Platino
Capítulo 26
D ESDE el salón superior del Pushkin, fondeado en la bahía, Peaches podía contemplar toda la ciudad de Cannes. Todo un entramado de rayos láser iluminaba el cielo por encima de la fiesta de la playa. Los ecos de la música rock le llegaban con la cálida brisa.
Cerca del yate escuchó un alboroto. A unos veinte metros, una patrulla costera iluminó con sus reflectores una lancha motora y se situó a su lado después de haberle cerrado el paso. Se oyó cómo alguien daba órdenes en francés a través de un megáfono. Detenían a alguien, al parecer a una joven con un vestido de noche. Peaches se dijo que seguramente se trataría de alguna buscona que intentaba colarse en la fiesta del tal Rodokov.
Vio al capitán del Pushkin, que contemplaba la escena cerca de ella y después se alejaba, sonriendo, mientras hablaba por el walkie-talkie. Había conocido a muchos como él, mandones y pomposos, normalmente con tendencias infantiles en la cama. Y siempre con la verga pequeña. Peaches siempre los distinguía a la primera.
Siguió repasando con los sentidos en alerta máxima los rostros que la rodeaban. Había estado a bordo de muchos yates particulares, pero ese era sin duda algo especial: un superyate para los supermillonarios. Una tripulación impecablemente vestida se paseaba entre los invitados ofreciendo champán y canapés. Peaches escudriñó todos y cada uno de los rostros, nerviosa todavía ante la posibilidad de que Valentín acudiera a la fiesta. Sin embargo, hasta el momento solo había visto a un par de guardaespaldas de aspecto ruso, uno de los cuales estaba haciendo carantoñas a Daisy.
La gente del mundo del cine se entremezclaba con los actores, los advenedizos de turno y un grupo de hombres de negocios rusos medio borrachos que no dejaban de mirar lascivamente a las mujeres y bebían como si estuvieran en una cena de hermandad. Otro grupo bailaba al son de la música que el pinchadiscos recién llegado de Nueva York ponía en la cubierta superior. La fiesta estaba en su apogeo, pero ella todavía no había visto ni rastro del jefe de todo aquello.
—Tú eres Tammy, ¿verdad? ¿Podemos hablar un momento? —le dijo el capitán, haciéndole un discreto gesto para que lo siguiera hacia el ascensor—. Me gustaría hablar un momento contigo de la… diversión.
Ya era hora.
Cuando entraron en el ascensor, el capitán se mantuvo con los brazos cruzados y la mirada en el suelo de moqueta. Peaches se apoyó en el pasamanos mientras las puertas se cerraban, y la blanca y sedosa tela de su vestido de noche se abrió lo suficiente para que el escote casi le dejara al descubierto todo un pecho. Jugueteó con el largo collar de perlas y diamantes, recorriendo las piedras con la punta del dedo mientras miraba al capitán fijamente. No estaba segura de cómo terminaría aquella noche, pero siempre era bueno mantener al capitán a raya.
—No sé si estás familiarizada con la forma de funcionar de estas cosas —dijo Richard, carraspeando, mientras el ascensor empezaba a bajar suavemente.
—Oh, sí, capitán. Estoy muy familiarizada con la forma de funcionar de estas cosas.
—Bien, pero… como capitán de este barco, soy responsable de todo lo que ocurra a bordo. Por lo tanto, si tuviera que producirse algo inapropiado, debería ocurrir lejos de mi vista.
A pesar del sermón que le estaba soltando, Peaches comprendió que aquel hombre ardía en deseos de tocarla.
—Lo que usted diga, capitán —contestó.
—Puedes llamarme Richard.
A Peaches le recordó a un perro amaestrado. Si tuviera la menor oportunidad se frotaría contra su pierna sin pensarlo dos veces.
El ascensor emitió una señal y las puertas se abrieron.
—Este es el camarote principal —anunció como si fuera un agente inmobiliario que hubiera dejado la mejor habitación para el final—. Privacidad y seguridad garantizadas.
—Y también placer, en lo que a las chicas se refiere —bromeó Peaches—. Es perfecto.
Admiró la suite, con sus sofás bajos y su lujosa decoración. Discreto y elegante. Si no estaba equivocada, lo que colgaba de una de las paredes era un Miró. Ross tenía uno de la misma serie en su consultorio.
—Esperaré a que usted diga la palabra convenida y entonces bajaremos aquí. Solo las chicas y quien quiera unirse a la fiesta de verdad de Alexéi —continuó diciendo Peaches con un guiño de ojo.
—Bien, bien —contestó Richard, frotándose la sien con un dedo, claramente incómodo e incapaz de mirarla abiertamente.
Por el modo de pasar el peso de un pie a otro, Peaches comprendió que debía de tener la pequeña verga dura como el acero.
—¿Y por qué no me presenta usted al homenajeado? —preguntó ella, con una sonrisa que daba a entender claramente que sabía lo que ocurría bajo aquellos pantalones.
—Desde luego, creo que en estos momentos se encuentra en su despacho. — Richard señaló una puerta abierta al fondo de un pasillo.
En ese instante recibió una llamada a través del walkie y se alejó rápidamente.
Peaches caminó sigilosamente por la moqueta hacia la puerta abierta con sus altos tacones plateados. A través de ella vio a un hombre joven de perfil. Era alto y delgado, con hombros anchos y bien definidos. Se encontraba mirando una pantalla de televisión, con el rostro serio y los ojos ensombrecidos.
«Así que este es Alexéi Rodokov», se dijo mientras se armaba de valor.
Parecía más joven de lo que ella había imaginado, y no tenía pinta de ruso, como si su lugar estuviera entre los ricos de los Hamptons más que en aquel sitio. Se detuvo cerca de la puerta, observándolo y recordando lo que Valentín había dicho de él: «Es el favorito de Yuri, pero también es estúpido porque no se da cuenta de que es un títere en sus manos».
Pero a ella no le pareció estúpido, ni mucho menos. Ni tampoco un títere. Tenía un aire inteligente y era bien parecido. En su labio superior se veía una pequeña verruga que hacía que sus simétricas y clásicas facciones resultaran aún más atractivas.
Se acercó un paso más hasta situarse casi en el umbral de la puerta, prácticamente detrás de él; pero Alex no se volvió. Estaba escuchando con gran atención lo que decía el periodista de la CNN.
La joven a quien Todd Lands ha definido como su nueva
compañera ha robado claramente el corazón del soltero más codiciado de Hollywood. La estrella, que es un católico convencido, y que en más de una ocasión se ha referido a la cuestión del sexo antes del matrimonio, ha querido evitar cualquier tipo de especulación acerca de las relaciones sexuales de la pareja, pero las imágenes hablan por sí mismas. Sonny Wiseman, productor de la última película de Lands, ha confirmado que Frankie Willis, una actriz desconocida, lleva siendo desde hace tiempo objeto de las atenciones de la estrella; sin embargo, no ha querido hacer comentarios cuando se le ha preguntado si la señorita Willis era la misma joven a quien se ha relacionado hace poco con el multimillonario ruso Alexéi Rodokov, que ha sido el que ha financiado la última película de Lands…
Un hombre alto surgió de entre las sombras del despacho y dio una palmada en el hombro de Alexéi Rodokov, sobresaltándolo. Dominaba a Alex con su estatura, y cuando se puso la camisa de seda negra se le hincharon los músculos de su cuello de toro. Tenía unos sesenta y tantos años y su pelo era cano y muy corto.
Peaches lo reconoció al instante.
Era Yuri Kordinski, el multimillonario ruso.
El corazón empezó a latirle con tanta fuerza que la cabeza le daba vueltas, pero se obligó a concentrarse, a recordar la razón que la había llevado hasta allí. Sin embargo, en su interior percibía la sensación de calor que acompaña al peligro. Todos sus sentidos estaban alerta.
—Bueno, bueno… Hola, chicos —saludó sin olvidar su acento sureño. Se apoyó en el marco de la puerta adelantando un pie para que la abertura de su vestido dejara entrever sus largas y bronceadas piernas—. Me han dicho que estabais escondidos aquí, así que…
—Vaya, ha llegado la diversión —dijo Kordinski. Su inglés era peor y más tosco que el de Valentín, que había pasado más tiempo en Estados Unidos.
Cuando Kordinski se volvió para mirarla, Peaches vio su tez cetrina y la cicatriz de la mejilla, la clase de señal que solía dejar un cuchillo. Tenía los ojos azules, pero eran gélidos como los de un tiburón. La miró de arriba abajo, como si no fuera más que un pedazo de carne.
—Y que lo digas —respondió Peaches, desplegando la más fascinante de sus sonrisas.
—Estupendo, porque mi chico aquí presente necesita que lo animen un poco —declaró Kordinski, cogiendo un mando a distancia y apagando el televisor.
«Mi chico.» Lo había dicho como si le perteneciera de verdad.
Pero Alexéi no respondió al tono imperioso de Kordinski. No parecía que le apeteciera que ni ella ni nadie lo animara. Más bien parecía molesto por la presencia de Peaches en su despacho.
—Estaremos encantadas de encargarnos de eso y de lo que haga falta — respondió Peaches.
Algo en los ojos de Rodokov hizo que Peaches se pusiera en guardia, de manera que tuvo que hacer un esfuerzo para recordarse de qué era capaz. Aquellos solo eran hombres, y hasta el más bruto y temible de los hombres podía ser desarmado. Lo sabía bien porque sabía exactamente cómo conseguirlo.
—Hola, cariño —ronroneó, volviéndose hacia Alexéi—. Feliz cumpleaños. ¿Por qué no me dejas que te presente al resto de las chicas?
Alexéi dijo algo en ruso a Kordinski.
—No, Alex —respondió este, rodeándole los hombros con un brazo, mientras desnudaba a Peaches con la mirada—. Vamos, es tu cumpleaños. Valentín ha contratado a estas chicas especialmente para ti. Olvídate de esa furcia y disfruta de ellas. Hazlo por mí, para demostrarme que sabes dar carpetazo a ciertos asuntos.
Incluso Peaches comprendió que se trataba de una orden y no de un ruego.
Peaches hizo bajar a sus chicas al camarote principal y después supervisó la iluminación mientras los hombres iban llegando: Yuri, Alexei; los dos guardaespaldas, Dieter y Eugene, y otros seis individuos más que Peaches no reconoció. Todos ellos eran rusos, iban bien vestidos y llevaban el sello inconfundible de la mafia rusa.
El ambiente de la fiesta no tardó en calentarse. La mesa de cristal se llenó de rayas de coca y de botellas vacías de vodka. Peaches supo que había llegado el momento de pasar a la acción.
Kordinski y Rodokov seguían de pie, sumidos en su conversación. Peaches los observó y se tropezó un par de veces con la mirada de Kordinski, que se la sostuvo mientras ella se preguntaba qué estaría pensando. ¿La deseaba, la despreciaba o las dos cosas a la vez?
Pero se dijo que no debía pensar en eso. Esa noche, ella tenía todo el poder. Era Peaches Gold y tenía que hacer lo que se había propuesto.
Cuando la música cambió, salió a bailar llevándose a Mandy con ella y haciendo un discreto guiño a Heather y Hailey para que las siguieran. Las dos lesbianas dieron comienzo a un espectáculo que parecía de lo más natural e instintivo a pesar de que Peaches sabía que estaba perfectamente ensayado y calculado. Heather empezó acariciando los redondos y firmes pechos de su amiga a través del biquini de lentejuelas, mientras se besaban lascivamente, jugueteando con sus lenguas, meneando las caderas y frotando sus pubis entre jadeos, demostrando a los tipos que las contemplaban que aquello iba en serio. Luego, Hailey quitó el corpiño a Heather, dejando al descubierto la parte de arriba de un minúsculo biquini metalizado. Después se quitaron mutuamente las partes de arriba de los biquinis, y el besuqueo se hizo más frenético mientras se acariciaban y se lamían los endurecidos pezones.
Peaches no apartó la vista de Kordinski en ningún momento. El ruso asentía con la cabeza mientras bebía vodka y disfrutaba claramente con el espectáculo, viendo como Hailey se arrodillaba ante su amiga, le quitaba el minúsculo tanga y empezaba a hacerle un cunilingus, haciéndola gemir de placer.
Al igual que sus chicas, aquellos rusos tampoco eran tímidos. Peaches había creído que se las llevarían de una en una o de dos en dos a los camarotes cercanos; sin embargo, ninguno parecía tener el menor reparo a la hora de ponerse manos a la obra en presencia de los demás.
Peaches pensó que lo cierto era que parecían más bien decididos a ello, como si quisieran demostrar que podían, que no tenían miedo, que no tenían nada que esconder. A lo largo de su vida había presenciado y participado en numerosas orgías, pero aquella era diferente. No tardó en comprender que aquella no iba solo de sexo, drogas y diversión. Se trataba de machismo, de una demostración de fuerza y desafío; de un puñado de gángsteres demostrándose a sí mismos y a los demás quién era el más duro y el más macho de todos.
Y todo aquel despliegue, hasta el último y sudoroso embate, iba dedicado exclusivamente al más poderoso de todos ellos, que observaba la situación con una mezcla de frialdad y diversión que se reflejaba en sus ojos: Kordinski, el gran controlador, el manipulador de aquellos títeres, el jefe que indiscutiblemente era más fuerte y tenía más pelotas que todos ellos juntos.
Eugene no tardó en besar a Daisy, voraz, agresivamente, metiéndole la mano bajo la ropa interior, demostrando ante los demás que era suya. La arrastró hasta un lado del mueble de las bebidas, en un rincón del camarote, y en la penumbra empezó a quitarle el resto de la ropa. Peaches no tardó en verlo con el pantalón bajado, arremetiendo contra Daisy, que gritaba de placer, seguramente fingido, mientras él la penetraba con su ávido pene.
Entretanto, Mallory se inclinaba sobre Dieter, al que le habían presentado arriba y que tenía los ojos cerrados mientras ella le desabrochaba la bragueta.
Peaches asintió para sus adentros con orgullo profesional, mientras seguía meneando seductoramente las caderas contra Mandy, lejos del alcance de Kordinski.
Pero el millonario parecía distraído y, más que deseo, lo que ella vio en sus ojos fue furia. Se volvió y comprendió la razón: indiferente a lo bien que se lo estuvieran pasando sus invitados, el homenajeado se había levantado y se encaminaba hacia la puerta.
Peaches susurró a Mandy que fuera tras él e hizo un leve gesto de cabeza a Nicki, indicándole que la acompañara. Si aquellas dos no conseguían levantar el ánimo del ruso, dudaba que nadie pudiera.
Entonces se preparó.
Tenía que ser en ese momento o nunca.
Un… dos… tres…
Había llegado el momento de la verdad. Guiñó el ojo a Kordinski y le sonrió. Con su mejor sonrisa, la que daba a entender a los hombres que los deseaba. Entró contoneándose lentamente en el dormitorio principal y sostuvo la puerta abierta para él mientras le hacía señas con el dedo para que la siguiera.
Kordinski mordió el anzuelo; se levantó de la silla y fue hacia el dormitorio.
Peaches se mantuvo al otro lado de la puerta, dándole la espalda. No podía arriesgarse a que su expresión la traicionase porque no sabía si sería capaz de aguantar la presión de aquellos ojos de tiburón.
Aguardó, con el corazón latiéndole con fuerza, escuchando los amortiguados pasos de Kordinski en la moqueta mientras entraba en el dormitorio. Oyó un portazo y el chasquido del pestillo. El ruido de la fiesta bajó de golpe y quedó reducido a un lejano rumor. Entonces lo notó detrás de ella.
Kordinski la agarró por las nalgas, sobresaltándola.
—Desnúdate y túmbate en la cama —ordenó, empujándola hacia la enorme cama, cubierta con la suntuosa colcha azul marino bordada en oro—. Enseguida vuelvo —añadió, dirigiéndose al baño contiguo.
Peaches captó la urgencia sexual que se apreciaba en su tono de voz. Durante unos segundos, experimentó un pánico como hacía mucho tiempo que no sentía. El peligro la rodeaba por todas partes, y sus instintos le decían que saliera de allí corriendo.
Pero entonces se acordó de para qué estaba allí. Tenía que ser fuerte. Tenía a Kordinski en aquel camarote y sin guardaespaldas. Tenía que actuar… ¡ya! Era su única oportunidad. Cerró los ojos unos segundos y vio en su mente la imagen del rostro de Irina.
«Esto lo hago por ti», se dijo.
Entonces pensó en Albert Rockbine y en la niña inocente que ella había sido, y la bilis se le subió a la garganta. Todo lo que le había ocurrido en la vida, tanto a ella como a Irina, había sido por culpa del animal que estaba en el baño.
Yuri Kordinski.
El monstruo, el ladrón, que había privado a Irina de la vista y también de la salud.
Y de su hija.
Había llegado el momento de pagar por ello.
Peaches recorrió el dormitorio con los ojos en busca del arma adecuada. Encima del escritorio había un pesado pisapapeles de cristal de Lalique. Lo cogió y lo ocultó tras ella antes de volverse hacia la puerta del cuarto de baño.
No tenía intención de desnudarse ni de permitir que él la desnudara, ni tampoco de que la viera desnuda.
Estaba dispuesta a acabar con él mucho antes de que eso ocurriera. Se vio asestando el golpe, aplastándole el cráneo con el pisapapeles y oyendo cómo le crujían los huesos. Ensayó la escena en su mente una y otra vez: Kordinski desplomándose en el suelo, y ella arrastrando su cuerpo a la cama. Lo dejaría allí un rato y después diría a todos que el gran jefe estaba durmiendo tras el maratón sexual de su vida. Nadie se atrevería a despertarlo, y ella ya estaría lejos cuando descubrieran el cadáver. Repitió la escena en su mente hasta sabérsela de memoria.
Había llegado su momento, el momento que tanto había esperado, el momento en que haría lo que tenía que hacer. Por ella. Por su madre.
Kordinski salió del cuarto de baño. Estaba desnudo y tenía una erección. La tripa le colgaba y tenía los fuertes y velludos brazos cubiertos de tatuajes.
Peaches vio de nuevo un destello de furia en su mirada.
—¿Por qué no te has desnudado? —preguntó él.
Ella se puso a temblar y notó que el pisapapeles que escondía en su mano se humedecía de sudor. En cualquier momento se le podía escapar de entre los dedos y caer al suelo.
«¡Ahora!», gritó una voz en el interior de su cabeza. Pero mantuvo la calma. Kordinski estaba demasiado lejos. Agarró con fuerza el pesado pedazo de cristal y dio un paso al frente.
—Porque quería desnudarme para ti —contestó—. Quiero que me mires.
Era una frase que había utilizado cientos de veces, con cientos de hombres y que nunca le había fallado.
Hasta entonces.
—Me importa una mierda lo que tú quieras —le espetó él—. A partir de ahora vas a aprender a hacer lo que se te diga.
Esa vez fue Kordinski quien se adelantó, lo bastante para que la punta de su grueso pene se aplastara contra su cintura.
Lo suficiente.
Peaches se lanzó sobre él, echando el brazo hacia atrás con la intención de aplastarle el cráneo con el pisapapeles.
Pero Kordinski reaccionó con una agilidad sorprendente para alguien tan corpulento. Mucho más rápido de lo que Peaches había esperado. Alargó la mano y le agarró la muñeca, retorciéndosela con fuerza. El pisapapeles cayó al suelo como un peso muerto. En los ojos de Kordinski brillaba una chispa de amenaza, pero también de algo peor: de satisfacción. Como si todo aquello formara parte de un juego perverso del que se sabía ganador.
Peaches sintió que se le secaba la garganta.
—Así que te gusta jugar duro, ¿verdad? —le susurró Kordinski al oído—. Estupendo. ¡A mí también! —La arrojó sobre la cama, y Peaches lanzó un grito apagado. Kordinski soltó una carcajada, disfrutando de su ventaja física sobre ella—. Veo que has hecho los deberes y que sabes que me gusta una buena lucha.
La agarró por el pelo, pero se quedó con la peluca de Peaches en la mano.
—No tienes ni idea de quién soy —bufó ella, forcejeando para mantenerse a distancia.
Kordinski soltó una carcajada, un sonido gutural y aterrador.
—Sí, sé quién eres: ¡una sucia furcia norteamericana!
Peaches intentó alejarse de él en la cama, pero Kordinski la inmovilizó apoyándole el antebrazo en la garganta y presionando con el vientre.
—¿Notas esto? —preguntó—. ¿Notas mi dura polla rusa? ¿La notas, pequeña puta americana? ¡Porque ahora te voy a follar hasta que no puedas volver a follar con nadie más en toda tu vida! —le dijo, exhalando vapores de vodka.
Peaches sintió que el pánico se apoderaba de ella.
¿Qué se había creído, que podría superar en fuerza física a un hombretón como Kordinski? Se había obsesionado tanto con lograr subir a bordo del Pushkin y encontrarse cara a cara con aquel canalla que no se había preparado como era debido.
Tendría que haber llevado encima un cuchillo, una pistola. Si lo hubiera hecho, él ya estaría muerto.
Pero era demasiado tarde. No quedaba tiempo.
No quedaba tiempo para pensar.
Forcejeó para respirar mientras Kordinski seguía manteniéndola clavada en la cama con el brazo y luchaba por abrirle las piernas.
Entonces, Peaches volvió a pensar con claridad.
No estaba dispuesta a dejarse violar por nadie.
Y menos por aquel hombre.
¡Su padre!
«¡Piensa!», se dijo.
Un recuerdo afloró en su memoria, un recuerdo que podía salvarle la vida. Una chica que había conocido había matado de esa manera al motorista que la estaba violando. Era su única oportunidad, pero suponía un riesgo endiablado.
—Pues venga, inténtalo —lo provocó, sonriendo y quedando inerte bajo la mole de Kordinski.
Él soltó una risotada, agarrándole el vestido con una zarpa sudorosa, aplastándola un poco más y hundiendo el rostro en su cabello. Peaches soltó un grito cuando él le arrancó el tanga.
Entonces dobló la rodilla y se tocó el pie. Notaba el miembro del ruso abriéndose paso entre sus muslos.
Era entonces o nunca.
Peaches se quitó el zapato y, con todas sus fuerzas, le clavó el afilado tacón en el cuello.
Kordinski soltó un alarido, retorciéndose y rodando lejos de ella.
Un chorro de sangre la salpicó en el rostro. Peaches retrocedió hasta la pared, temblando incontrolablemente y buscando frenéticamente una vía de escape del dormitorio.
—¡Dieter! —aulló Kordinski.
Se oyó un estallido de madera partiéndose, y la puerta se abrió violentamente. El guardaespaldas entró como un huracán, pistola en mano. En un abrir y cerrar de ojos rodeó el cuello de Peaches con el brazo y le puso el cañón en la sien.
Kordinski gritó algo en ruso mientras cogía unos pañuelos de papel y presionaba la herida con ellos.
—¡Maldita puta! —siseó— ¡Has intentado matarme!
Peaches oyó que Dieter amartillaba la pistola y sintió que las fuerzas la abandonaban. Todos sus planes, todas sus maquinaciones habían fallado. Había fracasado.
Entonces se le ocurrió algo. Una tenue esperanza: decirle a Kordinski el porqué. Así al menos sabría que sus acciones habían tenido consecuencias. Y que el pasado lo atraparía algún día.
—¡Esto es por Irina! ¡Cerdo!
A principio, el rostro de Kordinski solo reveló confusión. Después, la confusión fue sustituida por la ira. Cruzó de un salto el camarote y le hundió con todas sus fuerzas el puño en el estómago. Peaches nunca había sentido un dolor semejante. Dieter la soltó, y ella se desplomó como un peso muerto y vomitó en el suelo.
Entonces empezaron las patadas.
Cuando despertó, Alexei Rodokov estaba en el camarote, gritando: «¡Yuri, Yuri! ¿Estás bien?».
Entonces vio que Kordinski estaba sentado a horcajadas sobre ella y blandía un cuchillo en alto, dispuesto a liquidarla.
Alexéi lo sujetó por la muñeca.
—¡No! ¡No lo hagas! —gritó, mientras le hablaba a toda velocidad en ruso.
Kordinski se miró las manos manchadas de sangre, soltó el cuchillo, que cayó al suelo con un ruido sordo, y se retiró, mascullando imprecaciones. Luego se dejó caer en el sofá, sin dejar de discutir en ruso con Rodokov. Peaches no entendió la conversación salvo el nombre de «Irina», que oyó que repetían varias veces.
Rodokov señaló la puerta con la cabeza, y Dieter levantó a Peaches del suelo y la llevó afuera. El camarote principal estaba desierto. La fiesta había acabado. Las chicas se habían marchado. No había nadie que pudiera ayudarla.
No sentía nada. No sentía dolor. Entraba y salía de la oscuridad como alguien que abriera y cerrara una cortina. Se preguntó si esa era la sensación que se tenía al morir.
Pero entonces la fresca brisa marina le golpeó el rostro como una bofetada. Abrió los ojos y vio el cielo estrellado. El dolor regresó en ese momento, provocándole náuseas y un estremecimiento.
Alguien la llevaba a hombros como si fuera un pedazo de carne de matadero. El rostro de Dieter apareció en su campo de visión. Peaches ladeó la cabeza y vio que Rodokov caminaba unos pasos por delante de ellos. Se hallaban en la cubierta de una embarcación y seguía sin haber nadie cerca, ni invitados ni tripulación. Ningún testigo.
—¿Qué vais a hacer conmigo? —logró articular.
Dieter la dejó caer sin la menor delicadeza, y Peaches se dio de cabeza contra la cubierta. A continuación, el guardaespaldas se arrodilló y la golpeó en la cara con la pistola.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Minutos, horas? Lo único que Peaches sabía era que yacía en la arena, que estaba en una playa. Oyó el rumor de las olas, rompiendo cerca. La negra pared de un acantilado se alzaba contra el cielo nocturno. Notó el sabor de la sangre en la boca. Todo su cuerpo era un espasmo de dolor. Intentó levantar la cabeza, pero no pudo moverla. Tenía un ojo cerrado.
Pero con el otro vio que Alexei Rodokov se hallaba en cuclillas, ante ella.
—¿Acaso crees que no nos topamos todos los días con gente como tú? — preguntó—. ¿Con ladrones que quieren robarnos o con tipos que desean vengarse por algo que creen que les hemos hecho?
Estaba amartillando la pistola. Las gotas de sudor que le perlaban la frente brillaban a la luz de la luna.
—Al final —siguió diciendo—, ha resultado ser una curiosa fiesta de cumpleaños. Yo no quería tener ninguna jodida puta a bordo de mi yate y encima me encuentro con que me obligas a esto.
Peaches intentó mirar alrededor en busca de ayuda, pero lo único que vio fue la siniestra silueta de Dieter, sentado en el flotador de una lancha neumática, a unos diez metros de distancia, al borde del agua. La brasa de su cigarrillo brillaba malévolamente en la oscuridad.
—Por favor… —gimió Peaches.
El rostro de Rodokov se mantuvo impasible.
—Háblame de Irina —dijo—. Cuéntame todo lo que sabes y puede que te deje vivir.
Peaches abrió la boca, disponiéndose a hablar, pero la cerró bruscamente. «Puede.» Aquel hombre había dicho «puede», y eso no quería decir nada en una noche como aquella, en la que nadie sabía dónde estaban. No tenía sentido que intentara negociar nada. Estaba muerta. Estaba muerta desde el momento en que había fracasado en su intento de matar a Kordinski. Si contaba a Rodokov la historia de Irina y Kordinski, moriría igualmente.
—¡Que te jodan! —espetó. Sabía que iba a morir, pero una parte de ella se aferraba todavía a aquellos últimos y preciosos instantes de vida, igual que un náufrago superviviente que se niega a soltar los restos del barco que se hunde—. Prefiero morir antes que contarte nada.
La expresión de Rodokov se endureció a la luz de la luna.
—Temía que fueras a decirme eso.
Le apuntó a la cabeza con la pistola.
Peaches oyó un débil gemido. El suyo propio. Pensó que debía decir una última oración, pero sólo encontró miedo.
Entonces, él disparó.