Entre nosotras
Capítulo 46 NINA HACE DOS AÑOS
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
—¿Qué me estás ocultando, Alistair? Por favor, dime que no tiene un chico escondido ahí dentro…
Niega con la cabeza, pero no me da otra explicación. Entonces le reconozco la expresión. Es de remordimiento, como cuando me dice que ha sacado la basura pero en realidad se le ha olvidado o me cuenta que ha estado trabajando hasta tarde en la obra pero le huele el aliento a alcohol. Solo que esa noche el remordimiento de Alistair está agravado por el miedo. Él es el elemento sereno y racional de nuestra relación. Nada lo preocupa. No lo angustia el dinero ni su carrera, no se enfada por nada ni se recrea en la tristeza. Pero nunca lo he visto así antes. Está aterrado y lo disimula fatal. Clavo los ojos de tal forma en los suyos que pienso que le voy a ver el alma.
—¿Qué pasa? —pregunto con mayor rotundidad—. ¿Qué hacías en el cuarto de Nina?
Pero antes de que me pueda contestar, aparece una sombra a su espalda. Una figura en movimiento, que primero retrocede un poco hacia el pasillo y luego vuelve, abalanzándose sobre nosotros meciendo algo por encima de la cabeza de Alistair. Él repara en mi reacción, pero antes de que pueda darse la vuelta para ver qué es, se oye un golpe sordo y cae al suelo, de bruces, a mis pies. Yo me he apartado de un salto, sin querer, al verlo desplomarse. Solo entonces veo a Nina, sosteniendo esa cosa en alto sobre su padre. Alistair estira el brazo hacia delante como esperando poder gatear y ponerse a salvo, pero Nina no le da ninguna oportunidad. Su hija le asesta dos golpes más, uno en la espalda y otro en la cabeza, hasta que deja de moverse.
Luego, sin mediar palabra, Nina deja caer el objeto al suelo y se mete en su cuarto tan rápido como había salido.
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Capítulo 62
MAGGIE
HACE VEINTICINCO AÑOS
Quiero gritar, pero cuando abro la boca no me sale nada. Ni siquiera aire. Muevo la mano para pulsar el interruptor de la luz, pero tiemblo tanto que no acierto a la primera.
Cuando la luz ilumina el cuerpo de Alistair, desparramado en el suelo, veo que su estado es peor de lo que imaginaba. Tiene hundido el lado derecho del cráneo y le falta un trozo. El boquete se está llenando de sangre que le chorrea por un lado y hacia el pelo. Miro alrededor y hay sangre por todas partes. Me pellizco; estaré soñando. ¡Esto no puede estar pasando! ¡Ay, pero sí! Tiene los ojos muy abiertos e inertes. Está claro que está muerto. Hay rastros de sangre en el papel pintado, salpicaduras en el techo de gotelé y está calando en la moqueta y formando un círculo rojo alrededor de su cabeza. A su lado está el palo de golf de cabeza metálica con el que Nina le ha pegado.
Por fin recupero la voz.
—¡Nina! —le grito—. ¿Qué has hecho!
No sé qué hacer. Debería bajar corriendo y llamar a emergencias, pero algo me lo impide: mi hija. Con el segundo golpe y por la luz de la farola, he visto sus ojos reflejados un instante en el acero del palo y en la vida había sido testigo de semejante rabia contenida, ni en Nina ni en nadie. ¿Qué cosa tan horrible habrá ocurrido para instigarla? Me dirijo a la habitación apoyándome en la pared porque me flojean las piernas.
Mi niña está sentada al borde de la cama, catatónica. Tiene los ojos muy abiertos pero casi sin vida y las mejillas, la frente y la parte de arriba del pijama salpicados de sangre. Me trago el dolor y consigo a duras penas decir su nombre en voz alta. No reacciona.
—Nina —repito, pero sigue muda.
Mi hija no es mala, no es cruel. No le haría daño ni a una mosca. ¿Por qué habrá querido hacérselo a su padre? Me viene a la cabeza un pensamiento turbio. Es la peor de las explicaciones. No, no puede ser; no sé ni cómo se me ha ocurrido algo así. Quiero pensar que estoy cansada y confundida y que mi imaginación me la está jugando. Alistair y Nina se llevan muy bien, pero él jamás habría hecho algo indebido. Conozco bien a mi marido y no me habría casado con él si hubiera sospechado que podía ser… que podía ser un… No puedo ni pensar en la palabra. Me equivoco, me equivoco muchísimo. Intento quitarme la idea de la cabeza, pero no se va… y crece… Le he dado vida y ahora se expande.
—Mi niña, mi pobre niña —sollozo—. ¿Qué te ha hecho?
No contesta.
Cedo a la gravedad y caigo de rodillas; la estrecho en mis brazos y siento contra mi cuerpo sus extremidades rígidas y en el cuello su respiración casi imperceptible. No quiero soltarla nunca, pero sé que tengo que arreglar esto. Necesito pensar. ¿Qué hago primero? Tengo que quitarle la sangre y el mal de su padre de la piel.
La ayudo a levantarse, pero es como si fuera con el piloto automático. Para llegar al baño, nos vemos obligadas a pasar por encima del cadáver de Alistair. No quiero que Nina lo vuelva a ver, pero se ha encerrado tanto en sí misma que dudo que repare en nada.
La meto en el baño, le quito el pijama ensangrentado, la lavo con agua tibia de la ducha y uso un gel de naranja para librarla del hedor metálico de la sangre. Me permite que la limpie sin mediar palabra, sin protesta alguna. Aparto los ojos de su cuerpo y rezo para que Alistair no le haya producido un daño irreparable. Me siento al borde de la bañera mientras la seco, la ayudo a ponerse un pijama limpio y la llevo de nuevo a su cuarto. La tumbo bajo el edredón y me instalo a su lado hasta que por fin parpadea y se queda dormida.
Solo cuando salgo de su cuarto y cierro la puerta, me pregunto si no debería haber pedido ayuda ya. Sé que es lo que debo hacer, pero me aterra el mayor daño psicológico que eso podría causarle a mi hija ya frágil. No puedo ver cómo se la lleva un coche de policía para interrogarla o una ambulancia la traslada a una unidad psiquiátrica. Además, en mi afán por purificarla, el agua se ha llevado las pruebas. O a lo mejor era lo que pretendía…
Ya lo he estropeado todo. Me apoyo en la puerta y me deslizo hasta el suelo, tapándome la boca con las manos para que ni los vivos ni los muertos puedan oír mis sollozos. En mi vida me había sentido tan culpable. Aunque Nina tenga trece años, sigue siendo mi niñita. Tendría que haberlo sabido; ha debido de haber signos de advertencia que no he querido ver. La he decepcionado tanto como su padre. ¿Y si la he perdido para siempre? ¿Y si despierta y recuerda lo que ha hecho o lo que Alistair le ha hecho a ella? No sé cómo voy a lidiar con ninguna de las dos cosas. Lo único que tengo claro es que no puedo permitir que esta noche condicione el resto de su existencia. Tengo que arreglarlo.
Recorro la casa entera reuniendo todas las toallas y paños que tenemos. Como el corazón de Alistair ha dejado de bombear sangre por su cuerpo maltrecho, ya no sangra, pero el pasillo está hecho un asco. Me veo obligada a enfrentarme a él, pero apenas puedo mirarlo. Le veo motitas de algo blanco en el pelo y no sé si son trocitos de hueso o de cerebro. Contengo las ganas de vomitar.
Vuelvo al descansillo y coloco las toallas por el suelo. Mientras absorben la sangre, arrastro un edredón del cuarto de invitados y lo extiendo junto al cadáver de Alistair, que deslizo sobre él. Lo enrollo bien y sigo haciéndolo rodar. Eso me ayuda mucho: como no se le ve, podría estar enrollando una alfombra. Cuando lo tengo bien enrollado, me dispongo a sujetarlo con cinta de embalar alrededor y por debajo del cuerpo como una araña haría presa a un insecto. Solo cuando estoy segura de que el edredón está completamente sujeto intento arrastrar el bulto escaleras abajo. Pesa por lo menos veinte kilos más que yo y tengo que hacer uso de todas mis fuerzas y un montón de descansos intercalados para desplazarlo. Me tiran y me arden los músculos según avanzamos, lo último que haremos juntos en esta vida. Según va botando la cabeza en los peldaños de la escalera, la realidad de lo que está ocurriendo en estos momentos amenaza con trastornarme.
«Este es mi marido. Cuando me he ido a la cama, este era el hombre con el que iba a pasar el resto de mi vida. Ahora tengo que deshacerme de él como si nunca hubiera existido.»
Siento que voy a volver a desmoronarme, pero no puedo ceder, debo acabar esto. Después ya tendré todo el tiempo del mundo para pensar en mí y digerirlo.
Al llegar a la cocina caigo en la cuenta de que no tengo ni idea de qué hacer con un cadáver. Aunque consiguiera meterlo en el coche, dudo mucho que pudiera adentrarme lo bastante con él en un campo o un bosque. No tengo estómago ni instrumental para despedazarlo y deshacerme de él por partes. Ahora entiendo por qué tantísimas personas intentan ocultar los asesinatos domésticos enterrando a las víctimas en el jardín. Alistair no es ninguna víctima, pero al menos aquí puedo evitar que lo encuentren.
Cojo la linterna del cajón de la cocina, me la guardo en el bolsillo de la bata y abro la puerta de servicio. Antes de arrastrar a Alistair por el escalón y enfilar con él el caminito, exploro las casas de los vecinos en busca de indicios de actividad. Es demasiado tarde para hacer otra cosa que no sea guardarlo en el cobertizo.
De vuelta en la cocina, el reloj del horno me advierte que son las cinco
de la mañana, y estoy física y mentalmente agotada, pero esta noche infernal aún no ha terminado. Meto todas las toallas ensangrentadas en la lavadora y la pongo a noventa grados; luego, con un cubo de agua caliente y un montón de productos de limpieza, me pongo a frotar la moqueta y las paredes con todos los productos que encuentro. Cada pocos minutos, abro la puerta del cuarto de Nina para ver cómo está, pero sigue profundamente dormida.
A las ocho de la mañana, voy ya por el cuarto café y estoy sentada a la mesa de la cocina, mirando por la ventana el cobertizo del fondo del jardín. Ya he decidido dónde voy a enterrar a Alistair, pero primero tengo que encargarme de Nina, aunque no sé cómo ayudarla. Estoy desorientadísima. A lo mejor podría pedir consejo a alguno de los médicos del consultorio, pero ¿cómo podría evitar tener que explicarle lo que le ha causado la crisis nerviosa y lo que ella le ha hecho a su padre?
—¿Por qué no me has despertado? —oigo decir a mi espalda. Grito, se me cae la taza de café en el mantel y se rompe el asa. Al volverme, veo que se me acerca Nina, vestida con el uniforme del colegio—. Torpe —me dice, y yo la miro incrédula, boquiabierta y la sigo con los ojos entornados. Coge dos rebanadas de pan de una hogaza y las mete en el tostador—. ¿Por qué huele como a lejía por toda la casa?
—Se… se me ha derramado una cosa —digo—. He estado limpiando.
Saca de la nevera un cartón de zumo de naranja natural y se sirve un vaso. Con el alma en vilo, la observo, esperando que ocurra algo, cualquier cosa inusual. Mira por la ventana y, por un segundo, tengo la sensación de que presiente dónde he dejado a Alistair. Pero, si lo hace, lo disimula bien. En lugar de ello, me habla del día que la espera hoy en el colegio y de un trabajo de ciencias que está resultando complicado. Yo asiento y niego con la cabeza cuando creo que me toca asentir o negar. Lo cierto es que no la estoy escuchando. La niña que asesinó a su padre anoche y la que tengo delante no me casan.
Unta de mermelada de frambuesa las tostadas y me comunica que se las va a comer arriba mientras se prepara los libros para irse a clase.
—¿Vas a ir a clase? —le pregunto perpleja.
—Sí, ¿adónde quieres que vaya? —me dice extrañada—. ¿Por qué estás tan rara?
Me encojo de hombros.
—No me he dado cuenta.
—Y luego resulta que los raros somos los adolescentes.
Cuando vuelve a su cuarto, me derrumbo sobre la mesa. ¿Lo de anoche pasó de verdad o me lo he imaginado? ¿Seré yo la que está teniendo una crisis nerviosa?
Espero a que me grite «¡Adiós, mamá!» y, cuando oigo cerrarse la puerta de la calle, echo la llave, la cadena y salgo corriendo al jardín de atrás. Alistair sigue en el cobertizo, lo que confirma que no, esto no son imaginaciones mías.
Tardo hora y media larga en cavar un hoyo de metro y medio de profundidad y el largo de su cuerpo. Estoy agotada y me corre el sudor por la espalda y por el pecho, pero no puedo descansar hasta que saque el cadáver a rastras del cobertizo y lo meta en el hoyo de la parte más retirada del jardín. Está oculto por coníferas y ni siquiera Elsie puede ver nada con ellas. Luego, sin decirle unas últimas palabras ni despedirme, le tiro las llaves dentro. Con la ayuda de la pala, lo cubro de tierra hasta que queda nivelado con el resto. Lo que sobra lo extiendo por los bordes. Y de repente esta parte de la pesadilla ha llegado a su fin. Nina ya no tiene padre y yo ya no tengo marido. Ojalá pudiera terminar así de rápido.
Estoy sucia y desesperada por quitarme el hedor a muerte que se me adhiere a la piel, pero tengo que hacer otra cosa primero. Agarro las maletas del sótano y meto en ellas toda la ropa de Alistair. Quiero fuera de mi vista hasta el último zapato, camisa, corbata, pantalón y suéter. Luego lo escondo todo, junto con los palos de golf, incluido el que Nina ha usado para matarlo, debajo de la escalera del sótano hasta que decida qué hacer con ello. Por último, aparco su coche a un kilómetro de distancia y vuelvo a casa.
Arrastrando los pies, me meto en el baño y me siento bajo la ducha, donde me quedo hasta que el agua caliente empieza a salir fría. Mi mundo se ha derrumbado y yo estoy enterrada bajo los escombros. Solo sé que debo seguir respirando aunque esos escombros pesen, porque Nina me necesita. Debo protegerla de la verdad a toda costa.
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Capítulo 63
MAGGIE
HACE VEINTICINCO AÑOS
Sé que estoy hecha un asco. Hace cinco semanas que no como una comida decente, solo duermo cuando me triplico la dosis de pastillas y, al mirarme al espejo, apenas reconozco el rostro demacrado y agotado que me mira fijamente.
Mis compañeras de trabajo han empezado a notarlo. Debo decir que me han apoyado muchísimo desde que les dije que Alistair nos había dejado a Nina y a mí. Lizzy, la coordinadora de enfermería, me ha propuesto que me tome una semana libre para recomponerme. Se lo he agradecido, pero he declinado la oferta. Me sentiría peor si estuviera sola en casa un día sí y otro también, sabiendo que el cadáver de mi marido está a solo treinta metros de mí.
He invertido la escasa energía que me queda en estar supervigilante con Nina. Ando con pies de plomo esperando que, en cualquier momento, recuerde de pronto todo lo ocurrido esa noche, pero, hasta la fecha, no hay indicios de que tenga la menor idea de lo que hizo. Ni siquiera cuando, aprovechándome de su desmemoria, le dije que su padre se había ido de casa, detecté en su mirada el menor indicio de que supiera lo que había pasado en realidad.
Aun así, le está costando digerir la súbita marcha de Alistair. No entiende por qué, con lo unidos que estaban, no han seguido en contacto. Y yo soy la única persona en la que puede volcar su rabia. Pierde los estribos a la más mínima provocación, da portazos, se pone la música a un volumen insoportable y no ayuda nada en casa. No son solo rabietas normales de adolescente, sino un indicador de algo mucho más profundo. Me ha dejado clarísimo que soy la culpable de que se haya ido su padre, y no me queda otra que encajar el golpe, porque prefiero aguantarle las lágrimas y los cambios de humor a tener que recordarle nada de lo ocurrido en aquella noche horrenda.
Entretanto, he procurado seguir con mi vida y mi trabajo lo mejor posible. Me invento cualquier excusa para dejar un momento la recepción y me encierro en el baño a llorar desconsoladamente. Es donde estoy ahora, sentada en la taza con la tapa bajada, abrazada a mi propio cuerpo, como dándome ese abrazo que tanto necesito y que nadie más puede ofrecerme.
Cuando estoy sola, no paro de recordar mi último enfrentamiento con Alistair, minutos antes de su muerte. La reacción de Nina fue prueba irrefutable de que le había pasado algo traumático allí dentro. Pienso en nuestra última conversación y en su cara de miedo: la suya era la cara de un hombre al que han pillado in fraganti haciendo lo peor que se le puede hacer a un niño.
No paro de preguntarme si aquella sería la primera vez o llevaría años ocurriendo. ¿Tendría algún signo de alarma delante de las narices todo el tiempo y había sido demasiado confiada o ignorante para verlo? Por más vueltas que le doy, juro que jamás vi a Alistair comportarse de forma inapropiada con Nina. No parecía un pederasta; no era más que un marido y un padre cariñoso y atento.
Cuando nació Nina, estaba embobado con ella, y la cosa no cambió según iba creciendo. Sentada en su regazo, veía con él los partidos de fútbol de la tele, cantaban juntos las canciones de ABBA, hacían repostería juntos y él la llevaba al cine a ver películas de Disney. A veces, cuando me sentía excluida de su club, me recordaba la suerte que había tenido Nina de contar con el amor de sus dos progenitores mientras yo apenas había tenido la atención de uno. ¿Cómo había podido seguir adorándolo con lo que le hacía? ¿Había empezado a dividirse en dos para lidiar con las dos versiones de su padre? Y cuando me oyó enfrentarme a él esa noche a la puerta de su cuarto, ¿se habían fundido esas dos Ninas en la sombra furibunda que yo había visto ejecutar a su padre?
No pensaba que fuera posible desenamorarse de alguien tan rápido, pero ya solo siento odio por el hombre al que en su día adoré. Me niego a pensar en los buenos tiempos ni en el amor y la intimidad que compartimos. No lo voy a buscar en la persona de mi hija. Por lo que a mí respecta, nunca ha existido. No lo echaré de menos ni lo lloraré ni imaginaré cómo podría haber sido nuestra vida. Estoy reescribiendo nuestra historia. Siempre hemos sido y siempre seremos Nina y yo. No siento que haya muerto, solo lamento no haberlo matado yo.
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Capítulo 64
MAGGIE
HACE VEINTICINCO AÑOS
Encuentro lo que busco en la consulta del doctor King, donde tiene una extensa biblioteca de revistas médicas y libros de medicina. Algunos son antiguos y están encuadernados en piel; otros son libros de texto modernos alineados junto a carpetas de documentos y números atrasados de The Lancet.
Me he ofrecido a hacer horas extra hoy y, en cuanto ha salido del edificio el último médico de familia, he cerrado con llave las puertas y he bajado las persianas. Después me he metido en la consulta del doctor King y he iniciado mi búsqueda. Necesito saber a qué me enfrento.
No le he dicho ni una palabra a Nina sobre lo ocurrido la noche en que mató a su padre, hace tres meses, y parece que por fin se ha tragado mi mentira de que nos dejó sin más. Sin embargo, por protegerla de la verdad, se ha resentido nuestra relación. Además, sospecho que la parte de su cerebro que intenta enterrar lo que Alistair le hizo no es capaz de ocultarlo por completo. Se está empezando a manifestar en la forma en que me está castigando con su actividad sexual. Una de las mamás del colegio me ha dicho que vio a Nina y a Saffron con un grupo de chicos que parecían mayores, bebiendo latas de alcohol en el Racecourse la semana pasada. Estoy convencida de haberle visto chupetones en el cuello, pero me ha dado demasiado miedo plantarle cara y que me salga el tiro por la culata.
Me pongo enseguida manos a la obra, hojeando cada libro y revista de la librería y volviendo a dejarlos después exactamente igual que los he encontrado. Horas más tarde, cuando llevo ya dos tercios del camino hecho, me topo con una posible solución. El libro es de principios de los ochenta y en él se enumeran todos los trastornos mentales conocidos. Describe los síntomas y las posibles causas junto con casos prácticos y tratamientos recomendados. Reviso cada página de arriba abajo. Por fin, localizo algo que se parece a la conducta de Nina.
«Fuga disociativa —leo en voz alta—. El estado de fuga se produce cuando el individuo pierde la consciencia de su identidad. A menudo se ve envuelto en un traslado o viaje inesperados, pero, cuando recupera la consciencia, se encuentra en algún lugar sin memoria de cómo ha llegado allí. Es similar a la amnesia, pero se da con frecuencia en personas que han experimentado un trastorno de personalidad disociativo. Es un estado generado por el cerebro como defensa frente a un trauma, para evitar una angustia psicológica extrema. Entre estos sucesos suelen encontrarse los desastres naturales, los conflictos, la violencia extrema, los abusos domésticos o los casos de pederastia.» Leer la palabra «pederastia» me hace estremecer, pero continúo. «La víctima huye física y mentalmente de un entorno que le resulta amenazador o insoportable. La fuga disociativa puede durar horas, semanas o incluso meses. Y, cuando llega a su fin, es muy improbable que la persona recuerde lo ocurrido.»
Hago una pausa para digerir todos estos datos. Nina encaja perfectamente en ese perfil.
«El trastorno es tan inusual que ahora mismo no hay un tratamiento estándar para ello —resume el fragmento—. La terapia más eficaz es apartar a la persona de la amenaza de una situación estresante para no favorecer futuras amenazas.»
Inspiro hondo al caer en la cuenta de que tengo dos opciones: llevar a Nina a un especialista y exponerla a un posible trauma psicológico mayor porque la alienten a desbloquear los recuerdos reprimidos o seguir como estamos, es decir, conmigo intentando mantenerla al margen de situaciones estresantes. Decido proteger yo misma a mi niña. No puedo arriesgarme a abrir la caja fuerte en la que tiene guardados los abusos de su padre. No soporto la idea de volver a ver esa mirada perdida o de que se entere de lo que le hizo al hombre que adoraba. Se nos va a hacer muy cuesta arriba, sobre todo con las presiones a las que se enfrenta un adolescente. ¿Y qué le deparará la vida cuando entre en la edad adulta? ¿Cómo voy a protegerla el resto de su vida? Es imposible. Pero debo hacer todo lo posible por conseguirlo. Tengo que evitar que recuerde el pasado para que no arruine su futuro.
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Capítulo 65
NINA
He pasado casi toda la tarde encerrada en el baño de abajo. No recuerdo haber tenido otra época así, con tantos problemas estomacales. Me refresco la cara con agua fría a ver si consigo relajarme. Acabo de rociar la habitación con ambientador cuando oigo que llaman a la puerta de la calle. Dylan está a punto de volver a casa por primera vez desde el día en que nació.
—Pasa, pasa —le digo, sujetándole la puerta abierta. Me pregunto si Maggie lo habrá visto aparcar a la entrada y enfilar el caminito hasta la puerta de entrada. Espero que sí, porque seguro que la está matando no saber quién es. Se quita la cazadora y la cuelga en un perchero—. ¿No te pones la que te regalé? —le pregunto.
—Esta noche, no.
—¡Qué pena! Me habría gustado verte con ella.
—En otra ocasión.
—¿Hay algún problema con ella? Igual la puedo cambiar.
—No, es perfecta, Nina —dice con firmeza, y lo llevo a la cocina.
—Vale, bueno, bienvenido, me encanta que por fin hayas venido. Espero que te guste el solomillo Wellington.
—Sí —contesta, pero lo dice de una forma un poco rara. A lo mejor, como estoy tan angustiada, me encuentro supersensible. Estoy decidida a que esta velada sea perfecta porque quiero pedirle una cosa. Aunque tendré que elegir bien el momento—. Así que esta es la casa en la que nací… — dice, contemplando el jardín desde la ventana de la cocina. —Asiento con la cabeza—. ¿Y ahí fuera es donde te dijeron que estaba enterrado?
—Sí —contesto en voz baja—. ¿Te gustaría verlo?
Se vuelve enseguida a mirarme como si estuviera loca. Sé que es una propuesta carente de tacto. ¿Quién iba a querer ver su propia tumba?
—No, gracias —responde—. ¿Cómo es que no te has mudado a otro sitio? Yo creo que no habría podido quedarme aquí después de descubrir la verdad.
—Son cosas que pasan —digo—. A veces te quedas atascado en la rutina y te cuesta salir de ella. Además, durante muchos años, pensé que estabas aquí y no quería dejarte. Eras todo lo que tenía.
Me parece que no sabe qué contestar y por eso hace caso omiso.
—Pero sí me gustaría ver la habitación donde nací.
—Vale.
He demorado en más de una ocasión la visita de Dylan por Maggie. Aunque la insonorización impide que se oiga nada de arriba aquí abajo y viceversa, me resistía a correr ese riesgo, pero, como últimamente me insistía tanto, al final cedí y organicé su visita.
Lo llevo al que ha sido mi dormitorio desde niña. Una vez más, me avergüenza en su presencia lo poco que ha progresado mi vida. Me quedo en la puerta mientras él entra a echar un vistazo. Le vuelvo a explicar lo rápido que me lo arrebataron, pero no parece tan interesado como las otras veces que le he contado la historia. Quizá me estoy repitiendo mucho.
—¿Tienes fotos de mis abuelos? —pregunta—. Abajo no he visto ninguna.
—Están todas en el sótano, Dylan. Puedo buscarlas para la próxima vez que vengas.
—Me llamo Bobby —replica con brusquedad.
Últimamente cometo ese error más a menudo. Se da cuenta y me sonríe, pero su sonrisa es forzada.
—Bobby —repito. Aún se me atraganta el apodo que le ha puesto su familia. Para mí, siempre será Dylan.
Al bajar, pasa por delante del tabique y la puerta que conducen a la planta de Maggie. Veo que lo intriga lo que habrá allí arriba y me adelanto.
—Pago menos calefacción si tengo cerrada esa parte. Es una casa muy grande para una sola persona.
No sé si está raro por estar aquí, pero, aun cuando estamos en la cocina cenando con apetito, noto que pasa algo. Soy yo la que empieza todas las conversaciones y la verdad es que ha sido así las últimas veces que nos hemos visto. Intento quitarle importancia y convencerme de que me equivoco, pero Dylan ya no parece compartir mi entusiasmo por nuestros encuentros. Han dejado de ser quincenales y ahora son mensuales y varias veces ha cancelado en el último momento. Siento que se me escapa entre los dedos y no sé como evitar que suceda. A lo mejor debería sentirme halagada: ya no me considera una novedad, sino parte de su vida y así es como se comporta con todos sus seres queridos. Aun con todo, no me acaba de gustar.
—¿Va todo bien? —pregunto y asiente con la cabeza—. Es que te veo un poco distante.
—Ayer fui a visitar la tumba de Jon Hunter. Encontré la ubicación en una página de fans del grupo.
Titubeo. Es lo último que esperaba oírle decir.
—¿Por qué?
—No sé. Para pasar página, quizá, no estoy seguro.
—¿Y funcionó?
—Pues no. Ni siquiera tiene lápida. No era más que un montículo de tierra. Le dejé un ramo de flores. No había más flores.
—Me parece que hay que esperar a que la tierra se asiente para poner la lápida.
—¿Dónde están enterrados mis abuelos?
—No muy lejos de aquí. ¿Y Jon? ¿Dónde lo han enterrado?
—¿No lo sabes?
—No —contesto, y me ruborizo.
—En el pueblo donde siguen viviendo sus padres: Great Houghton. Pensé en ir a verlos.
—¿Y por qué no fuiste?
—No sé. Igual remover el pasado no siempre es buena idea.
Recuerdo que yo también hice ese viaje cuando Jon se negó a concederme el derecho de visita para verlo en la cárcel. Aun después de explicarles quién era y contarles que había perdido a su bebé hacía dos años, no quisieron creerme y se negaron a convencer a su hijo de que me viera. Me dijeron que no era la primera chica que se plantaba en su casa con la excusa de una «relación imaginaria y enfermiza» y que tampoco sería la última. Luego me pidieron que me fuera y no volviera jamás. No sé qué más decirle a Dylan, así que comemos un rato en incómodo silencio.
—¿Cómo están tus padres? —le pregunto por fin.
—Están bien —contesta.
—¿Has vuelto a pensar en hablarles de mí?
Niega con la cabeza.
—Como te dije, no es un buen momento.
—Han pasado dos años ya.
—Lo sé.
—Tienes todo el derecho del mundo a querer pasar tiempo conmigo. ¿Qué es lo peor que podría ocurrir si se lo dijeras?
—Se disgustarían.
—¿No quieren que seas feliz?
—Por supuesto.
Me armo de valor para lo que le voy a proponer. Lo he ensayado muchas veces, pero necesito que suene natural, como si se me acabar de ocurrir.
—Ya sabes que, si se lo dices y luego necesitas un poco de espacio, siempre puedes venirte a vivir aquí.
Dylan deja de masticar. Titubea.
—Gracias —dice.
—A ver, hay espacio de sobra. Me encantaría tenerte aquí.
Asiente con la cabeza, pero me temo que es más por educación que por verdadera gratitud. Tengo que venderle las ventajas.
—Podrías ir y venir como te apeteciera. Si quisieras traer a algún amigo, por mí, estupendo también. Podrías redecorar a tu gusto cualquiera de las habitaciones… Lo que más cómodo te resultara. La casa sería tan tuya como mía. —Paro cuando me doy cuenta de que me estoy ilusionando demasiado, presionando demasiado, pero es que la idea de que mi hijo viva conmigo me emociona—. ¿Está buena la comida? —le pregunto en cambio.
—Está genial —contesta.
—Como no has comido mucho solomillo… ¿Me ha quedado demasiado hecho? Tengo filetes en la nevera; si lo prefieres, te hago uno…
—No, tranquila. Procuro no comer demasiada carne roja.
—¿En serio? ¿Por qué? El hierro te viene bien.
—Mi abuelo tuvo cáncer de colon hace un par de años y en casa procuramos evitarla.
—Bueno, si es hereditario, a ti no te va a afectar, ¿no? En tu familia de verdad no hay antecedentes de cáncer de colon.
No menciono el bulto del pecho de Maggie que está causando un cisma silencioso en esta casa.
—Ellos son mi familia de verdad —responde.
Como no entiende lo que quiero decirle, intento aclarárselo.
—Comprendo que quieras pensar eso, pero, en sentido estricto, son la familia que te acogió. Tú y yo tenemos una relación de consanguineidad.
Suelta de golpe los cubiertos en el plato.
—Hicieron algo más que «acogerme», Nina. Me dieron un hogar, una vida.
—A ti no tenía por qué haberte adoptado nadie. Y si no son capaces de digerir que tú y yo nos llevemos bien quizá no estén pensando en tu bienestar.
—Como ya te he explicado muchas veces, no quiero hacerles daño.
—Ya lo sé, pero a lo mejor dar prioridad a sus sentimientos no siempre es lo más acertado. ¿Qué pasa con lo que sientes tú?, ¿o cómo me pueda afectar a mí?
—¿A ti?
—Pues sí. No es agradable ser el secretito de nadie. Es como si te avergonzaras de mí.
—No me…
—Entonces, ¿se lo vas a decir pronto?
—Yo no he dicho eso.
—Puedes venir a vivir aquí…
—¿A vivir? Hace unos minutos me has dicho que podía «quedarme aquí algún día».
Esto va de mal en peor y yo ya no sé ni lo que digo.
—Vivir, quedarse, ¿qué más da? Disfrutarías estando aquí, le darías vida a esta casa vieja y polvorienta.
—Nina —dice con firmeza—, no puedes usarme para salir de la rutina. No es justo.
—No, no lo hago… —tartamudeo—. Me gusta pasar tiempo contigo, nada más.
—Y eso es lo que hemos estado haciendo, pero a veces eres un poco… déspota.
—¿Cuándo?
—Me haces sentir culpable si no me ciño a tus planes. Me llamas si no te contesto a los mensajes en los siguientes quince minutos. Te disgustas si no te mando un mensaje antes de acostarme. Has venido a verme a la oficina sin avisar. No paras de comprarme cosas caras que no necesito. Todo eso me hace sentir un poco… raro.
Lo dice por la cazadora de diseño que vimos un día que fuimos de compras a Milton Keynes. Había estado distraído conmigo ese día y, como vi que le interesaba, la busqué en internet al día siguiente y la pedí. Me costó el sueldo de una semana, pero, si lo hacía feliz, merecía la pena. Sin embargo, cuando volví a quedar con él y se la regalé, se negó a aceptarla y me pidió que dejara de comprarle cosas, así que se la mandé por correo a la oficina.
—Lo hago porque es lo que hacen los padres. Yo te quiero.
—Y luego te has pasado la noche recordándome que mis padres no son parientes consanguíneos míos. Ya lo sé y no me importa, pero es como si te propusieras distanciarnos para tenerme para ti sola.
—Eres mi hijo. Me gusta estar contigo.
—Ya lo sé, pero los padres también aprenden a darles margen a sus hijos.
—¿Para qué? ¿Por qué necesitas que te dé margen?
Dylan suspira y menea la cabeza.
—Creo que es hora de que me vaya —dice y se limpia la boca con la servilleta antes de levantarse.
—No te vayas —le digo enseguida y lo sigo al pasillo, donde coge su cazadora—. Lo siento, no volverá a ocurrir.
—De todas formas, tenía que irme pronto porque he quedado luego.
—¿Con quién?
—Con un amigo.
—¿Qué amigo? ¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Te llamo pronto.
Y, sin darme un beso en la mejilla ni despedirse siquiera, sale y cierra despacio la puerta.
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Capítulo 66
MAGGIE
Han pasado tres semanas desde la última vez que vi venir a casa al hombre del coche blanco y marcharse poco después y, en el fondo, temo que no vaya a volver. Aun así, no he dejado que las dudas me impidan hacer preparativos por si vuelve a entrar en casa. Entre mis planes se encuentra el tapón de la bañera, pero en vez de usarlo como arma lo estoy usando como herramienta.
Desde que se me ocurrió la idea, he pasado todas las mañanas esperando pacientemente junto a la ventana a que Nina se vaya a la biblioteca y, en cuanto ha desaparecido de mi vista, he bajado la escalera hasta el tabique insonorizado y me he puesto manos a la obra.
He elegido una parte lo más alejada posible de donde Nina podría verlo, la parte de abajo, cerca de donde antes estaba el zócalo. No está iluminada ni por la luz que entra por la claraboya de cristal reforzado ni por la bombilla del techo de las escaleras. El otro lado del tabique es el punto más próximo al comedor.
El tornillo está galvanizado para evitar que se oxide al contacto con el agua, con lo que es más resistente. La punta es afilada como una aguja y tardará en desgastarse, así que la he estado usando para arrancar, haciendo palanca, un trozo del tabique. La huevera de esa parte ha salido fácilmente, pero debajo había una plancha de madera pegada a otra a su vez sujeta al yeso original. Desde el primer día supe que iba a ser complicado y que debía tener paciencia, pero Dios sabe que tiempo y motivación tengo. Quiero sobrevivir a este bulto y no puedo hacerlo si sigo atrapada aquí arriba.
He estado poniendo una toalla debajo de la zona de trabajo para recoger los escombros que luego he ido tirando por el lavabo en vez de intentar tirarlos al váter para evitar que después quedara el polvillo en el fondo de la taza. Luego, antes de que Nina vuelva a casa cada día, pego de nuevo la huevera al tabique con pasta de dientes para no dejar huella.
Nunca trabajo cuando ella está en casa, ni siquiera los fines de semana, y solo descanso para comer. Por eso al final de cada jornada, me duelen las piernas y los brazos de pasarme horas a cuatro patas, encogida y rascando el tabique con un objeto diminuto. Espero que sirva de algo.
Últimamente el bulto me duele más que nunca y no sé si es porque me he distendido algún músculo trabajando o porque está pasando algo más trágico. Aunque me cueste reconocerlo, es más probable que sea lo último, porque esta mañana, en la bañera, me he descubierto un segundo bulto, esta vez en la axila. Procuro mantener la calma porque el pánico no me va a ayudar, pero ese descubrimiento me ha decidido aún más a seguir con mi plan.
Mi hija me ha dejado muy clara su postura: antes que ayudarme, prefiere verme sufrir una muerte lenta y atroz encadenada a esta casa. Es más cruel, rencorosa y vengativa de lo que yo la creía capaz y me despierta un resentimiento que jamás pensé que podría experimentar. Si quiero salir de aquí, tengo que hacerlo yo sola.
Me aparto para contemplar mi hazaña. He retirado apenas tres centímetros cuadrados. No está ni mucho menos a la altura de las excavaciones de La gran evasión, pero tampoco estoy tan senil como para pensar que voy a salir de aquí por un agujero. No, mi objetivo es retirar todo el aislamiento posible para que, cuando su amigo vuelva a la casa la próxima vez me oiga pedir socorro por el boquete que he ido haciendo. Mi vida está en manos de un desconocido que aún no sabe que existo.
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Capítulo 67
NINA
Ya tengo la piel fría al tacto y no ayuda que esté lloviznando. La lluvia se me pega a las mejillas y me encrespa el pelo, pero no quiero buscar refugio. Me quedo donde estoy. Solo necesito unos minutos más y estaré lista.
La casa que tengo delante está ubicada al final de un acceso de gravilla en forma de herradura. Cuento media docena de coches aparcados parachoques contra parachoques delante de la finca de tres pisos. Supongo que fue una mansión en su día y, en algún momento de su historia, se dividió en tres viviendas diferentes que siguen teniendo un tamaño envidiable.
Me pongo la capucha del abrigo. Quiero volver a estar calentita y el interior de esa casa resulta muy tentador aquí, en la oscuridad. Oigo el leve sonido de la música que suena al otro lado de esas gruesas paredes. Miro el móvil. Solo son las ocho de la tarde y parece que la fiesta esté ya en pleno apogeo.
Celebran que alguien cumple sesenta años y de la puerta de doble hoja cuelgan pancartas con letras de vivos colores. De vez en cuando pasa alguien por delante de la ventana con un gorrito de papel en la cabeza o una copa en la mano. Unos faros iluminan el jardín y yo me hago a un lado cuando un vehículo aparca al borde del césped. Bajan del coche tres personas, dos adultos y un niño. Tengo un momento Dos vidas en un instante y me pregunto si esos podríamos haber sido Jon, Dylan y yo si las cosas hubieran sido de otro modo, si podríamos haber tenido esa vida.
Cuando están a unos metros de distancia, inspiro hondo y los sigo. Llevo el bolso colgado del hombro y en la mano una bolsa plateada brillante. La envergadura de esta fiesta hace que me avergüence de la botella de prosecco de supermercado que traigo.
Estoy deseando entrar y ver a Dylan.
—Dylan —digo en voz alta.
Me encanta cómo suena cuando se me escapa. Me calienta en este aire frío. He decidido que no lo voy a llamar Bobby nunca más, aunque me lo pida. Ese no es el nombre que yo le puse, ni el que consta en su partida de nacimiento. Me da igual que él o el resto de la humanidad usen su apodo, porque el resto de la humanidad no lo trajo al mundo. Ni la mujer que está dentro de esa casa y se hace llamar madre. Me reservo el derecho de llamarlo como quiera porque la madre de Dylan soy yo.
Estoy convencida de que es culpa suya que no lo haya visto en las últimas tres semanas. Desde el malentendido que tuvimos el día que cenó en mi casa, ya no nos lo contamos todo y sus mensajes también son menos frecuentes. En el autocar que me ha traído aquí, he echado un vistazo al móvil y los he contado. Por cada seis que le he mandado yo, he recibido una respuesta, casi siempre breve y sin sentimiento. He barajado la posibilidad de echárselo en cara para que sepa lo mucho que me disgusta, pero al final he decidido no hacerlo. Me duele físicamente no poder pasar más tiempo con él. No duermo bien, he dejado de nadar y he vuelto a mis hábitos alimentarios poco saludables. Además, nuestra separación está haciendo que cada vez le guarde más rencor a Maggie. Por eso he venido aquí esta noche, para dejar las cosas claras y arreglarlo. Para recuperar a mi hijo por segunda vez.
Intento imaginar la cara de Dylan cuando vea que estoy aquí, en la casa de su familia. Seguro que agradece el esfuerzo que he hecho. No me han invitado y no soy estúpida: sé que soy la última persona a la que espera ver en la fiesta de su madre. De hecho, me enteré por casualidad de esta celebración unas semanas antes de que nuestra relación se fuera al garete. Había una cola tremenda para pagar en la gasolinera y yo me quedé en el coche, así que me puse a mirarle el móvil, curioseando en sus correos como hacen casi todos los padres, y entonces vi uno que le había enviado a un amigo para invitarlo a la fiesta. Hice una foto del mensaje con mi móvil.
Cuando llegué a casa y lo releí, me di cuenta del contraste que había con los mensajes y los correos que me manda a mí. Estaba repleto de emojis y se despedía con dos besos. Casi como si estuviera ligando. Busqué en internet al destinatario del correo y encontré a un chico rubio muy guapo, Noah Bailey, en Instagram. Se me cayó el alma al suelo al ver la de fotos que tenía con Dylan. Estaba claro que salían y habían ido juntos de vacaciones a Edimburgo, un viaje que mi hijo no había considerado oportuno mencionarme.
Mi primera reacción fue de decepción de que antepusiera a otra persona a su madre. ¡A la de verdad! Ahora no solo me disputaba su atención con su familia de pega, sino también con ese chico. Era una complicación y se interponía entre nosotros. Luego, después de nuestra discusión en mi casa, supe que iba perdiendo posiciones en su jerarquía. Tras rumiarlo unos días, me superó la frustración. Tenía que decirle algo. Le mandé un mensaje a ese tal Noah y le sugerí que se tranquilizara un poco con Dylan, que tenía otras prioridades en la vida. No supe nada más hasta que mi hijo me llamó al día siguiente por la tarde.
—¿Cómo has podido? —espetó—. No tenías derecho a mandar ese mensaje.
—Bueno, si no lo hubiera hecho, ¿cuándo me habrías llamado?
—Tengo mi propia vida, Nina. No paro de decírtelo, pero no me haces ni caso: necesito que me dejes respirar.
—Yo no te digo que no tengas tu propia vida, solo te recuerdo que ya me he perdido muchas cosas y no quiero perderme nada más. Me lo debes.
—Perdona, pero yo no te debo nada.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que lo que nos hizo tu madre fue terrible, pero, a la larga, ha sido a ti a quien ha hecho daño, no a mí. A mí no me hizo ningún daño. Y perdona si te suena radical o incluso cruel porque no es lo que pretendo, pero tienes que entenderlo: aunque me gustaría que formaras parte de mi vida, no puedes serlo todo para mí. Si no sabes respetar mi espacio ni mis relaciones, no puedes estar en ella.
La aspereza de sus palabras me dejó sin aliento.
—Vamos a hablarlo en persona —le supliqué.
—No, Nina, de momento, no. Dentro de un tiempo, a lo mejor. Nos vendrá bien distanciarnos un poco.
Después de que colgara, me pegué el teléfono al pecho y pasé el resto de la noche llorando, esperando a que reparara en su error y volviera a llamarme. Pero no lo hizo. Hace una semana que me contestó a un mensaje por última vez, así que he venido a hablarlo con él en persona.
Se abren las puertas que tengo delante y una mujer recibe con los brazos abiertos a las personas que me preceden. Besa a cada invitado en ambas mejillas y los acompaña dentro. Mientras se cierra la puerta, inspiro hondo y me cuelo detrás de ellos.
—¿Hay sitio para una más? —pregunto y, sin darle la oportunidad de contestar, le planto un par de besos—. Siento llegar tarde. Estás preciosa.
—Ay, gracias —dice educadamente, pero tiene tanta idea de quién soy como yo de quién es ella—. ¿Te guardo el abrigo?
—Estupendo —contesto, y me lo quito y ella se lo lleva a un guardarropa cercano—. ¿Dónde dejo esto? —le digo, señalando la botella de la bolsa.
—Si quieres dárselo directamente a la cumpleañera, la he visto hace unos minutos en el jardín de invierno con las chicas de la Asociación de Mujeres.
«El jardín de invierno —repito para mis adentros— no es más que una forma pija de llamar a la galería.» Le dedico una sonrisa controlada y me dirijo, por un pasillo, hacia el lugar del que proviene la música. Debería estar paralizada por la ansiedad, pero no lo estoy, y me proporciona una confianza adicional pensar que he hecho lo correcto viniendo aquí.
Me muevo con calma para poder absorber mi entorno. Es evidente que Dylan minimizó la descripción de su hogar. Es precioso. Todo está pintado de blanco y gris y los suelos son de parqué. El recibidor es inmenso, con sus lámparas de cristal, sus mesas auxiliares, sus adornos de vidrio, los tiestos de orquídeas blancas y las fotos familiares en marcos enjoyados. Me paro a coger uno e identifico enseguida a un joven Dylan porque es el único niño moreno, los demás son rubios. Recuerdo el aspecto de su madre adoptiva por las fotos que me ha enseñado. En otra, ella está tumbada en un sofá blanco y lo sostiene en el aire. Ilumina el rostro de Dylan una sonrisa enorme y me sorprendo replicándola. Hay más fotos suyas con sus falsos hermanos, tomadas a lo largo de los años: de vacaciones en uno de los parques de Disney, jugando con cubos y palas en playas de arena dorada y en lo alto de un rascacielos con vistas al neoyorquino Central Park. Entre los padres de Dylan y Maggie me arrebataron la oportunidad de darle estas cosas a mi hijo.
Por fin llego al jardín de invierno, al fondo de la casa. Es del tamaño de toda la planta baja de mi casa, solo que con luces de discoteca. Los invitados bailan y cantan canciones de los ochenta que yo conozco bien. Los padres adoptivos de Dylan tienen muchos amigos, pero si fuera tan rica como ellos, también yo los tendría.
Echo un vistazo alrededor, pero no veo a mi hijo. Me sorprendo retrocediendo hacia una espléndida escalera de madera que me recuerda a Downton Abbey. La subo y cuento ocho puertas en el descansillo. Las paredes están salpicadas de más fotografías de los niños de bebés. Me detengo a examinar las de mi hijo. Es el patito feo de la familia. Solo tengo que conseguir que lo vea como yo y que entienda que podría tener un hogar mejor y con más cariño conmigo que con ellos. En una de las fotos está solo, pedaleando en una pequeña bici azul y me imagino empujándolo por un sendero. Cojo el marco de la pared, le saco la foto y me la guardo en el bolso.
Después de abrir varias puertas llego por fin al cuarto de Dylan. Reconozco su cazadora tirada en la cama junto a un iPad. Lo enciendo y, cuando me pide el código, meto su fecha de nacimiento. Luego examino su historial. Entre los resultados de la liga de fútbol, los sitios porno y el sitio web de su periódico hay muchas búsquedas de Jon Hunter. Me pregunto qué pensará cuando lee esos artículos y ve esas fotos. ¿Verá lo mismo que yo, todos esos años y oportunidades perdidos con su familia de verdad?
Abro las puertas de su armario, huelo sus camisas y me acaricio las mejillas y el cuello con sus suéteres. Encuentro una bufanda de cuadros y me la guardo en el bolso también. Por último, me echo un poco de una de sus colonias en las muñecas, espero unos segundos e inhalo.
Cuando bajo, a mitad de escalera, aparece Dylan, cogido del brazo de su madre adoptiva. Ríen juntos y al principio no me ve. El veneno que me produce esa mujer me sube disparado a la garganta y tengo que tragar saliva para controlarlo.
Espero a que mi hijo me vea y, cuando eso ocurre, se detiene en seco y palidece.
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Capítulo 68
NINA
Dylan arruga la frente al verme bajar la escalera. Menea la cabeza como si dudara de lo que ve. Preferiría pensar que está viendo visiones a aceptar que su madre biológica está de verdad en su casa.
—Nina —susurra.
Su madre adoptiva lo mira como si supiera que algo lo ha asustado.
—¿Bobby? —pregunta, pero él no contesta, está demasiado ocupado mirándome fijamente.
—¡Sorpresa! —digo, y bajo el resto de los peldaños y lo abrazo, pero no me corresponde.
—¿Qué…? ¿Por qué has…? —se interrumpe.
—He pensado que sería una buena ocasión de conocer a tu madre — contesto, escupiendo la palabra «madre» como si fuera un puñado de clavos —. Hola —le digo con una inmensa sonrisa. Le tiendo la mano y me araño un dedo con el pedrusco enorme que lleva en el anillo—. Soy Nina. Encantada de conocerla. Y felicidades —añado, pasándole la bolsa en la que llevo el prosecco.
—Yo soy Jane, y gracias, muy amable —dice sin mirar dentro.
Veo que siente curiosidad por saber quién soy, pero mi hijo está demasiado alucinado para darle una explicación.
—¿Cómo va la noche?
—De maravilla —responde—. ¿Eres compañera de Bobby?
—No —digo con una carcajada exagerada antes de que él pueda responder—, dudo que yo pudiera escribir un artículo para un periódico aunque mi vida dependiera de ello.
—Pues, ¿de qué os conocéis?
—¿Se lo cuentas tú, Dylan? —digo.
—¿Dylan? —repite ella, y lo vuelve a mirar—. ¿Por qué te llama…?
Entonces cae en la cuenta con la rotundidad del que cae de lo más alto.
—Nina —dice con un aspaviento, volviéndose rápidamente hacia mí, hacia Dylan y de nuevo hacia mí. Ve el parecido y se queda tan pálida como mi hijo.
—Lo siento, debería haberme presentado debidamente. Soy la madre de Dylan.
Jane da un paso atrás y le suelta el brazo. Lo mira buscando confirmación.
—¿Es eso cierto? —pregunta, pero, por la cara que pone, ya sabe la respuesta.
Nos interrumpe el timbre de la puerta. Él me agarra del brazo, con demasiada brusquedad para mi gusto, y me lleva hacia una puerta de doble hoja y un cuarto oscuro. Cuando enciende la luz, veo que es un despacho. Hay un escritorio a un lado y un sillón Chesterfield al otro. Jane nos sigue y cierra la puerta al entrar. No me ofrece asiento.