La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 50 de 64

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La Aduana de Mar

IX. El domingo de la historia

—Oh, O —exclamó A—, no lo lograremos nunca. Fuimos demasiado ambiciosos, apuntamos demasiado alto. Por mucho que tú y yo (tú porque te volviste espíritu, yo porque lo soy desde siempre) pudiéramos pasearnos a placer entre las eras y los continentes, tu mundo, tan ridículamente limitado, es demasiado vasto y demasiado complicado para que podamos aprehenderlo y encerrarlo en los límites de un informe. Se nos escapa por todas partes. Huye de nuestros pobres dedos. Ni siquiera sé si hay que incluirnos nosotros mismos en el catálogo por someter a las autoridades de Urql. Si nos abstenemos de introducirnos en él, el informe será incompleto puesto que somos parte del mundo que queremos estudiar y no habría informe si no estuviéramos aquí. Pero si nos incluimos, ¿cómo lograr ponerle fin ya que siempre nos será posible intercambiar algunas palabras después de haber escrito la última palabra y, aun después de nuestro paso, el mundo continuará? Me pregunto incluso si no haría falta otro espíritu para pensarnos los tres, y uno más para pensarnos los cuatro, y así consecutivamente, ¡por desgracia!, sin nunca un final. Mientras el mundo no haya caído en la nada, no habrá conclusión al torbellino de la vida. Habría que esperar que ya no haya nada para poder hablar de todo.

—Es por esa razón que nosotros, los hombres, amamos tanto los comienzos. La vida es un torrente. La historia no acaba. Siempre nos parece que, para entenderle algo al caudal que nos lleva, hay que remontarse a los orígenes. Los comienzos son sencillos. Vemos claro. No nos distrae la abundancia de detalles. Lejos de deltas sobrepoblados y de los llanos donde se yerguen las ciudades de innumerables pasiones, seguimos los ríos hasta las fuentes, vamos hacia el aire puro y hacia el desprendimiento, buscamos el origen de las familias y de las guerras, empezamos todo desde cero. Es por ello que te expliqué que los hombres salían de los primates, que los primates salían de las algas, que las algas salían de la materia y que en un punto minúsculo que contenía al universo la materia salía del Big Bang.

En defecto del Big Bang, los hombres tratan sin cesar de empezar o de volver a empezar algo. De darle, en un principio, algo de pureza al mundo. Se levantan por la mañana. Un nuevo amor borra todo del pasado. Y cada uno de nosotros, en su nacimiento, encarna la novedad y la inocencia de la primera aurora y del primer jardín. Los hombres son presa de muchas tentaciones. Una de sus tentaciones es la tentación del comienzo. Porque siempre tienen ganas de recrear un mundo que no acaba de complicarse y de desarreglarse. Cuando empezamos nuestro informe…

«La Tierra es una bola redonda en el espacio y en el tiempo…».

… Todo era nuevo y posible. Ya, ahora, después de dos días y medio de investigación, y algunas centenas de páginas de informe imposible, todo es más difícil. El tiempo pasa. Los detalles nos sofocan. Estamos sitiados por las imágenes, las ideas, las pasiones, los recuerdos. Por los arrepentimientos también, y por los remordimientos. Tenemos nostalgia por la dulzura de los comienzos donde todo era tan sencillo y tan lleno de promesas.

—Todo es culpa del tiempo —exclamó A—. Escondido bajo la vida acarrea demasiadas cosas amenazadas por la muerte y que se multiplican en vano para intentar luchar contra ella. El tiempo es el que los mata.

—Por supuesto. Empiezas a entenderlo: el tiempo lo es todo. Así que los hombres se esfuerzan por domar el tiempo y por domesticarlo. Para luchar contra el alud de todo lo que nace de la vida en dirección de la muerte y para canalizarlo, inventaron algo que está en el corazón de su existencia y que con tanta banalidad ya ni siquiera notan: es el calendario.

A las órdenes de la naturaleza, los años, las estaciones, los meses y los días no acaban de terminar y de volver a empezar. Los hombres agregaron la semana sacada de la manga. El conjunto de años lo agruparon arbitrariamente en siglos, en milenios, en periodos y en épocas, y lo hacen cambiar al gusto de su fantasía y de su voluntad de poder. Puesto que quien domina el tiempo también domina el mundo.

En Mesopotamia, en China, en Persia y en las Indias, en Egipto, en Grecia, en los romanos y en los aztecas, el calendario y los sacerdotes que lo organizan y lo corrigen en relación con el cielo reinan con lo todopoderoso y en el más sagrado de los misterios. Unos creen en un tiempo cíclico, sin principio ni fin, que vuelve sobre sí mismo, otros en un tiempo lineal y surgido de la nada hasta no sé qué final en forma de catástrofe. Heredera de todo lo sagrado, la iglesia católica impone su marca al tiempo estableciendo a Jesucristo al principio del calendario. Con, a su término, la resurrección de los muertos y el Juicio Final. El mundo, durante dos mil años, y el ciclo no ha terminado, solo ha tenido la edad de Cristo.

Cuando, introducido con el nombre de Alá, otro Dios surgió de los desiertos para reinar sobre este mundo, aportó, por supuesto, su propio calendario, que se abre con la hégira (con la partida del profeta hacia Medina), que, por analogía quizá con la huida de la santa familia hacia Egipto, llamamos la huida a Medina. Y el sistema cronológico de la hégira no coincide con el sistema cronológico de la iglesia católica, apostólica y romana. En el seno mismo de la iglesia, los que deciden vacilan: el año empieza en marzo, luego en sábado de gloria, antes de empezar, arbitrariamente, en enero. Porque la naturaleza prohíbe ignorar las estaciones, pero no le impone al año ningún principio obligado.

Un juego sutil se establece entre el recorrido de los astros y los calendarios oficiales. Gira durante mucho tiempo alrededor de la fijación de la fecha, sagrada entre todas, de la resurrección de Jesús, «reencuentro contemporáneo, según un historiador de los mitos y de las religiones, de un momento transhistórico», designación de un «lote divino» en la monotonía de los días. Esa resurrección se inscribe muy naturalmente en el calendario del pueblo judío al que pertenece Jesús. La cronología de la Pasión entregada por San Juan, el bien amado discípulo, fijó el día de la Pascua en el 14 del mes de nisán del calendario judío, es decir en la Pascua judía. Los que se atenían a esa fecha del 14 del mes de nisán, y a los que se llamó «cuartodecimanos», ataban el calendario cristiano al calendario judío del que había surgido.

Preocupada por desvincular el calendario cristiano del calendario judío, la iglesia fija sucesivamente la fecha de la resurrección de Cristo al primer domingo después del 14 de nisán, luego al primer domingo después de la luna llena de ese mismo mes lunar, lo que tiene como ventaja evitar cualquier referencia al calendario judío. Pero al término de cálculos de increíble complejidad…

—No lo dudo —dijo A.

—… La fiesta cristiana de Pascuas, desvinculada de la Pascua judía, se vuelve una fiesta móvil, que se distingue hasta en la ortografía de su raíz hebraica.

Una vez solucionado como se pudo el episodio, decisivo para la iglesia, de la fijación de la fecha de la resurrección del Salvador, otra prueba cronológica esperaba al mundo cristiano.

Como los griegos, como los chinos, como los aztecas, como todo el mundo, los romanos, por supuesto, tenían su calendario. Su punto de partida se confundía con la fundación de Roma por Rómulo, descendiente de Eneas, lactante de la loba, asesino de su hermano Remo. Pero los cálculos de los sabios se las tienen que ver frente a las leyes de los astros y de la naturaleza. Unos setecientos años después de los orígenes semihistóricos, semimitológicos (y probablemente, a final de cuentas, más históricos que míticos) de la Ciudad Eterna, bajo el reinado de Julio César, el desarreglo del año había llegado a tal punto que debido al desfase entre la naturaleza y el calendario oficial los meses de primavera caían en pleno invierno. Dos años después de la batalla de Farsalia (y esa ignorada fecha es mucho más importante que la de la batalla), a dos años de su asesinato en pleno Senado, al pie de la estatua de Pompeya, por Bruto y Casio, Julio César, después de haber consultado a un filósofo originario de Alejandría, comentarista de Aristóteles e ilustre astrónomo, que se llamaba Sosígenes, decidió que el año en curso (que tomaría en la historia el nombre de «año de confusión») tendría 455 días y que todos los años siguientes serían de 365 días con, cada cuatro años, una duplicación del sexto día de los idus de marzo (de ahí la palabra bisiesto). El calendario juliano había nacido.

Algo más de mil quinientos años después de la reforma de Julio César…

Miré a A de reojo: miraba el vacío en dirección del Tigris y del Éufrates, que estábamos sobrevolando.

—¿Te estoy aburriendo?, —le pregunté.

—De ninguna manera —me respondió A con mucha cortesía—. Trato de entender con qué se divierten. Continúa.

—… El papa Gregorio XIII, sucesor número doscientos veintitrés de San Pedro…

—¡Los papas Clemente!, —dijo A—. Esto es de nunca acabar.

—¿Y qué quieres…? Es lo que hay… constató que cada año del calendario juliano estaba adelantado de once minutos sobre el año real. Ese exceso de once minutos era despreciable en un año. Pero en diez siglos, y todavía más en cien, amenazaba con provocar catástrofes y confusiones sin nombre. Era necesario, a cualquier precio, reducir el adelanto tomado por el calendario juliano sobre el desplazamiento de los astros. Había que cortar en la tela demasiado ancha del calendario oficial. Gregorio XIII decidió que al día siguiente del 4 de octubre de 1582 sería el 15 de octubre y que diez días, si no de la historia del hombre, al menos del calendario de los hombres, desaparecerían en la nada.

—¡Qué!, —exclamó A en el colmo de la excitación—. ¿Diez días que no existen, que nunca existieron, que no existirán nunca?

—Es el inicio del calendario gregoriano. Como todos los verdaderos inicios, surge del vacío, de un abismo, de la nada. De un corte radical. Nadie nace, nadie muere, ningún beso se da, ningún juramento, ninguna palabra, entre el 4 y el 15 de octubre de 1582. Es un desarreglo de la vida, una huelga de la historia. Es el hoyo negro de la cronología. Hay diez veces veinticuatro horas que nunca vieron la luz del día. Imagino qué inquietantes noticias, qué prestigiosas obras de teatro, qué batallas de ensueño, qué descubrimientos de pesadilla podrían situarse en esos días que nunca existieron y que se clavaron como una cuña de nada y también de silencio en el tumulto del mundo. Del 4 al 15 de octubre de 1582 es el gran domingo de la historia. Dios se toma diez días de vacaciones y hace la limpieza del tiempo.

—Siempre me sorprenderá —me dijo A—. Creí haberle dado la vuelta a todas las sorpresas de las que eras capaz. Pero veo que la historia no es parca en recursos. Tú no sirves de mucho, pero el mundo es inagotable.

—Nunca pretendí sorprenderte por mí mismo. Solo soy tu guía en el mundo y el muy indigno portavoz de una historia más grande que yo. Gracias a Gregorio XIII, la marcha de la historia de los hombres se puso al paso de la marcha de los astros alrededor de la Tierra, o de la marcha de la Tierra alrededor del sol y de la luna alrededor de nuestra bola. Quedaba el problema de los once minutos por año. De nada servía poner a la hora el calendario de la historia si la bomba de los once minutos permanecía disimulada en el engranaje del reloj. No era posible volver a hacer cada diez o quince siglos el truco de magia blanca destinado a lavar el tiempo sucio que contaminaba la historia. El mismo tiempo que tachaba diez días de la historia del hombre, Gregorio XIII decretó, para acabar con los once minutos que desbarajustaban el sistema, que los años seculares ya no serían bisiestos. Así se ganaban los once minutos por año que sembraban la confusión en el tiempo. Desgraciadamente, se ganaba un poco más de once minutos por año. Había que acelerar con moderación lo que se había aminorado con brutalidad. O quizá aminorar con prudencia lo que se había acelerado vigorosamente. En su inspirada sabiduría, alentada por sabios y por astrónomos que complementaban al Espíritu Santo, Gregorio XIII decidió entonces que los años seculares ya no serían bisiestos —excepción hecha de aquellos cuyo milésimo sería divisible por 400—. El año 1600, el año 2000, los años 2400 y 2800 serían bisiestos. Pero 1700, 1800, 1900, 2100, 2200, 2300 no serían bisiestos. La historia cambiaba el paso y se reencontraba con los astros.

—¡Vaya pues, bravo!, —dijo A—. ¿Y como tomaron los hombres ese abracadabra cósmico, ese truco de magia dos veces celeste ya que tanto el Santo Padre como la bóveda celeste tienen que ver en ello?

—Esa es también otra historia. España, Portugal, los diversos territorios que formaron Italia adoptaron el mismo día la reforma del Santo Padre. El rey de Francia (era Enrique III) decidió que el día después del domingo 9 de diciembre sería el lunes 20 de diciembre. En los estados católicos del Sacro Imperio Romano Germánico, en Alemania y en los Países Bajos, se eliminó de un plumazo, con encantadora frescura, todo el fin de año: el 21 de diciembre fue el último día de 1582. En Baviera, a orillas del Rin, en los obispados católicos de Malinas o de Brujas, no hubo Navidad, por decisión del Santo Padre, en el año de 1582 después de Cristo Jesús.

Y con ello ves cuánto, a diferencia de los meses, de las estaciones, de los años, que son realidades tan exigentes que obligan a los calendarios a doblegarse ante sus leyes, los días de la semana son invenciones arbitrarias. Porque si la marcha de los días no hubiera sido interrumpida por el soberano pontífice el 20 de diciembre, en Francia, debió normalmente caer en jueves. Pero, ya que se suprimían diez días, el día después del domingo estaba obligado a ser un lunes. Imaginarás así el desamparo de aquellos a los que se trastocaba el orden de los días y la imaginación temporal. Algo así como los viajeros que, al modo de Philéas Fogg y de su devoto Passepartout, se deschavetan por los juegos de los husos horario, la más elemental ilustración de los lazos entre el espacio y del tiempo. Pero el caso de las víctimas del mortífero otoño y del invierno de 1582 es mucho más patético, ya que el tiempo los agobia en silencio con sus sarcasmos y con sus golpes sin que tengan siquiera que moverse. Un testigo de esa época expone su confusión: «Esto he de decir: que el ocultamiento nuevo de los diez días del papa me tomó tan desprevenido que simplemente no puedo acostumbrarme. Sigo contando los años como los contábamos antes. Un tan antiguo y largo uso me reivindica y me llama. Me obligo a ser un poco herético por ello, incapaz de novedad, incluso correctiva; mi imaginación, a pesar de mis dientes, se lanza siempre diez días más adelante, o más atrás, y me gruñe al oído».

—No es Chateaubriand, ni Aragon, ni Proust. ¿Es Rabelais? ¿Es Pascal?

—Ni uno ni otro —dije—. Pero en tres días has hecho muy importantes progresos. Ya puedes distinguir las épocas y los estilos. Buen alumno. Trabaja bien. Que siga así. No, no es Pascal, pero es uno de los maestros de Pascal, aunque Pascal lo rechaza. Es el autor de un informe sobre la Tierra y los hombres que el nuestro, ¡desgraciadamente!, no hará olvidar.

—¿Entonces?, —preguntó A.

—Es Montaigne. En sus Ensayos, libro III, capítulo X: Cómo utilizar su voluntad. Habrás notado la alusión a los riesgos de herejía. Es que estamos, en ese tiempo, veinte o veinticinco años después del Concilio de Trento, en plena Contrarreforma. En los estados alemanes protestantes la reforma del calendario por el papa Gregorio XIII fue asimilada a la Contrarreforma y rechazada sin apelación. No quedaba otra solución sino ser el enemigo de un sol y de una marcha de los astros que pactaban con Roma. Habrá que esperar más de cien años para que los estados protestantes de Alemania, acorralados por un cielo que se alejaba cada vez más de mesas astrológicas, terminen por adoptar, de mala gana, el 13 de septiembre de 1699 para reencontrar el ritmo exacto de las estaciones y de los meses al que estaba ligada la Pasión de Jesucristo, el calendario gregoriano.

El asunto no había terminado. Las iglesias ortodoxas, nacidas de la ruptura doctrinal entre Constantinopla y Roma, se mostraron todavía más intransigentes que los protestantes germánicos. Tenían buenos motivos para desconfiar de todo lo que procedía de la iglesia católica, apostólica y romana: en 1204, la cuarta cruzada, que se había fijado por objetivo reconquistar Jerusalén en manos de los musulmanes y la tumba de Cristo, no dejó de tomar posesión, por distracción probablemente, de Constantinopla, capital religiosa del Oriente ortodoxo, de saquearla de arriba abajo, de transportar sus obras maestras a Venecia o a otra parte y de construir sobre sus ruinas por algunas decenas de años el imperio latino de Oriente. Después de la toma de Constantinopla por los turcos, en 1453, las iglesias ortodoxas de Oriente se mantuvieron separadas de Roma por un odio permanente. Nada les importaba la Reforma o de la Contrarreforma. Su consigna era: «Más vale el turbante turco que la tiara latina».

Es por ese conjunto de razones, ligado a una larga historia religiosa y sagrada, a toda una serie de desavenencias y de estrepitosas rupturas y, a final de cuentas, a la desconfianza hacia Roma y sus iniciativas, que la Revolución de Octubre en Rusia tuvo lugar en noviembre. El desfase entre el calendario juliano, conservado por los ortodoxos, y el calendario gregoriano, que era de diez días a finales del siglo XVI, había pasado a ser de trece días a principios del siglo XX a causa de los famosos once minutos ocultos agazapados en cada año. Cuando, llegado de Suiza a través de las líneas alemanas gracias a la benevolencia de Berlín, Lenin llega en su tren sellado, que de hecho solo era un compartimento separado del resto del tren por un simple trazo de gis, para reclamar, en sus Tesis de abril, calificadas como «delirio» por los socialistas revolucionarios y por los mencheviques, la paz inmediata, la tierra para los campesinos, las fábricas para los obreros, todo el poder para los soviets, el brillante día en Petrogrado es el 3 de abril de 1917. Es el 16 de abril en París, en Londres, en Berlín y en Roma.

Pronto Lenin y Zinoviev deben esconderse en Finlandia, Trotski y Lunacharski son encarcelados, el socialdemócrata Kerenski reemplaza a la cabeza del gobierno provisional al príncipe Lvov, conservador liberal, hostil a los socialistas. El 10 de octubre (es el 23, por cierto), el Comité Central Bolchevique, compuesto por Lenin y Zinoviev, que habían vuelto clandestinamente a Rusia, por Trotski, liberado bajo fianza y electo presidente del soviet de Petrogrado, por Kamenev, por Stalin, por Dzerzhinski, por Aleksandra Kolontái y por algunos más, vota por diez votos contra dos la preparación inmediata de la insurrección armada, confiada a un comité revolucionario dirigido por Trotski. El 25 de octubre de 1917, cañoneado por las piezas de artillería pesada de la fortaleza de San Pedro y San Pablo y del crucero Aurora, el Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional, es tomado por asalto por la Guardia Roja reforzada con soldados, marineros, obreros traídos por los bolcheviques. Kerenski logra escapar. Trece ministros son arrestados. La Revolución de Octubre graba para siempre (y por setenta y cuatro años) su fatídico nombre en el calendario juliano de la iglesia ortodoxa. Estamos a 7 de noviembre del calendario gregoriano: la Revolución de Octubre, que cambia la historia del mundo, tiene lugar en noviembre. Habrá que esperar hasta principios de 1918 para que la Rusia de Lenin adopte oficialmente la reforma gregoriana. La Grecia ortodoxa se obstinará en la fidelidad al calendario juliano hasta 1923.

—¿E Inglaterra?, —preguntó A.

—Según la fórmula de Kepler, los protestantes ingleses preferían estar en desacuerdo con el sol que de acuerdo con el papa. Solo se resignaron a aceptar la reforma gregoriana en 1752. Es lo que explica un misterio de nuestra historia literaria. Dos grandes genios de la literatura universal, Shakespeare y Cervantes, autores uno y otro, bajo forma de teatro o de ficción novelesca, de notables informes…

—¿Más notables, que…?, —cortó A.

—Sí, más notables… sobre las ilusiones y las pasiones de los hombres, mueren en la misma fecha: el 23 de abril de 1616. Pero no mueren el mismo día: Shakespeare se retira de los escenarios del mundo que había poblado con innumerables personajes el martes 23 de abril de 1616 y Cervantes se reúne con Don Quijote de la Mancha en los sueños de la eternidad el sábado 23 de abril de 1616.

—¿Me estaré volviendo hombre?, —preguntó A—. Me parece que me estoy volviendo loco.

—La solución del enigma es que Cervantes muere primero, en Madrid, en el corazón de la España católica, el sábado 23 de abril de 1616 del calendario gregoriano. Y que Shakespeare muere diez días más tarde, en Stratford-on-Avon, Warwickshire, en la Inglaterra protestante y en el calendario juliano, el martes 23 de abril estilo antiguo, es decir, el 3 de mayo en el calendario gregoriano.

—Es divertido —dijo A.

—Si se quiere. Los hombres ni siquiera saben cuándo mueren. Todo lo que saben es que morirán. O más bien: lo saben, pero no lo creen. Lo saben por la única razón que todos los hombres siempre han muerto. Pero la vida de cada uno consiste primero en ignorar la muerte y en ahuyentar su fantasma. Lo que hay más cruel en las enfermedades de las que nadie se cura es que cada quien sabe, y el mismo interesado, que el enfermo va a morir. Sabemos todos que moriremos, pero lo olvidamos. Y queremos olvidarlo. Es por ello que los hombres corren tras el placer, el amor, el poder o el dinero sin mucho pensar en la muerte. Corren tras la diversión para cambiarse las ideas. Por una bendición del cielo ignoran cuándo morirán. Es la condición misma de la vida: les permite vivir como si fueran inmortales. Y morir como por sorpresa.

—¿De ahora en adelante, me imagino, en el calendario gregoriano?, — preguntó A.

—O en otro. ¿Qué importa? Todo lo que los hombres han hecho, otros hombres lo pueden cambiar, o al menos olvidarlo. Es lo que no hicieron (la muerte, las estaciones, los océanos, la nieve, también las pasiones y los sueños) lo que dura más tiempo y se impone sin remedio.