Platino

Jo Rees · Capítulo 43 de 43

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Platino

Ocho meses después

 

F RANKIE aspiró el aire frío de la montaña y se arrebujó dentro del chaleco de plumón mientras salía por la puerta de la confortable cabaña de troncos.

—¡Hola, Gabi! —la saludó uno de los trabajadores del rancho, y ella vaciló un momento antes de devolver el saludo.

Todavía le costaba acostumbrarse a su nueva identidad. Ahora era la señora Gabriela Mendola. Y lo más extraño era llamar Juan a Alex. Sin embargo, se trataba de un precio insignificante a cambio de su libertad. Lo que más la sorprendía era la facilidad con la que ambos habían cambiado su antigua vida por la nueva, y el hecho de que ninguno de los dos volvería a la otra aunque pudiera.

Antes de llegar, no tenía ni idea de que Argentina pudiera ser tan bonita. Había sido una suerte contar con la ayuda de Harry Rezler. Después de que Alex se hubiera repuesto de sus heridas en un hospital londinense, Rezler los había reubicado a través del programa de protección de testigos en un rancho de San Carlos de Bariloche, en la Patagonia argentina. En aquellos momentos les había parecido que los enviaban al último rincón de la tierra, pero ahora, ocho meses después de los dramáticos acontecimientos de Wrentham Hall, Frankie se sentía como si estuviera en el paraíso. Con la llegada de la primavera, los árboles brotaban con espectaculares colores, y el cielo era de un azul embriagador.

Caminó hacia el picadero donde Alex estaba domando sus nuevos caballos. Trepó a la valla de troncos y lo saludó con la mano. Él la correspondió quitándose el sombrero gaucho y cabalgando hacia ella a lomos de un alazán.

—¿Se encuentra usted bien, señora M? —le preguntó Alex.

Ella se rió y se inclinó para que Alex pudiera besarla. El caballo emitía vahos en el aire frío.

—No te preocupes por mí. No quiero que te fatigues demasiado.

La herida de bala había cicatrizado; pero, aunque Alex se podía mover lo suficiente para montar a caballo, por la noche seguía teniendo dolores. Sin embargo, a Alex le encantaba su trabajo y ya estaba pensando en montar una escuela de equitación para los niños de la localidad. De hecho, el capataz del rancho quería ascenderlo. Todas las noches, ella y Alex practicaban juntos el español. Cada día estaban más integrados.

—Solo venía a decirte que me voy a la ciudad —le dijo Frankie—. Nos veremos después.

Alex le envió un beso y le dijo «te quiero» con los labios antes de dar media vuelta y alejarse con el caballo.

A Frankie le encantaba conducir la vieja camioneta que habían comprado. Uno de los lados de la carretera que llevaba a la ciudad estaba bordeado de altos y frondosos pinos que proyectaban sus sombras en el asfalto. Bajó la ventanilla e inhaló su potente perfume.

Aquel era el día en que iba a hacer lo que habían estado hablando ella y Alex. Era consciente de que iba en contra de las normas que les habían marcado, pero ella necesitaba hacerlo. Después, podría olvidarse de todo para siempre y descansar tranquilamente.

Cuando inició el descenso hacia la ciudad, el paisaje la dejó sin aliento. El lago Nahuel Huapi se extendía ante ella como una gigantesca mancha oscura salpicada de islas que parecían puntos verdes. Las nevadas cumbres de los Andes se elevaban en la distancia, místicas e hipnóticas.

Alex ya había hecho planes para ahorrar lo suficiente y comprar un velero el verano siguiente. Incluso era posible que cruzaran el lago hasta la orilla chilena. Frankie se preguntaba si Alex echaba de menos el Pushkin y navegar alrededor del mundo, pero si era así, él no se lo había dicho. Al igual que ella, parecía disfrutar de la sencillez de su nueva vida juntos. Cuanto más tiempo pasaba, más se convencían de que ese era el tipo de vida al que estaban realmente destinados.

Cuando aparcó frente al principal comercio del pueblo, que también hacía las veces de oficina de correos y de taberna, la campana de la iglesia dio las doce. En aquella época del año no había tantos turistas, y a Frankie le gustaba ver que la gente se saludaba por la calle y se paraba a conversar. Se apeó del vehículo y sonrió a un grupo de niños que jugaba en la acera.

Dentro de la tienda, un televisor colgado en un rincón de la desconchada pared emitía un partido de fútbol a todo volumen. Un perro pequeño cruzó las puertas batientes y entró husmeando en la cocina. Olía a tabaco y café. Oyó que al otro lado de las puertas la señora Delgado gritaba unas palabras en español al perro. Avisó de su presencia con un saludo y empezó a mirar las postales que había en el expositor hasta que, por fin, escogió la que más le gustaba. Luego se volvió hacia el aparador donde estaban las revistas, cogió la última edición del ¡Hola! y sonrió. Algunas cosas no cambiaban nunca.

—¿Verdad que es guapo el señor Lands? —le preguntó la señora Delgado.

Frankie dio un respingo, percatándose de que había estado tan ensimismada que no había oído el ruido de pasos tras el mostrador. La señora Delgado le había tomado cariño e insistía en hablar con ella en inglés siempre que ella aparecía por la tienda.

—Desde luego que sí —convino Frankie.

—Mi hija tiene la habitación llena de fotos de Lands. Ese hombre es un buen cristiano. Quizá algún día mi hija se case con él, ¿eh? Es una pena que un hombre como él no tenga una esposa como es debido —dijo la señora Delgado, besando el crucifijo que llevaba colgado del cuello.

Frankie se echó a reír. ¡Si aquella mujer supiera la verdad!

Todd Lands aparecía fotografiado en la ceremonia de los Oscar, en Los Ángeles, tras su triunfal estreno en Broadway y su inesperada candidatura por Blue Zero. Frankie acarició su rostro en la fotografía mientras sentía una punzada de remordimiento por no haberse despedido de él. Iba acompañado por una nueva y desconocida actriz que lo cogía de la mano y sonreía, enfundada en un espectacular vestido blanco y subida a unos tacones de vértigo. Frankie se preguntó cuánto tardaría la prensa en hacer circular todo tipo de rumores acerca de la desconocida que ocupaba el corazón de Lands. Seguro que eso entristecería a la pobre señora Delgado.

Pero si el breve contacto con el mundo del glamour había enseñado algo a Frankie, era que no estaba dispuesta a cambiarlo por lo que tenía en esos momentos: la posibilidad de llevar una vida sencilla con el hombre de sus sueños en el más completo anonimato. Una maravillosa oportunidad de empezar de cero.

Fue al mostrador y pagó la revista y la postal que pensaba enviar. No escribiría nada en ella. Se lo había prometido a Alex. Aun así, cuando la recibiera, Emma sabría quién se la enviaba.

Cogió el cambio de la señora Delgado y contó las monedas a pesar de que se fiaba de ella. Con el poco dinero que tenían, estaba obligada a no descuidar un céntimo. A pesar de todo, le quedaba suficiente para una tableta de chocolate, de modo que dejó las monedas en el mostrador.

La señora Delgado la miró, primero a ella y después el chocolate, y sonrió maliciosamente, mostrando unos dientes grandes y desiguales.

—Es un chico, ¿verdad? —preguntó con un guiño.

Frankie la miró, sorprendida. Pensó en negarlo, pero ya se había ruborizado.

—¿Cómo lo ha sabido? —quiso saber.

—Lo he adivinado porque lo lleva escrito en la cara de felicidad. Ya se lo dije a Pablo: «Creo que la señora Mendola va a tener un chico».

Frankie se acarició el vientre, intentando imaginar qué aspecto tendría dentro de unas semanas, cuando empezara a notarse, y sonrió a la señora Delgado. No le importaba si era un chico o no, pero confiaba en secreto en que fuera una niña. Además, intuía que lo era y sabía que su futura felicidad crecería de las semillas del pasado. Por eso sabía ya cómo llamaría a su hija cuando naciera: Peaches Emma.

Emma se quedó de pie en el vestíbulo de Wrentham Hall, con sus maletas y bolsas junto a ella. Alzó la vista y contempló la vacía sala de baile. Las motas de polvo flotaban suspendidas en los rayos de sol que penetraban a través de la bóveda de vidrio. Bajó la mirada, observó el lugar donde Natalia Kordinski había muerto y solo vio las losas blancas y negras. Ni rastro de sangre. Ningún fantasma.

¡Había imaginado esa escena tantas veces…! Cerró los ojos y aspiró el olor de aquel polvo, de su polvo. De su historia.

Sonrió. Por fin regresaba al hogar.

A pesar de que Wrentham Hall figuraba entre las propiedades incautadas a Kordinski, sus abogados habían conseguido negociar con las autoridades rusas para que se la devolvieran.

Y en ese momento, cuando los operarios ya habían terminado de eliminar hasta la última huella de los Kordinski, se disponía a instalarse y a emprender la tarea de familiarizarse nuevamente con sus posesiones y convertirlas en su hogar.

Sin embargo, sabía que aunque volviera a poner en su sitio hasta el último cuadro, nada sería como antes.

Se alegraba de que la atención de los medios y la prensa hubiera remitido. La detención de Kordinski había ocupado los titulares de los periódicos de todo el mundo, y el nombre del mafioso había vuelto a saltar a las portadas cuando había sido asesinado en las duchas de la cárcel por otro interno que cumplía una condena de cadena perpetua. Había recibido tantas puñaladas que se había desangrado ante los ojos de los guardias sin que estos pudieran reaccionar a sus alaridos.

Los diarios se habían llenado de rumores y especulaciones acerca de quién había ordenado la ejecución, ya que podía haber sido cualquiera de sus antiguos socios, otro gángster deseoso de reafirmar su poder o simplemente la propia mafia rusa, que había decidido protegerse en caso de que Kordinski hubiera llegado a algún tipo de acuerdo con las autoridades.

Fuera lo que fuese, a Emma le daba igual. Después de lo que le había hecho a Julian, no merecía un trato de justicia. Además, su muerte había ahorrado a los contribuyentes el gasto y el trauma de un juicio largo y costoso. Lo único que contaba era que había desaparecido, que se había convertido en polvo.

—Mira, madre —dijo Cosmo—. Ha llegado el primer correo. Es una postal y no lleva nada escrito en ella, solo nuestra dirección. Creo que debe de tratarse de un error.

Emma cogió la postal y le dio la vuelta. Era una foto de un precioso lago argentino.

—No es un error —dijo, notando que los ojos se le llenaban de lágrimas. Sonrió y apretó la postal contra su pecho. Emma había hecho prometer a Frankie que, cuando se sintiera feliz, le enviara una postal para hacerle saber que todo iba bien.

—Ah, y el tío Pim nos ha dejado esto —añadió Cosmo, mostrándole una botella de champán y dos copas—. ¿Qué te parece si la abrimos? —preguntó con una traviesa sonrisa.

Emma estaba impaciente por ver a su hermano. Era un hombre nuevo desde que había recuperado su inversión. Gracias a la tenacidad de Cosmo, se habían descubierto las auténticas reservas de paladio de la mina de Norilsk. Resultaron ser inmensas, lo bastante para que todos los inversores recuperaran su dinero e incluso doblaran sus beneficios, todos salvo Serguéiokov, naturalmente, puesto que había vendido sus acciones. Sin embargo, a Emma le daba igual el dinero. Lo importante era que Pim no había perdido Lechley Park y que iba a poder restaurar la finca debidamente.

Después de brindar con Cosmo en la sala de baile, cogió su copa, fue al estudio y puso en marcha su ordenador portátil.

Mientras el aparato cargaba las aplicaciones, ella sacó un cuadro de una de las cajas de mudanza y lo colgó de uno de los clavos de la pared. Luego alzó la copa ante la imagen de Julian.

—Bienvenido a casa, querido —dijo.

Había encargado que pintaran aquel lienzo partiendo de una de las fotos que ella le había tomado la última vez que estuvieron esquiando. Dio un paso atrás y lo contempló, pero las lágrimas que había esperado no llegaron. El agudo dolor que durante tanto tiempo le había oprimido el corazón había dejado paso a algo distinto: un sordo resquemor, ¿de pérdida, de añoranza, de tristeza…? No lo sabía exactamente.

Sí, lo echaba de menos, lo echaba de menos constantemente, pero habían ocurrido tantas cosas desde su desaparición que tenía la impresión de que su recuerdo pertenecía a un lejano pasado que había quedado encerrado en un cofre del que no sabía si tenía la llave.

Su pobre Julian… ¿Qué le habría pasado por la mente cuando Kordinski lo había empujado por la ventana de aquel hotel siberiano? Era una pregunta que se hacía a menudo. Sospechaba que su último pensamiento habría sido para ella y para Cosmo, a los que les aguardaba un futuro tan siniestro como el suyo.

Anhelaba desesperadamente que Julian no hubiera muerto pensando que había decepcionado a su familia, porque no era así. El estafado había sido él. Y después de que ella hubiera castigado al estafador, el futuro resultaba cualquier cosa menos siniestro, excepto porque no podía contar con la presencia de Julian para compartirlo.

Emma suspiró. Había pensado que le resultaría más fácil vivir sabiendo que Julian había sido asesinado que creyendo que se había suicidado, pero la verdad era que ninguna de las dos alternativas era mejor. Siempre habría un vacío en el lugar que, de otro modo, él habría ocupado.

Confiaba en poder seguir adelante y dejar atrás el pasado. Tenía que intentarlo. Sabía que eso era lo que Julian habría deseado. Pero entretanto estaba decidida a mantenerse ocupada y ser útil. «Y qué mejor manera de empezar —se dijo— que haciendo del mundo un lugar mejor.»

Había visitado Norilsk y presenciado la devastación que la industria minera había ocasionado en toda la zona, y al regresar, había vendido todas sus acciones de Platinum Holdings. En el futuro tendría más cuidado a la hora de invertir su dinero. El primer paso para independizarse del recuerdo de Julian consistiría en que las decisiones que tomara a partir de entonces sobre los negocios se atendrían a sus principios y estrictamente a la legalidad.

Se proponía utilizar todo el dinero que había ganado con la mina en poner en marcha un proyecto de recuperación ambiental en Rusia: pensaba plantar árboles, todo un bosque, alrededor de la mina de Norilsk.

Además, ella y Cosmo iban a dirigir la ecocomunidad que este había proyectado, pero con una diferencia: en lugar de levantarla en Escocia, lo harían allí, en Wrentham Hall.

Emma apoyó la postal de Frankie en el escritorio y sonrió. A continuación, abrió el correo electrónico. Tenía un mensaje de David, una respuesta a la invitación que ella le había mandado, diciendo que estaría encantado de reunirse con ella y con Cosmo en Suiza para esquiar.

Después, clicó en el icono de «nuevo mensaje». Solo había una persona a la que necesitara decirle que volvía a estar en casa.

 

Al otro lado del Atlántico, en su casa de la playa, Peaches oyó el aviso del correo entrante. Empujadas por la brisa matinal, las cortinas flotaban, alzándose por encima de las cajas de mudanza, mientras Peaches caminaba entre ellas para llegar al ordenador que estaba en la mesa.

Leyó y releyó el correo de Emma y sonrió, dándose cuenta de lo feliz que se sentía su amiga. Contestó al instante, diciéndole que también pasaría con ellos la semana de esquí. Luego se levantó y miró a su alrededor con las manos en las caderas.

Lo estaba embalando todo porque iba a tomarse unas largas vacaciones —o, «un largo período sabático», como Tommy Liebermann lo había expresado— mientras decidía lo que haría a continuación. Pero, de repente, los meses que le aguardaban le parecieron muy largos e intimidantes.

A pesar de que su acuerdo con Harry Rezler había significado que los detalles de la fiesta de la Noche de la Depravación no se hicieran públicos, ninguno de los invitados a los que había librado del escándalo se había tomado la molestia de darle las gracias. Todos los que habían sido detenidos en la redada fueron puestos discretamente en libertad, según supo con gran placer más tarde, para furia e indignación de la detective Pounder.

Pero Peaches también había tenido que pagar un precio. Había bastado con el menor encontronazo con la ley para que sus antiguos clientes la pusieran en la lista negra. Su nombre había quedado proscrito de todos los círculos que solía frecuentar. Ya ni siquiera podía conseguir una mesa en Larry’s. Era como si la hubieran expulsado de la industria que ella misma había ayudado a levantar.

Lo mismo que la élite de la aristocracia británica había hecho a Emma tras la muerte de Julian, se lo había hecho a ella la aristocracia hollywoodense. Y a pesar de que en el plano personal eso le había sentado como un tiro, también le había enseñado lo vulnerable que siempre había sido su posición como proveedora de placer a los poderosos.

Quizá hubiera sido la abeja reina durante un tiempo, pero Los Ángeles era una bestia de apetitos insaciables que carecía de sentimientos y que era capaz de prescindir de ella en un abrir y cerrar de ojos.

En el fondo, no dejaba de tener su gracia: tanto esforzarse en convencer a Harry Rezler de que iba a dejar la profesión como parte del acuerdo, para descubrir enseguida que era la profesión la que la había dejado a ella.

Solo Murray Seagram-Cohen se había acordado de ella. Peaches se había conmovido al enterarse de que este le había legado en su testamento su anillo de oro con el sello de la familia. La joya no le servía de nada, pero al menos su arrogante familia se fastidiaría. Además, Peaches sentía debilidad por Murray. Siempre la había sentido.

En Los Ángeles estaba acabada. Por eso se marchaba. Ya había vendido Delancy Heights, su casa de México y su parte en el negocio de lencería a Tommy Liebermann. Y si en algún momento sentía añoranza de las emociones fuertes de su antigua vida, le bastaba con recordar la suerte que había tenido. Estaba libre y llevaba un vestido de seda en lugar de hallarse entre rejas con un uniforme de reclusa.

A pesar de todo, cuando salió al porche con la taza de café en la mano y contempló el limpio día y la playa batida por las olas, no pudo evitar dejar escapar un suspiro. Como había hecho otras veces, se preguntó si añoraría aquel lugar. Después de haber abandonado su antigua vida, le resultaba inevitable compararse con un drogadicto rehabilitado. Tenía claro que no deseaba repetir los errores del pasado, pero todavía no había encontrado una nueva vida con la que sustituir la anterior. Esa era una de las razones por la que necesitaba un cambio de horizontes. Sin él nunca se quitaría de encima la sensación de que en alguna parte tenía que esperarla el premio por haber sido tan buena.

Se sentiría mejor esa noche cuando estuviera en el avión. Seguro que una ciudad nueva le levantaría el ánimo.

Entonces, algo llamó su atención. Se hizo sombra en los ojos con una mano. Un hombre caminaba por la playa hacia ella. Su sombra se proyectaba hacia delante como si tendiera la mano para tocarla.

—¡Por Dios, no puede ser!

Pero lo era: Harry Rezler se dirigía hacia la casa.

No lo había visto desde hacía meses, desde que se había marchado de Inglaterra. Sin embargo, había pensado mucho en él. Demasiado. Y a menudo se preguntaba si debería ponerse en contacto con él para darle las gracias por haberle conseguido un pacto, por haber hecho posible que Emma recuperara su casa y que Frankie y Alex desaparecieran sin dejar rastro. Y sobre todo por haberla ayudado a cargarse a Kordinski.

Al final no lo había hecho; tampoco había podido olvidarse de su rostro y de la cortés profesionalidad con la que la había tratado, incluso después de la detención de Kordinski, cuando ella se había sorprendido a sí misma deseando algo más.

Entonces se había preguntado si seguía enfadado con ella por la clase de mujer que había resultado ser o si se debía a que había tenido problemas por haber permitido que Peaches se enfrentase con Kordinski y que, como resultado, Natalia muriera y Alex recibiera un balazo. Peaches no había tenido la oportunidad de preguntárselo porque Rezler ya se había marchado cuando ella fue a despedirse. La policía británica había dirigido la operación, de modo que Peaches había declarado ante ellos. Luego, al volver a Estados Unidos, habían sido los superiores de Harry los que se habían hecho cargo del caso, sin que él interviniera.

Sin embargo, allí estaba, entrando de nuevo en su vida.

Rezler se detuvo al pie de la escalera que bajaba desde el porche hasta la playa. No sonrió, ni tampoco habló. No dio la menor explicación de su presencia.

—Hola —dijo al fin, como si estuviera de paso y fuera algo que hiciera todos los días.

A pesar de lo mucho que había pensado en él, al verlo allí, tan cerca, Peaches no supo qué decirle. Intentó descifrar la expresión de sus ojos, pero las gafas de sol que llevaba se lo impidieron.

Hubo un momento de silencio mientras él seguía observándola, y ella se dio cuenta de que debía tomar las riendas de la situación, decir algo, invitarlo a pasar y comportarse con normalidad; pero ya no estaba segura de qué era normal y qué no. Solo sabía que, por increíble que fuera, Harry estaba allí y que deseaba averiguar por qué.

¿Acaso le quedaba pendiente algún aspecto de la investigación? No podía ser que tuviera que hacerle más preguntas. Ya las había respondido todas; todas y más. Lo que tenía que hacer era seguir adelante con su vida, y de hecho lo estaba intentando.

Pero Harry no daba la impresión de encontrarse allí por razones de trabajo. Iba vestido con vaqueros y una camisa suelta. Estaba bronceado y parecía cinco años más joven que la última vez que lo había visto. Se quitó las gafas, y Peaches vio en sus ojos una expresión amable.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó, lamentando al instante haber hecho un comentario tan tonto.

Rezler se encogió de hombros.

—Pasaba por aquí y me pareció buena idea acercarme.

Peaches lo miró fijamente, preguntándose si no había algo de cierto en lo que parecía una gran mentira. Una parte de ella deseaba que se tratara de una simple visita de cortesía, que estuviera allí solo para comprobar que todo estaba en orden. Pero, al mismo tiempo, sabía que eso era mucho pedir. No podía ser que hubiera hecho el largo viaje desde Washington solo por placer. Tenía que haber algo más.

—¿Te has enterado de lo de Kordinski? —preguntó Rezler.

Peaches asintió, decepcionada. Así pues, él estaba allí por trabajo y lo que quería era hablar sobre Kordinski. ¡Qué tonta había sido al pensar que podía deberse a otra razón, a cualquier razón! Lo único que tenían en común se llamaba Yuri Kordinski.

—Lo siento —dijo Harry.

Peaches arqueó una ceja.

—Se lo merecía. No veo por qué debería importarme.

Rezler suspiró pesadamente y apoyó el pie en el primer peldaño.

—Acabo de leer los informes preliminares, Peaches. Me he enterado de lo de Gorski y de lo de Irina Cheripaska. También de la historia de Rockbine. ¿Por qué no me contaste todo eso desde el principio?

Peaches sintió que se ruborizaba y se puso en guardia. ¿Por qué la había investigado? ¿Qué le importaban los detalles de su vida?

—No necesitaba tu compasión. Podía apañármelas sola. Al final he salido adelante, ¿no?

—Desde luego que sí.

Rezler no apartó la mirada, y Peaches se sintió confundida. Se le hizo un nudo en el estómago.

Para Harry Rezler, ella no era más que trabajo, así que ¿por qué le hacía sentirse de ese modo?

—Bueno, ¿y cómo van esos delincuentes? —le preguntó Peaches para quitar tensión al momento—. ¿Algún otro pez gordo en el punto de mira?

Rezler negó con la cabeza.

—No. Kordinski era la pieza que perseguía, el escurridizo pez gordo al que llevaba cuatro años intentando echar el guante. No sé si lo sabes, pero el día que entraste en mi oficina para negociar, salvaste mi carrera.

Rezler siguió mirándola, y Peaches sintió que la desconocida sensación aumentaba. No supo qué decir. Era algo nuevo para ella.

—Tú nunca me dijiste cuál era tu trabajo y yo tampoco lo adiviné —contestó —. ¿Trabajabas para la CIA?

Harry sonrió y se rascó la mejilla. Peaches comprendió entonces que, aunque así fuera, nunca se lo diría.

—No importa para quién trabajara. Solo he venido para decirte que lo dejo, que me jubilo.

—¿Te jubilas?

Rezler hizo un gesto de indiferencia.

—Ahora que Kordinski ha desaparecido, mis servicios ya no son necesarios. Ya sé que hay un montón de tipos malos que todavía andan sueltos, pero no tengo ganas de más. Estoy servido.

—Y yo también.

—¿Ah, sí? —quiso saber Rezler—. ¿De verdad? Solo… —Sus ojos siguieron los de ella de una manera que contradecían las palabras que dijo después—. Y… No tendrías que…

—Te lo prometí, ¿no es verdad? Se acabó. Y debo decir que no lo lamento. Ya no tengo ni móvil siquiera. La verdad es que está todo muy silencioso, pero creo que ya me estoy acostumbrando.

Algo cambió entonces en Harry, ante los mismísimos ojos de Peaches. Sus hombros se relajaron; como si se hubiera librado de una pesada carga, y por primera vez desde que había llegado, sonrió realmente, abiertamente, igual que alguien que acaba de ver a un antiguo amigo.

«O quizá a uno nuevo», se dijo Peaches.

—¿Y ahora qué piensas hacer? —preguntó Harry.

—Viajar —respondió ella. El cosquilleo interior no había remitido—. Ver lo que hay por ahí, supongo. La verdad es que me marcho. Lo tengo todo embalado y listo. —Se volvió para echar un vistazo a las cajas, pero lo único que vio fue su reflejo en la puerta corredera de cristal. El viento le agitaba el cabello y el vestido de seda. Contempló a Harry, al pie de la escalera, y de repente le pareció que estaba a punto de arrodillarse. Tras él solo se veía la arena, el mar y el cielo.

Se volvió para mirarlo. Rezler parecía a punto de decir algo, pero al final calló y se metió las manos en los bolsillos.

—Está bien. Te deseo buena suerte, Peaches —dijo antes de dar media vuelta y alejarse.

El miedo la atravesó como una lanza. Sabía que si lo dejaba marchar en ese momento, no volvería a verlo.

—¡Harry! —lo llamó.

Él se detuvo y dio media vuelta.

—¿Sí?

Peaches lo miró fijamente. ¿Se había vuelto loca? No debía hacer aquello. Saldría mal, muy mal. Toda su vida había afrontado riesgos, pero aquel era mayor que todos ellos juntos.

—¿Por qué no vienes conmigo? —le propuso.

—¿Qué has dicho?

—Que por qué no nos vamos los dos juntos —dijo a toda prisa, antes de tener que arrepentirse—. Sería como un largo viaje de jubilación. No tengo muchos planes, aparte de esquiar en Europa unos días.

Harry parecía auténticamente perplejo, y durante un terrible instante, las comisuras de sus labios se estremecieron, como si fuera a soltar una carcajada, pensó Peaches.

Pero en lugar de eso sonrió con repentina timidez. Caminó hacia ella, frotándose la cara. Confuso. Se paró al pie de la escalera.

—¿De verdad quieres que estemos juntos, tú y yo?

En ese momento, una vez planteada la pregunta, cuando Harry la había formulado y parecía tener clara la situación, Peaches se dio cuenta de que su respuesta era sencilla, algo natural y automático. Algo que tendría que haber dicho mucho tiempo atrás.

—Claro, ¿por qué no? —respondió con el corazón martilleándole en el pecho.

Aquello era una locura, una enorme locura. Apenas conocía a Harry. Ni siquiera lo había besado. Sin embargo, allí estaba ella, pidiéndole que recorriera el mundo en su compañía. De repente, se sintió emocionada y nerviosa como una adolescente. Deseaba con toda su alma que él le contestara que sí.

Harry se echó a reír.

—Bueno, quizá no sea mala idea.

Al alivio le siguió la excitación.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Peaches riendo.

Empezó a bajar la escalera; y él, a subir. Se encontraron a medio camino, cara a cara, separados por escasos centímetros.

Harry alargó la mano y le acarició el rostro. Sus dedos eran tan suaves, tan cálidos… Peaches notó que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—¡Demonios, Peaches! —dijo él—, creo que todo sería mucho más fácil si estuviera contigo en lugar de estar pensando en ti cada segundo.

Peaches dio un respingo, asombrada por que él lo reconociera. Emocionada. Lo miró a los ojos, con el corazón desbocado. Cuando se trataba de hombres, había tenido todas las respuestas preparadas en la punta de la lengua; pero ahora, por primera vez en su vida, se había quedado sin palabras.

Y de repente, todas las cosas sencillas y maravillosas que nunca había hecho se convirtieron en una posibilidad real, tan real que sintió ganas de llorar.

Harry rió.

—Bueno, di algo.

—Vale —contestó ella, avergonzada. Entonces sonrió—. Está bien, señor Rezler, ¿qué tal si empezamos nuestro viaje yendo a desayunar?

—Estupendo —dijo él.

Cuando tomó su mano, a Peaches le pareció flotar en una nube y se dio cuenta de que nunca había experimentado aquella sensación. La sensación de la paz absoluta.

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