La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 2 de 64

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La Aduana de Mar

Primer día

 

 

El sabio es aquel que se sorprende por todo.

GIDE(4)

I. Conozco a A

A venía de otra parte. Y, creo, de bastante lejos. Llegaba a la Tierra en el momento en que yo la dejaba. Era un espíritu ingenuo y encantador. Imposible, por supuesto, describírselos mínimamente puesto que los espíritus, como se sabe, ni tienen la más mínima forma ni el más mínimo color. Flotan, vuelan, se desplazan a placer, se transforman sin cesar, están por doquier al mismo tiempo. Y se comunican entre ellos sin necesidad de lenguaje. Eso sí era tener suerte. Nos entendimos de inmediato.

—¿Dónde estoy?, —me gritó.

—Muy cerca de la Tierra —le contesté.

—¿La Tierra? ¿Qué es la Tierra?

—Es un planeta.

—¡Ah! Nos interesan mucho los planetas, las estrellas y todo lo que gira en el cielo, y las galaxias.

—A nosotros también —le grité—. ¿Viene, me imagino, de una lejana galaxia?

—Vengo del planeta Urql. Es el centro del universo. Estoy a cargo de una misión. Es su galaxia la que me pareció lejana.

—Parece ser que las galaxias —le dije en un tono más conciliador— se alejan las unas de las otras con vertiginosa velocidad.

—Ni me diga —respondió—. Es una locura. De haberme tardado un poco más, nunca hubiera llegado.

Estoy transcribiendo aquí en nuestro idioma el mensaje indescifrable de A, quien por cierto no se llamaba A. Los espíritus tienen nombres, como nos lo enseñan la Biblia, el Popol-Vuh, la historia de Gilgamesh y Las mil y una noches. Pero son nombres complicados. El de A no tenía fin y no se parecía a nada conocido. Decidí llamarlo A, decidió llamarme O y nos convertimos el uno para el otro en el alfa y en el omega.

Supe de mi nuevo amigo muchas cosas interesantes. Lograron distraerme por algunos instantes de las lágrimas de Marie y del destino del viaje que acababa de emprender. A me confió que era un sabio y que sus pares le habían encargado una investigación sobre la tan irritante cuestión de la pluralidad de los mundos y de la existencia más allá de Urql. Me confesó que las opiniones de su entorno estaban muy divididas y que muchas preclaras mentes creían a morir que solo había pensamiento en ellos.

—Es divertido —le dije—. Tenemos el mismo debate. Muchos se imaginan que solo hay vida en la Tierra. Y otros sostienen obstinadamente que hay vida en otra parte. Para desempatar las opiniones y zanjar el asunto, emitimos ondas con puntual regularidad a través del universo.

—¡Ah! ¡Pero qué curioso! Nosotros hacemos lo mismo. Pero no es nada seguro que puedan comprender cosa alguna de lo que enviamos ni que podamos entender lo que emiten. Me temo que nuestros conceptos sean muy diferentes. Y nuestras ideas. Y nuestros sentidos. O lo que, para nosotros, lo son. Sé bien lo que es el pensamiento, puesto que soy un espíritu. Pero mucho trabajo me cuesta comprender lo que ustedes llaman vida. ¿Está usted en vida? ¿Está usted vivo?

—No, puesto que estoy muerto.

La muerte era para A tan oscura como la vida. No conocía la vida. No conocía la muerte. Yo no sabía nada de Urql. Él no sabía nada de nuestro mundo ni de los hombres que lo habitan. Comprendí pronto que él tenía todo que aprender de esta Tierra en la que acababa de desembarcar.

—¿Cuáles son sus proyectos?, —le pregunté.

—Ahora que estoy aquí, me gustaría quedarme algún tiempo para estudiar su planeta. Todo lo que me dio a entender me hace creer que su Tierra es el lugar ideal para llevar a feliz término mi investigación sobre los mundos desconocidos. Siento que una gloria universal quizá me espere en Urql. Imagine usted el estupor de mis conciudadanos ante un universo tan extraño e inverosímil como el que habita. Si me atreviera, yo…

Se interrumpió de pronto, vacilando sobre si proseguir. Puse una mano amistosa sobre su ausencia de hombro y lo alenté:

—Diga lo que tenga que decir. No tengo miedo. Hable.

—Pues bien, si me atreviera, me es usted simpático, me parece tan brillante…

El talento de la gente de Urql y su lucidez empezaban a impresionarme.

—… Le pediría que me sirviera de guía y de intérprete y me ayudara a redactar un informe que debo entregar al regresar a Urql.

La idea de quedarme algún tiempo más sobre la Tierra en la que vivía Marie me inundó de alegría. El recuerdo de mi muerte me retuvo enseguida. Intenté explicarle a A, a pesar de la atracción que también sentía por él, que a pesar de la estima que me inspiraba su juicio, mi calidad de difunto me prohibía demorarme sobre el planeta en el que nuestros contrarios destinos acababan de cruzarse y me obligaba a partir.

—¡Oh! Solo unos instantes. Iríamos lo más rápido posible. ¿Cómo quiere que me las arregle solo sobre esta Tierra en la que todo parece ser tan difícil? Sea bueno con un espíritu extraviado en el espacio y muéstrele todo lo que ignora.

En la situación en que me encontraba, era ventajoso acumular méritos y hacer el bien a mi alrededor. Marie, más de una vez, me había tildado de egoísta. Pretendía —sin razón— que solo pensaba en mí. Instantáneamente me pregunté si el bien hecho a los espíritus era asimilado, en las altas esferas, al bien que se le hacía a los hombres. Me dije que de todos modos nada podría reprochárseme si ayudaba a un puro espíritu a informarse sobre esta Tierra en la que habíamos vivido. Me lancé:

—Tres días —le dije a A con tono lo más firme posible—. Le doy tres días. Seré su guía, le explicaré la vida, la naturaleza, la historia. Tres días. Ni uno más. Después, tengo que partir.

—¿Qué quiere decir, un día?, —preguntó A.

Comprendí que mi vida después de mi muerte no sería cómoda.

—Pues bien… —dije suspirando—, el mundo…

Y me dispuse a explicarle lo que era este mundo nuevo al que acababa de llegar, revoloteando por encima de Venecia y su ilustre laguna, el Adriático por un lado y los Alpes por el otro; y estaba feliz por la belleza del espectáculo que A podía disfrutar.