La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 56 de 64

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La Aduana de Mar

XV. El fin de todo

—Pero, pobre amigo mío —me dijo A—, lo sabes tanto como yo: su sol desaparecerá.

—Lo sé. Lo sabemos todos. También sabemos que moriremos. Fingimos no saberlo. Creo haberte explicado que hay algo, en el corazón de los hombres, que se llama el deseo. Y no deja de luchar contra la muerte. Pero el combate que libra es un combate sin esperanza. Al cabo de cada hombre, está la muerte. Al cabo de la historia del mundo, está la muerte del sol. Dentro de cinco mil millones de años, o algo así, ya no habrá sol. Y ya no habrá Tierra. En el momento en que dejo el mundo que traté de presentarte, quizá estemos a mitad de camino de la historia de la Tierra: algunos millones, algunas decenas o centenas de millones de años más o menos, cinco mil millones de años ya pasaron, cinco mil millones todavía por aguantar. Y, en medio, la Aduana de Mar donde me derrumbo una mañana.

Me imagino que el fin será tan rudo como los principios. No nos gusta mucho pensar en el verde azul y en la sopa primitiva de la que salieron los hombres. No me gustaría mucho ver al sol debilitarse como una lámpara que se apaga. Prefiero dejar este mundo hoy más que dentro de cinco mil millones de años porque sé que el porvenir, como siempre lo ha hecho en el pasado, pero quizá todavía más que en el pasado, nos anuncia bellos días en los que pereceremos de espanto. Porque, para hablar como un cardenal que vivía en tiempos de Rancé, veremos cosas que comparadas con las pasadas no serán más que verdores y pastorelas.

Ya le tenemos miedo a lo que los hombres nos preparan para el próximo siglo y para aquellos que lo seguirán, es decir para mañana y pasado mañana: cerebros que cambiarán de cuerpo, cuerpos que cambiarán de cerebro, mezclas de puercos y de hombres, reservas vivas de pulmones y de hígados, bombas capaces, para más seguridad, de destruir de un solo golpe varios miles de planetas. Lo que se prepara a lo lejos, desde siempre, sin que nada sepamos de ello, es mucho más terrorífico. No me disgusta irme contigo hacia destinos desconocidos antes de acabar aquí y ahora según las promesas, a la vez, de nuestros sabios menos exaltados y de nuestras más santas Escrituras.

—¿Estás seguro del fin de la Tierra?, —me preguntó A.

—¡Ah!, tienes razón: no estoy para nada seguro de ello. Lo que es seguro, creo, es que el sol terminará: las estrellas brillan mucho tiempo, pero no son eternas. El sol, un buen día, estará harto de proveer calor, luz, energía, belleza. Y de permitir la vida. Pero hay algo, o quizás alguien, que, para sorpresa de todos, quizá sea todavía capaz de cambiar las reglas del juego. Es mago, y ya lo adivinaste después de todo lo que te he dicho, es mago…

—¡Es el hombre!, —exclamó A.

—Por supuesto. Es el hombre. Dentro de cinco mil millones de años, y ya algo te dije al respecto, estará tan lejano de nuestra imagen de hoy como nuestra imagen de hoy es lejana de la bacteria o del alga de la que todos salimos. Me imagino, no sé, que habrá sido capaz de lanzar al espacio un sol de repuesto. O que habrá podido modificar nuestros cuerpos de manera tan radical que el sol, ¡por desgracia!, ya no les será necesario. O también que los hombres, como ya me lo has sugerido, habrán dejado la Tierra antes de que el sol los deje. No es imposible que al final de los finales el sol termine por apagarse y que la Tierra desaparezca, pero que los hombres sigan ahí —o más bien en otra parte—. Los hombres, o algo indecible que descenderá de los hombres como nosotros mismos descendemos de esas cosas indecibles que chapoteaban en la sopa primitiva y donde lo desconocido se hizo vida.

—Volveré para ver —dijo A.

—Eso es. Buena idea. No sé si las cosas indecibles que descenderán de nosotros habrán guardado el recuerdo de la Tierra y de los hombres como eran en mis tiempos. Me temo que dentro de cinco mil millones de años el informe mismo, a pesar de tus esperanzas, haya caído en el olvido. Al término del porvenir más lejano, me imagino que el pasado, es decir, nuestro presente de hoy, quedará reducido al estado de mito o de leyenda dorada. Algo, quizá, como un paraíso muy terrestre, como un Edén poblado de Adanes y de Evas de primitiva inocencia y que, a pesar de la miseria de su actuar sobre el universo, se pondrán a encarnar a los ojos del recuerdo la imagen misma de la felicidad. Se les tendrá envidia porque sufrían y morían con sencillez, porque sabían cosas inútiles, porque aún no habían entrado en las infernales eras de la complejidad.

—¿Así es como ves el porvenir de esos hombres a los que perteneces?, — me dijo A sonriendo con indulgencia.

Encogí los hombros.

—No lo sé para nada, claro está. Nada de nada. Menos que nada. Ya les es difícil a los hombres adivinar lo que sea de su porvenir inmediato. Tuvimos, en mi país, que lleva por nombre Francia…

—Lo sé —me dijo A con un gesto de impaciencia—, lo sé: Francia. Se te llena la boca.

—… Una Primera Guerra Mundial que costó muchos muertos y que ganamos. ¿Quién se hubiera atrevido a decir o incluso pensar, en 1918, que veintidós años después Francia sería vencida en cuarenta días y destruida de cabo a rabo? Y la genialidad de algunos, y no eran numerosos, fue sostener, desde la misma primavera radiante y siniestra de 1940 que veía el triunfo de los Panzer y de los Stuka entrando como Pedro por su casa en la Francia radical y radical-socialista, que la Alemania hitleriana sería vencida a su vez. Y, vencida Alemania, la Rusia comunista se volvió todopoderosa. Infundía terror y reinaba sobre los espíritus: los profesores eran comunistas, los sabios eran comunistas, los poetas eran comunistas. Cuando mecanismos oscuros y casi misteriosos la hicieron caer a su vez, el mundo fue presa de estupor. La historia tiene más imaginación que todos los hombres reunidos. Un famoso informe…

—¿De quién?, —preguntó A.

—Mi pobre amigo, del prefecto de policía… preveía, en París, hacia finales del siglo pasado, inimaginables dificultades por la marea creciente del estiércol de caballo, relacionada con el incremento de la circulación. Algunos años más tarde, el problema insoluble estaba resuelto, como por milagro, por la desaparición de los caballos y por la invasión de la ciudad por los automóviles. El remedio, por supuesto, era peor que el mal. Se hallará, a su vez, a su tiempo, cuando la situación se haya vuelto intolerable, un remedio al remedio y la historia avanzará de catástrofe en catástrofe y de progreso en progreso.

—¿Quieres decir que cada progreso termina, lento pero seguro, por transformarse en catástrofe?, —preguntó A.

—No. O no del todo. Siempre se sube al siguiente nivel. Creo en el progreso con obstinación. Creo que no habría vida si no hubiera progreso y que toda la historia del mundo no es más que un inmenso progreso. Pero ignoramos hacia qué.

Ya sabes ahora que Picasso no pinta mejor que Tiziano y que Kant o Hegel no son más grandes que Platón. Pero el hombre ha recorrido camino desde Neandertal. Y todavía más camino desde Lucy. Avanza, ¿pero hacia qué? Que avanzamos está fuera de toda duda: la meta es la que está oculta. Ya sabes que Lucy nunca pudo imaginar, ni por mucho, algo como el sistema de Aristóteles, como la pintura de Rembrandt o de Tintoretto, como la conquista de la luna. Nada puedo decirte, y nadie puede decirte nada, sobre el futuro de los hombres. Cinco mil millones de años es un poquito demasiado para mí. Cinco mil millones de años no me convendrían mucho más. Y quinientos años, es decir, diez millones de veces menos que cinco mil millones de años, ya es mucho para mi pobre y débil cabeza. No sé, mi querido A, dónde estaré poco después de haberte dejado, cuando me haya marchado para siempre. ¿Cómo quieres que sepa lo que será de los hombres cuando el sol ya no brille? Lo que sé es que los hombres que tanto han cambiado en unos cuantos millones de años, en los que las cosas cambiaban tan lentamente, cambiarán todavía más y mucho más rápidamente en los millones de años por venir.

Lo que también sé es que, por una gracia divina, los hombres no saben adónde van. Si el porvenir nos fuera conocido, la vida en ese mismo instante se volvería imposible. Sabemos que moriremos, pero no sabemos cuándo. Y nos lleva el deseo como si fuéramos inmortales. Sabemos que la Tierra desaparecerá algún día. Pero no sabemos cómo, y no sabemos si los hombres desaparecerán con ella. Claro que sospechamos que los hombres, que entraron en el tiempo, acabarán por salir de este. Pero no estamos seguros y, como la propia muerte de cada uno de nosotros, el fin de los tiempos y de sus horrores permanecen ocultos a nuestros ojos. El porvenir es un secreto. Y el mundo es un enigma.