La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 16 de 64

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La Aduana de Mar

XV. A tiende una trampa

—¡Vaya mundo!, —dijo A—. Por momentos, te lo juro, tengo ganas de botarlo todo y de volver a Urql con las manos vacías, sin el menor informe. Pretenderé que no vi nada, que no encontré nada y que la Tierra no existe. Y borraré de mi corazón hasta el mismo nombre de los hombres.

—Harías mal. Un espíritu no puede mentir y, sueño o realidad, sí hay algo bajo el sol que llamamos mundo. Está poblado por hombres y es lo más bello de todo el universo.

—¿Más bello que Sirio o que Arturo? ¿Más bello que el resto de la Vía Láctea? ¿Más bello que los hoyos negros que los hombres no pueden ver porque la luz no tiene bastante potencia para lograr escapárseles? No me hagas reír, mi pobre O.

—Mucho más bello —le dije.

—¿A pesar del dolor y de las penas, a pesar de las matanzas y de las mentiras, a pesar de la serie de amantes que no tiene fin, a pesar el estúpido azar, de inmediato acechado por la necesidad, y de las barbaridades de la historia?

—A pesar de todo. Y quizá por culpa de todo. Lo que más consuela en este desastre de mundo es que lo peor nunca se da por sentado.

—Lo mejor tampoco, me imagino.

—Ni lo mejor ni lo peor. Hasta donde recuerdo, nunca era imposible, entre nosotros, descubrir un crápula bajo la máscara de un hombre honesto. Pero también un héroe bajo un asesino. Y la salvación en la abyección. Todo se invierte, todo se combina, nunca nada se salva, nunca nada está perdido. No por casualidad el símbolo de la religión de buena parte de los hombres es un instrumento de suplicio. La valentía se mezcla con el crimen, la piedad con la violencia, el amor con la mentira. Y la esperanza con la desesperación ante el horror de vivir. Y todo, hasta el más mínimo detalle, le canta a la gloria del universo.

Hice mal, mucho me temo, al haber empezado por la historia. Debí haber empezado por los árboles, por la luz del día, por las madrugadas o por la noche que cae, por el agua que tanto te intriga y que es la madre y la fuente y la condición de los hombres. Debí empezar por la felicidad. Está ligada antes que nada a las cosas de todos los días. El agua, la lluvia, el mar, la nieve, y el sol naturalmente, son inventos geniales. Y, para todo espíritu que no estuviera embrutecido por la rutina y la pereza, una cascada de sorpresas. Sale el sol: es una sorpresa. Hay flores: ¡qué sorpresa! Hay seres de otro sexo o quizá del mismo: ¡qué sorpresa! Llega a pasar que los cuerpos se callen, que una gran paz te invada, que ninguna pregunta te atormente, y es otra sorpresa. Los hombres están hechos en primera instancia para vivir, y a veces sucede que lo logran. Duermen, es delicioso. Despiertan, todavía mejor. Salen de casa y está el cielo encima de sus cabezas con estrellas que aparecen cuando el sol se va y que desaparecen cuando vuelve. Uno acaba por acostumbrarse, pero siempre es una sorpresa. A veces cae la lluvia. Sacan el paraguas que tanto te fascinó. A veces brilla el sol y, no sé muy bien por qué, quizá porque podemos sentarnos juntos cerca del puente del río, el gran sol tiene algo que regocija a los enamorados. Los cipreses, los patos, las piedras del camino, el silencio, las risas forman parte de este mundo. Hay algo extraño en todo, noche en los robles, imprevisto en los encuentros, misterio en cada brizna de hierba, melancolía en la noche que cae sobre las islas, sobre el desierto, sobre los sobrepoblados suburbios. Los hombres son como tú: tienen la impresión de haber sido lanzados por casualidad en la patria de lo absurdo, lo transfiguran por dentro y lo vuelven familiar. Los hombres están en su casa en el mundo. De él no entienden casi nada y lo quieren mucho.

Caminan. Se pasean. Van a sus trabajos, sus placeres, sus amores. Son llevados por el tiempo y lo llevan por el espacio. No siempre saben lo que hacen, pero la vida les basta: los ocupa por entero y los compromete a actuar sobre el mundo. Y están obligados a ello: el hambre, la sed, el frío, el calor, el sueño, el amor. Y le agregan cosas: inventan la patria, los valores, el ajedrez, el ferrocarril, los coloquios, la pintura, la religión.

Se diría que la naturaleza se encargó de todo en primera instancia. Impone sus reglas, que son rudas, y que constriñen a los hombres. Hay que cazar, pescar, pizcar frutas, tallar piedras, levantar chozas. Hay que huir para sobrevivir. A medida que el tiempo pasa, los hombres, poco a poco, se sienten cada vez más libres de tomar su suerte en sus manos y de pensar en otra cosa. Ríen, cantan, dibujan bisontes en las paredes, decoran las jarras para el vino, colocan máscaras de oro sobre el rostro de los reyes muertos, construyen pirámides, puentes sobre los ríos, jardines colgantes, ciudadelas para guerrear. Vemos emerger contadores, arquitectos, capitanes, pontífices. La bomba está cebada. Es lo que llamamos progreso.

—A ti —me dijo A—, te conozco: no tardarás mucho en hablarme de literatura.

—Clarín corneta. Algunos dicen que al principio había primeramente la acción. «Am Anfgang war die Tat». Otros sostienen que era la palabra. «En el principio era el verbo». La diferencia es más bien estrecha. A partir de que los hombres ya no fueron empujados por fuerzas desconocidas y que por cuenta propia se pusieron a actuar y a pensar, entraron en las palabras. Es el principio de las catástrofes y de una estancia encantada. Se diría que otro mundo toma el relevo del primero. Es poco decir que las palabras describen el mundo: lo renuevan y lo constituyen. Es otro Génesis, y es el Génesis mismo. Lo que informarás a Urql será mucho mejor que el mundo: su relato por palabras, su creación una segunda vez, su texto sin tachaduras, su diligencia sin espera, su perfume con las espinas.

—¿Lo crees de verdad?, —preguntó A.

—No, no lo creo. No creo en lo que digo. No hay nada mejor que el mundo y ya sabes lo que pienso de la suerte que correrá nuestro informe. Pero el fracaso será culpa mía. No será culpa de las palabras. No tuviste la suerte de encontrarte con Homero, con Shakespeare, con Balzac, con el autor de Las mil y una noches o del Ramayana. Ellos recreaban mundos. Yo no tengo fuerzas para hacer vivir un brezo. Llegaste demasiado tarde, mi querido A. Y te las arreglaste mal. Hubo sin embargo, en esta bola de la que hablarás en Urql, máquinas que hacen soñar, que dejaron un nombre en la memoria de sus huéspedes. Las llamamos libros. Menos rápidos que los cohetes, menos poderosos que los cañones, menos cómodos que el oro o que los billetes, uno podría creerlos de poca importancia. Pero no. En el informe que preparamos desempeñan un papel capital. Pronto sabrás todo, o quizá casi todo, sobre los quince mil millones de años de nuestro viejo universo, los cinco mil millones de años de la Tierra, los cuatro mil millones de la vida, los tres millones del hombre…

—Qué bueno.

—Los libros ocupan apenas, delgada gota de agua en el océano, algunos miles de años. En ese tiempo tan limitado cambiaron la imagen que los hombres tienen del mundo y que tienen de sí mismos. Cambiaron la imagen que puedes tener de ellos.

—¿El informe también será un libro?, —preguntó A.

—Sí, claro. El informe será un libro. Será también un libro. Quiero decir un libro más. Y los libros, vaya suerte, todavía no han desaparecido.

—Me gustan los libros —dijo A—. Les deseo larga vida. Espero que duren para siempre.

—Seguramente que no. Ya han durado mucho tiempo. Durarán quizá todavía. Pero para siempre, seguramente que no. No me aventuraré a sostener que nuestro informe a la gente de Urql podría constituir el ramillete final de unos fuegos artificiales desplegado sobre tres o cuatro milenios y que doblará las campanas de un arte que, de los Vedanta a La educación sentimental, a los Copains, a Paysan de Paris, a Fiesta, a En busca del tiempo perdido, ha producido obras maestras. Pero no es imposible que el gran momento del libro ya haya pasado y que la novela y el cuento, que tanto han brillado en los dos últimos siglos, se preparen en secreto para reunirse con la epopeya, la égloga, los cuentos medievales, la elegía, la tragedia, el soneto en el cementerio de los dioses muertos.

—Dime —murmuró A con tono tan delicado que no percibí enseguida su oculta perfidia—: ¿creo recordar que tú mismo, cuando estabas vivo, escribías libros?

Caí en la trampa a ojos cerrados.

—Escribí varios, respondí pavoneándome. Debo confesar que algunos…

—¿Sobre Venecia, quizá? ¿O sobre Chateaubriand? Pareces conocerlos un poco menos mal que todo lo demás y, me temo, un poco demasiado bien.

—Sobre Chateaubriand, sobre Venecia, sobre mi familia, sobre Marie, sobre la historia y sobre Dios, me afirman que…

Para sorpresa mía y, debo confesarlo, sintiéndome contrariado, A me interrumpió sin pudor y se puso a chiflar entre dientes de manera bastante desagradable por parte de un espíritu de su calidad.

—Si entiendo bien a los hombres tal como me los describes, la decadencia que denuncias en los libros de tu tiempo corre el riesgo de no ser más que un efecto de la pena que sientes por la mediocridad de los tuyos.

El golpe fue bastante rudo. No había sentido nada tan desagradable desde el día en que Marie, de manera demasiado larga para mi gusto, me había hablado de Rodolphe.

—¡Dios mío!, —le dije al recuperarme e intentando poner buena cara ante el mensajero de Urql, portador de malas noticias—, cada quien hace lo que puede. No es imposible que tenga razón y que la imagen que doy del mundo esté manchada y falseada por mi insuficiencia. Espero que nuestro informe no salga demasiado perjudicado.

—No te preocupes —me dijo A posando la mano sobre mi hombro—. Aquí estoy.

Ese espíritu, de vez en cuando, lograba dejarme pasmado.

—Es cierto. Comprendiste bastante rápido cómo funcionan los hombres. Hay en lo que son, hay en lo que dicen, abismos, intereses, giros inesperados, recuerdos, olvidos, secretos que hacen que sus juicios no puedan nunca ser separados de aquel que los expresa. Un gran señor francés descubrió el secreto ya en la época de Rancé. Escribió máximas bastante cortas (un juego de moda en los salones de entonces) que, a fuerza de girar alrededor de un tema único, constituyen un sistema. El tema, y el sistema, es el amor propio. «El amor propio es el amor por sí mismo y de toda cosa para sí. No se puede medir la profundidad ni penetrar las tinieblas de sus abismos. Es inconstante de inconstancia, de ligereza, de amor por la novedad, de cansancio y de asco; es caprichoso y se le ve de vez en cuando trabajar con gran prisa y con trabajos increíbles en obtener cosas que no le son ventajosas, y que incluso le son perjudiciales, pero que persigue porque las quiere. Es extraño, y a menudo pone todo su empeño en las más frívolas aplicaciones. Está en todos los estados de la vida y en todas las condiciones; vive en todas partes y vive de todo, vive de nada, se adecua a las cosas y a su privación; hasta se pasa al partido de la gente que hace la guerra, entra en sus propósitos y, lo que es admirable, se odia a sí mismo con ellos, ruega por su pérdida, trabaja incluso en su ruina; finalmente, solo se preocupa por ser y, mientras es, con gusto es su enemigo».

—Vaya pues —dijo A—, sí que son complicados ustedes.

—Hay genios más grandes en la literatura que el duque de la Rochefoucauld. No boxea en la categoría de los Sófocles y de los Cervantes, de los Spinoza, de los Goethe, de los Shakespeare, de los Tolstoi. Pero con esa sospecha de un secreto inconfeso, oculto en lo más profundo de una conciencia inconsciente, entreabre la puerta que uno de los maestros de su tiempo, o quizá de un poco antes, un médico judío de la Viena imperial ya en fase de decadencia, armado con herramientas mucho más temibles que el pobre amor propio (el sueño, el inconsciente, la inhibición, el complejo, y antes que nada el violento deseo que tienen los cuerpos los unos por los otros), abrirá de par en par con una sutileza y una brutalidad encantadoras: será la revolución del doctor Sigmund Freud. ¿Ves cómo nacen, a través de libros e ideas, ríos subterráneos, genealogías espirituales, líneas directrices imprevistas e innumerables? Como la de Darwin, de Karl Marx, de Einstein…

—Lo sé —dijo A—, lo sé. Detesto cuando te repites y me tomas por un tarado.

—… La revolución del doctor Freud también será obra de libros. No estoy seguro, lo confieso, de lo que valgan los míos, pero sé, mi querido A, que los hombres de estos tiempos son los hijos de los libros.

—Se cierra la edad de los libros. ¿La gente de tu época dejó de escribir?

—Claro que no. Al contrario. Todo el mundo escribe más que nunca. Los libros florecen porque mueren. O mueren porque florecen. Estamos sepultados bajo las imágenes, pero también bajo los libros. Cultura y Comunicación se han vuelto lugares comunes de la más baja calaña: les pegaron mayúsculas y se convirtieron en ministerios. En el reino del espíritu, el éxito es mala señal. Las mayúsculas también. El mundo está hecho de tal manera que el triunfo de un sistema ya marca su decadencia. Hace más de cuatro siglos, un economista inglés que llevaba por apellido Gresham inventó una ley en la que la simplicidad se confunde con la genialidad: la mala moneda desplaza a la buena. Los malos libros desplazan a los buenos. Hace poco te extrañabas por mi duda de ver nuestro informe publicado en esta Tierra. Es que un libro nuevo en nuestras bibliotecas (se dice: una novedad, se grita: ¡Acaba de publicarse! se hace publicidad, se adquieren artículos, se precipitan a la radio y a la televisión, en el peor de los casos se habla de un best-seller) no es más que un poco de papel en los torrentes de papel. Imagino con orgullo el estruendo que provocará nuestro informe, a pesar de todas sus lagunas, entre los espíritus de Urql, tus compañeros y amigos, que nada saben de los hombres ni de sus curiosos inventos. Aquí, en esta Tierra, no sería nada más que otro libro entre tantos otros libros. Uno de esos escritores del que conservamos el nombre porque antaño había trastornado a muchos jóvenes redactó él mismo, a la atención de su discípulo que se llamaba Nathanaël y que era para él algo así como lo que soy para ti, el manual de sus libros: aconsejaba tirarlos. ¿Querrías, mi pobre y viejo A, todavía estamos a tiempo, que vayamos a pasearnos y que tiremos el informe?

—Y yo te ordeno, Nathanaël, no tirar absolutamente nada y proseguir como se pueda con la redacción de nuestro informe. Sé lo que vales y lo que valen los hombres. Pero es necesario que el eco de sus miserables aventuras y que los nombres de Virgilio y de Stevenson, de Carpaccio, de Haydn, de Proust y de Borges, de Einstein, del doctor Freud…

—De los papas Clemente —dije.

—… De los papas Clemente, si insistes, y de Benvenuto Cellini y del condestable de Borbón…

—¿Y el mío?, —supliqué.

—Por favor…

Y me costó trabajo, en ese momento, comprender si se trataba de un rechazo o de una invitación.

—… Y los nombres de Maynard y de Baïf, de Heine, de Kipling, de Offenbach, de Toulet lleguen hasta la gente de Urql para impedirles imaginar que reinan solos sobre el universo.