La Aduana de Mar

Jean d’Ormesson · Capítulo 18 de 64

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La Aduana de Mar

XVII. Los tetrarcas y la muñeca rusa

—El mundo es una muñeca rusa. En la gran novela del universo está la novela de la Tierra. En la gran novela de la Tierra está la novela de la vida. En la gran novela de la historia está la novela de cada uno de nosotros. En la novela de cada uno de nosotros hay innumerables cuentos. Cuando llegaste por encima de Venecia y me hallaste partiendo, viste la ciudad y sus canales, sus puentes, sus iglesias, el Arsenal en una punta con sus leones de piedra, San Nicolò dei Mendicoli, tan sombría y tan sola; en la otra, la plaza de San Marcos en medio, con la basílica y el campanario y la escalera de los Gigantes en el Palazzo Ducale, y los palacios lombardos o góticos o del Renacimiento o barrocos a lo largo del Gran Canal, y gran número de casas, a menudo rojas, a veces verdes o amarillas, o incluso azules como en Burano que no me desagradaría mostrarte antes de desaparecer en serio de este mundo donde hay colores y donde hay casas. En cada una de esas casas hay hombres y mujeres que tienen una vida, pensamientos, sentimientos, pasiones. Ya sabes cuánto esas pasiones y esos pensamientos se combinan y se enredan. Se encariñan con cada recodo de una vida que no acaba de terminar. Porque Dios está en los detalles, y la historia de los hombres también.

En uno de los muros de San Marcos, del lado del palacio de los Dux, hay un grupo de pórfido rosa que representa cuatro personajes. Son los dos Augustos y los dos Césares del imperio romano en decadencia que sus propias dimensiones había obligado a dividir. Con frecuencia Marie y yo nos detuvimos ante el grupo de tetrarcas abrazándose con torpe gesto. Nos tomábamos de la mano porque nos amábamos. Mirábamos a los cuatro hombres de piedra con sus faldas y sus espadas con puño en pico de águila y sus sandalias de cordones y sus curiosos sombreros y nos parecían bellos. Nos hacían reír con algo de emoción. No sabíamos quiénes eran, no sabíamos nada de ellos. Son los libros, naturalmente, los que nos enseñaron su historia. Un tenue vínculo se establecía entre los emperadores romanos, de los que veíamos la imagen y de los que ignorábamos hasta el nombre, del desconocido artista que los había esculpido hacía mil quinientos años, de todos aquellos que, primero en Bizancio, luego en Venecia, los habían contemplado con admiración, con aburrimiento, por rutina, por gusto, después de una larga espera impaciente o para hacer como los demás, no sabiendo nada o sabiéndolo todo, y Marie y yo que veníamos, a su vez, a plantarnos ante ellos.

Por mucho tiempo los tetrarcas de pórfido a un costado de San Marcos encarnaron para mí todos los misterios del arte, de la historia y del tiempo. Tendían un puente entre Venecia y Bizancio, entre el imperio romano y los días de nuestra vida, entre toda la beldad del mundo y mi amor por Marie. «¿Te acuerdas de los tetrarcas?» se había vuelto una contraseña entre Marie y yo. Nos la habíamos repetido, riendo o con lágrimas en los ojos, en París, en Grecia, en Ravello, en Nueva York, cuando el sol brillaba en nuestros corazones como brillaba sobre el Gran Canal o cuando nuestro amor se hacía trizas antes de renacer de sus cenizas para permitirme morir en los brazos de Marie.

Tanto como Venecia y sus tetrarcas de pórfido, Maubeuge o Valenciennes o Saint-Chély-d’Apcher, o cualquier pueblucho perdido de Canadá o de Nuevo México, o esa pequeña ciudad de Italia que lleva por bonito nombre el de Borgo Pace pero que no posee ni el paisaje ni las iglesias que son la gloria de Todi o de Orvieto o de Positano, pueden servir de contexto para los deseos, los sufrimientos y las pasiones de los hombres. Lo que pasa en Venecia es que cada piedra es bella y que cada rincón de canal remite a algo, a un recuerdo, a una imagen, a sueños desvanecidos. Es por ello que tanto me paseaba por ahí con Marie y que tuve la suerte de morir ante la Aduana de Mar y de conocerte. De los Gesuiti, de camino a la Abbazia y de la Madonna dell’Orto, donde las colgaduras verde y blanco, tiradas aquí y allá con desenfado, son esculpidas en el mármol, a los Gesuati, sobre el muelle de los Zattere, de los Fondamenta Nuove a la Giudecca y a la isola di San Giorgio, caminábamos junto a Byron, Casanova, Thomas Mann y a Visconti, a Henri de Régnier y Paul Morand. Eran nuestros amigos de los que, contrariamente a los tetrarcas, sabíamos casi todo, lo que habían venido hacer en Venecia y a quienes habían amado, lo que habían escrito y cómo habían muerto, lo que no les impedía, sabes de eso, estar con nosotros, más fieles y más presentes que tantos seres vivos de los que nos burlábamos despectivamente. Estábamos nosotros y estaban ellos. Venecia no hubiera sido Venecia si no hubieran hablado de sus puentes, de sus pinturas, de sus cárceles, de sus góndolas con tanta gracia y sutileza:

Sinuosa y delicada,

Venecia es ágata,

Despliega canaletas

Tan vívidas como venas(22)

Y ellos no eran ellos, el corazón de lo que eran les hubiese hecho falta para siempre, si no hubieran amado Venecia y si no la hubieran hecho revivir en lo que escribían. Wagner (nos lo encontrábamos en Ravello, en la villa Rufolo, donde también deambulaba el recuerdo de Styron y del más bello de sus libros, Esta casa en llamas, que describe a Ravello bajo el nombre de Sambuco) había escrito Parsifal en ese palacio del Gran Canal ante el que pasábamos y volvíamos a pasar en góndola o en vaporetto y que contemplábamos en silencio. Chateaubriand (nos lo encontrábamos por todas partes) había venido tres veces a Venecia, donde se había hospedado en el hostal del Lion d’Or, luego en el hotel de l’Europe, en la entrada del Gran Canal, frente a la Salute y la Aduana de Mar. Y a cada vez, mi querido A, es una comedia y una novela de aventuras. —A ese, lo extrañábamos— refunfuñó A.

—Siempre se le extraña. Como se extraña a todos aquellos que amamos y que, a diferencia de todo lo que nos jala hacia abajo, se obstinan con alegría en jalarnos hacia arriba. Unos viven con la Biblia, con Homero, con Adriano o con Marco Aurelio, con Virgilio o con Horacio, con San Agustín. Otros con Montaigne, con Pascal, con Shakespeare o Mozart, con Verlaine o Carpaccio del que íbamos a ver, Marie y yo, el Sueño de Santa Úrsula en la Accademia o La vida de San Jerónimo en San Giorgio degli Schiavoni, con la huida de los monjes cual parvada de gorriones blancos y negros ante un león más bien plácido y el famoso caniche de San Agustín, pasmado por la mística luz que cae del cielo por la ventana. Muchos no viven con nadie y se quedan encerrados en su minúsculo jardín, sin mirada alguna al campo en otoño o en primavera que se pinta de tantos colores diferentes ni a las ciudades de los alrededores en las que suceden tantas cosas. Es un gran privilegio recorrer un tramo del camino con lo mejor que hay, lo más alegre, lo más vivo de entre los que han muerto. Viví mucho con el amigo, y el enemigo, y sin embargo siempre amigo, de Molé, de Joubert, de Fontanes, de tantos otros, con el amante fiel e infiel de Juliette Récamier. Reí mucho con él, como con Rabelais, Cervantes, Proust. Debes saber, mi querido A, que la vida de los hombres es siniestra, llena de sufrimientos y de lágrimas, oscurecida por la ausencia, por la muerte, por la pena, por la enfermedad, por la traición y por la mentira. Y que es locamente divertida. Cuando Chateaubriand, proveniente de París en uno de esos grandes y hermosos coches de viaje que lindamente se llamaban «dormilonas», llega a Venecia por primera vez, en pleno verano de 1806 (le tomó diez días ir desde la plaza de la Concordia al hostal del Lion d’Or), tiene la cabeza llena de un gran asunto que lo entretiene por completo.

—¡Un libro!, —gritó A.

—Para nada.

Se rascó la cabeza.

—¿1806? ¿Quizá la política, Francia, sus relaciones con el emperador?

—¡Eso es! ¡Complimenti, mi querido A! E tanti auguri! Pero es otra cosa.

—Entonces, es una historia de amor.

—Es una historia de amor. Chateaubriand, como tú y como yo, está loco de amor por una dama.

—Nunca estuve loco de amor por una dama —murmuró A.

—Discúlpame. Chateaubriand está enamorado de la dama que, antes que Cordélia de Castellane, empezará lentamente a alejarlo de Mathieu Molé: se llama Natalie de Noailles.

—Sí, sí —dijo A—. Ya sé. Es muy bella.

—No creo, pero no importa. La ama. O cree amarla. Cuando parte para Venecia bajo diversos pretextos (embarcarse hacia Grecia, recoger imágenes para su libro sobre los mártires, ir a rezar en los lugares de la pasión de Cristo), no piensa en otra cosa más que en Natalie de Noailles. Las algas, los diplodocus, los primates, los simios, los miles de millones de años de la Tierra antes de la primera sonrisa desembocan en la imagen, tan viva que se vuelve borrosa y casi dolorosa, de Natalie de Noailles en el espíritu, o en la memoria, o en el corazón, no se sabe muy bien, del vizconde de Chateaubriand. Pero porque el mundo es una muñeca rusa y que podemos, cada vez, subir hacia un conjunto más amplio o bajar hacia un detalle más delgado, el amor de René por Natalie es a su vez un universo de invasora arquitectura y de innumerables aventuras. Nos remite al imperio, a Napoleón, a la revolución francesa, al Terror que despacha hacia el cadalso al marqués de Laborde, padre de Natalie; en Londres donde se refugia el vizconde Noailles, que también es príncipe de Poix, que será duque de Mouchy, y que es el marido de Natalie; a los paisajes abrumados por el sol de Grecia y de Tierra Santa hacia donde Chateaubriand parte en peregrinación, el corazón lleno de Natalie; a Andalucía, hija del islam, donde, nueva Penélope de un Ulises católico, legitimista y adúltero, Natalie se pasa el tiempo dibujando columnas de la mezquita de Córdoba o el patio de los Leones y la sala de las Dos Hermanas de la Alhambra de Granada esperando el regreso del apasionado navegante quien, devorando los momentos bajo la impaciente vela, le pide vientos a la estrella de la noche para navegar más rápido y gloria para hacerse amar.

—¿Eso es de tu autoría?, —preguntó A.

—No. Es de Chateaubriand.

—Es lo que pensaba.

—Cualquiera de esos episodios puedes apoderártelo y cargarlo a su vez en un continente por explorar, un océano por recorrer. El mundo es finito, estrechamente limitado en el espacio y en el tiempo, en un sentido minúsculo, y no se agota jamás. Cuando termina el Terror y Natalie de Noailles, liberada de la cárcel por la caída de Robespierre, puede por fin reencontrarse en Londres con su marido, a quien ama con un amor apasionado e ingenuo, él cayó en las redes y en los brazos de una mujer que había hecho las delicias de la sociedad londinense al final del siglo XVIII y que era la amante del príncipe de Gales.

—Y dale con eso otra vez —dijo A.

—El marido de Natalie solo tenía una idea en mente: era la de deshacerse de su mujer que venía a molestarlo en sus nuevos amores. Le pidió a uno de sus amigos, que se llamaba Vintimille, ocuparse de Natalie. Vintimille cumplió con el encargo tan concienzudamente que se enamoró locamente de madame de Noailles. Pero madame de Noailles, que le tenía mucho afecto a su exaltado pretendiente, se le negaba por fidelidad a su marido del que ignoraba las intrigas y del que seguía enamorada. Vintimille, no aguantando más, se echó a sus pies y le reveló, bañado en lágrimas, la cruel comedia inventada por Noailles. Fue un terrible golpe para Natalie, cuya cabeza y corazón ya habían sido debilitados por las duras pruebas de la cárcel y de la separación. Eran tiempos del Directorio. Las mujeres mostraban sus senos bajo vestidos transparentes.

—No me sorprende —dijo A.

—Se lanzó hacia los placeres desde lo alto de sus penas. Detestó al marido que tanto había amado. Se entregó a Vintimille, despreciándolo. Despreciaba a su marido, despreciaba a su amante, despreciaba a los hombres (y los amaba). El desprecio es un arma mortal. Vintimille terminó por irse de Francia para ahogarse en las aguas de la bahía de Nápoles y Natalie empezó a mostrar los primeros signos de la locura que acabaría con ella. ¿Recuerdas a Molé?

—Solo pienso en él —dijo A.

—Molé la describe más o menos en esa época en la que, por culpa de las desgracias por las que había atravesado (¿ves cómo la vida se teje y se arregla?), quería gustarle a los hombres y obtener pruebas cada vez más ardientes de su admiración y de su aprecio: «Era Armida…».

—¿Armida?, —preguntó A.

—Una diosa. O una heroína. De Ariosto o de Torcuato Tasso, ya no sé. Una dama, en todo caso, que agrada con locura. «Era Armida. Sea que hablara, sea que cantara, el encanto de su voz era irresistible. Su coquetería alcanzaba la manía. No podía soportar que las miradas de un hombre se posaran sobre ella con indiferencia. Más de una vez la sorprendí a la mesa, buscando con inquietud en el rostro de los sirvientes que nos atendían la impresión que en ellos causaba». Es de esa mujer herida de la que Chateaubriand se enamora. Siempre sedienta de pruebas de admiración y de fidelidad, siempre ansiosa de ver restaurado su poder sobre los hombres tan cruelmente sacudido por la traición de su marido, se le entrega en Granada en cuanto llega a su encuentro al término de su peregrinación a Grecia y a Tierra Santa. ¿Te imaginas el estado de excitación de René al llegar con su mujer al hostal del Lion d’Or, en Venecia, de donde, vía Mestre y Trieste, se embarca hacia Oriente y hacia el Gólgota con Granada en el corazón?

—Sí, sí, me imagino.

Creí percibir en el tono de A una sombra de impaciencia.

—La verdad, voy a decírtela: Chateaubriand, nos importa un comino.

—¿En serio?, —preguntó A inclinando la cabeza con un encantador movimiento.

—Lo quiero mucho, por supuesto, porque escribió cosas deslumbrantes que sientan bien cuando se leen: «El hombre no necesita viajar para engrandecerse». O también…

—No sé si engrandecí —dijo A—. Pero viajé mucho.

—Te hago notar que otro escritor francés, de nombre Céline, considera al viaje como «un pequeño vértigo para pendejos».

—Muchas gracias —dijo A.

—… O también, y ahí sí, confiésalo, el autor de Memorias de ultratumba merece con toda simplicidad su epíteto de encantador: «Hay que ser ahorrador de su desprecio en razón del gran número de necesitados». Pero siempre pienso en el informe y el epicúreo católico solo nos sirve para comprender cómo las algas con tiempo logran arreglárselas en este mundo y cómo funciona la vida. Punto y aparte. Venecia fue una decepción. «Esa Venecia, si no me equivoco», le escribe René a un amigo del que podría hablarte y del que no te hablaré porque solo tenemos tres días para redactar el informe, «le disgustaría tanto como a mí. Es una ciudad contra natura. No se puede dar un paso sin estar obligado a embarcarse, o tener que dar rodeos por estrechos pasajes más parecidos a pasillos que a calles. La plaza de San Marcos en sí misma, por el conjunto más que por la belleza de los monumentos, es muy destacable y amerita su renombre. La arquitectura de Venecia, casi toda de Palladio, es demasiado caprichosa y demasiado variada. Siempre son dos, y hasta tres palacios construidos unos sobre otros. Quedan algunos buenos cuadros de Paolo Veronese, de su hermano, de Tintoretto, de Bassan y de Tiziano».

El juicio brilla, lo temo por la memoria del gran hombre, por su ignorancia y su ligereza. Recuerda las irresistibles páginas de un viajero francés de gran renombre (antes de cierta fecha, los viajeros, sobre todo los franceses, siempre son de gran renombre), Charles de Brosses, quien, medio siglo antes, había dejado el departamento de Dijon para bajar hacia Italia y enviar tarjetas postales a sus amigos en Francia. Después de haber considerado la pintura en Florencia como «muy malas obras en su mayoría», Charles de Brosses, que solo ama al barroco, nos dejó una famosa descripción de San Marcos que ya se anticipa a la de René: «Se habrán figurado que era un lugar admirable, pero mucho se equivocan: es una iglesia a la griega, baja, impenetrable a la luz, de gusto miserable, tanto por dentro como por fuera… No puede verse nada más miserable que esos mosaicos… El pavimento también es todo de mosaico. El conjunto ha sido tan bien sellado que, a pesar de que el pavimento esté hundido en ciertos lugares y muy elevado en otros, ninguna pieza se ha desprendido ni saltado: resumiendo, es sin lugar a dudas el mejor lugar del mundo para jugar al trompo».

—Algo es algo —dijo A—. No me desagradaría ser el primer espíritu venido de Urql para jugar al trompo con Charles de Brosses, del parlamento de Dijon, en la basílica de San Marcos.

—Es una delicia ver que te conviertes, poco a poco, en algo tan semejante a nosotros. En lugar de enfocarnos en toda esa gente de talento que se aficiona por un adulterio tan alegre, ¿no acabaremos por preferir la buena Sra. de Chateaubriand, tan ingenua, tan simple, y que sufre en silencio por Pauline, por Natalie, por Juliette, por Cordélia y por todas esas señoras?

—Céleste —dice A.

—Céleste, en efecto, que solo ella merecería la mitad del informe.

—De ninguna manera —cortó A—. Cuando mucho, una nota a pie de página.

—Pobre Céleste, de quien Victor Hugo escribirá, con algo de injusticia: «La Sra. de Chateaubriand era muy buena, lo que no le impedía ser muy mala. Tenía la bondad oficial, lo que no le perjudica a la maldad doméstica». Le envía desde Venecia unas cuantas líneas a su amigo Joubert, encerrado en su casa de Villeneuve-sur-Yonne, entre sus viñedos y sus flores, donde arranca, de los libros que lee caminando con pequeños pasos porque siempre está enfermizo, las páginas que no le gustan: «Le escribo a bordo del Lion d’Or, pues las casas aquí solo son naos ancladas. Se ve de todo en Venecia, excepto tierra. Sin embargo la hay en un rinconcito llamado plaza San Marcos, y es ahí donde los habitantes van a secarse de noche».

—Es divertido —dijo A.

—Lo que también es divertido es que en el momento de embarcarse hacia Grecia, Turquía, hacia la tumba de Cristo y hacia sus amores adúlteros, el poeta católico encontró alguien a quien confiarle su mujer. Es… ¡adivina!

—¡Molé!, —lanzó A.

—Eso tampoco hubiera estado mal. Pero, no, no es Molé. Es el metafísico tartamudo con rostro machacado que, quince o veinte años más tarde, pasará algunos meses en Roma, donde ya lo conociste porque no cuentan para ti ni el tiempo ni la historia: es Ballanche.

—Pensé que Ballanche estaba enamorado de Juliette…

—En el mundo en que viven los hombres, mi querido A, y es otro de sus secretos, se puede a la vez estar enamorado de Juliette y ser amigo de Céleste. Se puede ser capitán y borracho, talabartero y manco, asesino y orfebre, inteligente e idiota. Ballanche era amigo de madame de Chateaubriand y, mientras que René surcaba los mares, la imagen de Natalie grabada en el espíritu y en el corazón, se hizo cargo mal que bien de la viuda provisional. Ambos pudieron leer, en el Mercure de France, una carta que Chateaubriand había logrado hacerle llegar al periódico. Estaba precedida de una nota de dos líneas, pulida por la redacción: «Creemos darles gusto a los lectores del Mercure ofreciéndoles noticias de un viajero…».

—De renombre —sopló A.

—De renombre, por supuesto, «al que tanto interesan los amigos de las letras y de la religión».

—Me parece —murmuró A con la más suave de las voces—, que empiezo a comprender, gracias a Chateaubriand y a ti, cómo funcionan los hombres.

—¡Pues tanto mejor! El informe algo avanza. Pero debes saber también que durante el viaje de monsieur de Chateaubriand, atraído y habitado por madame de Noailles, se están matando mucho en Europa. Es Auerstaedt y Eylau, y la gloria del emperador, y ya a la lejanía, sus derrotas y su caída. España, donde Natalie espera a su viajero dibujando patios y columnas y vagamente coqueteando con grandes señores portugueses o coroneles escoceses, ya se encuentra bajo la amenaza de una guerra cuyos horrores y llamas serán pintados por Goya. Y en las Alemanias hechas trizas, Hegel le da el último toque a la Fenomenología del espíritu, que es una especie de informe, inferior al nuestro por supuesto, y para uso solo de los hombres. Y en cada palacio y en cada casa de cada ciudad y de cada pueblo, se desatan las pasiones de los hombres.

—Me temo que el informe recula a medida que avanza.

—Es que el mundo es un abismo sin fondo, un tejido de Penélope, una búsqueda del Grial sin Grial.

—Y una muñeca rusa —dijo A.