La Aduana de Mar
VII. Nietzsche ha muerto
—Tienes razón —le respondí—. Nuestro informe sobre la Tierra correría el riesgo de ser incompleto si en él no apareciera un alemán nacido en Tréveris, en 1818, con el nombre de Karl Marx, y sobre todo un judío del que ni siquiera está permitido decir que era genial y que llamamos Jesucristo. Estoy dudando, lo confieso, abordar esos capítulos. Porque Marx y Jesús están en el corazón de lo que piensan los hombres, de lo que sienten, de lo que creen. Innumerables obras les fueron consagradas y muchos hombres murieron por el uno o por el otro. Se desataron pasiones por el uno o por el otro. Y desde hace dos milenios…
—No es mucho —hizo notar A.
—Siempre es lo mismo: no es mucho para ti, pero es mucho para nosotros, desde hace dos milenios y para miles de millones de hombres, el nombre de Jesús es sagrado.
—¿Para ti también?, —preguntó A.
—Para mí también.
—Y el de Marx, ¿también es sagrado?
—No. Para nadie. Pero dejó su huella impresa en la historia, y eso ya es bastante.
—¿Por cuánto tiempo?
—¡Ah! Nadie lo sabe. Porque, contrariamente a lo que afirmaba, la historia no se detiene. Prosigue. Modifica los paisajes y cambia las proporciones. El nombre de Marx y el de Jesús no pueden ser comparados. No pueden ser puestos en el mismo plano. No pueden juntarse el uno con el otro. Ni siquiera es imposible que hayamos sufrido, pronunciando sus nombres con un mismo soplo, de un error de perspectiva que les parecería asombroso a los que vendrán después de nosotros. Ya que uno es filósofo. Y el otro…
—¿Y el otro?, —preguntó A.
—Es difícil decirlo. El otro, para miles de millones de hombres, es Dios.
—¡Ah!, —dijo A.
—Sé que en Urql no tienen ni idea de los hombres. ¿Pero nunca, en Urql, han escuchado el nombre de Jesús?
—Nunca.
Callé un momento.
—Y no me sorprende —retomé—. Porque ese Dios también es un hombre.
—¿Un hombre?
—Es un hombre.
—¿Y sin embargo, Dios?
—Para miles de millones de hombres y de mujeres que creen en él, Cristo es hombre y Dios.
A calló.
—Es colocar muy en alto a los hombres —dijo al fin—, y la divinidad bastante bajo al cambiar a un hombre en Dios y convertir en Dios a un hombre.
Callé de nuevo.
—Sí —dije—. Con Cristo, Dios desciende hasta los hombres. Y, ya que el hijo del hombre es también el hijo de Dios, Dios, con Cristo, hace subir al hombre hasta Dios. Es precisamente ese vínculo ente Dios y los hombres lo propio del cristianismo y lo que constituye su grandeza.
—¿Quién decide esas cosas? ¿Son los hombres? ¿O es Dios?
—Son los hombres. Pero inspirados por Dios hecho hombre.
—Ya veo —dijo A— que nada me puedes decir de Dios porque a los hombres no les es permitido saber nada de Dios.
—Es verdad. Sin embargo…
—Entonces, como siempre, háblame solamente de los hombres.
—Desde siempre —empecé—, vamos, desde que piensan, desde que tienen la desgracia y la dicha de pensar, los hombres se crearon imágenes muy diversas de los poderes externos y superiores al mundo, que llevan multitud de nombres y que, en el cuerpo del informe para uso de la gente de Urql y para más comodidad, llamaremos divinidades. En los griegos, en los romanos, en los aztecas, en los germanos, en los pueblos de África, por doquier, en las más altas culturas y en los más remotos bárbaros, esas divinidades han sido innumerables. Pero, hace tres o cuatro mil años…
—¡Ah!, —dijo A—, eso fue ayer.
—… Allá por el Tigris y el Éufrates, luego por las orillas orientales del Mediterráneo, por primera vez, un hombre genial, uno de los más grandes, uno de los más ilustres de toda la historia de la vida, adora a un Dios único, oculto, todopoderoso, sin principio y sin fin, justiciero y vengador, cuyo inefable nombre no puede ser pronunciado ni escrito. El hombre, que se llama Abraham, le da su hijo a Dios como, dos mil años después, Dios le da su hijo a los hombres. Entre esos dos sacrificios se inscriben los orígenes de la gran alianza entre los hombres y Dios y nace el monoteísmo. Sin siquiera hablar del islamismo, que también se le une, es toda la historia del pueblo judío, tan claramente elegido y tan claramente maldito, y de los principios del cristianismo.
Agotado por el esfuerzo, me quedé pasmado, incapaz de proseguir.
—Continúa —dijo A.
—Me cuesta —confesé—. Debo advertirte ahora que muy poco sé sobre la mecánica ondulatoria, sobre la navegación a vela, sobre el cultivo del maíz que solo aparece en Europa después de Cristóbal Colón, sobre la geología, sobre la medicina, sobre la filosofía de Avicena, de Averroes, de Maimónides, quienes desempeñaron un papel tan decisivo en la historia del pensamiento, y que no sé nada de nada, no solo sobre Dios…
—Por supuesto —dijo A—. Ningún hombre sabe nada de Dios. Dios no se confiará a las algas con tiempo.
—… Sino sobre las ideas que los hombres se forman de Dios y que constituyen una ciencia que se llama teología.
—¿Es una ciencia exacta?, —preguntó A.
—No, no es una ciencia exacta. Las ciencias exactas sacan conclusiones rigurosas de consecuencias sin recurso de apelación de postulados arbitrarios que nadie puede probar y de los que no se ocupan. La teología es la ciencia del fin último y del principio absoluto. Es la ciencia de los postulados.
—¿De dónde se inspiran?, —preguntó A.
—De los libros sagrados.
—Me imagino que esas obras son más importantes para nuestro trabajo que las reglas del fútbol que figuran en anexo, e incluso que La Ilíada y La Odisea a las que les hacen tanto caso o que las Memorias de ultratumba. Dime el nombre, te lo ruego, de esos libros sagrados de los que me empiezo a preguntar si no bastarían, por sí solos, para componer el informe.
—Todo el mundo tiene los suyos, respondí: los aztecas, los hindúes, los budistas, los mongoles, los taoístas, los parsis, e incluso los mormones, los de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, quienes piensan que los indios de América son los restos de las tribus perdidas de Israel y cuyo jefe, Joseph Smith, descubrió, el 22 de septiembre de 1827, en una colina del estado de Nueva York, placas de oro grabadas con jeroglíficos egipcios que afortunadamente logró, con la ayuda de dos piedras mencionadas en la Biblia y que milagrosamente cayeron en sus manos, descifrar a toda prisa antes de su desaparición. Los judíos tienen la suya: es la Biblia, de la que veneran sobre todo el principio bajo el nombre de Torá. Y los cristianos también tienen la suya: es la Biblia cristiana. Comprende el Antiguo Testamento, que se confunde con la Biblia judía, y el Nuevo Testamento, cuyo corazón son los Evangelios que cuentan la vida de Jesús, hijo de Dios y de los hombres, Mesías anunciado por las Santas Escrituras. Porque, según sus propias palabras, Cristo no vino para abolir la ley judía, sino para llevarla a cabo y concluirla.
—Todos esos libros —preguntó A—, ¿cuentan la misma cosa?
—Sí y no. Cosas bastante diferentes para nutrir odios que todavía subsisten entre judíos y cristianos, entre cristianos y musulmanes, entre judíos y musulmanes.
—Vaya que es molesto. Me gustaría que el informe fuera algo coherente.
—Y sin embargo cosas bastante semejantes sobre la existencia de Dios, sobre la felicidad de la salvación, sobre el papel del rezo y de la caridad. La verdadera diferencia es una diferencia de lenguaje: Dios no lleva el mismo nombre en las diferentes religiones. Y una diferencia de gramática, de sintaxis y de signos: no le gustamos de la misma manera, no lo adoramos según los mismos ritos.
—¿Eres cristiano?, —preguntó A.
—Lo soy. O lo era: me imagino que, ahí donde voy cuando te haya dejado, las etiquetas de este mundo son borradas bastante rápido y que no hay, entre los muertos, cristianos y lo demás. O intentaba serlo. Mis padres lo eran. Y los padres de mis padres. Antes de enviarme a la escuela de maestros laicos y progresistas, quienes también pretendían poseer la verdad, pero que le daban un nuevo sentido mezclándola con tolerancia, fui criado, sin excesivo rigor, en la religión católica, apostólica y romana. Y si realmente fuera necesario, en todo el espacio de los siglos, seguir a alguien hasta el final, creo que sería Jesús al que me gustaría seguir. Era hijo de una virgen, resucitó de entre los muertos después de haber sido crucificado bajo el reino de Tiberio, su cuerpo se eleva ante los ojos de sus discípulos, hasta el fin de los siglos su cuerpo se cambia en pan, su sangre se cambia en vino.
—¿Crees todo eso?, —preguntó A.
—No sé. A veces dudo. Cristo, en verdad, solo enseñó dos cosas: que había que amar a los demás y que había que amar a Dios.
—¿Los amas?
—Amo mucho a Dios. Amar a Dios es muy cómodo. Es mucho más fácil que amar a los demás. Dios es un sueño. Está lejos. Está en otra parte. Siempre está de viaje. Nada se sabe de él. Se parece un poco a ti, pero en mucho mejor por supuesto. Los demás ahí están, y me fastidian. Reclaman, ocupan lugar, hacen ruido, huelen feo. A veces se les ocurre escribir libros mejores que los míos. Los demás me molestan todo el tiempo. Dios nunca me molesta. Cuando todo me sale bien, se lo agradezco. Cuando todo me sale mal, le imploro. Sé que Dios tiene otras cosas que hacer que ocuparse de algas con tiempo. Se ocupa de miles de millones de estrellas en miles de millones de galaxias y de miles de millones de partículas en miles de millones de moléculas. Pero los hombres son los que lo desesperan. Es por ello, me imagino, que nos envió a su hijo bajo el nombre de Jesús.
Él, Jesús, solo se ocupa de los hombres. Él nos toma de la mano. Él piensa en nosotros sin cesar puesto que se volvió hombre antes de morir por nosotros y sabe lo que es andar cargando un cuerpo en el espacio y en el tiempo. Él hizo bajar a Dios hasta los sufrimientos de los hombres. No es un jefe, un rey, un emperador, un riquillo, un patrón. Es un pobre, un débil, un condenado a muerte. Aquel que quiera ganar su vida la perderá, dice Jesús en boca de uno u otro de los discípulos que se expresan en su nombre. Es el acierto genial del cristianismo y de la iglesia católica, que tanto amó, después, el poder y la gloria: lo que triunfa, con Jesús, es el fracaso, la miseria, el sufrimiento. Porque hay más amor, en esta Tierra, del lado de los vencidos que del lado de los vencedores. Pareciera que el amor se larga cuando aparecen los poderosos. Jesús huyó del poder como los demás huyen de la miseria. A partir de que ya no es niño, se cambia a víctima. Incluso si Jesús no fuera más que un mito (y los sabios aseguran que no es más mito que Alejandro o César o Cleopatra o Moisés), me parece que tantos hombres y mujeres pensaron en él con tanta ternura que algo de la ternura del mundo se me regresa bajo su nombre.
A veces pienso que, incluso si el cristianismo y la religión católica, apostólica y romana…
—Es bonito —dijo A—. Suena bien.
—Lo sé. Es la genialidad de la iglesia… si llegaran a desaparecer…
—¿Desaparecerán?, —preguntó A.
—No lo sé. Tú eres quien lo sabe. Yo no. Incluso si el cristianismo y la religión católica llegaran a desaparecer, llevados por el tiempo que se lleva a los hombres y sus instituciones, la religión de los pobres, de los vencidos y de los débiles no terminaría nunca. La gloria de Cristo está en el sufrimiento más que en el triunfo. Los triunfos pasan. El sufrimiento se queda. A lo largo de los siglos, con la Inquisición, con la resplandeciente ignominia de los Borgia y de tantos otros, con las estupidez de los prelados aferrados al pasado, con un príncipe de Borbón que recibe a los ocho años su capelo cardenalicio, con la pompa y la púrpura de la iglesia que había fundado con pescadores y prostitutas, Cristo sufrió por su triunfo. Triunfa en el sufrimiento. Y quizá en su fracaso. Me imagino muy bien, en un mundo rico y duro que habría terminado por rechazar los absurdos de nuestros dogmas, a un pequeño grupo de escépticos, asqueados por el conformismo y por la prosperidad, ávidos en fin de paradojas, vagamente tentados por otra cosa, que se reuniría en un sótano y que compartiría pan y que bebería vino en recuerdo de Cristo Jesús del que ya no sabrían nada, excepto que amaba a los pobres, a los vencidos, a los rebeldes, a los que lloran. Entonces quizá Jesús, en quien ya nadie creería, y ni siquiera ellos mismos por supuesto, volvería entre ellos.
Más que nadie, Jesús introdujo en la historia algo sublime que habrá que anotar en el informe porque solo los hombres lo practican y que es su bien propio al mismo tenor que el pensamiento, pero un piso más arriba: es el perdón. Más que ordena e impone, Cristo olvida y borra. Al Dios de venganza y resentimiento del Antiguo Testamento le sucede un hombre de amor y de misericordia. No por casualidad lo llaman el Redentor: redime y perdona. La cruz deja, con él, de ser un instrumento de suplicio para convertirse en signo de redención.
—No entiendo —dijo A—. ¿Qué redime?
—Los pecados del mundo.
—¿Los había vendido, o qué?
—El solo hecho de estar en el mundo ya es una falta. Para la iglesia católica, todos los hombres, excepto la Virgen, madre de Dios, nacen con un pecado. Es el pecado original.
—¿Hay que registrar en el informe que, excepto la Virgen, por supuesto, todos los hombres son culpables y todos son propensos a ser malos?
—Es un gran debate. Hubo filósofos para sostener que el hombre es bueno por naturaleza. La iglesia es menos angelical que la filosofía. El hombre es solo culpa a los ojos de una doctrina que se remonta a Adán y donde el hijo del hombre muere para salvar a los hijos de Dios. Y solo es perdón. La culpa está en el corazón de todas las religiones. El perdón de la culpa está en el corazón del cristianismo. Y, más propiamente, de la religión católica que tanto ama a los pecadores que es capaz de perdonar, en un abrir y cerrar de ojos de arrepentimiento, una vida entera de crímenes. A un hombre que viene a decirle: «Padre, he matado», el sacerdote católico responde con una pregunta: «¿Cuántas veces, hijo mío?». Y un último suspiro de esperanza y de fe basta para borrar toda una carrera de excesos. Es por ello que tantos libertinos fueron católicos. Y que tantos católicos fueron libertinos.
—Chateaubriand —dijo A—. Y el abad Rancé.
—Y toda la multitud de los demás. Hay una frase de Lutero…
—¿Era católico?
—Justamente, dejaba de serlo. Y, por una multitud de razones que siempre son las mismas y de las que la primera…
—… Es que no sabes nada…
—Y tú, todo lo adivinas… no entraremos en pleitos de religión que ocuparon a los hombres tanto y más que el amor o que el oro y que hicieron derramar ríos de sangre por oscuras tesis que ya nadie lee, por frases ambiguas, por palabras impugnadas, por una sola vocal, como la iota de omoousios o de omoiousios que desataba pasiones que ya no entendemos.
—¿Y entonces —dijo A con algo de impaciencia—, esa frase de Lutero…?
—Peccate fortiter. Credite fortius: «Pequen con vigor. Pero tengan una fe aún más vigorosa». Lo más bello que el cristianismo le ha dado al mundo, bajo las especies púrpura y oro de la iglesia católica,
—apostólica y romana,
—el más formidable ejemplo de una institución lograda y duradera, con sus increíbles fastos y sus compromisos y su voluntad de poder y sus riquezas sin límite, son sus hijas perdidas y sus malos muchachos.
Con la Encarnación, con la Trinidad, con el Espíritu Santo que vincula al Padre con el Hijo, la iglesia católica, mi querido A, es una cosa tan grande, y el cristianismo, que derriba el orden del mundo y que tira a reyes, a poderosos, a ricos a los pies de un instrumento de tortura que no es ni más ni menos que una guillotina o que un cadalso o que un pelotón de fusilamiento, es un movimiento del corazón de audacia tan asombrosa que la totalidad de un informe, que cubriría, de paso, la totalidad del hombre, podría consagrárseles. De alguna manera me pregunto por qué, desde nuestro encuentro encima de la Aduana de Mar, hemos hablado de otra cosa.
—¿Y Dios?, —preguntó A—. ¿Aparece, de vez en cuando, en esos palacios de ideas, en esas construcciones de palabras, en esa religión de los hombres que hombres han concebido para gloria de los hombres al menos tanto como para la de Dios?
—¿Los hombres hablan de Dios? ¿Tienen el derecho de hablar de Dios? Le hablan a Dios, eso es todo. Lo adoran, le suplican, se tiran a sus pies. Nada tienen que decir de lo que no pueden concebir. Dios se encarga de los hombres y decide su suerte. No les toca a los hombres encargarse de Dios ni decidir su suerte. Dios no existe en la historia y en el tiempo, puesto que es eterno. Y ellos no son más que hombres en la historia y en el tiempo.
Hace algunos años, en un congreso de filosofía que se celebraba en Moscú, para entonces capital de un comunismo que, a falta de amo, al menos no tenía Dios, el presidente de la sesión, un profesor de la universidad de Nueva York o de Chicago, después de haber consultado su reloj, les dijo a los delegados: «Nos quedan cinco minutos. Quizá podríamos abordar el tema de Dios». Era no tomar en cuenta la historia que corría, hacia la misma época, por anfiteatros y campus. En las paredes de la facultad de filosofía aparece una inscripción con letras gigantes escritas con marcador o con spray:
DIOS HA MUERTO
firmado:
NIETZSCHE
Una mano misteriosa borra la inscripción y en su lugar escribe:
NIETZSCHE HA MUERTO
firmado:
DIOS
Hay muchas cosas geniales en el cristianismo y en la iglesia católica. La más genial, de seguro, es haber hecho descender a Dios, del que no está permitido decir nada, entre los hombres que todo el mundo conoce. Es lo que se llama la Encarnación. Dios está fuera del tiempo y está fuera de la historia. Y he aquí que entra en el tiempo y que entra en la historia con el nombre de Jesús. Quizá no esté del todo prohibido pensar que el cristianismo, con infinitas precauciones, y quizá sin saberlo, con el ánimo de hacer de Dios un hombre, hizo del hombre un Dios.
Innumerables herejías, con volteretas y golpes de efecto dignos de películas de Hollywood, giran alrededor de ese misterio: ¿Jesús es primero Dios o es primero hombre? Todas las preguntas anexas, a las que están relacionados los nombres de Arrio o de los nestorianos, los concilios de Nicea, de Constantinopla, de Éfeso o de Calcedonia (¿El Hijo es el igual del Padre? ¿Existen dos naturalezas en la persona de Cristo? ¿Es María la madre del Dios o solamente la madre del hombre? Y la controversia filio que…) derivan de esa cuestión en la que se juega, de verdad, todo el sentido de nuestro informe sobre el mundo y los hombres. La respuesta de la iglesia es que indisolublemente Jesús es Dios y hombre. Un Dios Padre, que es el Hijo al mismo tiempo que el Padre ya que el Hijo es también el Padre y las tres Personas son un solo Dios, reina siempre, desconocido, inefable, para siempre jamás inmutable, idéntico a sí mismo eternamente, fuera del mundo y del tiempo. Se envió él mismo, bajo forma del Hijo, hijo de Dios y del hombre, en el espacio y en el tiempo creados por el Big Bang, para ahí vivir como los hombres. Y ahí morir como ellos.
—¿Será lo que llamas teología?, —preguntó A.
Sobrevolábamos mares, islas, grandes lagos en las islas, volcanes en el mar.
—Jamás me atrevería a pretender que esos relatos en pleno vuelo sean teología: desde aquí oigo elevarse de los augustos lugares donde se reúnen las risas de los teólogos. Pero me imagino que la teología debe ocuparse como nosotros (de otra manera, pero como nosotros) de la Encarnación y de la Santa Trinidad.
—¿Será también lo que llamas filosofía?, —volvió a preguntar A.
—Mismo motivo, mismo castigo. El informe destinado a Urql es para la filosofía lo que Courteline es para Shakespeare, lo que Guignol es para el Segundo Fausto. En menos gracioso, desgraciadamente. El informe está provisto de un asa, para que te cueste menos trabajo llevártelo contigo. Ya sabes que la filosofía se pregunta, con asombro, por qué hay algo en vez de nada y lo que hacemos en esta Tierra en la que tienes la suerte, o la desgracia, de solo estar de paso.
—Estoy dudando —me confió A—. ¿Suerte o desgracia? Estoy dudando. Primero pensé, lo sabes, que era una gran desgracia ser un hombre sobre la Tierra en el seno del universo. Ya me estoy cuestionando si no hay alegría, mezclada con algo de desesperación, en ser, desde siempre y por los siglos de los siglos, así como un héroe, vagamente pasmado, de novela policíaca o de novela de aventuras, un enigma dentro de un enigma en el seno de otro enigma.
—¡A eso vamos!, —exclamé—. Esto es la filosofía: el enigma, el estupor, la desesperanza, la alegría. Todo está ahí. El filósofo es alegre porque sabe que no sabe nada y que a diferencia de los otros nada espera ya del mundo más que algo de sorpresa. ¿Hasta dónde nos sorprenderemos? ¿Hasta dónde nos llevará el estupor de nuestra condición? El filósofo está tan perplejo ante el mundo y los hombres como lo estabas tú encima de la Aduana de Mar.
—Lo recuerdo… —dijo A—. Y la impaciencia por saber se mezclaba con el estupor ante lo que estaba viendo.
—Iris es hija de Taumas. El saber nace del asombro. Toda la parte del mundo que se extiende alrededor de la Aduana de Mar y que llamamos Europa, un cabo tijereteado y minúsculo en el extremo de Asia, se construyó sobre dos pilares: la filosofía griega, que intentará responder por la tragedia, por la historia, por la geometría, por la ciencia, por tantas estatuas también, al asombro metafísico ante esa maravilla que es el hombre; y la teología cristiana, resultado y trastorno de la tradición judía, que le pedirá al amor de un Dios caído en el tiempo y encarnado en la historia una respuesta a ese misterio que es el hombre y un consuelo a sus sufrimientos.
—¡Vaya pues!…
—Eso te deja pasmado.
—Lo que no me queda claro… —dijo A.
—¿Y ahora qué pasa? ¿No está todo más que clarísimo? ¿No todo está claro como el agua?
—Lo que todavía no me queda claro, es que Dios llega al mundo en un momento dado y en un lugar dado. ¿Por qué no más temprano o más tarde? ¿Y por qué no en otra parte?
—Ni me lo digas —le dije—. Es un rompecabezas. Dios desciende con los judíos y, con la ayuda de los romanos, los judíos son quienes lo matan. Ni te imaginas las catástrofes que desató ese asesinato. Es la guerra de pandillas a escala del planeta. Lo más curioso es que los judíos, que ya se consideraban, en el Antiguo Testamento, como el pueblo elegido por excelencia, son confirmados, en el Nuevo, en ese destino de excepción ya que, retomando una fórmula de monseñor de Quélen, arzobispo de París bajo la Restauración, predecesor bajo la Cúpula de nuestro amigo Molé…
—¡Órale!, ¡dime!, —exclamó A, que no siempre se comportaba como se hubiera deseado.
—… Jesús no solo es hijo de Dios por su padre, pertenece también, por su madre, a una muy buena y muy vieja familia de la tribu de David. El pueblo elegido, por supuesto, se transforma en pueblo maldito cuando envía al Mesías al cadalso, a la guillotina, al pelotón de fusilamiento. ¿Pero el medio para entrar en la historia y en el tiempo sin caer en los tumultos de una situación política, económica, social, sin ser parte de un pueblo, sin pertenecer a una época? Jesús nace bajo Augusto y muere bajo Tiberio, representado por Poncio Pilatos ante el rey Herodes, quien colabora desvergonzadamente con las tropas de ocupación. Y sobre todo, fundador de todo el cristianismo, padre de la iglesia católica, de las iglesias ortodoxas, de las iglesias protestantes, de todas las sectas cismáticas o heréticas que reclaman ser del cristianismo, Jesús es antes que nada judío. Los protestantes son católicos que se separaron de la iglesia. Los católicos son judíos que se separaron de Israel.
—Ya me explicaste que los hijos, entre ustedes, son la muerte de los padres.
—Jesús no escapa a esa regla. Una vez entrado en la historia, y no sé si te das cuenta de la formidable catástrofe (utilizo la palabra catástrofe en el sentido de cambio radical) que significa la entrada de un Dios en la historia, una vez que Cristo entró en la historia, sigue las leyes de la historia. Las sigue al pie de la letra, con la ayudadita necesaria, porque ese hombre es Dios. Nace de una mujer, pero ella es virgen. Vive como todos los demás, pero hace milagros. Muere, pero resucita.
Era necesario, para que Jesús fuera el Mesías anunciado por las Sagradas Escrituras y por el hijo del hombre, que María fuera una mujer, pero también era necesario que pudiera ser madre de Dios: de ahí la Inmaculada Concepción que hace que María, en la doctrina católica, sea la única mujer de la historia de los hombres nacida de una mujer sin pecado. Era necesario, para que Jesús sea el hijo del hombre y el Cristo Salvador, que fuera crucificado por los suyos: de ahí la traición de Judas. Si Judas, presa de remordimientos, hubiera renunciado, de último momento, a entregar a Jesús a los romanos y a los judíos, no hubiera habido cristianismo. El éxito de los zelotes, de aquellos que lo querían todo ahora mismo, hubiera sido la ruina de los cristianos por los siglos de los siglos. El triunfo del cristianismo, que es su clave y su corazón, debía pasar por el fracaso; y su vida, por su muerte. Ya ves que aquí estás tocando algo que va mucho más allá que la sola doctrina cristiana para alcanzar la naturaleza misma y la raíz de lo que es el hombre en su historia: Muerte, ¿dónde está tu victoria?
Y el artesano de esa victoria del fracaso sobre la victoria, es ese mismo que no había comprendido que la muerte es más fuerte que la vida para asegurar la eternidad en el recuerdo de los hombres: es Judas. El traidor es la piedra clave de la entrada de Dios en la historia. Dios penetra en la historia de los hombres gracias a Judas, que le da muerte. El mal colabora con el bien para hacer de la historia de los hombres algo divino. Y Judas, el traidor, el único hombre, quizá, que esté condenado para siempre al infierno eterno es, al igual que María, la Virgen, sentada en el Paraíso a la derecha de Dios Padre que es el padre de su Hijo entregado a los verdugos para salvar al mundo y a la historia, el artesano negro de nuestra salvación.
Y es poco decir que Judas, como María, colabora con la entrada, llena de amor y de sangre, del Hijo de Dios en el tiempo. Es la historia entera que la anuncia y la prepara. Adán, con la falta, ya es la imagen de Jesús, ya que es el Hijo de Dios. Eva, la primera mujer, que no nace como las demás y que se deja llevar por el mal para que la historia se haga, ya es María y Judas a la vez. Y Noé, y Abraham, e Isaac, y Moisés, y David, y Salomón no son, como San Juan Bautista, más que los paladines de Cristo y del descenso de Dios en la oscura historia de los hombres.
—Lo que me inquieta, cuando hablas de los judíos, de los católicos, de los protestantes, de los musulmanes, es la diversidad de las posibles interpretaciones de la historia. No quisiera que el informe sea confiscado por una religión ni que pueda ser acusado de parcialidad metafísica. Me pregunto si el oro, del que tanto me has hablado, es tan importante como me lo habías dicho y si los hombres no están divididos por sus ideas al menos tanto como por sus intereses. ¿Acaso hay, en los hombres, tantas religiones como idiomas?
—Hasta ahora por lo menos hay, gracias a Dios, menos religiones que idiomas. Pero hay varias, y muchas son muy bellas. Y los que creen en una religión creen naturalmente, por la misma ocasión, que es la única verdadera. Se harían matar por ella (¿y podemos censurarlos?) más seguramente que por oro.
—¿Crees que tu religión era la única verdadera?
—No lo sé. No creía que mi familia era la única en ser buena. No creía que mi patria era la única en ser justa.
—¿Pero te harías matar por ellas?
—Sin duda alguna —dije—. Hubiera sido sumamente feliz de hacerme matar por la religión católica, apostólica y romana, en la que no creía del todo; hubiera sido sumamente feliz de hacerme matar por mi familia que no dejaba de irritarme o por mi patria de la que terminarás por saber, de palabras de uno u otro, que es insoportable.
—¿Y por qué entonces, te lo ruego, luchar por causas de las que no estabas seguro?
—Pues porque eran las mías —respondí—. Ahora sabes que los hombres tienen un tiempo y un lugar, y amigos, y sentimientos. Y que todo eso no es más que azar mezclado con necesidad. Pero también hay algo que se llama recuerdo, honor, fidelidad y que hace que los hombres gusten de pelear y morir por lo que creen y por sus apegos. No hay nada peor para un hombre que no creer en nada. Es por ello que uno de los más grandes de todos nuestros filósofos, el padre de Fichte y de Schelling, el abuelo de Hegel, el bisabuelo de Marx, limitó el saber para darle lugar a la fe.
—¡Su nombre!, —exclamó A—. ¡Quiero su nombre para el informe!
—Se llamaba Kant, Emmanuel Kant, y nació en Königsberg, en Prusia Oriental, en tiempos de las Luces, al final del Antiguo Régimen, en vísperas de la revolución francesa, que transformó por completo al mundo quizá tanto como Cristo. Hacer girar las cosas alrededor del espíritu en vez de hacer girar el espíritu alrededor de las cosas y su revolución copernicana es tan radical como la de los Sans-culottes: dejando en una negra noche secretos fuera de alcance, mostrando que los fenómenos necesitan, para surgir, del espacio y del tiempo, funda un sistema formidable que anuncia muchos otros sistemas.
—Dime la verdad —suplicó A—. No te ciegues en tu admiración por Kant, en tu amor por Cristo. ¿No hay, en la historia, toda una multitud de filósofos, de sabios, de santos, de profetas y de religiones que transformaron por completo al mundo?
—Claro que sí. Tienes razón. Una multitud. Einstein transforma al mundo. Y Mahoma transforma al mundo. Y Buda transforma al mundo. Es porque mis padres eran cristianos, y los padres de mis padres, que te hablé de Cristo del que ellos mismos me hablaban. Hay muchos otros sistemas, tan fuertes, tan sutiles, y cuyos discípulos creen a ojos cerrados que poseen la verdad. Ignoro casi todo de la grandeza del cristianismo, de la transubstanciación, de la gracia, de la parusía, del Espíritu Santo y de los concilios sin fin en los que los hombres votaron sobre Dios como los diputados sobre un impuesto o sobre una ley agraria y de la que surgió la santa iglesia. Solo sé, y apenas, que hay algo muy bello llamado, creo, la comunión de los santos y que le permite al amor y a los méritos circular por la oración entre todos los que creen: en el estado en el que me encuentro, lo espero todo de la ayuda de aquellos que amé y que, quizá, me amaron. Del islam o del budismo, cuya historia, más larga para el budismo y más corta para el islam, es tan complicada como la del cristianismo, con cismas, y herejías, y sabios, y montonales de escuelas, no sé nada.
—¡Qué molesto!, —gimió A—. ¿Qué vamos a hacer para el informe? No puedo echarme para subsanar esas lagunas sobre todas las almas de los muertos que van pasando y de las que algunas, me imagino, son musulmanas o budistas.
—No es tan grave. Te advertí, desde el principio, es decir desde mi final, que no sabía nada sobre casi todo. Eso es más bien una suerte. Si hubiera sabido lo que fuera sobre la Querella de las Investiduras, sobre los orígenes de la ópera, sobre el cultivo de la viña, sobre el precámbrico, sobre Tucídides o sobre Vivaldi, nuestro pobre informe hubiera adquirido de inmediato dimensiones monstruosas. No sabiendo nada sobre nada, paso, me deslizo, sobrevuelo, me apuro y una especie de equilibrio se establece en la flaqueza. Y volverás a Urql ligero como una pluma, una sombra de intento de borrador de esbozo de proyecto de informe entre tus manos de fuego.
Y no debes hacerte ilusiones, ¿es necesario decírtelo de nuevo y repetírtelo sin cesar?, sobre el valor del informe. No sé nada del porvenir: envejecerá muy rápidamente. Te he repetido suficientemente que los hombres están en el espacio y en el tiempo. El informe también estará en el espacio y en el tiempo. Era blanco, burgués, francés, europeo, cristiano. Un obrero musulmán, un campesino budista te habría entregado un informe completamente diferente. Y además, sobre todo, estaba en el tiempo. Un informe, mi querido A, por mucho que hable de la eternidad, nunca es eterno. Está fechado en el tiempo y por la historia de sus autores. Puedo creer que eres eterno. Pero yo no lo soy. La prueba es que estoy muerto. Las fechas de mi vida deberán aparecer en el informe cuya portada llevará nuestros dos nombres:
Ya ves que mi vida, mi pobre vida, marca toda nuestra empresa y que pronto la volverá caduca. El informe tendría, para obrar bien, que ser revisado y completado por otros que no sea yo; huelga decir, cada cuatro o cinco años.
—¡Cada cuatro o cinco años! ¡No te pases! Tengo otras cosas que hacer. ¿Has pensado, mi querido O, en la duración del viaje, incluso para un espíritu como yo que se desplaza, gracias a Dios, algo más rápido que la luz?
—No estarías obligado a venir cada vez tú mismo. Lo más grueso estaría hecho. Podrías enviar a uno de tus asistentes, si es que hay, no lo sé, asistentes de los espíritus. ¿Un joven espíritu, quizá, que estaría terminando sus estudios?
—Ya deja de decir tonterías. El informe debe ser redactado de una vez por todas. Lo veo como a un clásico, como la Biblia, como Don Quijote, como La Ilíada o La Odisea. A thing of beauty is joy for ever. Opus aere perennius. Y ktêma eïs aeï.
—Esa imperecedera obra sería conveniente retocarla a intervalos regulares. Sería todavía mejor tener tantos informes como muertos en la Tierra. Cada muerto tendría su informe, cada muerto haría su informe, cada muerto sería un informe. Después de todo, es un poco lo que sucede con la historia del mundo que en sí misma no es otra cosa más que un informe infinito, escrito por los hombres. Y es por eso que, como no puedes, no puedes llevarte contigo hasta Urql el mundo y su pasado, soy aquí, para ti, el escribano de la historia. Pero debes saber que, por ello, concebido sin documentos, sin archivos, sin investigaciones por un ignorante de ideas muy estrechas, el informe está más cerca de ser una obra de imaginación que de un acta notarial. Digámoslo sin cortapisas: es una novela cuyos personajes serían algas, el tiempo, los espacios infinitos de los que caíste entre nosotros, y los hombres.
—¡Una novela!, —exclamó A—. ¡Qué horror! Te suplico que no dejes andar por ahí esa vulgar grosería en el informe.
—La retiro. La borro. La tacho. Pero nada le hace ni nada le hará: no por ello sé más sobre el islam ni sobre el budismo.
—Haz un esfuerzo —suplicó A—. Trata de acordarte. ¿En el budismo, un Dios desciende sobre la Tierra? ¿Y es Mahoma, como Jesús, el hijo de Dios vuelto hombre?
—No, no. Mahoma es solo un profeta y solo hay un Dios en el cielo del Islam. Y su nombre es Alá. Y hasta podría afirmarse que el islam es un monoteísmo más radical que el cristianismo con su Trinidad y una religión más abstracta, más pura, suelta.
Apenas unos años después de la muerte del Profeta, el islam se expande con vertiginosa rapidez desde España hasta Persia. Dos de las más grandes batallas de la historia, Al-Qadisiyyah y Nivahand, entregan Persia indo-europea de los soberanos sasánidas a los árabes musulmanes bajo las órdenes de Omar, segundo califa de los creyentes. Es en ese preciso momento en que los persas se vuelven persianos, antes de volverse o volver a ser iraníes. Y, del otro lado del mundo de la viña y del olivo, los conquistadores del islam atraviesan el norte de África y toman España. Me han asegurado que esa formidable cabalgata, en la que un número reducido de guerreros estaba probablemente enrolado, había sido posible por la herejía de Arrio quien, poniendo en duda, en provecho de Dios Padre, la divinidad de Jesús, preparaba el terreno, en el Mediterráneo y en Oriente, para el monoteísmo rigurosamente del Islam.
La complicación del islam no proviene de su doctrina, que es más simple que la de la iglesia, sino de sus intérpretes y de sus divisiones. La historia del islam es todavía más atormentada que la del cristianismo y se necesitaría volúmenes enteros en anexo del informe para dar una idea. Porque la imagen de Dios, por supuesto, pero también el rostro del hombre no tienen el derecho de ser reproducidos, no encontrarás en el islam el equivalente de los Tiziano, de los Giorgione, de los Miguel Ángel, de los Leonardo, de los Rafael…
—Vaya, qué bueno —refunfuñó A.
—Pero la caligrafía, los arabescos, las miniaturas, y sobre todo los comentarios y las glosas del Corán, y las glosas de las glosas y los comentarios de los comentarios, bastarían para tenernos ocupados durante un buen lapso de eternidad. Y, con una multitud de historias de comerciantes y de camelleros que se encajan las unas en las otras y que recita, para no morir, a su sanguinario esposo la bella sultana Sheherazade, Las mil y una noches son una obra maestra al igual que La Ilíada o La Odisea. ¿Quieres que te cuente a mi vez para hacerlas figurar en el informe la historia de Aladino y de su lámpara maravillosa o la de Alí Babá y los cuarenta ladrones?
—¡En anexo!, —chilló A—. ¡En anexo! ¿Acaso te imaginas que vamos a perder el tiempo con esos cuentos para niños y con esos viejos legajos ilegibles?
—Son muy legibles, al contrario, y si el informe, de milagro, pudiera parecérseles, ya no tendrías que preocuparte por tu regreso a Urql ni por el recibimiento de los tuyos.
—Tengo otras cosas que hacer, exclamó en el colmo de la exasperación. Tengo que ir a ver la Bolsa, los abogados, los soldados que combaten en las llanuras y a orillas de los grandes ríos, las prostitutas, los médicos, los arquitectos, los directores generales de los principales ministerios, los empresarios de los que casi no me hablas (¿te has vuelto loco?) y de los que sospecho, por lo que veo, que hacen cosas considerables, y los bueyes de Kobe (pero bien que no me dices nada al respecto) que los japoneses masajean con cerveza, lo sé de fuente segura. Para ti, bien que me doy cuenta, no hay más que los filósofos y los literatos: pareciera que el mundo fue construido con puras historias de alcoba, con cuentos de hadas, con novelas y sistemas jalados de los pelos. Solo están, al escucharte, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, Einstein, Spinoza, Hegel y Proust. Y ahora me sales con Sheherazade. Eres de una ligereza, mi pobre amigo… En fin… pasemos… Dime rápido, para terminar con esto, unas palabras pero no más, después dejaremos la religión, que nos ha ocupado mucho, para volver a los asuntos importantes, sobre Buda y el budismo.
—No creo que el budismo sea verdaderamente una religión. Sería más bien una sabiduría. Se puede, y es muy común, ser sintoísta y budista. Se podría ser, a lo sumo, cristiano y budista. Conocía al menos a un jesuita, pero es cierto que era indio, y que era jesuita, que decía ser también budista. De todos los grandes sistemas, que constituyen cada uno una especie de informe sobre el estado de la Tierra, pero esta vez para uso de los hombres y no para uso de Urql, me parece que el budismo es el más tolerante. Me reprochas el que me gusten las historias. Todas las religiones son historias maravillosas. No hay historia más bella que la historia de Buda.
—Bueno, bueno —dijo A—, acomodándose como para dormir. Ahí vamos. Cuéntala.