La Aduana de Mar
II. La loca de Riga
—En la Piazza Campitelli, a unos pasos del Capitolio y del teatro de Marcelo (y ya ves que el mundo entero ya está contenido en esas palabras aparentemente sin misterio como está contenido en el edicto de Milán o en el sacrificio de Abraham, como también está contenido en la más mínima mirada, en la más mínima brizna de hierba aplastada bajo tus pasos, en la primera idea que nos viene a la mente de mañana), comíamos higos y jamón de Parma: prosciutto con fichi. Y bebíamos lambrusco, que es un vino tinto espumoso de la región de Módena. La comida ocupa mucho a los hombres, que hicieron de la cocina un arte probablemente menor, inferior en elevación y en encanto a la danza o a la música, pero mucho más presente en la existencia cotidiana de la mayoría. Porque somos nuestro padre y nuestra madre, somos la infancia y el paisaje, somos la gente que vemos y los libros que leemos. También somos lo que comemos. Estábamos en el espresso, hirviendo y muy fuerte, el vino, el alcohol, el café ocupan en nuestra vida un lugar más importante que el imperativo categórico y que la radiación de Hubble…
—Pero sin embargo… —Lanzó A—. ¡La radiación de Hubble…! ¡El desplazamiento del espectro hacia el rojo…! ¡Los sesenta mil kilómetros recorridos a cada segundo por las galaxias que se están alejando…!
—… Cuando un muchacho insignificante, al menos para mí, y una joven persona rubia de cabello corto, como se ven por centenas en las calles de todas las ciudades, se instalaron a nuestro lado. Marie, para estupor mío y, debo confesarlo, para mi contrariedad porque nuestra soledad se quebrantó de golpe y entramos en el mundo que queríamos dejar, se echó con exaltación a los brazos de Lisa: era el nombre de la rubia. No te explicaré, es inútil para el informe, los vínculos que las unían. Siempre se puede proporcionar detalles de a montón. Lo importante son los encuentros. La vida y las novelas están solo hechas de encuentros.
—¿Como el nuestro?, —preguntó A.
—Como el nuestro. Y todo lo que de ellos deriva. Al estilo de todo el mundo, Lisa tenía un padre, una madre, una familia, un oficio, historias del corazón y relaciones un poco por todas partes que nos llevarían a cualquier lugar. Al estilo de nadie, era sobre todo letona. Letonia es un pequeño país del norte…
—¿Del norte de qué?
—Del norte de Europa, de complicada historia, entre Alemania y Rusia. En los siglos en los que vivíamos, y en los otros también, era una situación difícil. Había landas, lagos, abedules y renos, rusos, polacos, finlandeses, suecos, prusianos un poco más lejos pero terriblemente cercanos, Hermanos Livonios de la Espada y caballeros teutónicos, las dos batallas de Tannenberg, Iván el Terrible y Pedro el Grande, Carlos XII y Lenin, el tratado de Brest-Litovsk y el mariscal Pilsudski, Eisenstein y Paderewski. Todo ese mundillo estaba sentado con nosotros alrededor del espresso de la Piazza Campitelli.
—Los papas Clemente están de vuelta —gimió A.
—Lo molesto con los papas Clemente, y con todos los demás, incluso los del norte, cuyos nombres todavía flotan en nuestras brumosas memorias, es que clavan astillas en el corazón y en los cuerpos de los hombres. Una famosa astilla, y otro encuentro, es el pacto germano-soviético entre Molotov y Ribbentrop, es decir, entre Stalin y Hitler, el 23 de agosto del 39.
—Me exasperas con tu esnobismo. Cada hombre tiene la locura de creerse el centro del mundo y del tiempo. Precisa el siglo, al menos.
—1939 —dije—. Había, en esos tiempos, dos grandes imperios de formidable poderío, herederos de Alejandro, de Julio César, de Carlomagno, y de Federico II, de Qin Shi Huang, de Gengis Kan o de Tamerlán: el Reich alemán de Adolf Hitler y la Unión Soviética de Stalin. Eran países donde revivía la conjunción que había hecho el poderío de los chinos, de los romanos, de los mongoles: una casta militar todopoderosa y masas dominadas, reducidas a una obediencia que podría pasar por voluntaria y en la que se mezclaba el orgullo de pertenecer a una potencia conquistadora de porvenir asegurado. Mucho más que los celos, el dinero, la ambición individual o el sexo, que constituyen el corazón y la materia de esas novelas que ya nadie lee, la política, la historia, la ambición colectiva son los resortes de la vida de los hombres. Al menos en mi época, sometida a las conminaciones de Hegel y de Marx, en la que el estado lo era todo. Había inmensas cárceles con millones de detenidos, policías secretas, juicios amañados de antemano, desfiles bajo el gran sol de todas las primaveras de la juventud o con antorchas, de noche, en catedrales de luz, una incesante propaganda que terminaba por destruir la idea misma de verdad, y los dos más terroríficos ejércitos que el mundo jamás había conocido. Ninguna novela negra, ninguna historia de fantasmas, ninguna película policíaca, ninguna obra de Esquilo o de Shakespeare asustó más al mundo que los SS con calavera o los tanques soviéticos apoyados en la KGB. El disparo de pistola en la nuca y el hacha del verdugo se repartían Europa. El comunismo había levantado contra el capitalismo una formidable máquina de guerra donde la filosofía se mezclaba con la historia y con la economía política. El Reich alemán se había edificado contra los judíos, acusados de todos los males, contra el Tratado de Versalles, que había puesto fin a una primera guerra entre las naciones de una Europa dividida en dos campos, contra el capitalismo liberal y contra el comunismo que se había apoderado de Rusia en 1917. ¿Todo bien?
—Todo bien —dijo A—. Continúa.
—Los nacionalsocialistas de Hitler detestaban el comunismo y la democracia. Los comunistas de Stalin detestaban el nacionalsocialismo y la democracia. Los demócratas detestaban el comunismo y el nacionalsocialismo. Era una partida de billar a tres bandas, un juego de gallina ciega de tres esquinas, o de quemados de tres canchas, donde cada quien era el enemigo de los otros dos. El 23 de agosto de 1939, el nacionalsocialismo se unía al comunismo contra la democracia. Por poco menos de dos años. Justo el tiempo necesario para hacer estallar la guerra más grande de la historia.
—Muy curioso —anotó A—. Inigualable en su delirio y en sus dimensiones, y sin embargo vagamente repetitivo. ¿Acaso Tucídides, Carlos V, Napoleón…?
—El mismo rollo. Con muchos muertos de más, y crímenes en tropel, y sufrimientos sin fin, y algo sutil y violento…
—¿Más sutil que la política? ¿Más violento que la ambición?
—Creo que sí. Es la ideología. En nombre de la raza y de la nación, de la lucha de clases, del materialismo histórico, del fin de la historia, mató hombres por decenas de millones.
—¿Es mucho?, —preguntó A.
—Mucho. La muerte de un hombre es una catástrofe.
—¿Y eso por qué?
—Porque la vida es sagrada.
—¿Toda vida?
—Toda vida. Pero la de los hombres más que cualquier otra. Porque el hombre no es una criatura entre las demás. Es radicalmente diferente. Hay un hilo único que corre por la existencia. Por toda la existencia, por muy diversa que sea. Hay un vínculo entre la tierra y el agua, entre el agua y la vida, entre las lampreas y los caracoles de tierra, entre las estrellas y los hombres. El hombre es pariente de las esponjas, de los erizos, de los patos salvajes, de las llamas de América. Pero no es ni una esponja, ni un erizo, ni un pato salvaje, ni una llama. Y, porque es un espíritu al mismo tiempo que es un cuerpo, es casi como tú.
—No exageremos enseguida —dijo A.
—Vaya, es algo entre una esponja y tú. La vida de los hombres, así, es más preciosa que el oro, que el agua, que el fuego. Es más preciosa que el amor.
—¿Más preciosa que el amor?
—Tan preciosa, si quieres. Además, quizá sea la misma cosa. Me la pasé explicándote que a los ojos de los hombres al menos y, me imagino, en otra parte, pero en otra parte no sé, nada más precioso que el hombre, que no es nada y que lo es todo, que es como polvo en el mundo y en el mundo por entero. La muerte de un hombre es un fin del mundo. La muerte de diez millones de hombres es un fin del mundo multiplicado por diez millones. Lo que pasa entonces es que puedes escoger entre dos actitudes.
—¿Dos solamente?, —preguntó A.
Me encogí de hombros.
—Cantidad, por supuesto. Una multitud. Una infinidad. Pero simplifiquemos siempre, y pongamos dos por el momento. Puedes tomar las grandes masas, el mapa del planeta, la ofensiva alemana hacia Noruega y los Pirineos, hacia el Cáucaso y el mar Caspio, hacia el mundo árabe con Rommel, Japón abalanzándose sobre China, sobre Singapur, sobre Australia y sobre India, los lazos estrechándose entre la Inglaterra de Churchill y los Estados Unidos de Roosevelt con el objetivo de dominar los mares y el petróleo y de resistir a Hitler y, para coronarlo todo, la victoriosa alianza de las democracias liberales y del totalitarismo comunista contra los totalitarismos japonés y nacionalsocialista que terminan por derrumbarse después de estar a nada de conquistar el planeta, y antes de convertirse, a su vez, en democracias liberales para volver a ganar en la paz todo lo que habían perdido en la guerra.
—¿Es importante?, —preguntó A—. ¿Para el informe?
—Capital. Y tan insignificante como la guerra del Peloponeso o la lucha de Roma contra Cartago. Una página de la historia del mundo, y una de las más sangrientas. Pero nada más que una página. Lo que cuenta es el sufrimiento. A través de la historia y sus peripecias, lo que se va dibujando poco a poco, con el sudor y con las lágrimas, es la figura de los hombres. Las batallas, las pinturas, las invenciones, las técnicas no tienen sentido más que por el hombre y para el hombre.
—¿Apuesto que humanista?
—No tan seguro. No tan rápido. Lo veremos más tarde. Volvamos a nuestras dos actitudes. Puedes ver a los ejércitos recorrer el planeta. Puedes también bajar a la mercería judía de Berlín o de Viena, donde al hijo le gusta la música y a la hija las novelas; a un gulag de Siberia poblado de traidores y de trotskistas; a una familia francesa de maestros o de ferrocarrileros, aplastados por la derrota, donde unos se alían con Pétain en recuerdo de Verdún y otros con De Gaulle con la esperanza de un mañana. Lo que ahí reina es el dolor. Los grandes designios de los poderosos descansan en la desgracia de una multitud de carteros, de confiteros, de mineros, de jardineros. La familia de Lisa conocida por casualidad en la Piazza Campitelli tenía la suerte y la dicha de estar establecida en Riga en 1939.
Era una dicha. Había en el pasado de la letona de cabello rubio judíos, alemanes, polacos, rusos, escandinavos, húngaros, italianos. Hasta había letones. Habían construido una casa. Era una bella casa donde habitaba desde siempre…
—¿Desde siempre?, —preguntó A.
—Siempre, para los hombres, tiene el sentido de mucho tiempo… La abuela de Lisa era una mujer notable. Todo el mundo en Riga la conocía por su nombre: Anna. En una época en que las mujeres se quedaban las más de las veces, cuando no estaban en la iglesia, en su cocina, en su lavandería (las tres K, decían los alemanes: Kirche, Kinder, Küche, la iglesia, los hijos, la cocina), Anna dirigía el más grande, y quizá además el único de los periódicos de Riga. Tres o cuatro veces al año salía con los suyos hacia Berlín, tan cercana, hacia Stalingrado, más cercana aún, que antaño se llamaba San Petersburgo, luego Petrogrado, luego Leningrado, antes de llamarse de nuevo San Petersburgo, hacia Moscú, hacia París o hacia Londres. Hablaba ruso, alemán, inglés, francés. Entendía italiano, que era el idioma de su madre. En todas partes estaba como en su casa. Era Europa ella sola. El encanto, el saber, la prosperidad, la larga duración de Europa. Su despreocupación, también, ante los dramas que emergían. A menudo se llevaba a sus dos hijas, que eran hermosas como el amanecer y, en el vestíbulo del Ritz, Place Vendôme, en el casino de Monte-Carlo, en la corte de Inglaterra, en la Ópera de Berlín la llegada de las tres trastornaba las mentes. Era una dicha, en Riga, entre las dos grandes guerras, ser Anna, o una de sus hijas, o una de sus nietas.
Era una desgracia. Como Armenia, como Líbano, como Cachemira o Irlanda del Norte, como Israel en el siglo XX o Alsacia-Lorena a finales del XIX, los países bálticos estaban situados en una zona de fractura histórica. Hay regiones de fractura geológica. También hay regiones donde la historia por mucho tiempo vaciló y donde la mezcla de las razas, de los idiomas, de las creencias, de las opiniones acarrea turbulencias. Sucede que las cosas, de golpe, por culpa de su pasado, adquieren un aspecto caótico. Es engorroso. Sucede que los hombres, individualmente o en masa, estén atrapados por lo que acontece y sean arrastrados, ya que nadie es malo voluntariamente…
—¿Nadie es malo voluntariamente?
—Nadie es malo voluntariamente: Platón lo dice… sobre mortíferos enfrentamientos. De estos salen por el crimen, por la cárcel, por el psicoanálisis, por el suicidio cuando se trata de individuos, o por la guerra cuando se trata de naciones.
Y los cuarenta de Sebaste
Menos que mi vida martirizados(27).
La abuela de Lisa conocía mejor que nadie la política europea de entre las dos guerras mundiales. Conocía bastante gente en Moscú y en Berlín. Conocía a Ribbentrop, a Rudolf Hess, al mariscal Goering, que la había invitado a cazar varias veces. Había visto en dos ocasiones al secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, que era un antiguo seminarista georgiano de nombre Iósif Vissariónovich Dzhugashvili y que se convertiría pronto en el mariscal Stalin. Y conocía a Litvinov, a Molotov, a Vychinski, algunos otros dignatarios del régimen a los que les hablaba de Goering y de Goebbels. También conocía a un intelectual de lentes que más tarde debería alcanzar una especie de celebridad anónima al inspirar uno de los personajes, un intelectual de lentes que lucha contra el héroe, de una película de éxito mundial inspirada de un libro de éxito mundial: Doctor Zhivago. De regreso de Montecarlo y de Londres, donde toda la familia había sido presentada a la reina en un baile donde las debutantes eran feas que daba miedo, una de las dos hijas de Anna, la tía de nuestra Lisa, se enamoró del comunista de lentes. ¿Captas la imagen, camarada?
—¿Cuál?, —preguntó A—. El prosciutto con fichi de la Piazza Campitelli? ¿La familia de Lisa en la capital de Letonia en vísperas de la Segunda Guerra Mundial? ¿La situación del planeta en tiempos de Hitler y de Stalin? ¿O los desordenados movimientos de la pasión amorosa entre una joven burguesa del norte y un comunista de lentes que pasó a la posteridad en una película estadounidense sobre la Revolución de Octubre?
—Todo al mismo tiempo —respondí—. Ya estás bastante crecidito, quiero decir bastante viejo en este dichoso planeta, para comprender que todo sucede al mismo tiempo en este mundo donde el infinito es una dimensión de lo finito y donde el más mínimo pestañeo hace temblar todo el universo. Todo se enlaza en el espacio y todo se enlaza en el tiempo. Porque cada instante de este mundo es fruto del pasado y cada fracción del presente ya carga con mucho de lo que está por venir. Cada uno de nosotros, gradualmente, es el conjunto del mundo, y una cadena ininterrumpida, que arrastra todo en la superficie del globo, relaciona (¿quizá sea sorprendente para un espíritu llegado como tú de esos lejanos espacios donde reina la simplicidad de lo eterno y del vacío?) el prosciutto con fichi de la Piazza Campitelli con el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética y el plan quinquenal.
Aquí se introducen, al interior del relato cortado con láser en el sueño doloroso de la totalidad sufriente, y que pasaba, por pedazos, de Anna a sus dos hijas, de sus hijas a Lisa, de Lisa a Marie y a mí mismo y de mí mismo a ti, y quizá de ti a Urql, personajes subalternos que hacen mover al destino sobre sus bisagras bien aceitadas: un cónsul general de Alemania, desde hace mucho prendado de Anna, que comprendió rápidamente, o quizá incluso supo por sus relaciones en la Wilhemstrasse que negociaciones secretas entre Hitler y Stalin pueden hacerles correr el riesgo poco envidiable a los países bálticos de ser moneda de cambio o una apuesta entre rusos y alemanes; un hombre de negocios estadounidense, de origen armenio, también enamorado de la indestructible y muy hostil, por supuesto, por razones públicas y privadas, al cónsul general; y una especie de vieja loca, aliada, según su decir, pero nada hay más dudoso, a las ilustres familias de los Sobieski y de los Czartoryski, que deambula por los salones de los barones baltas de Riga donde se le recibe por lástima y donde la llaman «la vidente»: lee el futuro en los tarots, en las líneas de la mano y en el café.
Anna, que era viuda, bella, todavía joven, todopoderosa en Letonia y que dirigía su periódico con mano de hierro, ofrecía cada año, en su gran casa de Riga, una recepción a la que se agolpaban los miembros del gobierno, el cuerpo diplomático y consular, toda la crema y nata de los barones baltas y todo lo que importaba en la prensa letona. A finales del invierno o en la primavera del 39, cinco o seis meses antes del pacto germano-soviético, justo antes o justo después de la invasión de Checoslovaquia por Hitler, lo hizo como de costumbre. Ahí estaba el cónsul general de Alemania y el hombre de negocios estadounidense que acababa de llegar de Eriván, vía Moscú. Estaba el comunista de lentes que era el amante de la tía de Lisa. Había dos miembros de la familia balta que aparece en El tiro de gracia de Marguerite Yourcenar. Y estaba la vieja loca que leía las líneas de la mano.
Hacia finales de la velada, en el momento en que varios invitados ya iban a recoger su abrigo o su bastón en el guardarropa del que cuidaba, en blusa negra y delantal blanco, una joven recamarera de diecinueve años, originaria de Polonia, que acababa de ser contratada, la que leía la buena suerte tomó la mano de Anna.
—¿Y?, —preguntó Anna.
La otra miraba la mano, hacía caras, se callaba.
—¿Y bien?, —repitió Anna con algo de impaciencia.
—Veo gente… veo cosas… Más le valdría dejar Riga —murmuró ella bruscamente.
Y se soltó llorando. Un rumor se elevó de entre los invitados.
—No es nada —dijo Anna a media voz volviéndose hacia sus amigos—. Está un poco loca.
La loca se levantó, muy pálida, y salió.