La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 3 de 64

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La Aduana de Mar

II. Presentación de la Tierra a un espíritu venido de otra parte

II. Presentación de la Tierra a un espíritu venido de

otra parte

—Creo que lo más sencillo —le dije a A encima del Arsenal y de sus leones de piedra— sería que me hiciera preguntas.

—No lo creo. Solo se pueden hacer preguntas sobre un sistema del que ya se sabe algo. Lo que no se conoce en absoluto, no se entiende en absoluto. Usted no sabría siquiera qué preguntarme si llegara con nosotros. No sé qué preguntas hacerle sobre su Tierra. Mejor explíqueme cómo funciona esto por aquí.

Indiqué primero que mi ignorancia tenía la medida de mi buena voluntad, que tenía la dimensión de una enciclopedia, y que los riesgos de error rebasaban todos los límites. Luego, que la Tierra era redonda, o que tenía forma de melón, lo cual no le sorprendió en lo más mínimo, que giraba alrededor del sol en un año y alrededor de sí misma en un día, que la luna giraba alrededor de la Tierra en algo así como en un mes. Y que había vida sobre la Tierra. La vida lo sorprendió mucho.

—Todo lo que me ha explicado sobre los movimientos de la Tierra, del sol, de la luna, puedo comprenderlo. Todo se mueve por todos lados en los espacios de allá arriba, la mayoría de las veces muy rápidamente, y algunas veces en redondo, o más o menos en redondo. Un círculo es para todo espíritu la imagen de la simplicidad y de la perfección. Lo que no entiendo es la vida.

Dudé un instante. Mi situación no había tardado en volverse difícil.

—¿Sabe lo que es el tiempo?, —le pregunté.

—Lo adivino.

Respiré, aliviado. Qué suerte.

—Claro —prosiguió—. Yo que podría, en su Tierra, estar en todos lados a la vez, tardé mucho tiempo en llegar de Urql.

—Bravo: ese es el meollo del asunto. Las cosas aquí no se dan todas al mismo tiempo. Se suceden unas tras otras y somos llevados por un flujo invisible y sin embargo invencible que la naturaleza o la Providencia dividió en días y en noches, en meses gracias a la luna, en estaciones, en años, y en los que introducimos, para que sirvan de referencia a nuestra razón y a nuestra memoria, periodos y ritmos, semanas, horas, relojes, fiestas, efectos y causas, esperanzas y recuerdos. Si usted hubiese ignorado lo que es el tiempo, yo hubiera estado en aprietos: no hubiera sabido qué decirle. Nada es más sencillo que el tiempo mientras nos importe un pepino. Nada es más inexplicable si nos ponemos a ocuparnos de él. Ese misterio más claro que el agua, esa evidencia en forma de abismo, de laberinto, de paradoja, está al principio y en el centro de todo. Y donde hay tiempo, hay historia.

Me detuvo enseguida. Comprendía lo que era el tiempo. Ignoraba lo que era la historia, que es la vida mezclada al tiempo.

—La historia —dije— es cuando las cosas cambian con el tiempo.

—¡Qué sorpresa! ¿Con ustedes, las cosas cambian?

—Solo eso hacen. Y siguen siendo las mismas. Permanecen y cambian. Son imprevisibles y sin embargo necesarias.

Me escuchaba con recelo. Ya me estaba enredando. Tuve el desagradable sentimiento de que me tomaba por un loco o por un imbécil.

—Qué extraño es su mundo… —repetía con estupor—. Qué extraño es su mundo.

Me puse a contarle, a grandes rasgos —y el relato nos tomó tiempo—, la interminable historia del tiempo. Sobrevolábamos Grecia, Persia, China, India, y trataba de explicarle mal que bien que del Big Bang —lo conocía— había salido la materia, que de la materia había salido la vida y que de la vida había salido el pensamiento. Y que ese tan largo camino había llevado hasta mí. Todo eso lo excitaba y lo divertía prodigiosamente.

—¡Qué divertido!, —exclamó—. Y tan inverosímil.

Le acepté que la vida está llena de imprevistos y de imaginación.

—¿Y la muerte?, —dijo.

—Es lo contrario de la vida, y la misma cosa, por supuesto. La muerte es inseparable de la vida. La vida está ligada a la muerte. Todo lo que está vivo morirá. Todo lo que está muerto vivió. Solo he vivido para morir y me volví un muerto porque era un viviente. Los vivos son los que mueren. Pero la vida sigue. Lo que está vivo desaparece y la vida prosigue.

Me creía a medias. Le parecía que yo era divertidísimo. Pensaba que estaba inventando para divertirlo, que decía cualquier tontería.

—¿Entonces usted estaba vivo?

—Ya se lo dije: lo estaba. La vida surgió en mí o, más bien, surgió en ella. Pertenecí a esa aventura en la que la muerte es ley y que llamamos vida.

—¡Qué horror!

—No se crea —le dije sobre alguna parte bastante alta, entre el Indo y el Ganges—. A los vivos no les importa nada en más alto grado que la vida.

—¿Y usted se murió?

—Me morí. Es lo que me permite tener el honor de entrevistarme con usted. Si todavía estuviese vivo, estaría enredado en un cuerpo, preso del espacio y del tiempo, encerrado en ese mundo que se extiende ante nuestros ojos…

—¿Ante nuestros ojos?

—Es por decirlo así. Perdóneme. Es por la fuerza de la costumbre… Me complace tanto su compañía que olvido que estoy muerto. Cuando era un viviente, tenía una piel, una boca, dos orejas, una nariz. También tenía ojos.

—Ojos… —murmuró A—. ¡Increíble!

—Toda esa sorprendente y frágil parafernalia era cómoda para ver, para oír y para multitud de otras cosas de las que quizá le hable otro día y que a menudo eran agradables. Muchos vivos estiman que vivir es una labor sin igual. Pero no les es permitido comunicar directamente de pensamiento a pensamiento, ni de espíritu a espíritu.

—Mucho me cuesta seguirle el hilo y arreglármelas con lo que me dice. El mundo de los espíritus es tan sencillo. El de la vida es tan complicado. Muchas cosas sobre su Tierra todavía me parecen muy oscuras. Imagino la vida, según lo que me dice, como una especie de masa gelatinosa y más molesta que cualquier otra cosa. ¿Cómo se organiza? ¿Cómo hace para actuar? ¿Cómo los vivos, por ejemplo, se distinguen de la vida? ¿Se juntan todos entre ellos o se diferencian los unos de los otros?

De pronto me vi al borde del abismo. ¿Tendría que iniciar una disquisición general sobre la historia de la vida y de la evolución? Me parecía prematuro hablar de Darwin, de Crick, de Watson y de algunos más sobre los que prácticamente no sabía nada a un espíritu venido de otra parte y que apenas conocía. Me las arreglé como pude.

—Hay en el seno de la vida, que es una poderosa fuerza y de alguna manera colectiva, singularidades autónomas que funcionan por sí mismas, o que creen, más o menos, funcionar por sí mismas. Tenemos un nombre para ellas: las llamamos individuos. Después de todo, usted es un espíritu singular en el seno del pensamiento universal. De igual manera, yo era un vivo en el seno de la vida.

—¿Son los individuos los que mueren y la vida la que prosigue?

—Nunca mejor dicho, murmuré agotado pues hacía poco que me había vuelto espíritu y la prueba había sido ruda. Nada le hizo falta al mundo cuando dejé de vivir. O tan poca cosa. La vida sobrevive a los vivos.

Mi súbito cansancio no pasó desapercibido para A.

—Si el pensamiento es un efecto de la vida, la vida un efecto de la materia y la materia un efecto del Big Bang, vaya largo camino el que ha recorrido.

—Un largo camino —dije.

—Cumplió con un trabajo que no da pie a risa.

—Por personas interpuestas —le precisé con modestia.

—¿La vida de cada uno de los vivos es tan fatigosa como la vida en general?

—Apenas menos —le confesé—. Hay que levantarse todas las mañanas.

—¡Ah!, —dijo después de un momento de silencio—. Estará muy contento de estar muerto.

También me callé.

—Amaba a Marie —le dije.