La Aduana de Mar
Epílogo
Espectros de mediodía, aparecidos de plena luz, Fantasmas de una vida en la que se hablaba de amor.
ARAGON(49)
Gracias y perdón
Gracias. Todo estaba bien. Todo era sencillo. El orden reinaba sobre el universo. Me quedé solo sobre la Aduana de Mar. Era el 26 de junio, poco antes de mediodía. Me había sucedido algo que Marie ya no olvidaría: estaba muerto. Todo lo demás, quizá, lo había inventado. El mundo no existía. El espacio y el tiempo eran una ilusión. Los demás eran reflejos. La vida era un sueño. Marx, Rancé, Lenin, el saqueo de Roma, los dos sexos viéndose como enemigos, la Piazza Campitelli a unos pasos del Capitolio y del teatro de Marcelo, los paraguas de la rue du Dragon, la rivalidad de Molé y de Chateaubriand, la carta de amor enviada a George Sand por Musset: «Mi querido George, tengo que decirle algo tonto y ridículo: estoy enamorado de usted», el estatero de oro de Chamilly, la puerta de los baños de la Unesco y del Grand Central en Nueva York, la cena en Lointier el 20 de junio de 1833, e incluso el sol sobre Symi y sobre el valle del Dragón al pie de Sambuco no eran más que un sueño con las dimensiones del universo, lleno de coherencia y de sorpresas, y del que nacían en desorden las felicidades y las lágrimas.
Me había despertado: el sueño se había disipado. Ya nadie sabía a dónde había ido a parar. Había caído a la nada bajo el nombre de recuerdo. Solo había soñado la realidad por entero. ¿Quizá otros, después de mí, y dormidos como yo en el espacio y en el tiempo, perseguirían la misma pesadilla y las mismas ilusiones? Para mí se habían acabado los tumultos del mundo y sus incertidumbres. Se habían dilucidado las dudas que tanto me habían atormentado. Una certidumbre prevalecía, y para la eternidad: había salido del tiempo. Había entrado en él en el seno de mi madre, ¡bendito sea su nombre! De él me había retirado ante la Aduana de Mar. Había dejado mi cuerpo, en el que había habitado durante algunos años. Estaba muerto. El orden reinaba sobre el universo. Todo, por fin, era sencillo. Todo estaba bien. Gracias.
A había volado hacia las verdes praderas. Lo había visto tomar vuelo, invisible y radiante, hacia la realidad: otra realidad, que también me esperaba, fuera del espacio y del tiempo. La eternidad tiene muchos nombres: unos la llaman el cielo, el monte Meru, el Gan Edén, la Yanna y sus huríes, el Valhalla de los guerreros, el paraíso de los santos y de los ángeles; y los demás, la nada. Recordaba a A como recordaba a Carpaccio, a Haydn, a Flaubert, Fabrice del Dongo o a mi amiga Nane, que nunca había conocido. Como la batalla de Adrianópolis, a la que no había asistido. El mundo era un funámbulo algo ebrio, siempre desplomándose y siempre levantado por el recuerdo y por el ser: A remitía, como el mundo, al imperio de los sueños desvanecidos. ¿Quizá, como Venecia, como el Sacro Imperio Romano Germánico, como el famoso Big Bang del que todo había salido, nunca había existido, tampoco él, más que en mi pobre cabeza tirada en cenizas por Marie en la laguna de Venecia? Volvía a ver toda mi vida y la totalidad del mundo. Y era como un espejismo que se habría disipado.
No había más que la muerte. El silencio, la eternidad. El infinito que comienza cuando todo ha terminado. Y el amor de Marie. Todo lo demás había desaparecido. Todo lo que tanto había amado, los libros, las muchachitas de madrugada, gracias a las muchachitas, los pinos bajo la nieve, la llegada a los puertos a la puesta del sol, la miel, los cipreses, la noche que cae, gracias, al tiempo que pasa, gracias, había caído en la ausencia, en un océano de vacío que se confundía con el ser. Sí hubo algo pasajero, fugitivo, inútil, desvanecido: un sueño llamado realidad. Ya no quedaba más que la muerte y el amor de Marie.
¿Quizá A estaba contándoles de Marie a sus compañeros incrédulos ante tanta belleza? ¿Quizá el informe ya estaba circulando por las manos de los espíritus de Urql acongojados de estupor y de temor ante la inverosimilitud del mundo? En el centro del informe, y por ende en el centro de todo, la imagen de Marie, que no cesaba de brillar en un corazón que había dejado de latir, se esparcía de golpe hasta las fronteras del universo. El mundo era algo que se parecía al amor, o no era nada de nada.
Quise mucho a A. Había pasado con él, hablando del tiempo y del espacio y de lo que de ello surgía, algunas horas inolvidables. Había encantado mi muerte y resucitado mi vida. Se había desvanecido como el mundo entero. Era un recuerdo entre otros recuerdos. A los ojos de la eternidad, no era ni más ni menos real que Cleopatra o que Alarico. No era ni más ni menos un sueño que la fundación de Roma o que la Aduana de Mar. Lo confieso: lo echaba de menos. Todo lo que había olvidado decirle del esplendor del mundo —y esas lagunas en el informe eran para mí un verdadero sufrimiento — volvía a mi mente.
—¡Qué!, —me decía a mí mismo puesto que A ya no estaba ahí—, ¡ni una palabra sobre Bellagio como proa sobre el lago donde brillaba el sol, entre la lluvia, con mucha dulzura, ni una palabra sobre Péguy:
Mujer, escúchame: cuando las almas de los muertos Vuelvan para buscar en las viejas iglesias, Después de tantas batallas y tantas angustias,
Lo poco que quedará de sus pobres cuerpos…(50)
Ni una palabra sobre el ajedrez, sobre el eterno retorno, sobre el teorema de Gödel y sobre el de Fermat, sobre la batalla de Panipat entre el fundador de la dinastía de los Grandes Mogoles que llevaba por nombre Babur y el último de los Lodi, ni una palabra sobre la estructura matemática del universo que hacía que este mundo, que era todo amor, era también, de un lado a otro, solo una sucesión de cifras, y quizá una cifra única, inmensa, misteriosa y secreta, ni una palabra sobre Timbuctú, sobre Gene Tierney en Laura, sobre Domenico Cimarosa y su Matrimonio segreto, sobre Las metamorfosis de Ovidio («Que el día fatal que solo tiene derechos sobre mi cuerpo ponga, cuando así lo quiera, término al incierto curso de mi vida: la más noble parte de mí mismo se lanzará, inmortal, por encima de la alta región de los astros y mi nombre será imperecedero. Los pueblos me leerán y, desde entonces famoso, durante todos los siglos, si alguna verdad hay en los presentimientos de los poetas, viviré») ni sobre las de Apuleyo, llamadas también El asno de oro, el ancestro de todas las novelas que de noche leemos, que va a caer la noche, en los jardines públicos! ¡Y a eso le llamo informe!
Empecé a sonrojarme. Hubiera querido vivir de nuevo para subsanar las lagunas e intentar darle a A una imagen menos desastrosa del mundo al que había descendido. Pero era demasiado tarde. A había emprendido el vuelo hacia Urql, el informe bajo su ala. La gente de Urql, nunca jamás, sabrá algo de los persas en tiempos de los sasánidos, nada de Diderot ni de Alembert, nada de las jirafas de largos cuellos, nada del cultivo del arroz o de la caña de azúcar, nada de Lucky Luciano ni de Jack el Destripador. Se harían, por mi culpa, una falsa idea del mundo, de la vida y de los hombres. El mundo era tan bello: lo había calumniado. El mundo era tan diverso: lo había simplificado al grado de caricatura. El mundo era tan profundo, y apenas lo había rozado. Por ello pedía, de lejos, perdón a los espíritus de Urql que quizá estaban, con los ojos desorbitados, perdidos, el corazón saliéndoles del pecho, hojeando el informe y siguiéndome en Sambuco, en Symi, por la Piazza Campitelli o por la rue du Dragon, bajo un gran paraguas. ¡A, por desgracia, tenía razón!: era un incapaz, un bobo, un bueno para nada, y quizá un miserable. No había hecho nada, o casi nada, de ese sueño tejido de tiempo que llamamos el mundo, que tanto había amado y del que lo había olvidado todo.
Pedía perdón. Me desplomaba en el cielo, puro de todas las nubes que todavía se aferraban al único planeta en haber producido hombres, y pedía perdón. La última palabra que me venía a la mente y al corazón en el momento de partir era la palabra «Perdón». Ya le había pedido perdón a A yéndose. Me había tomado en sus brazos. Sollozaba sobre su hombro. Con la misma voz con la que había intentado, pero en vano, a lo largo de nuestros tres días, recordar, para la gente de Urql, tanta belleza y placeres que hacían de este mundo un lugar de encantamiento y de todas las felicidades, mascullaba:
—¡Oh, A!… ¡Oh, A!
Me daba palmaditas en la espalda con aire un poco distraído y me murmuraba a la oreja:
—¡Vamos!… ¡Vamos!… No hay por qué hacer todo un escándalo con el pretexto de que entramos en el tiempo por un puñado de temporadas y fuimos algo como una esponja desarrollada, como un mono superior…
Moqueaba todavía más. Repetía:
—¡Perdón!… ¡Oh!, perdón…
—¿Perdón de qué?, —me dijo—. No eras bueno para gran cosa. Hiciste lo que pudiste.
—¡Perdón!, —tartamudeé—. ¡Perdón! ¡Perdón por el mundo! ¡Perdón por mí! ¡Perdón por el informe!
A, con gesto tosco, pasó su mano por mi cabeza.
—¡Qué tonto eres!, —me dijo.
Y me abrazó.
Basta de hacerse el valiente. Lo abracé llorando.
Emprendía el vuelo.
Lo amaba.
Lo veía, como al mundo, desaparecer de mi vista.
Cuando ya solo era un punto en el espacio infinito, pensé en Marie y, con una punzada en el corazón, yo también partí, hombre de todos los tiempos, inocente, bueno para nada, recuerdo en los recuerdos, alma entre las almas, hacia mi eternidad.