La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 59 de 64

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La Aduana de Mar

XVIII. Una temporada en el infierno

—Eres un idiota —me dijo A—. Pero te quiero mucho. También quiero mucho a Marie. Vale más que tú. Quiero mucho a Hortense Allart y a Juliette Récamier. Quiero mucho a tu vizconde, y a Rancé, y a Musset, e incluso a Sainte-Beuve y a Molé, con quien no se querría comer todos los días. Quiero mucho a George Sand. ¿Pero por qué rayos no me cuentas su historia?

—Por una sola razón. Y siempre por la misma. Porque te cuento de los hombres. Y te cuento su historia. Lo que hacen, lo que los agita, lo que temen, lo que anhelan. No hay nada mejor, para ilustrar a los hombres, que el ejemplo de madame Sand. Es libre y virtuosa…

—¿Virtuosa?, —preguntó A.

—Perfectamente. Virtuosa. Ama la vida y es infeliz. Cuando muere…

—¿Muere?

—No seas imbécil. Cuando muere, el 8 de junio de 1876, Hugo envía un mensaje: «Lloro a una muerta y saludo a una inmortal… ¿La hemos perdido? No. Las grandes figuras desaparecen, pero no se desvanecen… La forma humana es un ocultamiento. Enmascara el verdadero rostro divino, que es la idea. George Sand era una idea; está fuera de la carne, hela libre; está muerta, hela viva».

Flaubert y Renan asistían al entierro. A Flaubert le pareció muy bello el texto de Hugo. Renan declaró que era estúpido y que era un montón de lugares comunes. En el momento en que el cuerpo de la autora de Lélia era colocado bajo tierra, un ruiseñor se puso a cantar. Flaubert le escribió a su amigo Turguénev: «La muerte de la pobre vieja Sand me apenó infinitamente. Lloré en su entierro como Magdalena… ¡Pobre querida gran mujer…! Había que conocerla como la conocí para saber todo lo que era femenino en el gran hombre, la inmensidad de la ternura que se hallaba en su genialidad».

—Háblame algo de Turguénev —me dijo A.

—Turguénev era el amante de Pauline Viardot, que era la hermana de Malibran. Cuando Turguénev…

Me detuve en seco.

—¿Cuándo Turguénev…?, —preguntó A.

—No, no puedo. Esta vez, francamente, ya no tenemos tiempo. ¿Cómo hablarte de Turguénev sin hablarte de Flaubert, su amigo, gigante entre los gigantes? ¿Cómo hablarte de Flaubert sin hablarte de Louise Colet?, que había escrito, bajo el título de Lui, un detestable libro sobre las aventuras de Musset y de Sand y que había sido amante del filósofo Victor Cousin (Du Vrai, du Beau et du Bien), de Musset mismo y del autor de La educación sentimental antes de serlo de Alphonse Karr, a quien finalmente intentará apuñalar y expondrá el puñal en casa, adornado con una inscripción:

Dado por la espalda

por

Mme Louise Colet

¿Cómo hablarte de Flaubert sin hablarte de Maxime de Camp, su más íntimo amigo, su compañero de viaje en Grecia y en Egipto, donde ambos pasaron una noche de excesos, a orillas del Nilo, con la cortesana Kuchiuk-Hanem, una criatura grande y espléndida cuyo duro pecho tenía olor de trementina azucarada, y donde no dejaba de planear por encima de sus cabezas y de lo demás la amenaza del resfriado de calzón? Sin hablar de Louis Bouilhet, su compañero de toda la vida, autor de algunos versos cuyo eco, gracias a ti, llegará quizá hasta Urql:

Se está más cerca del corazón cuando el pecho es plano

O:

Tu lámpara solo encendió tomando mi llama, Como el gran convivio en las bodas de Caná, Cambié en vino puro lo insípido de tu alma, Y fue un festín para asombro de todos. Nunca fuiste más en tus días extraños

Que un banal instrumento tocado con mi arco. Aire vibrante en el hueco de la guitarra,

Hice cantar mi sueño en tu corazón vacío(39).

—¿De verdad?, —preguntó A—. ¿Para Urql?

—Lo dudo un poco. Pero de todo se necesita para hacer un mundo y hay un encanto de lo peor y un hastío por lo mejor. Quizá hubiera sido preferible que no cediera ni a uno ni al otro y conformarme con permitirte, para que te los lleves contigo, el relato de la vida de Régulo o de San Francisco de Asís, el croquis de las maniobras de Alejandro Magno en Issos o en Erbil, de César en Farsalia, de Napoleón en Austerlitz, el Sermón de la montaña, Las bodas de Fígaro, una o dos vírgenes italianas y algunas manzanas de Cézanne, un diálogo de Platón y un manojo de versos de Racine, de Verlaine, de algunos otros:

Hazme beber en el hueco de tus manos

Si el agua no disuelve la nieve (40).

O:

El alma plena de amor y de melancolía, Acostado sobre flores y bajo naranjos, Mostré mi herida a los dos mares de Italia

Y pregoné tu nombre a los ecos extranjeros(41).

O:

Te amaba inconstante, ¿qué habría hecho fiel?(42)

O:

Esos días, para mí tan largos, le parecerán demasiado

breves(43).

O:

Todos los días amanecían claros y serenos para ellos(44).

O:

Llego cubierto aún de rocío

Que el viento matinal hiela en mi frente. Le doy mi fatiga que a sus pies deposito

Para su alivio en ese preciado instante. En su joven pecho deje rodar mi testa, Al son que recuerda sus últimos besos, Y que se aleje de la gran tormenta.

Haga que yo duerma mientras sus descansos (45).

Pero ya que empecé hablándote de paraguas, de la Piazza Campitelli y de las pasiones de los hombres, no puedo, ahora, ni proseguir ni detenerme. ¿Cómo no hablarte de Lucrecia Borgia, hija de papa, y de su hermano César, que mandó estrangular a su marido ante sus ojos? ¿Cómo no hablarte de esos soberanos de Egipto que se desposaban con sus hermanas por orden de sus dioses o, quizá, no se sabe, para reunir todas las tierras en unas solas manos y para asentar mejor su poder? ¿Cómo no hablarte de los asesinos y de sus geniales ardides, de los viajeros del Himalaya o de los Alpes, de los héroes y de los santos que saben morir así como reír y, por un misterio insondable y sin embargo luminoso, prefieren a los demás que a sí mismos? ¿Y cómo hablarte de ellos, ya que nos falta tiempo?

—Acaba al menos la historia de Musset y de Sand… —sugirió A.

—¿Por qué no? Esa u otra…

—Lo sé —gruñó A—, lo sé: siempre es lo mismo. Pero hay como un encanto en ver a los hombres debatirse entre las pasiones que los agitan y el tiempo que los construye antes de destruirlos.

—A tus órdenes. A tus órdenes hasta el final. París solo hablaba de Lélia. La prensa se desató en contra de la obra de George Sand. El libro no valía mucho, pero no merecía tanto honor ni gritos indignados. Le Figaro del 18 de agosto de 1833 solo tenía cuatro páginas. Le consagró a Lélia, ¡vaya sueño para un novelista!, la totalidad de su primera página y la mitad de la segunda. Era para hacerla pedazos. «Léila», decretaba Le Figaro, «hace que se sonroje hasta las rodillas». En otro periódico, un tal Capo de Feuillide comparó la novela con «un libro de monsieur Sade» del que se negaba, por pudor, a ni siquiera citar el título. «El día en que abra Léila, enciérrese en su despacho para no contaminar a nadie. Si tiene una hija de la que quiera que el alma permanezca virgen e ingenua, mándela a jugar al campo con sus compañeros». Y, después de haber pronunciado los nombres de George Sand y de su heroína, exigía un carbón ardiente para purificarse sus labios.

Esos incidentes, esos comadreos no tienen la más mínima importancia. ¿Qué hacen los enamorados?

—¡Parten!, —recitó A—. Y de preferencia hacia el sur.

—¡Bravo! George Sand y Musset se fueron a Italia el 12 de diciembre de 1833. Se dice que una dama con velo rindió visita, una noche, a madame de Musset madre: era George Sand quien, repentinamente presa de escrúpulos, venía a arrancarle el permiso de llevarse a su muchachote, con ella, a Italia. La Sra. de Musset habría vertido algunas lágrimas antes de terminar por ceder.

El día de la partida, George había cambiado su velo por un pantalón gris perla, botas de cuero de Rusia y un gorro de terciopelo con borlas. La cosa no empezaba bien. El baúl que se llevaron para Lyon en el patio del Hotel des Postes era el decimotercero del día. En el momento de la partida, se enganchó con un poste y tiró a un aguador. En Lyon, tomaron un barco que bajaba por el Ródano hasta Aviñón. Y a bordo del barco había otro pasajero con el que entablaron conversación sin excesivo fervor y que no era más que el propio Stendhal.

—Creo que exageras —me dijo A— para divertirme y darme gusto, para darles a los espíritus de Urql una bella idea de tu mundo.

—De ninguna manera. Así es la vida. Los dos amantes dejaron que Stendhal prosiguiera su viaje por carretera y fueron a Marsella. George Sand se tomó su tiempo para escribirle una nota a Boucoiran, el preceptor de los niños, para que pusiera a salvo de las miradas indiscretas, y sobre todo de las investigaciones de su marido, las cartas, probablemente comprometedoras, que había dejado en desorden en su escritorio del 19 quai Malaquais. Y después se embarcaron hacia Génova.

Mientras George miraba el mar y fumaba en la cubierta, Alfred, en su camarote, cayó horriblemente enfermo.

George está en la cubierta de arriba

Fumando su cigarro.

A Musset, bizarro,

Le duele la barriga.

En Génova, luego en Florencia, fue al revés: George, que tenía que terminar una novela para Buloz y, poniendo furioso a Musset, trabajaba ocho horas por noche en su cuarto de hotel, fue víctima de fiebre y de diarrea. Mitad por culpa de su trabajo, mitad por culpa de su enfermedad, se le rehusó a Musset. Le dijo de todo: el aburrimiento en persona, la soñadora, la bestia, la religiosa. Ella lo incitó a hacer como ella, y a trabajar en una obra de teatro de la que había tenido la idea y que se convertiría en Lorenzaccio. Entonces, exasperado, fue de bar en bar y de chica en chica, que nunca faltan en ninguna parte.

En Florencia, George Sand fue a ver el Perseo de Benvenuto Cellini…

—¡Ah! ¡Dios mío!, —exclamó A—. Benvenuto Cellini…

—… Y las estatuas de Miguel Ángel que representan el Día y la Noche, el Alba y el Crepúsculo, la Acción y la Contemplación en la capilla de los Médicis de la iglesia de San Lorenzo. «Me parecía, por momentos», escribe, «que también yo era estatua». Dudaron, en Florencia, entre Venecia y Roma. Un cara o cruz decidió el resto de su viaje. Venecia ganó. Entraron en góndola a la ciudad de los dux y en la bahía de San Marcos. La luna iluminaba los domos de la vieja basílica agobiada por los siglos y el palacio ducal, aéreo y macizo. George no se sentía bien. Monsieur de Chateaubriand acababa de dejar la ciudad de palacios rosas y blancos donde iban a esconder su amor ya marchitándose antes de haber nacido y donde él, para ganarle al recuerdo de lord Byron, había brillado espléndidamente en los salones rivales de madame Albrizzi y de la condesa Benzoni antes de grabar para siempre sobre la arena del Lido, donde las olas, una a una, las borraban en vano, las bien amadas dieciséis letras del nombre de Juliette Récamier.

La góndola los llevó hasta la riva degli Schiavoni y fueron al Danieli. Se les asignó un cuarto con maravillosa vista sobre la isola di San Giorgio y sobre la Aduana de Mar. Era el cuarto número 13. George estaba en un grito. Alfred quería salir y pasearse por Venecia, que había soñado desde hacía tanto tiempo. Lo agitaban esos sentimientos violentos y a menudo contradictorios que se apoderan de las almas de los hombres y que los hacen castigarse castigando a los demás. Se acercó a la cama donde yacía su amante, se inclinó sobre ella y le dijo:

—George, me equivoqué, te pido perdón, pero no te amo.

—¡Uy, uy, uy!, —exclamó A.

—El infierno empezaba. Alfred iba de teatro en teatro, iba tras las actrices, las bailarinas, por los burdeles con el cónsul de Francia que le servía de guía. George oía desde su cama los rumores de Venecia. No tenía fuerzas para ir hasta la ventana que daba sobre tanta belleza. Una noche, sin embargo, o más bien una mañana, la situación dio un nuevo vuelco. George se había restablecido y Alfred volvió con el rostro bañado en sangre: se la había pasado peleando buena parte de la noche. George debió acostarlo. No volvió a levantarse: una fiebre, tifoidea quizá, una especie de delirio y de locura se había apoderado de él y quería matarse. George mandó llamar al médico que ya la había tratado cuando Alfred frecuentaba los antros y a las chicas de la Fenice. Se llamaba Pietro Pagello. Tenía veintiséis años. Ella le hablaba de Musset como de la persona que más amaba en el mundo y le confió su angustia al verlo en ese estado.

El resto, todo lo que seguirá, ya lo adivinaste. Miles de libros y de artículos han sido redactados sobre los amantes de Venecia. Se distribuyeron sus retratos. Se rodaron películas sobre ellos. Unas los ponían por las nubes, otras los condenaba como siendo la imagen misma de la decadencia y de la depravación. Unos tomaban partido por Él, los otros la defendían, a Ella. Durante noches y noches de delirio y de convulsiones, George Sand y Pagello cuidaron de Musset con devoción. Pagello admiraba al poeta del que había leído algunas páginas. Ella llevaba un corbatín, un cuello blanco a la Byron, y salía al balcón para fumar un puro. De noche velaban juntos por el enfermo dormido, intercambiaban a media voz algunas palabras italianas y sus manos se rozaban. Alfred, en su delirio, creyó ver a George y a Pagello tomar su té en la misma taza y chorros de tinta de todos los colores rodaron en esa taza. Pagello tenía amantes. George era la amante del enfermo de Pagello. Pero, una noche, como las penas son un proxeneta, agotada por el cansancio y la angustia, George tuvo ganas de Pagello. Una noche en que Musset dormía, George se puso a escribir una larga carta que solo estaba hecha, a su vez, de jadeantes delirios y de interrogaciones: «¿Y tú, cómo amas?… ¿Será para mí un apoyo o un amo?… ¿Sabrás por qué estoy triste? ¿Conoces la compasión, la paciencia, la amistad? Quizá te hayan criado en la convicción de que las mujeres no tienen alma. ¿Sabes que tienen una?… ¿Seré tu compañera o tu esclava? ¿Me deseas o me amas? Cuando tu pasión esté satisfecha, ¿sabrás agradecerme? Cuando te haga feliz, ¿sabrás decírmelo?… Cuando tu amante se duerme en tus brazos, ¿permaneces despierto para rezarle a Dios y para llorar?… No aprendas mi idioma… Quisiera no saber tu nombre.»… Tomó las hojas que acababa de escribir durante una hora en una especie de rabia, las metió en un sobre y se lo tendió a Pietro.

—Pero… —balbuceó Pagello— ¿para quién es?

Entonces George, con un movimiento mucho mejor logrado que la carta entera, le arrancó el sobre de las manos y escribió de un trazo: «Para el estúpido Pagello».

—¡Uy, uy, uy!, —dijo A, volteándose, con un suspiro casi inaudible.

—No hay otra historia. Hay otras versiones, pero siempre es la misma historia. Puede tomar otras formas, siempre cuenta lo mismo. La versión de los amantes de Venecia es más o menos perfecta en su complicación y en su sencillez. Es por ello que tantos libros les fueron dedicados y es por ello que el nombre de Musset y el nombre de George Sand no serán olvidados mientras haya hombres para gustar de las historias.

—Hay otras historias —protestó A—: tú me enseñaste eso.

—Una multitud de historias, donde caben el azar, el valor, la ambición, la venganza. Pero antes que nada dos tipos de historias porque hay dos grandes pasiones para agitar a los hombres: el saber y el amor. Está el saber que se extiende sobre el mundo y que lo penetra y lo transforma poco a poco; y está el amor entre los hombres, del que es inútil decir nada porque ya sabes que es el corazón y el sentido de la vida. Están los sabios y los enamorados.

Lo demás ocupa a los hombres, pero no tiene importancia. El poder, las batallas, el comercio, el dinero, la vanidad, la glotonería… No pondrás en el informe a un gran capitán o a un director de alguna administración central muy por encima de un cocinero: es el prestigio de la casa y la comodidad, que no valen ni el menor gesto de caridad hacia los demás o de curiosidad ante el orden del mundo. También ves que lo que los hombres llaman el arte se sitúa en alguna parte entre la ciencia y el amor y aúna uno y otro. Hay saber y amor en La batalla de San Romano o en la Misa de la coronación, en las bailarinas de Degas, en Las memorias de ultratumba, en En busca del tiempo perdido, en la Présentation de la Beauce à Notre-Dame de Chartres.

—¿Y en el informe?, —preguntó A.

—¡Ah!, no sé. Quisiera que contuviera para uso de la gente de Urql todo el saber de los hombres y todo el amor del mundo.

Musset terminó por aliviarse, gracias a los cuidados de su amante y del amante de su amante. Vivieron en Venecia algunas semanas, los tres. Alfred había lastimado a George. Ella se vengaba de él a través de Pagello. Los sentimientos de los hombres son blanco y negro. Oscilan sin fin entre el todavía no y el ya no más, entre el no sé qué y el casi nada, entre la sombra y la luz, entre la evidencia y la contradicción: flotan en la incertidumbre al modo de los quanta. Alfred ya no amaba a George y la amaba todavía. George amaba a Alfred y amaba a Pagello. Pagello no sabía, admiraba al poeta, tenía ganas de la dama y se dejaba.

El 29 de marzo, repuesto, todavía enfermo, heroico, algo cobarde, Alfred de Musset dejó Venecia para ir a París. Le confió George al amor de Pietro. George lo acompañó en góndola hasta Mestre. Y luego volvió a echarse a los brazos de Pagello, que la esperaba en la Piazzetta. Y hablaron de Musset, que había sufrido entre ellos dos, que los había hecho sufrir y que habían, a cambio, hecho sufrir a su vez.

George, que ya no tenía un centavo, se instaló en casa del médico. Pagello, que era pobre, recorría dos leguas a pie para ir a recoger flores en los jardines de los suburbios y hacer un ramo que le ofrecía a su amante. George trabajaba incansablemente para conseguir algo de dinero de La Revue des Deux Mondes y de su director. Todavía le daba tiempo de trabajar con la aguja, de coser cortinas y de decorar, con su acostumbrada energía, la morada del médico: tenía, dijo con lindura monsieur André Maurois, el adulterio casero. ¿Cómo es que disponemos de esa multitud de detalles sobre la vida veneciana de George y de Pagello? Es que ella contaba sus nuevos amores en cartas de amor a su antiguo amante.

George le escribía a Alfred. Alfred le escribía a George. Era sublime y ridículo. Pasajes enteros que exaltadas damas y jóvenes fuera de sí aplaudirían hasta la locura, durante dos o tres siglos en las salas de espectáculos enardecidas («He sufrido a menudo, me equivoqué algunas veces, pero te amé. Yo fui quien amó y no un ser ficticio creado por mi orgullo»), salen de las cartas intercambiadas entre George Sand y Musset en tiempos en que ya no se amaban y en los que todavía se amaban.

Los amores desvanecidos alimentaban esos intercambios de los que surgía, más fuerte, un amor renaciente. «Me dijiste que me fuera», escribe Alfred, «y me fui; me dijiste que viviera, y viví». «Adiós, adiós ángel mío», escribe George. «Adiós pajarillo mío». «Todavía te amo de amor», escribe Musset. «Te creíste mi amante, solo fuiste mi madre». «Que haya sido tu amante o tu madre», responde George, «poco importó. Sé que te amo, y eso es todo».

Musset le contaba a George que se había dado de nuevo a la vida de placer de la que ella había querido sacarlo. «¡Oh! Te lo ruego de rodillas», suplicaba George Sand, «¿todavía nada de vino, todavía nada de chicas? ¡Es demasiado temprano!». «Hábleme de sus placeres», replicaba Musset. Y tachaba las palabras, y garabateaba. «¡No, eso no!».

El 24 de julio de 1834, George Sand, a su vez, dejaba Venecia para ir a París. Iba flanqueada por Pagello, que le escribía a su padre: «Estoy en la última etapa de mi locura… Mañana parto a París, donde dejaré a la Sand».