Platino

Jo Rees · Capítulo 35 de 43

Páginas del PDF

Platino

Capítulo 34

 

A Frankie le daba vueltas la cabeza. Solo habían pasado unos minutos, pero tenía la sensación de que llevaba horas hablando con Emma y Peaches. Hasta ese momento, tanto ella como Emma habían puesto las cartas sobre la mesa. Las dos habían explicado lo que Kordinski les había hecho: la forma en que este la había apartado de Alex, organizándole el montaje con Todd; y las sospechas de Emma de que Kordinski era el responsable de la estafa de Platinum Holdings y del suicidio de su marido.

No obstante, la conversación había tomado un giro macabro, y Frankie apenas daba crédito a lo que oía.

—¿Me estás diciendo que esa noche estuviste en el Pushkin en el cumpleaños de Alex? —volvió a preguntar Frankie a Peaches, mientras recordaba cómo el capitán del puerto la había detenido en la lancha robada, antes de que pudiera subir a bordo del yate, y la espantosa noche que había pasado en la comisaría. No se había cruzado entonces con Peaches por muy poco.

Con Peaches Gold, la misma mujer que en esos momentos tenía delante. Una mujer que resultaba un tanto intimidante, que desprendía una sexualidad y una seguridad en sí misma que nunca había visto antes. Llevaba un sencillo vestido negro y zapatos de tacón, pero Frankie se había dado cuenta de que tenía la clase de cuerpo y de cabello lustroso y sexy que los hombres encontraban irresistibles. En el lugar de donde Frankie procedía, tenían nombres para las mujeres como Peaches, y ninguno de ellos resultaba halagador.

Sin embargo, no estaba en casa, se dijo Frankie. Aquel era un país diferente, y las normas con las que había crecido no servían allí. Lo cierto era que no sabía si existían normas aparte de las que imponían los tipos como Kordinski; normas con las que este conseguía todo cuanto se proponía, sin importarle el horrible costo que implicara para los demás.

Por eso estaba allí, pensó: por Kordinski, por todo lo que este les había hecho tanto a ella como a Emma. Y esa era también la razón de que no quisiera juzgar a Peaches Gold; al menos, no antes de haberla conocido mejor y haber podido averiguar si, como Ross había asegurado a Todd, era capaz de ayudarlas.

—Pues claro que estuve —contestó Peaches—. Yo era la encargada de proporcionar la diversión femenina.

—¿Diversión femenina?

—Ya sabes, putas, diversión para los tíos.

—¿Alex estaba con putas? —preguntó Frankie, luchando para tragarse las lágrimas. La idea de que Alex pudiera estar con cualquier otra la ponía enferma. Le parecía imposible que fuera capaz de pagar a cambio de sexo, y menos con una desconocida.

—¿Cuándo dices «Alex» te refieres a Rodokov? —quiso saber Peaches.

—Sí. Él y yo…

—Ahórrate las lágrimas, nena. Me hago una idea. De todas maneras, para que lo sepas, no se lo montó con ninguna de mis chicas. La verdad es que no quiso.

—¿No quiso? —preguntó Frankie con voz estrangulada.

—Eso he dicho. No quiso, y eso que eran dos de mis mejores chicas y ya habían cobrado. La verdad es que me pareció que se comportaba como si tuviera a otra persona en la cabeza. —Peaches la miró de arriba abajo—. Supongo que esa persona debías de ser tú.

—¡Ojalá! —exclamó Frankie.

Deseaba desesperadamente creer que Alex todavía se interesaba por ella, que la echaba de menos y que no quería estar con nadie más; pero, al mismo tiempo, Alex había estado en la misma habitación con Peaches y un montón de furcias más, mirando… ¿Mirando qué? Se imaginó una docena de escenas distintas, ninguna de las cuales resultaba probable. La experiencia que había vivido con Alex en Marrakech, tan íntima y pura, no encajaba en absoluto con el universo de Kordinski.

—¿Y Kordinski estaba allí, en la fiesta? —preguntó Emma.

—Sí —declaró Peaches—. Por eso fui, para encontrarme cara a cara con él. — Miró primero a Frankie y después a Emma con férrea determinación y añadió—: Para matarlo.

Frankie tuvo la sensación de que la temperatura había caído de repente en picado, y permaneció sentada igual que Emma, muy quietas las dos, mientras Peaches les relataba los acontecimientos de la noche del cumpleaños de Alex: cómo había engañado a Kordinski para lograr estar a solas con él, cómo lo había atacado clavándole el tacón del zapato y la forma en que él la había dominado y le había propinado una paliza antes de ordenar que la mataran.

Luego les contó cómo Alex había impedido en el último segundo que Kordinski la apuñalara y cómo él y el guardaespaldas la habían llevado a la playa, donde Alex la había apuntado a la cabeza con una pistola.

—¿Alex tenía una pistola? —le preguntó Frankie, perpleja.

No podía creerlo. No podía imaginarlo. La historia que Peaches acababa de contarles parecía tan real, tan vívida… Sin embargo, ahora todo se había interrumpido de golpe, como un rollo de película que se hubiera roto.

Peaches sonrió, y Frankie vio que no por crueldad, sino de incredulidad.

—¿Te sorprende? —preguntó.

—Alex no es un hombre violento —protestó Frankie.

—¿Estás bromeando? ¡Pero si es el número dos de Kordinski! —saltó Peaches—. ¿Vas a decirme que no tiene las manos manchadas de sangre?

Hubo algo en la forma en que Peaches formuló la pregunta que confundió a Frankie, como si no estuviera segura de la clase de hombre que era Alex y la desafiara a demostrarle que estaba equivocada.

—¡Claro que no! —contestó sin vacilar—. Es un hombre de negocios y un caballero. Puede que sea implacable, pero también es dulce y amable. Nunca sería cruel a propósito, y aún menos haría lo que dices, eso de ejecutar a sangre fría a alguien en una playa desierta.

—Bueno, está claro que al final no lo hizo, ¿no? De lo contrario, yo no estaría aquí.

—Entonces, ¿qué pasó? —quiso saber Frankie.

Peaches reanudó su relato y fue como si la película volviera a empezar: Alex disparando contra la arena y susurrándole al oído que se hiciera la muerta; Peaches, inmóvil en la playa, escuchando cómo el ruido de la lancha neumática se alejaba, demasiado aterrorizada para mover un músculo…

Frankie se llevó una mano a la boca, y una sensación de alivio indescriptible se apoderó de ella.

—¡O sea, que al final no te mató, sino que te salvó la vida!

—Sí —contestó Peaches—. Engañó al guardaespaldas para que creyera que él había hecho lo que Kordinski le había ordenado. Lo que no sé es por qué lo hizo, a menos que tú tengas razón y por improbable que parezca Rodokov sea un tipo decente.

—¡Pues claro que lo es! —dijo Frankie, mirando alternativamente a Peaches y a Emma en busca de confirmación.

Sin embargo, al contemplar sus rostros, lo único que encontró fueron los rastros de la violencia puesta en práctica por los secuaces de Alex.

Suspiró profundamente y se esforzó por mantenerse firme. La cabeza le daba vueltas. Al margen de lo que quisiera creer, la verdad era que Alex había estado en el yate cuando Kordinski había hecho todas aquellas horribles cosas a Peaches. Pensar que Alex había intervenido en todo aquello la dejaba sin palabras. ¿Y si resultaba que a pesar de toda la fe que tenía en él estaba equivocada? ¿Y si, después de todo, Alex no era más que el brazo ejecutor de Kordinski? Pero había salvado a Peaches. Tenía que aferrarse a eso, al hecho de que Alex la había dejado vivir.

Ojalá estuviera él allí en esos momentos. Así podría preguntárselo y vería la verdad o la mentira en sus ojos.

—Disculpa —intervino Emma—, pero, para empezar, no acabo de entender por qué atacaste a Kordinski ni por qué este ordenó a Rodokov que te matara.

Frankie hizo un esfuerzo para apartar sus pensamientos sobre Alex y escuchar las explicaciones de Peaches.

—Cuando me encontré a solas con Kordinski lo vi todo rojo. Al mirarlo, me vinieron a la mente todas las cosas espantosas que había hecho y…

—Pero ¿por qué? —insistió Emma—. ¿Por qué lo odias tanto?

—Porque… —Vaciló y meneó la cabeza, dando a entender cuánto le costaba aceptar lo que iba a decir—… porque es mi padre.

Frankie creyó haber oído mal.

—¿Que Kordinski es qué? —preguntó Emma.

Miró a Frankie y se dio cuenta de que estaba tan asombrada como ella.

Las dos escucharon en silencio sin dar crédito a lo que oían. Peaches les explicó su historia desde el principio, y Frankie experimentó la misma demoledora sensación que cuando había sido expulsada del Pushkin por el capitán, siguiendo órdenes del jefe; la sensación de que todo su mundo se tambaleaba, y de que todo lo que conocía saltaba por los aires.

Ni sus más delirantes suposiciones sobre Peaches se habían acercado a la realidad. Aquella mujer era la hija de Kordinski y al mismo tiempo era norteamericana y la madama más famosa de Hollywood. ¡Imposible!

Pero a medida que escuchaba comprendió que no solo era posible, sino que era cierto. ¿Por qué iba a inventarse semejante historia cuando, a cada frase, el rostro se le ensombrecía de horror y vergüenza?

Peaches les contó el susto que se llevó cuando Gorski se puso en contacto con ella y durante la entrevista que mantuvo con él en la cárcel. Luego les relató cómo había conseguido localizar a Irina en Moscú y les describió los ojos abrasados de la anciana y cómo Kordinski la había arrancado de los brazos de su madre cuando tenía solo tres años. También les explicó que la habían llevado a Estados Unidos y vendido a un pedófilo.

Kordinski había vendido a su propia hija pequeña a un pedófilo, consciente y deliberadamente. La había condenado a una infancia de abusos y pesadillas.

Peaches explicó aquello de forma clara y sucinta, pero sobre todo sin emoción. Su tono podría haber sido el de una documentalista que resumiera la trágica vida de alguien, pero no la de ella. Fue como si se estuviera distanciando, levantando un muro entre la persona que era en esos momentos y la niña asustada que había sido. Una forma de decir a Emma y a Frankie, y también a ella misma, que nunca volvería a ocurrirle nada tan horrible como aquello.

Solo su rostro la delataba.

Frankie sintió que toda su percepción de Peaches cambiaba. Aun admitiendo que no hubiera superado todos aquellos horribles acontecimientos, había logrado no tirar su vida por la borda. De hecho, había conseguido lo contrario: salir adelante airosamente. Frankie comprendió que en lugar de una ramera amargada, Peaches era la mujer más valiente y admirable que había conocido.

—Bueno, no creo haber hablado tanto en mi vida —dijo Peaches al acabar su relato, y Frankie se dio cuenta de que debía de sentirse muy vulnerable después de semejante confesión.

Emma se le acercó y le cogió la mano. Peaches dio un respingo y después alzó la vista con expresión cautelosa. Parecía como si lamentara haber explicado todo aquello.

—Os he explicado todo esto porque vosotras me habéis contado vuestra historia. Si vamos a trabajar juntas tenemos que ser sinceras las unas con las otras. Para que podamos tener una mínima oportunidad de crucificar a ese cabrón, debemos formar una piña. Lo digo muy en serio. Nada de tonterías.

—Nada de tonterías —convino Frankie.

—No sé si mis palabras te servirán de consuelo —dijo Emma—, pero me parece que eres increíble. Me asombra que hayas conseguido sobrevivir a todo eso.

—Y haber tenido el valor de enfrentarte a Kordinski como lo hiciste —añadió Frankie—. Si lo que te ocurrió a ti me llega a pasar a mí, no sé qué habría hecho, pero estoy segura de que no habría tenido el coraje de encararme con él como hiciste tú.

—Bueno, no sé si fui muy valiente o muy estúpida —contestó Peaches—; pero poco importa, porque lo único cierto es que fallé.

—Al menos conseguiste acercarte a él lo bastante para encararte —comentó Emma—. Eso es algo que ninguna de nosotras dos ha logrado ni remotamente.

—Y si lo conseguiste una vez, quizá nosotras tres podamos repetirlo —dijo Frankie.

—Pero no quiero atacarlo físicamente —objetó Emma—. Quiero que sepas, Peaches, que no soy una asesina y que no tengo intención de convertirme en una.

—¿Incluso aunque creas que es el responsable de la muerte de tu marido? — le preguntó Peaches.

—Incluso así.

—Yo creo que al fuego hay que combatirlo con el fuego —dijo Peaches.

—Pues a mí me parece que eso es precisamente lo que has intentado y que has salido de la prueba con alguna que otra quemadura.

—Lo hice porque no tenía otra elección —repuso Peaches—. Hasta que lo vi ni siquiera estaba segura de ser capaz, pero entonces comprendí que aquel era el único modo de hacerle daño.

—¿Y qué me dices de la posibilidad de recurrir a un abogado y hacerle saber a través de él que eres su hija? —preguntó Frankie—. Con un arma así, seguro que conseguirías que te pagara una millonada. Seguramente, esa es una forma de hacerle daño tan buena como cualquier otra.

Peaches negó con la cabeza.

—No es una cuestión de dinero. El dinero ya me lo procuro yo. No, la cuestión es que lo miré a los ojos y comprendí lo perverso que es y las barbaridades que es capaz de cometer; por ejemplo, lo que le hizo a mi madre. Cuando miras a alguien y descubres que sus ojos no son humanos, no tiene sentido intentar razonar con esa persona.

—Yo conozco a alguien así —intervino Emma—, y es otro ruso. Se llama Dimitri Serguéiokov. Asistió a la fiesta de Julian y me miró como si yo no fuera nada, solo un pedazo de carne que podía devorar de un bocado.

—¿Qué nombre has dicho? —preguntó Peaches, inclinándose hacia delante con atención.

—He dicho «Dimitri Serguéiokov». Era la otra parte en el proyecto de Julian —explicó Emma—. Fue él quien robó el dinero de mi marido.

—Sé quién es —le dijo Peaches—. Trabaja para Kordinski. Yo estaba con un tipo que me dijo que Serguéiokov iba a desaparecer durante una temporada.

Emma dio un respingo y se hizo el silencio mientras todas asimilaban aquella información.

—¿Lo ves? —exclamó Emma al fin, mirando a Frankie—. ¿No te había dicho yo que Kordinski estaba detrás de la estafa de Platinum Holdings? —Se volvió hacia Peaches—. Cosmo, mi hijo, está en alguna parte, intentando averiguar qué pasó con nuestro dinero, intentando localizar a Serguéiokov. ¡Oh, Dios mío! — Hundió la cabeza entre las manos—. ¡En realidad es con Kordinski con quien va a enfrentarse, y Cosmo es todo lo que me queda!

—No te preocupes, Emma. No le pasará nada —contestó Frankie, intentando consolarla.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque nosotras vamos a ocuparnos de enderezar este maldito asunto.

—¿De qué manera?

Frankie captó la desesperación de la voz de Emma, pero no tenía una respuesta que ofrecerle. Todavía no. Pero lo que sí sabía, gracias a Peaches, era que si Kordinski estaba detrás de la estafa de Platinum Holdings, entonces también había sido él quien había mandado secuestrarla en Tortola.

—Ya viste qué pasó allí —continuó diciendo Emma, limpiándose las lágrimas.

—¿Qué? —quiso saber Peaches—. ¿Qué fue lo que pasó?

Frankie dejó escapar un suspiro y le contó cómo habían irrumpido en las oficinas de Detroy para buscar documentos de la operación de Platinum Reach y cómo la habían secuestrado y fotografiado a ella y le habían cortado la cara a Emma.

Desde luego, Frankie ya había considerado esa posibilidad. ¿Quién si no Kordinski podía ser tan hijo de puta para ordenar que la secuestraran? ¿Quién si no Kordinski era lo bastante astuto para hacer que la fotografiaran de aquella manera? Matarla habría sido demasiado arriesgado. Cabía la posibilidad de que Alex decidiera buscarla si simplemente desaparecía. En cambio, las fotos eran una herramienta mucho más eficaz para lograr que él se la quitara de la cabeza para siempre. ¿Y quién si no Kordinski tenía a sus órdenes a los matones idóneos para semejante tarea?

Ahora, ella y Emma tenían la prueba. Era Kordinski quien desde el principio había tirado de los hilos.

Su mayor miedo era que hubiera perdido a Alex para siempre, porque si Kordinski le había enseñado aquellas fotos…

—Seguramente utilizaron Rohypnol —comentó Peaches—. ¿Te hicieron análisis para comprobarlo?

Frankie asintió.

—Sí. La verdad es que tuve suerte porque ellos no… Me refiero a que el examen médico no reveló indicios de penetración. Simplemente me hicieron posar para que pareciera que…

Sabía que tenía que ser fuerte. Su calvario no era nada comparado con lo que Peaches había sufrido, pero no podía dejar de pensar en ello. Le había dado vueltas en la cabeza una y otra vez. Por muy indefensa e inconsciente que estuviera, no le cabía la menor duda de que en las fotografías parecería otra cosa. Tenía la sensación de que le habían robado una parte de sí misma, una parte que deseaba recuperar como fuera.

Se dio cuenta de que Peaches la miraba, y de que en sus ojos no había dureza sino curiosidad.

—Yo te entiendo, Frankie —dijo Peaches.

—¿De verdad?

—Solo porque me dedique al negocio del sexo no significa que me parezca bien que unos sinvergüenzas se aprovechen de una chica. Es más bien al contrario. No, querida, lo que esos bastardos te hicieron fue imperdonable, y vamos a trincarlos a todos. Te lo digo yo.

Frankie asintió.

—Pero ¿cómo lo haremos? —volvió a preguntar Emma—. Está muy bien saber lo que sabemos, pero ¿quién va a creernos? No tenemos pruebas. Necesitamos documentos, papeles. Además, resulta imposible acercarse a Kordinski. En Tortola llegamos a un callejón sin salida, de modo que necesitamos encontrar una pista clara que nos conduzca hasta él, algo que podamos presentar ante los tribunales.

—Vale, puede que no tengamos nada de eso, pero todo el mundo tiene su talón de Aquiles —dijo Peaches—. Lo que tenemos que hacer es encontrar el punto débil de Kordinski. ¿Alguna idea?

De repente, Frankie se acordó del día en que Alex la había besado en su estudio.

—Bueno, no estoy segura de que vaya a funcionar. En realidad no es fácil…

—Vamos, suéltalo ya —dijo Peaches—. Necesitamos poner sobre la mesa todo lo que se nos ocurra.

Al cabo de una hora, las tres mujeres seguían hablando y esbozando un plan.

—Solo pretendo dejar bien claro lo que dije antes —les advirtió Emma—. No quiero que ninguna de las tres se enfrente directamente con Kordinski. Es demasiado arriesgado. Y tampoco quiero que lo matemos. Quiero algo más doloroso que eso.

—Muy bien —contestó Peaches—. Entonces que pierda todo lo que tiene. Y cuando digo «todo» me refiero a todo. Quiero verlo arruinado y sin un céntimo.

—Y yo quiero que no vuelva a acercarse a Alex nunca más —dijo Frankie— y que Alex sepa que fue Kordinski quien nos separó.

—Y yo no solo quiero que Cosmo vuelva sano y salvo a casa —afirmó Emma —, sino que todo el mundo sepa lo que Kordinski le hizo a Julian. Una humillación pública y total. Eso es lo que deseo. ¿Creéis que podemos conseguirlo?

—¡Por supuesto! —respondió Peaches, sonriendo—. ¡Entre las tres pondremos de rodillas a ese hijo de puta!