecida capitán, mi nombre es Juana Herreruela y me dedicó a curar los males del cuerpo y a la adivinación —esto último lo dijo bajando el tono de voz hasta hacerlo apenas audible— De hecho el ganadero que conocisteis acudió a mí para saber cómo le iba a venir el año por ciertas deudas pendientes que acuciaban su fortuna, pero la respuesta no le satisfizo e intentó llevarse mi dinero. Yo adivino el futuro, pero las respuestas no siempre dicen lo que uno quiere escuchar.
Tras aquellas palabras el silencio se hizo más denso. Fuera se escucharon los maullidos de un gato en celo que parecían el llanto de un
niño.
—¡Marchémonos! —dijo Fernando del Amo— No me gustan las brujas ni creo que sea este un buen lugar para pasar el tiempo.
—¡Un momento! —la voz del capitán Ovando era la de un hombre angustiado— ¿Podríais demostrarme que poseéis el don de la adivinación?.
¿Podéis descubrir mi pasado y hacerme ver que no sois una farsante?.
Por toda respuesta Juana Herreruela hizo señas al capitán para que se sentara y colocándose a su lado sacó del delantal unas cuentas de piedra que puso en sus manos.
—Vuestra merced debe cerrar los ojos y pensar en lo que desea y en lo que teme, en lo que ama y lo que odia, para que las piedras conozcan vuestra vida y me la confiesen —dijo en voz tan baja que apenas resultó audible para los presentes. Unos minutos más tarde le abrió las manos con delicadeza y con una aguja del pelo le pinchó provocando que unas gotas de sangre mancharan las cuentas. Después las echó en una vasija de barro con un líquido y bebió hasta tres veces muy lentamente. Inmediatamente cerró los ojos y entró en trance, producto de las secretas drogas que contenía el bebedizo. Su rostro comenzó a enrojecer a la luz del candil y toda la atmósfera de la sala se hizo más densa, más irreal, más lejana.
—Has sufrido mal de amores —dijo con voz misteriosa— Amaste hasta la médula y ahora te sientes vacío y sin fuerzas. Hace muchos años que los fantasmas del pasado te persiguen porque has desterrado de la memoria recuerdos que pretendes creer que nunca existieron.
Hubo un minuto de silencio en el que el capitán sintió que el pasado volvía de forma irremediable y, entonces de nuevo, la voz de aquella mujer le devolvió a tiempos que creía haber enterrado para siempre.
—Fue una batalla, eras muy joven. Tenías miedo, mucho miedo a morir.
No sé que pasó, pero la sangre está ácida por lo que hiciste. Tal vez no peleaste como debieras, capitán, tal vez preferiste la gloria a la sangre.
—¡Basta bruja! —gritó “el cordobés” desenfundando su cuchillo— El capitán es uno de los más grandes héroes que haya habido jamás en nuestros ejércitos. Estás insultando a un valiente y mereces morir.
Pero en ese momento el capitán Ovando levantó una mano para parar en seco a Lorenzo Gadir. Los recuerdos se volvieron reales, muy reales. Sintió
la lluvia arreciando y se descubrió de nuevo en las llanuras de Breda cargando contra los protestantes tras la estela de su hermano Pedro, temblando de frío y tal vez de miedo ante la refriega. Las descargas desmontaron a los primeros jinetes entre los que se encontraba su hermano, le tocaba atacar a él y entonces giró su caballo y con la espada desenvainada dirigió a sus hombres contra los tambores que daban las órdenes. Una sombra de culpa le sobrevino de nuevo. Hacía mucho tiempo que la había enterrado. No acudió al lugar donde había visto el caballo de Pedro, no acudió a salvar a su hermano. Se quedó blanco, las palabras no le salieron. La mujer y los dos hombres le miraron como si estuvieran viendo a un fantasma, alguien que murió mucho tiempo atrás.
—No es cierto —dijo finalmente rompiendo el silencio que se había vuelto irrespirable— Derramé mi sangre hasta desfallecer. Luché como un valiente, el coronel Spínola me lo dijo. Fui ascendido.
—No hagas caso de esa bruja, capitán —protestó una vez más “el cordobés” esperando una señal del aludido para golpear a la mujer y dar por zanjada aquella escena.
—La diosa fortuna a veces se manifiesta de forma inesperada. Veo espectros que atormentan a vuestra merced, creen que les fallaste en vida, te persiguen para recordarte que no eres como piensa todo el mundo, tal vez sólo ellos os conocen de verdad, tal vez no eres el héroe que todos piensan
—las palabras de la mujer resultaron tan enigmáticas como su sonrisa.
—¡Dile que no fue cobardía! —la angustia era patente en las palabras del capitán— ¡Dile que le quiero, que le echo de menos, que no hay un minuto de mi vida en que no recuerde su valor!.
—Ahora no es el pasado vuestra mayor preocupación —la bruja seguía hablando en trance sin hacer caso de las palabras del capitán— Avanzas hacia un gran peligro y no sabes si estás preparado para afrontarlo. De nuevo sientes que te invade el miedo y te gustaría esconderte y dejar que fuera otro quien afrontara el reto. Pero ese al que invocas en secreto está muerto.
—¡Dile que me ha dejado un dolor y un vacío insoportable! ¡Dile que daría mi vida por él! ¡Díselo! — Pero Juana Herreruela parecía estar muy
lejos de la escena, sin poder escuchar las palabras agónicas del capitán, y enmudeció.
Lorenzo Gadir y Fernando del Amo parecían de piedra. Habían asistido a la escena sin dar crédito a sus ojos y si no fuera porque su respiración entrecortada era perfectamente audible en el silencio de la estancia cualquiera les hubiera dado por muertos. Álvaro de Ovando tenía el rostro desencajado, surcado por un reguero de lágrimas, con todos los sentidos atentos a cualquier señal de la bruja que le indicase un encuentro con su hermano. Fueron minutos muy tensos, que al final terminaron cuando Juana Herreruela abrió los ojos como si nada hubiera pasado.
—Las piedras no dicen nada más. ¿Estás satisfecho? —le dijo descubriendo la angustia en el rostro de Álvaro de Ovando.
—Necesito que hables con mi hermano, necesito que le digas que le quiero y que daría mi vida por su honor —dijo en voz baja.
—¿Para qué?. —protestó Juana— Está muerto. Además, los fantasmas no siempre tienen la razón, a veces se obstinan y se creen que están vivos, otras pretenden seguir viviendo a través de otros, o intentan remediar sus pecados instando a otros a que no lo hagan. Si vuestra merced cree que le asiste la verdad no debe hacerle caso. Tal vez llegue el momento en que pueda demostrarle que está equivocado, o tal vez no llegue jamás y tenga que ir hasta el más allá para convencerle.
—¡No quiero esperar! —chilló entonces el capitán— ¡Quiero que sea ahora mismo! ¡Quiero que mi hermano sepa que no fui un cobarde!. ¡No puedo vivir con esta carga! ¡¿Lo entiendes?!.¡¿Lo entiendes de una vez?!.
—Sí puedes —contestó la bruja— Llevas muchos años viviendo con ella y lo has soportado, ¿por qué iba a ser distinto ahora?. Además, no puedo hacer lo que me pides, no soy un fantasma y eso sólo pueden hacerlo los fantasmas.
—¡Te pagaré bien, lo juro! —la angustia volvió a las palabras de Álvaro de Ovando.
—Ni por todo el oro y la plata que cargan los barcos por el Guadalquivir viajaría al mundo de los muertos —contestó la bruja— De allí nadie puede volver jamás. La muerte sólo puede ser vencida por Dios —y se persignó.
—Debemos irnos, capitán, es tarde y el Duque debe estar inquieto por nuestra ausencia —dijo entonces Fernando del Amo intentando terminar con todo aquello de una vez.
—Hay algo que sí puedo hacer por vuestra merced, te protegerá de los fantasmas y del mal de ojo y tal vez os ayude ante los peligros que se os avecinan —dijo Juana Herreruela mientras enseñaba al capitán un frasquito
— Pero el precio no será dinero ni joyas, será tu espada.
El capitán no dudó un instante. Puso su espada en manos de la bruja y guardó el frasquito en el interior de su casaca ante la mirada desaprobatoria de sus compañeros.
—Podrás usarlo sólo una vez, contiene fuertes esencias que os harán confiar en vuestra merced por encima de fantasmas y muertos —le dijo la bruja antes de que se fueran por donde habían llegado— pero sé prudente porque si tomas el camino equivocado tal vez jamás puedas regresar.
—¿Y cómo sabré cuál es el camino correcto? —preguntó entonces el capitán.
—Escucha la voz de los tambores, ya lo hiciste una vez.
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