Platino

Jo Rees · Capítulo 9 de 43

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Platino

Capítulo 8

 

A Peaches le gustaba el ambiente tranquilo y relajado de los consultorios de Ross Heartwood. Y con razón. Ella le había ayudado a encontrar su exclusiva ubicación en Beverly Hills, con sus cristales tintados y su discreto aparcamiento cubierto, repleto de los últimos modelos de Ferrari y Porsche. Peaches había perdido la cuenta de las veces que había puesto en contacto a distintas personas con las propiedades que andaban buscando. A veces se preguntaba si no habría hecho mejor dedicándose al negocio inmobiliario.

Cuando abrió la puerta y entró en la sala de espera, varias mujeres levantaron la cabeza para mirarla antes de volver a sumergirse en la lectura de sus revistas. Como de costumbre, ninguna dijo nada. Nunca lo hacían. Existía una especie de acuerdo tácito por hallarse en el club privado de Ross Heartwood.

—Ciao, cielo —dijo Peaches, poniendo fin a la conversación telefónica con Marina, que se hallaba en Miami para una sesión fotográfica y había accedido a ir después al casino para reunirse con un jeque árabe que era uno de sus mejores y más generosos clientes.

Peaches se guardó el teléfono en el bolso y echó una discreta ojeada a las mujeres que esperaban para ver al doctor Ross. Como de costumbre, resultaba imposible saber concretamente para qué estaban allí. A diferencia de otros cirujanos plásticos, Ross se había hecho famoso asegurándose de que cualquier intervención suya resultara invisible. De su mesa de operaciones no habían salido nunca unos pechos desmedidos ni un rostro desprovisto de expresión tras un lifting.

Las mujeres que acudían a la consulta eran principalmente actrices de cierta edad que aseguraban en las revistas y en los programas de televisión que nunca se habían sometido al bisturí. Y todas conseguían que las creyeran porque no parecían en absoluto retocadas y nunca lo parecerían, ya que a Ross no le gustaba que sus pacientes parecieran momias congeladas en el tiempo. No, su filosofía consistía en conseguir que una mujer tuviera el mejor aspecto posible de acuerdo con su edad. Era un hacedor de milagros moderno.

—¡Hola, preciosa! —la saludó Ross, saliendo de su consulta mientras la recia puerta de roble se cerraba a su espalda sobre la gruesa moqueta color lila.

En opinión de Peaches, Ross Heartwood era posiblemente uno de los hombres más guapos que había conocido. Y había conocido a muchos. Pero Ross tenía un carisma, un magnetismo personal que hacía que la gente se sintiera atraída hacia él. Y a juzgar por la manera en que las mujeres que esperaban en la sala suspiraron al verlo, no debía de ser la única en pensar así.

Ese día vestía un pantalón color crema, mocasines marrones italianos y una camisa de seda azul claro, desabrochada un botón más de lo habitual, lo que dejaba a la vista los rizos rubio oscuro de su velludo y bronceado pecho.

No era guapo en el sentido tradicional de la palabra, pero con su mechón de cabello cuidadosamente despeinado, su varonil sonrisa y su aspecto de muchacho, tenía el aire de los ídolos de las sesiones matinales de los años veinte. Era la clase de sonrisa que hacía que las quinceañeras lo llamaran para pedir hora para arreglarse los pechos cuando ni los tenían siquiera, con tal de poder decir que se habían desnudado delante de él. Era la clase de sonrisa que hacía que las mujeres más mayores se pusieran sus mejores joyas y pasaran por la peluquería antes de ir a su consulta, como si se prepararan para una cita.

Peaches se ponía de buen humor solo con verlo.

—¿Cómo estás, Ross? —lo saludó, cogiéndole las impecables manos y besándolo en ambas mejillas. Olía a colonia de Hermés, y eso le gustó—. Gracias por recibirme.

—El placer es todo mío. Señoras, si me quieren disculpar, no tardaré —dijo en tono insinuante mientras hacía pasar a Peaches a su consulta sin soltarle la mano.

Ella notó las miradas de envidia clavándose en su espalda igual que dardos, pero sabía que todas aquellas mujeres estaban dispuestas a esperar gustosamente un año con tal de que Ross las atendiera.

Una vez dentro del despacho con aire acondicionado, Ross le guiñó un ojo, rompiendo la habitual rutina de flirteo que se establecía cada vez que se veían. Por primera vez desde la llamada de Ron Wallace, el día anterior, Peaches se sintió normal.

Dejó el bolso en el sofá de diseño que había bajo un boceto de Francis Bacon, que según Ross era auténtico; y aspiró la densa fragancia del espectacular arreglo floral de rosas inglesas amarillas.

Ross era un verdadero anglófilo; incluso en el acento, que parecía más propio de Yale que de Los Ángeles. Tenía una antigua casa reacondicionada en el barrio londinense de Chelsea e iba un mes sí y otro también. Peaches se fijó en que tenía encima del escritorio el taxi negro en miniatura de Paul Smith que le había regalado la Navidad anterior.

—¿Era Cameron la que he visto en el aparcamiento? —preguntó Peaches, contemplando el caluroso día de Los Ángeles por la ventana de cristal ahumado.

Ross se metió las manos en los bolsillos y se sentó en el borde de su escritorio, asintiendo con la cabeza.

—Si puedo decirlo, su nariz es una de mis mejores creaciones. Estoy seguro de que ha sido decisiva para que Spielberg le diera el papel principal de su siguiente película. Le he dicho que debería darme una parte de sus honorarios.

Peaches se volvió hacia él.

—Es cierto, debería hacerlo —comentó. Entonces torció el gesto y preguntó tras una pausa—: Oye, dime, ¿qué son todos esos rumores que he oído de que te vas a Nueva York?

Ross arqueó las cejas en señal de divertida sorpresa. Peaches se dio cuenta de que estaba asombrado de que ella lo supiera; pero cuando se trataba de rumores, ella era igual que un sabueso. Los olía de lejos y no les perdía la pista. Aquel, concretamente, había salido de Billy Grant, el rey del negocio inmobiliario, que le había dicho a una de las chicas de Peaches que Ross acababa de hacer tasar su mansión. De todas maneras, Billy Grant tenía fama de extender el rumor de que la gente se mudaba como estrategia para subir los precios y estimular las ventas.

—Bueno —quiso saber Peaches—, ¿es cierto o no?

Ross le sonrió.

—Puede que lo esté considerando.

—No puedes marcharte —dijo ella, más decepcionada y sorprendida de lo que había creído que estaría. No había dado crédito al rumor—. No pienso permitirlo. ¡De ninguna manera!

—Peaches, eres un encanto, pero no hay para tanto. De verdad.

—¡Y tanto que lo hay! ¿Cómo es posible que pienses en mudarte? Toda tu vida está aquí.

Ross se encogió de hombros.

—Es solo que me apetece un cambio. Nada más. Siempre podrás venir a visitarme.

Peaches dejó escapar un gemido. No tener a Ross a mano sería terrible, espantoso. Le parecía imposible que estuviera pensando en serio lo de marcharse y dejarla.

—¿Estás planeando algo? —le preguntó.

—Tú serías la primera en saberlo si así fuera. De todas maneras, no es más que una idea, una de las varias que estoy sopesando. También es posible que no haga nada, de modo que no tienes por qué alterarte.

—Pero…

Ross alzó una mano para dar el tema por concluido y le sonrió. Peaches se dio cuenta de que debía dejarlo estar y de que Ross ya le diría lo que quisiera decirle a su debido tiempo.

—Peaches, no irás a decirme que has venido a verme para discutir conmigo, ¿no? Mira, cielo, tengo que advertirte de que no necesitas nada de mí porque estás radiante. Te avisaré cuando crea que te conviene algo.

—No se trata de mi cara —contestó ella, sintiéndose halagada—. Es la cicatriz de la espalda la que me molesta, Ross. Me gustaría que hicieras algo con ella.

—De acuerdo. Echémosle un vistazo.

Le indicó el familiar diván de piel amarilla, y Peaches fue hacia él mientras se quitaba la blusa. Ross se le acercó cuando ella se desabrochó el sostén y lo mantuvo sobre sus pechos. Su expresión era de fría profesionalidad.

—Aquí —dijo Peaches, mostrándole el hombro—. Justo debajo del omóplato.

Ross tocó la cicatriz con dedos expertos. Esa vez, Peaches ni se movió.

—¿Qué es? —preguntó ella, notando que Ross se inclinaba para examinarla más de cerca—. Me refiero a si sabes decirme qué puede haberla causado.

—No es fácil asegurarlo. Desde luego, de lo que no se trata es de una marca de nacimiento.

—No recordarás haber tenido algún accidente, ¿verdad? —añadió él.

—¿Un accidente?

—Parece un viejo tejido cicatricial, resultado de una quemadura o algo así. La piel está muy dañada.

Peaches sintió que la recorría un escalofrío y volvió a buscar algún lejano recuerdo. Si se había quemado, quizá eso explicara el miedo que sentía.

—Pero tiene que ser de hace mucho tiempo —comentó Ross, sentado delante de ella—. Oye, dime de qué va todo esto. Esta cicatriz nunca te había molestado. No irás a decirme que acabas de descubrirla, ¿verdad?

—No, claro que no. Siempre ha estado ahí.

Peaches apartó la vista. Ross era uno de sus mejores amigos y deseaba contarle el extraño recuerdo que la cicatriz le había provocado, pero algo la retuvo.

Sonaría como una chiflada si le contaba la extraña conexión rusa que aquella cicatriz en forma de hoz parecía haber despertado. Conexión cuya extrañeza no había hecho más que aumentar después de la sorprendente conversación que había mantenido con Ron Wallace el día antes. El abogado le había contado que representaba a un gángster ruso que se hallaba en prisión —¿cómo se llamaba, Mijaíl Gorski?— y que su cliente le había ordenado que la localizara y le insistiera en que fuera a verlo a Texas porque tenía una información vital que darle, una información sobre su pasado, una información que afectaría su futuro. Wallace había hecho hincapié en que fuera sin tardanza porque Gorski estaba a punto de ser extraditado a Rusia.

Al principio, Peaches había intentado reírse de todo aquel asunto, pero Wallace se había mostrado muy insistente. Al final incluso fue categórico: si Peaches deseaba saber más, aquella era su última oportunidad. Así pues, había accedido a desplazarse hasta Texas.

En ese momento le habría gustado confesar a Ross que estaba un poco asustada porque las últimas cuarenta y ocho horas habían hecho sonar todos sus timbres de alarma: primero, con Valentín haciendo bromas sobre si por sus venas corría sangre rusa; y después, ese mismo día, recibiendo la llamada del abogado de un gángster ruso. Era demasiado, y tenía una corazonada, una loca corazonada de que aquella cicatriz en forma de hoz pudiera significar…

¿Significar qué, exactamente?

Sabía que la hoz era un símbolo ruso, pero ¿acaso no resultaba más probable que la forma de la cicatriz de su espalda fuera una simple coincidencia? No tenía por qué querer decir que había sido obra de un ruso. Lo más probable era que se la hubiera hecho una escoria como Albert Rockbine o algún otro de su calaña durante su infancia.

Fuera como fuese, había tomado una decisión y reservado un vuelo para aquella noche con destino a Texas. Además, conocía a un alto ejecutivo de una compañía petrolera que estaría dispuesto a pagar generosamente por un par de horas con ella. Al día siguiente iría a ver al tal Gorski y averiguaría de qué iba aquella historia. Hasta entonces, tendría que contentarse con hacer conjeturas.

—No es nada —le dijo a Ross, desviando los ojos de su familiar mirada—. Es solo que alguien me hizo un comentario sobre ella y ahora me sentiría mejor si no la tuviera.

Ross volvió a echar un vistazo a la cicatriz.

—Está muy bien definida, y tu piel es muy elástica en esa zona. No estoy seguro de que consigamos nada mediante cirugía. Quizá con un trasplante…

—Me da igual lo que hagas siempre que me la quites.

—Está bien, si te empeñas… Pero ¿estás segura? —Ross se levantó y fue a su escritorio mientras hacía un gesto a Peaches para que se vistiera—. Debo decirte que, en mi opinión, resulta sexy.

—Pues no lo es —respondió ella con más brusquedad de la pretendida—. Además, ¿cómo vas a saberlo tú? —bromeó para compensar su anterior aspereza.

Ross le sonrió.

—Sé reconocer lo que es sexy cuando lo veo.

—Tú no puedes permitírtelo, querido —dijo Peaches mientras se abrochaba la blusa—. Por otro lado, ¿acaso te estás olvidando de que eres el maricón que lo lleva más en secreto de todo Hollywood?

Lo miró arqueando una ceja. La sexualidad de Ross era una fuente constante de bromas entre los dos. Peaches había paseado bajo sus narices a sus chicas más guapas, pero él no había demostrado el menor interés; y al final, ella se había convencido de que la única explicación era que era gay. Aun así, no se trataba de un asunto que ella pudiera plantearle abiertamente sin correr el riesgo de ofenderlo.

En cualquier caso, su expresión no delataba nada aparte de una chispa de humor en sus ojos castaños. Peaches supo entonces, y no por primera vez, que Ross sabía algo que ella ignoraba.

—¿De verdad crees que soy gay? —preguntó él, y Peaches le lanzó una mirada que daba a entender que semejante idea era absurda—. Solo soy célibe, eso es todo. Es algo que deberías probar algún día, Peaches. Tiene su recompensa.

Ella lo miró de mala manera.

—Bobadas. Mira, hazte un favor y echa un buen polvo. Podrías hacerlo con quien quisieras, y lo sabes.

Ross se encogió de hombros.

—Lo sé, pero soy como soy —contestó, haciendo reír a Peaches con su enigmática sonrisa—. Además, ¿no se te ha ocurrido pensar que quizá me estoy reservando para ti?

—Ojalá fuera cierto —contestó ella.

El hecho de que Ross Heartwood fuera soltero y célibe constituía para ella el mayor de los misterios. Se preguntó si tendría algún problema de índole sexual. ¿Sería impotente? Seguramente no. Pero, si lo era, había un montón de tratamientos que sin duda conocería o tendría al alcance de la mano.

En fin, algún día lo averiguaría. Nadie podía mantener un secreto eternamente y menos un hombre, y aún menos con ella.

—¿Sigues estando disponible para comer? —le preguntó después de que Ross le diera fecha y hora para extirparle la cicatriz.

—Claro que sí. Te recogeré dentro de un par de horas en tu casa. Tengo un nuevo juguete que quiero enseñarte. Te va a encantar.

 

Exactamente dos horas más tarde, Peaches se hallaba tumbada en la veranda de su casa de Santa Monica, mientras se secaba la última capa de laca de uñas que se había aplicado tras una larga y relajante ducha. Le encantaba aquella tranquila casa de madera blanca y azul pálido, con sus minimalistas interiores y sus magníficas vistas sobre el mar. Aquella mañana, la marea se había retirado, dejando una amplia superficie de arena húmeda que rielaba bajo el sol, reflejando el cielo azul y las escasas nubes que lo surcaban. A lo lejos vio que los surfistas madrugadores habían dejado paso a los que salían a correr o a pasear el perro.

Entonces oyó el potente e inconfundible rugido de un coche deportivo entrando por el camino de acceso trasero que daba a la casa, y sonrió para sí. Tendría que haberlo adivinado. ¡Así que esa era la sorpresa de Ross! Se levantó y salió a la puerta principal, y vio a Ross que llegaba al volante de un reluciente Aston Martin DB5 plateado. Él le sonrió y le indicó el asiento vacío del pasajero, tapizado de un elegante cuero de color tostado.

Mientras cogía el bolso y corría hacia el coche, Peaches pensó que era propio de Ross querer parecerse a James Bond. Además, si no estaba equivocada, llevaba un reloj Omega nuevo que seguramente acababa de comprarse para completar la imagen.

—Es precioso, Ross —comentó, paseando los dedos por la inmaculada carrocería.

—Sube, te llevaré a dar una vuelta —dijo él.

Peaches rió cuando él hizo rugir el motor y salió levantando gravilla a la carretera que conducía a la ciudad.

Junto a Ross, tenía la sensación de que el mundo era un lugar agradable, lleno de sol, posibilidades y diversión. Cualquiera que los hubiera visto pasar los habría confundido fácilmente con una feliz pareja de recién casados. Peaches sintió entonces una momentánea punzada de tristeza al pensar en lo extraña que se le hacía semejante idea. El matrimonio era algo con lo que había soñado siendo niña, como todas; pero en esos momentos se le antojaba imposible, demencial, incluso absurdo. Había conocido a tantos hombres casados que se dedicaban a engañar a sus esposas que dudaba que algún día pudiera fiarse de alguno.

—He reservado en Larry’s —gritó Peaches para hacerse oír por encima del ruido del motor y del sistema de sonido. Los gustos musicales de Ross, lo mismo que los artísticos, eran claramente anglófilos, y su selección de canciones era de grupos de pop británico. Ella prefería el rock americano.

—Estupendo —le sonrió él con su perfecta dentadura.

Con el sol tras él reflejándose en el mar y brillando entre las palmeras, Peaches pensó que Ross parecía una estrella de cine sacada del cartel de una película. También sabía que su elección del restaurante tenía su pizca de malicia y que a Ross le encantaría. Solo alguien tan acostumbrado a las sutilezas sociales y al lenguaje corporal como ella era capaz de percibir el escalofrío del escándalo que provocaban cada vez que se dejaban ver juntos en público.

Y aquel día no iba a ser diferente. Cuando el aparcacoches se alejó más contento que unas pascuas con el Aston Martin y ella y Ross subieron los peldaños de la entrada y cruzaron el vestíbulo del restaurante más exclusivo de Hollywood, Peaches notó que todas las miradas se clavaban en ellos.

Más de la mitad de las mujeres allí presentes —principalmente actrices— sabían exactamente quién era Ross Heartwood, pero habrían dado la vida antes que reconocerlo públicamente. Y al menos la mitad de los hombres —ejecutivos de los estudios, agentes y productores— sabían igualmente quién era Peaches Gold y sentían el mismo pánico ante la idea de que ella pudiera ponerlos en evidencia. Peaches tenía todos sus números de teléfono en su móvil y en la negra libreta de contactos que guardaba celosamente. Mantuvo la cabeza alta y, mientras caminaba, dio unos leves golpecitos en su bolso para que todos supieran que lo sabía. Peaches era plenamente consciente de que con solo una palabra o una mirada podía destrozar una reputación tanto como encumbrarla.

—Entre tú y yo, estoy seguro de que conocemos más secretos inconfesables que cualquier otro en Hollywood —comentó Ross mientras se sentaban a una mesa a la sombra de un emparrado de buganvillas, la mejor del restaurante.

—Me has leído el pensamiento —repuso Peaches sonriendo y simulando que estudiaba la carta, pues ya sabía que solo iba a pedir una ensalada.

No tenía la menor duda de que aquella noche, en Texas, Joel Woodrow Hawkins III le ofrecería un gran filete en su barbacoa mientras disfrutaban de su enorme piscina. Joel era propietario de una docena de restaurantes y casinos, y a menudo le había hablado de la posibilidad de hacer negocios juntos, montando una franquicia de burdeles. Sin embargo, Peaches no estaba dispuesta. Valoraba demasiado su independencia para hacer algo así. Y a pesar de que aquel magnate del petróleo le caía bien, sabía que era tan escurridizo o más que la sustancia con la que llenaba sus barriles.

—Bueno, hablemos de cosas más entretenidas —dijo Ross, con una mirada traviesa—, como por ejemplo tu próxima fiesta.

Hacía ya tres años que Peaches era la anfitriona de la Fiesta con mayúsculas de Hollywood. Conocida como «La Noche de la Depravación», había empezado cuando Eddie Roland, el famoso presidente de uno de los estudios, le había propuesto que organizara una fiesta que fuera algo diferente; nada que ver con una fiesta de lanzamiento de un producto ni nada relacionado con los Oscar o los Grammy; nada de una fiesta adonde la gente fuera a ver o tuviera que pagar por ser vista, sino una fiesta adonde la gente fuera a divertirse.

Y no gente cualquiera: solo los más ricos y famosos; gente tan acostumbrada al lujo, tan aburrida de las habituales fiestas llenas de celebridades y de los entretenimientos de costumbre, que solo una velada del más puro hedonismo fuera capaz de atraerla. En otras palabras: una fiesta donde Eddie y sus amigos pudieran desmelenarse (y no es que el pobre Eddie tuviera mucha melena, precisamente) y disfrutar de los más refinados placeres que las chicas de Peaches pudieran ofrecerles. Y Peaches, que sabía reconocer un buen negocio, se había puesto manos a la obra enseguida.

El rumor había corrido como la pólvora. Todo aquel que se consideraba importante quiso participar en el acto. El grupo de hombres de élite a los que atendían las chicas de Peaches dejaron bien claro que estaban dispuestos a pagar lo que fuera por una invitación. Actores de primera fila, altos ejecutivos de los estudios, productores y directores hicieron lo indecible para asegurarse un lugar en la secreta lista de invitados confeccionada por Peaches.

La fiesta acabó convirtiéndose en material para las leyendas de Hollywood. Peaches había oído contar historias sumamente exageradas de lo ocurrido aquella noche, historias que la hicieron sonreír por su ridículo contenido sexual, que en algunos casos incluso contradecía las leyes de la física y la biología. Sin embargo, eran historias que no se molestó en refutar porque era lo bastante inteligente para saber que aquel morboso boca a boca constituía una publicidad para sus servicios que ninguna agencia de Madison Avenue habría podido proporcionarle.

El segundo año —el anterior— había sido incluso más escandalosa, y Peaches se había cuidado especialmente de las cuestiones de seguridad. Parecía que la garantía de éxito del evento era su total secretismo. Todos los invitados podían pasárselo a lo grande sin temor a que sus nombres aparecieran en las columnas de sociedad ni —aún más importante— a que la policía pudiera detenerlos.

Y ese año no iba a ser diferente. Si la prensa se enteraba del menor detalle de lo que estaba planeando, sería su ruina. Pero esa era precisamente la razón de que Peaches disfrutara tanto organizando aquella fiesta: le hacía sentir que tenía Hollywood en sus manos y le daba la oportunidad de lucirse y presumir ante los ojos de todo el mundo.

—¿Quién figura en la lista? —le preguntó Ross—. ¿Hay alguno en este restaurante?

Ella asintió y miró discretamente a los ocupantes de una mesa que estaba un poco alejada.

—¿En serio? —preguntó Ross, claramente escandalizado.

—¡Y tanto! —repuso Peaches sonriendo y echándose el pelo hacia atrás.

El productor que se sentaba detrás de Ross era un hombre famoso y felizmente casado cuya hija aparecía en una miniserie de televisión de gran éxito; no obstante, para su primera sesión con él, Peaches había tenido que comprar un collar de tachuelas, una correa y pañales. Se preguntó qué opinaría su esposa, una conocida integrante de la alta sociedad y candidata por el Partido Demócrata, si llegara a enterarse de cuáles eran los verdaderos gustos sexuales de su marido.

—Bueno, y esta vez el sitio será… —preguntó Ross.

Peaches insistía en mandar las invitaciones por mensajero menos de una hora antes del comienzo con un número al que el invitado debía llamar. Cuando llamaban conseguían saber el sitio y la hora exactas solo después de que ella y Angela comprobaran su identidad mediante una serie de preguntas preparadas de antemano.

Peaches se inclinó hacia delante. Sabía que podía confiar en Ross.

—Te lo diré en voz baja. Ya sabes que todo el mundo dice que este sitio está lleno de micrófonos.

Ross sonrió y se acercó a su vez para que ella pudiera decírselo al oído. Peaches era consciente de que todo el restaurante estaba pendiente de ellos.

—He conseguido la mansión de Clover Hill.

—¡No puede ser! —exclamó Ross, llevándose la mano a la boca y echándose hacia atrás en su silla—. Es increíble y también una idea brillante. A nadie se le ocurriría que pudiera ser allí.

—Lo sé —contestó Peaches, satisfecha de sí misma.

La mansión de Clover Hill era el Buckingham Palace de Beverly Hills. Desde su construcción, en 1900, solo los personajes más destacados de Hollywood habían vivido en ella. En la actualidad pertenecía a los Seagram-Cohen.

Jessica, la leyenda de la pantalla, había fallecido el año anterior al poco de recibir el Oscar honorífico por su carrera, y desde entonces el viejo Murray Seagram-Cohen deambulaba solo por la vasta mansión. Las revistas de cotilleo estaban plagadas de rumores que decían que Michael, el hijo igualmente famoso de Murray y Jessica, se disponía a mudarse al palacio con su joven familia para continuar la dinastía. Sin embargo, Peaches lo había programado todo a la perfección, como de costumbre. Michael había decidido reformar por completo la casa y había trasladado a su padre a la suntuosa casa anexa; de modo que, durante la semana anterior y posterior al día de la fiesta, no habría un Seagram-Cohen a la vista.

—La verdad es que me costó cierto trabajo. Pero digamos que Murray estaba dispuesto a dejarse convencer —reconoció Peaches.

Ross tomó un sorbo de agua mineral y apartó la vista.

—¿A qué viene esa cara? —preguntó ella, añadiendo en voz baja—: No me lo monté con él, ¿sabes? Tengo mis principios.

Ross se encogió de hombros.

—No te lo reprocharía si lo hubieras hecho. En su día era un tío muy guapo. En algunas de aquellas viejas películas que hizo con Clint realmente llenaba toda la pantalla.

—Créeme, Murray todavía tiene sus encantos, y yo le dije que era importante que no se dejara arrinconar como un viejo, no con su hijo mudándose a Clover Hill. Le dije: «Murray, ahí fuera hay todavía un montón de papeles para los tíos mayores que siguen siendo atractivos». La verdad es que supongo que los hay, más que para las mujeres. Le comenté que ahora que Jessica ya no estaba, era importante para él volver al trabajo; ya sabes, por lo de ganar cierta credibilidad. ¿Y qué mejor manera de anunciar que todavía tiene lo que hay que tener que si se sabe que ha sido el anfitrión de mi fiesta? Fue solo una manera de halagar su vanidad.

—Eres un genio —contestó Ross, sonriendo.

—Sí, pero ya sabes que no puedes decírselo a nadie. Ni una palabra. En serio.

Ross hizo un gesto como si se cerrara la boca con una cremallera.

—¿Y cuánto vas a cobrar este año? —preguntó después de que la camarera le llenara el vaso de Hildon, su agua mineral favorita, inglesa, naturalmente—. Lo digo por si alguien me lo pregunta.

—Cinco mil la entrada más la tarifa habitual de las chicas.

Ross soltó un silbido.

—Calculo que eso te dejará unos… dos millones limpios, ¿no?

—Dos y medio, menos algunos imprevistos.

—Dios mío, Peaches —comentó Ross, meneando la cabeza—, debo reconocer que eres una chica lista.

Continuaron charlando, y Peaches se olvidó de Ron Wallace y de Gorski. Compartir unas risas con Ross le recordaba quién era: Peaches Gold, proveedora de placer, organizadora de fiestas y mujer de negocios. No tenía problemas personales. Eso no formaba parte del lote. Hasta ese momento no había necesitado un confidente, y no iba a necesitarlo en adelante.

Se las arreglaba perfectamente sin ayuda.

Y así estaba bien. ¿A quién le importaba de dónde provenía? Lo esencial era adónde había llegado.

Pero cuando la comida tocó a su fin, a pesar de las risas, Peaches se dio cuenta de que los nervios seguían siendo dueños de su estómago.

En lo único que era capaz de pensar era en la penitenciaría Merton y en lo que podía ocurrir al día siguiente.