La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 61 de 64

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La Aduana de Mar

XX. Ensayo general

—¡Oh, A!, —le dije a A.

—¡Oh, O!, —me respondió A.

—Estamos a punto de irnos cada quien por nuestro lado. Me pregunto angustiado si te he servido bien. ¿Qué imagen le dará el informe de este mundo a nuestros lectores, los espíritus de Urql?

—No sé. Ya no sé. Me parece que al escucharte y pasearme contigo dejé de ser un espíritu y que me he vuelto hombre.

—Entonces, cuéntales de los hombres a los espíritus, tus compañeros.

—Lo intentaré —me dijo—. Porque no tienen ni idea de lo que pueden ser la vida y los hombres, no será fácil.

—¿Les dirás sobre el tiempo, la historia, el pasado y el porvenir?

—Les diré.

—¿Les dirás sobre el presente, eterna agonía, y la libertad que se desliza, titubeante, embriagada de orgullo, resplandeciente ilusión, entre el pasado y el porvenir?

—Les diré.

—¿Les dirás sobre la máquina redonda, las algas a lo lejos, el nacimiento de la conciencia, el formidable poderío del pensamiento?

—Les diré.

—¿Les dirás sobre el sol, el cielo azul, las nubes sobre el mar?

—Les diré.

—¿Les dirás de nuestras pasiones, el dinero, el amor que nos devora, la ambición, el remordimiento, el secreto, el perdón, todo lo que no pueden conocer porque es el destino de los hombres, y solo de los hombres?

—Les diré.

¿Les dirás de la imposibilidad y la sed de saber, la verdad y la justicia que siempre se alejan un poco más, el reemplazo de la naturaleza por el poder de los hombres, la ineluctable marcha de las ideas y de las cosas, los libros, las herramientas, la esperanza y el miedo?

—Les diré.

—¿Les dirás de Marie?

—Te lo prometo, les diré.

—¿Les dirás nuestra historia, les dirás todas las historias?

—Lo intentaré —me dijo.

—¡Bueno, pues adelante! Regresa a Urql.

Batió las alas.

Derramé algunas lágrimas. Quizá por él. Quizá por mí. Quizá por el mundo donde habíamos pasado tres días a nuestro lado y que era tan triste y tan alegre.

—¡Oh, O!, —me dijo.

—¡Oh, A!, —le respondí.

—Resiento ahora, a mi vez, como un temor de ser inferior a mi obra y de revelarme incapaz de balbucear cualquier palabra cuando las autoridades de Urql me interroguen sobre tu mundo.

—¡Claro que no! Te irá bien. Acuérdate de los paraguas, de la rue du Dragon, del condestable de Borbón, de la Piazza Campitelli, de las algas verdes y azules.

—Preferiría… —me dijo.

—¿Ahora qué?

—Que me hagas algunas preguntas para saber qué tal voy.

Nos quedaban catorce minutos. Me tomé uno para pensar en lo que le iba a preguntar. Respiré profundo.

—¿Qué hacen los hombres?

—Viven.

—¿Qué es vivir?

—Es morir. La muerte empieza en el nacimiento.

—Excelente. Entre el nacimiento y la muerte, ¿en qué se ocupan los hombres?

—En seguir sus deseos y en valerse de astucias con sus pasiones. Y a veces hacia arriba y a veces hacia abajo.

—¿No hay en los hombres algo oscuro y claro que se llama libertad?

—Ella lucha con el porvenir para cambiarlo en presente y en el pasado toma por nombre el de necesidad.

—¿Qué son un hombre, un pino, una libélula, una esponja?

—Tiempo sobre un soporte.

—¿El pasado?

—Desaparecido. Inflexible y muy suave. Quizá presente en alguna parte.

—¿El porvenir?

—Ausente. Implacable y flexible. Todavía en ninguna parte.

—Bien. ¿El dinero?

—Va con los ricos. Huye de los pobres.

—¿El trabajo?

—Mientras más duro, menos se paga. Cansa más ser minero que escritor o banquero.

—¿El saqueo de Roma?

—1527. El Condestable de…

—Está bien. Sé que sabes. ¿Aristóteles, Avicena, Averroes, Kepler?

—Ando bien en eso —me dijo A—. Y Newton y Einstein. Y la radiación de Hubble.

—Los persas, los cartagineses, los aztecas, los kafires siahposh y los kafires amazulla.

—O. K, —me aseguró A.

—¿Hortense Allart?

—Chateaubriand, Stendhal. Sainte-Beuve. George Sand. Henry Bulwer-Lytton.

—¿Podrías hacer lo mismo con Mérimée, con Louise Colet, con Lucrecia Borgia, con Cleopatra, con Petronio, con Victor Hugo?

—Creo que sí —me dijo A—. Tengo la lista completa de sus obras, de sus manías, de sus amantes, hombres y mujeres.

—¿Velocidad de la luz?

—Trescientos mil kilómetros por segundo. Nada ni nadie va más rápido.

—¿Mi mejor recuerdo en esta Tierra? Solo como ejemplo, claro — agregué con modestia.

—Estoy dudando. Symi. Sambuco. Tu llegada. Tu partida. Casi nada. Casi todo. La nieve bajo el sol. Un pequeño número de libros. Y Marie, por supuesto.

—Nada mal. ¿Los osos, los sapos, las águilas, la cochinilla?

—Monógamos —me dijo.

—Curioso. Pero es correcto. Las mariposas, las termitas, las hormigas, las abejas: ¿ningún problema?

—Ninguno. Todo está bien acomodado en su lugar.

—¿Los hoyos negros?

—Los conozco mejor que tú. En ellos la atracción es tan fuerte que ningún rayo luminoso puede escapárseles. Solo se les ubica por sus efectos. Se tragan todo lo que tocan. Abren sobre otro mundo.

—¿Los celos, el odio de sí, las ganas de otra cosa, la histeria, el noúmeno y la cosa en sí, la lucha del amo y del esclavo, el inconsciente estructurado al modo del lenguaje, el deseo de catástrofe?

—Cosa de niños —me dijo. En un dos por tres.

—Bueno. No trates, en Urql, con demasiada ligereza al pequeño burgués de Tréveris que explotaba a sus sirvientas, ni al charlatán de Viena. No olvides, te lo ruego, que eran genios. ¿Recuerdas las dalias, los tomates, el maíz?

—Llegan de América con la sífilis, la papa, el tabaco.

—¿De las pastas, de las mitras de obispo, del cuento La cenicienta?

—Vienen de China con Marco Polo.

—¿De la andouille de Vire, del bistec con papas, del beaujolais nuevo, del Château-Margaux y del Nuits-Saint-Georges?

—Inolvidables —dijo A—. Y son de tu tierra.

—¿El sacrificio, el perdón, la caridad?

—La luz es la sombra de Dios.

—¿De qué sirve el mundo?

—El sentido del mundo consiste, para los hombres, en buscarle un sentido siempre oculto para los hombres y lo único que los hombres saben es que no lo hallarán.

—¿Terminaremos algún día, antes del fin de este mundo, por encontrarlo a pesar de todo?

—Por supuesto que no.

—¿Pero de todos modos hay que buscarlo?

—Por supuesto que sí.

—¿Dido y Eneas?

—Purcell.

—¿El Jinete polaco?

—Rembrandt.

—¿Las novelas francesas de después de la Segunda Guerra?

—Ni idea —me dijo.

—Pues bien, todo eso está perfecto. Parece que aprendiste de este mundo todo lo que hay que saber de él. Falta una pregunta decisiva que los mejores espíritus de Urql no dejarán de hacerte: ¿tienes al menos alguna idea de lo que viniste a hacer aquí?

—Claro que sí: redactar un informe contigo sobre el mundo.

—¿Qué tipo de informe?

—Un informe exhaustivo que vuelva inútil cualquier otra expedición antes de cinco mil millones de años.

—¿Y crees haber tenido buen éxito?

Encajó el golpe. Dudó. Respiró hondo.

—No sé —murmuró.

—Te concedo que tu guía tiene una parte de responsabilidad en el fracaso o éxito de tu exploración. Pero la culpa es tuya: era una loca empresa. El mundo es una totalidad que incluso un espíritu venido de Urql no es capaz de abarcar y cuyo sentido se le escapa como se nos escapa a nosotros. Tiene fugas por todos lados, se oculta, se disipa ante nuestros ojos y solo llevarás fragmentos a los que te enviaron.

Todos los espíritus de Urql se te echarán encima para reclamarte detalles sobre el misterioso y absurdo mundo del que vienes. Me rehusaría, si fuera tú, a responder a las preguntas. Les tendería el informe y me encerraría en el mutismo y en el recuerdo de Marie y de tu amigo O.

—Sabes que se me ha ocurrido a menudo destruir el informe y fingir que el mundo no ha existido alguna vez. Nada de sol, nada de Sambuco, nada de paraguas, nada de leones de mar. Nada de neurosis de existencia y nada de Chateaubriand. Un fracaso de toda la empresa. Un gran silencio. Una ausencia. Un secreto entre tú y yo. Y entre el mundo, los hombres, el tiempo que pasa y quizá también Dios, o lo que haya como tal.

—Bonita idea, y sin embargo el mundo existe. Ya lo ves: el informe habla de él.

—¿Quizá pueda intentar convencer a la gente de Urql que solo existe el informe y que no hay más mundo que el informe mismo?

—¡Ah!, adivino a dónde quieres llegar: ya que el informe no es más que el mundo, ¿por qué sería el mundo otra cosa más que el informe?

—Sí —dijo A—. ¿Por qué?

—Me temo que eso no funcione. Sospecharán que el informe no nació de la nada y que, tras él, hay algo desconocido.

—¡Ah! ¿Siempre hay, detrás, algo desconocido? Nada es sencillo.

—No es imposible que, justamente, el mundo lo sea. Pero no podemos saberlo porque nos hace falta la llave y estamos en el tiempo, que lo enturbia y lo complica todo, y en ese subproducto del tiempo que llamamos el espacio.

—¿Quizá el informe ayudará a la gente de Urql a tenerlo todo un poco más claro?

—Así lo quisiera yo. No estoy tan seguro de ello. En el tiempo, que todo lo destruye pero que también todo lo conserva, hay que cuidar el más mínimo gesto y la más mínima palabra. Porque cada gesto y cada palabra, y quizá cada pensamiento, están inscritos en alguna parte en desconocidos registros. Hemos complicado el mundo en vez de resumirlo. Le agregamos los espárragos, las efemérides, la guerra de los Cien Años, la Crítica de la razón pura, que no pedían tanto. Volvimos el mundo más opaco en vez de volverlo más transparente. Era más sencillo antes del informe. Lo es un poco menos desde que el informe le puso lastre.

—¡Dios mío!, —dijo A—. Me da vueltas la cabeza. El mundo me da vértigo. Dime lo que tengo que hacer.

—Vuelve a Urql. Y cuéntales que en alguna parte hay un mundo inverosímil que le es evidente a los espíritus que lo habitan. Explícales que los hombres son espíritus como tú, pero trastornados por el tiempo que pasa, por la muerte que los acecha, también por el cuerpo que se cargan, que les permite sufrir, que les permite ser felices, que les permite pensar y sin el cual no serían nada.

—¿Y si me quedara aquí? ¿Si me cambiara en hombre? ¿Si me fuera a vivir con Marie?

—No puedes. Es en las novelas en las que, cambiados en sapo, en murciélago, en unicornio, los espíritus se transforman de pronto en jóvenes. En el mundo en el que vivimos los hombres, y los mismos dioses, solo nacen de los hombres.

—¿No podría afirmar que nací de un hombre? Me servirías de padre…

—¿E irías a vivir con Marie? Ya que seré tu padre, sería una especie de incesto: preferiría que no.

—Como quieras —me dijo.

—Muchas gracias.

Me miró con más benevolencia de la que nunca me había mostrado.

—Hacia los hombres y su mundo —me dijo—, vacilo entre el horror y una especie de ternura. Nadie ha causado tanto daño como ustedes, puesto que solo han estado ustedes para causar daño en toda la historia del universo y, en el momento en que baja el telón, en el momento de dejarlos por esa eternidad que llaman la nada, tengo ganas de levantarme y de aplaudirles.

—Te parecía que yo era idiota —le recordé.

—Por supuesto. Lo eres. Lo más grande en ustedes surge de sus límites. Hay bien porque hay mal. Porque el error es posible, la verdad merece ser buscada. El mundo toma sentido porque hay algo escondido. Pareciera que todo eso está perfectamente a punto, hilado fino. Son algas, peces, primates sobre los que pasaron, para permitirles hacerles música y obras de teatro, para enseñarles la justicia, para darles una idea del azul, del triángulo, del infinito, del juego de palabras, algunos millones de milenios. Son materia llevada por el tiempo. Son algo así como polvo de estrellas. Son casi nada, y sin embargo casi todo. Son llevados por la fuerza de las circunstancias y por las generaciones sucesivas. Son bordados por la historia. Se aprovechan de lo que los hombres hicieron antes de ustedes. No saben nada sobre nada. Los más brillantes de ustedes, los más ilustres, los más grandes, inventan cosas minúsculas, y enseguida obsoletas, en el ámbito de los sonidos, de las imágenes, de las palabras, de la marcha del universo. Y me parece sin embrago que en cada uno de ustedes, en el más desprovisto y en el más imbécil, haya algo de la flama de la que surgió el mundo.

—Porque este es, realmente, Señor, el mejor testimonio Que podemos dar de nuestra dignidad

Este ardiente sollozo que rueda a través del tiempo

Y viene a morir al borde de tu eternidad(47).

—¿Y ahora qué es eso?, —preguntó A.

—Casi nada. Son palabras.

—¿Serán las palabras, de casualidad, que le decías a Marie cuando vivías?

—¡Por desgracia, no! Jamás mis palabras han volado tan alto.

—¿Imagino que volaban tan alto como las de Chateaubriand a Juliette Récamier, como las de Musset a George Sand o de George Sand a Musset?

—No creas eso —le dije—. En el extremo final de su vida, Chateaubriand conoce a Rachel en casa de Juliette Récamier. Rachel tiene diecisiete años. Está triunfando en Atala, tiene a París a sus pies. Medio paralizado, Chateaubriand se arrastra hasta ella y le dice:

—Qué triste es, señorita, conocer algo tan bello cuando uno se va a morir.

Entonces Rachel gira hacia él, le echa una mirada insostenible y, con la misma voz con la que recita todas las noches el sueño de Atala a las fervientes salas, le dice:

—Pero, señor vizconde, hay hombres que no mueren.

Recuerda a Sainte-Beuve adivinando el talento de Musset casi todavía en la infancia, recuerda el emperador o el papa recogiendo el pincel de su pintor, recuerda a Alejandro, César, Évariste Galois, recuerda a Haydn y su Creación, Haendel y su Mesías y Mozart y todos los Bach, recuerda a Vinci, que lo había adivinado todo, y Giorgione, y Rembrandt, y Guillaume, el gran Guillaume:

Paloma mía, blanca ensenada, Oh margarita deshojada,

Mi isla lejana, mi Desirada,

Mi dulce rosa deseada(48)

Y Maupassant, que hacía obras de arte con cualquier cosa, y Joubert sobre el Adigio y Marceau sobre el Rin…

—Y Flaubert sobre el Nilo —dijo A.

—Y Offenbach y Oscar Wilde y Heine y Toulet, y todo el montón de los que, en cien años, cambiaron nuestra imagen: el informe no vale nada; yo, por entero muero y hay hombres, entre nosotros, llenos de genialidad.

—Es curioso —dijo A—. Me parece que lo que une a los hombres es más fuerte de lo que los distingue. Me parece que cada hombre merece ser recordado como un triunfo único y como tesoro digno de amor. Me parece que el genio solo, es el genio de los hombres.

Una vez más, una última vez, pensé por un momento.

—¡Pues bien!, —le dije—, ¡al menos, qué suerte!, ¡qué felicidad!, habré sido uno de esos hombres.

Entonces A avanzó hacia mí y me tomó en sus brazos.