La Aduana de Mar
IV. ¿Por qué hay algo en vez de nada?
Incluso para una mente tan dotada como la de A, tres días para comprender el mundo y todo lo que lo compone no era mucho. Le dimos la vuelta al planeta en menos tiempo que el necesario para decirlo, sobrevolando el Pacífico y las llanuras del Nuevo Mundo antes de volver sobre el Atlántico y sobre nuestra vieja Europa, decantada y encantadora. Al volver a pasar sobre el Olimpo y las islas del Egeo, Egipto abajo a la derecha con sus pirámides, el Pontos Axeinos ante nosotros, también llamado Mar Negro, y el Cáucaso y Persia, seguía desempeñando un poco para A, aunque imagino que no tan bien, el papel de Aristóteles con el joven Alejandro o de Quirón con Aquiles, de Jasón y de Hércules. Nunca fui enemigo de una pizca de pedantería y no estaba poco orgulloso de mi discípulo venido de otra parte. Le expliqué en pocas palabras, o sin palabra alguna, lo que en mucho me ayudaba, el nacimiento de la historia con Herodoto o con Tucídides, y el de la filosofía con Heráclito que se bañaba en renovados ríos sin descanso y que sostenía que todo cambia, con Parménides que, aferrándose al Ser inmutable y único, pensaba que todo permanece, y con Platón que tenía más genialidad e ideas que todos los hombres antes que él, y también después de él. A escuchaba mi silencio. Todo lo que no decía, lo recordaba sin esfuerzo. Y lo que todavía ignoraba, lo adivinaba y lo deducía por sí solo, y sabía más que yo sobre lo que él no sabía. Nada había más placentero y divertido que la muerte con A. Pronto, los océanos, la atmósfera, el aire que respiran los hombres y los sentimientos que los hacen palpitar, Cristóbal Colón y Magallanes, Jenofonte y Pascal, Qin Shi Huang y su muro que se ve desde tan lejos, el tabaco, la sífilis, el papel de la santa iglesia católica romana y de la Inquisición, el sufrimiento y el amor físico, el motor de explosión y el régimen de los monzones, el Zohar y el bimetalismo ya no tuvieron secretos para él. De vez en cuando se enredaba con una inverosimilitud y me hacía preguntas.
—Perdóname —dijo—, pero todo lo que me cuentas es tan sorprendente que mucho trabajo me cuesta creerlo. Me temo que los míos, en Urql, me acusen, cuando vuelva, de haber inventado ese mundo del que me describes los misterios y que me sorprende más y más. La Tierra de los hombres, lo confieso, me es motivo de estupor.
—Tu mundo también debe ser sorprendente. Los demás son siempre sorprendentes. Pero lo más sorprendente es uno mismo. Todo lo que existe es sorprendente. El único motivo de estupor es que haya algo en vez de nada. Cur aliquid potius nihil?
—¿Es decir?, —preguntó.
—Es latín.
Y abordamos el latín, el griego, el sánscrito y el hebreo. Leibniz y Heidegger. Spinoza y Kant. El conocimiento del primer género y las formas a priori de la sensibilidad. De ahí pasábamos a la paz, a la guerra, al progreso, tan dudoso y sin embargo tan probable, de todo el séquito de los hombres, al dinero, a la banca, a los seguros, al comercio y a los navíos esparcidos por todos los mares en busca de especias, de tesoros llenos de secretos y de esclavos en venta. En todas las vueltas del camino encontrábamos otros caminos. En todos los desvíos de un discurso que era solo silencio, nos topábamos con la historia y con las pasiones de los hombres. La historia lo maravillaba. Las pasiones lo aterrorizaban. El oro lo sorprendía mucho.
—Es un metal —le dije.
—¿Como los demás?
—¡Ah!, no. El oro es un símbolo, una leyenda, un mito y una dura realidad. Es una necesidad y un sueño. Una escalera. Una obsesión. De alguna manera es una de las llaves del sistema. El oro, seguimos con la gramática, es otro nombre para la plata… Y un filósofo alemán que tenía mucho talento, y quizá genialidad, y discípulos por millones y por decenas de millones, reescribió toda la historia desde el único punto de vista del dinero.
—Creía, ¿acaso soñé?, que la llave del sistema era antes que nada el sexo y antes que nada el placer.
—Es el sexo. Es el placer. Es el dinero. Es el pensamiento. Es un poco todo lo que se quiera. La llave del sistema es la vida. Y la vida es múltiple. Se deja tomar por todos los cabos. Siempre igual a ella misma y siempre diferente, es tan diversa como las estrellas en el cielo. Hay muchas llaves para abrir el sistema. O para intentar abrirlo. Puesto que no es imposible que la llave del sistema sea que el sistema no tenga llave.
—Veo que el mundo es un inmenso misterio. O un código, si lo prefieres. Para preparar el informe que debo hacerle a la gente de Urql levanto, gracias a ti, una u otra de las esquinas del velo y veo, aquí, allá, algunas manchas de luz más bien negra. Es el código que me falta para lograr por fin la comprensión de ese misterio insondable que ustedes llaman evidencia.
—Nada es más evidente para nosotros, los hombres, que ese mundo en el que vivimos. Nos cuesta mucho concebir el infinito, la eternidad, el otro lugar, todo lo que sucede fuera del tiempo y que te parece tan sencillo. El tiempo es algo tan claro como el agua. El espacio es tan sencillo como dos más dos. El dinero le plantea muchos problemas a cada uno de nosotros, pero nos es familiar: nos da lo que queremos porque es, bajo el sol, el instrumento del poder y la medida de nuestros deseos.
—Todo lo que les resulta tan evidente me parece el colmo de la arbitrariedad. Siento que de alguna manera algo me hace falta.
—El mundo es un rompecabezas —dije.
—Debe haber una pieza de la que no me has hablado.
El Himalaya, bajo nosotros, brillaba con todas sus nieves. Escondía en sus valles monjes, alpinistas, comerciantes, enamorados. Reflexioné un instante.
—Es quizá que somos libres —dije—. O que creemos serlo. El mundo, de punta a punta, está sometido a leyes de una implacable necesidad; sin embargo algo en nosotros nos susurra que somos libres.
—¿Libres?
—En cada momento del tiempo hacemos lo que queremos. Decimos lo que queremos. Escribimos lo que queremos. Forjamos nuestro propio destino. Las pasiones nos arrastran, el sexo, la ambición, el amor por el oro y el poder. Nos lanzamos en un futuro que creemos moldear a nuestro modo. Según nuestro buen parecer. Según nuestros apetitos y nuestras capacidades. Y cuando miramos hacia atrás, todo lo que hemos escrito, todo lo que hemos dicho, todo lo que hemos hecho se revela necesario, inmutable, fijo para siempre, más allá de los siglos, en los hielos de la eternidad.
—¡Ah! ¡Ah!, —exclamó y se calló largo rato—. El mundo —retomó después de un silencio sin fin— es una curiosa aventura. Su recuerdo no debe perderse para siempre. ¡A trabajar! Me vas a ayudar.
—¡Más!, —dije—. Es por nervios. Estoy muerto. No abuses. Imaginaba que la muerte era un gran reposo. Ya en vida, el egoísmo, la pereza y algunas otras virtudes menores que cultivaba con delicia eran gran parte de mi encanto. Y el de la existencia. Quisiera, bajo mi mortaja, dormir un poco más sin tener que ocuparme de los demás.
—¡Piensa en la gloria!
—¿Cuál gloria? Sueño con el olvido.
—¡La gloria que Urql le da a sus buenos servidores! Sin ti, me siento incapaz de redactar el informe sobre la Tierra que debo entregar a mi regreso. Tú que hablas de Herodoto, de Tucídides, de Platón, ¿sabes escribir, me imagino?
—¿Escribir?… ¡Señor, Señor!… Esperaba al menos que la muerte me dispensara de escribir. Accedo a pasearme algunas horas contigo en lo que fue mi mundo. Escribir me agobia.
—No has hecho, me parece, gran cosa en la vida. Serás, en la muerte, el historiador de la Tierra contada a la gente de Urql. Es tarea grande para A. Es tarea grande para O.
Y, con un gesto brusco, me estrechó contra él.
Así es como, muy tardíamente, llevado por un espíritu lleno de ardor y fogosidad, me hice escritor, muy a mi pesar, en el reino de los muertos, para la inmortalidad.