La Aduana de Mar
VI. Marie duerme
Marie dormía. Era verano. Casi desnuda, muy pálida, la cabeza apoyada en un brazo, su largo pelo negro desordenado, los labios entreabiertos, dormía sobre la cama que yo había compartido con ella. Su pecho se alzaba ligeramente, a intervalos regulares. Permanecí largo tiempo pasmado, inmóvil, sin palabras, soñando que soñaba conmigo. Las lágrimas brotaban de mis ojos. Hubiese querido vivir todavía, estrecharla y dormir en sus brazos. Como en Venecia antes del 26 de mi último mes de junio. Como antes de la Aduana de Mar y mi caída en la eternidad.
—Mira —le dije a A—: el mundo es bello.
A se inclinó hacia adelante y contempló a Marie con mucha atención.
Transcurrió largo rato. Giró hacia mí.
—Es muy curioso —dijo.
Curioso no es la palabra que se me hubiera ocurrido ante el cuerpo de Marie tendida en su cama. Pero Marie era la primera mujer —y de hecho el único ser humano— que A había visto. No era imposible que su palidez, su nariz muy recta, sus orejas por las que estaba loco, sus hombros y su cuello de los que prefiero no decir nada, sus cinco afilados y largos dedos al extremo de cada mano, sus senos redondos y llenos que tanto había acariciado, sus interminables piernas que bajaban hasta la tierra hubieran sorprendido a un espíritu venido de Urql.
—Es una mujer —le informé.
—¿Qué hace?
—Duerme —susurré.
El sueño sumergió a A en abismos de perplejidad.
—El sueño —continué susurrando— es una ausencia en presencia, un desvanecimiento, un silencio, una suerte de muerte a prueba y necesario para la vida.
Vaya muerta,
Cuando duermes,
¿De qué pasillos
Abres las puertas?(5)
Desaparecemos quién sabe dónde, del otro lado de no sé qué, olvidamos, soñamos, renacemos casi nuevos. Nada tiene más encanto en el mundo que esa retirada del mundo. Los hombres ocupan en dormir poco más de un cuarto de su vida. Y a menudo casi un tercio. Cuando estaba vivo, pero creo que es toda una marca, no estaba lejos de la mitad.
—Ya que me aseguras que los hombres duermen lo esencial de su tiempo, ¿tendremos que redactar, me imagino, un informe que gire alrededor del sueño?
—Desengáñate —respondí—. Los hombres son una máquina de dormir tanto como una máquina de respirar, de comer y beber, de mear y defecar, de sudar accesoriamente, de bostezar, de pedorrearse. Y, claro está, de fornicar.
—¿Perdón?
—Pero sería un craso error dejarle creer a Urql que no saben hacer otra cosa. Los hombres, en su historia, han inventado muchas otras cosas. Buena parte del mundo es inventada por el hombre.
—Vamos a ver —dijo A.
Y se sentó, para sorpresa mía, casi conmoción, al borde de la cama en la que Marie descansaba. Los espíritus, gracias a Dios, pesan menos que un soplo, que una hoja, que un pájaro. Marie no despertó. Hizo un gesto con la mano. Soltó un suspiro. Le lancé a A una mirada de ira. Aprendía muy rápido —y quizá demasiado rápido—. Al menos por la seguridad, la autoridad, el descaro, ya se estaba pareciendo a esos hombres de los que, una horas antes, aún no sabía nada.
—Pásame con qué escribir.
Le pasé un lápiz del que se servía Marie para resaltar sus cejas con un trazo discreto y oscuro.
—Bueno, entonces, ¿qué hacen?
—¿Quiénes?
—¡Vamos! ¡Los hombres!
—Hacen la guerra —le contesté, enumerando con los dedos—. Pescan. Juegan fútbol. Cantan alrededor del fuego y, en un idioma o en otros, escriben Die Lorelei, The Importance of Being Earnest, el Mahabharata y el Bhagavad-gita, Le Rêve dans le Pavillon rouge, el Genji-monogatari, Don Quijote de La Mancha, Mon amie Nane y, primero y antes que nada, La Ilíada y La Odisea.
—No tan rápido —dijo A—. La pesca, sí veo lo que es. La guerra, también. Tendrás que conseguir las reglas del juego de fútbol: las pondremos en anexo de nuestro informe sobre el mundo. Tendrás sobre todo que resumirme en unas cuantas páginas lo esencial de La Ilíada y de La Odisea, cuya importancia, por tu énfasis, no se me escapa.
—Solo es un ejemplo. Y, al menos en literatura, los resúmenes no valen nada. Lo esencial está en los detalles, en las palabras, en su música, y casi en las letras de las que se componen, en los acentos que las coronan, en las comas y en los puntos que separan unas de las otras. De todos modos, no podríamos recorrer la historia de los hombres en tres días.
—Pero tendrá que ser —dijo—. Apurémonos.
—Tengo una idea.
—¿Sí?
La ventaja con los espíritus es que están por todas partes a la vez. Se desplazan a placer en el espacio y en el tiempo. Ahí donde fracasan los novelistas, que se esfuerzan por pasearnos, las más de las veces sin éxito, por las cabezas y los corazones de ayer y hoy, los espíritus lo logran de manera mucho más natural.
—Vamos a proceder por medio de sondeos —le dije con un entusiasmo que hasta a mí me sorprendió—. Es cómodo. Es moderno. Saltaremos hacia adelante. Volveremos hacia atrás. Haremos desfilar ante nosotros los acontecimientos y los hombres. Y, para cada uno de ellos —la caída del imperio romano, Miguel Ángel, mi amiga Nane o Platón—, el informe fijado al corazón, anotaremos las causas, los efectos, los motivos y los objetivos.
—Primero muerto —dijo A.
—¿Cómo que primero muerto? Es necesario, para comprender el mundo, que tú…
—Así no, en todo caso. Es demasiado bobo.
—Es la historia del mundo. No hay nada más.
—¿Y Marie?
—¿Marie?
—Sí, Marie. ¿Qué tal si mejor nos ocupamos de Marie? Y de ti, por supuesto.
—¿Crees que para el informe…?
—Estupendo. ¿Qué mejor? Una estampa de vida. Un caso. Un ejemplo en vivo y en directo. Quizá, así lo espero, menos aburrido que tu pensum. Y, en caso necesario, siempre habría tiempo de volver a Miguel Ángel.
—Y a Platón —supliqué.
—A Platón, a Miguel Ángel, a Tucídides, a Kant. A quien quieras. Con todo eso, y contigo…
—¡Oh! Conmigo —dije sonrojado y brincoteando.
—Sí, sí. Insisto: contigo. Con los demás y contigo, me parece que la gente de Urql empezará a darse una idea de lo que sucede sobre la Tierra.