La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 14 de 64

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La Aduana de Mar

XIII. ¿Así es como viven los hombres?

Hacía ya varias horas, para contar como los vivos, que conversaba con A y que me esforzaba lo mejor que podía por darle una idea de lo que ustedes son y de lo que anhelan. Me gustaría mucho escribir aquí que la noche caía sobre el mundo. Me gustaría poder escribir —¡qué descanso!— que nos deseábamos buenas noches y que nos dejábamos para dormir. Pero los espíritus no duermen y la noche además no cae nunca sobre un mundo que no termina de perseguirse antes de acabarse. Cae aquí, cae allá, pero siempre hay luz y movimiento en alguna parte. La noche, el sueño, los sueños impresionaban mucho a A. Creo que le daban miedo. Me llevó de inmediato hacia el día y hacia la actividad. La agitación de los hombres lo fascinaba.

—¿Pero qué hacen?

Me costaba contestarle. Es cierto: ¿qué hacían? Había intentado, como podía, indicarle que había el espacio en el que las cosas coexistían y que había el tiempo en las que se sucedían y se excluían unas de otras. Todo ello le parecía extraño, inverosímil, inútilmente rebuscado, pero a final de cuentas aceptable. Lo que no le había dicho, o apenas, porque era mucho más difícil imaginarlo y explicarlo, es que los hombres piensan.

—¿Así que piensan?

Sí, claro, piensan. Era incluso el pensamiento lo que hacía de ellos unos hombres. La mano, la posición erguida, pero sobre todo el pensamiento. El mundo, a pesar de ser tan simple, era de una horrible complicación. La materia estaba llena de secretos que la vida más elaborada no lograba penetrar. La huida de las galaxias y el movimiento de los planetas, la naturaleza de la luz, la composición del aire y del agua, la estructura de la más mínima piedra y de la más mínima brizna de paja planteaban innumerables y a veces insolubles preguntas. No era más que un juego de niños y rocío de la mañana en relación con lo que sucedía en la cabeza del tonto del pueblo, alcohólico y con bocio. Los hombres reían, cantaban, anhelaban, recordaban, se aburrían y amaban. Los hombres pensaban.

—Mi pobre cabeza —decía A—. Tengo el vértigo del mundo.

Las montañas, los bosques, las playas a lo largo del mar, los ríos, los desiertos y los lagos lo llenaban de una felicidad mezclada con algo de pavor. No entendía muy bien por qué ciertas formas y ciertos colores predominaban. Pero de vez en cuando, ante la belleza de ese mundo, era presa del entusiasmo. El perfil de las costas, las islas en medio de olas, con agua muy clara a su alrededor, los picos cubiertos de nieve, los valles muy verdes y las dunas en el desierto, varias ciudades también levantadas junto al mar, o al pie de una montaña, o en el recodo de un río, y antes que nada Venecia, por supuesto, pero también Todi y los sueños de Bramante, o Gubbio y Urbino, o Fatehpur Sikri, tan rápidamente abandonada porque no había agua, o Udaipur a orillas de su lago, o Río de Janeiro con su Pan de Azúcar y su Corcovado, o el Cuerno de Oro de Estambul, le hacían amar el espacio y el tiempo, y el genio de los hombres. Estaría dispuesto a jurar que, más de una vez, bajo su aparente calma, tras su flema casi británica —si es que acaso es permisible atribuirle a un espíritu venido de Urql las pretendidas cualidades, siempre algo dudosas, de tal o cual grupo nacional— experimentó algo que, más allá del estupor, se parecía a estar maravillado. Cosas minúsculas inmensas —una tela de araña, una rosa de arena, un cristal de nieve bajo el sol, los colores de las alas de una mariposa de Amazonia, la noche cayendo sobre las islas del Mar Egeo, sobre Symi, sobre Kalymnos o sobre Castellorizo, el hormiguero de estrellas en dirección de Urql, que los hombres no podían distinguir en razón de la distancia, le inspiraban sentimientos que nunca había experimentado. Los hombres lo horrorizaban.

Los cuerpos lo horrorizaban. El sexo lo horrorizaba. El tiempo lo horrorizaba, bajo esa forma jadeante, necesaria y absurda que llamamos historia. Pero era sobre todo el pensamiento lo que lo sumía en abismos de tristeza e incredulidad.

—Es muy extraño —le decía—, puesto que tú mismo eres un espíritu y solo eres pensamiento.

Pero el pensamiento, en A, se confundía con la necesidad, la coherencia, el absoluto. Lo que lo ponía fuera de sí era la contradicción. Lo impreciso. La incertidumbre. Él no hubiera cantado:

Incertidumbre, oh mi delicia…(15)

Su pensamiento personal se desplegaba en una esfera bien redonda y bien cerrada con dimensiones de infinito y que no cesaba nunca de coincidir con ella misma. Tenía el sentimiento, creo, y era un verdadero sufrimiento, el pensamiento de los hombres surgía de todas partes sin cesar. La mentira, el cambio, lo efímero, lo accidental lo incomodaban. Lo que más le gustaba, en nosotros, era la matemática, cuyos fundamentos, sin embargo, le parecían mal cimentados. Detestaba lo arbitrario que es la ley del tiempo y de los hombres.

—En el fondo —le decía—, confiésalo, lo que te gusta es la libertad.

Pretendía que la única libertad se llama necesidad. Lo demás son sobresaltos, ilusiones, muecas, engañosas apariencias. El pensamiento en la Tierra le parecía un campo de batalla en el que reinaba el desorden. Deploraba que el mundo visible fuese rebasado de cabo a rabo por el mundo invisible del pensamiento y de las pasiones, cuya abundancia dejaba muy atrás la multitud de granos de arena de todas las playas del planeta, de gotas de agua en el mar y de estrellas en el cielo.

—Creamos ese desorden —le dije—, y de él vivimos. Es nuestro honor y nuestra felicidad. Las pasiones somos nosotros; las ideas somos nosotros; las contradicciones somos nosotros. Rodamos de error en error y de esa cascada de fracasos surge nuestra verdad.

—¡Qué horror!

—La grandeza de los hombres —le dije— no proviene de una verdad que se nos escapa siempre. Proviene de nuestros esfuerzos hacia esa verdad desconocida: συν δλη τη ψυχη εισ την Αληθειαν ιτεον

—¿Y ahora qué es eso?

—Es griego —le dije—. «Hay que ir a la verdad con toda su alma». Lo que le pertenece a los hombres no es la verdad, es el camino hacia la verdad y el esfuerzo para alcanzarla. Casi podría decirse que, ya que estamos en el tiempo que todo lo roe y todo lo destruye, la verdad no nos incumbe. No nos concierne. No es asunto nuestro. Lo propio de los hombres, y de su grandeza, es la sucesión de sus errores en la búsqueda de la verdad.

—¿Quieres decir que sus errores les son más preciados que la verdad?

Me rasqué la cabeza.

—No nos son más preciados —dije—. Pero nos son más cercanos. Solo somos ensayos, tanteos, idas y vueltas, búsquedas. Nuestra verdad es la muerte. Y nuestra vida está hecha de errores puesto que se despliega en una historia en la que nunca se da por sentado y donde todo se transforma. Toda la belleza del mundo está en lo pasajero, en la diversidad, en la contradicción. Está en la libertad, que consiste la más de las veces en ser libre de equivocarse y de decir cualquier tontería.

—¿Entonces, eso es la vida?

—No lo sé. Yo también, puesto que soy hombre, o mejor dicho, lo era, digo cada tontería… Yo también me equivoco quizá. Yo también, mucho me temo, y más que cualquier otro, voy de error en error.

Ella tenía un corazón de golondrina

En el sofá del burdel

Yo iba a recostarme a su lado

Entre los compases de la pianola

Es así que los hombres viven

Y sus besos a lo lejos los siguen

Como soles del pasado(16).