La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 39 de 64

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La Aduana de Mar

XVIII. Basílicas y catarinas

—Ya veo —dijo A—. La verdad es triste. La muerte es un alivio. Mejor no hubiera venido. Más le hubiera valido al mundo no existir. Y a cada uno de ustedes más le hubiera valido mantenerse apartado de ese infierno de orgullo y de complicación que llaman vida. Incluso cuando no corre sangre, incluso sin pierna arrancada, incluso sin el menor ojo reventado, incluso sin sufrimiento físico, todo lo que me cuentas no es más que horror y error. Pareciera que los placeres mismos no están ahí más que para marchitarse y para servir de alhaja, antes de borrarse, para dolor y para lágrimas. Debiste decirme enseguida, desde el primer instante de nuestro encuentro sobre la Aduana de Mar, que el mundo era una máquina de fabricar desdicha. Hubiera sido más sencillo. Hubiera sido más exacto. Y nos hubiéramos ahorrado mucho tiempo.

—Si esa es la imagen que te doy del mundo, soy el peor de los guías, y el más infiel. La vida es el bien supremo que más les importa a los hombres y perdiendo la vida los vivos lo pierden todo. Tendré que decírtelo de nuevo y repetírtelo en todos los tonos: el mundo es bello. Sí, el mundo es bello. Reúne a los que se aman, es el lugar del placer, del talento, de la genialidad, de la felicidad; es ahí, y solo ahí, donde hay rosa laurel, catarinas, basílicas románicas, chocolate con avellanas y confit de canard, Château Lafite 1961, el Canto de alabanza del segundo día, justo en medio de la Creación de Haydn, cómodas de Boulle, de Jacob, de Riesener, calancas con pinos que bajan hasta el mar y nada le es superior porque no hay otra cosa bajo el sol.

—¡Vaya audacia!, —exclamó A—. ¡Qué presuntuoso! ¡Qué fatuidad!

—Somos los hombres. Y los espíritus mismos no tienen nuestra dignidad. Y no tienen nuestros placeres. Sufrimos, es cierto, nos equivocamos, no sabemos nada, nos la pasamos discutiendo en las tinieblas de la historia. Pero tenemos una idea de la felicidad y de la perfección y de ahí surge nuestra grandeza: del contraste entre nuestra bajeza y nuestras aspiraciones. Una esperanza nos anima. Siempre creemos que lo haremos un poco mejor.

—¡Ilusión!, —gruñó A—. ¡Ilusión!

—¿Y qué, si la ilusión es bella? ¿Y si la ilusión y la realidad no fueran más que una sola cosa vistas desde los dos lados opuestos? ¿Y quizá, por otro lado, acaso no hay ilusión y no cesamos de subir, más allá de los desiertos y de los pantanos pestilentes, por senderos de montaña al filo de precipicios, hacia algo desconocido? De Lucy a Platón, del alga verde a Einstein, o a mí, como quieras…

—Ustedes nada tienen que ver en eso. Ustedes no son los que caminan. O si ustedes son los que caminan, ustedes no son los que trazan su camino. Ustedes no son los que deciden sus itinerarios en los mapas, de los que nada se puede decir, del misterio y de los sueños. Todo sucede fuera de ustedes y por encima de sus pobres cabezas.

—Pero con nosotros, en todo caso. Si no estuviéramos, no solo nuestro mundo, sino tu universo entero no tendría ya ningún sentido. Porque no habría nadie para buscar uno. Tus mapas de los que nada se puede decir ya no serían leídos por nadie. Sufrimos, lloramos, nos pasamos el tiempo equivocándonos para que el universo tome un sentido. Son los hombres quienes le dan un sentido a los primates de los que descienden, a las algas de las que surgen, al Big Bang que lo creó todo.

—Un sentido… un sentido… Pero, mi pobre amigo, no tienen la menor idea de todo lo que les precede y de todo lo que los rodea. No tienen la menor idea de lo que les espera. Avanzan a tientas, son unos ciegos en la noche, imbéciles que nada entienden, unos vanidosos que se imaginan que están solos en el universo y que el espacio y el tiempo giran alrededor de su bola, de la que hicieron el centro de todo y la única referencia.

—De ninguna manera. No creo que los hombres sean el centro del mundo, y si existe una palabra de execración y una distinción de declinación, es el nombre de humanista. Solo sé que es bueno haber pasado por este mundo y haber sido parte de esta vida tan llena de sangre y de sufrimientos, donde los estateros de oro son embarazosamente proclives a esconderse en los dobladillos de las cortinas, con todo lo que resulta. Hay un poco de dignidad, hay un poco de honor en haber sido, para bien o para mal, un hombre entre los demás. Honor, pensándolo bien, es quizá decir demasiado. Y dignidad también. Hay énfasis en la fórmula, algo pomposo. Pongamos simplemente que tuve placer. Y eso no está tan mal.

—¡Ah!, —me dijo—, si lo que persigues es el placer, si lo que buscas es el placer…

—Amé mucho el placer, dije inclinando la cabeza. No es del todo seguro, pero te lo había advertido, que sea el hombre que se necesitaba para preparar el informe. No tengo dignidad y no soy serio.

—Carlota, Lota, Lota… —murmuró A.

—¡Por desgracia! Y los conejitos… Ya te di los nombres de aquellos que se lanzaron a escribir un informe. La Biblia es un buen informe. La divina comedia es una especie de informe.

—¡Ah!, —interrumpió A riendo con sarcasmo—. Con D y V.

—¿D y V?

—¡Dante y Virgilio, vamos!… Y Beatriz en el papel de Marie…

Encogí los hombros.

—Los Pensamientos de Pascal, la Ética de Spinoza, las Memorias de Saint-Simon, la Fenomenología del espíritu, las Memorias de ultratumba, la Comedia humana, En busca del tiempo perdido algo tienen de un informe. Quizá también el Edda de los escandinavos y el Popol Vuh de los maya-

quichés(34).

—Mi pobre amigo —dijo A.

—Claro que sí. Son cosas mucho más pequeñas que debí y que me hubiera gustado hacer: del tipo de Point de lendemain, por ejemplo, o de Mon amie Nane. No son informes, pero…

—Mi pobre amigo —repitió A.

Me vino a la mente la idea, y no era agradable, de que acababa de soltar una tontería.

—O quizá incluso de Molinoff, Indre-et-Loire —agregué a toda prisa—, o de Parfum des îles Borromées. O de esas novelas inglesas que a nadie se le ocurriría guardar en su biblioteca y recomendar a los demás, pero que no se pueden dejar mientras se leen.

—De vez en cuando —dijo A—, estoy contento por ti de que hayas muerto. Te lo aseguro: es mejor así.

—¿Ah? ¿Tú crees?

—Mucho mejor. Y quizá ahora, ya que lo estás, ¿podrías otra vez contarme una historia sobre el tiempo de tu vida? No solo son historias… Pero, en fin, son historias. Y como a los hombres mismos, creo, me gustan las historias de los hombres.