La Aduana de Mar
X. ¿Cuándo nos iremos?
—Tienes razón —le dije a A—. Todas esas historias de lansquenetes, de escultores y de pintores, de papas, de condestables, nos importaban un comino. Partíamos, Marie y yo. Le dábamos la espalda a la historia. Nos tapábamos las orejas. Ya no queríamos saber nada. Dejábamos las grandes ciudades que has sobrevolado y sus agitaciones. Estábamos hartos de la multitud, del ruido, de la fatiga, del aburrimiento y de las repeticiones de la vida de cada día. Estábamos hartos del trabajo, de la lluvia, de correr tras el dinero, con la gente machacona, a la sombra de las modas y de las intrigas, sin nunca cansarse. Teníamos ganas de otra cosa. Queríamos otros lados. Teníamos grandes partidas insatisfechas en nosotros. Queríamos cambiar de vida. Los hombres se pasan la vida queriendo cambiar de vida. Siempre esperan algo. La felicidad cuando no la tienen. Novedad cuando la tienen. No podíamos, como tú, echarnos al espacio y partir hacia otros mundos. Nos quedábamos en el nuestro. Íbamos hacia el sur. Hacia el sur de Francia. Hacia el sol. Quise mucho al sol. Brillaba con mil fuegos que esparcían la paz. Me arrancaba del tumulto, de la complicación, de los balbuceos de la historia. Me devolvía al silencio. Me devolvía a mí mismo.
¡Sol, sol!… ¡Culpa resplandeciente!
Tú, sol que a la muerte enmascaras
Bajo el azul y oro de una tienda
Donde celebran consejo las flores
Por entre impenetrables placeres, ¡Tú, el más fiero de mis cómplices
Y de mis trampas, la más aguda, Impide a los corazones que sepan
Que el universo solo es un defecto, Allí en la pureza del no-ser!
Gran sol que despiertas el ser
Y lo acompañas con fuegos, Tú, que entre los sueños lo encarcelas
Y tramposamente lo pintas de campiñas, Hacedor de felices fantasmas
Que sujeta a los ojos
La presencia oscura del alma,
Siempre me ha gustado la mentira
Que expandes sobre el absoluto,
¡Oh rey de las sombras hecho de llamas! (6)
—¿Qué es eso?, —preguntó A levantando una ceja.
—Es un poema. Es poesía.
La poesía no tenía significado alguno para A. Vivía en la poesía, estaba permitido sostener que se confundía con ella, pero la poesía de los hombres, es decir, antes que nada la poesía de las palabras, de esa lo ignoraba todo.
—Son palabras —retomé—. Y nada más. Es un lenguaje. Pero escogido con cuidado, puesto en cierto orden, sometido a reglas variables, aparentemente arbitrarias pero siempre rigurosas, y el más elevado de todos.
Honor de los hombres, Santo Lenguaje, Discurso profético y engalanado
Bellas cadenas en las que se atrapa
El dios en la carne enloquecido.
¡Iluminación, vastedad!
¡He aquí el hablar de una Sabiduría
Y el sonar de una augusta Voz
Que sabe cuando suena
No ser la voz de nadie
Más que de las ondas y de los bosques! (7)
—No está tan mal —me dijo—. Enséñame cómo lo hacen. Habrá que mencionar en el informe que los hombres suelen servirse de las palabras como de una especie de música que produciría un sentido, pero en el que el sentido, interrúmpeme si me equivoco, me parece muy lejos de ser un todo.
Le hablé de Ronsard, de Racine, de Shakespeare y de Goethe, de Baudelaire, de Verlaine, de Heine, de Apollinaire. Le dije que había poemas para superar el tiempo y para pasar de época en época en la memoria de los jóvenes.
Yo te doy estos versos a fin de que, si mi nombre Aborda afortunadamente las épocas lejanas, Y hace soñar una noche los cerebros humanos, Navío favorecido por un gran aquilón,
Tu memoria, semejante a las fábulas inciertas, Fatigue al lector como un tímpano, Y por un fraternal y místico eslabón
Quede como pendiente de mis rimas altivas(8).
—Está bastante bien —me dijo A.
—¿Bastante bien? Clarín corneta.
—¿Es tuyo?
Dudé, lo confieso. No hubiera detestado, aun a costa de una impostura y de una usurpación, brillar un poco a los ojos de A, quien me trataba, me parecía, con un dejo de atrevimiento. El sueño de una gloria póstuma pasó sobre mí como tromba. Pero poco le convenía a un muerto mentirle a un espíritu. Sobre todo si la mentira podría inscribirse para siempre, circular, por los siglos de los siglos, en lejanas galaxias.
—No —dije—, no es mío.
—¡Ah!, —me confió enseguida con simplicidad—: cuando tú hablas, es más bien ordinario y poco digno de interés. Pero cuando un poeta se expresa por tu boca, casi tendría ganas de convertirme en hombre.
Reprimí el agradecerle demasiado calurosamente esa prueba de fraternidad que me honraba. Se calló un instante.
—Me pregunto —retomó—: ¿de dónde proviene esa suerte de felicidad que siento al escuchar tus poemas?
—Es misterioso.
Le hablé de las sílabas largas, de las cortas, de los dáctilos, del espondeo, de los pies, de las rimas, de las cesuras, de los hemistiquios, del ritmo. Agregué que la poesía no se justificaba más que por sí misma. No tenía, como la verdad, ningún otro juez que su propio resplandor. No estaba hecha para ser explicada, estaba hecha para ser leída y para ser recitada. Estaba hecha para hacer perder la cabeza y los corazones y para dar vértigo. Era un delicioso veneno y una embriaguez del alma. Era las montañas rusas y los columpios de la literatura.
—Es cierto —me dijo—. Casi me siento algo mareado de tanto vaivén sobre esos raudales de armonía.
—No vayas sin embargo a imaginar que hay algo mecánico en esos transportes tan bien regulados. Ni los alejandrinos, ni los octosílabos, ni los pies, ni la rima son indispensables para el placer que sientes. Lo que hace la poesía es un secreto equilibrio entre el fondo y la forma, que por demás no se distinguen; es…
—Entonces —interrumpió con algo de impaciencia—, no los distingamos.
—… Es la carga de pasión acumulada bajo las palabras, es su color y su peso, es su sentido y su sonido, es la sorpresa mezclada a la espera, es quizá hasta lo que no se dice aún más que lo que se dice.
—La poesía tal como la describes y como yo la entiendo me parece muy superior a la insípida prosa de la que te sirves sin ton ni son. ¿Por qué, en nuestro informe, no renunciar a la prosa en beneficio de esa poesía que podría suscitar en Urql sentimientos de asombro y quizá de placer?
—La poesía —le dije— es una ceremonia. Es un juego, una pasión, una exigencia de rigor, un impulso hacia otra cosa. Exige mucho esfuerzo y algo de solemnidad. No la usamos en nuestras relaciones cotidianas con los demás hombres para preguntar nuestro camino, para contar nuestro oro, para preparar un informe, para dar instrucciones o informaciones del orden de las que, gracias a ti, se encaminarán hacia Urql. Recurrimos a ella en las exaltaciones de las penas y sobre todo del amor.
—¡Otra vez el amor!, —dijo—. Me hastía un poco. Y siempre palabras. Dime entre nos, ¿en tu Tierra hacen otra cosa más que el amor? ¿Y otra cosa que palabras?
—Muchas otras cosas —le dije—. Y quizá demasiadas. Te hablaré de los puentes, de los castillos fortificados, de los coches, de los cañones, de los barcos sobre el mar que ya has visto, de las ruletas de casino y de las máquinas de coser. Pero la poesía, que está fuera del alcance del común de los mortales y que tanto me rebasa, no es otra cosa más que amor expresado por palabras. La poesía es un arte y ya te he indicado que el amor estaba en el corazón del arte. La música es amor, la pintura es amor. La poesía también es ante todo amor. A menudo mezclado con la tristeza, con la añoranza, con la melancolía. Un poco de penas y de amor llevados por las palabras.
En el mes de mayo, en su joven tallo, Recién nacida parece la rosa; Por su color el sol se llena de celo
Y la rocía con lágrimas del alba.
En su hoja duerme la gracia del amor, Su olor encanta las sendas del parque; Del sol y del agua enfrenta el ardor, Pronto se marchita, se cierra y muere.
Eras la belleza en su primavera
Homenajeada en cielo y tierra; Te mató la Parca y en paz descansas .
De ti me despido con lloros y llantos, Te quiero ofrecer flores a manojos;
Que se quede vivo tu cuerpo de rosas(9).
—¡Ah!, claro… —dijo A—. Me parece que incluso en Urql… —Sí, sí, incluso en Urql…
Ellos tienen esa grande y misteriosa repugnancia del alma Por nuestra carne culpable y por nuestro destino: Ellos tienen, seres soñadores, no más que un azul reclamo, Yo no sé qué sed de morir la mañana.
¿Cuándo iremos ahí donde ustedes están, palomas, Donde están los niños muertos y las primaveras en fuga, Y todos los queridos amores de los que somos las tumbas. Y todas las claridades de las que somos las noches?
¿A ese gran cielo clemente donde están todos los dictados, Los amados, los ausentes, los seres puros y dulces, Los besos de los espíritus y las miradas de las almas?
¿Cuándo iremos nosotros ahí, cuándo iremos?(10)
A escuchaba sin decir palabra, las alas replegadas.
—Para mi gusto —dijo— es demasiado elocuente. Y quizá un poco ampuloso.
Pero agregó en tono de confesión que de pronto el mundo le parecía menos indigno que los espacios infinitos que había atravesado. Los paraguas se desvanecían. El saqueo de Roma también. Los papas Clemente se apartaban. El condestable de Borbón se alejaba en silencio. Y los hombres lo asombraban.
—Son los cantos —le dije—, del amor y de la muerte. Los hombres le tienen miedo a la muerte, pero la vencen por el amor y las palabras.
—Me parece —me dijo— que solo son grandes renunciando a esta Tierra que tanto les importa. Qué suerte la tuya el haber dejado de vivir. Los hombres no cesan de ser ridículos, porque he de confesarte que me parecen serlo, en la vida de la que me hablas, más a menudo que de buen juicio, aspirando a la muerte, que es el segundo y el único y verdadero nacimiento.
—No lo creo. Para todos aquellos que han conocido el sufrimiento y la vida, estar muerto, claro está, es una inmensa ventaja. Pero vivir antes de morir tampoco está tan mal. La vida también puede ser bella. No partamos enseguida. Tardémonos un poco más sobre esta Tierra despreciable de repugnantes maravillas.
Ella estaba descalza, despeinada, Sentada, los pies desnudos entre los juncos inclinados; Yo, que pasaba por ahí, creí ver un hada
Y le dije: ¿Quieres venir a los campos?
Ella me miró desde esa mirada suprema
Que tiene la belleza cuando hemos triunfado sobre ella Y le dije: ¿Amas? Es el mes en que uno ama, ¿Quieres que vayamos bajo los árboles profundos?
Ella se secó los pies en la hierba de la ribera, Me miró considerándome por segunda vez, Y la juguetona belleza quedó pensativa. ¡Oh, cómo cantaban los pájaros al fondo del bosque!
¡Cómo el agua dulcemente acariciaba la ribera! Yo vi venir hacia mí, desde los verdes juncos, A la bella hija dichosa, asustada y salvaje,
Con el cabello sobre los ojos, y una sutil sonrisa(11).
—Con gusto apostaría, pobre amigo mío —me dijo riendo con aire algo obligado, que piensas en Marie.
—Por supuesto. Cuando pienso en la vida, no pienso en Galileo, ni en Benvenuto Cellini, ni en la mecánica de fluidos, ni en la batalla de Farsalia, ni en la reproducción de las fanerógamas vasculares, ni en ninguno de esos mecanismos que he intentado describirte para hacerte comprender este mundo. Cuando pienso en la vida, mi querido A, el mundo me importa soberanamente un comino. Cuando pienso en la vida, es en Marie en quien pienso. Antes de irme para siempre y de toparme contigo encima de la Aduana de Mar…
—Y me felicito por ello todos los días, a pesar de que seas un malandrín.
—Yo también —le dije—, a pesar de no ser poeta.
—No te ofendas. Estoy más que dispuesto a creer que no eres peor que los demás. Y tu prosa es muy aceptable. Da sobre el mundo y los hombres informaciones muy útiles. Tendrá, estoy seguro, un rotundo éxito en Urql.
—Lo celebro —le dije—. Ya me veo en Urql bajo aplausos… partía con Marie, lejos de la rue du Dragon y de sus paraguas. Toda mi vida soñé con partir. Y de partir a otra parte. Menos en busca de otra cosa que en mi propia búsqueda. Nuestra existencia está llena de encantos, y a veces de delicias. Pero nos parece menos absurda que a ti. De mi nacimiento a mi muerte, en la alegría y en las penas, he sido perseguido por un refrán que los espíritus no conocen y que les es propio a los hombres, estupefactos de ser echados a su pesar, para bien o para mal, en el espacio y en el tiempo: era la canción del y para qué. Mi demonio más familiar llevaba por nombre y para qué. ¿Y para qué agitarse? ¿Y para qué vivir? E incluso, algunas veces, y era la peor y la más cruel de las canciones, ¿y para qué amar y para qué ser feliz? Solo estaba el otra parte para combatir el y para qué. Estaban las carreteras, las islas, las playas, las pequeñas ciudades desconocidas a las que llegábamos de noche. Eran los antídotos al y para qué. El mundo era bello. Era tan bello como Marie del que era, a mis ojos, el símbolo y la imagen. Se confundía con ella. Fui a pasearme con Marie a través de este planeta que irás, en algunos días, a contarle a la gente de Urql.
Huíamos de la historia, que siempre estaba haciéndose e invadiéndonos. La historia nos alcanzaba. Nos hemos pasado el tiempo siendo alcanzados por el tiempo que pasaba. Había guerras, ruinas, revoluciones, tifones. Había periódicos para informarnos de ellos. Había desgracias y crímenes por todos lados, incendios, traiciones, niños que morían. Es necesario, de vez en cuando, para intentar sobrevivir, desviarse de la historia. Echábamos fuera la desgracia de los demás para hallar nuestra felicidad. Éramos el uno para el otro un teatro ya bastante grande.
El ardor del carbón alumbra la noche
Y el atardecer enciende el balcón. Dulce es tu seno, blando mi corazón, Nuestros cuerpos dicen eternas palabras, El ardor del carbón alumbra la noche.
¡Qué hermosos son los soles en las cálidas tardes! ¡Qué profundo el espacio! ¡Qué potente el corazón! Inclinándome hacia ti, reina de las adoradas,
Yo creía respirar el perfume de tu sangre. ¡Qué hermosos son los soles en cálidas tardes!
La noche profunda nos encierra vivos. En la oscuridad lucen tus pupilas, Mis labios beben tus tiernos venenos
Y tus pies descansan en mis manos tranquilas.
La noche profunda nos encierra vivos(12).
Caminaba con Marie por las playas desiertas, por las orillas de los grandes ríos, por las plazas, de noche, alumbrados por la luna. El mundo se cerraba sobre nosotros: sobre Marie y sobre mí.
—No entiendo bien —me dijo A— la ventaja, sobre su Tierra, de ser dos en vez de uno. Me parece que la historia, de la que tanto querías huir, comienza a partir de que están dos.
—Es cierto —le dije—. Ya he notado que eras muy inteligente y que comprendías muy rápidamente lo que sucede sobre este planeta del que desconocías todo hace apenas unas horas. Te contaré, si tenemos tiempo, cómo, al principio de todo, la historia empezó con Adán y Eva que no dejamos de imitar desde que el mundo es mundo y que no eran más, hace mucho mucho tiempo, que la primitiva imagen de Marie y mía.
—¿Hace cuánto tiempo?, —preguntó A.
—Algunos millones de años. Quizá tres. Quizá cinco.
—¿Es mucho?, —preguntó A.
—Mucho para nosotros —le dije—. Es excepcional que los hombres vivan más allá de cien años. Muchos mueren a los sesenta años, a los cincuenta, a los treinta. Sin siquiera hablar de los soldados, cuyo destino es hacerse matar lo más pronto posible, ni de los niños pequeños, que por mucho tiempo no han sido más que difuntos en potencia, muchos grandes genios, pintores, profetas, matemáticos, reyes, murieron alrededor de los treinta años.
—Me darás los nombres —dijo A.
—Te los daré. Me recordarás a Pico della Mirandola, a Galois, a Giorgione, a Alejandro, a Jesús.
—Pico della Mirandola —repitió A con un esfuerzo que lo hacía entrecerrar los ojos—. Galois. Giorgione. Alejandro. Y Jesús.
—Pero tres millones de años es muy poco para la vida y sobre todo para la Tierra. La vida tiene algo así como cuatro mil millones de años. Y la Tierra, cinco mil millones. Debes saber, para el informe…
—Estoy anotando —me gritó A—, estoy anotando.
—… Lo que son mil millones. Y, mucho más allá de esta Tierra que viniste a visitar, el viejo universo, al que perteneces al igual que yo, puesto que incluso los espíritus puros están ligados a lo que es y a lo que hubiese podido no ser, tiene quince mil millones de años.
—No sé quién es Adán y no sé quién es Eva. Pero me imagino que los problemas empezaron con ellos, y por ellos, y que de ellos descienden los condestables y los paraguas. Me temo que Marie no haya sido para ti más que la suma de muchos problemas que, solo Dios lo sabe, ¿quizá porque estás enfermo?, ¿quizá por creerte muy listo?, disimulabas como felicidad. Por más que lo piense, me cuesta mucho trabajo imaginar por qué estabas con ella. ¿Quizá hablabas con ella, como hablas conmigo, del destino del mundo y de los hombres?
—Para nada. No hablaba. O muy poco. La besaba.
—Bésame —dijo A con cierta brusquedad.
—De ninguna manera. Tendría que estar loco. Un muerto no besa un espíritu. Yo besaba Marie. Porque estaba viva. Y porque yo estaba vivo.
—Pero habrá, para el informe, que…
—Me importa un bledo tu informe. Arréglatelas como quieras. Con tu físico de ángel deberías poder encontrar un mortal todavía vivo que podrás besar para enriquecer tu informe. Yo… yo besaba a Marie. La besé mucho. La tomaba en mis brazos, la estrechaba contra mí. Y lo más duro de mi muerte es que ya no puedo estrecharla contra mí y son otros los que la toman en sus brazos.
—¿Rodolphe?, —preguntó A.
—No sé. Déjame en paz. Rodolphe, para nuestro informe, no tiene el más mínimo interés. Besé a Marie en esas ciudades de Italia que has visto pasar bajo tus ojos. En Roma, en Siena, en Florencia, en Venecia. En la terraza de Pienza de donde la vista se extiende, más allá de los olivos, hasta Montepulciano. En Todi donde, en la plaza, hay grandes escaleras que suben hacia una iglesia y un viejo palacio. Besé a Marie sobre la arena de esas islas griegas que sobrevolamos. Llevaban nombres que estaban hechos para el amor: Skyros, Skiathos, Skopelos, Amorgos, Kalymnos, Symi, Kuphonissia, Skinussa… Cuando pasábamos por encima de ellas, te hablaba de Aristóteles, de Tucídides, de Jenofonte, de Herodoto, pero solo pensaba en Marie. Y en nuestros besos sobre la arena que el mar recubría.
—¡Vaya idea!, —dijo A—. Me temo que la gente de Urql se burle mucho de ti. Y quizá de mí, aprovechando la ocasión. Y debo confesarte, mi pobre O, que, en ese mundo tan trágico y tan lleno de cosas inauditas que hablan de eternidad, tus besos me consternan.
—Pasa que no sabes, mi pobre A, lo que es un beso. Es lo que nuestros miserables cuerpos mejor inventaron para tratar, como puedan, de olvidar su desdicha y de subir hacia el amor. Los pintores, los músicos, los poetas, los escultores…
—De ellos —dijo A—, porque saben que la vida es solo una imagen provisional y degradada de la muerte, haré que su memoria sea venerada por la población de Urql.
—Pues bien, nunca han dejado, en ese mundo que te esfuerzas por comprender y sobre el que trata tu informe, de soñar con el amor, que es una fuerza tan oscura y tan irresistible como la necesidad o el tiempo. Dos sueños dominan a los hombres: la religión y el amor. La religión reina sobre la muerte. Y el amor sobre la vida. Tan lejos como puedas remontar la historia de esos hombres encontrarás huellas de la imagen que se hacen de sus dioses y de su desconocido porvenir. Y huellas de sus pasiones, de las cuales el amor es la más viva. Porque era un hombre, me dediqué mucho, cuando estaba vivo, al amor con Marie. Y partí con ella. Y nos paseamos juntos en ese mundo que quieres conocer.
—Me hubiera gustado pasearme con ustedes.
—No te hubiéramos aceptado —le dije—. Queríamos estar solos. Partíamos para estar solos. Para salir de ese mundo en el que quieres entrar. Cuando partíamos solos, los dos, para Venecia, para Todi, para Granada y Symi, para el Mediterráneo entero, partíamos hacia ninguna parte. Era ninguna parte, pero mejor. Y queríamos estar solos en esos ninguna parte de ensueño. Sin embargo había, es cierto, en nuestro amor y en nuestra soledad, inagotables multitudes de arquitectos y de santos, de jardineros y de pintores: habían hecho ese mundo en el que íbamos a perdernos. Estábamos solos, dos, en medio de los cipreses, de los olivos, de los claustros. Y sombras invisibles caminaban a nuestro alrededor. Tenemos todos, naturalmente, una pesada historia tras nosotros. Tenía un padre y una madre, un oficio, amigos, recuerdos, ambiciones. Marie también tenía un padre, una madre, una abuela, un gato, temores y esperanzas.
—¿Me hablarás de eso?, —dijo A—. Tendría, para el informe, que saber casi todo de tu oficio, de tus amigos, de las familias de los dos y del gato de Marie.
—Te hablaré de eso. Será algo rudo, me temo, y no sé muy bien cómo hacer para presentarte en tres días la filosofía de Aristóteles y el gato de Marie. El gato se llamaba Foutinou. El sistema de Aristóteles es un poco más complicado. Tú todo quieres aprenderlo. Nosotros, todo queríamos olvidar. Pero el saber y el olvido están mezclados sobre esta Tierra como lo lleno y lo vacío, y lo negro y lo blanco, y el amor y el odio. Las calles, las plazas, las iglesias donde nos escondíamos estaban todas hechas de historia. Los mares que navegábamos, la arena de las playas donde dormíamos habían visto pasar, siglo tras siglo, peregrinos y conquistadores. Ningún hombre es una isla y estamos todos vinculados al mundo con innumerables vínculos. «Never send to know for whom the bell tolls: it tolls for thee».
—¿Y eso qué es?, —preguntó A.
—Es inglés. Otro idioma como el latín, y que todavía hoy se habla por todo el planeta.
—¿Más ampliamente que el francés de Ronsard y de Hugo?
—Sí —dije—. Más ampliamente. «Nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: es para ti».
—Creo recordar que Inglaterra es una isla.
—Es una isla. Pero incluso la gente de las islas tiene vínculos con el mundo. Porque nadie se escapa: ni los viajeros, ni los ingleses, ni los ermitaños, ni los amantes, ni siquiera Marie y yo. Esos vínculos nos fabrican y nos pesan. Todos somos Juan Pueblo para quien no cesan de doblar las campanas y tenemos todos, en un rincón del espíritu y del corazón, el sueño de un Robinson, lanzado por el destino hacia riberas desérticas y que no dependería de nadie. Somos todos un poco como la paloma de Kant, que se imaginaba que volaría aún mejor si el aire no la molestara. Aprovechábamos la historia, Marie y yo, y luego la rechazábamos para quedarnos solos los dos.
—Ya entiendo —dijo A—. El mundo respira. Late como corazón. Se abre y se cierra.
—Se abre, se cierra; sube, baja; avanza, recula; va hacia una dirección y hacia la otra. El mundo es antes que nada el reino de la contradicción y de la confusión. Debes aprender que todo puede decirse de él. Quizá solo haya una cosa que siempre toma la misma dirección y de la que no se puede decir nada: es el tiempo. Todo se mueve, todo cambia, todo se transforma, solo el mundo permanece. Solo el tiempo dura. El tiempo es una catástrofe nacida de la eternidad, y es tan simple como ella. Todo lo demás bajo el sol, y antes que nada los hombres, sus pensamientos, su famosa psicología, sus obras, sus amores, es una formidable máquina sin cola ni cabeza, que no sabemos cómo tomar, del que podemos decir cualquier cosa y en el que el espíritu de los hombres, y de cada hombre en particular, trata, pero siempre en vano, de introducir un poco de orden. Lo inaudito con nosotros, trata de entenderlo y anótalo en letras de fuego en tus apuntes de sueño, es que, lanzados por Dios sabe quién en un suburbio alejado y menor del universo estrellado, los hombres casi no son nada…
—En efecto —dijo A.
—… Y que el mundo, y el universo, y el sol, y todas las galaxias hasta Urql y más allá giran sin embargo a su alrededor. Y alrededor de cada uno de ellos.
—¡Vaya pues!, —dijo A.
—Hubo, en el mundo y en la historia, millones y millones y miles de Marie. Y hubo millones y miles de mí. Un milagro más grande que el milagro del paraguas que tanto te asombró, es que a través de todo el universo, desde siempre y para siempre jamás, sin embargo solo hay un yo. Nunca hubo ningún otro. Nunca habrá otro. Y soy yo. O era yo.
—Anoto —dijo A—: el único yo eres tú.
—Pero cada tú es también un yo. Es el fundamento de toda moral y de toda metafísica.
—Trataré —murmuró A, que parecía agobiado—, de explicar esos misterios a los que me enviaron a este palacio de espejos que llaman mundo.
—Cada uno de esos hombres que aspiras conocer para hablar de ellos en Urql es antes que nada algo único y para siempre irremplazable: es antes que nada él mismo. Y cada uno de esos él mismo también es un yo mismo: un poco de conciencia y de libertad. Estamos todos y cada uno en el centro de nuestro mundo. Estamos todos y cada uno en el centro del universo que has atravesado.
—¡Ah! ¡Ah!, —dijo A.
—Partíamos, mi querido A. El mundo daba vueltas a nuestro alrededor, y alrededor de nuestro amor. Era pura felicidad. Incluso en el interior de un mundo que nadie deja jamás, partir es una gran felicidad. Mucho amé partir. Mucho amé el mundo. Mucho amé a las mujeres, las carreteras, los paisajes. Mucho amé el placer. Mucho amé el amor.
Amaba, Señor, amaba, quería ser amado(13).
—¿Y ella te amaba?, —preguntó A.
—Uno nunca sabe. Eso parecía.
—Me pregunto —dijo A en tono soñador—: si hubiese sido un hombre, y si hubiese sido mujer, ¿habría amado a un tipo como tú? ¿Le hubiese sido fiel?
—Le hice la pregunta —le dije.
¿Y?
—¿Y… qué?
—¿Contestó?
—Sí. Me contestó.
—¿Y qué te contestó?
—Me murmuró una cosa que parecía una canción.
—¡Pero qué pesado eres! Nuestro trabajo no avanza. Como que te estás alargando a propósito. ¿Cuál cosa? ¿Cuál canción? Tendrán que aparecer, lo quieras o no, en el informe.
—No siempre se puede correr —le dije—. Déjame descansar un poco. Nada atrasa tanto como el peso de los recuerdos. Era algo así:
Fiel, elegí permanecer;
Por nada, por escapar del tiempo,
Para sentir el dulce placer
De la vida en los brazos del amado (14).