Platino

Jo Rees · Capítulo 15 de 43

Páginas del PDF

Platino

Capítulo 14

 

E L MUGRIENTO taxi avanzaba lentamente entre el ruido del tráfico, bajo el plomizo cielo de Moscú. Peaches se mordió una uña y deseó no haber dejado de fumar. Hacía diez años que había decidido reformarse y desde entonces no había vuelto a probar la nicotina ni ninguna otra droga en beneficio de una alimentación sana y el ejercicio. Se había prometido a sí misma que no volvería a recaer, y Peaches era de las que se tomaban las promesas muy en serio, especialmente las que la afectaban personalmente.

Había visto a demasiada gente volver a los viejos hábitos con desastrosas consecuencias, pero sabía que a ella no le ocurriría tal cosa: no se lo permitiría. Su actividad la obligaba a tener un aspecto deslumbrante. Durante un tiempo, su juventud lo había hecho posible. ¡Qué demonios, cuando uno era joven podía apechugar con cualquier cosa! Pero, al cumplir los veinticinco, había dicho «ya basta» y había cambiado de costumbres para bien.

A pesar de todo, había momentos en los que echaba de menos sus antiguos vicios. Si ahora hubiera podido encender un cigarrillo, entonces quizá las nubes de acre humo que exhalaba el taxista no la molestarían tanto. Y quizá también le calmarían los nervios.

Lo único que se le antojaba familiar a lo largo de la ancha calle llena de baches eran los grandes y chillones carteles que anunciaban Coca-Cola y Gap. Tras ellos se alzaban los tétricos bloques de pisos moscovitas, dirigiéndose hacia un cielo cargado de nubes. La radio del taxi no lograba sintonizar bien y el conductor le asestó un mamporro mientras maldecía en ruso.

La lengua materna de Peaches.

Materna. Todo la conducía a su madre. Desde su encuentro con Mijaíl Gorski, la idea de que tenía una madre no había dejado de obsesionarla. Y eso era algo que odiaba.

¿Por qué toda esa mierda de la familia había tenido que ocurrirle justo en ese momento, cuando las cosas le iban tan bien? Con su colección de lencería en marcha y la organización de la fiesta de Hollywood a la vista, no podía permanecer alejada de Los Ángeles mucho tiempo.

Y tampoco era que necesitara una madre. Había sobrevivido perfectamente sin ella, ¿o no? Así pues, ¿qué estaba haciendo en aquel deprimente suburbio de Moscú? ¿Qué importancia tenía que su madre estuviera viva o no?

Pero Peaches conocía la respuesta: no era capaz de conciliar el sueño cada vez que pensaba en Gorski. Se había reunido con un sujeto que había cometido tantas atrocidades en su vida que iban a colgarlo antes de juzgarlo siquiera. Sin embargo, en la escala de valores de aquella escoria, lo peor que había hecho era haberla vendido de pequeña. Eso y lo que le había hecho a su madre.

Fuera lo que fuese…

Por lo general, Peaches disfrutaba viajando y conociendo lugares nuevos. Siempre volaba en primera clase, bebiendo champán y, en función de quién la acompañara, charlando, viendo películas o durmiendo con la ayuda del cóctel homeopático que le preparaba Máximo, su especialista en dietética.

Pero el vuelo de doce horas desde Los Ángeles hasta el aeropuerto de Sheremetyevo, en Moscú, no le había proporcionado ni descanso ni ocasión de entablar conversación: se había pasado todo el tiempo repasando mentalmente los distintos escenarios con los que se podía encontrar.

No había duda de que su visita a Moscú entrañaba serios riesgos. Para empezar, cabía la posibilidad de que su madre no quisiera verla o que se negara a creer que ella era hija suya. ¿Y qué pasaría si resultaba que la mujer que Angela había conseguido localizar finalmente en el asilo para ancianos hacia el que se dirigía en aquel apestoso taxi, al final no era su madre? ¿Y si todo había sido una tomadura de pelo de Gorski?

Y suponiendo que la tal Irina Cheripaska fuera realmente su madre, ¿qué pasaría si estaba demasiado enferma para poder comunicarse con ella? La semana anterior había llamado al asilo y había logrado hablar con la enfermera de su madre —una mujer muy agradable llamada Yana que, gracias al cielo, hablaba inglés—, quien le había dicho que Irina Cheripaska estaba enferma de cáncer y no le quedaba mucho tiempo.

Así pues, ¿qué esperaba ganar de un encuentro con una mujer vieja y enferma? Cualquier relación a largo plazo quedaba descartada. Ni siquiera en la mejor de las hipótesis posibles podrían compartir nada.

Por si fuera poco, también le preocupaba la posibilidad de causar un trauma emocional a una anciana enferma. ¿Y si remover el pasado resultaba demasiado doloroso para su madre?

¿Qué le había hecho exactamente Gorski?

Peaches no podía imaginar nada peor para una madre que el hecho de que le robaran un hijo. Pero lo dicho por Gorski parecía mucho peor.

Suspiró. No sabía si estaba haciendo lo correcto. Siempre había hecho caso de su instinto y de sus corazonadas; pero, por una vez, se sentía presa de emociones contradictorias. Todo le decía que saliera pitando de allí, que se olvidara de todo y regresara a Los Ángeles.

Pero por otra parte, sabía que no podía hacerlo. Necesitaba conocer los hechos más duros para conseguir superar su furia interior. Porque, al margen de la simpatía que pudiera sentir hacia la mujer que iba a conocer, nada alteraba el hecho de que su madre no había hecho nada por recuperarla. Y según Gorski, había sabido desde el principio que su hija iba a ser vendida a un pedófilo. Así pues, ¿por qué demonios no la había rescatado de las garras de Rockbine? ¿Por qué no había estado a su lado cuando ella más la había necesitado?

Le constaba que salir de Rusia en esa época no resultaba fácil, pero sin duda no era imposible. Nada era imposible cuando había en juego algo tan importante. Eso era algo que ella había aprendido por las malas. Si se ponía en su lugar y alguien le hubiera robado a su hija, ella sin duda habría encontrado el medio de recuperarla, costara lo que costase.

Así pues, quizá aquella tal Irina, su presunta madre, no había tenido tanto interés, después de todo. Quizá se había tratado de eso, de que había intentado seguir adelante con su vida olvidándose de ella. Puede que incluso hubiera vuelto a casarse y tenido más hijos.

¡Dios santo! ¿Y si resultaba que tenía hermanos?

El taxi dio un brusco giro a la izquierda tras pasar un semáforo y se detuvo ante un austero edificio de ladrillo gris. El chófer se volvió y señaló con la cabeza. Habían llegado. Ella le entregó un billete de veinte dólares que el hombre contempló con los ojos muy abiertos.

Peaches se apeó del sucio vehículo y salió al aire frío. La realidad la golpeó con toda su crudeza. Había estado muy bien imaginar un asilo en Rusia desde la comodidad de su casa en Los Ángeles, pero encontrarse allí resultaba algo muy distinto.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—¡Jesús! —masculló para sus adentros mientras el gélido viento le arañaba la piel. Se apartó un mechón de la cara y se subió el cuello de la gabardina Burberry, lamentando no haber cogido una prenda de más abrigo.

El capitán del avión había asegurado a los pasajeros que no hacía frío en Moscú para la época, solo diez grados; pero ella estaba acostumbrada al clima de Los Ángeles. Solo Dios sabía qué debía de ser vivir allí en invierno, cuando las temperaturas llegaban a los veinte bajo cero.

Metió las manos en los bolsillos y alzó la vista para contemplar las altas ventanas con barrotes. Entonces se le ocurrió que quizá fuera demasiado tarde, que Irina Cheripaska quizá hubiera muerto ya. Aquel lugar tenía todo el aspecto de ser uno de esos sitios adonde la gente iba a morir.

Oyó el chirrido de unos neumáticos, se volvió y vio el taxi alejándose y una colilla encendida saltar por la ventanilla. Tuvo que luchar contra la tentación de correr tras él y suplicarle que la esperara, pero ya le había costado bastante comunicarse con él, y seguramente no la habría entendido.

Por encima de todo deseó que Paul estuviera allí con la limusina preparada. Siempre lograba que ella se sintiera a salvo con él, fueran a donde fuesen. Pero Paul se hallaba a miles de kilómetros de distancia. Lo cierto era que estaba sola y, tal como no tardó en comprender, también con el agua al cuello.

De todas maneras, era demasiado tarde para volverse atrás, así que respiró hondo como si quisiera sacudirse el miedo del cuerpo.

«Vamos allá», se dijo, subiendo a paso vivo los peldaños que conducían al interior del edificio.

Al entrar en el sombrío vestíbulo, dedujo que en su día seguramente había sido un bloque de apartamentos o unas dependencias gubernamentales. Las paredes tenían un color amarillento y estaban desconchadas por el paso del tiempo. Era como entrar en una nevera, y todo el bloque parecía protestar por el frío. Los radiadores resonaban con un ruido hueco, y en los últimos pisos oyó que se abría la puerta metálica de un montacargas.

Peaches se encaminó hacia la habitual zona de recepción donde había un mostrador de formica deteriorado y un teléfono anticuado de baquelita beis. Una puerta se abría a su izquierda, y por ella Peaches vio de pasada una sala con el suelo de linóleo llena de ancianos sentados en sillas. Una radio de donde salía música de violín sonaba a lo lejos. De algún lugar le llegó una vaharada de algo que olía a col o a col rancia. En todo caso, a algo inaceptable para su paladar.

Se aclaró la garganta y sacó del bolso un pedazo de papel. En él tenía escrito el nombre de Yana, la mujer con la que había hablado por teléfono, la que cuidaba a su madre y se había ofrecido amablemente a hacer de intérprete. Se dio cuenta de que le temblaban las manos.

«No pierdas los nervios ahora», se dijo. Tenía que mantenerse alerta y pensar con claridad. Ese era uno de esos momentos, comprendió al instante, que iban a cambiar su vida para siempre.

En el fondo del pasillo, bajo la escalera, un hombre con un número tatuado en el cuello y vestido con un sucio mono de trabajo empujaba un carrito donde había un cubo y varias fregonas. Se detuvo al ver a Peaches y la contempló con la boca abierta.

Ella dudó de que fuera su pañuelo lo que llamaba la atención de aquel sujeto y se apresuró a abrocharse otro botón de la gabardina para ocultar su escote.

Deseó poder encontrar en su diccionario de bolsillo la traducción en ruso de «piérdete, capullo», de modo que tuvo que limitarse a fulminarlo con la mirada, sin parpadear, como hacía con sus clientes cuando les decía que había llegado el momento de pagar. El truco le funcionó, y el tarado o lo que fuera dio media vuelta y se alejó farfullando.

Por insignificante que fuera, aquella victoria le dio la inyección de moral que necesitaba. Pasara lo que pasase, podría hacerse cargo de la situación.

Se inclinó sobre el mostrador, buscando una campanilla para pedir que alguien la atendiera, y se vio en la granulosa imagen en blanco y negro del monitor que había al otro lado. Alzó la vista y reparó en la cámara de vigilancia que había en lo alto. Si había entrado allí sin problemas, ¿a qué venían aquellas medidas de seguridad? Lo más probable era que ni siquiera estuvieran grabando las imágenes.

No obstante, durante un segundo le costó reconocerse. Se sentía tan fuera de lugar, tan apartada de su ambiente habitual… Había dedicado toda su vida a pasárselo bien y a disfrutar —y también a hacer que otros disfrutaran—, y eso implicaba no pensar demasiado en las consecuencias ni tampoco en el futuro. En su universo, la gente permanecía joven y vivía a fondo, consumiendo, disfrutando del sexo y convirtiendo la vida en una gran fiesta. Nadie enfermaba ni envejecía de verdad, como allí.

—Usted debe de ser la señorita Gold.

Peaches dio un respingo y se volvió para ver a una joven vestida con el uniforme de enfermera que caminaba hacia ella mientras la miraba con grandes ojos, sin duda admirando su forma de vestir.

—Bienvenida a Moscú —añadió en perfecto inglés, sonriendo y dejando al descubierto unos aparatos para los dientes, mientras le tendía la mano—. Soy Yana.

Peaches estrechó la mano de la joven, aliviada por su sonrisa y sorprendida por su juventud. Por teléfono parecía tan seria y formal… Además, también era guapa, aparte del pésimo peinado. Con unos simples arreglos podría convertirse en una verdadera belleza.

—Irina se alegrará de que haya venido —continuó—. Nunca recibe visitas.

Peaches se quedó mirándola y sintió una punzada de culpa y algo más, puede que sorpresa al ver que dos de sus preguntas habían obtenido tan rápida respuesta: la primera, que no llegaba demasiado tarde y que Irina seguía con vida; y la segunda, que no tenía parientes, nadie a quien le importara un comino, nadie que se interesara por su madre. De repente creyó comprender el peso de la responsabilidad que se adquiría cuando uno tenía familia.

—Todavía no le he hablado de usted —dijo Yana—, por si no lo asimilaba.

Peaches buscó en los ojos de la joven alguna señal de reproche por haber descuidado a la mujer que tenía a su cargo o por aparecer de repente, como caída del cielo.

Sin embargo, la enfermera sonrió, y Peaches deseó poder confiarle que se sentía muy nerviosa. Cuando había hablado con ella por teléfono, no le había dicho que probablemente era la hija de Irina, sino solo una vieja amiga, alguien que tenía una noticia que darle.

Como eufemismo no había estado mal.

¿Se escandalizaría Yana cuando descubriera la razón de la presencia de Peaches en Moscú o, por el contrario, Irina le había contado historias de la hija que años atrás le robaron?

—Su inglés es muy bueno —se oyó decir Peaches. Hacer un cumplido era una de sus costumbres cuando no sabía qué decir. De ese modo desviaba la atención de su interlocutora lejos de su persona y entraba con buen pie.

—¿De verdad lo cree? —preguntó Yana, complacida—. Me he licenciado en literatura inglesa además de en enfermería.

«Con dos carreras y ha acabado trabajando en este agujero», se dijo Peaches, considerándose afortunada por haber nacido en Estados Unidos.

Pero entonces se acordó: no había nacido en Estados Unidos, sino en Rusia. Igual que Yana. Y para eso estaba allí: para averiguar qué le había ocurrido.

Yana sonrió y la cogió suavemente del brazo.

—Venga, sígame, iremos por la escalera. Solo funciona el montacargas y, créame, es mejor no utilizarlo.

Después de haber tenido el placer de conocer al encargado de la limpieza, Peaches no necesitó más explicaciones. Sin embargo, tras cada tramo de escalera que subía notaba que su determinación flaqueaba. Los músculos de las piernas empezaron a dolerle y una imagen surgió en su mente: la butaca de primera clase del avión y la cama de su casa. Se sintió repentinamente cansada, como una niña que necesitara que la mimaran y confortaran; y deseó que alguien se ocupara de todo aquello en su lugar o que lo hiciera desaparecer.

Pero no había nadie más, y la única forma de resolver la situación era haciéndolo personalmente.

Avivó el paso para mantenerse junto a Yana, que le explicaba que Irina se encontraba muy enferma y que el tratamiento para el cáncer que padecía no había evitado que la enfermedad se extendiera. Cuando al fin llegaron al último piso y entraron por las puertas de vaivén, la joven añadió que Irina tenía suerte de estar allí, porque aquel era uno de los mejores asilos de Moscú.

«Gracias a Dios que no se trata de mí y que tengo otras opciones para cuando me haga vieja», se dijo egoístamente Peaches. Pero cuando siguió a Yana por el sombrío corredor, también pensó en la mujer que podía ser su madre y que estaba allí para morirse, sola y sin que nadie se interesara por ella, al cuidado de unos desconocidos. La tristeza la invadió.

Y también el miedo.

Yana se detuvo bruscamente y abrió una puerta lateral.

—Irina está aquí —explicó.

El cuarto era austero y se parecía más a una celda. Un linóleo verde grisáceo cubría el suelo y la pared hasta media altura. El opaco cristal de la solitaria ventana estaba lleno de mugre. Junto a la pared había una cama cubierta por una manta de rayas y sobre ella colgaba un póster turístico con una foto del Palacio de Invierno.

Una anciana estaba sentada en un sillón, junto a la cama. Llevaba un camisón de nailon azul y un chal de punto rosa sobre los hombros. Unas gafas oscuras estilo años sesenta le ocultaban los ojos. Viendo que la cabeza le colgaba sobre el pecho, Peaches dedujo que se encontraba dormida. Salvo por unos solitarios mechones de pelo, estaba calva. Junto a ella tenía una botella con un gota a gota que alimentaba una vía abierta en su mano izquierda. Yana cerró la puerta y obligó a Peaches a entrar en la habitación.

El ambiente hedía a desinfectante y medicamentos, y Peaches sintió náuseas hasta el punto de tener que taparse la boca con el pañuelo para contener una arcada. Yana se acercó a la mujer y la despertó.

Esta se espabiló de inmediato y sacó rápidamente de debajo de ella una horrible peluca pelirroja que se encasquetó como si fuera un sombrero. No se quitó las gafas de sol, y Peaches no se lo reprochó. La luz del fluorescente del techo iluminaba el cuarto con un crudo resplandor.

Yana habló con la mujer unos segundos.

—Ella es Irina —dijo finalmente a Peaches, manteniendo una mano en el hombro de su paciente.

Peaches no se movió. ¿Realmente tenía un parentesco con aquella desconocida? Sintió que en su interior crecía un sentimiento de repulsión y de vergüenza por reaccionar de ese modo. Seguro que se trataba de un error. Irina era una mujer demasiado mayor y se hallaba demasiado alejada de todo a lo que Peaches estaba acostumbrada. Su enfermedad la había privado de cualquier cualidad femenina.

—Acérquese —le dijo Yana.

Peaches tuvo que hacer un esfuerzo para aproximarse. Con cada paso que daba se sentía más reacia y más avergonzada, y se preguntó si Yana veía su falta de compasión y sus prejuicios típicamente occidentales hacia los ancianos y los enfermos.

Contempló a la anciana intentando mantener una actitud lo más distante posible. Vista de cerca, resultaba evidente que Irina era mucho más joven de lo que ella había pensado inicialmente. No pasaría de los sesenta. La habían maquillado, pero bajo el colorete su piel tenía un tono cetrino. Aquello se debía al cáncer, pensó Peaches, no a la edad.

Irina dijo unas palabras en ruso a Yana. Su voz era ronca; y su tono, hostil.

Peaches se dejó caer en una silla de plástico de color naranja. Notaba nuevamente que el cansancio se apoderaba de ella y volvió a pensar en su cama y en qué fácil sería marcharse sin más, dar la espalda a aquel lugar y no mirar atrás.

Sin embargo, siguió contemplando a Irina, a la mujer que quizá fuera la única familia que tenía. ¿Acaso no debería haberla reconocido al instante? ¿Dónde estaba aquel vínculo genético que debía despertarse en su interior, en el interior de ambas?

Pero no hubo nada de eso. Todo lo que Peaches vio fue su propio reflejo en los enormes cristales de las negras gafas de Irina, nada más, salvo su rostro, que le devolvía una mirada cargada de preguntas. Alzó la vista y miró a Yana, que daba suaves palmadas en el hombro de Irina, como si la estuviera tranquilizando. Entonces se dio cuenta de que la mujer murmuraba algo apenas audible.

—¿Qué dice? —preguntó a Yana.

—Está preguntando quién es usted, quién la ha enviado.

—Dígale que me llamo… —Peaches se interrumpió y se acordó de la información que Wallace le había dado—. Dígale que hace mucho tiempo me llamaban Anna y que me envía Mijaíl Gorski.

Pero Yana no tuvo que traducir nada. Al oír mencionar el nombre de Gorski, Irina se puso bruscamente en pie y soltó un grito desgarrador, abalanzándose sobre Peaches, intentando alcanzarla frenéticamente con sus huesudos brazos. La aguja del gota a gota se le salió de la vía, y un chorro de sangre salpicó en todas direcciones.

Peaches gritó y se levantó de un salto, tirando la silla, retrocediendo y aplastándose contra la pared que tenía detrás.

¿Qué demonios estaba pasando? ¿Acaso Irina se había vuelto loca?

Pero no apartó la vista, y siguió contemplando, horrorizada, cómo Trina daba alaridos y lanzaba golpes al aire. Entonces, la anciana se cayó al suelo entre estertores y ruidos guturales. Sus pies desnudos se agitaban convulsivamente, como si alguien la estuviera estrangulando.

Yana apretó un botón de la pared y gritó algo por el intercomunicador.

Peaches deseó poder desaparecer. Deseó no haber hecho aquel viaje. Deseó no haber dicho nada. Tenía la boca y la garganta tan ásperas como si se las hubiesen llenado de arena. Procuró recobrar el aliento mientras veía que el ataque de Irina iba a peor y que Yana se dejaba arrastrar cada vez más por el pánico en su intento por controlarlo.

«¡Dios mío, qué he hecho! —pensó Peaches, muerta de miedo—. ¿Y si se muere?»

Vio con espanto que Irina se mordía la lengua y que un reguero de sangre le corría por la boca. Yana se abalanzó sobre la mujer y, aferrándole la mandíbula, se la mantuvo abierta.

Justo a tiempo, la puerta que había detrás de Peaches se abrió bruscamente y entraron unos enfermeros empujando una camilla. Entre todos levantaron a la mujer y la ataron con unas correas tremendas mientras ella no dejaba de retorcerse y gritar. Yana cogió una jeringa de manos de uno de los enfermeros y la clavó en el muslo de Irina.

Al cabo de unos segundos, esta dejó de agitarse y de tirar de las correas, y sus gritos disminuyeron hasta convertirse en un lento gemido.

En un lamento espeluznante.

—Pero ¿qué ha hecho? —le reprochó una Yana azorada y despeinada, cuya amistosa expresión se había transformado en un rictus de furia.

—No… No lo sé. Lo siento, de verdad que lo siento.

Cuando la camilla pasó ante ella, Peaches sintió que el corazón se le encogía y se llevó la mano a la boca. En ese momento, Irina ladeó violentamente la cabeza, y las gafas negras que llevaba puestas se le cayeron.

Peaches dejó escapar un grito apagado.

Donde Irina debería haber tenido los ojos, solo había dos agujeros llenos de cicatrices. Dos pozos tenebrosos.

Como si… —y Peaches no se atrevió siquiera a pensar en ello—, ¡como si alguien le hubiera arrancado los globos oculares con un hierro al rojo!