La Aduana de Mar
XVII. El estatero de oro
—Pero entonces —preguntó A—, si no es ni por las penas ni por la felicidad, ¿por qué están en la Tierra?
—Eso, muchachillo…
—¿Muchachillo?… —dijo A levantando una ceja.
—Discúlpame —balbuceé—, es el entusiasmo, es el temor, es la angustia de ser un hombre, o de haberlo sido… nadie puede decírtelo. Muchos piensan que así es y que estamos aquí por casualidad. Otros sostienen que hay un Dios (o quizá varios, un Padre, un Hijo, un Olimpo, toda una familia de dioses) que lo arregló todo y que nos deja creer, con razón, no se sabe, o no, que actuamos por nosotros mismos. Y lo sorprendente es que la trampa está tan bien colocada y la máquina armada con tanto rigor y tanta precisión que nadie dispone de medio alguno para decidir con certeza si somos nuestros propios amos o los juguetes de alguien más. Los genios, a este propósito, saben tan poco como los tontos del pueblo y todo el mundo, en esta Tierra, está en el mismo barco. Creo haberte hablado ya de todas esas cosas que agitan a los filósofos y a los teólogos y de lo cual el resto de los hombres no se ocupa mucho.
—¿Cómo explicas que los hombres se preocupan tan poco por su origen y por su destino por el solo beneficio de los pocos meses que habrán de pasar en esta Tierra? Es como si un viajero en un tren olvidara de repente de dónde viene y hacia dónde va.
—Es que tienen otras cosas que hacer —le dije.
—¿Y como qué?, —preguntó.
—Como la jardinería.
—¿La jardinería?
Y tendió la mano hacia su libreta de apuntes.
Lo detuve con un gesto.
—La jardinería. Las carreras a pie. La ópera bufa. Las terrinas de pato. Las rectificaciones de fronteras. Las estatuas de mármol. Los juegos de palabras. Todo eso se encadena sin fin en sutiles engranajes que llamamos destino. ¿Quieres que te cuente una historia que te muestre los vericuetos?
—¿Por qué no?, —me dijo—. ¿Una historia de Chateaubriand con una de sus Señoras? ¿Una historia de azteca o de samurái? ¿Una historia de Benvenuto Cellini y de uno de sus saleros, de una de sus valiosas estatuillas que cincelaba para el papa, para el emperador o para los Médicis?
—No, no. Es otra. Es una historia muy sencilla. Podría tener lugar en Frankfurt o en Londres. Tiene lugar en París, a la vuelta del siglo.
—¿De qué siglo?
—Siempre el mismo. El mío. O un poco antes que yo. Hacia finales del siglo pasado. La burguesía triunfa. Apoyada en las máquinas de la posesión del mundo y del desencanto, invade la Tierra. El dinero es muy importante. Toma las más diversas formas. Tierras, granjas, bosques, casas, fábricas, acciones, obligaciones, colecciones de objetos de arte. Se colecciona casi todo: los cuadros, los jarrones, las estatuas, las monedas, los timbres. Podríamos pasar varias horas ocupándonos de los timbres… ¿Quieres?… Pero mejor hablemos de las monedas. Es más bonito. Es redondo. Remonta más lejos en el tiempo. Y hace soñar más.
—Va por la moneda —me dijo—. Tanto que me has repetido que el dinero gobernaba el mundo…
—No lo gobierna. No, no lo gobierna. Pesa sobre él.
El señor marqués de Chamilly pertenecía a lo que conviene llamar una vieja familia. Entendiste bien que no hay familia que sea más vieja que las otras, ya que se remontan todas a Lucy, nuestro ancestro de África del Este del que descendemos todos, a los primates, a los lémures y, a final de cuentas, al Big Bang. Pero hay familias cuyos miembros, antaño, ganaron batallas u ocuparon posiciones importantes, llevaron buenos ropajes, acompañaron príncipes, desposaron princesas. Y de ello guardan el recuerdo. Hay familias en las que los hijos son tan mantenidos por el pasado que el porvenir les está asegurado, o les parece asegurado. El señor marqués de Chamilly pertenecía a una de esas familias llamadas buenas o viejas.
—¿Por qué no dices enseguida que es gente rica?
—Porque no sería cierto. A monsieur de Chamilly no le faltaba nada, ciertamente. Pero no era el dinero lo que le daba a monsieur de Chamilly tanto sosiego y tanta calma. Era su educación, su familia, su pasado. Había en Francia, entre la guerra del 70 y la Primera Guerra Mundial, multitud de propietarios, de industriales, de comerciantes, de banqueros muchísimo más ricos que monsieur de Chamilly. Pero el nombre de monsieur de Chamilly ya figuraba en las Memorias de Saint-Simon. En ellas no aparecía en términos muy halagadores que digamos: «La edad y las penas, escribía el pequeño duque de Chamilly en su época, lo habían acercado a la imbecilidad». Qué importa. Al cabo de cierto número de siglos, la estupidez misma todavía es un honor. Una fuerza. Un legado del que se está orgulloso. Muchos banqueros o industriales hubieran dado la mitad de su oro para llevar la vida del marqués, quien era por mucho menos rico que ellos, o para casarse con una de sus hijas. Monsieur de Chamilly tenía patillas, llevaba cuello duro, un abrigo. Presidía con elegancia una sociedad de numismáticos que se reunía, por turnos, cada dos o tres meses en un pequeño hotel de la rue de Chanaleilles.
De dónde le habrá surgido el gusto por las viejas monedas que pronto se había transformado en pasión, no tengo la menor idea. Terminó por hacerse, en el medio de los numismáticos, de cierta reputación que asumía con vanidad. Poseía una moneda de Corinto con efigie de Pegaso, un dracma de Alejandro, acuñado con un hocico de león, un denario de la República Romana que representaba a Apolo, dos sestercios de Augusto, un sólido de oro de Teodoro el Grande, un tetradracma de plata de Naxos, en Sicilia, que llevaba, al anverso, una cabeza barbada de Dionisio y, en el reverso, un sátiro itifálico sentado, aprestándose a beber de un cántaro. Su biblia era la célebre obra de Mionnet, Descripción de las medallas antiguas, que nunca dejaba su mesa de trabajo y se enorgullecía, en su biblioteca, de una edición original de la Doctrina numorum veterum de Eckhel y sobre todo del estudio, más económico que morfológico, de Guillaume Budé: De asse.
Monsieur de Chamilly estaba relacionado con los tres hermanos Reinach que se llamaban Joseph, Salomon, Théodore y que, los tres, se habían ganado el sobrenombre de Yo Sé Todo. Eran judíos y la familia de monsieur de Chamilly consideraba con algo de reprobación sus frecuentes visitas a la rue de Chanaleilles. El marqués, que gustaba de las cosas del espíritu y que se relacionará también, en diferentes épocas de su existencia, con Robert de Montesquiou, con Robert de Lers, con Daniel Havély, con Marcel Proust, relegaba las conveniencias muy por detrás del placer que le procuraban el saber y la conversación de los tres hermanos. El primogénito estaba metido en política y apoyaba la causa de Dreyfus. El segundo era normalista, catedrático de gramática. El tercero, Théodore, era humanista y numismático. A menudo, en su juventud, monsieur de Chamilly, cuyo nombre de pila era Edouard, bajaba con Théodore, quien era su preferido, hacia la costa que era tan bella entre Marsella y Mónaco. Habían navegado, ambos, en el velero de un joven escritor, apenas de más edad que ellos, que amaba el sur, Córcega, Argelia, Italia. El joven escritor se llamaba Guy de Maupassant y su barco, Bel-Ami. Théodore Reinach tenía predilección por el cabo Ferrat y por Beaulieu, donde ya acariciaba el sueño de mandar construir, en estilo griego, una casa que será, más tarde, la villa Kerylos.
Una noche en que Théodore Reinach cenaba en rue de Chanaleilles, el plato fuerte era una bonita perdiz enviada a sus dos amigos por Guy de Maupassant. Empezaron a hablar de La casa Tellier, de Bel-Ami, de Pierre et Jean, del caso Dreyfus, de Boulanger, de la duquesa de Uzès, de los Brissac. Y luego de los Rothschild y de los Éphrussi, que eran aliados de los Reinach. Finalmente la conversación abordó, como siempre, las medallas y las monedas. Reinach contó que la palabra medalla, que era común en Francia solo hacia el siglo XVI, no provenía, como se había afirmado, del latín metallia o metallum, metal, sino del italiano medaglia, que provenía a su vez del latín medius, mitad, y que significaba medio denario. Moneda, en cambio, era una palabra francesa muy antigua, que se halla en los textos a partir de mil cien y algo emparentada a la palabra latina Moneta, «la Consejera», sobrenombre dado a Juno, cuyo templo servía a la vez, en la antigüedad romana, como taller de monedas.
—A propósito —dijo Reinach—, hay un joven, en Angoulême, al que elogian mucho. Trabajó en Bordeaux con Waddington y Blanchet. Y tendría la pasión por las monedas con las que comercia con mucha sapiencia y honestidad.
—¿Cómo se llama?, —preguntó Chamilly.
—Estienne, creo. Charles Estienne.
—Pues bien —dijo Chamilly—, quizá algún día podríamos tenerlo entre nosotros.
Y hablaron de otra cosa.
Algún tiempo después, sobre una hoja morada acuñada con una corona de marqués, Théodore Reinach recibió una nota de Chamilly:
«Querido amigo:
Tengo en mis manos una pieza rara, muy rara, que me ha sido confiada por unos días por mi cuñado, el príncipe Makinski, conservador del Gabinete de Medallas del palacio del Hermitage en San Petersburgo. La adquirió en Berlín y me la dejó en custodia durante su breve estancia en Monte Carlo y en Niza. No le diré más para dejarle la sorpresa. ¿Quiere usted venir y ver mi tesoro el miércoles o el jueves?».
Théodore Reinach contestó enseguida que el ofrecimiento de su amigo lo emocionaba al más alto grado y que se proponía, si el día le convenía al marqués, ir el jueves por la noche, al salir de la Mazarine, donde llevaba a cabo investigaciones. Pedía autorización para traer consigo al joven Estienne del que habían hablado el otro día y que por casualidad se hallaba en París.
El jueves, a las seis de la tarde, Charles Estienne fue por Théodore Reinach a la biblioteca Mazarine. Tomaron un coche los dos y, a las seis treinta en punto, se hicieron anunciar, en el palacete de la rue de Chanaleilles, por un lacayo vestido a la francesa. El marqués de Chamilly apareció de inmediato.
—Es un gran gusto para mí —dijo cortésmente el acompañante de Reinach—, el recibirlo en esta casa donde los amigos de las cosas antiguas siempre son bienvenidos.
Charles Estienne era un hombre de treinta o treinta y cinco años, más bien bajito, fornido, no de muy buen ver, cuya torpe pinta y ropa poco cuidada contrastaban con el garbo y la soltura del marqués y del culto gran burgués. Probablemente nunca había penetrado en un palacete del faubourg Saint-Germain y parecía intimidado por la decoración y por sus interlocutores.
—Vaya pues —le dijo Reinach al marqués—, debería estar orgulloso de lo bien que se reserva sus sorpresas. Ya no vivo desde su carta y la curiosidad me devora.
—Antes de pasar a mi despacho, —propuso Chamilly con tono malicioso —, ¿gustan tomar una taza de té o una copita de porto?
Los tres se sentaron en los sillones de tapicería en medio del salón. Y, disimulando su impaciencia bajo el encanto de los buenos modales, se pusieron a hablar de los trabajos de Reinach y de las ocupaciones de Charles Estienne en Angoulême y en Bordeaux, donde había estudiado y donde ahora comerciaba con antigüedades.
Era finales de otoño. Mientras los tres conversaban, la noche empezó a caer. El marqués llamó. Trajeron una lámpara. Monsieur de Chamilly todavía les mostró a sus huéspedes algunos retratos de familia y algunos libros antiguos. Por fin, todo el mundo pasó al despacho del marqués.
Sobre la mesa, en un estuche de terciopelo azul, se encontraba una de las más bellas monedas que Théodore Reinach jamás había visto. Era un estatero de oro de finales del siglo VII, de forma redonda irregular y desgastado por el tiempo, que representaba una máscara haciendo muecas grotescas.
—¡Oh! ¡Oh!, —exclamó Reinach—. Esto, en efecto, no es cosa de risa.
Pidió autorización para examinar el estatero.
—Proceda usted —respondió el marqués.
Reinach se acercó a la moneda con una exaltación y un apetito que daba gusto ver. La tomó, la sopesó, la acarició, la contempló.
—¿Y bien?, —preguntó Chamilly.
—Espléndida —dijo Reinach—. Siglo VII. Atenas, o quizá Egina. O quizá Éfeso. Sí… más bien Éfeso. Increíble estado de conservación. Una pieza única.
Y la tendió a Estienne.
En ese preciso momento, Estienne, bajo los efectos de la emoción, hizo un movimiento algo brusco y tiró la mesita de pie sobre la que estaba la lámpara que alumbraba el despacho. La lámpara cayó y se rompió. El despacho, por algunos momentos, quedó a oscuras. Ya, alertado por el ruido, el lacayo se precipitaba, con otra lámpara en la mano. Levantó la mesita y colocó la lámpara.
—Discúlpenme —balbuceó Estienne, en el colmo de la confusión—. Yo… yo…
—No es nada —dijo el marqués con su exquisita cortesía.
Y, dirigiéndose al lacayo:
—¿Quisiera, Auguste, llevarse la lámpara rota? Limpiará después.
El lacayo se inclinó, se deslizó fuera del despacho, cerró la puerta tras de sí. Los tres hombres retomaron sus lugares. Reinach apoyaba su mano en el hombro de Estienne cuando el marqués, de repente muy pálido, exclamó:
—¡El estatero de oro!
La moneda ya no estaba sobre la mesa, ni en las manos de Reinach, ni en las de Estienne. Había desaparecido.
Los tres hombres se tiraron al piso, miraron bajo la mesa y bajo la mesita de pie, voltearon la alfombra persa que estaba sobre el parquet de madera. Nada. Buscaron en las ranuras del parquet, en el cajón que se había quedado abierto, en los rincones, bajos las cortinas. Nada.
—¿El lacayo…?, —murmuró Reinach.
—¡Vamos! ¡Reinach!, —dijo el marqués con tono algo seco. Respondo por él como de mí mismo. Auguste está al servicio de la familia desde hace cuarenta y dos años. Le confío todo lo que tengo. Está por encima de toda sospecha.
De todos modos se llamó a Auguste. El marqués le preguntó si había visto la moneda de oro.
—¿Cuál moneda?, —preguntó Auguste.
—La que estaba en el estuche.
—No vi absolutamente nada —gruñó Auguste—. Solo entré al despacho cuando el ruido me alertó.
Despidieron a Auguste.
—Señores —dijo el marqués—, lamento mucho este incidente. Pero entenderán mi preocupación. Si solo fuera por mí, dejaría el asunto en el balance de pérdidas y beneficios. Pero no se trata de mí. Esa moneda no me pertenece. Es propiedad de mi cuñado, el príncipe Makinski, quien la adquirió por cuenta del Gabinete de Medallas del Palacio del Hermitage. Soy responsable ante él. Estaré obligado a realizar un procedimiento muy molesto. Quizá la moneda se habrá metido en la ropa de alguno de nosotros. Sin saberlo, por supuesto. Les propongo proceder en común a un registro de nuestras pertenencias. Huelga decir que me someteré como ustedes a esa operación.
—¡Pero por supuesto!, —exclamó Reinach—. Nada más natural.
Y procedió enseguida a quitarse la chaqueta negra.
Fue entonces que divisó a Estienne, de pie, inmóvil, muy pálido, todos los miembros de su cuerpo entero temblando.
—¿Y bien?, —le dijo—. ¿Qué sucede?
—Es imposible —murmuró Estienne con voz acongojada—. No quiero. Es indigno. Soy un hombre honesto.
—Nadie lo duda —dijo Reinach.
—No quiero ser registrado.
Se hizo un gran silencio.
Monsieur marqués de Chamilly era gentilhombre de la vieja escuela. La educación que había recibido hacía que se sintiera superior a la mayoría de la gente a su alrededor. También se nutría de un gran respeto por los demás, por su sapiencia, por su dignidad. Era el anfitrión de ese hombre al que no conocía. Dudó. Se preguntó por un momento si iba a llamar a Auguste y registrar Charles Estienne a la fuerza. Miró a Reinach.
Reinach se abrió de brazos, no para prepararse a ser registrado, sino en un gesto de impotencia. Estienne, deshecho por la impresión, a punto del desmayo, se había dejado caer en un asiento.
El silencio volvió a caer en el despacho donde la lámpara alumbraba con una luz ahora siniestra la mesa de trabajo sobre la que estaba, abierto y vacío, el estuche de terciopelo azul, viudo de su estatero de oro.
—Como quiera —dijo Chamilly.
—Oigan… —dijo Reinach llevado por la agitación.
—No hay nada que hacer —dijo Chamilly—. Si el señor se niega a ser registrado, no lo obligaré.
Estienne se levantó. Titubeaba.
—Gracias —dijo.
Y salió del despacho.
El asunto hizo mucho ruido. El príncipe Makinski y el marqués de Chamilly asumieron ambos la suma que había sido invertida, en Alemania, en la compra del estatero de oro. No era insignificante. Théodore Reinach propuso contribuir al gasto y dividir la suma entre tres. Chamilly se negó.
Théodore Reinach y sus hermanos representaban, en la Francia de finales del siglo pasado, una verdadera potencia. Llevaron a cabo contra Estienne una campaña implacable. Chamilly, por su lado, alertó a la gente de su medio. La carrera de Estienne quedó destrozada de un solo golpe. Sus amigos le dieron la espalda. Debió vender su empresa. Su mujer, que era hija de comerciantes en vino muy honorables de Bordeaux, acabó por dejarlo. Estienne se fue a Indochina que acababa de ser francesa. Desapareció.
Los años pasaron. Estalló la guerra. Apareció el automóvil, el teléfono, hubo el Tratado de Versalles, los años locos, la gran crisis del 29, el jazz, el cine, las novelas de Proust y de Morand. Uno apoyando al otro, Théodore Reinach y el marqués de Chamilly habían ingresado al Instituto de Francia. Hacia finales de los años veinte, después de haber construido en Beaulieu, en un lugar encantador al pie del cabo Ferrat, la villa Kerylos que todos pueden visitar, Théodore Reinach murió. Monsieur de Chamilly era un viejo guapo. El nombre de Charles Estienne había caído en el olvido y no le sonaba a nadie.
A principio de los años treinta, poco antes de la llegada de Hitler al poder, las consecuencias del Jueves Negro en Nueva York se hicieron sentir en París. El señor marqués de Chamilly tuvo que enfrentar serias dificultades financieras. Mantuvo la elegancia acostumbrada y prefirió separarse de su palacete de la rue de Chanaleilles más que de sus monedas. Vendió su casa y se instaló en un departamento de Passy o de Auteuil. En el momento de vaciar su palacete y de mudar sus tesoros, hizo un descubrimiento que lo dejó helado. En el dobladillo de una de las pesadas cortinas de su despacho encontró el estatero de oro.
Envejeció de golpe. La edad, las penas, la guerra, los problemas financieros lo habían dejado de mármol. La injusticia de las sospechas que había concebido contra de Charles Estienne dio cuenta de su salud. Debió encamarse. A los médicos que venían a visitarlo les declaraba:
—No es nada físico. Es un remordimiento.
Los remordimientos de Monsieur de Chamilly acapararon brevemente la atención de algunas veladas parisinas. Y ya no se pensó en ello. Él seguía rumiando un dolor que lo roía por dentro. Para intentar localizar a Charles Estienne que había desaparecido, y que quizá había muerto, se dirigió a uno de esos despachos de detectives privados a los que acudían los maridos celosos y las víctimas de chantajes.
La diligencia le fue penosa. Se halló frente a un individuo sospechoso y obtuso al que le contó, sin muchas esperanzas y para no entrar en detalles que pudieran parecer increíbles, una vaga historia de herencia y de indemnización. Tres semanas más tarde, para sorpresa suya, el individuo sospechoso y obtuso, cuyo papel membretado llevaba una máscara y una lupa, le anunciaba que el rastro de Charles Estienne había sido localizado: se encargaba de borregos en los Alpes de Provenza. Monsieur de Chamilly le escribió una carta. Fue, en toda su existencia, el acto que más le costó. Le confesó que las penas lo roían, que estaba llegando al final de su vida y que iba a morir. Pero que no quería desaparecer sin decirle la verdad y sin pedirle perdón: el estatero de oro había sido encontrado.
Le decía que estaba consciente de una reparación demasiado tardía. Había destruido una vida. No sabía qué hacer para obtener un perdón que no esperaba obtener. El resto de sus días estaría consagrado a obedecer las órdenes que Charles Estienne tuviera a bien girarle. Y lo que le quedaba de fortuna le estaba asegurado.
«Es muy duro para mí escribirle todo lo que acabo de escribirle. Hasta que acepte concederme su perdón, debo considerarme como una especie de asesino, más cruel, más odioso que aquellos que matan con un cuchillo. Lo ha perdido todo. Por mi culpa. Y yo soy, sin embargo, quien acude a usted para pedirle que se apiade de mí».
Esperó. No por mucho tiempo. Al cabo de unos diez días, recibió, de los Altos Pirineos, la respuesta de Charles Estienne. El papel era mediocre y la escritura temblorosa.
«Señor marqués:
Le agradezco su carta. Llega tarde. La espero desde hace cuarenta y cinco años. Es cierto: lo perdí todo. Mi mujer, mi oficio, mis amigos, mi felicidad. Fue rudo porque era inocente. Lo que viví desde que salí de su casa en esa noche de otoño en la que todo se detuvo, no se lo describiré: lo sabe. Ahora la paz me ha llegado. Que le llegue también. Pronto moriré. Usted también. Muera en paz. No puedo decirle más. No hablo mucho. Y ya no sé escribir».
Los ojos del marqués se nublaron. Le costaba trabajo proseguir con su lectura. Se quitó los anteojos, se los puso de nuevo, intentó proseguir.
«Quisiera sin embargo explicarle por qué me negué a ser registrado. No era por falta de honor. Es porque no podía. ¿Y por qué no podía? Porque tenía en el bolsillo de mi chaqueta el estatero de oro de Éfeso».
El corazón del marqués latía con fuerza. Pensó que se sentiría mal. Se levantó. Fue a tomar un vaso de agua. Se sentó de nuevo. Se puso los anteojos de nuevo.
«La moneda que me mostró no era única, como lo creía monsieur Reinach. Había otro ejemplar. Por un golpe de azar de cuya inverosimilitud estoy consciente, lo tenía en mi bolsillo. Lo había comprado quince días antes a un inglés algo loco que necesitaba dinero. Lo había traído de Angoulême para darle una sorpresa a monsieur Reinach y a usted. Para sorpresa, vaya sorpresa. Cuando vi su moneda, la cabeza me dio vueltas, creía desmayarme e hice caer la lámpara. ¡Oh!, las dos monedas no eran del todo idénticas: la mía estaba desgastada del otro lado y diferían varios detalles. ¿Pero quién se habría dado cuenta en la agitación en la que nos encontrábamos? No podía dejarme registrar so pena de ser considerado un ladrón. No sé a quién — ¿a usted?, ¿a mí?— la muy tardía verdad podría hacerle algo de bien. Le cuento la historia porque es verídica y, a lo largo de la existencia que he tenido desde entonces, me la repetí con una especie de pavor sin nunca contársela a nadie porque nadie me hubiera creído, y puedo al fin, gracias a usted, compartir esta carga que, por la única culpa del azar, tanto ha pesado sobre mi vida.
Ruego a usted, señor marqués…».
Pero el marqués de Chamilly había dejado caer la carta. Y, como a muchos ancianos a los que cualquier cosa los agita, lloraba.
—¿Ah?, —dijo A—. ¿Lloraba?
—Los hombres ríen mucho. Y es de preguntarse por qué se la pasan llorando.