La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 52 de 64

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La Aduana de Mar

XI. Discurso de A a los espíritus de Urql

—Me convenciste —dijo A—, volveré a Urql con el sentimiento de que los hombres están ocupados por entero por la historia y el tiempo.

—No lo están. El tiempo se los lleva, y la historia. Pero pasan su vida, su vida tan corta y tan bella, pensando en otra cosa.

—¿Pero en qué?, —exclamó A—. ¿En qué? ¡Eso es lo que hay que saber y contar en Urql!

—En casi nada. En el dinero. En el trabajo. En la comodidad. En el placer. En el clima que está haciendo. En la ropa que hay que llevar. En la gente que hay que ver. En los asuntos por tratar. En todas las reglas del juego. En casi nada. Y en todo. El mundo es una máquina de fabricar casualidad con rigurosas leyes: los hombres avanzan en esa casualidad según sus deseos. El mundo es una conspiración: los hombres se debaten como pueden en medio de las trampas y de los desastres que surgen por todas partes. El mundo es un secreto; y los hombres, desde siempre y sin fin, se esfuerzan por dilucidarlo.

El mundo es sobre todo una dicha entre tanta desdicha. Es una fiesta llorando. Es un radiante fracaso. Sabía que un día de estos mi historia aquí iba a terminar bastante mal y que iba a morir ya que era un hombre. Hice lo que pude con ese ardiente estupor que me fue dado bajo la forma de días y de noches, de bosques donde pasearme, de mares donde echarme, de palabras por leer o por escribir, de belleza y de risas. Un día que llovía, conocí a Marie en la rue du Dragon. Y fui feliz con ella en muchos rincones de esta Tierra. Por esos fragmentos de espacio, por esos relámpagos de tiempo, es bueno haber sido parte de esa cosa desconocida que me es tan oscura por dentro como te lo es por fuera y que llamamos la vida.

Puedes volver a Urql con ecuaciones y fórmulas que entregarán una parte del secreto de ese detalle del universo donde surgieron los hombres. Puedes volver a casa con imágenes que darán una idea de la belleza de la Tierra y del genio de sus huéspedes. Puedes irte con palabras del tipo del informe que ambos redactamos. A las palabras, imágenes y ecuaciones se les acabará el aire corriendo tras ese sueño sin fin que es la realidad. Es mejor que vuelvas a Urql con el nombre de Marie. Si solo te llevas una cosa de tu expedición en este extraño planeta a una lejana galaxia donde te esperaba desde siempre, que sea el recuerdo encantado de Marie. Reunirás a los espíritus, a tus compañeros y, después de haber distribuido los ejemplares del informe que habremos, tú y yo, terminado mal que bien, pedirás silencio y les dirás a media voz:

«Conocí en la Tierra, encima de la Aduana de Mar, a un hombre entre los demás: llevaba por nombre O. Había nacido, por casualidad, ahí en vez de en otro lado. Vivió, por casualidad, en esos años y no en otros. Murió, por casualidad, en una ciudad de piedra y de agua que morirá ella misma, entre los palacios de los dux y la isola di San Giorgio. Y esa serie de casualidades es su necesidad: es O por casualidad y para la eternidad. Lo era todo para sí mismo porque cada hombre es para sí mismo la totalidad del universo y con cada hombre que muere es el universo el que se apaga. El gran secreto de este mundo, del que les habla el informe que tienen entre las manos…», y habrá, en ese momento, un gran ruido de páginas que se hojean y de papel que se estruja, «es…».

—¿De verdad lo crees?, —dijo A.

—No sé. Me imagino. Caerá el silencio de nuevo. Y continuarás: «El gran secreto de ese mundo es que solo tiene existencia en el espíritu de los hombres. Hay hombres porque hay un mundo. Pero solo hay mundo porque hay hombres. Los hombres son una especie de dioses hundidos por sus cuerpos en la ignorancia y el miedo. Cada hombre crea su propio mundo, en el que creemos ciegamente, pero nadie puede jurarlo, que es el mundo de los demás. Cada hombre está metido en sí mismo y el mundo entero está metido con él. El mundo es el conjunto de todas esas soledades y de todas esas cárceles.

Los hombres se la pasan forjándose llaves para salir de su cárcel, para irse a otra parte y para reunirse con los demás y con sus mundos desconocidos. Las llaves se llaman saber, belleza, esperanza o pasión. Está la llave de la ciencia: explica por el juego de los efectos y de las causas el desarrollo de los acontecimientos que se sitúan en el espacio y sobre todo en el tiempo. Está la llave del arte: precipita las almas de los hombres en sueños de felicidad y a veces de terror, les abre grandes espacios a la imaginación del sentido, de los sonidos, de los colores y de las formas. Está la llave de la religión: promete otra cosa que la realidad, le permite a aquellos que sufren soportar sus sufrimientos. Está la llave del amor. Un día, rue du Dragon, en París, hacia finales del siglo XX después de Jesucristo que salió de la eternidad para caer en el tiempo y hacerlo girar a su alrededor, O, bajo un paraguas, conoció a Marie. El mundo, a los ojos de O, tomó el aspecto de Marie.

Marie, a los ojos de O, era más bella que las guerras, los caracoles, las lavadoras, los impresos. Para él, le ganaba a la geometría, al templo de Carnac, a los encantos de la perspectiva de Masaccio u Uccello, al sitio de Troya por los aqueos de innumerables navíos, al descubrimiento, un día de otoño, bajo Carlos VIII en Francia, bajo Fernando de Aragón e Isabel la Católica, bajo un papa Borgia, simoniaco y disoluto, de toda una tierra nueva por un genovés extraviado. Tenía más valor en su corazón que los estanques de Versalles, que los tesoros de Golconda, que todos los árboles del bosque de Paimpont, de Brocelandia o de Tronçais. Por razones mecánicas vinculadas con el placer, los hombres en el planeta Tierra desempeñan un papel importante para las mujeres. Y las mujeres para los hombres. Y a menudo las mujeres para las mujeres. Y los hombres para los hombres. El cuerpo de Marie era el de una mujer. Terminó por invadir todo el horizonte de O. Es lo que llaman el amor y el amor los ocupa más que todo el resto del mundo.

O comía y bebía porque tenía un cuerpo. Y dormía mucho. Se entrevistaba conmigo porque era un espíritu. Y porque, privado de su cuerpo, no era más que un muerto que había pasado algún tiempo, algunas estaciones, algunos años en la memoria del mundo. Estaba unido a Marie, por los siglos de los siglos, por ese impalpable impulso, tan fluido como el tiempo y tan fuerte como él, que está en el corazón del mundo y que, en cada instante, le permite sobrevivir.

ENONE

Ya no se verán.

FEDRA

Se amarán por siempre.

«El amor se hace entre los cuerpos. Y reina sobre los espíritus».

—¿Les diré eso?, —preguntó A.

—Tú decides. Yo no. Les dirás lo que quieras. Lo que sucede fuera del mundo o, si lo prefieres, fuera del tiempo, ya no me incumbe. En la idea que me hago de ti, es lo que les dirás. Pero de vuelta a Urql, donde solo seré un recuerdo desvanecido en el tiempo y en el espacio, harás como te dé la gana. Y lo que pensarán de ti, y de nosotros, de eso no sé nada. Los hombres viven en el mundo, no hablan de otra cosa. Y de lo que no se puede hablar, hay que callarlo. El silencio les abre a los hombres, encerrados en su mundo, encerrados en sí mismos, un campo de sueños sin fin.