Entre nosotras
Capítulo 46 NINA HACE DOS AÑOS
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
—No nos conocemos —continúo—. Estaba drogada e inconsciente cuando me arrebataste a mi hijo.
No me replica porque no tiene argumentos.
—No lo entiendo —dice Dylan—. ¿Qué haces aquí? Yo no te he invitado.
—¿Os conocéis? —pregunta Jane conmocionada y Dylan asiente con la cabeza—. ¿Cómo ha ocurrido esto? —Se vuelve hacia mí—. ¿Viniste a buscarlo? —añade, más como acusación que como pregunta.
—La verdad es que no. Mi hijo me encontró a mí, ¿verdad?
No puedo negar la satisfacción que me produce hacerle daño con mis palabras. Se vuelve hacia él y ve que tiene los ojos empañados, pero él no contesta. Dudo que Dylan quiera hacerle daño, así que hablo por él.
—Hemos pasado mucho tiempo juntos estos dos últimos años, ¿verdad, Dylan?
—¿Dos años? —repite Jane, meneando la cabeza.
—Nos vemos con frecuencia, unas veces vengo yo aquí y otras viene él a verme. Vivo en Northampton, así que estamos a tiro de piedra, pero de eso ya te acordarás. —Se nos une Oscar, que se abalanza sobre mí y me apoya las patas delanteras en los muslos. Me lame las manos y yo le hago carantoñas—. ¡Me alegro de volver a verte! —le digo, y pillo a Jane mirando al perro como si también él la hubiera traicionado.
—¿Qué haces aquí? —repite Dylan.
—Quería conocer a la mujer que te ha estado cuidando.
—No lo he estado «cuidando» —contesta Jane—. Es mi hijo.
—Biológico no, ¿verdad?
—Lo he querido y criado cuando tú no podías.
—No me dejaron elegir, Jane. Fue mi madre quien lo dio en adopción, no yo. Es una larga historia que ya te contará Dylan luego, pero imagina mi sorpresa cuando de repente se plantó en mi puerta queriendo tener relación conmigo, ¡su madre!
Cada nueva revelación es como un bofetón para ella. Sé que nada de esto es culpa suya, pero me da igual. Aunque no quiera ella reconocerlo, seguro que siempre ha sabido que solo tenía a Dylan en préstamo.
Dándonos la espalda a los dos, apoya las manos en el escritorio. Dylan intenta consolarla pasándole un brazo por los hombros y siento una pizca de envidia de que no haya hecho lo mismo conmigo desde que he llegado.
—No quería que te enteraras así —le dice—. Solo quería saber más de mis orígenes.
—No estoy disgustada por eso, sino por no haberlo hablado antes con tu padre o conmigo primero. ¿Saben algo de ella tus hermanos?
—¿De ella? —repito.
Jane me lanza una mirada asesina.
—De Nina.
—De su madre.
—¡Su madre soy yo!
—¡Parad, por favor! —nos interrumpe Dylan—. Nina, creo que deberías irte.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque estás disgustando a mamá.
—Dylan…
Jane se vuelve enseguida y grita:
—¡Se llama Bobby, por el amor de Dios! ¡Llámalo por su nombre!
Me crece la ira por dentro y, de repente, ella es lo único que veo en la habitación. No le ha bastado con arrebatármelo de los brazos cuando no tenía ni fuerzas ni conocimientos para luchar por él y ahora quiere alejarme de él por segunda vez. Ella ya lo tiene todo: marido, hijos biológicos y una casa de morirse. ¿Por qué quiere también a mi hijo? Entre Maggie y ella se han propuesto destruirme. La odio. Poco a poco, la empiezan a rodear unas sombras de rojo y negro y me invade la necesidad de castigarla. Quiero hacerle muchísimo daño, que entienda lo que me ha hecho, que sepa que este joven tan guapo me pertenece a mí y no a ella. Quiero apartarlo de ella para siempre. Aprieto los puños y, sin quererlo, cojo un pisapapeles de cristal de una estantería.
—¡Nina! —dice Dylan, más rotundamente esta vez. Su voz basta para iluminar mi oscuridad—. Vete a casa, por favor. Hazlo por mí.
Titubeo un instante hasta que vuelvo a ser yo misma.
—Pero por eso estoy aquí, por ti.
—No quiero hablar contigo ahora mismo. Estás haciendo demasiado daño. Tienes que irte.
—Pero ella tiene que saber la verdad. Todos debemos saber la verdad. Mira lo que pasa cuando se interponen las mentiras. Mira lo que nos ha pasado a nosotros.
Veo a Jane negar con la cabeza y, cuando Dylan la arrima a su hombro, llora. Lo quiere incondicionalmente y la odio por ello. Tendría que haberse puesto furiosa por haberme buscado a sus espaldas. Tendría que haberle dicho que se marchara y entonces él habría venido a vivir conmigo a mi casa. Entonces habríamos podido ser una familia normal. No sé cómo se lo habría explicado a Maggie, pero habría encontrado una forma de contárselo. Siempre la hay. Él habría entendido por qué he castigado a Maggie porque él y yo somos iguales. Sin embargo, ha preferido a Jane. Y eso me mata.
Lo veo sacarla del despacho, subir las escaleras y desaparecer de mi vista. Sé en ese mismo instante que ya no volveré a verlo. Sigue sonando la música y la gente pasa por mi lado en el pasillo sin verme. No saben quién soy de verdad. Para ellos no soy nadie y, sin mi hijo, tampoco lo soy para mí.
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Capítulo 69
NINA
—No, no, no —mascullo en voz alta al ver la pantalla del móvil.
El simbolito blanco intermitente de un enchufe y un cable me indica que tengo que cargar la batería. Lo he dejado enchufado toda la noche en la mesilla con el volumen a tope, aunque tampoco es que haya dormido mucho, pero se me debió de olvidar pulsar el interruptor del enchufe.
Aterrada, recorro rápidamente la biblioteca preguntando a todos los compañeros con los que me topo si tienen un cargador de móvil que me puedan prestar. Con cada no, siento como si una serpiente se me enroscara alrededor del pecho y del cuello y me fuera exprimiendo la vida lentamente.
Al final, Jenna, de la sección de «Apoyo a pequeñas empresas» de la planta de arriba, me da un cargador que tiene en el cajón del escritorio. Creo que no le doy ni las gracias. Me meto disparada en una de las salas de reuniones y conecto el móvil al puerto USB de un enchufe.
He dejado un carrito con el reparto de libros nuevos de hoy escondido al fondo del todo de la biblioteca. Luego me pongo con ellos; ahora mi prioridad es esta. Espero diez insoportables minutos con el móvil en la mano a que tenga carga suficiente para volver a encenderse. Acto seguido, tecleo mi código de acceso y espero. Por fin, aparece un mensaje de texto y se me alborota el corazón. La decepción es inmediata y me dan ganas de estampar el teléfono contra la pared: es del consultorio sobre una cita con el dentista que se me ha pasado, no de mi hijo.
Hace exactamente ocho días que vi a Dylan por última vez en casa de su familia. He probado a llamarlo, a mandarle mensajes y correos electrónicos, pero me ignora. Hasta he cogido un tren a Leicester para hablar con él cara a cara, pero la recepcionista del periódico me ha dicho que se ha tomado unos días libres por «motivos personales». Se me ha pasado por la cabeza hacerle otra visita en su casa, pero yo misma me he convencido de que no. No podría soportar volver a ver a esa mujer que se cree su madre.
La falta de comunicación que hay entre Dylan y yo es cosa suya, seguro. Me la imagino llorando como una Magdalena y con ese perfilador de ojos carísimo corrido por la cara arregladísima de bótox como si fuera un payaso siniestro y sin expresión. Casi la puedo oír diciéndole lo decepcionada que está de que me haya buscado sin contar primero con su bendición. Noticia de última hora, tonta del culo: ¡no necesita tu permiso! ¿Quién demonio se cree que es para cuestionar las razones de Dylan para querer encontrarme? ¡Lo que es antinatural es que lo obligue a quedarse con ella!
Me crece poco a poco la rabia por dentro al imaginar a Jane haciéndole chantaje emocional para separarnos. Y lo peor de todo es que Dylan se lo tragará porque no querrá disgustarla. Él, como yo, es una víctima de todo esto. Somos peones del juego de otros. No queremos hacer daño a nadie, pero, al intentar que todo el mundo esté contento, somos los que más sacrificamos.
Echo de menos a Dylan tanto como en el instante en que Maggie me lo arrebató el día de su nacimiento. De hecho, ahora es aún peor porque he tenido ocasión de conocerlo. Sé lo que se siente al ser madre y que te priven de tu hijo dos veces.
Me revuelve el estómago pensar que no voy a volver a saber de él. Busco nuestros mensajes antiguos en el móvil y los releo. A pesar de lo poco que hace que forma parte de mi vida, ha llenado un vacío del tamaño del Gran Cañón. Le mando un último mensaje. No me enorgullece parecer tan desesperada. Le digo lo que se me ocurre para recuperarlo. Si siente algo de cariño o compasión por mí, contestará.
—¿Qué pasa, cielo? —me pregunta Jenna y doy un respingo porque no la he oído acercarse.
—Nada, estoy bien —digo, y me seco los ojos empañados con las yemas de los dedos.
Está claro que estoy cualquier cosa menos bien y Jenna me mira comprensiva.
—¿Nos tomamos un té y me lo cuentas?
—No, no, estoy bien, pero gracias. Son cosas relacionadas con mi madre.
Mis compañeros están al tanto de «la demencia» de mamá y se solidarizan conmigo. No me gusta ser objeto de compasión, pero en ocasiones, como esta, lo uso en mi beneficio.
Jenna asiente con la cabeza.
—Bueno, si me necesitas, ya sabes dónde estoy —añade, y me deja sola.
Echo otro vistazo a mi correo, a la carpeta de correo no deseado, al Messenger, pero no encuentro nada de Dylan que se me haya escapado.
Vuelvo a la planta baja de la biblioteca y, de repente, se me aparece la cara de Maggie. Cierro los ojos, aprieto los puños y la hago desaparecer. Todo esto empezó con sus mentiras y cuando me separó de mi hijo. Es culpa suya. Ella es la razón de que Dylan y yo no estemos juntos. Ella es la artífice de mi desgracia. Desde que se descubrió el bulto, ha conseguido hacerme creer que no estamos en bandos opuestos. ¡Qué estúpida he sido! Me está haciendo a mí lo que le hace a Dylan su madre. Nos están manipulando. Y los dos hemos caído en la trampa porque somos buenas personas con un gran corazón.
Tengo que recordarle a Maggie cuál es su sitio. A pesar de su crueldad, de su egoísmo y del dolor que me ha causado, he seguido queriéndola. Pero eso se acabó. Es la persona con la que comparto la casa, ni más ni menos. No significa más para mí que las cortinas que ocultan lo que ocurre allí dentro, los suelos que piso o las puertas que nos separan.
Y las cosas en casa están a punto de dar un giro muy desagradable para mi madre.
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Capítulo 70
MAGGIE
Lo que hace Nina nada más abrir la puerta de mi parte de la casa me indica de qué humor está. Si grita «¡Hoola!» es que está de buen humor; si grita «¿Hay alguien en casa?» es que se está haciendo la graciosa y es muy posible que tenga ganas de fastidiar; si dice simplemente «Maggie…» es que está arisca y la cena no va a durar mucho; pero, si nada más abrir la puerta, se marcha sin decir nada, uf, esas cenas son las que me aterran. Son impredecibles. Y me temo que la de hoy es una de esas.
Lo primero que pienso cuando oigo la puerta pero no la oigo a ella es que ha descubierto el agujerito que he ido haciendo con el tornillo. Cierro los ojos con fuerza. «Sabe lo que he estado haciendo.» La pasta de dientes que estoy usando para volver a pegar la huevera al tabique no aguantaba bien anoche y la huevera se despegaba. Volví a pegarla, pero tengo miedo de que se haya caído otra vez y que, al abrir la puerta para subir, Nina haya visto lo que tapaba y de ahí su silencio.
He retirado ya otro par de centímetros de yeso y madera y sé que mi objetivo está cerca, porque, al tumbarme en el suelo con la oreja pegada al agujero, oigo encenderse el calentador en el interior de su armarito. Si yo puedo distinguir eso, es muy probable que el amigo de Nina me oiga a mí si pido socorro a gritos. A juzgar por la profundidad del agujero, debo de haber llegado a la última capa de pladur. He parado ahí porque, si ahondo demasiado, me arriesgo a hacer un agujero que Nina pueda ver desde el otro lado y entonces todo esto no habría servido de nada. En lugar de ello, he empezado a rascar otro trozo.
El silencio de Nina me mata, así que, con todo el sigilo de que soy capaz teniendo en cuenta que llevo una cadena enganchada al tobillo, me acerco al umbral de la puerta y me asomo a las escaleras. La puerta está abierta de par en par, pero ella no está a la vista. Comienzo a bajar y, cuando llego al descansillo de la primera planta, me alivia ver que la huevera sigue en su sitio, tapando el agujero.
Me ha dejado la puerta abierta para que baje yo sola al comedor y, una vez allí, me siento donde siempre. Vuelvo a tener cubiertos de plástico y ya no está sobre el mantel el surtido habitual de vitaminas, semillas y suplementos. Ha puesto el mantel de encaje de mi abuela. Veo que ha encogido y ya no es de color marfil, sino más bien gris desgastado. Me está castigando, pero, si no es por horadar la insonorización, ¿qué es lo que cree que he hecho?
No me da tiempo a pensarlo porque aparece. En la bandeja que trae lleva una cazuela grande de loza que humea por debajo de la tapa. Doy por supuesto que es otro estofado. También hay un cuchillo de pan y una hogaza sin cortar. Sonrío y saludo, pero sus labios apenas se curvan cuando me contesta. Está de muy mal humor, lo veo claro.
Con un cacillo, sirve el guiso en los dos cuencos y luego ataca el pan con el cuchillo. Se corta una rebanada para ella, pero, cuando alargo la mano para cortar el mío, entorna los ojos y deduzco que mi menú no lleva pan. Empezamos a comer en silencio. La ternera y las patatas están demasiado hechas, pero no me quejo. Espero unos minutos antes de hablar de la última novedad sobre mi bulto. Es un último intento desesperado por hacerla entrar en razón.
—¿Qué quieres decir con que está «delicado»? —pregunta, haciendo hincapié en la palabra y mirándome como si exagerara.
—Me refiero a que está sensible. Durante las últimas dos semanas me ha empezado a molestar, una especie de dolor sordo. Y creo que me he encontrado otro debajo del brazo izquierdo.
—O lo crees o lo has encontrado.
—Bueno, entonces, sí, me he encontrado algo que parece otro bulto. — El que no haga preguntas para verificar su existencia es una prueba más de lo que hace semanas que sospecho, que a Nina ya le da igual, pero, en lugar de desinflarme, refuerza mi determinación y el resentimiento cada vez mayor que me inspira—. He pensado que querrías saberlo; por eso lo he mencionado.
Por primera vez en toda la noche, me mira directamente a los ojos.
—¿Y qué esperas que haga yo?
Semejante hostilidad me deja pasmada.
—Ya sabes lo que puedes hacer —le digo educadamente—. Me puedes ayudar. Ya hemos probado tu planteamiento. He cambiado de dieta como me pediste, me he tomado tus hierbas y he leído los libros que me has dejado, pero sea lo que sea este… sean lo que sean estos… bultos que llevo dentro, necesito ayuda profesional.
Nina se encoge de hombros.
—Para empezar, ni siquiera querías que mis métodos funcionaran.
Busca pelea. Me convendría recular, pero en lo que respecta a este bulto, ¿de qué me ha servido la sumisión? No voy a conseguir que me vea un médico. «Así que, no —decido—. Voy a defender lo mío.»
—Pues claro que quería que funcionaran —digo—, pero ya lo hemos hecho a tu manera y ahora toca hacerlo de la mía.
—Venga ya, Maggie. Sé sincera. Este era tu plan desde el principio. Apuesto a que, en el fondo, te encantó encontrarte el primero porque lo viste como tu oportunidad de oro para salir de aquí.
—¿En serio crees que quiero tener un bulto en el pecho? ¡No seas ridícula! Solo te pido que tengas un poco de compasión. Sé que he cometido algunos errores horribles y que puede que ya no me consideres tu madre, pero, te guste o no, eso es lo que soy. Y, además, soy un ser humano que necesita tu ayuda.
—Yo no puedo hacer nada —dice, y sorbe—. Te advertí hace dos años de que te habías cavado tu propia tumba y que, pasara lo que pasara, te ibas a quedar en ella. Y no ha cambiado nada. Lo siento.
No lo siente en absoluto. Y en ese momento me queda claro que eso es lo que hay. Nina no va a cambiar de opinión jamás.
—¿Qué he hecho mal? Porque no lo entiendo. Pensaba que nos llevábamos mejor estas últimas semanas…
—Te tengo calada, Maggie —me dice con un dedo amenazador—. ¡Te tengo caladísima! Eres como todas esas madres que no paran de manipular a sus hijos haciéndose las víctimas para ver si consiguen que tomen decisiones que no quieren tomar solo por satisfacer sus propias necesidades egoístas. Pues esta vez no te voy a dejar ganar. No os voy a dejar ganar a ninguna de las dos. Ninguna de las dos me lo vais a volver a arrebatar.
No tengo ni idea de a quién se refiere.
—¿A quién? —pregunto.
—Ya lo sabes —gruñe—. Ya sabes lo que hace la gente como tú.
Ha pasado algo desde la última vez que la vi, hace dos días, pero no sé de qué me acusa. Seguramente debería dejarlo correr, pero tiento el avispero con una vara.
—No, Nina, de verdad que no.
—Has hecho de mi vida lo que has querido. Solo buscabas un clon que nunca te dejara sola. No querías que madurara y tuviera las cosas que tienen otras mujeres de mi edad. Me lo has robado todo.
Aparto el plato.
—¿A qué viene todo esto?
—Nunca me has querido de verdad. Eres demasiado egoísta.
—No tienes ni la menor idea de las cosas a las que he renunciado por ti, por amor.
—¡Ja! —se mofa—. ¡Tú no sabes lo que es querer a alguien!
Sé que no debería, pero no puedo aguantarme más.
—¿Y tú sí? —espeto—. Tienes el corazón tan envenenado y la razón tan deformada que antepones tu necesidad de venganza a todo lo demás, ¡incluidas las personas que te quieren!
—¿Cómo puedes decir que me quieres cuando diste a mi bebé en adopción?
Estoy tan indignada que ya no pienso lo que digo antes de que salga por mi boca.
—¡Y me alegro de haberlo hecho! —le grito—. Por entonces, tú no estabas preparada para ser madre y lo que me estás haciendo demuestra que ahora tampoco eres capaz de ser un ser humano decente. Hice lo mejor para aquel pobre niño porque habrías terminado matándolo como me estás matando a mí. Eres demasiado egoísta para ser madre.
Ocurre tan rápido que mis ojos apenas lo registran. Nina agarra su vaso y lo tira con fuerza, estampándolo contra la pared. Los pedazos se esparcen por toda la moqueta.
—¿Egoísta! —grita—. ¡Tienes el descaro de llamarme egoísta! ¿Después de lo que has hecho? ¿Cómo te atreves, joder!
Se pone en pie y yo, acobardada, empiezo a encogerme de miedo. Solo que esta vez, no me lo permito. De pronto lo veo claro: no voy a pasar el resto de mi vida, por breve que sea ese resto, escondida en un rincón. Aflora en mí una fortaleza que yo misma desconocía. Ya no temo al monstruo que he creado.
—Pues claro que me atrevo, joder —gruño, de pie también.
—Me lo has arrebatado todo —me grita y le sale saliva de la boca como si fueran unas balas diminutas—. ¡Deberías estar a cuatro patas pidiéndole perdón a Dios por lo que le has hecho a tu hija!
—Me he visto obligada a tomar decisiones que me han destrozado, pero solo lo hice porque tú no me dejaste elección.
De repente, Nina me empuja fuerte contra la pared. Pierdo el equilibrio y me caigo al suelo. Entonces la veo coger el cuchillo del pan y plantarse delante de mí, con los nudillos blancos de la fuerza con que lo agarra.
Se lo noto en la cara: ha vuelto la Nina que no es dueña de sus actos. Tiene los ojos vidriosos y, en ese preciso momento, sé que es inaccesible. Su lado oscuro se ha apoderado de ella y ya no es mi hija. Lo que ocurra a partir de ahora no se deberá a la voluntad de la niña a la que yo parí, sino al fruto de los actos de su padre, el hombre que le robó la infancia y provocó todo lo que ha venido después.
Nina levanta el cuchillo por encima de la cabeza y yo ni siquiera intento protegerme. Si tengo que morir en este momento, que así sea. Tendrá que mirar a su madre a los ojos mientras extingue la luz que hay en ellos.
De repente lo oímos las dos. Volvemos la cabeza bruscamente hacia la puerta, de donde viene la voz. Hay un hombre allí plantado, horrorizado.
—¿Nina? —pregunta—. ¿Qué haces?
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Capítulo 71
MAGGIE
Nina y yo nos quedamos de piedra, incapaces de movernos. Yo sigo en el suelo y ella alzándose sobre mí con el cuchillo en la mano. La voz de ese hombre basta para sacarla de la psicosis, algo que yo jamás he conseguido.
Miramos las dos embobadas a la visita que acaba de irrumpir inexplicablemente en nuestro retorcido mundo. Aparte de mi hija, es la primera persona a la que veo cara a cara desde que me encerró arriba. Estudio la figura de ese joven delgado de pelo moreno y tez clara y me pregunto si mi cerebro desesperado me la está jugando. Pienso muy seriamente si Nina me habrá apuñalado ya y, en los últimos estertores de la muerte, me lo estoy imaginando. Entonces caigo en la cuenta. Me resulta familiar: es el amigo de Nina, el hombre al que he estado viendo de lejos por la ventana de mi cuarto, la razón por la que he estado haciendo un agujero en la pared para alertarlo de mi existencia. Pero ahora que lo tengo aquí, delante de mí, me quedo pasmada.
Interrumpe el silencio el choque de metal sobre madera cuando Nina vuelve a dejar el cuchillo en la mesa. Luego se aleja de mí un paso, como si eso fuera a variar la percepción que su amigo tiene del caos del que está siendo testigo. Yo no me muevo de donde estoy. Él parece confundido y asustado.
—¿Qué haces aquí? —le pregunta ella, desinflada.
—Me has mandado un mensaje amenazando con suicidarte si no contestaba. —Ella lo mira con la cabeza ladeada como si no recordara haber hecho semejante cosa—. Menos mal que la puerta de la calle estaba abierta. ¿Qué está pasando aquí?
Sus penetrantes ojos grises la miran, después me miran a mí y vuelven a mirarla a ella. Intento ponerme de pie, pero me tiembla todo el cuerpo como una hoja y no puedo incorporarme sin ayuda. Arrastro el trasero como un bebé y me agarro a una silla para erguirme. Él se acerca a mí y me coge por la axila hasta que consigo levantarme. Aún me flojean las piernas, así que me apoyo en la mesa para no caerme. El ruido de la cadena le llama la atención. No parece comprender por qué la llevo enganchada al tobillo.
—Dylan —dice Nina con voz temblona—. Has venido.
Me deja helada. ¿Qué acaba de decir!
—¿Dylan? —repito, mirándola primero a ella y luego a su amigo. Y por una décima de segundo no lo veo a él, veo a Jon Hunter. Hago un aspaviento y me tapo la boca con las manos cuando comprendo que es el bebé al que vi por última vez cuando lo entregué a otros brazos en el sótano con la esperanza de salvarlo de esta locura.
—Eres… ¡eres mi nieto! —susurro.
Mis palabras parecen aterrarlo aún más y se vuelve hacia Nina.
—¿Tengo abuelos? ¡Me dijiste que habían muerto todos!
No sé cómo, pongo en orden mis pensamientos.
—Me ha tenido prisionera dos años —espeto—. Por favor, tienes que ayudarme.
—¿Nina? —dice Dylan—. ¿Es eso cierto?
—Está fatal —contraataca Nina—. Tiene demencia y no sabe lo que dice. Yo soy quien la cuida. Me encargo de ella.
—No tengo nada de eso —replico—. Me tiene encerrada arriba en contra de mi voluntad. Mira.
Dylan sigue con la mirada la mía hasta el grillete y la cadena, que continúa por el pasillo y sube las escaleras hasta mi planta.
—¿Por qué la tienes encadenada? —pregunta.
—Para cuando estoy en el trabajo… Por su seguridad. No es tan malo como parece. Cuando está sola, es un peligro para sí misma, empieza a merodear por ahí, y no puedo permitirme llevarla a una residencia.
—Pero ahora estás en casa… ¿Por qué sigue encadenada?
—Dylan, no le hagas caso, que está mintiendo —le suplico y lo agarro del brazo—. Por favor, sácame de aquí o llama a la policía, llama a quien sea, pero apártame de ella y deja que las autoridades decidan quién dice la verdad.
—No, no lo hagas —dice Nina—. Te está manipulando igual que Jane. Sabes que yo no te mentiría. —Lo agarra del otro brazo—. Tú lo eres todo para mí. Jamás pondría eso en peligro faltando a la verdad.
—Entonces, ¿por qué estabas a punto de clavarle un cuchillo cuando he llegado?
—Yo… yo… yo solo quería asustarla para que obedezca. —Dylan menea la cabeza—. Tienes que creerme —suplica—. Aunque parezca inofensiva, no sabes de lo que es capaz. Asesinó a mi padre, a tu abuelo, y luego intentó separarnos a ti y a mí… Es un monstruo.
Cuando Dylan se queda boquiabierto y le brillan los ojos de miedo, sé que me cree a mí.
—Te di en adopción a Jane porque era una buena mujer y porque quería protegerte de Nina —la interrumpo—. Mi hija no está bien, créeme. Mira lo que me está haciendo. Si no llegas a venir cuando has venido, estaría muerta.
Nina arruga el gesto, la confusión le deforma el rostro y es como si lo que estoy diciendo fuera nuevo para ella. Su ira psicótica se ha llevado cualquier recuerdo de lo que ha estado a punto de hacer con ese cuchillo.
—¿Dónde está la llave del candado? —pregunta Dylan, inmutable.
Ella lo mira decepcionada.
—¡No me estás escuchando! —replica—. Te engaña… No sabes cómo es. No te puedes poner de su parte.
—¡Pero no puedo hacer como que no he visto que tienes encadenada a mi abuela en tu casa! Lo que está pasando aquí, sea lo que sea, no es normal. Necesitáis ayuda las dos. —Nina abre la boca, pero le cuesta encontrar las palabras porque sabe que él tiene razón. No hay nada normal en nosotras ni en esta casa ni en nuestra familia. Todo dejó de ser normal el día en que Alistair empezó a abusar sexualmente de su hija—. Dame la llave, venga. —Nina niega con la cabeza y aprieta la mandíbula—. Nina — repite él con mayor firmeza, pero ella no cede—. Mamá —le dice él.
A ella parece sorprenderla que la llame así. Me pregunto si será la primera vez que lo hace, porque Nina se echa a llorar. Miro a Dylan para valorar su reacción, pero este es territorio desconocido para él y no sabe cómo reaccionar. Aun así, no puedo permitir que se despiste al sentir compasión por ella. Tengo que pensar en mí.
—Lleva la llave en el bolsillo —digo.
—Por favor, no lo hagas —solloza Nina, negando despacio con la cabeza mientras él se le acerca—. Solo he hecho lo que más nos conviene. Tienes que creerme.
Dylan se planta delante de ella y la mira a la cara. Ella moquea y tiene las mejillas empapadas, pero no intenta detenerlo cuando él le mete la mano en el bolsillo y saca el llavero.
—Esto es lo que hay que hacer —le dice.
—Me vas a dejar, ¿verdad? —llora ella, pero él la ignora.
Me sonríe como para que sepa que todo va a ir bien. Y yo le creo. Es lo único bueno que ha salido del día de hoy. Se agacha y mete la llave en la cerradura. Y entonces ocurre: mi nieto, al que pensé que jamás volvería a ver, me libera. Lo miro tan agradecida que me dan ganas de llorar.
—Vamos —dice, antes de que me dé tiempo a darle las gracias y, sin volverse a mirar a su madre, me pasa el brazo por la cintura y nos dirigimos al descansillo.
El ruido se oye enseguida: el traqueteo ya familiar de la cadena. Dylan y yo nos volvemos a la vez, pero apenas nos da tiempo a reparar en que el grillete vuela por los aires cuando choca contra la frente de él y lo tumba de golpe.
—¡No! —grito, y mi nieto me mira desde el suelo, perplejo pero incapaz de comprender lo que ha pasado.
Veo impotente que Nina levanta la cadena e intenta golpearlo otra vez, pero esta vez no atina y astilla un trozo del marco de la puerta. Conozco bien la rabia contenida de su mirada, pero no tengo tiempo para recrearme en ella. Dylan no se mueve lo bastante rápido para esquivar el tercer golpe, que le vuelve a acertar pero esta vez en un lado de la cabeza. El choque de metal contra hueso produce un crujido horripilante. Nina ha conseguido abollarle el cráneo.
—¡Para! ¡Por el amor de Dios, para! —le suplico—. ¡Es tu hijo!
Pero no me oye. Tiene otra vez esa mirada perdida, desprovista de toda humanidad. Miro de nuevo a Dylan y solo cuando parpadea sé que sigue vivo.
Me hinco de rodillas e intento consolarlo, pero el pobrecito está conmocionado. Cojo de la mesa los guantes del horno para parar la sangre que le brota de la cabeza y que empieza a correrle por la cara. Me vienen a la mente recuerdos fugaces de la herida similar que Nina le hizo a Alistair.
—Te pondrás bien, te lo prometo —le digo a Dylan, pero en realidad no lo sé—. ¿Dónde tienes el móvil? Voy a pedir ayuda. —Le hurgo en los bolsillos, pero él me aparta y se vuelve de lado, despacio. Con la ayuda de los brazos, se arrastra hacia la escalera. A lo mejor me tiene tanto miedo a mí como a Nina—. Ay, Dylan —le suplico—, déjame ayudarte. Por favor, dame el móvil. —Lo único que se oye ya es su desesperada respiración sibilante y el roce de su ropa en la moqueta. Me vuelvo hacia mi hija—. ¡Nina! —le grito, pero, antes de que pueda decirle nada más, me pega también con el grillete.
Lo empuña con torpeza y está a punto de darme en el hombro, pero lo esquivo antes de que me pueda hacer demasiado daño. A la segunda, en cambio, me acierta en plena cabeza. Me pitan los oídos como el campanario de una iglesia y el comedor empieza a enturbiarse y amenaza con fundir en negro. Me esfuerzo por mantener la consciencia. Sé que Nina se agacha sobre mí, pero no consigo centrarme en lo que hace. «Mantente despierta — me digo—. Mantente despierta y ayuda a Dylan.» Él está bocabajo ahora, con las piernas estiradas, reptando con la ayuda de los brazos y los codos, alejándose despacio de las dos.
Cuando recupero la visión, me revienta la cabeza, pero, de algún modo, consigo ponerme de pie, aunque, al intentar acercarme a Dylan, pierdo el equilibrio y me estampo contra la pared. Él está mucho peor que yo y ha sacado fuerzas para empezar a bajar la escalera, peldaño a peldaño. Cuando ha logrado bajar las cuatro primeras, pierde el equilibrio, baja el resto rodando y se da con la cabeza en el poste antes de aterrizar en un ángulo raro abajo. Lo miro de reojo y veo que tiene los ojos muy abiertos, pero ya no parpadea.
—¡Dylan! —Me dirijo a él, pero no llego muy lejos porque caigo de bruces al suelo. Me sube por la pierna un dolor punzante que parte de donde debo de haberme desgarrado algo por dentro. Después de atizarme con el grillete por tercera vez, Nina me lo vuelve a ajustar al tobillo—. Mira lo que has hecho —bramo y le lanzo una mirada asesina.
Inmóvil, nos mira con la satisfacción de un maestro del juego que, aun sabiendo que sus oponentes tienen todas las de perder, los deja jugar igual. Y ahora me toca a mí perder el control. La agarro de la pierna y empiezo a aporreársela, mordérsela y arañársela como un animal salvaje hasta que, forcejeando, se zafa de mí y me da una patada en toda la jeta. Se oye un crujido fuerte y siento como si fuera a estallarme la cara. Me ha roto la nariz, seguro. La boca me sabe a sangre, que me corre por la garganta, ahogándome.
—¡Has matado a tu hijo! —continúo, pero entonces me empieza a dar vueltas la cabeza otra vez, se me distorsiona el oído y se me nubla la visión. Quiero levantarme y abalanzarme sobre ella, pero apenas le distingo el rostro cuando me agarra por la cabeza con las manos y me arrastra por las escaleras hasta la primera planta. Creo que me va a empujar para que ruede, pero sigue arrastrándome por el descansillo hasta que llegamos a la escalera de la segunda planta, en mi parte de la casa. Entonces, cierra de golpe la puerta del tabique y echa la llave—. ¡Nina! —grito—. ¡Nina, déjame salir!
Sigo tumbada bocarriba y no veo lo que hago, recorro a tientas el tabique con la mano y araño las hueveras, tirando de ellas para arrancarlas. Las aporreo, a sabiendas de que eso se puede oír por el agujero que he hecho, pero sin que me importe ya.
Mi anhelo de libertad ha tenido un coste horrendo. Nina ha matado a Dylan, como siempre temí que haría. Y yo soy responsable también, por suplicarle ayuda. Esto es tan culpa mía como de ella.
Nina ya no puede controlarse. Cuando asesinó a su padre, él lo merecía, pero Dylan no, era inocente. Y también Sally Ann Mitchell.
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Capítulo 72
MAGGIE
HACE VEINTITRÉS AÑOS
Elsie se queda perpleja al ver al recién nacido arropadito en el sofá del sótano. Lo mira y luego me mira a mí.
—¿Quién es? —pregunta—. ¿Y qué haces aquí abajo?
Apenas consigo pronunciar las palabras «mi nieto» antes de echarme a llorar. Y entonces le suelto todo el terrible desastre. Mi remordimiento entra en erupción como un volcán y llevo demasiado dentro para dejarme ni un detalle, desde el primer embarazo de Nina hasta los abusos de su padre y por qué le he dicho a Nina que su bebé ha nacido muerto. Me sale todo de golpe. Estoy al borde de un ataque de nervios y necesito ayuda.
Cuando termino, Elsie ya ha cogido en brazos a Dylan y lo acuna. Los miro a los dos, paralizada por el miedo a lo que acabo de hacer y a lo que está por venir. Estoy preparada para que Elsie me lea la cartilla y me diga lo que ya sé, que esto me supera y que tengo que llamar a la policía, pero a veces la gente te sorprende.
—Si fuera mi Barbara, creo que yo habría hecho lo mismo —dice—. Cuando tienes un hijo, te prometes que será tu prioridad y que harás todo lo que esté en tu mano por darle la mejor vida posible. Esté bien o mal, eso es lo que tú has hecho por Nina. Y ahora tienes que hacer lo mismo por tu nieto.
—Tengo que llevármelo de aquí.
—Lo sé y lo vamos a hacer.
—¿Lo «vamos» a hacer?
—Sí, te voy a ayudar.
—¿Cómo?
—Igual sé de una forma. Conozco a una familia que podría ayudar.
Hace tres días que nació Dylan y estoy en el coche de Alistair.
Nina da por sentado que se lo llevó cuando «nos dejó», pero lo voy moviendo de una calle a otra todas las semanas, a un kilómetro de casa más o menos. Lo bastante lejos como para que ella no lo vea.
Después de calarlo por segunda vez en un semáforo, mantengo el pie en el freno y acelero el motor. Reparo en el olor del ambientador de naranja que cuelga del retrovisor. Hace tiempo que está seco, pero el perfume sigue adherido a la tapicería de los asientos. No quiero inhalar nada que me recuerde a él, así que lo arranco de cuajo y lo tiro.
Hay una obra aparentemente infinita en la autovía que inhabilita uno de los dos carriles de la calzada y me tiene al límite de mi paciencia. Necesito llegar a casa enseguida. Estoy atrapada detrás de un autobús cuyo conductor no para de ceder el paso a los coches que salen de un cruce que hay más adelante. Estoy a punto de bajarme del coche, aporrearle la ventanilla y soltarle unos cuantos improperios.
El autobús no es la única razón por la que estoy tensa como un muelle. Me he visto obligada a tomar una decisión que cambiará para siempre el rumbo de tres vidas: voy a dar en adopción al bebé de mi hija. He visto con mis propios ojos a Nina matar a golpes a su padre al verse sometida a una presión extrema. Sé que no puedo cargarla con el estrés que conllevan la maternidad y un recién nacido: las noches en vela, los primeros dientes, las enfermedades, el preguntarte constantemente si lo estarás haciendo bien, el compararte con otras madres mejores que lo tienen todo bajo control… Yo he pasado por todo eso y Nina es demasiado joven y débil para superarlo.
Sé que podría ayudarla, pero no voy a estar presente todos y cada uno de los días de la vida de ese niño. ¿Cómo voy a estar tranquila dejándolos solos aunque sea un momento? Estaría siempre desquiciada, esperando a que algo le provocara el siguiente brote psicótico. Jamás me lo perdonaría si a mi nieto le ocurre algo que yo podría haber evitado.
Si con eso no bastara para justificar el plan que Elsie y yo hemos urdido, alejarlo de su padre, un pederasta que dejó embarazada a una niña de catorce años sabiendo que era menor, es razón más que suficiente. Si Nina lo tuviera tan calado como yo, a lo mejor también ella pondría en duda la influencia de Hunter en un niño. Me aterra pensar en cómo podría deformarle la mente o algo peor. Mi fe en la aptitud de los hombres para la paternidad se hizo añicos desde lo de Alistair y ya es irreparable. Jamás volveré a cometer el mismo error.
Es responsabilidad mía proteger a Dylan y lo mejor para él, a mi entender, es estar todo lo lejos posible de la vida tóxica en la que fue concebido. Además, no hay vuelta atrás porque ya le he dicho a Nina que su criatura nació muerta como consecuencia de la anomalía cromosómica que ella en realidad no padece.
—¡Mierda! —grito.
Voy distraída y casi choco con otro coche. El montón de pañales que he comprado antes en Tesco sale volando del asiento de atrás y aterriza en el suelo. Entonces caigo en la cuenta de que puede que sean los últimos que compre para él.
Dylan ha estado tres días con Elsie y conmigo en el sótano. Que convirtiera la bodega y el desván en espacios habitables son las únicas cosas que le puedo agradecer a Alistair. Cada vez que Elsie o yo nos vamos, ponemos un colchón delante de la puerta cerrada para que no se oiga el llanto del bebé, aunque Nina sigue demasiado drogada para oír gran cosa. Empezamos a darle al niño la leche que producía su madre y que recogíamos con un sacaleches. Le he mentido, otra vez, y le he dicho que era completamente normal, aun habiendo perdido el bebé. Entonces empieza a preocuparme que los sedantes que le administro le lleguen a él a través de la leche materna y paso a los biberones.
Elsie y yo hemos estado cuidando de Dylan y encariñándonos con él, y anoche, cuando lo tenía en brazos mientras se quedaba dormidito, supe que, en el fondo, no quería darlo en adopción, de verdad que no. Muy a mi pesar, esa criaturita me ha cautivado por completo.
Al llegar por fin a casa, miro la hora en el reloj: Nina va a necesitar otra dosis de somníferos muy pronto. Cuando vuelva al trabajo, cogeré más hojas de receta de la consulta del doctor King y buscaré una medicación alternativa para controlarla.
Estoy convencida de haber cerrado con llave la puerta de la calle al salir, pero ya está abierta cuando giro la llave. Desconcertada, la cierro enseguida y subo las escaleras.
—Nina, ya he vuelto —digo, acercándome a las escaleras—. ¿Estás despierta? ¿Te preparo un té o un poco de sopa? —Pero su cuarto está vacío. Titubeo y ladeo la cabeza, pero no la oigo por ninguna parte. Algo no va bien—. Nina, cariño, ¿dónde estás? —le grito.
Sigue sin responder. Corro por toda la casa, mirando en todas las habitaciones y por fin la encuentro en el baño de la segunda planta. Está sentada al borde de la bañera, de espaldas a mí. Viste una parka verde y lleva la melena suelta, cayéndole por el pelo de la capucha. No sé si acaba de venir o se va a algún sitio. Su actitud me inquieta.
—Nina, ¿no me has oído? —le pregunto con cariño—. Te estaba llamando. —No contesta—. ¿Qué pasa, te duele algo? —Sigue sin contestar —. Cielo —digo, sin disimular ya mi agitación—, háblame, por favor.
Me acerco despacio y la observo bien. Está pálida y como ausente, exactamente igual que después de matar a Alistair. Espero de verdad que este último brote psicótico sea una reacción retardada al trauma de haber perdido al bebé. Entonces le veo barro fresco en los lados de las botas Dr. Martens que, además, han dejado huella en la alfombrilla blanca del baño. Ha salido a la calle.
—¿Dónde has estado? —le pregunto. Bajo el grueso abrigo, le sube y le baja el pecho, y doy por sentado que eso es todo lo que le voy a sacar por ahora—. ¿Te acompaño a la cama? Necesitas descansar —le digo.
Quiero llevármela a su cuarto cuanto antes por si el llanto de Dylan se oye desde aquí arriba. Le paso un brazo por los hombros y la mano por la axila y la pongo de pie.
Hay una desconfianza entre las dos que parece que vaya a durar siempre, pero, al final, no le hace falta hablar. Cuando veo y oigo caer al suelo el cuchillo ensangrentado que escondía en la manga queda todo dicho.
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Capítulo 73
MAGGIE
HACE VEINTITRÉS AÑOS
La velocidad a la que irrumpo en el sótano sobresalta a Elsie. Temiéndome lo peor, aparto el colchón de la puerta, desesperada por entrar, y me la encuentro dándole el biberón a Dylan, bien recogidito y a salvo en el hueco de su brazo. Suena una música suave en la radio que le he dejado antes.
—¿Qué demonios pasa? —pregunta.
Me dan ganas de contarle lo del cuchillo y que creía que Nina los había atacado, pero no lo hago. No quiero asustarla y tampoco me parece justo someter a Elsie a más presión. Lo que sea que haya hecho Nina ahora tendré que afrontarlo yo sola.
—Lo siento —contesto—, la casa estaba en silencio y me ha entrado el pánico.
—Estamos bien, tranquila —dice Elsie—. Antes ha llorado un poco, pero era porque tenía hambre. ¿Qué tal Nina?
—Necesito estar un rato con ella. ¿Te puedes quedar un poco más con Dylan?
Asiente y yo cierro la puerta y la pillo besando en la frente a mi nieto. Lo va a echar de menos tanto como yo. Vuelvo al baño donde he dejado a Nina. Paso por encima del cuchillo y me acuclillo delante de ella, cogiéndole las manos. Lleva sangre seca en los dedos y en las mangas.
Habla de repente y me sobresalta.
—Jon —dice en un tono completamente plano.
—¿Qué pasa con él? —pregunto.
—Lo he visto —dice, y yo cierro los ojos un instante.
—¿Dónde?
—En su casa.
—¿Ha pasado algo? ¿Él está bien?
Espero que me tranquilice, pero el cuchillo ensangrentado me cuenta
todo lo que ella calla. La lavo, la cambio de ropa, le doy dos somníferos más y la acuesto. Luego le registro los bolsillos del abrigo y encuentro una dirección en un papelito. Hay una manchita de sangre en él. Doy por supuesto que ahí es donde ha estado. Limpio el mango y el filo del cuchillo y me lo guardo con cuidado en el bolsillo.
Poco después estoy en el piso de Hunter, mirando fijamente su cuerpo inconsciente tirado en el sofá. Está completamente despatarrado, con la cabeza colgando hacia delante y toda la parafernalia de drogarse esparcida por la mesita de centro. A la luz intermitente del televisor, veo que aún lleva la aguja clavada en la vena del antebrazo. Por mucho que lo odie, me alivia oírlo respirar. Significa que Nina no le hecho daño.
Me sobresalta un ruido a mi espalda. Vuelvo la cabeza y veo otra puerta. Está entornada y parece un baño. No soy una persona agresiva, pero llevo el cuchillo de cocina de Nina y estoy preparada para protegerme si fuera necesario. Pero el ruido no se acerca; es como el de un neumático desinflándose, solo que más esporádico. Me dirijo a él y abro la puerta con el pie.
Los goznes chirrían y la puerta se detiene bruscamente. Algo impide que se abra del todo. Entro y la veo en el suelo. Sally Ann Mitchell, esa chica tan cariñosa con la que he hablado en el consultorio, me mira, con sus grandes ojos azules muy abiertos y llenos de pánico. Por un momento ninguna de las dos se mueve, a la espera de que la otra reaccione primero.
No tengo mucha elección. Con el cuchillo de Nina en el bolsillo, me acerco rápidamente a ella y me arrodillo para verla de cerca. Está tendida del lado izquierdo, con el brazo estirado hacia delante como si intentara coger algo.
Un corte de cinco centímetros de largo le cruza la mejilla derecha y los brazos y las manos desnudos le chorrean sangre de heridas y puñaladas. Algunas son rasguños y otras son tan profundas que se le ve el tejido muscular, pero al bajar la mirada descubro que es su vientre de embarazada el que se ha llevado la peor parte del ataque. Mi hija ha hecho esto. ¡Mi Nina! Me inclino sobre la bañera y vomito. No llevo en el cuerpo más que un café y unas tostadas, pero repito dos veces antes de limpiarme la boca, dar un paso atrás y evaluar la situación.
Veo esperanza en los ojos de Sally Ann. Me ha reconocido. No sabe cómo ni por qué estoy aquí, pero me lo agradece. Piensa que la voy a ayudar. Mueve el labio inferior como si quisiera decir algo. Intento cogerle el pulso en la muñeca, pero apenas se lo noto. Se está desangrando y, si no la ayudo, se habrá desangrado en cuestión de minutos.
—Saava mi beé —susurra y le corre por la comisura de la boca un reguero de sangre que gotea al suelo.
—No entiendo lo que dices —le contesto en voz baja.
—Saava mi beé —repite—. Salva mi beé.
Poco a poco la voy entendiendo. Me pide que salve a su bebé.
Me parte el corazón ver a la pobrecita así. Vuelvo corriendo al salón y busco el teléfono. Estoy a punto de levantar el auricular para pedir ayuda cuando caigo en la cuenta de que no puedo hacerlo. Va en contra de mi naturaleza, pero últimamente he hecho muchas cosas de las que no me enorgullezco. Quiero ayudar a esta chica y a su bebé más que nada en el mundo. Bueno, casi más que nada, porque por encima de todo quiero proteger a Nina. Y pedir ayuda para Sally Ann tendría consecuencias catastróficas para mi hija.
Si Sally Ann sale viva de esto, ¿cómo voy a explicar mi presencia en su casa? Si conoce a mi hija y puede proporcionar una descripción que facilite su identificación, Nina está perdida. La encerrarán indefinidamente en un correccional, una cárcel o un psiquiátrico. No puedo hacerle eso, así que dejo el teléfono donde está. Me recuerdo que mi hija no tiene la culpa de esto; la tiene su padre, la tiene Hunter, la tengo yo. Y también somos responsables de lo que les va a pasar a Sally Ann y a su bebé. «No puedo ayudarte —pienso mientras lloro—. Dios sabe que quiero, pero no puedo.»
Giro la cabeza para echar un vistazo al salón: Hunter sigue inconsciente y me aprovecho. Mojo la hoja del cuchillo en sangre del suelo del baño. Sally Ann respira cada vez peor y, al mirarla un segundo, veo que me sigue con la vista, perpleja, pero aún esperanzada de que vaya a rescatarla. Quiero explicarle por qué no puedo, pero no consigo pronunciar las palabras.
De nuevo en el salón, con las manos enguantadas, obligo a Hunter a asir el cuchillo y le mancho de sangre la piel para que parezca que ha sido el responsable del ataque salvaje a Sally Ann. Hay un montón de ropa suya en el suelo, así que la extiendo y la mancho de sangre también. Por último, agarro el cuchillo y lo meto por el agujero de la caja de resonancia de una de las tres guitarras apoyadas en la pared en un rincón del salón. Después retrocedo e inspecciono la escena del crimen que he manipulado por el bien de mi familia.
No sé qué más puedo hacer ni si conseguiré engañar a los ojos entrenados de la policía, pero lo tengo que intentar. No quiero dejar sola a Sally Ann, se lo debo, pero ni siquiera puedo ofrecerle esa pizca de compasión. Tengo que dar prioridad a las necesidades de mi hija y mi nieto. Debo volver con ellos.
—Lo siento —le susurro, y luego limpio mi vómito de la bañera y, sin mirarla, la dejo morir sola. Que Dios me perdone, porque sé que yo nunca podré.
Estoy a punto de marcharme del piso cuando vuelvo a mirar a Hunter y titubeo. Este hombre no es mejor que Alistair, alguien dispuesto a destrozarle la vida a una niña por su propia gratificación sexual. ¿Cuántas vidas más arruinará antes de que alguien le plante cara y le diga que ya basta? Cuando la rabia me empieza a bullir por dentro como una olla a presión, comprendo que tengo que ser yo la que ponga fin a esto. Debo intervenir y proteger a la siguiente chica.
Por eso me acerco a Hunter, aprieto con el pulgar el émbolo de la jeringuilla que lleva clavada en el antebrazo y le inyecto el veneno que le queda dentro, sea lo que sea. Me quedo por allí, pero no sé qué espero ver, quizá cómo se le sale el corazón del pecho o cómo convulsiona y le brotan espumarajos de la boca, pero no ocurre nada de eso y no tengo tiempo para esperar. Abro la puerta de la calle y dejo que Hunter y Sally Ann mueran juntos.
No me arrepiento de lo que le he hecho a ese tipo: es lo que merece. Me reservo el remordimiento para las personas que lo necesitan y a las que he fallado, como Nina y Sally Ann.
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Capítulo 74
MAGGIE
HACE VEINTITRÉS AÑOS
—Tenemos que llevarnos a Dylan de aquí lo antes posible —le suplico a Elsie y yo misma me noto la angustia en la voz.
—¿Seguro que no te lo quieres pensar un poco más? —pregunta—. Es una decisión importantísima.
—Segurísimo —respondo—. No podemos tenerlo aquí abajo. Por su propia seguridad.
—¿Por qué?, ¿ha ocurrido algo? —Pálida, me mira esperando una respuesta, pero, al ver que no le doy explicaciones, sabe que es mejor no indagar más—. Voy a hacer la llamada —añade.
Elsie me deja sola en el sótano, acunando llorosa a Dylan, y cierra la puerta al salir. La oigo hablar por teléfono en la entrada, pero no sé lo que dice. No puedo contarle lo que he encontrado en el piso de Hunter. No me veo capaz de reconocer lo que Nina ha hecho ni los extremos a los que he llegado yo por encubrirla. Tampoco puedo decirle que soy peor que mi hija porque mi intento de matar a Hunter ha sido consciente. No tardará en salir en las noticias. Solo espero que Elsie no ate cabos.