Platino
Prefacio
Jo Rees
Platino
ePub r1.0
Titivillus 02-11-2018
Título original: Platinum
Jo Rees, 2008
Traducción: Fernando Garí Puig
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0
Para Emilyn
Ni el infierno conoce mayor furia que la
de tres mujeres traicionadas…
Prefacio
S E DECÍA que la isla artificial de Palm Jumeirah, enclavada en pleno golfo Pérsico, resultaba visible desde el espacio. Aquel complejo turístico en forma de palmera, que constituía un formidable logro de la arquitectura contemporánea, albergaba treinta y dos de los hoteles más exclusivos del mundo situados frente al mar, entre los que se incluían el Trump Hotel and Tower, y un muestrario de las propiedades más selectas de Dubai.
Y Yuri Kordinski acababa de hacerse con una participación que le proporcionaba el control de todo el maldito lote.
Había sido un largo día de reuniones con aquellos perplejos banqueros estadounidenses y los igualmente sorprendidos jeques que no habían sabido prever su audaz jugada; pero, en esos momentos, mientras las volutas del habano Davidoff se deshacían en el aire, el misterioso oligarca ruso se permitió una excepcional sonrisa de satisfacción.
—No sabes cuánto me alegro de que hayas venido a visitarme —dijo, saludando al manifiestamente impresionado gobernador del oblast de Smolensko, Boris Ivanovich Nazin, y sentándose junto a él en la terraza de su recién adquirido imperio, a la luz de las estrellas.
Kordinski pensó que habría sido más exacto emplear el término «respondido a mi convocatoria», pero no pensaba decirlo en voz alta, como había hecho en anteriores ocasiones. No. Su esposa Natalia, con su aristocrática educación, le había enseñado a no hacer esas cosas. En efecto, a veces resultaba mucho más conveniente permitir que ciertas personas, como el gobernador, creyeran que todavía gozaban de independencia. Sin embargo, Nazin, al igual que el resto de los políticos que se encuadraban en las filas de Kordinski, era solo un soldado más de su ejército mercantil. De todas maneras, Kordinski sabía desde hacía tiempo que una orden acompañada de encanto hacía que la gente fuera mucho más eficaz.
—El honor es mío —contestó Nazin.
—Bueno, ¿qué me cuentas? —preguntó Kordinski, impaciente por ir al grano.
—El dinero ha sido transferido a Londres, como estaba acordado —explicó el gobernador en voz baja, a pesar de que él y su anfitrión estaban solos y de que la terraza había sido barrida en busca de posibles micrófonos. Solos salvo por la constante presencia de un guardaespaldas armado junto a la puerta. De todas
maneras, aquel hombre era un ex FSB[1], y por lo tanto estaba entrenado para no escuchar nada que no le concerniera.
—Bien —asintió Kordinski.
El gobernador hizo una pausa mientras se acomodaba nerviosamente en la trabajada butaca de madera de sándalo.
—Sí, Yuri, pero ya sabes que no debes volver a Rusia. Ni siquiera para una breve estancia. Te están esperando y te detendrían.
Kordinski hizo un gesto despectivo con la mano. Se había visto obligado a exiliarse tras una serie de recientes adquisiciones que por fin habían hecho reaccionar al Kremlin. El presidente en persona se vio obligado a aparecer en la televisión nacional para prometer que desentrañaría el entramado de irregularidades financieras que habían permitido que Kordinski se hiciera con el control del setenta por ciento de las reservas rusas de gas y petróleo y con los contratos de los nuevos oleoductos con destino a Europa.
Pero Kordinski sabía que se encontraba a salvo. Los rimbombantes y huecos discursos del presidente al pueblo llegaban tarde y sin efecto. Yuri Kordinski los había burlado a todos. Había mantenido un perfil discreto mientras aprovechaba todos los recovecos y posibilidades que la nueva Rusia le ofrecía. Había rapiñado sus bienes y escapado indemne. Si había que culpar a alguien, era a los que se hallaban en el poder. Eran estúpidos, y él se ocuparía de castigarlos por su estupidez.
En esos momentos, gracias al gobernador y a otros como él, el resto del dinero que Kordinski tenía en Rusia había salido del país. Pero él no estaba dispuesto a exteriorizar el alivio que sentía.
Su profunda y acerada mirada se volvió lentamente hacia el gobernador.
—No necesito volver, Boris —dijo, dando el asunto por concluido—. ¡Ah! Aquí llegan las señoras.
Natalia Kordinski, una rubia muy guapa pero de aspecto nervioso, y Yelena Nazin, la esposa del gobernador, cruzaron la recargada puerta y salieron a la soberbia terraza que daba al golfo Pérsico, iluminado por la luna. Kordinski dejó el habano en el cenicero y, cuando se puso en pie, su imponente figura hizo que el gobernador pareciera muy pequeño.
Las dos mujeres habían ido al colegio juntas y reían amigablemente. Yelena llevaba un bonito y veraniego vestido de chifón, mucho más favorecedor que el clásico traje gris de Natalia. Pero lo cierto era que Yelena, con su exagerado escote, tenía un aspecto hortera, y Kordinski no quería que su mujer pareciera una fulana. No si ella tenía que convertirlos en miembros de la sociedad más respetable.
Porque eso era lo que Natalia se disponía a hacer. Para eso la había escogido Kordinski: iban a empezar desde cero en Europa del norte, y ella se encargaría de relacionarse con la aristocracia para que nadie volviera jamás a arrojar la menor sombra de duda sobre el apellido Kordinski.
—¿Qué estáis murmurando vosotras dos? —preguntó el gobernador.
—Pues que Natalia se muda a Londres, desde luego —respondió Yelena en tono alegre, agitando la muñeca y haciendo que su espectacular brazalete de diamantes lanzara destellos en la penumbra.
Kordinski se dio cuenta de que su esposa lo miraba con envidia y decidió que Natalia tendría uno mejor, más grande y con más diamantes. Si se trataba de aparentar, era el primero en la lista.
Volvió la cabeza y miró fijamente a Yelena, sonriendo. En los ojos de Kordinski brillaba una chispa a la que muy pocas mujeres habían sido capaces de resistirse. Durante una fracción de segundo la vio contener el aliento ante su súbita atención. Cuando ella se ruborizó intensamente y apartó la vista con un fugaz parpadeo, Kordinski supo que si algún día se encontraban a solas, la mujer del gobernador sería suya.
Sí: todas eran iguales. Y por eso no se fiaba de las mujeres. De ninguna mujer.
—Y también hablábamos de lo que haremos cuando vaya a verla y salgamos de compras —continuó rápidamente Yelena, tomando a su amiga del brazo como si con ese gesto pretendiera reafirmar su lealtad. Pero tanto ella como Kordinski sabían que era demasiado tarde—. Natalia me ha dicho que habéis comprado una casa justo detrás de Harrods y que también habéis conseguido una gran mansión en los Cotswolds. ¿Es cierto?
Kordinski enarcó una ceja y llamó la atención de su esposa. Natalia bajó la mirada. Sabía perfectamente cuánto le molestaba que hablara de sus proyectos, aunque fuera con su mejor amiga. Su marido había dedicado media vida a levantar la fachada tras la que sus negocios se escondían de la vista de las autoridades. La información equivalía a poder. Y él no quería que nunca, en ningún momento, nadie pudiera tener ninguna información sobre su persona que él no deseara que tuviese.
—Es verdad, Yelena. Tengo pensado comprar una bonita finca en el campo.
Volvió a repasar mentalmente las hermosas fotografías que había visto de Wrentham Hall. Había investigado el sitio a través de diversas fuentes. Sin duda se trataba de la mansión más prestigiosa de aquella zona de Inglaterra. La mejor. Un lugar ideal para su presentación en sociedad; naturalmente después de que la hubiera modernizado, amueblado de nuevo, redecorado y convertido el terreno circundante en un campo de golf. Pero todo a su debido tiempo.
—Bueno, la verdad es que todavía no es nuestra —dijo Natalia precipitadamente, intentado enmendar su error.
—¿Ah, no? —preguntó Yelena.
—No —intervino Kordinski—. En estos momentos es propiedad de una dama inglesa, una mujer con título de lady. De todas maneras, en esta vida todo puede cambiar. Solo depende de saber aplicar la presión adecuada.
Kordinski miró de nuevo a su esposa, y esta apartó la vista. La insolencia de su mujer le disgustaba profundamente. No estaba dispuesto a tolerarla.
Natalia dio un respingo cuando su marido puso fin a la conversación.
—Si me necesitáis, podéis contactar conmigo a través de Alexéi —dijo Kordinski, mientras él y Natalia acompañaban a Yelena y a Boris a la lujosa entrada del apartamento—. Le he nombrado director general de Forest Holdings, de modo que, cara al público, será él quien lleve mis asuntos a partir de ahora.
Kordinski vio un destello en los ojos de su mujer. Natalia estaba celosa de Alexéi Rodokov, el joven a quien su marido había contratado para que se convirtiera en el respetable rostro de sus negocios; celosa del lujoso yate que Yuri le había regalado; celosa de que Yuri se lo consintiera todo y lo malcriara como si fuera su hijo. Celosa, sí; pero no preocupada: el día en que ella cumpliera sus deberes de esposa y diera un hijo y heredero a su marido, este reconsideraría la posición de Alexéi.
—¿Y cómo está Alexéi? Cuando lo conocimos me pareció un joven encantador —preguntó Yelena, sonriendo a Kordinski; pero cuando él la miró, sus ojos eran fríos. Resultaba demasiado fácil de manejar. Le había dado esperanzas y después la dejaba caer. La vio estremecerse de inquietud.
—Pronto celebrará su trigésimo aniversario —contestó Kordinski—. Estaba pensando en organizarle una pequeña sorpresa. Os invitaría, pero creo que será solo para hombres. —Dejó que las palabras flotaran en el aire para que Natalia no tuviera duda alguna del tipo de entretenimiento que le iba a organizar—. Me temo que es muy probable que el gobernador se encuentre… indispuesto en ese momento.
—Eso sería muy generoso por tu parte, Yuri —dijo Natalia, con una voz que apenas era más que un susurro.
—Sí —repuso Kordinski—, pero es que Alexei es muy leal; y como sabéis, la lealtad es una de las cosas más importantes de esta vida. Yo la valoro por encima de todo.
—Pues deja que te asegure, querido Yuri —se apresuró a responder el gobernador—, que yo seguiré apoyándote en todo lo que esté en mi mano. Puede que desde dentro no resulte fácil, pero haré cuanto pueda.
Kordinski le dio un abrazo y lo besó en ambas mejillas. Aunque el gobernador lo ignoraba, él sabía que lo hacía por última vez.
Cuando Nazin y su esposa se hubieron marchado, el guardaespaldas siguió al matrimonio Kordinski de regreso a su apartamento a una distancia prudente. Yuri condujo a su esposa al dormitorio y cerró la puerta con llave. El ex miembro del FSB se situó silenciosamente junto a la puerta y, cuando empezaron los gritos, apenas parpadeó.