La Aduana de Mar
IV. La marcha del tiempo
Los años pasaron. Entregados a la Unión Soviética por el pacto Molotov-Ribbentrop, Riga, Letonia, los países bálticos fueron ocupados por el Ejército Rojo. Luego tocó el turno a los alemanes que, después de haber sido, durante poco menos de dos años, aliados de la Unión Soviética, se habían vuelto sus enemigos. Se quedaron tres años. Desde el verano del 41, menos brillante que del verano del 40 pero todavía triunfal, hasta el verano del 44, que ya anunciaba el crepúsculo de los dioses y el apocalipsis. Después de los alemanes, primero vencedores, luego vencidos, los rusos volvieron como amos por un poco menos de medio siglo.
Lo que fue la ocupación alemana, lo que fue la ocupación rusa, hay, para enseñárnoslo, recuerdos y libros. La guerra siempre es cruel. Siempre es semejante a sí misma. Pero, desde Caín y Abel y los emperadores de China, todavía logra inventar nuevas astucias para hacer sufrir y nuevos delirios. El delirio de Hitler eran los judíos. El delirio de Stalin era el enemigo de clase. Había habido los romanos y los cartagineses, los cruzados y los musulmanes, los aztecas y los españoles, los hunos, los mongoles, las columnas de Turreau en Vandea y las expediciones de Simon de Montfort contra los habitantes de Albi. Todos mataban con singular alegría, quemaban, crucificaban, fusilaban, guillotinaban, degollaban, torturaban. El exterminio de los judíos era de una simplicidad bíblica: los judíos, sin excepción, eran criminales por derecho de nacimiento. Una historia recorría Europa. Alguien anuncia: «Todos los judíos y todos los peluqueros fueron arrestados». Y otro pregunta: «¿Por qué los peluqueros?». Algo de historia del mundo y de sus subterráneos también está en esas palabras. Hitler conquistó Europa. Los judíos de los países bálticos fueron masacrados como los de Polonia. Cuando los alemanes fueron derrotados y los rusos llegaron, fue harina de otro costal, y sin embargo siempre la misma: la abuela de Lisa…
Me interrumpí de golpe. Sacudí la cabeza.
—¿Entonces?, —preguntó A—. ¿Qué pasa? ¿La abuela de…?
—Creo que voy demasiado rápido. Debes entender que el tiempo del informe no es el de la vida. Cuando te cuento el mundo, aminoro la velocidad, acelero, recorto, voy volando. Vuelvo atrás, me precipito hacia adelante, arrastro los pies, insisto, escojo, lo dejo por la paz. Pasamos más tiempo frente a nuestro espresso de la Piazza Campitelli que en Riga en los negros años bajo Hitler y Stalin. Cada una de nuestras historias está recortada en la historia. Todo el arte de quien la cuenta reside en cómo la recorta. Se abandona el mundo entero. Se siguen las huellas de un amor, de una familia, de un soldado, de una casa. Se devana un hilo rojo. Se toca el tiempo como se toca el acordeón. Sostendré encantado que contar una historia solo es cuestión de tiempo. En todos los sentidos de la palabra: los verbos y la duración.
Antes que nada debes saber si utilizas, en tu relato, tanto para los hombres como para los espíritus de Urql, el presente, el pretérito imperfecto, el pretérito perfecto simple, el pluscuamperfecto, o el futuro o el futuro anterior, tiempos metafísicos por excelencia. «A conoció a O encima de la Aduana de Mar el 26 de junio hacia mediodía». O: «El 26 de junio hacia mediodía, encima de la Aduana de Mar, A conoce a O.». O también: «A habrá conocido a O el 26 de junio hacia mediodía encima de la Aduana de Mar». Puedes notar los matices, no solo de los tiempos, sino de figura y del sentido que conlleva la elección de la modulación del verbo.
El pretérito es alegre, rápido, militar, novelesco y stendhaliano: «El 15 de mayo de 1796, el general Bonaparte hizo su entrada en Milán encabezando ese joven ejército que acababa de cruzar el puente de Lodi y de anunciarle al mundo que después de tantos siglos César y Alejandro tenían un sucesor». O: «La primera vez que Aureliano vio a Berenice le pareció francamente fea». Has quedado embarcado a tu pesar. Partes con los demás y el mundo es tuyo.
El presente registra con una suerte de austeridad. Es una multa, es un acta, una evidencia: «Solo hay un problema filosófico verdaderamente importante: el suicidio». «El hombre ha nacido libre, y en todas partes está encadenado». «Las familias felices se parecen todas, las familias desdichadas son desdichadas cada una a su manera».
«En Venecia escarlata,
flota la barca quieta».
El pretérito imperfecto, en Flaubert, es el instrumento del pintor que te hace asistir a una escena ya terminada y marcada de eternidad de la que, contrariamente a lo que sucede con Stendhal, no formas parte y que miras desde el exterior sin poderle cambiar nada: «El 15 de septiembre de 1840, hacia las seis de la mañana, en la Ciudad-de-Montereau, listo para partir, fumaba con grandes fumarolas frente al muelle Saint-Bernard». «Como hacía un calor de treinta y tres grados, el bulevard Bourdon se hallaba absolutamente desierto». «Era en Mégara, suburbio de Cartago, en los jardines de Amílcar».
O también: «René Dubardeau, mi padre, tenía otro hijo: era Europa». Todo está arreglado por adelantado. No te queda más que contemplar el destino desenvolverse ante tus ojos.
El pretérito pluscuamperfecto es una mirada hacia atrás, teñida de melancolía: «Durante mucho tiempo me he acostado temprano…». El futuro anterior, tiempo misterioso si los hay, te manda a un porvenir en el que todavía no estás y desde el que contemplas un pasado que, en el momento en el que hablas, está en estado de presente y a veces de futuro. Es el principio visto desde el final, es la vida vista desde la muerte. Hay que agregar que los tiempos de los verbos tienen coloraciones sentimentales totalmente independientes del desenvolvimiento temporal: hay ternura en el pretérito imperfecto (a menudo nos dirigimos con el pretérito imperfecto a los animales y a los niños pequeños), hay aventura en el pretérito y sospecha, incluso amenaza, en el futuro anterior.
Más decisiva aún es la elección, en cualquier relato y, por supuesto, en el informe que estamos redactando sobre el estado de la Tierra, de cierto ritmo del tiempo. Si hubiera querido, mi estimado A, presentarle a la gente de Urql la integralidad del espectáculo del mundo (All the world’s a stage…), hubiéramos tenido, tú y yo, que revivir, en tiempo real, desde los principios, todos los miles de millones de años que han transcurrido desde los tres golpes del Big Bang. Y solo sería al Big Bang al que, por una increíble paradoja, puesto que es el único acontecimiento cuyo acceso le está prohibido a la ciencia, hubiéramos verdaderamente podido asistir en su totalidad. Puesto que, por una minúscula fracción de segundo, el universo se reduce, en el momento del Big Bang, a una cabeza de alfiler imperceptible, incandescente, de un calor y de una masa infinitos, y que contiene todo lo que existe. Inmediatamente después, un segundo, una fracción de segundo después, hubiera sido necesario ya estar a la vez en todos los puntos del espacio. Y algunos miles de millones de años después hubiera sido necesario no solo expandirse a todos los horizontes de la geografía y de la historia, sino deslizarse, imposible tarea, en todos los recovecos y en todos los recodos de la casa de la conciencia humana. ¡Tanto espacio! ¡Tanto tiempo! ¡Tanto pensamiento disperso! Solo tenemos un informe. No debe ser demasiado largo ni demasiado pesado para que puedas llevártelo contigo a Urql. Nos quedan solo dos días. Y no es mucho para resumir el mundo. Y he ahí el porqué, después de haberme demorado demasiado tiempo alrededor de un espresso, paso a toda velocidad…
—Antes de irte —dijo A.
—Sí, antes de irme, sobre los años terribles de la Letonia soviética al día siguiente del pacto entre Hitler y Stalin el 23 de agosto del 39, luego de la Letonia alemana y nazi como consecuencia del lanzamiento de la operación Barbarroja en la noche del 21 al 22 de junio del 41, y finalmente de la Letonia de nuevo soviética después de la victoria de Stalin sobre Hitler y la entrada en Riga de los soldados del Ejército Rojo persiguiendo hasta Polonia, hasta el Elba, hasta Berlín a la Wehrmacht en desbandada.
Si, llevados por la conversación alrededor del espresso de la Piazza Campitelli, emprendiéramos, tú y yo el relato de las aventuras de la abuela de Lisa y decidiéramos consagrarles, a ellas solas, como lo merecen (así como lo merece todo lo demás: el pasar revista por Homero de las tropas y de las naves reunidas ante Troya, el llamado por Chateaubriand o por Proust a los muertos del Jockey Club o del congreso de Verona; la lista de sombreros, en Rabelais, y de los objetos usuales que pueden servir de limpiaculos; el interminable catálogo de las amantes de don Juan), cuatro o cinco volúmenes del informe, es a partir de la noche del 23 de agosto que deberíamos iniciar. Ahí es donde todo empieza.
El día estuvo relativamente en calma. Hay buen clima. Anna regresó del periódico. Platica con sus dos hijas y con algunos amigos, entre ellos, por supuesto, el cónsul general de Alemania y el estadounidense de origen armenio, en el gran jardín que rodea la casa. Desde hace uno o dos años, desde Múnich, por lo pronto, en septiembre del 38, y quizá desde la Anschluss en marzo, que el clima político es muy denso en Europa. A cada inicio de primavera, a cada principio de otoño, uno se pregunta qué va a pasar. El invierno y el verano son playas más serenas. Treguas en una carrera jadeante. Cuando suena el teléfono en la casa de Riga esa bella noche de agosto en la que hace mucho calor, nadie se preocupa. Cuando el ama de la casa, que la pequeña polaca fue a buscar al jardín, vuelve con sus hijas y con sus amigos, todo el mundo entiende, por su andar, por su aspecto, que sin embargo algo está sucediendo.
—Nada serio, espero —lanzó alguien.
—No lo sé —contestó ella—. No estoy segura. Ribbentrop y Molotov firmaron hoy en Moscú un pacto de no agresión.
—¡Pero es la paz!, —dijo una voz.
—Es más bien la guerra —dijo Anna.
Ya nadie sabe nada. Los anexos secretos que prevén el reparto de Polonia y que entregan los países bálticos y algunos otros territorios a la Unión Soviética no son publicados. El anuncio del pacto en sí llegó muy rápidamente a la abuela de Lisa porque dirige un periódico y ocupa en Riga una situación excepcional. Y quizá también porque ella es de los que sirvieron de enlace entre la gente de Hitler y la gente de Stalin. El día siguiente y los sucesivos, cuando los periódicos y las radios hayan difundido la noticia, muchos hombres y mujeres por el mundo no captarán enseguida su significación y su gravedad. Ella ya comprendió lo que significa el acercamiento entre Hitler y Stalin. Ella sabe que Francia e Inglaterra negociaban desde hacía mucho tiempo con Stalin y Litvinov, su comisario de Asuntos Exteriores, reemplazado en mayo anterior, y eso ya era una señal, por Viacheslav Molotov. Ella sabe también que Stalin piensa que las democracias le dieron a Múnich, en septiembre del 38, la medida de su debilidad. Ella sabe que la ocupación de Checoslovaquia por Hitler, hace apenas unos meses, en marzo del 39, le pareció la consecución natural de la vergüenza de Múnich y no le sorprendió. Ella adivina el doble revire soviético y alemán: el acuerdo entre los dos jefes todopoderosos y enemigos es dictado, por cada uno, por una fría apreciación de sus respectivos intereses e indica, por lo pronto, una acción conjunta contra el país que los separa y cuya destrucción los va a unir: Polonia.
En la noche del 23 de agosto de 1939, en el jardín de la casa donde habla con sus hijas, ¿tiene la abuela de Lisa algún pensamiento por la loca de Riga? Hay otras cosas por hacer, tantas decisiones que tomar. Toda la noche, la madre y las dos hijas le dan vueltas y vueltas en sus cabezas a los proyectos y a los riesgos.
—Es la guerra —dijo la madre.
—Partamos —dijo la hija, que es la madre de Lisa.
—Imposible —dijo la madre—. El periódico, la casa, la familia, la gente. Ambas se tienen que ir. Me quedo.
—Me quedo con ustedes —dijo la tía de Lisa.
—No quiero. Te tienes que ir.
—No quiero. Me quedo.
Lo que por supuesto está en la mente y el corazón de la tía de Lisa es la imagen del comunista de lentes. No había mucho trecho entre Riga y Moscú. Menos aún entre Riga y Leningrado, donde iba a menudo el comunista de lentes. Irse a París o a Londres era cortar para siempre los vínculos con la Unión Soviética y con sus amores. La madre de las dos muchachas era una mujer muy fuerte y muy tierna. Amaba a sus hijas. Quería su felicidad. ¿Mantenía, ella misma, una relación con el cónsul general o con el armenio, o quizá con los dos? Tú, probablemente, lo sabes o podrías saberlo. Pero Lisa no lo sabía. Y yo tampoco lo sé. Gracias a Dios, no lo sé todo, puesto que soy un hombre.
El cónsul general de Alemania y el estadounidense de Armenia, que sacaban, como todos aquellos que no cerraban los ojos, las conclusiones del pacto germano-soviético, le insistieron, cada quien por su lado, a la mujer que amaban para que se pusiera a salvo, con toda su familia, ante los acontecimientos que se preveían.
—¿Qué quiere que haga?, —les contestaba—. ¿Que abandone el periódico, sus periodistas, sus tipógrafos, sus lectores? ¿Que anuncie que me voy porque tengo miedo? Bien sabe que me tengo que quedar.
Lo sabían, por supuesto. Cuarenta y ocho horas después, el 25 de agosto, en el tren de noche la madre de Lisa y Lisa, todavía en pañales o falda floreada con fruncidos, o quizá incluso en algo que hacía las veces de moisés o de bolsa de viaje, salían hacia Berlín, hacia París y hacia Londres. La tía de Lisa y su madre se quedaban en Letonia porque había en Riga un periódico y lo que se llama un deber, porque había en Moscú un comunista de lentes y lo que se llama una pasión.
A la semana siguiente estallaba la guerra en Polonia. Los alemanes y los rusos se la repartían entre ellos. Los países bálticos se volvían una tierra aislada entre el comunismo y el nacional-socialismo.
Unos meses más tarde, el general Karlis Ulmanis, al mismo tiempo Vadonis, es decir Führer o Duce, primer ministro, presidente de la República, un dictador, en verdad, que dirigía Letonia con puño de hierro, y con quien Anna mantenía la mejor de las relaciones, estaba obligado a dejar el poder y, en mandamiento de las cláusulas secretas del pacto Molotov-Ribbentrop, las tropas soviéticas penetraban en los países bálticos.
Se hicieron arreglos como se pudo. El Vadonis era deportado a algún lugar de Siberia. Letonia era anexada a la Unión Soviética. El comunismo se instalaba. El periódico, por supuesto, pasaba bajo el control de la KGB. Se sobrevivía, sin embargo. El cónsul general de Alemania seguía en su puesto. El estadounidense de Armenia seguía con sus negocios. La tía de Lisa, que interpretaba papeles de joven primera actriz en los escenarios del Gran Teatro, vivía el perfecto amor con el comunista de lentes y planeaba desposarlo. Se recibía de vez en cuando, por vías alternas, por el cónsul, por el estadounidense, una carta de la madre de Lisa: madre e hija estaban, ambas, instaladas en Inglaterra, en las cercanías de Londres, donde los riesgos de la guerra, ya rondando y rugiendo sobre La Mancha después del estrepitoso derrumbe de Francia, se revelaban más temibles que en Letonia. Londres ardía bajo las bombas. Conventry ya no existía. Inglaterra entera se tambaleaba al borde del precipicio en el que ya había caído Francia.
—¿Recuerdan —le dijo una noche a sus amigos la abuela de Lisa—, recuerdan ustedes a la vieja loca que pretendía leer la suerte en las líneas de la mano?
Sí, sí, varios de los que estaban presentes habían conocido a la vidente. Pero nadie sabía lo que había sido de ella.
—Quería que me fuera de Riga… —dijo Anna con tono soñador—. Me temo que la vida de mi hija no sea todavía más dura en Londres que la nuestra en Riga.
—¡Dios mío!, —lanzó alguien—, es cierto. ¿Quién lo hubiera creído?
Los demás asintieron con la cabeza. Tenían suerte en su desgracia. El mundo a su alrededor se había vuelto un infierno.
Las lágrimas humedecían los ojos de Anna pensando en Lisa.