Entre nosotras
Capítulo 46 NINA HACE DOS AÑOS
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Terminadas las obras de la casa, llegó el momento de trasladar a mamá arriba, al cuarto en el que pasaría el resto de su vida. Tras la pesadilla de tener que arrastrar su cuerpo inconsciente tres tramos de escaleras, lo único que quedaba por hacer era esperar a que despertara.
Tenía opciones. Podía no haber dicho nada y haberme largado bien lejos de ella, haberla denunciado a la policía e incluso haberla matado. Dios sabe que consideré seriamente esto último. Estudié las posibles formas de hacerlo y decidí que la enterraría junto al padre al que yo había querido, el hombre al que ella había asesinado. Pero por mucho que la odie no soy como ella. No soy una asesina.
Así que, en su lugar, he decidido apartarla de todas las cosas y las personas a las que quiere. La he apartado de su trabajo, de sus compañeros, de sus amigos, de su libertad, de su hogar y de la maternidad. Quiero que todas sus necesidades estén casi casi al alcance sin llegar a estarlo.
Cada vez que mi conciencia cuestiona lo que estoy haciendo, y lo hace con frecuencia, recuerdo cuando encontré el cráneo fracturado de papá. Lo que fuera que le hizo fue rápido y brutal, y lo que yo le voy a hacer a ella va a ser lento y prolongado, pero pagará por haberme arrebatado a mi padre y a mi hijo.
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Capítulo 54
MAGGIE
HACE DOS AÑOS
Esto debe de ser un ataque de pánico, porque estoy hiperventilando y me arde la piel. Quiero vomitar, pero no consigo inhalar lo suficiente para que me dé una arcada.
Aun con este dolor de cabeza incapacitante que me nubla el juicio, cada vez tengo más claro que Nina ha descubierto por lo menos uno de los secretos que le he ocultado casi toda su vida. La mención deliberada del Moxydogrel significa que ha atado cabos en su pasado y ha sabido que usé ese medicamento para tenerla sedada. Pero ¿sabe por qué? No puedo defenderme hasta averiguar de cuánto está ella al tanto. Y no quiero ser yo la que empiece a soltar la lamentable historia, por si le facilito datos nuevos que pueda usar en mi contra. Revelarle mi jugada podría tener un efecto catastrófico en su fragilidad. No quiero ser responsable de destruir lo que más quiero en este mundo.
Tengo que salir de este cuarto y despejarme. No intenta detenerme cuando me pongo en pie. Al contrario, me observa divertida. Procuro recuperar el control de la respiración y, para no perder el equilibrio, me apoyo en la mesilla de noche y luego en la pared. Me vuelvo a mirarla fijamente a los ojos y utilizo su cara como punto de enfoque mientras espero a que la habitación deje de darme vueltas.
Con cuidado, me dirijo a la puerta y giro el pomo. No ha echado la llave, pero, cuando intento cruzar el umbral, se tensa la cadena que llevo enganchada al tobillo. Tiro de ella y me pellizca la piel. Me doblo para forcejear con la barra curvada del candado, pero no cede.
Cuando vuelvo, derrotada, a la cama, Nina aún me mira furiosa. Si me está diciendo la verdad y me ha dado Moxydogrel, debía de haber restos entre las cajas vacías de las maletas del sótano. Me maldigo por no haberlas tirado hace años. Tenía pensado llevarlas al vertedero junto con la ropa de Alistair y cualquier otro objeto incriminatorio, pero no encontré el momento y, con el tiempo, se me olvidó. Qué boba he sido dejando mis secretos y mentiras en un solo sitio bajo este techo, a metros de distancia de la persona a la que más afectaban. Le he dejado bien a la vista una vitrina de trofeos de mis fracasos como madre.
—Lo hice por ti —digo primero.
—¿Qué parte? —replica.
—Todas.
—Dímelo claramente. ¿Lo de hacerme abortar? ¿Lo de decirme que mi hija había nacido muerta aunque fuera un niño y lo dieras en adopción? ¿Y qué me dices de la medicación que me obligaste a tomar para dejarme estéril? ¿O de que mataras a mi padre y me mandaras una tarjeta de cumpleaños todos los años haciéndote pasar por él? ¿Cuál de esas cosas exactamente hiciste por mí?
Lo sabe casi todo.
—Tenía que protegerte —digo.
—¿De qué?
Me dan ganas de contestarle que de sí misma, pero no puedo. En lugar de ello, encuentro otra persona a la que culpar.
—De Hunter.
—¿Hiciste todo eso solo por separarnos? Bueno, eso es mentira porque yo aún no había conocido a Jon cuando asesinaste a papá. Sé por qué lo hiciste. Porque no podías soportar la idea de compartirme con nadie, ni con papá ni con Jon ni con mi hijo. Te fastidiaba que alguien pudiera interponerse entre nosotras. Hasta cuando quise adoptar.
—No, Nina, estás muy equivocada.
Ya no puedo contener las lágrimas.
—Pues dime por qué, Maggie —espeta—. Dime por qué hiciste esas cosas.
Pero no puedo. No puedo exponerle mis motivos. Están tan atados con cadenas y candados como los de mi tobillo y jamás los abriré. Nina no puede saber la verdad. Las mentiras deben continuar.
—Hunter no era bueno para ti. Te iba a hacer daño.
—Quería ser padre.
—No lo merecía. Era un pedófilo que te había encandilado. Tenía una novia de la que no te habló y a la que terminó asesinando. Tú habrías podido ser perfectamente Sally Ann Mitchell. ¿Es que no lo ves?
—Tú no lo conocías como yo —añade con un gesto de desdén—. Jon me quería.
—Lo habrías tenido muy crudo con él y un bebé. Sacándote de esa situación, te di una segunda oportunidad en la vida.
Suelta una carcajada.
—¿Vida? ¿A esto lo llamas tú vida? Tú eres la razón por la que no tengo nada en la vida.
—¿De eso va todo esto? —digo, agarrándome la ruidosa cadena—. ¿Lo estás haciendo para castigarme por intentar darte una vida mejor? ¿Por darle a mi nieto mejores oportunidades?
—¡Eso no tenías que decidirlo tú! ¡El bebé era mío y lo diste en adopción!
—No estabas en condiciones de ser madre.
Nina se levanta y me dice, amenazándome con el dedo:
—¡No me diste la posibilidad de intentarlo! No tenías derecho a decidir por mí.
Sé de lo que es capaz y soy un blanco fácil. Tengo que calmarla, pero no sé cómo reencauzar la discusión. No hago pie.
—Soy tu madre —digo—. Hice lo que pensé que te convenía más.
—¿Como qué, como decirme que tenía unos cromosomas chungos que iban a matar a cualquier bebé que llevara en mis entrañas?
—Pretendía asustarte para que fueras prudente.
—¿Y no habría sido mejor que me hubieras obligado a tomar la píldora?
—Por aquel entonces no podía obligarte a nada. Ni siquiera fuiste capaz de tomar precauciones después de que te hablara de tu enfermedad.
—¿Esa que nunca tuve porque, en realidad, te la inventaste? ¿De dónde te sacaste siquiera una cosa así?
—Lo saqué de un estudio que leí durante mi formación como comadrona. Se me quedó grabado.
—¿Pensabas decirme la verdad algún día?
—Sí, cuando fueras adulta.
—¡Tengo treinta y seis años, joder! ¿Cuánto más iba a tener que esperar? —No soy capaz de contestar a eso—. ¿Por qué no me dijiste que había tenido un hijo y no una hija? —continúa.
—Porque quería darte lo que más ilusión te hacía.
—Cuidado, Maggie, que casi parece que te importara.
—¡Pues claro que me importaba! Y me importa. Siempre me ha importado. Demasiado, a lo mejor.
—Si no confiabas en mis aptitudes como madre, ¿por qué no me ayudaste a criarlo?
—No me lo habrías permitido.
—¿Cómo lo sabes? Porque, repito, nunca me lo preguntaste.
—Porque estabas demasiado obsesionada con Hunter y él no os convenía ni a ti ni a tu hijo. Y porque no me hacías ni caso. Hacías lo que te apetecía, entrabas y salías a todas horas del día y de la noche. ¿Embarazada dos veces a los catorce? ¿Cómo me puedes decir, sinceramente, que ese drogadicto y tú estabais preparados para ser padres?
Sabe que tengo razón, porque cambia de tema en vez de contraatacar.
—¿Cuánto tiempo estuvo Dylan aquí?
—No me acuerdo.
—Claro que te acuerdas.
—Fue hace mucho.
—Una cosa así no se te olvidaría.
—Dos días, quizá tres.
—¿Cómo lo hiciste para cuidar de él y de mí? ¿Cómo es que no lo oí llorar?
—Tuve cuidado.
—Querrás decir que me dejabas fuera de combate a base de drogas.
Para evidente frustración suya, no contesto a eso, ni a ninguna otra de las preguntas sobre esos días, ni siquiera sobre cómo le encontré a Dylan su nueva familia, así que cambia de rumbo.
—¿Sabías que el Moxydogrel me iba a producir una menopausia prematura?, ¿que a los diecinueve ya no podría tener hijos propios?
—Pues claro que no. Nadie conocía los efectos secundarios hasta que fue demasiado tarde y lo retiraron del mercado.
—Pero, si no me hubieras obligado a tomarlo, podría haber tenido una familia.
—Lo sé, y lo siento, Nina, lo siento muchísimo. Tienes que creerme.
—No tengo que creer nada. ¿Te arrepientes de haber dado a Dylan en adopción?
Titubeo y escojo con cuidado mis palabras.
—Era lo que había que hacer.
—Hasta me privaste de figurar en su partida de nacimiento. ¿Por qué pusiste tu nombre?
—Por si algún día intentaba encontrar a su madre, para que me encontrara a mí. Pensé que sería demasiado estresante para ti lidiar con eso.
—¡Querrás decir para ti! Y le has mentido a él como me has mentido a mí. ¿Y qué me dices de papá? ¿Por qué lo asesinaste?
Miro a otro lado. No me arrepiento de que esté muerto, ni una pizca, pero no sería inteligente decírselo a ella.
—Siento que las cosas terminaran así.
—¿Por qué lo hiciste? —Niego con la cabeza, pero no contesto—. ¿Por qué? —espeta furiosa, pero no puedo contestar. Mis labios siguen sellados y vuelvo la cabeza para no mirarla.
Mi negativa a contestar basta para que Nina pierda el control. De repente, se abalanza sobre mí y no puedo hacer nada para impedírselo.
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Capítulo 55
NINA
HACE DOS AÑOS
La combinación de todo lo que he averiguado sobre Maggie en las últimas cinco semanas estalla en un solo acto que no puedo reprimir.
La agarro por el cuello, la tumbo en el colchón y me subo encima de ella a horcajadas. Aún no tiene fuerza en los brazos, así que es fácil inmovilizarla. Aprieto más los dedos alrededor de su garganta.
No sé en quién me he convertido, pero ya no soy yo. Es como si la Nina de verdad estuviera plantada en un rincón de la habitación, viendo cómo alguien que se me parece estrangula a mi madre. Ciño las manos y su tráquea se contrae y no le permite que le entre más aire en los pulmones. Abre la boca e intenta hablar, pero no consigo distinguir lo que dice. A mi espalda, sacude una pierna, dando patadas en todas las direcciones, pero no consigue acertarme; con la otra, sacude y hace sonar la cadena que lleva enganchada al tobillo.
—Te odio, te odio, te odio —repito con una voz que no parece la mía.
Al principio pienso que jamás he sentido una rabia así, hasta que tengo un déjà vu. Es un borrón de imágenes teñidas de negro y rojo, apenas iluminadas y rápidas, que me hacen pensar que no es la primera vez que me he visto asaltada por la necesidad de atacar y hacer daño. Sin embargo, no consigo recordar cuándo ni por qué. Se va tan rápido como ha venido y vuelvo al presente. Entonces soy consciente de que, si no le suelto la garganta enseguida a Maggie, posiblemente ya no lo haga. Terminaré matando a la mujer que me dio la vida y que luego decidió arrebatármelo casi todo.
Poco a poco, aflojo los dedos hasta que sigo cogiéndola del cuello pero ya no ejerzo tanta presión. Me levanto, pero sigo alzándome amenazadora sobre su cuerpo. Ella intenta recuperar el aliento que le he robado mientras yo tomo mis primeras bocanadas de aire como una mujer nueva. Aprovechando su debilidad, me saco una llave del bolsillo, abro el candado y le cambio rápidamente la cadena que lleva enganchada al tobillo por una mucho más larga que había guardado debajo de la cama.
Vuelvo a estar de pie y, agarrándola del brazo, la levanto de la cama. Nunca he visto a Maggie tan débil y petrificada, y me sorprende la gran satisfacción que me produce. Mantengo la cordura suficiente como para saber que la gente normal no se comporta así, pero Maggie no es una madre normal y no me ha dejado elección. Ella me ha convertido en el monstruo que soy, una prolongación de sí misma.
La arrastro por el dormitorio hasta el descansillo. Esta segunda cadena me permite bajar con ella la escalera hasta el comedor. Paso por delante del aparador y de la mesa hasta que llegamos a la ventana, desde la que se ve el jardín trasero. Le planto una mano en la nuca y le redirijo la vista hacia el lecho de flores bajo el que está enterrado papá, escondido detrás de los árboles.
—¡Me has dejado creer toda la vida que papá me abandonó! —le grito —. De pie, a mi lado, me veías escribirle cartas suplicándole que volviera con nosotras. Me enjugabas las lágrimas y me prometías que tendría noticias de él. Y todo ese tiempo sabías que estaba ahí fuera porque lo habías matado tú.
—No me quedó otra —solloza Maggie.
—¡Pues claro que sí! A mí sí que no me quedó otra porque tú decidiste por mí. Y luego ¿qué pensabas cuando me veías sentada junto a lo que creía que era la tumba de mi pequeña? ¿Alguna vez sentiste remordimiento?
—Sí, por supuesto. Me he pasado toda la vida desde entonces sintiéndome culpable de todo lo que te ha pasado. —No sé si llora porque dice la verdad o porque por fin he destapado todas sus mentiras y le estoy dando su merecido—. Lo siento —dice—. Es mucho más complicado de lo que piensas, Nina, créeme.
—Pues explícamelo. ¿Por qué asesinaste a papá? ¿Te ponía los cuernos? ¿Te pegaba? ¿Se gastaba tu dinero en el juego? Necesito saberlo, entenderlo, ¿no lo ves?
Maggie abre la boca como si fuera a contestar, pero vacila.
—No es lo que piensas —dice en voz baja, y niega con la cabeza, derrotada y resignada a su destino.
Y de repente estamos llorando las dos.
—Lo he visto, Maggie —le digo, queriendo apelar a su buen corazón—. He tenido los huesos de mi padre en las manos y le he quitado la tierra del cráneo con la mano. Ya lo he perdido dos veces. He perdido a todas las personas a las que he querido y el denominador común de todo esto eres tú.
—Pero yo sigo aquí —dice y, por un momento, me da la impresión de que cree que no necesito más, que su presencia constante en mi vida compensa todo lo que ha hecho—. A pesar de todo, nunca te he dejado, no te he abandonado, siempre he estado a tu disposición, incluso cuando no querías que estuviera.
—Y nunca has sido suficiente —le contesto a propósito para hacerle daño—. He dispuesto de cinco semanas para intentar digerir toda una vida de mentiras tuyas. Me has tenido veinticinco años apartada de mi padre y de mi hijo y ahora yo te voy a robar ese mismo tiempo. Te voy a encarcelar aquí de la misma forma que tú me has encarcelado a mí. No verás a tus amigos, no saldrás ni hablarás con nadie más que conmigo, nunca más. A todos los efectos, te vas a quedar congelada en el tiempo como tú me has congelado a mí.
—Por favor —gimotea Maggie—. Nina, cariño, no hagas esto, por favor. Sabes que no está bien.
Vuelvo a agarrarla del brazo y me la llevo a rastras arriba. Una vez en su cuarto, la obligo a darse la vuelta y levantar el pie para cambiarle la cadena larga por la otra más corta que no llega más allá del umbral de la puerta. Y después la dejo sola para que se haga a su nueva vida. Su llanto se va extinguiendo poco a poco y, cuando cierro la puerta insonorizada a mi espalda, la casa vuelve a estar en silencio.
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Capítulo 56
NINA
Ese bulto. Ese puñetero bulto del pecho de Maggie. No consigo pensar en nada más.
Llevo toda la mañana cometiendo errores tontos al introducir títulos nuevos en el sistema informático de la biblioteca porque me preocupa que la gravedad del bulto que ha descubierto lo eche todo a perder. A su edad, siempre hay problemas de salud, pero no esperaba que ocurriera tan pronto. También me inquieta el cambio de mi actitud hacia ella. Se supone que debía despreciar a Maggie hasta el día de su muerte, pero me sorprendo preocupándome por ella.
A pesar de todo, ha surgido entre nosotras una especie de relación de codependencia, una alianza más que una amistad. Por eso ahora, cuando pienso en que podría morir antes de tiempo, me afecta. Maggie ha sido mi única constante en treinta y ocho años y no sé si estoy preparada para que me deje aún.
Es mi descanso de la comida y estoy encorvada sobre una mesa de una sala de investigación vacía. Tengo un bloc de papel amarillo abierto delante de mí. Con un boli rojo, trazo una línea vertical en el centro de la página y escribo FORMAS DE AYUDAR en una columna y RIESGOS en la otra.
Empiezo con «Pedirle cita a Maggie con su médico de cabecera». Sé de inmediato que eso no va a funcionar porque sus jefes y excompañeros de trabajo piensan que tiene demencia y que vive en la costa, a quinientos kilómetros de aquí. Si reapareciera de pronto, no tardarían mucho en descubrir que no ha perdido el oremus ni mucho menos.
Después escribo «Llevarla a un centro de urgencias». En la otra columna añado por qué sería inútil. No le harían mamografía ni biopsia. La derivarían a una clínica especializada en patología mamaria.
Además, la única forma de que esas opciones funcionaran sería que, una vez fuera de casa, Maggie no dijera nada de dónde ha pasado los dos últimos años. ¿Puedo fiarme de que esté callada? No, claro que no. Yo, en su lugar, en cuanto estuviera fuera, saldría corriendo por el sendero y enfilaría la calle más rápido que Usain Bolt.
Miro fijamente la hoja y pierdo la noción del tiempo intentando encontrar otra propuesta. Al final, escribo la única opción que me queda: «No hacer nada».
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Capítulo 57
MAGGIE
Hace días que no ceno con Nina. En su lugar, ha vuelto a dejarme las tres comidas del día, junto con vitaminas y polvos, a la puerta del dormitorio cuando sabe que estaré dormida. Sé por qué lo hace: para no tener que plantarme cara y decirme qué piensa hacer con lo del bulto. Está indecisa y, mientras se sienta así, tengo una oportunidad de tocarle el corazón. Pero no desde el otro lado de la puerta cerrada de mi cuarto.
Por el reloj del programa de televisión matinal sé que son poco más de las ocho y media de la mañana, pero aún no la he visto salir de casa para irse al trabajo. Aunque cambie de turno, no suele irse tan tarde. Tampoco se pone mala nunca. Divago un instante… Pero ¿y si se ha puesto mala? ¿Qué será de mí si le pasa algo a Nina? He leído noticias de madres solteras que han fallecido de pronto y cuyos bebés han muerto de hambre porque no sabían cómo alertar a nadie. Su situación apenas difiere de la mía. Mi supervivencia también depende totalmente de otra persona. Si Nina quedara incapacitada, ¿cómo me enteraría yo? Y, aunque me enterara, yo no podría ayudarla a ella ni hacer nada por mí estando como está la puerta del descansillo cerrada con llave. Otra cosa que añadir a mi lista de preocupaciones.
Ando merodeando junto a la ventana a la espera de que salga cuando veo moverse un coche. Creo que me suena: parece ese coche blanco con techo solar que ya ha estado aquí tres veces. La última, Elsie le dijo algo a ese tipo que lo hizo salir corriendo con el rabo entre las piernas. Aquel día la casa estaba vacía, pero hoy creo que Nina sigue aquí. Me pongo de puntillas cuando veo que enfila el sendero de entrada y entonces sale Nina y se reúne con él a medio camino. Luego se dan un fuerte abrazo. Eso sí que no me lo esperaba.
Intento ver mejor a mi hija y observo algo distinto en ella. Nina suele preferir pasar desapercibida con blusas lisas, sudaderas y vaqueros, pero hoy lleva un vestido de colores vivos y tacones. Se dirigen al coche y ella se descuelga el bolso del hombro, lo deja a los pies del asiento del copiloto y sube al vehículo. Cuando cierra la puerta, la veo levantar la cabeza hacia donde supone que estoy vigilando. Y acierta: estoy vigilando. Pero eso no me impide apartarme como si fuera un mirón al que acaban de pillar in fraganti. El coche arranca y desaparece por la carretera.
¿Quién demonios es ese? Al principio de mi encierro, estaba deseando contarme con todo lujo de detalles todo lo que pasaba en su vida, a modo de recordatorio de que el mundo seguía dando vueltas sin mí, pero ese hombre ha estado visiblemente ausente de su conversación.
Vuelvo al tocador y veo una barqueta pequeña de linaza que he olvidado echar por encima del cuenco de avena remojada del desayuno. Está en la bandeja, al lado de un libro titulado Combatir el cáncer con buena alimentación y positividad. Pongo los ojos en blanco. ¡Positividad! Leo por encima la contraportada. Por lo visto, el autor revela cómo combatir la enfermedad con solo cambiar el estilo de vida y la dieta. No paso del índice, donde no veo mención alguna a ultrasonidos, biopsias, rayos X, resonancias, quimioterapia, radioterapia, terapia hormonal ni ninguna de las armas que necesito en mi arsenal para luchar contra esta cosa que llevo dentro, si es que es un cáncer. Además, los capítulos de «Ejercicio al aire libre» y «Apoyo de los amigos» me resultan tan útiles como un kit de submarinismo.
Noto una opresión en el pecho cuando pienso en que cada vez estoy más resentida con Nina. Se engaña si piensa que esta es la forma de proceder, y yo no voy a hacer lo mismo ni loca. Sé que cada día cuenta. Cuanto más tarden en diagnosticarme, más avanzado estará.
No puedo dejar al condenado bulto a su aire. Me lo palpo media docena de veces al día, rodeándolo con la mano, moldeándolo con los dedos, preguntándome si habrá aumentado o disminuido de tamaño o seguirá igual. A veces, cuando mi cuarto está en silencio absoluto, me parece notarlo crecer, estirándome la piel y expandiéndose por debajo de la superficie. A lo mejor es como la cabeza de un diente de león y está esparciendo por mi cuerpo sus semillitas cancerígenas para que broten por todos mis rincones y escondites. Sea lo que sea esta cosa, quiero que me lo saquen. Y salir de aquí.
Voy al baño a rellenar las botellas de agua. Al salir, observo que aún queda un dedo de agua en la bañera. Pulso el tapón, pero no cede. Lo intento de nuevo y esta vez se suelta el cacharro entero. Intrigada, examino el mecanismo del tapón para ver cómo funciona. Se me iluminan los ojos cuando veo lo que une las dos piezas: un tornillo de cinco centímetros de largo con la punta afilada. Está suelto y lo puedo sacar. Este tornillo y el amigo de Nina podrían ser mi pase para salir de aquí.
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Capítulo 58
NINA
HACE DOS AÑOS
Antes de verlo siquiera, sé que Dylan ya ha llegado. Miro al panel de cristal de la puerta del pub y reconozco su silueta al otro lado. Se abre la puerta y me ve sentada a una mesa, sola y esperándolo. Se me alborota el corazón porque, durante un segundo, lo único que veo es a Jon Hunter en el rostro de su hijo.
«Ahora lo llaman Bobby», me recuerdo. Se acerca a mí con una sonrisa nerviosa idéntica a la mía seguida de un «Hola». Le he pedido una limonada, que es lo que estoy tomando yo. Se quita el abrigo y se sienta enfrente.
Han pasado seis semanas y dos días desde la única vez que nos hemos visto. Habría querido verlo antes, pero tenía tantas revelaciones que procesar que no habría sido justo para él que quedáramos tal y como estaba yo. Necesitaba digerir todo lo que he averiguado y castigar a Maggie antes de dejarlo entrar en mi vida. Quería que conociera a mi mejor versión posible y ya estoy lista. Después de nuestro primer encuentro, le mandé un solo mensaje diciéndole que prometía llamarlo pero que necesitaba que me diera tiempo. Y, bendito sea, eso es lo que ha hecho.
Mira el mantel más que a mí. No se lo reprocho. Ya ha reunido dos veces el valor necesario para arriesgarse a que lo rechace.
—No estaba seguro de si volvería a tener noticias tuyas —empieza.
—Lo siento —contesto—. Lo siento de verdad. Y siento también haberte dejado tirado en el pub aquella noche sin explicarte por qué.
—Entiendo que ha tenido que ser difícil para ti.
—Me entró el pánico, pero no mereces que te traten así. Por favor, ten en cuenta que, hasta entonces, yo no tenía motivos para creer en tu existencia.
—No pasa nada —dice, pero le noto en la cara el daño terrible que le hizo mi reacción, porque yo pongo la misma cara cuando me decepcionan. Me juro no volver a hacerle daño jamás.
He tenido mucho tiempo para meditar las distintas formas de explicarle mi historia a Bobby, pero todas tienen sus riesgos. Aunque no quiero, por nada del mundo, perder a otro ser querido, debo sincerarme con él. Solo hasta cierto punto, claro. No debo darle explicaciones de todo. Le cojo las manos y me aclaro la garganta.
—Tengo muchas cosas que contarte y pocas te van a resultar fáciles de escuchar, así que, antes de empezar, quisiera ofrecerte algo de lo que a mí me privaron: la posibilidad de elegir. Tú y yo podemos continuar conociéndonos poco a poco como hemos estado haciendo hasta ahora o te lo explico todo y tú decides si quieres seguir adelante.
Bobby contesta sin pensárselo mucho.
—Me gustaría que me lo contaras todo, por favor.
—¿Seguro? —insisto, y él asiente con la cabeza—. Vale. —Inhalo todo el aire que me cabe en los pulmones—. Bueno, para empezar, no soy quien tú crees.
Tensa las manos como si yo estuviera a punto de abandonarlo otra vez y tengo la sensación de que quiere zafarse de las mías, pero yo las agarro con firmeza.
—Somos parientes, Bobby, pero no de la forma que indica tu partida de nacimiento. No soy tu hermanastra, sino tu madre biológica.
Lo suelto de un tirón y retira las manos. Se yergue como si lo alzaran unas cuerdas invisibles.
—No lo entiendo —dice—. Según…
—Ya sé lo que dice la partida de nacimiento —continúo en voz baja—, pero es mentira. Mi madre no tuvo un bebé en esa época; lo tuve yo.
—¿Tú? —pregunta y yo asiento—. Pero si tendrías…
—Tenía catorce años cuando me quedé embarazada y quince cuando te di a luz, pero me dijeron que habías muerto al nacer.
Niega con la cabeza.
—¿Quién te dijo eso?
—Mi madre…, tu abuela. Deja que te lo explique. —Me retrotraigo al principio y le cuento todo lo que sé, omitiendo el destino fatal de sus abuelos. Termino describiendo el lugar especial del jardín al que yo iba a llorar su fallecimiento. No es de extrañar que, cuando acabo, parezca haber salido de un combate de doce asaltos en el cuadrilátero—. ¿Necesitas un momento a solas? —le pregunto y me contesta que sí.
Sale a la calle y yo me quedo sentada dentro, con el corazón acelerado, dudando de mí misma y preguntándome si habré hecho lo correcto. Me consuela un poco ver que se ha dejado el móvil en la mesa y el abrigo colgado del respaldo de la silla. Después de un rato que se me hace eterno, regresa por fin.
—¿Por qué nos hizo eso tu madre? —me pregunta mientras se sienta, con los ojos clavados a los míos como imanes.
Moldeo un poco la realidad y le digo que he hablado con mi tía Jennifer y me lo ha confirmado.
—Me ha dicho que mamá no pensaba que yo fuera a ser capaz de criar a un bebé —le digo—. Por entonces yo era una niña rebelde, lo reconozco, pero lo hacía por llamar la atención: me enfurecía y me disgustaba que papá nos hubiera dejado y lo pagaba con ella. Yo quería tenerte, de verdad. Sé que era jovencísima, pero, si me hubieran dejado, creo que podría haber sido una buena madre. No habría podido darte las oportunidades que te han dado tus padres adoptivos, pero te habría querido y eso habría servido para algo.
—¿Tienes más hijos? ¿Tengo hermanos?
Niego con la cabeza y le explico que el Moxydogrel me produjo una menopausia precoz. El odio que siento hacia Maggie es tan crudo como hace seis semanas, cuando abrí aquellas maletas. Me preocupa que se me note en la cara. No quiero que Bobby piense que estoy amargada, aunque sea esa la pura verdad.
—Mi madre era una mujer conflictiva —continúo— y dudo que pueda perdonarle nunca lo que hizo.
—¿Sabe que te he encontrado?
—Murió hace unos años —digo enseguida—. De cáncer de mama.
Me fastidia mentirle, pero no quiero que sepa lo que le he hecho a Maggie. Merezco que haya alguien en mi vida que solo vea cosas buenas en mí.
—¿Y mi padre? —prosigue Bobby—. ¿Sigues en contacto con él? ¿Sabe de mi existencia?
Aun ahora, sigue brotándome una sonrisa cariñosa cuando pienso en Jon.
—Ojalá tuviera mejores noticias. Tu padre era muy drogodependiente por entonces. En aquella época, lo hacía todo el mundo en la industria musical, así que no era el único. Con los años he llegado a entender que aquello era un problema para él. Desconozco los detalles, pero Jon se vio envuelto en un altercado con una chica a la que conocía y ella murió. Aunque él insistió en que era inocente, lo declararon culpable de asesinato y lleva en la cárcel desde entonces. —Bobby suelta un largo suspiro, una especie de silbido—. Por si sirve de algo —añado—, el Jon al que yo quería y el Jon del que habló la prensa no eran la misma persona. Era cariñoso y sensible y jamás lo vi conducirse con violencia.
—Mierda —dice—. ¿Vas a verlo?
—No, no he ido nunca. —Me ruborizo de remordimiento, como si le hubiera dado la espalda—. Para poder recuperarme, tuve que olvidarme de él.
No le digo que escribí a su abogado al poco de enterarme de que estaba en la cárcel para pedirle permiso para ir a ver a Jon ni que me lo denegaron porque «su cliente no se acordaba de mí».
—¿Sabe de mi existencia?
Me encojo de hombros.
—Llevaba dos años sin verlo cuando supe de lo que lo habían acusado. He ido siguiendo su caso con el paso de los años y sus numerosas apelaciones y me pregunto por qué no me llamó nunca. Sabía que yo estaba embarazada, pero no que yo creía que habías nacido muerto. Quiero pensar que intentaba ahorrarnos la vida en la que está atrapado.
Guardamos silencio los dos. Cuesta digerir de una sentada tantísimas desgracias. Hasta esta noche, Bobby pensaba que había dado con su hermana perdida, pero resulta que soy su madre y llevo a la espalda una mochila del tamaño de un jumbo.
—¿Quieres que me vaya? —le pregunto—. Te he dado mucho que pensar. Entendería que necesites tiempo para digerirlo.
—No —contesta demasiado rápido para que lo diga en serio—. Podrías habérmelo ocultado todo, pero me alegro de que no lo hayas hecho. Prefiero saber a ignorar. Agradezco tu sinceridad.
Puedo darle a mi hijo muchas cosas, amor y apoyo incondicionales, por ejemplo, pero la sinceridad absoluta nunca será una de ellas.
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Capítulo 59
NINA
HACE DIECIOCHO MESES
Estoy tan contenta que me cuesta no sonreír. La mayoría de los padres cuentan con cientos, quizá miles de momentos en los que sus hijos les proporcionan la felicidad que yo siento ahora mismo, pero para mí todo es tan nuevo todavía que cada minuto que paso con Dylan es valiosísimo.
Lo único que amenaza mi felicidad es Maggie. No pensaba que la transición fuera a ser fácil para ella, pero meses después de nuestro nuevo arreglo veo que no está siendo tan sumisa como esperaba. He empezado a usar las pastillas de Moxydogrel que quedan en los momentos en los que más me molesta: las machaco y se las mezclo con la comida para sedarla. Como anoche. Por encima de la ropa, me froto la tirita que llevo en la herida que me hizo al clavarme un tenedor en el brazo. Luego me dijo que Maggie estaba desorientada y alucinando y que debió de ser por las pastillas. Las dos sabemos que no es cierto; quería dejarme sola y punto. Le he quitado todos los cubiertos metálicos.
La transición para mí no ha sido tan fácil. Tener cautiva a Maggie es más difícil de lo que pensaba y no me está produciendo tanta satisfacción como esperaba. De hecho, empieza a fastidiarme la energía que me absorbe. Cuando estoy con ella, no puedo bajar la guardia ni dejar de plantearme qué hará a continuación. Mi vida fuera de esa casa debería consistir únicamente en pasar tiempo con Dylan. En lugar de ello, me sorprendo intentando anticiparme a ella y preguntándome qué trama Maggie en mi ausencia.
Hoy me toca a mí ir a ver a Dylan a Leicester. Nos hemos estado viendo cada quince días durante los últimos siete meses y turnándonos en cuanto quién va a ver a quién. Si por mí fuera, quedaría con él todos los días, pero soy consciente de que él tiene una familia de la que yo no formo parte. Me gustaría (de hecho, la verdad, me encantaría) que proclamara a los cuatro vientos que ha encontrado a su verdadera madre. Aun así, recorrer la periferia de este mundo es mucho mejor que no estar en él. Es él quien dicta los términos de nuestra relación y yo he aprendido a ser paciente. Casi todo el tiempo.
Cuando mi autobús entra en la dársena de la estación, él ya está allí esperándome y me saluda con una amplia sonrisa y un abrazo. El perro de la familia, Oscar, da brincos en la parte de atrás del coche y me recibe con el mismo entusiasmo que su dueño. Vamos a un pueblo que está a unos minutos de distancia, le ponemos la correa a Oscar e iniciamos un paseo del brazo por el campo, alrededor de los jardines exuberantes de una mansión. A las personas que pasan por nuestro lado debemos de parecerles amantes.
Sé lo mal que suena eso, pero es lo que siento. Cuando no estamos juntos y pienso en Dylan, se me hincha el corazón de felicidad. Quiero estar con él todo el tiempo, oír lo que tenga que contarme, estudiar sus gestos, hacerle reír, que sepa que lo quiero con cada fibra de mi ser. Quiero todo lo que quiere del otro una pareja en una relación. Solo que no somos pareja y, a veces, cuando noto que se desdibujan las líneas, tengo que recordarme que somos madre e hijo.
Por lo que he leído en internet, mi reacción a nuestra situación es típica. Odio la expresión «atracción sexual genética» y que haya páginas web y foros dedicados a eso. Se debe a que no tuvimos esa experiencia de vinculación progresiva entre madre e hijo cuando era un recién nacido. Mi amor por él, mi anhelo de no separarme de él y la euforia que siento cuando estamos juntos ocurren de golpe y en un lapso de tiempo mucho más condensado. Confío en que se me pase con el tiempo.
Nos veo reflejados en una de las ventanas de la mansión. Con su delgadez, su pelo oscuro, su cara angulosa y sus penetrantes ojos grises, parece que vaya del brazo de su padre. Me agarro un poquito más fuerte. Ahora tengo un hijo y no lo voy a dejar escapar jamás.
Para mayor tranquilidad, al mes de nuestro segundo encuentro nos hicimos una prueba de ADN y, por supuesto, salió positiva. Y siempre que estamos juntos busco todo el rato cosas nuevas que tengamos en común. Hoy he observado que tenemos los lóbulos de la oreja idénticos y que las palas de la mandíbula inferior se le montan un poco, como a mí. Esas cosas tan sencillas me producen mucha ternura.
Paseamos por el bosque hasta que llegamos al río Soar. Vemos pasar una manada de gansos canadienses anadeando por la orilla embarrada, resistiéndose a volver al agua hasta que se aleje el piragüista. La mamá no para de volver la cabeza para comprobar que aún la siguen sus crías. Parecerá una tontería, pero de pronto caigo en la cuenta de que tenemos algo en común: yo también tengo a alguien de quien cuidar.
—¿Sales con alguien ahora? —pregunto—. No me has hablado de nadie especial.
Vacila al principio y luego contesta:
—No.
—Tu padre, a tu edad, siempre estaba rodeado de mujeres —continúo—. Casi tenía que quitárselas de encima con una vara. Bueno, igual la vara la llevaba yo. Y tú te pareces mucho a él.
—He visto fotos suyas en internet.
—¿Lo has buscado? —le digo, y no sé por qué me sorprendo. Pues claro que iba a querer saber más.
—Sí —contesta—. ¿Tú crees que nos llevaríamos bien?
—No estoy segura. Sois muy distintos. Jon podía ser muy engreído y arrogante, pero no sé cuánto lo habrá cambiado la cárcel. También era muy cariñoso y protector conmigo.
—¿Lo echas de menos? —Asiento con la cabeza y se hace un silencio agradable entre los dos que finalmente rompe él—. Por cierto, no me interesan las chicas, no sé si me pillas.
No lo pillo, hasta que me dedica una de esas sonrisas cómplices tan típicas de su padre.
—¿Eres gay? —pregunto, algo más sorprendida de lo que debería.
—Ajá —contesta. Vamos en dirección a una cafetería—. Empecé a salir con alguien hace unas semanas, pero no creo que la cosa vaya a más.
—¿Por qué no?
—No es el mejor momento. Entre el trabajo y conocerte a ti, no tengo tiempo para una relación. —Me enternece oírlo decir eso: soy una prioridad para él—. ¿Te molesta, ya sabes, que me gusten los tíos?
—Por supuesto que no —contesto, y lo digo de verdad. Me alegra no tener que compartirlo con otras mujeres.
—A mamá y a papá tampoco les importa. Son bastante tolerantes.
Me produce sentimientos encontrados que me hable de sus padres adoptivos. Quiero saber de su infancia y de todos los años que me lo han robado, pero no me agrada pensar en que otra madre lo cogía en brazos cuando se caía, le leía cuentos por la noche o lo animaba desde la grada en las competiciones deportivas del colegio. Esas cosas debería haberlas hecho yo, no una desconocida. Es irracional e injusto, pero me cae mal una mujer a la que ni siquiera conozco.
Nos sentamos dentro de la cafetería y yo vuelvo de la barra con una tetera y dos tazas. Lo tomamos igual, con una gotita de leche y dos terrones de azúcar. Se saca un sobre del bolsillo de la cazadora y me pasa un surtido de fotografías.
—Soy yo de bebé —dice.
Está tumbado en una alfombra, en pañal, sonriente, con los brazos regordetes en cruz y las piernecitas dobladas al aire. Aun a tan temprana edad tiene una mata de pelo negro como la de Jon. En otras fotos veo la primera vez que se sostuvo sentado y el momento en que dio sus primeros pasos. En esa, su madre adoptiva está detrás de él, cogiéndolo de las manitas, manteniéndolo en pie. No se le ve la cara en la foto, con lo que puedo fingir que soy yo la que está ahí, no ella.
—Te las puedes quedar si quieres —me dice Dylan, y yo se lo agradezco. Ve que se me empañan los ojos antes de que me lo note yo siquiera—. Perdona, no quería disgustarte —dice.
Saco un paquete de clínex del bolso, me enjugo los ojos, meneo la cabeza y cambio de tema.
—Está bien esta cafetería —digo—. ¿Habías estado aquí antes?
—No, vivimos al otro lado del pueblo. Uno de mis compañeros escribe las reseñas de los pubs y los restaurantes y me ha dicho que era un sitio decente.
Presiento que estamos aquí por otra razón.
—Y no estás preparado para que nos vean juntos, ¿verdad? —Se pone colorado—. No pasa nada, lo entiendo —añado, y es verdad. Aunque me duele un poco. Como él también es sensible, lo sabe ver en los demás.
—Aún no se lo he contado a mis padres —dice.
—¿Cómo crees que se lo tomarán?
—No sé. Somos una familia unida, pero no quiero hacerles daño.
—Entonces, ¿por qué querías encontrarme?
—Por curiosidad…, una forma de completar el rompecabezas para ver la foto entera, de saber de dónde vengo, a quién podría parecerme, lo que podríamos tener en común… No es que no me sienta integrado en mi familia; es solo curiosidad natural. Será el periodista que llevo dentro.
—Y, al encontrarme, ¿has satisfecho esa curiosidad?
—Sí —contesta.
El miedo asoma su feo rostro. ¿Esta es su forma de decirme que ya tiene todo lo que necesita de mí? Nos hemos conocido y ha sabido el mundo desastroso en que fue concebido. ¿No he sido más que una necesidad que debía satisfacer?
—Vale —digo, y se me vuelven a empañar los ojos.
Me pone la mano en el antebrazo.
—Y todavía me gustaría seguir conociéndote —dice—. No busco otra madre, que ya tengo una, pero siempre estoy abierto a hacer nuevos amigos.
No puedo contener más las lágrimas.
—Y yo —contesto, sorbiendo, y me seco los ojos con otro clínex, pero no lloro porque quiera seguir como estamos, sino porque lo veo como a mi hijo, pero él nunca me verá como a su madre, y de pronto caigo en la cuenta de que, mientras viva, nadie me llamará «mamá» jamás.
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Capítulo 60
MAGGIE
Es media tarde cuando reaparece Nina con el hombre que vino a buscarla a casa esta mañana. Fuerzo la vista para ver qué pasa entre ellos, pero me parece que solo hablan. Después, él le da un beso en la mejilla antes de que ella vuelva a casa, sola. Me pregunto si Nina le habrá hablado de mí. ¿Le habrá dicho que vive aquí sola? ¿Me habrá enterrado, borrado del mapa, o le habrá dicho que estamos distanciadas?
Hoy se ha producido un cambio importante. Antes, cuando me ha dejado los táperes del día, solo estaban el del desayuno y el de la comida, lo que significa que esta noche cenamos juntas. Albergo la esperanza de que haya decidido dejar que un profesional me examine el bulto. Y estoy preparada para lo peor.
Cuando por fin abre la puerta del descansillo, nos saludamos educadamente y yo bajo las escaleras. Aun así, enseguida advierto la distancia entre las dos. No me sorprende, pero me siento decepcionada y trato de disimularlo. Si ella no me va a ayudar, me ayudaré yo. Me armo de valor porque sé que esto se va a poner feo.
—¡Qué guapa vas! —le digo mientras me pasa un bol de pasta—. ¿Ese vestido es nuevo?
—De hace un par de semanas —contesta.
—Tú no sueles llevar colores tan vivos.
—Me apetecía cambiar.
—¿Para una ocasión especial?
—Pues no.
—¿Qué tal en el trabajo?
Esta vez titubea, como intentando decidir si de verdad la he visto desde la cofa de vigía cuando se ha ido y ha vuelto con ese hombre. No me delato.
—Como siempre —responde.
—¿Nada fuera de lo normal, entonces?
—No, un día típico en la biblioteca.
Las dos sabemos que miente.
—¿Has leído el libro que te he dejado? —me pregunta, cambiando de tema.
—Aún no.
—¿Por qué? ¿Te cuesta encontrar hueco en tu apretada agenda?
La miro de reojo para que sepa que no me gusta su sarcasmo, pero no le perturba lo que yo piense. Está enfadada conmigo.
—Muchos de los contenidos no se aplican a mis circunstancias, como salir al exterior, hacer ejercicio, quedar con amigos y, en general, mantener el optimismo.
—Maggie, tienes que poner un poco de tu parte.
Se me eriza el vello de la nuca y respondo entre dientes.
—Te agradezco que intentes ayudar, pero lo que necesito no son libros ni comida sana, sino un diagnóstico en condiciones.
—Si tú no quieres hacer nada por ti misma, ¿por qué iba a hacerlo yo?
La frustración y el resentimiento que me genera se disparan como un cohete. Si no me deja salir de aquí, tendré que escaparme como sea. Llevo encima lo necesario. Con disimulo, me meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y noto el pinchazo del tapón y el tornillo que llevo en él. Coloco la mitad del tapón de la que sale el tornillo entre el pulgar y el índice y lo agarro de forma que el extremo sobresalga y casi atraviese el tejido. El corazón ya me va a mil.
—A veces creo que no agradeces todo lo que hago por ti —continua Nina, ajena a mis maquinaciones—. Sabes que lo que hagamos o dejemos de hacer no depende de mí; por eso, cuando me molesto en buscar alternativas y las ignoras es como si me lo tiraras a la cara. Es como estamparse contra un muro de piedra.
Cada vez me dan más ganas de estamparla a ella contra un muro de piedra, una y otra vez hasta que entre en razón o se quede inconsciente. Así podría agarrar las llaves del grillete y escapar de una vez por todas. Pero necesito tenerlo claro antes de tomar una decisión que lo cambie todo para las dos.
—¿Quieres decir que me vas a ayudar?
—Te traigo libros, vitaminas, medicamentos alternativos, comida sana… Si eso no es ayudar, ya me dirás qué es.
—¡Buscarme un diagnóstico profesional! —espeto.
—Te recuerdo que no estás así por mi culpa, sino por la tuya: por asesinar a papá, por arrebatarme a mi hijo… Es muy probable que el remordimiento que sientes por todo lo que nos has hecho te esté comiendo por dentro. Y, según lo que leído, ese tipo de ansiedad puede contribuir al desarrollo de un cáncer.
—¿No crees que tenerme aquí encerrada dos años ha podido tener algo que ver?
Ríe.
—¿En serio me quieres echar la culpa a mí? —«Muérdete la lengua. Espera tu oportunidad». Agarro el tapón y el tornillo tan fuerte que me noto el pulso en la garganta—. No contestas, lo que significa que sabes que tengo razón —añade Nina—. Va siendo hora de que dejes de enfrentarte a mí y empieces a colaborar conmigo. Te voy a ayudar, pero lo haremos a mi manera. Y lo siento, pero eso no incluye salir de casa. —Deja el tenedor y el cuchillo en el cuenco vacío y ve que he dejado de comer—. Deduzco que has terminado —dice y señala mi ensalada casi sin tocar.
—He perdido el apetito.
Nina se levanta, coge mi cuenco y le veo el llavero donde guarda la llave de mi grillete asomándole por el bolsillo del vestido. Era de su padre y me fastidia que lo exhumara cuando lo exhumó a él.
Es ahora o nunca. Tiro el tenedor al suelo y se agacha a cogerlo. Esta es mi oportunidad. En un abrir y cerrar de ojos, podría sacar mi arma improvisada y, aprovechando el descuido, clavársela fuerte en la nuca, unas cuantas veces, quizá, para dominarla y liberarme, pero no puedo hacerlo. Quiero hacerlo, por Dios que quiero; de hecho, lo deseo tantísimo que es como un fuego que me sale de dentro. En cuestión de cinco minutos podría estar saliendo a la calle, libre otra vez.
Comparado con mis intentos de fuga anteriores, sé que este podría ser el más debilitante o incluso letal. Siendo realista, podría matar a mi propia hija si acierto en el sitio correcto. Pero por muchas ganas que tenga de clavarle el tapón, no me veo capaz de hacerlo. Yo la traje a este mundo, no la puedo sacar de él. Puede que la odie, la maldiga y la desprecie, pero no puedo acabar con su vida para salvar la mía. Porque, por encima de todo, Nina sigue siendo mi niña, a la que he querido cada minuto que ha estado en este mundo.
Cuando me da la espalda y sale del comedor con los platos, me dan ganas de llorar de frustración o clavarme el tapón como castigo por mi incapacidad de actuar. Prefiero que el cáncer me destroce, porque no me merecería la pena vivir la vida con las manos manchadas de su sangre. Y, por su bien, tampoco puedo hablarle de la sangre que mancha las suyas.
No puedo matar como ha matado ella.
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Capítulo 61
MAGGIE
HACE VEINTICINCO AÑOS
Despierto sobresaltada sin saber bien qué me ha hecho abrir los ojos tan rápido.
Durante el último año o así, me cuesta conciliar el sueño. Es como si al posar la cabeza en la almohada esta le enviara un mensaje al cerebro instándolo a reactivarse, por más cansada que esté. Así que he empezado a tomar somníferos como apaño temporal para poder descansar por las noches; si no, como no paro de dar vueltas, tampoco dejo dormir a Alistair. Por lo general, caigo como un tronco y rara vez me despierto hasta la mañana siguiente. Pero esa noche es la excepción. Algo no va bien, lo presiento.
Según el despertador de la mesilla de noche es la una menos cuarto de la madrugada, así que solo he estado traspuesta un par de horas.
—¿Alistair? —susurro y lo busco a tientas en la oscuridad.
No está acurrucado a mi lado, pero eso tampoco es inusual. Cuando su trabajo de ingeniero de caminos no lo lleva a distintas partes del país, a menudo se refugia en su estudio de abajo hasta las tantas de la madrugada.
Últimamente no ha podido pasar mucho tiempo ni con Nina ni conmigo. Ni siquiera ha podido quedar con su amante ni ir al club de golf con la misma frecuencia. Su bolsa de golf lleva casi quince días apoyada en la pared del descansillo, entre el cuarto de Nina y su despacho, esperando a que la usen o la guarden, y mantenemos una especie de pulso tácito a ver cuál de los dos cae primero y la baja al sótano. Ninguno de los dos ha cedido aún.
Me bajo de la cama, me pongo la bata y me prometo traerlo a la cama aunque sea a rastras. A veces, por su propio bien, tengo que hacerle ver que se está pasando de la raya.
Voy a la primera planta y me acerco al dormitorio que ha convertido en su despacho. No veo luz por debajo de la puerta y me pregunto si se habrá quedado dormido. No sería la primera vez. Abro y enciendo la luz. Dentro hay un escritorio, dos archivadores, montones de papeles y paredes forradas de bocetos de edificios, puentes y túneles, pero Alistair no está.
Salgo al pasillo y estoy a punto de bajar a ver si se ha quedado traspuesto delante de la tele cuando observo que la puerta del cuarto de Nina está entornada. Un resplandor anaranjado se escapa por la rendija, lo que parece indicar que se ha dormido leyendo algún libro de Las gemelas de Sweet Valley o alguno de los de Judy Blume con los que está obsesionada.
Soltando un bostezo largo, me acerco a la habitación a apagar la lamparita. De pronto, Nina abre rápidamente la puerta y doy un respingo. La luz ilumina el rostro de Alistair, tan sorprendido de verme como a mí me sorprende verlo a él, quizá más.
—¡Me has dado un susto de muerte! —exclamo. No responde y no soy capaz de interpretar su expresión—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí —contesta, y esboza una extraña sonrisa de medio lado que no me tranquiliza nada.
—¿Qué haces levantado tan tarde? ¿Nina está bien?
Asiente demasiado rápido.
—Perfectamente.
—Entonces, ¿qué haces en su cuarto?
—Me… me ha parecido oír un ruido.
—¿Y…?
—¿Y qué?
—¿Pasaba algo?
—No, me he equivocado —contesta.
Mi padre era un mentiroso nato, pero mi marido no y lo calo enseguida.