La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 48 de 64

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La Aduana de Mar

VII. Las frivolidades

—Lo importante, para los hombres, es antes que nada entrar en el mundo. Es nacer. Mientras no hayas nacido, mientras no hayas tomado tu lugar en el espacio y el tiempo —y empieces a saber que el espacio solo es tiempo degradado—, nada está hecho y no hay nada por hacer. Pero apenas has nacido y el circo abre sus puertas. Los farolillos se prenden. El público acude. Hay redobles de tambores. Y el espectáculo empieza. Cada hombre es un poema recitado por el destino. Y todas las vidas de los hombres son números circenses más o menos aplaudidos por la multitud de mirones.

Los hombres, hasta hoy (me pregunto si las cosas no están por cambiar bastante rápido), tienen un padre y una madre. La regla (hay excepciones por supuesto) es que el padre y la madre se preocupen desde el nacimiento mismo por el porvenir de su hijo en el teatro del mundo. Por mucho tiempo establecieron de antemano el papel que en él tendría que desempeñar. No había ni siquiera, en verdad, ningún papel por definir: todo estaba asentado de antemano por el clima, la región, por los demás, por la historia. Y, las más de las veces, el papel del hijo era el mismo que el de los padres. Los hombres no tenían otro destino más que el de su especie. Es por esa razón que la historia por mucho tiempo pareció inmóvil.

Un progreso decisivo se llevó a cabo cuando la marcha de la historia y el cambio de costumbres (decimos con más frecuencia, con ese gusto por el énfasis que nos caracteriza: la evolución de las costumbres) permitieron que los padres se imaginaran sin mucha claridad que el destino de los hijos podría ser diferente al destino de los padres. La libertad superaba la fatalidad. Un paso, un paso más, y les surgió a los padres la audaz idea de que no sería imposible consultar al hijo sobre lo que quería hacer del tiempo que le era acordado para divertirse en el escenario antes de salir del teatro donde acababa de entrar. Un refrán indulgente y siniestro, que es uno de los resortes de la gran novela del mundo, apareció entonces en la larga canción de los padres a los hijos: «¿Qué piensas hacer de tu vida?». Una elección inimaginable hace apenas tres mil años. Un progreso. Un drama.

La mayoría de los niños no tiene la menor idea de lo que quiere hacer más tarde. Y nada más bello, más bello y terrorífico, que los lentos tanteos de los niños, y luego de los jóvenes, en su lucha con la vida. Se le ha dado un nombre a esos esfuerzos y a esos descubrimientos: se les llamó estudios.

La aparición de la escuela, de la universidad, de los estudios es una de las marcas del mundo moderno. Constituyen desde Platón, desde Aristóteles, desde Virgilio y Horacio y desde Carlomagno uno de los temas dominantes del planeta que estudias. Más universales son los estudios, más largos y abiertos son, más se instala el progreso.

—Los niños —preguntó A—, ¿están ávidos de estudios?

—Creo que los detestan. Preferirían hacer como nosotros, es decir, prácticamente nada. Y pasearse por el mundo.

—¡Casi nada!, —exclamó A—. ¡Esa sí que es buena! ¿Y el informe? ¿Lo consideraría, de casualidad, como nada o como casi nada? ¿Crees que el efecto que espero sobre los espíritus, mis colegas, y sobre la población de Urql sea nada, o casi nada?

—Cálmate. El informe es el mundo. El mundo es poca cosa, pero, de seguro, no es la nada. Y el informe tampoco es nada. Poca cosa quizá, pero no nada. Existe, ahí está, y todos los espíritus de Urql tendrán, tarde o temprano, la felicidad de hojearlo. Y bien sé que nuestro trabajo para informar sobre este mundo demanda muchos esfuerzos. Y que es algo así como los estudios de los niños: una atención, una paciencia, una búsqueda infinitas.

—Me alegro —dijo A.

—Pero eres un espíritu puro venido de otro mundo. Y yo, en este delicioso estado, tan cercano al descanso, del aburrimiento, del sueño, del casi nada que llamamos muerte. Los niños están en la vida. Se debaten con ella. Lo que es cruel en la muerte es que todavía se aferra a la vida. La muerte una vez adquirida es más calma que la vida. La vida es un pulpo, un torbellino. Tenemos la suerte, tú y yo, de estar fuera de la vida: nunca la conociste, y está tras de mí. Está por delante de los jóvenes. Tienen que lanzarse en ella como en un océano. Es una formidable aventura. Los atrae, los agita, mueve en ellos esas grandes esperanzas y esos sudores de angustia que nuestras novelas describen. Creo que, muy a menudo, les gustaría aburrirse y pasearse sin rumbo a orillas de los ríos o entre las colinas y mirar a su alrededor y dejarse ir, como nosotros, por encantos puros del ser. Pero tienen que aprender a escoger sus frivolidades.

—¿Cuáles frivolidades?, —preguntó A.

—Pues el dinero, las finanzas, la administración, el ejército, el clero, la música, el balón redondo, la aventura, la arqueología, la pintura, las obras públicas, la política, el robo de bolsas, la cocina, la teología y todo lo demás de ese tren fantasma, de esa galería de espejos y de esas montañas rusas que llamamos el mundo. Los hombres, mi querido A, tienen que hacer algo de su vida. Y si vacilan en escoger, se les obliga por la fuerza. Por un decreto divino y humano a la vez, tienen que ponerse a trabajar. Las religiones lo exigen, los gobiernos lo imponen, la sociedad lo reclama, el egoísmo lo aconseja. Y si se niegan, se les impide vivir. Se les alimenta si trabajan. Se les viste si trabajan. Se les protege del frío si trabajan. Se les honra si trabajan. Y, por un sistema de maravillosa sutilidad, se les da dinero a cambio de su trabajo para que se alimenten, se vistan, se alojen para así volver mejor al trabajo.

Algunos, de entre los hombres, viendo el papel del trabajo en la historia y el papel del dinero en el trabajo, cortaron por lo sano: giraron alrededor del dinero para que el dinero girara alrededor suyo. Se volvieron banqueros, usureros, prestamistas, financieros. Hicieron inmensas fortunas que les permitieron ocuparse de la música y de las bellas artes, o quedaron arruinados y a menudo se suicidaron colgándose de una viga, tirándose de un tren o abriéndose las venas cuando el barco cargado de especias había naufragado antes de entrar a puerto o la bolsa se venía abajo. Se ha visto a jugadores pegarse un tiro en los jardines de Monte Carlo porque el 6 o el 24 se habían tardado en salir. Pero la mayoría de los hombres no son jugadores. Bajan a las minas, construyen coches, venden quesos, sombreros, bicicletas, hacen crecer el trigo, papas, viñedos, navegan por el mar. Es poco frecuente que hagan fortuna. Una extraña regla los guía: entre más duro es el trabajo, menos dinero ganan.

—Ya me habías hablado del trabajo y me costaba trabajo comprender lo que trabajar significaba. Los espíritus no trabajan. Se necesita, para que haya trabajo, que haya una historia y cuerpos. No tengo historia, no tengo cuerpo. Entiendo bien que el trabajo es una suerte de maldición y que es el corazón y el final de los hombres. ¿Quizá pudiéramos indicarles a los espíritus de Urql que el tiempo ha hecho a los hombres y que los hombres hacen su trabajo?

—Es del todo cierto que el trabajo es una maldición. Hay una primera maldición: es el nacimiento. Hay una segunda maldición: es el trabajo. Hay una tercera maldición: es el sufrimiento y la muerte. Pero una vez que el mundo y la historia iniciaron su carrera, el viento se pone a cambiar, la maldición se regresa. La peor maldición es el no nacer en este mundo, tan lleno de sol y de belleza que el más miserable de los hombres es menos compadecible que los espíritus…

—¿Incluso los espíritus de Urql?, —preguntó A.

—Incluso los espíritus de Urql —respondí—: no conocen la Aduana de Mar, no han visto a Marie, nada saben de la historia, de los petirrojos, de los torrentes de montaña, de la bahía de Pedi, del descubrimiento de la imprenta, de la batalla de Waterloo vista por Fabrice del Dongo, todo ignoran del olivo, del calor, del azul, de la canción de Barberine, no se han bañado en el mar.

—Tendrán el informe —hizo notar A.

—Me temo que el informe les dé de este planeta solo una idea imprecisa y una imagen bastante borrosa. No sentirán ni la felicidad de levantarse de mañana para irse a pasear bajo los pinos ni la vergüenza y la pena que forman parte de ese mundo y de su belleza sin igual. Ese mundo tan bello es tan cruel que la peor maldición, después de no haber nacido, sería no morir. El primero de esos derechos del hombre con que los tiempos modernos nos machacan es el de irnos y dejar esta máquina redonda que tanto hemos amado. Todos los hombres, gracias a Dios, tienen el derecho de morir. Pero antes de partir hacia esas verdes praderas del alma en la que nos debatimos, la peor de las maldiciones, para los hombres de esta Tierra, es verse negar un trabajo cuya necesidad, sin embargo, es ya una maldición que todo el esfuerzo de la ciencia, durante siglos, consistió en conjurar.

—¡Qué horror!, —exclamó A—. Tres o cuatro veces ya me has contado cosas odiosas que me hicieron decir: ¡Qué horror! Y vuelves a hacerlo y me explicas a lo largo, con tono más sólido, que en este mundo sin pies ni cabeza todo es maldición: nacer y no nacer, morir y no morir, trabajar y no trabajar. ¿Por qué faltaría trabajo? ¿No hay que, en su Tierra, ya que los hombres tienen la desgracia de estar flanqueados de un cuerpo, hacer crecer legumbres y cortar ropa y construir casas?

—Bien sabes que el mundo es un sistema o una consecución de sistemas, y todos los sistemas se descomponen. Llega un momento en que el trabajo, en vez de producir dinero, empieza a costar. Entonces el trabajo ya no tiene sentido. Y se les niega a los hombres.

—¿Quién se los niega?, —preguntó A.

—Pero ¿quién crees que sea? El sistema, claro. Y también otros hombres, claro.

—Me temo que el informe —suspiró A— le propine un golpazo a la moral de los espíritus de Urql. Pensarán que el mundo no sirve más que para ser tirado al fuego.

—¡Oh no! Lo sabes bien, lo ves bien: el mundo es bello. Los hombres están locos por la vida. Están felices de haber nacido. Tienen miedo de morir. Se encariñan con lo que hacen. E, incluso cuando ya no tienen, siguen soñando con ese trabajo que solo es maldición. Encontraron un nombre para ese surco que, persiguiendo el surco legado por los de antes, preparando el surco de los que vendrán después, ocupará toda su vida: lo llaman carrera.

—¿Una carrera?, —repitió A con una especie de estupor.

—Tienen carreras de ingeniero, de soldado, de abogado, de marinero, de obrero, de empleado, de diplomático, de minero, de fontanero, de enfermera, y cuando terminan su carrera les dan medallas.

—¿Te estás burlando de mí?, —dijo A—. ¿Frivolidades y más frivolidades?

—Les gustan —afirmé—. Porque tanto como pan, ropa, casas, los hombres necesitan perderse en algo, y quizá en lo que sea que los rebase un poco. Por dinero, por supuesto. Y por más que dinero. No es del todo seguro que no haya en el trabajo como un oscuro impulso hacia una forma de salvación. El dinero es algo accidental en la historia, y más reciente todavía que la música, la pintura o la literatura. Y cuando las carreras generan muy poco dinero, se habla de vocación. Ser sacerdote es una vocación. Curar a los demás es una vocación. Hacerse matar es una vocación. Ser pintor es una vocación. Ser músico es una vocación. Escribir libros es una vocación.

—¿Y el informe?, —preguntó A.

—Me temo —dije riéndome— que sea una vocación. Ni siquiera estoy seguro, escuchándote, de que la gloria que me prometiste espere verdaderamente mi nombre en las asambleas de Urql, que solo verán delirio, y quizá tengan razón, en la historia que les cuento. Es necesario sin embargo que comprendas que este mundo tan complicado es más sencillo de lo que crees. Hay una felicidad del esfuerzo, del valor, del trabajo cumplido. El campesino en su campo, el marinero en la mar después de las noches de invierno, el contador con sus cuentas, el comerciante en su tienda: el hombre después de su trabajo está feliz como una lombriz.

—Me alegro por ustedes —dijo A.

—A diferencia de los espíritus venidos de Urql…

—Soy yo —indicó A.

—Sí, eres tú… los hombres se interrogan muy poco sobre el espacio y el tiempo, sobre el ser, sobre su muerte. Están atrapados en sus frivolidades. Las frivolidades se los llevan. Les sirven de pasión y les sirven de olvido. Es una salvación irrisoria, pero una salvación de todos modos. Lo importante para ellos es que una prenda tenga buena caída, que el barco llegue a puerto, que la mesa no se tambalee, que el carbón sea extraído de las minas a las que se va a buscar, que el coche pueda andar, que la pintura sea bella, que el libro sea terminado. Los mejores de entre ellos darían la vida por su trabajo. Los soldados se hacen matar en los campos de batalla, los marineros se hunden con sus barcos, los revolucionarios son fusilados al alba con sonrisa en los labios y los poetas mueren de hambre. Esa es la vida. Es muy sencilla.

—¡Bueno!, —dijo A—. Basta de bromas. ¡El informe! Habrá que ponerme todo esto en orden. Está hecho, a pesar de todo. Se trata de recortar. Y de solo guardar las grandes líneas.

Puse la cabeza entre mis manos.

—Quizá podríamos considerar algo como: «Los hombres pasan de la nada al espacio y al tiempo para arreglárselas como puedan en el mundo en el que cayeron, antes de salir de nuevo del espacio y del tiempo hacia destinos desconocidos».

—Me imagino —dijo A levantando los ojos al cielo—, que mis colegas me interrogarán sobre «arreglárselas como puedan». Sus «destinos desconocidos» no los sorprenderán en lo más mínimo. Sobre ese tema, al menos, saben bastante. Pero «arreglárselas como puedan en el mundo en el que cayeron» les parecerá muy extraño. ¿Qué podría contestarles?

—Espera un momento.