Platino
Capítulo 31
M ONICA DuCane, la modelo erótica y actriz de culebrones, se hallaba sentada a horcajadas en una silla en el estudio de Tenzin Marisco mientras le aplicaban un último retoque al maquillaje. Sus famosos y generosos pechos aparecían realzados por el corpiño de encaje, y llevaba su larga melena rubia recogida en un sofisticado moño alto con bucles. Alargó la mano y acarició con sus largas uñas carmesí los bragueros de cuero negro de los modelos semidesnudos que se hallaban de pie ante ella. El ayudante del fotógrafo graduó los focos para iluminar mejor el sensual gesto de Monica, y Peaches hizo un movimiento de aprobación. Un segundo más tarde, Tenzin, el fotógrafo erótico más cotizado de Los Ángeles, se agachó y empezó a disparar, al tiempo que describía círculos alrededor de ella y la cubría de alabanzas.
—¡Eso es, nena! ¡Fabuloso! Ahora mírame. ¡Sí! ¡Así me gusta!
—Bueno, y entonces, ¿qué pasó? —preguntó Ross Heartwood.
Peaches escuchó el tono de asombro de la voz de su amigo. No había pretendido contarle tanto. Su intención no había sido explicarle su aventura en el Pushkin ni hablarle de la paliza que Kordinski le había propinado. Y tampoco que Alexei Rodokov era el responsable de que ella hubiera escapado del trance con vida.
Pero se trataba de Ross, de su querido amigo; del hombre en cuyas manos confiaba su cuerpo. Además, su llamada había llegado en el momento en que ella más necesitaba hablar. Peaches confiaba en que si compartía con él aquella horrible experiencia, la angustia del recuerdo le resultaría más soportable.
Se alejó del plató y caminó rápidamente hacia la puerta trasera del estudio. Empujó la barra de seguridad y salió al exterior. Se apoyó en la pared de ladrillo y se llevó el móvil al oído mientras cerraba los ojos y volvía a ver el rostro de Alexei Rodokov.
—Te lo juro por Dios: creí que iba a matarme, pero no lo hizo —explicó Peaches, procurando no levantar la voz—. Disparó al suelo y después se inclinó sobre mí y me dijo que, si quería seguir con vida, me hiciera la muerta. Supongo que pretendía que el guardaespaldas creyera que había obedecido las órdenes de Kordinski.
Peaches se ajustó las grandes gafas de sol y la gorra de béisbol. Seguía terriblemente nerviosa. Lo ocurrido a bordo del Pushkin le había dado un susto de muerte. Tenía las mejillas amoratadas, y cada vez que orinaba, los riñones aún le dolían por culpa de la paliza de Kordinski. Un amigo médico la había examinado en el hospital y le había dicho que era un milagro pero que no tenía ninguna lesión importante y que todo se curaría con un poco de tiempo y descanso. A pesar de todo, el solo recuerdo de lo sucedido le provocaba náuseas.
Y eso que Alexéi Rodokov le había salvado la vida.
—¿Y por qué lo hizo? —preguntó Ross, interrumpiendo sus pensamientos.
Peaches se había preguntado lo mismo cientos de veces desde entonces. En el último momento, Rodokov había desobedecido las órdenes de su mentor, y ella ignoraba la razón. ¿Un gesto de cobardía o un gesto de compasión? Fuera lo que fuese, Peaches odiaba la idea de deber algo a alguien, y más aún de deberle la vida a un tipo como aquel.
—No lo sé —respondió—. Igual no quería tener ese cargo de conciencia. Se largó muy deprisa.
—Los matones no tienen conciencia —contestó Ross—. Los tipos como Kordinski y Rodokov liquidan a la gente sin pestañear. Escucha, uno no entra a formar parte de uno de esos clanes mafiosos si no tiene antes unos cuantos asesinatos en el haber.
Peaches sabía que su amigo estaba en lo cierto. Al menos, en teoría. En teoría, para estar con un psicópata como Kordinski, Rodokov tenía que serlo también. Pero en la práctica, en el cara a cara, Alexei Rodokov no encajaba en el molde. Peaches recordó cómo lo había visto por primera vez, en su estudio del Pushkin, y que le había parecido más un hombre de negocios que otra cosa. Peaches tenía olfato para eso. Con la vida que llevaba era normal que lo tuviera, y había aprendido a confiar en su instinto cuando se trataba de juzgar a un hombre a primera vista. Nueve veces de cada diez, su primera impresión era también la última. Y la primera vez que lo había visto, Rodokov no le había parecido un vulgar gángster. Además, en la fiesta tampoco se había comportado como tal; y aún menos cuando le habían ordenado que le volara la cabeza.
La pregunta «por qué» no dejaba de bailarle en la cabeza, pero era una pregunta para la que no tenía respuesta. Lo único que sabía era que tenía la increíble suerte de seguir con vida.
—¿Crees que le dijo a Kordinski que te había matado? —le preguntó Ross.
—Eso espero porque, si ese tipo se entera de lo contrario…
—¡Por Dios, Peaches! No irás a decirme que ese hombre puede ir por ti, ¿verdad? Porque, si lo crees, entonces hemos de buscarte un lugar donde puedas estar a salvo.
—No. La verdad es que creo que por el momento no me pasará nada — contestó Peaches, que, en realidad, se sentía cualquier cosa menos segura.
Desde su encuentro con Kordinski tenía la sensación de haber quedado señalada y de que la observaban todo el tiempo; quizá desde detrás de unas gafas negras entre la multitud de Los Ángeles, o desde el Hummer que se había situado tras ella en más de una ocasión; puede que fuera aquel acento ruso que había creído oír en aquel restaurante de moda de Sunset o aquel tipo alto que se había sentado tras ella en la terraza de Bel-Air. Lo cierto era que deseaba que fueran solo imaginaciones suyas y que se repetía que era imposible que Rodokov hubiera confesado a su mentor que la había dejado con vida sin convertirse en el objeto de sus iras.
Además, no olvidaba que nadie había descubierto su verdadera identidad. Se había enterado de que nadie había interrogado a las otras chicas y que simplemente se las habían llevado del barco cuando había empezado la bronca. Les pagaron lo convenido y las desembarcaron mientras ellas protestaban y preguntaban dónde estaba Tammy. Según su fiel Angela, todas ellas habían vuelto a sus casas sin problemas y estaban a la espera de recibir otra llamada de Peaches para seguir trabajando. En cuanto a Nicki, estaba casi segura de que no había sido ninguna impostora porque, si las autoridades estuvieran realmente tras sus pasos, ya se habría dado cuenta. En definitiva, Kordinski no tenía la menor idea de quién era ella en realidad.
Incluso Valentín había desaparecido. Al principio, Peaches se había preguntado si la buscaría; pero, una de dos: o no se había enterado de lo sucedido o no le había contado a Kordinski que ella había sido su contacto para contratar a las chicas.
Sin embargo, no todos lo cabos estaban tan bien atados. Si lo analizaba retrospectivamente, le costaba creer lo loco e insensato que había sido su intento de venganza contra Kordinski. ¿Cómo era posible que lo hubiera provocado de ese modo citando el nombre de Irina?
Tenía que reconocer que estaba convencida de que su madre iba a morir pronto, pero ¿y qué? ¿Acaso le daba igual que su acción tuviera repercusiones para otras personas, aparte de para ella misma?
La primera llamada que había hecho después de haber conseguido que Angela le transfiriera dinero a Cannes había sido a Yana, la enfermera de su madre, que seguía en el hotel de Moscú, para advertirla de que no dijera a nadie dónde estaban y rogarle que se mantuviera vigilante. También le había hecho prometer que no mencionaría el nombre de Peaches Gold. Durante la conversación se le ocurrió proponer que cambiaran de habitación, pero Irina estaba demasiado enferma, y ella no quiso correr el riesgo de sobresaltarla.
Peaches sabía que Kordinski podía llegar a ser extraordinariamente sádico, y le aterrorizaba que averiguara el paradero de Irina.
Kordinski…
Con qué facilidad podría haberle arrancado la vida después de violarla.
Su propio padre…
Peaches pensó que ojalá todo hubiera sido diferente. Lo había estropeado todo y se odiaba por haber sido tan chapucera. No había trazado un plan como era debido. ¿Cómo era posible que hubiera llegado a pensar que mataría a Kordinski, aunque fuera en defensa propia? Podía ser muchas cosas, pero no una asesina. Se había dejado cegar hasta tal punto por la necesidad de ver a Kordinski cara a cara que no había ideado en realidad cómo ejecutar su venganza, sino que había confiado estúpidamente en su capacidad de improvisación. Y le había salido mal. Rematadamente mal.
Comprendía que, fuera cual fuese su siguiente movimiento, iba a tener que planearlo con mucho cuidado. En realidad, no quería que Kordinski muriera. ¡En absoluto! No quería ofrecerle una salida tan fácil. Lo que quería era verlo sufrir, que se diera cuenta de la clase de alimaña que era.
La pregunta era cómo llegar hasta él si estaba rodeado día y noche de guardaespaldas. Sabía que proporcionar chicas a los tipos como él era la única forma de acercarse; pero, después de su pifia, ese camino quedaba descartado.
—Ross, ¿hay algo que no me estás contando? —preguntó por teléfono, repentinamente consciente de que él se había quedado callado.
—Es que…
—¿Qué?
—Bueno, hay algo que me gustaría comentarte, a pesar de que viola todas las normas de confidencialidad entre médico y pacíente.
¿Confidencialidad? A Peaches le gustaban los rumores de Los Ángeles tanto como a los demás, pero el tono de Ross no encajaba con un chisme.
—Está bien, dime —respondió.
—La verdad es que es todo muy raro —le explicó Ross—. Resulta que eres la tercera persona que conozco que esta semana ha tenido algo que ver con Kordinski o Rodokov. Lo cierto es que las otras dos mujeres que acaban de presentarme odian a Kordinski tanto o más que tú.
Peaches no contestó. Estaba demasiado sorprendida. Y confundida. ¿Quién podía odiar a Kordinski tanto o más que ella? ¿Cómo era que Ross conocía a esas personas? Se acordó de las furcias rellenas de silicona que había visto en el hotel de Moscú y se preguntó si Ross habría atendido en su consulta a una de las amiguitas de Kordinski.
La mente de Peaches giraba más deprisa que una máquina tragaperras de Las Vegas, porque, más allá de su sorpresa y confusión, veía aparecer en el horizonte una oportunidad, como un barco que ya no esperara volver a ver.
Quizá esas mujeres le proporcionaran lo que tanto necesitaba.
—Cuéntamelo todo —le dijo a Ross.
—Es demasiado complicado para que lo hablemos por teléfono. Creo que lo mejor será que vengas a Nueva York lo antes posible. Esta noche, por ejemplo.
—¿Estás en Nueva York?
Peaches tenía un montón de razones para no ir. Abrió la puerta y se asomó al estudio. Estaban preparando a Monica para otra sesión. Las chicas del can-can con las borlas en los pezones esperaban al fondo, y ella tenía que echarles una mano. Y por si fuera poco, además de la sesión fotográfica, tenía que ocuparse de un millón de preparativos para la fiesta.
Pero le daba igual. Nada era tan importante como lo de Kordinski.
—Está bien —veré qué puedo hacer.