La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 6 de 64

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La Aduana de Mar

V. La Tierra es una bola redonda en el espacio y el tiempo

V. La Tierra es una bola redonda en el espacio y el

tiempo

Lo más difícil era el principio. Comenzar siempre es duro. Sobre todo tratándose de la totalidad de la existencia y de los hombres: nunca se sabe desde dónde partir ni cómo abordarla. Le propuse a A una solemne introducción, lo más general posible, a todo estudio sobre ese mundo. Abría con estas palabras:

«Los hombres habitan el tiempo. Habitan también el espacio y una bola más o menos redonda, objeto del presente informe, sometido con respeto a las autoridades de Urql…».

—Suprime eso —interrumpió A—. De por sí, siempre tienden a creerse muy listos y caer en lo ridículo.

—¿Ah? ¿También ellos?

Y taché las últimas palabras antes de retomar impulso.

«Los hombres habitan el tiempo. Habitan también el espacio y una bola más o menos redonda, objeto del presente informe y que llaman Tierra. La Tierra, curiosamente, no solo es la Tierra. Se compone de tierra y sobre todo de agua».

—Otra vez la gramática —gruñó A.

—Sí, la gramática. Y las mayúsculas. Y la metonimia. Además el tropo, la hipálage, la sinécdoque, la antonomasia, la catacresis, la silepsis, el anacoluto. Y toda la teoría del lenguaje y de las figuras de estilo. Y el horror sagrado de las ideas y de las palabras.

—Las palabras —susurró con voz casi inaudible— deben estorbarte mucho para expresar tus ideas.

—No es tan así. Si no tuviéramos palabras, ¿tendríamos ideas?

—¡Vaya idea!, —exclamó—. Ignoraba todo de las palabras: ¿te parece que carezco de ideas?

Me callé un instante para reflexionar.

—Ya olvídalo —zanjó A—. Prosigue.

«Está rodeada de aire y los hombres lo respiran. Cuando dejan de respirar, mueren. También mueren cuando hace frío, cuando hace calor, cuando se golpean fuerte, cuando tienen hambre o sed, cuando algo no funciona, cuando la pena los sumerge o cuando llega el momento del desgaste, del desbaratamiento y del apoltronamiento. Los hombres son muy frágiles y, sobre todo hacia el final, se la pasan muriendo buena parte de su vida».

A permanecía mudo, sin un gesto, como ausente, la mirada fija en el vacío.

—¿Estás bien?, —le pregunté…

—Digamos…

—¿Crees que allá en Urql no van a entender? ¿No está suficientemente claro?

—¿Quieres que te diga?, —murmuró, agotado—. Todos los hombres parecen un chiste. Ese pensamiento infinito encerrado en cuerpos finitos… esa imagen de lo absoluto dirigida por gases y por líquidos, por algunos grados de más o de menos en una escala de temperatura, por golpes en la cabeza o por golpes al corazón… Reconoce que… Van a creer que me estoy burlando de ellos.

—Retomemos —le dije.

«La Tierra es una bola redonda en el espacio y en el tiempo…».

—¿Así está bien?

—Está bien —respondió A—. Aunque…

—¿Aunque qué?

—Aunque el espacio y el tiempo plantean de por sí ya muchas preguntas y que…

Vi el instante en que el asombrado caído de Urql iba a hablarme de Einstein, de la relatividad restringida o generalizada y del continuum espacio-tiempo. Me las arreglé para evitarlo.

—Espera un poco —le dije.

«La Tierra está habitada por diferentes criaturas con nombres casi innombrables de las que la más acabada, la más ambiciosa y la más complicada se llama el hombre. El hombre no siempre ha existido. Y la Tierra tampoco. La Tierra es más vieja que el hombre. Nadie sabe bien a bien cómo nació la Tierra, y menos aún por qué. Y el hombre nació de la Tierra, nadie sabe bien a bien cómo, y mucho menos por qué».

—Pues bien —dijo A—, por fin queda claro.

—Muchas gracias.

Alentado por A, aliviado por ver alejarse la sombra del Gran Albert y de sus brujerías, proseguí con la redacción del documento encargado de conmocionar a la gente de Urql:

«Los hombres se suceden unos tras otros por el juego de la vida y de la muerte. La muerte nace de la vida y la vida nace del amor. El amor es lo que sucede entre dos seres que se aman. No hay vida en los hombres, no hay muerte en los hombres, no hay amor en los hombres si no es porque los hombres tienen un cuerpo. Es el cuerpo el que los instala en el espacio y en el tiempo».

—Es asqueroso —murmuró A—. Mucho quisiera que mi informe no se hundiera, apenas empezado, en la pornografía.

«El amor es la llave del mundo así como es la llave del universo. No habría niños si no hubiese amor y ya no habría mundo si ya no hubiese niños. Los niños cambian para convertirse en hombres al interior de su vida como las bacterias, las algas, los peces, los primates cambiaron para convertirse en hombres al interior de la historia. La historia hizo a los hombres en una continuidad que solo era cambio. Hasta una catástrofe final de la que aún no sabemos nada porque los tiempos no han llegado para ello y solo somos capaces de inventar el pasado. La regla del mundo es que todo cambia y que todo continúa».

—Está muy bien —dijo A—. Está bien escrito.

Agradecí discretamente. A, decididamente, no carecía de buen juicio. Tenía gran sentido de lo estético.

—Uno se embarca en tus palabras como en un barco de alta mar dejándose llevar. ¿Quizá sea un poco abstracto? ¿Piensas que mi gente de Urql leería eso hasta el final?

—Lo leerán porque es tu informe sobre la Tierra…

—Nuestro informe —dijo con suma cortesía.

—… Porque el informe sobre la Tierra redactado por A y por O, por A, espíritu de Urql, y por O, muerto de la Tierra, es el origen y el modelo de todas las novelas de aventuras. Escucha lo que sigue.

«Los cuerpos sufren. Y piensan. Y quizá solo piensan porque sufren y mueren. El sufrimiento de los hombres es un libro que no tiene fin. Y confuso, vacilante, balbuceante, siempre vencido mas triunfante, el pensamiento de los hombres es una novela sin fin. La sangre de los cuerpos corre a raudales. La muerte está presente por doquier. La felicidad y la esperanza, la espera de algo que quizá nunca vendrá, una oscura aspiración a una inefable lejanía son su resorte y su alma. La Tierra es el reino de la contradicción. Los cuerpos y los espíritus sirven como campo de batalla del dolor y de la esperanza. Porque son espíritus, los hombres están habitados por el pensamiento, el recuerdo, la imaginación, la conciencia. Pero por ser cuerpos, también están habitados por oscuros impulsos que llaman pasiones. Las pasiones hacen la felicidad y la desgracia de los hombres».

—¡Ejemplos!, —gritó A—. ¡Ejemplos! Estoy harto de la historia. Quisiera historias.

—¿Ejemplos? ¿Historias? ¡Aquí están! ¡A montones! ¡Dan paso a los trabajos prácticos y a las ciencias aplicadas!

Y, bajando a todo vuelo, fuimos a ver a Marie.