La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 31 de 64

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La Aduana de Mar

X. Cinco historias y un idiota

—La vida… —empezó A.

—Mi pobre amigo, la vida como el tiempo, como el todo, como el nada. Es demasiado evidente y demasiado cercana, es demasiado vacía, está demasiado llena para que el informe sea capaz de hablar de ella.

—Qué engorroso. Si el informe no es capaz de hablar de la vida, ¿qué estamos haciendo aquí?

—Estamos contando historias para intentar entregar a Urql, por caminos de tierra que serpentean por la campiña, una vaga idea de los hombres. Puedo, valga lo que valga, y si tienes ganas de salir a divertirte un poco solo levanta la mano, contarte On purge Bébé u Occupe-toi d’Amélie que son de morirse de la risa o la Guerra de las Dos Rosas, que es un poco menos chistosa, entre la Casa de York y la Casa de Lancaster, una noticia de segunda plana, una anécdota, el descubrimiento de América o de la penicilina, un libro, una traición, o el catálogo de ventas por correspondencia de la Manufacture française d’armes y de cycles de Saint-Étienne, una conversación, de noche, en una de esas casas coloniales de Atlanta hacia finales del verano de 1864, o en la terraza de un café cerca del museo de El Cairo en vísperas de la ofensiva del mariscal Rommel, ya en El Alamein o en Marsa Matruh y tan impacientemente esperado por los nacionalistas que están cosiendo banderas con la cruz gamada, o incluso, cuando mucho, la historia de las algas y de los primates, o la de mis abuelos. Te hablé del marxismo con algo de detalle, y quizá demasiado…

—Claro que no —dijo A con mucha cortesía—, claro que no.

—… Porque constituyó para los hombres de mi época lo que se había convenido llamar un horizonte infranqueable y que ha sido franqueado. Puedo recortar en la historia y la vida tantos relatos como quieras para estupefacción de las poblaciones de Urql. La vida sin más, el mundo entero, es harina de otro costal. La vida no se cuenta. El mundo no se cuenta. Se está adentro. Eso es todo. La vida es el conjunto de fuerzas que se resisten a una muerte que termina por llegar y el mundo es la totalidad de lo que existe y que sucede y que también no sucede en la superficie de este planeta en el que aterrizaste.

—En lugar de marearme con detalles que ignoro, ¿quizá podrías, vamos, de alguna manera —sugirió A—, si no es mucho pedirte ya que veo que la buena voluntad no parece ser muy lo tuyo, quizá podrías intentar decirme en unas cuantas palabras cómo era el mundo cuando vivías en él? Me hablaste del cine, de Jesús, de Stalin y de Hitler, del dinero, de las madrugadas, de dos o tres viejas plazas en Venecia o en Roma. Debió haber otra cosa. ¿Pero qué? Es una pregunta tan sencilla que hasta me da vergüenza hacértela. Te bastaría recordar lo que veías cuando abrías los ojos y lo que escuchabas cuando pasabas en medio de la gente cuando vivías.

—No es tan sencillo —le aseguré—. No basta con escuchar, hay que comprender. No basta con ver, hay que escoger, construir, organizar. No basta con contar, hay que darle un sentido a lo que se cuenta. Sin ese orden interno que transfigura el caos, el mundo, tal como camina en su historia y en los espacios infinitos, corre el riesgo de parecerle a la gente de Urql una historia contada por un idiota…

—Claro —murmuró A—, es un riesgo.

—… Llena de ruido y de furia sin significado alguno. La clave del informe es el sentido. Porque el universo no tiene sentido, pero el mundo le da uno. Porque la vida no tiene sentido, pero el pensamiento le da uno.

—Lo que cuentas es muy bello, pero no entiendo lo que cuentas.

—Voy a tratar de explicártelo.

Un hombre está en su casa. Lleva puesto un traje con un cinturón y hombreras bastante amplias como si fueran alas. Lleva un sable de lado. Recibe a un mensajero, espléndidamente vestido, que acaba de llegar al patio de la gran casa de madera de techos laqueados y encorvados y que se apeó de su caballo, sostenido por unos criados, para entregarle un objeto, de forma oblonga, envuelto con sumo cuidado en una tela de mucho valor. Despliega la tela y descubre una espada bastante corta, más bien un puñal largo, cincelado con magnificencia y con engarce de piedras preciosas. El puñal va acompañado por una carta que el mensajero le extiende con las dos manos, como ya lo había hecho con el puñal, inclinándose hasta tierra. La carta proviene del emperador. Está redactada, con magníficos caracteres, cada uno de ellos un dibujo en sí, en un lenguaje refinado. Se acerca a la ventana para leer con respeto la misiva imperial. No es más que elogios y cumplidos. Se necesitaría mucha buena voluntad, o más bien mala, para desvelar la más mínima reserva entre tanta cortesía: «Ha llevado tan lejos las virtudes del valor y de la obediencia hacia el emperador, que son tradicionales en su familia, que nadie podrá, después de usted, servir con tanto honor…».

—Le agradezco —le dijo al mensajero—. Sírvase poner mi gratitud y mi fidelidad a los pies de Su Majestad Imperial y encargarle a su bondad, de la que Ella me provee la prueba una vez más, de todos mis seres queridos.

El mensajero se retira retrocediendo e inclinándose tres veces. El hombre llama a su mujer, a sus hijos, a sus soldados, a sus criados. Les dice unas palabras en un idioma gutural. Todos escuchan, cabizbajos. Unas lágrimas son furtivamente vertidas por la mujer. Las enjuga de inmediato para acallar a un niño que se puso a gritar. Todo el mundo se aleja en silencio, las mujeres y los niños con pasitos apresurados, los soldados y los criados con largas zancadas que retumban en la casa de papel y de madera sobre la que la noche empieza a caer. El hombre se queda solo en una habitación casi vacía. Se sienta en el piso, inmóvil, las piernas dobladas. Sin decir palabra, sin hacer un gesto, las manos puestas sobre las rodillas, piensa. Ve batalla de madrugada, incendios, marchas por el bosque, mañanas de triunfo al lado del emperador.

En el patio de la casa, bajo un pórtico con columnas, unos criados extienden una estera de paja, recubierta por un paño rojo. Cae la noche. Todo está en calma. Son encendidas linternas. El amo de la casa reaparece con el torso desnudo. Lleva calzoncillos. Se cortó la coleta que caía sobre su nuca y se rapó la cabellera. Es seguido por un compañero, su amigo de toda la vida, quien lleva un sable curvo. Él lleva en sus dos manos, cuya palma mira al cielo, el puñal del emperador. Se acomoda sobre la estera cubierta de paño rojo para borrar la sangre. Empuña con las dos manos la daga del emperador, vacila apenas un instante, empuja el mango con todas sus fuerzas y lentamente se abre el vientre.

El otro, tras él, levanta el sable hacia el cielo. Espera. Cuando la sangre brota a borbotones sobre el paño, con un gesto rápido como el rayo le corta la cabeza al amo.

Tenemos a una mujer cuyo marido murió anteayer por la noche. El calor es bochornoso. Todo el mundo espera la lluvia. Rodeada por sus criados, la mujer, frente a su espejo, se arregla como para una fiesta. No amaba a su marido. Era rico, poderoso y viejo. Tenía cuarenta y ocho años más que ella. Murió bastante rápido y su cuerpo se puso todo negro. Recuerda su boda, hace menos de cuatro años. Apenas salía de la infancia. Había hecho, una vez más, lo que le dictaban sus padres, sus tíos, sus hermanos. El cortejo había pasado, con sus elefantes, frente a los muros rojos de la ciudad, los mismos por los que pasaría poco después. Siempre tuvo el sentimiento de estar paralela a la vida, de nunca haber entrado en ella. Las fiestas, los paseos, las ceremonias, los honores nocturnos. Hubo ese caballero, venido de Jaisalmer, con el que había intercambiado unas palabras en el jardín de las rosas. Había sobre todo dos hijos, un niño y una niña, a los que acaba de dar un beso.

Desciende al jardín, donde la espera una multitud. Se forma el cortejo y se encamina. Es un derroche de colores, donde dominan el amarillo y el rojo, es un ruiderío interrumpido por repentinos silencios. Los sacerdotes caminan al frente, precedidos y seguidos por innumerables músicos. Luego siguen los elefantes, los guardias cuyo uniforme atrae todas las miradas, las bailarinas hindúes, famosas en toda la región. El cuerpo es llevado en brazos. Ella camina tras el féretro, apoyada en el hermano y uno de los hijos del difunto. Al hermano, medio idiota, lo corroe la ambición. El hijo, cuya madre ha muerto, siempre la detestó. ¿En qué estarán pensando a lo largo del trayecto?

La multitud de espectadores es cada vez más numerosa. Vinieron de las colinas, de las orillas del río, de ciudades tan lejanas como Gwalior o Chittorgar, quizá de Ranakpur, y quizá de Jaisalmer. ¿Quizá el caballero en el jardín de las rosas está escondido en alguna parte? De pronto, el cortejo se detiene. Ahí está la hoguera, ante los ojos de todos, en medio de las piedras ligeramente inclinadas que les sirven de almohada a los elefantes dormidos. Se hace un gran silencio. Parece que el calor del día se ha vuelto insostenible. La camilla es levantada encima del montón de ramas y de leña olorosa. Se echan pétalos de rosa sobre el cuerpo del difunto. La viuda, ebria por las bebidas sagradas que los sacerdotes le dieron a tomar, sube a su vez por una escalera que tiembla para darle un último beso a lo que fue su marido, tanto tiempo detestado. El hijo del difunto le prende fuego a la hoguera de la que sale de inmediato un espeso humo de rico olor y que se sube a la cabeza. Las llamas surgen con fuerza. Ella no vuelve a bajar.

Era un campesino algo simplón que vivía lejos de la ciudad. Todos los suyos habían muerto. Los sacerdotes, con un cuchillo de obsidiana, le habían abierto el pecho y le habían arrancado el corazón a uno de sus hijos. La soledad y la miseria se le habían subido a la cabeza. Las autoridades terminaron por abandonarlo a su suerte y dejarlo errar por el altiplano, donde se alimentaba de raíces y donde bebía agua de los manantiales. De vez en cuando se encontraba con guerreros, con peregrinos, con campesinos como él que regresaban del mercado y que le dejaban tomates y algunas mazorcas. Decía palabras sin sentido y hablaba mientras corría.

Una mañana tuvo un encuentro que lo dejó mudo. Era una tropa, a lo lejos, como nunca había visto. Al frente, montados en tres animales fabulosos que lo dejaron seco de terror, avanzaban tres personajes que parecían hombres, pero tan inverosímiles que debió, en varias ocasiones, pasarse las manos frente a los ojos para ahuyentar una visión. Uno llevaba una barba blanca, los otros dos barbas negras, y sus cuerpos estaban encerrados en un corsé de metal que brillaba al sol. Llevaban sobre la cabeza grandes sombreros de fieltro adornados con plumas y una larga espada pendía sobre el flanco de la bestia de pesadilla que les servía de montura. Tras ellos marchaba una veintena de soldados, con una pica al hombro.

Se tiró al piso. Vio pasar a la tropa surgida del infierno y entendió de inmediato que había vivido demasiado, puesto que asistía al principio de una espantosa catástrofe. Las ideas daban vuelta en su cabeza a velocidad vertiginosa. Recordó de pronto lo que un sacerdote de Tenochtitlan le había contado, una noche de tormenta, hacía ya muchos años: Quetzalcóatl se había ido sobre el agua hacia el sol levante y había prometido volver. Ahora estaba seguro: los seres que había visto, que no se parecían a nadie ni a nada de lo que conocía y que ya se alejaban con un ruido de metales que helaba el corazón, eran los mensajeros del dios. A menos que… apenas se atrevía a formular lo que le pasaba por la cabeza… a menos que el personaje a la cabeza, más magnífico aún, más inquietante que los demás, rodeado de señales de respeto por todos sus compañeros, no fuese el dios mismo. Esperó mucho tiempo más, todavía acostado tras un arbusto espinoso rodeado por dos piedras que lo protegían de las miradas y del furor del dios. Luego se levantó como loco y se puso a correr bajo el sol gritando a voz en cuello:

—¡Quetzalcóatl ha vuelto! ¡Quetzalcóatl ha vuelto!

Verdún seguía resistiendo. El prestigio de la corona obligaba al éxito de la ofensiva alemana dirigida por el Kronprinz. Los franceses, para resistir, se dejaban desangrar. Cada unidad en combate perdería uno de cada dos hombres, y a veces dos de cada tres. Para los dos adversarios, que dejarían sobre el terreno, muertos, heridos, desaparecidos, un millón de hombres en números redondos, Verdún se había vuelto el símbolo de la guerra y el corazón de Francia.

La cota 304 había caído. Mort-Homme había caído. El fuerte de Douaumont había cambiado de manos varias veces: había sido tomado por los alemanes, retomado, vuelto a perder. Después de haber resistido más de seis meses, el comandante Raynal, quien era el alma del fuerte de Vaux, se vio obligado a capitular. Los cerrojos de Verdún cedían uno tras otro. Solo el fuerte de Souville seguía aguantando bajo los bombardeos y protegía Verdún.

—¿Hola? ¿Mangin? Habla Pétain.

—Lo escucho muy mal, mi general. Intentaré comunicarlo con el general.

—Apúrese, viejo. Tengo prisa.

Pasan algunos segundos. Ruidos en la línea. A lo lejos se escucha el rumor de cañoneo.

—¡Hola!… Habla Mangin.

—¡Ah! ¡Mangin! ¿Cómo sigue Souville?

—La situación es desesperada. Todas las comunicaciones están cortadas. ¡Hola!… ¿Me escucha? Ya no llega ningún refuerzo. El bombardeo es ininterrumpido.

—¿Quién está al mando ahí?

—Casi todo el mundo fue muerto. ¡Hola!… Ahora, es el teniente Dupuy.

—¿Dupuy?

—¡Hola!… Sí. Kléber Dupuy.

—¡Ah! Kléber Dupuy. Sí… sí… Ya me han hablado de esa pistola… ¡Hola!… ¡Mangin!… ¡Hola!… ¡Hola!…

Kléber Dupuy detestaba la guerra. Los generales. Los militares. Era maestro. Pertenecía a una familia de la que todos los miembros eran republicanos, laicos, socialistas de padre a hijo. Los únicos soldados que les merecían respeto eran los soldados del Año II. Es por esa razón, como otros se llaman Marceau, que le habían puesto por nombre Kléber. El bisabuelo de Kléber había sido guillotinado por Gracchus Babeuf. El abuelo estuvo metido en los Talleres Nacionales. El padre había tomado partido, bajo la Comuna de París, por Rossel y por Clemanceau. Kléber había sido criado no solo con los viejos métodos y los cuentos infantiles, con extraños toques modernos, de los maestros de izquierda:

¿Conociste a Kléber?

Kléber Kléber

Cuando recorría kilómetros. ¿Conociste a Kléber?

Kléber Kléber

En su canguro amarillo y verde. Kléber Kléber

Con su quepí sobre la cabeza. Kléber Kléber

En su canguro amarillo y verde…

 

Pero en el culto a Proudhon, a Marx, a Jaurès, a la Internacional Socialista del que su padre era militante. Era amigo de Barbusse, quien todavía no había escrito El fuego, y, cuando fue sorprendido distribuyendo entre los hombres volantes y periódicos pacifistas, tuvo serios problemas con Nivelle y Mangin, que quiso fusilarlo. Fue Pétain quien lo salvó. Después de terribles reprimendas, semanas de arresto de rigor y algo de cárcel, lo habían enviado en primera línea, para que lo mataran, al fuerte de Souville.

Socialista, pacifista, antimilitarista de hueso colorado, Kléber Dupuy ignoraba el miedo. Odiaba la guerra. Los bombardeos le daban risa.

—Y siguen las pendejadas —decía—. Firmes, saludo militar, izar la bandera, Marsellesa de mis huevos y, enseguida, los shrapnels y la Gran Berta.

Cuando los oficiales de Souville, cortados de todo contacto, abandonados por Dios y por los hombres, habían sido todos muertos, había tomado el mando con el grado de teniente. Quedaban setenta y seis hombres. La mayoría eran tiradores senegaleses que daban horror a los alemanes.

Entonces sucedió algo bastante inesperado. ¿El teniente Kléber Dupuy les habría tomado afecto a esos muchachotes negros que se lanzaban al asalto riendo a mandíbula batiente y lanzando obscenidades que nadie entendía? ¿Se habrá dicho con filosofía que no había otra cosa que hacer más que empuñar el papel al que lo invitaba el destino, tan preciado por los estoicos de los que tenía siempre un volumen en su bolsillo y que leía con gusto, acodado en su casamata, entre dos bombardeos? ¿O fue alcanzado, como Pablo de camino a Damasco, por una iluminación que le hizo quemar todo lo que había adorado y adorar todo lo que había quemado? Por una razón u otra, frente a las tropas de asalto del Kronprinz, el teniente Kléber Dupuy, socialista, pacifista, de oficio profesor, se volvió de un día para otro héroe nacional.

Cuando el general Mangin, a la cabeza de los refuerzos franceses, logró por fin aflojar el tornillo de las mandíbulas del Kronprinz y romper el sitio de Souville, quedaban en el fuerte, heridos, azorados, temblando de fiebre, al borde de la locura, catorce tiradores senegaleses y el teniente Kléber Dupuy. Habían resistido a todo el ejército alemán. El general Mangin se arrancó la Legión de Honor y la prendió en el pecho del que había querido fusilar. El maestro lloraba.

—Dentro de veinticinco o treinta mil años…

—Es mañana —dijo A.

—Es mañana —dije—… París, Londres y Venecia no serán más que fábulas en la memoria de los hombres. Algo así como Éfeso, Halicarnaso, Babilonia, como Kadesh o Karkemish. Inmensas catástrofes lo habrán borrado todo. Florecerán las Atlántidas. De Alejandro y de Hércules, de Carlomagno y del Preste Juan, ya nadie sabrá cuál es realidad y cuál es leyenda. Las tres grandes guerras franco-alemanas, que agitaron tantos espíritus, ya no serán más que una, y quizá se meterán en el mismo costal las guerras de Napoleón y las de Luis XIV. Quizá la era de los libros, de las guerras, de los bosques solo será un capítulo, ¡vamos!, ¡fuera!, no se hable más de eso, de los manuales por venir o de los que los reemplazarán. Habrá tantas cosas que aprender sobre una historia de la humanidad de agobiantes dimensiones que la gente de la época, por razones diferentes, a pesar de casetes y de archivos, sabrá de su pasado tan poco como nosotros mismos. Quizá, mi querido A, y me estremezco con esas palabras, habrán olvidado el informe a la gente de Urql sobre el estado de la Tierra y sus ilustres autores.

—¡Ah! ¡Dios mío!, —exclamó A.

—No importa. Sigamos. En veinticinco o treinta mil años, investigadores venidos de otra parte…

—¿Y de dónde?, —preguntó A.

—No lo sé. De otra parte. Pongamos que de Urql, por ejemplo.

—¿De Urql?

—Pues sí. ¿Por qué no?… se agitarán sobre las ruinas de Nueva York o de París. Serán ruinas magníficas. Todo lo que nos pareció tan feo comparado con el Partenón o con Persépolis estará impregnado de una grandeza de la que no tienes ni idea.

—Y tú tampoco —dijo A.

—Y yo tampoco, por supuesto. El Empire State Building, o el Grand Central de Nueva York o el Centre Pompidou o la Casa de la Unesco de la plaza de Fontenoy serán objeto de excavaciones muy sesudas llevadas a cabo con medios que ni siquiera nos podemos imaginar y se intentará comprender lo que eran los hombres de nuestro tiempo, en qué se ocupaban y en qué creían.

—Un poco como yo —dijo A.

—Y como para ti hoy, y para mí, será una tarea sobrehumana. Pero ya que dentro de treinta mil años los hombres serán superhombres, no porque sean superiores a lo que habremos sido, sino porque habrán renunciado a ser hombres en provecho de máquinas cada vez más refinadas y cada vez más eficaces que harán de ellos unos superhombres, la tarea sobrehumana sin embargo se cumplirá. Apoyados por sus robots y artilugios nucleares, los superhombres excavadores, arqueólogos, epigrafistas, historiadores, filósofos, descubrirán que trenes partían de Grand Central y que funcionarios de estado cobraban de un presupuesto y ocupaban oficinas en la Casa de la Unesco y en el Centre Pompidou. Lo que hacían en la Unesco o en el Centre Pompidou los funcionarios de estado, o de los estados, será bastante más difícil, dentro de treinta mil años…

—¿Dentro de treinta mil años?

—Sí, dentro de treinta mil años… por definir con certeza. Pero en fin, puedes imaginar que muy grandes mentes, estilo Champollion, estilo Lévi-Strauss o estilo Dumézil, emitirán la hipótesis de que ejercían funciones a medio camino entre la magia y el comercio, la banca o la religión, en un ámbito muy oscuro que costará trabajo definir y que llevaba por nombre cultura. Unos sostendrán que se trataba de monjes, a menudo iluminados, que repetían sin fin los mismos encantamientos y las mismas letanías sobre lo intercultural y sobre la tolerancia; y los demás, cínicos y aprovechados que constituían, del tipo de los arúspices del Bajo Imperio, una clase de explotadores del pobre pueblo y que reían a carcajadas cuando se miraban. Costará trabajo entender de qué podían servir los imponentes archivos conservados en lugares antaño llamados bibliotecas, una expresión en desuso que provenía, a decir de los sabios, de la vieja palabra griega biblos, que significaba libro, antiguo medio de difusión de la famosa cultura, ella misma objeto de tantas especulaciones contradictorias. Innumerables sistemas, de inaudita complicación, serán sucesivamente edificados. Para unos, la cultura pertenecerá definitivamente al ámbito de la religión. Por otros, atañerá a un saber acumulado por mandarines con fines de poder. Para otros más, solo se tratará de un juego, de una mistificación o de un deporte en el que los vencedores, aclamados por la multitud, recibían medallas de oro y guirnaldas de laurel.

En medio de esos delirios y de sus interrogantes, un buen día dos arqueólogos, uno muy joven y otro más viejo, estarán casi simultáneamente, por un golpe de azar, en las ruinas de Grand Central y de la Casa de la Unesco, en el sitio llamado de Nueva York y en la excavación llamada de París, en el origen de un doble descubrimiento bastante raquítico, y sin embargo capital, que hará mucho ruido en el ámbito de los sabios.

Hará mucho ruido porque estará envuelto en un misterio. Los trenes, se había entendido: la gente se subía para ir a otra parte en la época en que tenían tiempo que perder y en el que, en vez de desintegrarse aquí y de reintegrarse allá, daban saltos de pulga, dentro del mismo cuerpo, entre una ciudad y otra. Los libros, se había entendido: la gente se desgastaba la vista leyendo aventuras, a menudo de una rara estupidez, impresas sobre papel en caracteres que, tomados aisladamente, no significaban nada de nada y cuyo conjunto constituía un sistema de infernal dificultad, conocido con el nombre de alfabeto. Las sillas, las oficinas, las escaleras, los elevadores, los estacionamientos para coches, se habían terminado por entender. Solo quedará inexplicado, y quizá inexplicable, el doble y delgado y sin duda decisivo descubrimiento de nuestros dos arqueólogos.

 

Será un disco de tamaño pequeño. Casi el mismo en Nueva York y a orillas del Sena. Por un milagro que la ciencia nunca bendecirá suficientemente, los dos ejemplares fueron hallados en un estado de conservación cuasiperfecto. El disco, en su centro, estará perforado por un hoyo. El borde exterior de los dos tercios de su superficieserá en parte de color verde, en parte de color rojo.

Reproducciones del disco habrán sido enviadas, por todo el universo, a todos los parques de atracciones y a las reservas folclóricas que servirán como museos de las principales galaxias. Se verán incluso en las cooperativas de aprovisionamiento, donde serán almacenadas las pastillas nutritivas, y en los centros espaciales, donde animaciones musicales y juegos nucleares los habrán tomado por tema. Se harán broches, sellos, motivos decorativos. Las mujeres los llevarán al cuello o en su túnica. Los hombres los usarán como cortapuros o como llavero. Una nueva colonia espacial, al límite de nuestra galaxia, tomará al disco como emblema y lo adornará con un lema, tomado en préstamo a Miguel Ángel, que correrá a su alrededor en letras de oro: «Dios le dio una hermana al recuerdo y la llamó esperanza».

Gracias al desarrollo de los medios de comunicación, la oscura veneración de una historia de la que ya no se sabrá mucho más se habrá expandido por todos los rincones del universo. El objeto se convertirá en el símbolo del pasado de la humanidad. El símbolo también del saber sobre ese pasado, y de su ignorancia. Será aún más conocido en esos alejados tiempos que lo son para nosotros el recipiente de Vix o La parisina de Cnosos con su nariz respingada o también los guerreros de Xian de barro cocido cuyas reproducciones circularon de grandes revistas a grandes almacenes. Será, en más pequeño, el equivalente de las pirámides, de la Acrópolis, de la plaza del Capitolio, del templo de Angkor Vat o de Borobudur, de la catedral de Chartres, del juego de pelota de Chichén Itzá.

—De la Aduana de Mar —dijo A.

—De la Aduana de Mar.

Los escolares lo dibujarán al mismo tiempo que la imagen de esta Tierra, de la que habrán venido. El Disco se volverá nombre propio y el corazón mismo y la esencia de una historia que no dejará de extenderse y de proliferar, y de caer en el olvido. Será objeto de admiración de las multitudes y de una especie de culto. Y nada les será más familiar a esos hombres del futuro que la forma del Disco, de perfecta simplicidad, indefinidamente repetida en todas las paredes, sobre papel, sobre los paños, sobre los objetos, incansablemente reproducida por las máquinas electrónicas y nucleares. El signo más difundido de la historia de la humanidad también será el más misterioso. Las teorías se habrán multiplicado alrededor de la cultura y de su papel en la sociedad. Florecerán más numerosas aún alrededor del Disco y de su significado.

Durante largos años, quizá durante varios siglos, apoyada en una epigrafía de la que no tenemos la menor idea y en gran número de textos, de reglamentos, de circulares, de manuales administrativos de nuestro tiempo, descifrados sin cesar por las computadoras, prevalecerá una tesis clásica, llamada «teoría de las comunicaciones»: el Disco aparecerá como una señal utilizada por dos medios de locomoción desaparecidos desde hace tiempo: el ferrocarril y el automóvil. Estará fuera de duda que la mención «luz verde» y «luz roja» era frecuente en los millones y millones de toneladas de archivos registrados en las grandes centrales electrónicas del espacio. La luz verde permitía la circulación de los artefactos, la luz roja la prohibía.

El primer ataque contra la teoría funcionalista de las comunicaciones vendrá por parte de especialistas de las grandes organizaciones internacionales: Sacro Imperio Romano Germánico, jesuitas, francmasonería, Tribunal de la Rota, Inquisición, Sociedad de las Naciones, aristócratas y socialistas, mafia, trata de blancas, Naciones Unidas, Unesco… que afirmarán que, si bien había trenes en Grand Central de Nueva York, ningún rastro de ferrocarril había podido ser descubierto en las ruinas de la plaza de Fontenoy en París. El Disco tenía, además, dimensiones tan modestas que los conductores hubieran necesitado tener ojos de lince para descifrarlo a lo lejos. Filósofos y sabios propondrán entonces una hipótesis revolucionaria que hará mucho ruido y que marcará una vuelta, por muchos aplaudida, a la espiritualidad. El Disco ya no estará vinculado a la circulación de los automóviles y del ferrocarril: tomará, como la misma cultura, un significado religioso y necesariamente ambiguo. Algunos supondrán que se trataba de una patena sobre la que se depositaban alimentos espirituales, quizá una legumbre verde o vino tinto. Otros, que el Disco era una ruleta rusa de la que dependían la vida y la muerte que los emperadores consultaban antes de levantar o bajar el pulgar para indultar a los gladiadores o para condenarlos.

Las más sutiles interpretaciones quedarán injertadas en esta teoría. Unos hablarán de una actividad religiosa y mágica, extrañamente mezclada con preocupaciones financieras, que llevaba por nombre política y donde, según textos antiguos de ardua lectura, se encontraban, en efecto, alrededor de un pivote central llamado democracia y representado por el hoyo de en medio, Rojos y Verdes. Otros, apoyados en oscuros libros de magia, establecerán una relación entre el disco verde y rojo y el signo del yin y del yang en la filosofía del tao. Otros más llevarán el debate hacia la literatura, y exhumarán el recuerdo de una obra muy famosa…

—¿El informe?, —preguntó A con gran sonrisa.

—No. El rojo y el negro. Sabrán que la literatura, hacia esa época, se había convertido en una rama de la publicidad. Imaginarán que el disco es un expositor o un argumento de venta para una obra cuyo título habría sido El rojo y el verde, que se volverá tan famoso como si algún día hubiera sido editado y del que buscarán por todas partes, pero en vano, los rastros inexistentes. Hombre y mujeres de letras lanzarán en las pantallas nucleares telenovelas llamadas La novela del rojo y del verde, Las aventuras del rojo y del verde, El regreso del rojo y del verde, en las que la vida intelectual de nuestra época estará representada bajo aspectos alucinantes. Darán un contenido a la nada y lo nombrarán literatura. Sabios eruditos hallarán, a orillas del Sena, rastros de desdichados ancianos sepultados bajo el polvo de documentos descompuestos y entregados a la burla y a las pullas del público

bajo el nombre de chaquetas verdes[1]. Y un archivista-paleógrafo desenterrará un drama de un tal Hugo donde exhibirá un verso (un «verde»,

según una nueva escuela de críticos y de filósofos)[2] que le valdrá tanta gloria como si lo hubiera concebido él mismo:

[3] (28) ¡Miren todos! ¡Ahí va pasando el hombre rojo!

 

El Disco será conocido, durante un siglo o dos, bajo el nombre de «Disco de los hombres verdes y de los hombres rojos».

La historia de un inmenso pasado proveerá además, alrededor del disco de Grand Central y de la Casa de la Unesco, el material de muchos edificios de una fragilidad maravillosa. Se evocarán los juegos de Deauville, de Monte Carlo, de Las Vegas donde, alrededor de un tapete verde, salían números rojos. Se dará con las carreras de carros del hipódromo de Bizancio donde se enfrentaban los Azules, los Verdes, los Blancos y los Rojos. Cuando los quisquillosos espíritus hagan notar que entre el emperador Justiniano y la Casa de la Unesco, entre la emperatriz Teodora y el Grand Central de Nueva York había transcurrido un milenio o dos, se llamará a Nostradamus, cuyas Centurias, traducidas al nuclear, seguirán estando de moda, se invocarán misterios y sociedades secretas que se habrán perpetuado durante siglos y siglos (aunque sabes que la única sociedad secreta que vale es la historia de los hombres a través de los milenios) y se barrerá la objeción de un manotazo.

El disco rojo y verde conocerá todavía, a través de los siglos,

innumerables avatares. Los gramáticos («ver rojo», «tomar sin verde[4]», «rojo de vergüenza», «verde de rabia», «llevar al rojo vivo», «ponerse pálido como manzana verde»; los místicos, los físicos, los psicoanalistas bromistas:

«verde lombriz de tierra» y «madre roja Mar Rojo[5]» e incluso, en una

poderosa síntesis: «ser marcado al verde rojo[6]», los jugadores, los locos, los militares retirados, los investigadores y los curiosos darán su opinión a su vez. Ninguno encontrará la clave, tan simple, del enigma. El disco verde y rojo (pero el secreto permanecerá para siempre perdido para los hombres) comandaba…

—¿El respeto?, —propuso A.

—Probablemente. Probablemente. ¿Algo más?

—¿El silencio?

—Habla sin temor.

—¿El retiro?

—No es inexacto. Desarrolla. Inventa, imagina, supón.

—¿El acceso a algo?

—¡Ya casi! ¡Caliente, caliente!

—No sé —confesó A sacudiendo la cabeza—. No sé.

—La puerta de los sanitarios.