La Aduana de Mar
Tercer día
Vaya que recordaremos este planeta.
BARBEY D’AUREVILLY
I. El hostal Gran Velo
—El mundo es una triste broma y un oscuro resplandor que llamamos realidad. Los hombres lo habitan y no le entienden nada. No eres el primero, ni el último, en cuestionarte sobre su historia, sus misterios y su sentido. El pensamiento sale del mundo y lo engloba. El mundo hace el pensamiento, el pensamiento hace el mundo. No habría pensamiento si no hubiera habido materia, un sol, océanos, algas, primates y hombres. ¿Habría un mundo si no hubiera pensamiento? Nada agota el mundo y nada agota el pensamiento. Los hombres se divierten y lloran, son tejedores y panaderos, se pasean por la Tierra, escriben tragedias, persiguen el dinero porque hay que comer para vivir y un techo para dormir, se vuelven ministros, vagabundos, embajadores, pintores de la corte, asesinos, músicos, se enamoran de alguien, escriben informes y mueren.
La felicidad los ocupa, y la pasión también. Inciertos mecanismos los yerguen unos contra otros, y a menudo contra ellos mismos. La desgracia los sumerge, sufren, ya no entienden, su cabeza se nubla, odian, tienen miedo, esperan que mañana sea menos duro que ayer. Tienen curiosidad por otra cosa. Quisieran saber de dónde vienen y adónde van. Construyen sistemas. La ciencia es un sistema. La religión es un sistema. El arte es una especie muy sutil de sistema.
Moisés, Platón, Aristóteles, Buda, Confucio, Mahoma, Santo Tomás y Descartes, Spinoza y Hegel edifican sistemas. Tolomeo también, y Copérnico, y Kepler, y Galileo, y Newton, y Albert Einstein que se volvió muy famoso por haber escrito E=mc2 y por haberle, idea genial, sacado la lengua al periodista que lo fotografiaba. Cada uno de ellos se imagina que descubre la verdad. Destapan solamente, uno tras otro, una parte del gran velo.
—¿Destapas, tú también, una parte del gran velo?
—No me hagas reír —respondí—. Yo no destapo absolutamente nada. Te paseo por el mundo como otros se pasean por los Campos Elíseos, por los jardines Bóboli o por la colina de Pincio, a lo largo de los Zattere o por Central Park. Soy cualquiera, el primero que pasa, el último en llegar. Te cuento lo que pasa en este planeta donde los hombres se suceden y donde descendiste después de un largo viaje, como un viajero que se hospeda, al salir del bosque o de los interminables desfiladeros a través de la montaña, en un hostal desconocido.
—¡Curioso hostal!, —murmuró A.
—Curioso hostal —repetí—. Que es tan familiar, y del que nadie sabe nada. Se llega. Nos instalamos. Se creería casi estar en su propia casa. Todo parece simple y en calma, todo parece caminar por sí solo. Y, de pronto, ya está, algo se descompone. ¡Oh!, no la gran cosa. Casi nada. Un grifo tiene fuga. Una cuarteadura en la pared. Un imperceptible ruido en el cuarto contiguo. Menos grave, por supuesto, que si la casa se derrumbara o se incendiara. Pero molesto. Insidioso. Pronto insoportable. Nos interrogamos, nos alarmamos. Nos preguntamos dónde estamos. Aparece un malestar. ¿Dónde estamos? ¿Qué hacemos? ¿Qué clase de construcción es esta en la que todo anda mal? Es el hotel del Vértigo. Es el hostal del Gran Velo.
No se está tan mal. Gritamos, refunfuñamos, echamos pestes, nos quejamos a la gerencia: las peras ya no son lo que eran, las fresas no tienen el mismo sabor. Afirmamos que ya nada funciona y que el hotel ha cambiado mucho: perdió sus tres estrellas, la ruina lo acecha así como la quiebra. Pero una vez que estamos en él y que dejamos nuestro equipaje, no se nos ocurriría ir a otra parte. Por la más sencilla de las razones: no hay otra parte. Ya nadie sabe de dónde venimos, ya nadie sabe adónde vamos. Lo hemos olvidado todo. No hay nada más en ninguna parte. Aunque hay un jardín que, siglo tras siglo, gracias a una sabia gestión que se transmite de padre a hijo, se agranda poco a poco y en el que se puede dar algunos pasos, bajo el sol de plomo del verano, bajo las estrellas de la noche. El jardín completo pertenece al hostal. El hostal es cómodo, no sabemos dónde estamos y no hay otra parte.
El dueño no está. Deja que los clientes se las arreglen entre ellos. Los viajeros llegan, uno tras otro. Pareciera que empujan a los que ya están ahí y que buscan ocupar su lugar, e instalarse en sus habitaciones. Se grita: «¿Hay alguien?». Pero nadie contesta. Se conoce a los de antes, que rivalizan de celo entre ellos y que se esfuerzan, a cual más, para hacer prueba de experiencia y de buena voluntad, para dar recomendaciones, las más de las veces inservibles, sobre lo que pasa en el hostal. Se conoce a las recamareras. Las recamareras son encantadoras, con su mezcla de audacia y de timidez. Sonríen, hacen gracias. Se va al bar del hotel a tomar una copa con ellas. No son buenas para gran cosa, no saben casi nada. Se conoce al ascensorista, a conserjes con galones que se toman muy en serio, a botones, a contadores. De ellos es imposible obtener información seria sobre el hostal y su administración. Le tienden a uno tarifas, menús, volantes. Lo marean con palabras. Pero no se entiende nada. Unos sirvientes toman su equipaje, lo instalan, le dan de tomar. Afirman hablar todos en nombre del propietario. Pero no todos dicen lo mismo, es un caos indescriptible. Entonces los viajeros (los viajeros son ustedes, somos todos nosotros, eres incluso tú) se resignan y se organizan. Intentan ocuparse. Unos juegan tenis…
—¡Tenis!, —protestó A—. Yo no juego tenis.
—No importa, los viajeros juegan por ti, los otros hacen boxeo o esgrima, otros se pelean en croquet, otros más se van a bañar a la piscina del hotel. Se puede correr por los bosques. Uno puede iniciarse en el ajedrez. Algunos se instalan en sus cuartos y redactan un informe sobre el estado del hostal.
Una vieja dama con sombrero grande, jóvenes desgreñados pintan con acuarela bajo los árboles del paseo. Los más razonables elaboran presupuestos para nuevas construcciones. De noche hay reunión para recitar versos o para tocar el piano y hacer algo de música. Así pasa la vida, deliciosa, inútil, necesaria, contradictoria. A varios les duele la cabeza, el hígado, el corazón. Algunos naturalmente son más encantadores que los demás, más divertidos, más inventivos. Las jóvenes muchachas los miran. Se improvisan juegos. Se organizan concursos. Loterías. Tómbolas. Los vencedores obtienen premios y tocan flautas de carrizo, bajo sombreros de papel. Se intercambian miradas, se rozan manos. Se dan cita en el jardín, bajo la luna, en los rosales del parque. Hay alocados que tocan la trompeta. Percibimos niños peleándose entre sí o con los diablillos venidos del pueblo.
Lo más divertido, quizá, es que cada quien tiene su idea sobre la historia del hostal. Unos cuentan anécdotas sobre los viajeros del pasado, otros inventan cuentos, fábulas, leyendas, otros más urden en los sótanos o suben a los desvanes e intentan encontrar quién construyó la casa y cómo se llama el dueño. Nadie sabe nada definitivo ni de seguro. Pero llega a suceder que uno u otros dan con algunas monedas de oro enterradas bajo un árbol o un viejo mapa de la propiedad ya roída por los gusanos.
Vemos maniáticos midiendo las distancias entre la puerta y la ventana, del piso al techo. Vemos enamorados pasearse a orillas del estanque. Escuchamos voces de mujeres cantando viejas romanzas y nos encontramos con un hombre batiéndose en duelo. Extranjeros que vendrían desde lejos podrían creer que penetran en una casa de locos. Pero las cocinas funcionan, el agua corre en los baños y una gran fogata está eternamente prendida.
Los clientes se quejan mucho. De la comida. Del servicio. De las fallas de los ascensores. Del precio de la pensión, que siempre tiende a aumentar. Pero, excepto quizá por algunos enfermos que se tiran por las ventanas, todos intentan quedarse tanto tiempo como sea posible. Se pelean por las mejores habitaciones, por una vista al jardín, por las suite reales, por baños privados y por un teléfono que funcione. Hay locos, por supuesto. Lo toman a uno por los brazos, lo arrastran, le cuentan historias de no creerse, le murmuran al oído que el hotel está encantado y que, anoche, vieron fantasmas y seres venidos de otra parte.
—¿No me digas?, —dijo A—. ¿Y esos son locos?
—Naturalmente. Muchos no hacen nada de nada. Se tiran sobre el césped o a la orilla de la piscina y esperan que el tiempo pase. Y pasa. Unas damas comen pasteles y toman un poco de té. Dicen que en el hostal siempre hay buen clima y que las temperaturas son agradables. Y es cierto. El jardín, la piscina, todo el establecimiento goza de un microclima. En unas partes hace demasiado calor, en otras hace demasiado frío. En el hostal se está bien. La casa tiene aire acondicionado. Les ofrece a los viajeros lo que se ha convenido en llamar condiciones ideales. Se rehízo el techo, se volvió a pintar la fachada. Las familias, los primos, por mucho que todo el círculo de relaciones dé de gritos, todo ese mundillo se sucede en esos lugares encantadores, de tan lindos paseos, con mucho agrado. Se termina por pensar que solo en el hostal es donde se está bien.
En el hotel, cada quien se las arregla para utilizar todo su tiempo. Nos vamos a dar la vuelta, hacemos pequeños arreglos domésticos, nos disfrazamos, nos ocupamos de los niños, nos vamos a echar un ojo a las cocinas. Hay una mezquita para unos, una sinagoga para otros, una iglesia para los terceros: se acude el viernes, el sábado o el domingo. Cada quien se organiza como quiere, y a menudo como puede. Todo el mundo acaba por irse.
Llega el momento en que hay que pedir la cuenta. «La cuenta, por favor». O: «¡Camarero! La cuenta». Puede suceder que sea muy abultada. ¡Por Dios! ¡No siempre se está de viaje! Hay que saber divertirse mientras tenemos la suerte de aprovechar la cocina, los salones, la piscina, del tenis, de tan acertado renombre, del hostal del Gran Velo. Marcharse no es divertido: el paisaje es tan bello. Unos se van con elegancia, distribuyendo propinas, dando apretones de manos a diestra y siniestra. Otros patalean y lloran un poco. Es para los niños, para los más jóvenes, que la partida es más dura. Tienen ganas de divertirse, de tirarse una vez más desde arriba de los trampolines, de pasearse por los bosques, de darse cita con amigos para ir a bailar, de noche, delante de la sinfonola del hotel. Pero no hay, en el establecimiento, clientes de planta y, año sí, año no, los alquileres se suceden con ritmo sostenido. Hay que marcharse, es la regla. Y aquellos que van a tomar el tren en la pequeña estación algo siniestra cruzan el raudal de los nuevos que llegan con cara de atontados ante lo que les espera en el hostal del Gran Velo.
—Es chistoso —dijo A—, si me hubieras contado todo eso anteayer o incluso ayer, no hubiera entendido nada. Ahora me parece que comprendo más o menos lo que sucede en el hostal del Gran Velo y cómo la gente se acomoda en él.
—Es que tienes el código.