La Aduana de Mar
XI. Borrón y cuenta nueva
—Mi querido O —me dijo A—, lo que me cuentas de ti mismo me deja tan a oscuras como lo que me cuentas del mundo. Me parece que las palabras que juntas con tanta buena voluntad para explicarme la Tierra bien podrían dejar su lugar a otras y que hay algo de arbitrario en tu discurso.
—¿Arbitrario?, —exclamé.
—De accidental, de intercambiable, de aburrido, de inútil. No me sorprende mucho la melancolía que a veces parece invadirte: pareciera que la vida solo está hecha de azares.
—Es la vida. Es la historia. Si llevamos a cabo bien nuestro informe para Urql, formará parte para siempre de la historia de ese mundo donde azar y libertad son los nombres temporales de la necesidad. La historia es necesaria, inmutable, de cabo a rabo racional y lógica. De ninguna manera puede ser diferente de lo que es. Y es accidental, azarosa e inútil.
—Te compadezco —me dijo—. Qué cosa tan fea es vivir: es como gastar pólvora en infiernitos. Me afirmas que Roma fue tomada, ya no recuerdo bien cuándo…
—En 1527.
—¡Ah!, sí, es cierto, en 1527… por lansquenetes germánicos comandados por un francés y que siempre te gustó mucho estar en otra parte que en la que estás. Todo esto, te lo concedo, es del más alto interés. Pero lo podríamos omitir sin perjuicio alguno. ¿No seguiría el mundo siendo mundo sin Clemente V o VI, o incluso sin Clemente VII que tanto alardeas? De lo que más carece tu relato es de la necesidad. ¿Por qué algo en lugar de nada? Pero también: ¿por qué esto o aquello en lugar de otra cosa? No le entiendo casi nada al condestable de Borbón, a Benvenuto Cellini, a Marie y a ti.
—Me daría mucha pena que tu estancia sobre esta Tierra por la que yo también pasé se saldara con un fracaso. Tienes que meterte en la cabeza que todo en ella es inútil y que todo en ella es necesario. Los paraguas y Marie y las reglas del juego del fútbol tanto como Clemente VII y Benvenuto Cellini. Borrón y cuenta nueva.
—Cuenta nueva —me dijo con cansancio mezclado de sumisión.
—Vuelvo a empezar. Hay, en el espacio y en el tiempo, algo que se llama el mundo. Y hay, en ese mundo, algo que se llama la vida. Y hay, en esa vida, algo que se llama la historia. Y en la historia estoy yo.
Fui, en los días de mi vida, un hombre entre los hombres. Es una prodigiosa oportunidad y una aventura sin igual. Pude no haber sido, no saber nada del mundo, ignorarlo todo de los hombres. De ninguna manera. Tenía ojos para ver, orejas para escuchar, una lengua para hablar y otras herramientas varias para hacer bastantes cosas de las que hablaremos en su momento. Todo ello sugiere que hay algo que podemos llamar mundo, y que hay alguien en el mundo que es permitido llamar yo. O quizá que esté yo, y el mundo a mi alrededor.
Muchos filósofos han pensado que el mundo y la vida no son más que un sueño. Un filósofo francés, llamado Descartes, empezó, como tú, por dudar de la evidencia de todo lo que parece tan evidente.
—¿Conocido, tu Descartes? ¿Importante, tu Descartes? Te lo pregunto para el informe.
—Muy conocido. Muy importante.
—¿Debo entender —insistió al garabatear el nombre de Descartes en la ausencia de palma de su ausencia de mano, algo así como Charlot escribiendo en el puño de su camisa—, que los filósofos franceses son los más importantes?
—No. Los más importantes, los atractivos, quienes más ideas lanzaron en el aire puro de la Hélade, fueron los griegos. Y después los alemanes, que son todos unos filósofos, músicos y soldados. Pero también los chinos. Los chinos son amarillos y son numerosos. Tuvieron un filósofo que llevaba por nombre Confucio, y otro de nombre Lao-Tsé que escribió un libro llamado Tao Te Ching. Inventaron la pólvora, la brújula, la porcelana para imitar el jade, la seda, los fuegos artificiales. Y comen arroz. Un filósofo chino que sueña con una mariposa se pregunta, al despertar, si no es una mariposa soñando con un filósofo. Nadie puede probar que lo que llamamos lo real sea otra cosa sino un sueño de coherencia sin falla. No es imposible que todavía estén en Urql y que el condestable de Borbón, y Benvenuto Cellini, su presunto asesino, y todos los paraguas de la rue du Dragon, y Marie, e incluso yo, quien te habla, no seamos otra cosa que un sueño. Y no es imposible que no esté para nada muerto y que la Aduana de Mar, y Urql, y tú mismo venido de Urql, y el informe que preparas con mi balbuceante ayuda, no sean otra cosa sino mi sueño.
—Puede que me sueñes —me dijo A—. Pero lo que es perturbador es que yo también sueñe. Y puede ser que sueñe, pero me parece que, entonces, tú también me sueñas.
—Nada más correcto. Merecerías ser alemán. O chino. O quizá incluso ser griego. Hay entre los espíritus, y permíteme, te lo ruego, incluirme entre ellos, ya que estoy muerto, una…
—Por favor —dijo A.
—Muchas gracias… una especie de diálogo y de correspondencia que le dan al mundo su profundidad y su realidad: sería por lo menos sorprendente que tanta gente soñara al mismo tiempo y pudiese intentar comprenderse intercambiando tantos sueños. O entonces una red de sueños tan bien coordinados merecería seguramente el nombre de realidad. Y hay otra cosa…
—¿Otra cosa?… —preguntó A reprimiendo un bostezo—. ¿Y qué es?
—Es el sufrimiento. Los hombres se frotan los ojos y se preguntan si están soñando ante una gran felicidad o ante mucha belleza. «¿Estaré soñando?», exclaman en las malas novelas. Y a veces incluso: «¿Acaso sueño?».
—«¿Acaso sueño?» —preguntó A.
—Sí. «¿Acaso sueño?». Y se pasan la mano por la frente, abrumados de estupor. Nunca se preguntan si el sufrimiento es un sueño. El sufrimiento ahí está. No le da la más mínima cabida a los fútiles juegos del espíritu ni a las sutilezas de la metafísica. El sufrimiento, en este mundo, es lo más absurdo que hay. Es también lo que nos permite no dudar de su realidad e interrogarnos sobre su absurdo. Siempre cabe la posibilidad de preguntarnos si, sí o no, somos felices. Es muy difícil negar un cáncer, o una esclerosis múltiple, o una bala en pleno pecho, o una pierna arrancada. Entre más grande es el placer, más ligero es el mundo. Entre más duro es el sufrimiento, más sólido es el mundo. El mundo existe y nosotros también, porque sufrimos.
—Esa sí es buena noticia —dijo A.
—¿De veras?
—Excelente. Todo lo que me contabas sobre Miguel Ángel y la rue du Dragon, e incluso tus poemas, que no eran desagradables, tenía algo de… ¿cómo decirlo?… arbitrario e impreciso. Veo de golpe, con gusto y claridad, cómo el dolor y las lágrimas los enraízan en su Tierra. Por fin seriedad después de tanta ligereza. Creo que el sufrimiento gustará mucho en Urql.
—Me alegra mucho.
—Imagino que el sufrimiento no perdona nunca a nadie.
—A nadie —dije—. Todo el mundo muere. Y morir no es divertido.
—¿No me digas?
—El sufrimiento, el dolor, la desgracia están sin embargo, si observas con atención, inequitativamente repartidos entre los habitantes de esta Tierra, que corre el peligro de aparecer ante las nobles almas de Urql como un modelo de injusticia. Hay hombres cuya vida es más fácil y placentera que la de otros.
—¿Quizá sea —dijo A— porque su mérito les valió felicidad?
—De ninguna manera. En el reparto de los sufrimientos y de los placeres reina el más completo desorden. Hay hombres cuya vida podríamos suponer feliz y hombres cuya vida no es más que una interminable caravana de sufrimientos. Y no hay justificación aparente a esa inequidad de destinos. Pero también hay filósofos…
—¡Otra vez!, —exclamó A.
—Son la sal de la Tierra: se interrogan así como tú sobre todo lo que no entienden, y no entienden casi nada, para sostener que el equilibrio se coloca por sí mismo en la vida y que aquellos con grandes sufrimientos también tienen grandes alegrías, mientras que todo les es insoportable a los que parecen conocer solo la felicidad. No solo para los espíritus es oscuro el mundo. Nada es más difícil, incluso para un hombre, que entender a los demás hombres. Y quizá, además, comprenderse él mismo Los hombres son para ellos mismos una suerte de infinita tarea: dominan al mundo y no se comprenden.
—¡Vaya!, —murmuró A—, es divertido.
—¿Divertido?…
—Digo… menos acongojante que de costumbre. Tengo el sentimiento, ¿acaso me equivoco?…
—¡Ah! ¡Bravo!
—… De que dices menos tonterías cuando hablas del sufrimiento que cuando hablas del amor. ¿He de considerar que el amor, por naturaleza, los vuelve estúpidos a ti y a los demás hombres? Claro está, nunca dejas, lo noté enseguida, de enhebrar sandeces. Pero me parecen menos abrumadoras cuando las cosas van muy mal que cuando van demasiado bien.
Le expresé, con términos escogidos, mi gratitud a A. Le indiqué en una palabra que él se reencontraba espontáneamente con la sabiduría de las naciones que postula que el hombre es tonto en la felicidad y divino en las lágrimas.
—Bueno —me dijo A—. Las cosas van mejorando poco a poco. Después de tus elucubraciones sobre todos esos papas Clemente…
—¡Pero es la historia!
—Pues allá ella —respondió—. No tiene ni pies ni cabeza.
—No estaría tan seguro.
—… Y después de tus locuras sobre Marie y sobre ti y sobre sus partidas hacia el sur sin sentido común, tu sufrimiento me calienta el corazón. Me alegro de ver a los hombres por fin buenos para algo que no sea de asquerosa futilidad y ligereza. ¿Sufren todo el tiempo?
—¡Que no! Por supuesto que no. Ya te expliqué que la vida está llena de encantos y que a la mayoría de los hombres les importa tanto como la niña de sus ojos, y con frecuencia más que cualquier otra cosa.
—¿Y qué hacen entre dos sufrimientos? ¿En qué se ocupan los hombres cuando no sufren? ¿Y cuando no duermen? Me imagino que no todos pueden ser papas, filósofos, condestables, lansquenetes o vendedores de paraguas. Me imagino que la obsesión por encaminarse hacia el sur para tomar Roma o por pasearse bajo el sol no es el principal resorte de sus actividades.
—No, no lo es. Los hombres trabajan. Tanto como el oro, o el amor, o la política, o el sueño, o la risa, o el aburrimiento, o todo lo que quieras y que nutre tantos sistemas siempre deseosos y siempre incapaces de resumir el universo, el trabajo es lo propio del hombre.
—Esa sí es novedad. ¿Y por qué trabajan?
—Para vivir. Para comer. Para ganar dinero. Para mantener su lugar en el mundo.
—Qué curioso —me dijo—. ¡Qué fastidio ser un hombre! ¿Tú trabajas?
—Ya no trabajo —le dije con una sombra de humor—. O ya no debería trabajar. Estoy muerto.
—Mejor para ti —me dijo—. Veo decididamente cada vez más ventajas en salir de esta vida plagada de tantas faenas. ¿Pero antes de morir y de conocerme, ayer, trabajabas?
—Por supuesto. Ayer, trabajaba.
—¿Y en qué, por favor?
—En lo mismo —le dije.
—¿En lo mismo que qué?
—Que hoy. Que lo que me haces hacer desde nuestro encuentro en la Aduana de Mar.
—¡Pero si no haces nada! O casi nada: hablas, colocas palabras una tras otra, enhebras ideas a la buena de Dios y las cambias en frases.
—Eso es lo que hacía —le dije—, mientras estaba vivo, antes de volver a hacerlo para echarte una mano.
—¿Es un trabajo?, —me preguntó.
—Lo es. Un tanto cuanto especial. Requiere esfuerzos, exige sacrificios, procura placer, genera dinero. No es imposible que dependa de alguna gracia. Es un oficio. Es un arte. Es casi una vocación.
—Los que hacen la guerra son soldados. Los que navegan son marineros. ¿Cómo se les llama, entre ustedes, a los que hacen lo que hacías?
—Porque se ve claramente que escriben para dejar huella de lo que dicen y de las ideas que les surgen, porque queda claro que pasan su tiempo escribiendo como estoy escribiendo en este momento a la atención de la gente de Urql, se les trata de escritores.
—¿Y piensas que está bien, sobre esta Tierra de la que sales y en la historia de los hombres, haber sido escritor?
—¡Ah!, —le dije—, es según se vea. Escribir es un arte fácil y de pura ejecución.