Aprendiz de hombre

Salvador Vaquero · Capítulo 26 de 28

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Aprendiz de hombre

Capã“tulo Xxiv

CAPÍTULO XXIV

A la mañana siguiente todos los sirvientes que permanecieron en la Casa Real la noche anterior fueron detenidos y confinados en los calabozos por orden expresa de los inquisidores. Las noticias del asesinato de Isabel de Siruela y del ataque del asesino al Jefe de la “Guardia Amarilla”, que se debatía entre la vida y la muerte, fueron la guinda definitiva a la insostenible situación de inseguridad que se vivía en el Alcázar. Como medida desesperada y por consejo de la madre Marcela de Ulloa —que se estaba convirtiendo ya por aquel entonces en confidente de Felipe IV— el Rey ordenó despedir a sus bellas cortesanas y contratar a enanas desfavorecidas para que actuaran como cortesanas de la infanta Margarita y del príncipe Baltasar y evitar así más muertes, achacando abiertamente los asesinatos a la presencia de algún depravado criminal que envidiaba la hermosura de aquellas jóvenes. Mientras tanto, Álvaro de Ovando permanecía muy grave, siendo atendido en el Hospital del Alcázar por los doctores del Rey que, pese a los bálsamos cicatrizantes a base de esencias de ortigas mezcladas con aceite, los baños con vinagre y los paños calientes, no eran en nada optimistas sobre la gravedad de sus heridas.

Calabacillas, que llevaba tiempo sin ser llamado a presencia real, se dirigió nada más conocer las graves noticias hacia el lugar donde la noche antes ocurrió la tragedia. Habían limpiado casi toda la sangre y retirado cualquier vestigio del drama, no obstante, era todavía temprano y las limpiadoras se afanaban en dejar inmaculada la Casa de las Muñecas.

Penetró en el interior, comprobando que la puerta no había sido forzada y se

dirigió a una de las sirvientas para preguntarle por los enseres del capitán.

Estaban encima de una mesa, esperando que los inquisidores se hicieran cargo de ellos. El bufón observó detenidamente la espada de Álvaro de Ovando. Su punta estaba manchada de sangre, sangre que podía ser la del propio herido, pero que apenas era perceptible más que en el extremo final del arma. Junto a la espada había un mosquete que debía haber sido el disparado por el asesino, pensó, quien sin duda lo abandonó en su huida para poder correr más veloz. Si era cierto lo que le habían dicho, el capitán había sido herido en la parte izquierda, por lo que el arma fue disparada de abajo a arriba por alguien zurdo, que buscaba no errar el disparo y a ser posible acertar de lleno en su víctima para provocarle la muerte instantánea, pero no lo consiguió, probablemente porque el fuerte retroceso del arma desvió el disparo, lo que demostraba que no era ducho en tales lides ni estaba acostumbrado a utilizar el mosquete, sentenció para sí.

No encontró nada más que llamase su atención, así es que Calabacillas decidió visitar al herido y comprobar su estado, “sería un sarcasmo del destino que después de luchar tanto para que el Rey lo dejara en libertad el día antes, esa liberación le hubiera llevado a la muerte”, pensó apesadumbrado el enano. Acto seguido se dirigió al hospital y coincidió allí con el capitán Villanueva, quien mostraba un rostro visiblemente desencajado. “Es un hombre torpe pero honrado —reflexionó Calabacillas

— y tiene a su favor que sabe ser agradecido con el que confía en él”.

También se cruzó con dos guardias que se rieron con descaro de la pinta descuidada que llevaba y con un cochero que casi le atropella cuando se dirigía con su carruaje hacia la puerta principal del Alcázar. Un poco más adelante se topó con el clérigo fray Antonio de Sotomayor, quien parecía ir hacia la iglesia, probablemente para preparar los Oficios de la mañana. Por último divisó a lo lejos la figura del enterrador, al que conociera en el cementerio de los sirvientes, que avanzaba con su macabra carreta hacia las estancias donde permanecía el cuerpo insepulto de la joven asesinada. En los últimos tiempos se decía que estaba completamente loco y que en una ocasión había sido visto fornicando con una muerta, antes de darle cristiana sepultura, aunque el enano no lo había creído. Tenía una solidaria

compasión por aquel hombre, al que achacaban tales leyendas negras más por su desgraciado físico que por sus actuaciones reales.

Vigilando la estancia del hospital donde reposaba el capitán Ovando se encontraban dos soldados de la “Guardia Amarilla”, que impidieron el paso a Calabacillas cruzando sus alabardas.

—No veis que soy el bufón del Rey —les dijo cómicamente— y éste me envía para que compruebe el estado de su capitán, ¿o acaso creéis que represento la figura de un peligroso degollador de mujeres a las que ni siquiera podría agarrar por el cuello sin subirme a una escalera?.

Riendo la chanza los soldados dejaron paso al enano, quien se introdujo en la estancia y observó cómo ésta tenía un ventanal a la altura de su cabeza que daba al patio exterior protegido por rejas. A los pies de la cama un doctor examinaba al herido con cara preocupada, absorto en los remedios que debía mandarle, concentrado hasta tal punto que hizo caso omiso de la presencia del bufón.

—¿Cree que se salvará o debemos poner en su boca una moneda para que Caronte, el barquero, lo lleve por las aguas de la laguna Estigia?—

preguntó Calabacillas.

—No lo sé en verdad —contestó pausadamente el doctor, a quien no parecieron hacerle demasiada gracia las palabras del enano, al entender que eran parte de una broma de muy mal gusto para la ocasión— Ha perdido mucha sangre y, pese a que es un hombre fuerte y curtido, podría morir en las próximas horas. Todo depende de sí mismo, si es capaz de soportar las fiebres y el dolor de los primeros días salvará la vida, de lo contrario mañana el enterrador tendrá de nuevo trabajo.

En un intento por no entretener los cuidados del doctor, Calabacillas decidió marcharse, pero antes se volvió y preguntó de forma descuidada en qué lugar del cuerpo había sido acuchillada Isabel de Siruela.

—No fue una puñalada —explicó el doctor— sino varias, aunque asestadas de forma imprecisa, como si al verdugo le corriera prisa terminar y el nerviosismo le impidiese acertarle en el corazón. Tiene la zona derecha del pecho destrozada por heridas incisas y penetrantes y también sangre en los labios, aunque no presenta herida alguna.

—¿Cree entonces que el asesino le asaltó por la espalda y le tapó la boca con una mano, mientras la apuñalaba con la otra y que ella llegó a morder la mano que tapaba su boca para gritar, con lo que consiguió alertar al capitán?— dijo el enano dando a sus palabras un discreto matiz de curiosidad.

—En realidad no lo había pensado —confesó el cansado doctor— pero es bastante posible, si fuera así la sangre de su boca pertenece al asesino y éste debe presentar una herida en la mano...

—En la mano derecha —sentenció Calabacillas dando una risotada sin gracia— porque era zurdo, es fácil de comprobar teniendo en cuenta el lugar donde infringe sus heridas a las víctimas.

El doctor se volvió entonces y se frotó los ojos para ver con mayor claridad el rostro del enano, que hasta ese momento ni siquiera había mirado, y comprobó sin extrañeza que la cara del imbécil mostraba un destello muy vivo de inteligencia en sus ojos profundos. Pero justo cuando éste se dio cuenta de que le estaba mirando modificó sus facciones y volvió a presentar la cara de idiota que tanta gracia parecía hacer a los miembros de la Corte.

Desde el hospital Calabacillas se dirigió hacia el estudio de don Diego Velázquez, donde encontró al pintor recostado en una silla y con la mirada absorta, sin esconder un estado visiblemente abatido.

—Una maldición pesa sobre mis pinceles —dijo al recién llegado sin saludo ni cortesía alguna— todas las mujeres que pinto terminan asesinadas.

Calabacillas no dijo palabra, pero se dio cuenta de que el pintor tenía razón, todas las víctimas habían sido retratadas por Velázquez, aunque en honor a la verdad la mitad de la nobleza de la Corte estaba siendo retratada por el pintor y sus ayudantes. De repente le asaltó una duda.

—Pero a Raquel de Oropesa no la habíais retratado.

—En realidad había hecho un boceto del cuadro, como a la mayoría de ellas— dijo el maestro haciendo una seña al enano para que le siguiese hasta el almacén anexo al estudio donde se amontonaban las pinturas desechadas. Allí tomó un lienzo y lo desenrolló, apareciendo el fino boceto de la inconfundible Raquel recostada, con su magnífico pelo negro rizado

sobre los hombros, sus grandes e inolvidables ojos, su pecho sensual tenuemente dibujado pero que la imaginación completaba con vehemente sensualidad El lienzo había sido rajado de parte a parte, destrozando la hermosa figura.

—Era realmente una doncella muy hermosa y vuestras manos la han reflejado fielmente, pero decidme, ¿por qué rompisteis la tela?.

—Nada tuve que ver en ello. Fue la maldición —explicó el pintor dando un aire escatológico a sus sombrías palabras— En las últimas semanas un fantasma invade las estancias y raja los bocetos de mis modelos y después las asesina, por eso estoy dispuesto a dejar definitivamente Palacio y marchar lejos, quizá de vuelta a Italia, no puedo soportar la idea de ser el culpable de sus muertes.

—Vuestra merced no da la muerte sino la vida, porque inmortaliza el esplendor de las personas en vuestros cuadros y los hace incorruptos en el tiempo —dijo Calabacillas tras quedar extasiado por el magnífico boceto de la fallecida— La muerte nos llega a todos por igual, bufones y reyes, y nos convierte en polvo despojándonos de cetros, blasones y títulos nobiliarios, convirtiéndonos en hombres desnudos de privilegios. La señora de la guadaña no es piadosa, pero sí justa, y su único enemigo son vuestros pinceles, que consiguen el milagro que ningún arma es capaz de ejecutar.

Vuestras pinturas son la magia del arte en un mundo donde todo es perecedero. Colores que se convierten en cuerpos, en caras, en rostros con vida propia, y hacen realidad el sueño de todos los mortales: ser para siempre, llegar a sus descendientes con la fuerza de su mejor momento.

¿Conocéis a alguien que sea capaz de milagro semejante?. No debéis desfallecer, no sois culpable de las muertes, sois sólo la excusa de un desequilibrado que os utiliza para derramar sangre joven sobre las losas de Palacio. En un mundo de mediocres fuisteis elegido por la diosa del arte y ahora, tenéis una deuda que pagarle.

—Gracias —dijo sinceramente Velázquez, sintiendo que su vanidad se acrecentaba gracias a las palabras del hombrecillo— Tal vez tengáis razón y deba retomar cuanto antes mis encargos pendientes para la Capilla del Alcázar, al menos los mártires no pueden ser asesinados de nuevo. Es cierto que de alguna manera mis pinceles contribuyen a la inmortalidad de los

hombres, esa es la magia que me empuja a seguir pintando, a forzar las luces y los espacios para crear un mundo estático y perenne dentro de un mundo dinámico y cambiante. Detener el río de la vida no es un imposible para los pinceles. La belleza es temporal, la pintura es eterna.

Las sentenciosas palabras del pintor hicieron especial mella en Calabacillas, que sintió una especie de revelación milagrosa. Por un momento todo le resultó muy claro y sin poder evitarlo, le invadió una tremenda tristeza, como si debiera haberlo sabido desde el primer momento, como si todo en realidad no hubiera sido más que una tragicomedia de las que tantas veces había representado para agradar con sus chanzas literarias a los ilustres de la Corte. Quedaban eso sí, algunas preguntas pendientes de contestar, pequeños pasajes del auto de fe que habían sido incorporados por un dramaturgo enloquecido, que pretendía dar una lección magistral a la inmortalidad de los hombres, pero por lo demás todo estaba muy claro y aunque mentalmente sintió que la tensión había terminado, no pudo evitar la invasión del decaimiento al no poder probar lo que intuía, lo que ya sabía y debía haber adivinado mucho tiempo atrás.

Ahora se daba cuenta de su torpeza, en todo momento las señales fueron muy claras pero él no pudo o no supo verlas, y todas aquellas jóvenes estaban muertas para siempre.

Rememoró a la sensual Clara atravesada por una daga en el estudio del pintor, y a la exuberante Inés con las manos atadas abrazando una cruz junto al cementerio, a la joven Teresa y a Encarnación Salazar, salvajemente apuñaladas, a su amada, la pelirroja María Isabel con el corazón atravesado en el fondo de un pozo, a la hermosa María Violeta arrojada desde la Torre Dorada con el cuello abierto y a Raquel de Oropesa, la bella Raquel, acuchillada frenéticamente en la Casa de las Muñecas. Todas reunían los atributos de la hermosa Venus, todas habían sido retratadas y casi convertidas a la inmortalidad por los pinceles del genio. Todas habían usurpado un espacio que quizá no les correspondía, un lugar sólo reservado al mundo de los dioses.

Entonces sopesó que debía adelantarse al dramaturgo y crear un golpe de efecto en la obra que le permitiese dar veracidad a todo lo que sabía y por eso, se dirigió de nuevo al hospital. Los alabarderos ya no le impidieron

el paso y encontró al doctor acompañado de otros dos matasanos discutiendo sobre la medicina que debía ser proporcionada al paciente, basada en los conocimientos legados de los árabes, mucho más adelantados que los científicos cristianos en el arte de luchar contra las enfermedades.

Calabacillas dijo a los presentes que traía un recado del propio monarca para el doctor y que debía hablar con éste a solas, lo que produjo un efecto inmediato, quedando frente a frente el médico y el bufón.

—Su majestad quiere que dejéis correr el rumor de que el herido se está recuperando y que su vida no está en peligro —le dijo sin fórmulas de cortesía— Además, debéis pedir inmediatamente a los guardias que retiren la vigilancia de la puerta.

—Pero eso es una falacia, en estos momentos se encuentra entre la vida y la muerte y a decir verdad, tal vez esté más cerca de lo segundo que de lo primero —contestó de mala gana el matasanos.

—No importa, es de vital importancia que todo el mundo crea que don Álvaro de Ovando se recuperará totalmente en los próximos días —

sentenció el bufón, dando tal firmeza a sus palabras que el doctor, pese a su disconformidad con aquel juego, asintió con la cabeza— En cualquier caso y para vuestra tranquilidad cristiana podéis ordenar que se den al paciente los Santos Oficios por si fuera finalmente la dama de la guadaña quien triunfe sobre la vida, de este modo jamás tendréis la muerte del capitán sobre vuestra conciencia. Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas, Regumque turres.

El doctor salió de la habitación y dejó al bufón junto al herido.

Calabacillas inspeccionó entonces la estancia y desalojando el interior de un pequeño armario, retiró las baldas y se colocó dentro lo más cómodamente posible, lo que consiguió en buena medida gracias a su tamaño, dejando entreabierto un cajón por el que podía escuchar todo lo que ocurría en la sala y colocando a su lado una daga de considerables dimensiones que llevaba escondida entre sus ropajes.

Sabía que el tiempo jugaba en su favor y que sólo la mala fortuna podría llevar al asesino a escaparse de entre sus dedos, porque de lo que no tenía dudas es que ya sabía quién y por qué había llevado a cabo aquella serie de crímenes.

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