La Aduana de Mar
Prólogo
Y tú, corazón mío, por qué lates
Como acechador melancólico
Observo la noche y la muerte
APOLLINAIRE(3)
Muero
El 26 de junio, poco antes de mediodía, me sucedió algo que nunca olvidaré: morí. La vida es injusta. La muerte también. Tuve suerte. Todo sucedió bastante rápido. El corazón falló. Pude haberme lastimado. Para nada. Caí de golpe, sin el menor rasguño, en brazos de Marie, frente a la Aduana de Mar, desde la cual la vista sobre el Palacio Ducal y el campanario de San Giorgio Maggiore es tan bella. Había intentado más de una vez ponerle a uno de mis libros el título de La Aduana de Mar. No siempre se hace lo que se quiere. La Aduana de Mar se negó a entrar en mi vida. Entró en mi muerte.
El ser con el que se muere es tan importante como el ser de quien se nace. Estaba contento por morir frente a la Aduana de Mar. Estaba sobre todo contento de morir cerca de Marie. Había sido un ser vivo en los brazos de Marie. También en sus brazos me volví un muerto. Permaneció largo rato conmigo al pie de la Aduana de Mar y tenía, como antes, mi cabeza sobre sus rodillas. Lágrimas rodaban de sus ojos que tanto había amado porque eran tan azules. No me movía. No decía nada. Nunca dije gran cosa. Ya no decía nada de nada. Ella besaba mis labios sin vida que ya no respondían y lloraba en silencio. Yo ya no estaba en ninguna parte —o quizá ya en todas.
Tuve al día siguiente una idea genial e hice lo mejor que pude, aunque me temo que en vano, para hacerla sentirse feliz y para agradecérselo: remontamos juntos, yo en mi caja, ella siguiendo con su llanto, todo el esplendor del Gran Canal. Fue magnífico. El sol brillaba sobre el mármol y sobre el agua, sobre las fachadas ocres y rosas. Los palacios, los museos, los mercados de pescados, las terrazas de los hoteles, los grandes pilares azul y rojo donde se amarran las góndolas, el puente de la Academia y el puente de Rialto desfilaban ante nosotros. Los ángeles nos sonreían en los frontispicios de las iglesias. Algunas jóvenes muchachas también, lamiendo un gelato. Todo lo que amaba nos acompañaba hasta la estación de tren para mi último viaje. Había mucha belleza y muchos recuerdos. Proyectos, fracasos, esperanzas, ambiciones, batallas ganadas y perdidas. Pasiones y sueños. El matrimonio del dux y del Adriático a bordo del Bucentaure. La piel de Bragadino arrancado por los turcos. Los besos y la muerte de Bianca Cappello. La lectura, a lo lejos, por un genial judío sufriendo de alergia del heno y de ojos de odalisca, de Las piedras de Venecia, de Ruskin. Estaban Morand y Visconti, estaban Commynes y Casanova, estaban Henri de Régnier con sus largos bigotes y Byron con su pie varo. Y Goethe, y Vivaldi, que llamaban el sacerdote pelirrojo, y Wagner y todos los demás. Y Chateaubriand, por supuesto. Había cantidad de placas de mármol sobre los muros, la llama de mi nombre en el corazón de Marie, altas suecas tostadas por el sol bajo sus cortas y claras faldas, y muchos enamorados tomados de la mano sin saber bien a bien qué decir ante esas cosas tan viejas de las que nacía la felicidad. Tuve ganas, es cierto, de vivir un poco más. Porque el mundo era bello y era bueno errar por él.
Había amado con locura mi paso por esta Tierra, el sol, la esperanza, el ruido del agua sobre las piedras, los días después, no hacer nada, las campanitas de las cabras en rebaño que pasaban por la casa blanca en la que Marie y yo habíamos vivido en Symi, el silencio y las palabras. La idea de no haber nacido nunca, acariciada por tantos pensadores, siempre me provocó horror. Gracias a Dios, había nacido. Había tomado mi lugar en el tiempo y me había paseado en alpargatas, la nariz altiva, el corazón ligero, la mano de Marie en la mía, sin amargura ni remordimientos, por las colinas y por las playas, a lo largo de los grandes ríos atravesados antes que nosotros por los conquistadores, los peregrinos, los mercaderes de telas o de especias, los enamorados huidos, y por esas pequeñas ciudades de Italia en las que había tantos portales y tan pocas aceras. Me había sentado en los cafés, en los parapetos de puentes, en las praderas por arriba de los lagos para no pensar en nada. Pensé mucho en nada. Amé casi todo de esta dichosa existencia. Y sus vacíos tanto como sus llenos. La vida me había dado tanto, con tantas sorpresas y tanta generosidad, que no le temía a la muerte, que sería su terminación. Me había encantado llegar, no estaba molesto con partir. Por pereza, por egoísmo, también por curiosidad, la idea de dejar de vivir para por fin pasar a otra cosa no me desagradaba. Pero estaba Marie.
Fueron las lágrimas de Marie las que me hicieron vacilar, sobre el Gran Canal, en vez de tomar vuelo de golpe hacia lo que esperaba ya con cierta impaciencia y curiosidad. Todavía veía la Aduana de Mar, la Salute, la Madonna dell’Orto donde hay un tan bello Tintoretto, San Giovanni e Paolo con la estatua de bronce de ese viejo militar decrépito que llamaban el Colleoni, San Giovanni dell’Orio donde nos íbamos a pasear a menudo juntos, San Nicolò dei Mendicoli, miserable y magnífico entre sus tres canales, y allá abajo, en su góndola negra vuelta minúscula de golpe y porrazo, Marie llorando sobre lo que había sido yo. Y fue ahí, ya bastante en lo alto, en el instante de partir para siempre hacia nuevas aventuras que no tienen nombre en ningún idioma y abandonar para siempre las imágenes y los sueños que tanto había amado, que me topé con A.