Platino

Jo Rees · Capítulo 8 de 43

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Platino

Capítulo 7

 

F ALTABAN apenas unos minutos para las siete de la mañana, y Frankie se sentía como una mujer nueva mientras esperaba que el jefe llegara para su primera sesión de gimnasia con ella. Por primera vez no tenía que desempeñar tareas de camarera, y allí arriba, mientras el sol inundaba el extraordinariamente lujoso gimnasio a través de las paredes de cristal, se sintió feliz y con un objetivo claro.

El Pushkin se había hecho a la mar, después de haber salido del puerto de Saint-Tropez a medianoche, y se dirigía hacia Cerdeña, al exclusivo rincón de Porto Cervo. Mientras el imponente yate surcaba sin esfuerzo las olas del Mediterráneo, Frankie se tumbó de espaldas en una de las impecables colchonetas y empezó a hacer ejercicios de estiramiento.

Había conectado su iPod al sistema de altavoces e incluso había confeccionado una lista de canciones a propósito para la sesión de aquella mañana. Se preguntó si a Alexéi Rodokov le importaría que ella hubiera llevado su propia música, pero confiaba en que eso la ayudaría a aplacar sus nervios y a crear un ambiente un poco más íntimo.

Sabía que el gimnasio estaba dentro del sistema de vigilancia, y vio que la pequeña cámara de seguridad del rincón giraba lentamente hacia ella, como si le hubiera leído el pensamiento. Estaba dispuesta a apostar lo que fuera a que Roz, Simone y Trudy se hallaban con la nariz pegada a los monitores que había en el puente del capitán.

Casi les había dado un ataque cuando se habían enterado de que iba a pasar un rato a solas con el jefe en el gimnasio. Pero ella les había recordado que era una profesional, y al hacerlo, había experimentado una repentina subida en el rango jerárquico. ¿Acaso se habían olvidado de que era una preparadora física titulada y que por eso precisamente la habían contratado?

Aun así, sentía un cosquilleo de nerviosismo en el estómago. ¿Sería lo bastante buena para Alexéi Rodokov? ¿Le caería bien? ¿Cómo sería trabajar con una persona como él? No sabía quién lo había entrenado anteriormente ni si se mantenía en forma. ¿Y si resultaba que su estado físico era extraordinario y acababa reprochándole su falta de experiencia?

Frankie se había titulado en un cursillo nocturno de la universidad, pensando en que quizá algún día podría serle de utilidad; pero hacía años que no practicaba en serio lo que había aprendido. De hecho, su trabajo como entrenadora personal se había limitado a confeccionar unas cuantas tablas de ejercicios para sus amigos.

Naturalmente, siempre había aparentado tener más seguridad en sí misma de la que realmente tenía, especialmente cuando Richard la había entrevistado. Sin embargo, en esos momentos la asaltaban todas las dudas. Sabía que iba a tener que apañárselas como mejor pudiera.

Se puso en pie y empezó a realizar unas cuantas inclinaciones con las piernas muy abiertas y tocándose la punta de los pies. Fue entonces cuando vio a Alexéi, de pie tras ella, observándola.

Incluso viéndolo al revés y con la toalla alrededor del cuello, Frankie no pudo evitar pensar que era aún más atractivo de lo que recordaba. Apartó rápidamente la mirada y se levantó, con un rubor en las mejillas.

—Buenos días, señor —farfulló—. Disculpe, yo solo estaba…

—A ver… Antes de que empecemos, ¿por qué no dejamos de lado todo eso de «señor»? En el gimnasio, soy solo «Alex», ¿vale? —dijo, caminando hacia ella como si todos los días tuviera un entrenador nuevo. Frankie pensó que quizá eso no estuviera tan lejos de la verdad, teniendo en cuenta que era inmensamente rico y que debía de viajar con mucha frecuencia.

—De acuerdo… Alex. Esto… ¿qué tal si empezamos?

Le hizo un gesto señalando el banco que había colocado frente al espejo y el montón de pesas, pero él no se movió. Frankie se recogió el cabello tras la oreja, consciente de que los penetrantes ojos de Alex estaban clavados en ella. Tragó saliva, nerviosa por haber podido pifiarla antes de empezar. La gente como él seguramente no estaba acostumbrada a que otros tomaran decisiones por ellos.

—Bueno, ¿qué te apetece hacer? —preguntó apresuradamente, intentando corregir cualquier error que hubiera cometido.

Las pequeñas arrugas de alrededor de los ojos de Alexéi parecieron relajarse.

—Supongo que no estaría mal que trabajásemos un poco de cintura para arriba. Me siento un poco rígido —dijo, apartando la vista de Frankie y masajeándose el hombro con una de sus manos perfectamente manicuradas—. He viajado bastante últimamente, y ese helicóptero es bastante estrecho.

—De acuerdo, ¿qué clase de ejercicios sueles hacer?

—Hago menos de los que debería; pero desde hace poco he empezado a trabajar con Eugene. Ya sabes, levantando pesas y todo eso —explicó, mirándola como si esperara impresionarla. Sin embargo, Frankie puso mala cara—. ¿Qué pasa? —preguntó él.

—Bueno, no quiero meterme donde no me llaman, pero me parece que Eugene puede acabar lesionándose y lo mismo puede pasarte a ti si sigues sus consejos. Además, los dos tenéis un físico muy diferente.

Viendo a Alex sentándose en el banco con su pantalón corto y su camiseta sin mangas, le pareció que el comentario era un total eufemismo. En lo que a ella se refería, Alex tenía un cuerpo perfecto. Era delgado, tenía un vientre musculoso y unos hombros bien definidos. Su piel estaba bronceada e irradiaba buena salud. Sintió el deseo de apoyarle las manos en los hombros y palpar su musculatura.

—Sea como sea —prosiguió—, no creo que necesites esforzarte demasiado. Si me permites decirlo, estás en muy buena forma.

Alex rió, echando la cabeza hacia atrás. Incluso sus dientes eran perfectos.

—Sí, Frankie, te lo permito. No me molesta que una chica guapa me diga que estoy en buena forma.

Ella sonrió, azorada. Alex se había acordado de su nombre y acababa de decirle que era guapa.

—Es solo cuestión de suerte con los genes —añadió él—. De todas maneras, me vendrían bien algunos consejos, porque este lado de la cadera me duele a veces.

—Una de las razones podría ser que tu glúteo medio esté un poco flojo — contestó Frankie.

—¿Mi qué?

—Tu glúteo medio —repitió, dándole una palmada en la parte posterior del muslo—. Es un grupo de músculos de esta zona.

—¿Flojo, dices?

Alex no parecía ser un tipo con demasiadas cosas flojas en su vida.

—Bueno, quizá «flojo» no sea la palabra —reconoció Frankie—, pero no te preocupes, se arreglará con unos cuantos ejercicios. De acuerdo, empecemos con un poco de calentamiento —dijo, yendo hasta el iPod y poniéndolo en marcha.

—Oye, me gusta esa música —dijo él.

—Créeme, te resultará menos agradable cuando empiece a trabajar contigo —dijo Frankie, arriesgándose a emplear un tono más familiar—. Ahora túmbate, tenemos estiramientos que hacer.

Lo dijo sin pensar.

Le había dado una orden directa.

Pero en lugar de enviarla al cuerno, Alex asintió cortésmente y colocó su perfecto cuerpo como le habían indicado.

Quizá Frankie se había equivocado de plano, quizá él no fuera un fanático del control o quizá había decidido simplemente hacer una excepción con ella. Fuera lo que fuese, poco importaba. La habían contratado para ser su instructora, y eso pretendía hacer: enseñarle.

—Espera —dijo Alex—. Deja que antes haga una cosa. —Se quitó la toalla de los hombros, hizo una pelota con ella y, tras apuntar a la cámara de vigilancia, la lanzó, cubriendo su lente—. Siempre he creído que una sesión de gimnasia ha de ser algo privado. ¿Tú no?

Cualquier pregunta que a Frankie se le hubiera podido ocurrir sobre los ocultos motivos de Alex para cegar la cámara quedó disipada por su gentil sonrisa.

Ella le correspondió, y a partir de ese momento pareció como si hubieran establecido algún tipo de pacto sin palabras. Durante un segundo, Frankie sintió como si algo líquido y caliente la recorriera de arriba abajo, pero enseguida se lo quitó de la cabeza. Pidió a Alex que se tumbara de espaldas, le cogió una de las piernas y se la dobló por la rodilla contra el pecho. Tenía que actuar como una profesional. Alex gruñó de gusto a medida que le trabajaba las piernas.

—Respira relajadamente —lo animó ella.

—¿Estableces tanta intimidad con todos mis invitados? —preguntó Alex.

¿A qué se refería con lo de «intimidad»? ¿Quería decir que se estaba mostrando demasiado íntima con él?

—¿Te parece demasiado? Yo solo…

—Frankie, tranquila, solo estaba bromeando —dijo él, sonriendo mientras ella pasaba de una pierna a otra—. Lo único que quería decir es que da gusto cómo lo haces, y me preguntaba si le habrías hecho lo mismo a alguien más.

Aliviada de que no estuviera disgustado con ella, Frankie sintió que se henchía de confianza.

—La verdad es que no he tenido ocasión. Roz me ha tenido muy ocupada.

Alex sonrió.

—Ah, sí, Roz…

Frankie le cogió el brazo y se lo cruzó sobre el pecho, ejerciendo presión en el hombro. Alex volvió a gruñir de placer mientras los músculos se le estiraban, y ella sintió un cosquilleo interno, algo que hacía tiempo que no sentía: algo sexual.

—Roz ya venía con el yate —le confesó Alex con un susurro—. Yo no la escogí.

Miró a Frankie y le sonrió. Ella se sentía terriblemente halagada de que le hiciera aquellas confidencias, pero sabía que no podía expresar su opinión sobre Roz; no si existía la menor posibilidad de que la mujer estuviera escuchando.

—Relájate —le dijo, concentrándose en lo que hacía. Tenía que hacerlo bien —. Inspira y expira.

Diez minutos más tarde, Frankie estaba en su elemento y había aumentado el ritmo. Alex estaba haciendo flexiones en las barras.

—O sea, que ya te has formado una opinión de todos —dijo Alex entre movimiento y movimiento. Frankie acababa de explicarle que, según ella, Eugene no era más que el típico macho presuntuoso.

—Supongo que sí —repuso—. ¿Acaso no la tiene todo el mundo?

—¿Y qué opinas de mí?

«Que seguramente eres el hombre más guapo que he conocido en mi vida y que teniendo tu culo ante mí de este modo me pareces irresistible», confesó para sus adentros.

—Que puedes esforzarte más con las flexiones —dijo en cambio, refugiándose en la seguridad del trabajo que estaba haciendo—. Vamos, cinco más.

—Caramba, Frankie, eres dura de verdad.

—Sí, y consigo resultados. ¡Vamos, menos hablar y más trabajar!

Y sin duda los conseguiría, se dijo. Y el mejor resultado sería poder pasar tanto tiempo como fuera posible a solas con Alex.

Diez minutos más tarde, le había hecho estirarse boca arriba en el banco cuando sonó Prince en el iPod.

—Está un poco pasado de moda —se disculpó ella.

—Pues a mí me encanta —contestó Alex.

Yacía en el banco con el torso empapado en sudor, mirándola y resoplando.

—¿Qué, ya estamos lo bastante calientes para esto? —preguntó Frankie, sonriente, poniéndole unas pesas en las manos.

—Naturalmente.

Observó cómo las alzaba por encima de la cabeza y las bajaba. Cuando hubo acabado la serie, se las quitó de las manos sin decirle nada porque estaba claro que quería presumir. Había conocido cientos de hombres como él en los gimnasios de su ciudad natal. De repente se sintió como si pisara un terreno familiar.

—Ahora quiero que hagas veinte movimientos con las pesas, como si remaras. Así. —Se medio arrodilló en el banco, apoyando una mano y una rodilla y dejando el otro brazo suelto a un lado. Luego lo dobló por el codo y empezó a subir la pesa hasta la cintura. Entonces levantó la vista. Alex le estaba mirando el trasero mientras Prince cantaba sobre veintitrés posiciones en una cita de una noche.

«¡Dios mío! —pensó—, ¿me encontrará atractiva?»

«Olvídalo —se dijo inmediatamente después—. Alex podría tener a cualquier mujer que le apeteciera, ¿por qué iba a fijarse en mí?»

Las historias de Cenicienta estaban muy bien para las niñas, y ella estaba dispuesta a poner la mano en el fuego y asegurar que ese príncipe azul ya había caído en las redes de otra, alguna más rica, más guapa y mejor relacionada de lo que ella llegaría a estarlo nunca.

Pero ¿por qué negarlo?, ¡cuánto le gustaría equivocarse!

A pesar de todo, se sintió gratificada cuando Alex se ruborizó y apartó la mirada.

—Vamos —dijo, dejándole sitio en el banco—, creo que puedes hacerlo con pesas mayores. Puedes cogerlas.

A los veinte movimientos, se dio cuenta de que a Alex empezaban a dolerle los brazos y le hizo parar.

—Bien, ahora quiero que hagas unas cuantas flexiones.

—No es problema —repuso Alex, estirándose en la colchoneta. Frankie vio que le temblaban los brazos.

—Esos han sido fáciles —le dijo, sabiendo que no lo habían sido. Se tumbó junto a él en la colchoneta—. Ahora quiero que a la flexión añadas una rotación de manera que te quedes de lado sobre un brazo y una pierna, formando una estrella.

Hacía falta fuerza y agilidad, y Alex pareció menos seguro de sí mismo. A la cuarta empezó a flaquear. A la sexta, perdió el equilibrio y se dejó caer, agotado y sudoroso.

«¡Mierda! —pensó Frankie—, me he pasado de la raya.» Pero entonces se dio cuenta de que él no estaba enfadado, sino que reía.

—Vale, vale, me rindo. Has podido conmigo —admitió.

Ella le tendió una mano para ayudarlo a ponerse en pie.

—Ha sido solo el comienzo. Ahora vienen las abdominales.

Se encontraban de pie, cerca el uno del otro, con las manos enlazadas, como si se dispusieran a bailar. Frankie no pudo evitar percibir su aroma y observó una gota de sudor que le caía por el cuello. De repente, una imagen de ella lamiéndosela le cruzó por la cabeza.

Dio un precipitado paso atrás y tropezó con la pelota de Pilates.

—¿Cómo es que dominas esta materia? —preguntó Alex, que, si se había dado cuenta de sus sentimientos, no lo dejó entrever.

—Siempre me ha gustado mantenerme en forma, de modo que hace un tiempo me titulé. La verdad es que me sirvió para conseguir el puesto de camarera.

—¿Y antes de eso?

—¿Antes?

—Siempre hay un «antes» —dijo Alex, mirándola a los ojos—, el «antes» que te hace diferente al resto de las camareras.

Frankie tragó saliva y se ruborizó ante el cumplido.

—Es una historia muy larga —se limitó a decir, a pesar de las ganas que tenía de contárselo todo.

Alex parecía alguien con quien resultaba fácil hablar, más un amigo que un jefe. Pero era el jefe, y tuvo que recordarse que también se trataba del propietario de aquel yate y de sabía Dios cuántas cosas más. ¡Qué absurdo resultaba pensar siquiera que ella y Alex pudieran ser amigos! Una fantasía sin sentido. Aun así, tuvo que recurrir a toda su fuerza de concentración para ayudarle a concluir la serie de abdominales que había planeado para él.

Entonces sonó el teléfono, y siguió sonando.

—¿No deberías contestar? —preguntó ella.

—Puede esperar —repuso Alex—. Es nuestro tiempo.

«Nuestro tiempo.» A Frankie le gustó cómo sonaba aquello y que por ella estuviera dispuesto a hacer caso omiso de una llamada que podía ser importante.

El resto de la clase pasó en un suspiro. Al final, Frankie se unió a Alex en la sesión de bicicleta, y acabaron sentados y jadeantes en el banco, frente al espejo.

—Bien hecho —le dijo ella con una sonrisa—. Deja que te ayude con unos estiramientos.

Se situó tras él sin dejar de mirarlo en el espejo. Lentamente, cogió el brazo de Alex, se lo alzó y lo llevó hacia atrás mientras él contenía un gemido.

—Me siento distinto a como acabo cuando trabajo con Eugene —comentó.

—Eugene está muy cachas, pero eso no significa que sea muy fuerte. Apuesto lo que quieras a que no es capaz de completar una sesión como la que has hecho.

—¿No te resultan atractivos todos esos músculos? —preguntó Alex.

A ella le sorprendió que le planteara una pregunta tan personal.

—Estoy segura de que para ti tiene que serlo, porque no te interesa tener un alfeñique como guardaespaldas; pero desde un punto de vista femenino…, me parece un poco ridículo.

—Entonces, ¿cuál es tu tipo?

«Tú, tú eres mi tipo.»

Le estiró el otro hombro, contemplando las arrugas que se formaban en la piel.

—La verdad es que no tengo. Supongo que lo encontraré cuando… —Calló de golpe porque no había querido hablar tanto.

—¿Cuándo…? —quiso saber él.

—Cuando me enamore, supongo.

—¿Nunca te has enamorado? —preguntó Alex, sorprendido.

—La verdad es que no. Me refiero a que no en serio. He tenido relaciones más o menos largas, pero tengo la impresión de que siempre he creído que había algo más esperándome en alguna parte; así pues, nunca me he entregado completamente. Siempre he dejado que el trabajo se metiera por medio.

—Sé exactamente a qué te refieres —dijo Alex—. Sigue…

—Supongo que me estoy reservando, porque saber que voy a pasarme el resto de la vida sin esa persona se me hace inconcebible. Al menos eso es lo que confío sentir.

¿Por qué le estaba contando todo aquello? Nunca había hablado de su vida amorosa con nadie. ¿Qué le hacía confesarse ni más ni menos que con Alexéi Rodokov?

—¿Y qué me dices de ti? —preguntó—. ¿Te has enamorado alguna vez? Me refiero a enamorarte de verdad.

La pregunta le salió antes de que tuviera ocasión siquiera de pensar en que podía resultar muy indiscreta.

Alex adoptó un aire repentinamente tímido.

—No, la verdad es que no.

—Oye, lamento habértelo preguntado. No es asunto mío —dijo Frankie, apartándose.

De repente, formular aquellas preguntas mientras lo tocaba le parecía un exceso de intimidad. Además, la clase había terminado.

Pero Alex no se movió.

—¿Qué? —dijo, buscando la mirada de Frankie en el espejo—. Pareces sorprendida.

—Y lo estoy. Quiero decir que… me cuesta creer que nunca lo hayas estado. No sé…, habría dicho que…

—¿Qué?

—¿Las mujeres no se echan encima como moscas cuando ven todo esto?

—¡Ah! —exclamó, enjugándose el sudor con la toalla—. Ese es precisamente el problema. No me interesa alguien a quien le interese solo esto.

Frankie meneó la cabeza, confundida.

—¿No te gusta?

—No debería contarte estas cosas —comentó Alex, mirándola—. La verdad es que no sé por qué lo hago.

—Puedes contarme lo que quieras —dijo ella, mirándolo a los ojos antes de lanzar una breve ojeada a la cámara de seguridad cubierta por la toalla—. Me refiero a que esto es privado, ¿no?

—No sé… —Hizo una pausa y la observó, hasta que finalmente decidió confiar en ella—. Mira, tengo este yate por negocios. Yuri, que es mi jefe, lo quería para él hasta que se enteró de que uno de sus competidores tiene uno mayor. Entonces me lo regaló, y él se está haciendo construir uno todavía más grande.

—¿Más grande que este?

Alex sonrió.

—Mucho más grande. Incluso tiene un submarino.

—¡Uau!

—El caso es que si no me gastara el dinero en esto tendría que dárselo a Hacienda. Además, es estupendo para entretener a los invitados. Todo el mundo parece impresionado por el yate.

—¿Y tú no?

—Es que resulta muy complicado. La mayor parte del tiempo tengo la sensación de estar montando un espectáculo. Está muy bien, pero de vez en cuando me gustaría cocinar mi propia comida; pero no se te ocurra contarle esto a nadie, y menos aún a Chantelle.

—¿Bromeas?

Meneó la cabeza. Por la frente seguían deslizándose gotas de sudor.

—En absoluto. Tengo una casa tradicional cerca de Marrakech. Eso sí que me gusta… Una mujer del pueblo va una vez al día y me lleva alimentos frescos. Así me espabilo por mi cuenta.

—Suena como un paraíso.

—Quizá te lleve algún día.

Alex pareció repentinamente incómodo y apartó la mirada. Los dos sabían que semejante ofrecimiento era absurdo. Aun así, el corazón de Frankie seguía latiendo alocadamente. El silencio se prolongó, y ella se mordió el labio, angustiada.

No podía mirarlo. No estaba segura de qué ocurriría si lo hacía, pero sí de que le bastaría con una sola mirada para delatarse. Tenía muy clara la repentina tensión sexual que se había establecido entre los dos y también el hecho de que estaban intimando más de lo prudente.

—Bueno, creo que debería… —dijo Alex mirando el reloj.

—Oh, sí —respondió ella, poniéndose en pie y siguiéndole la corriente—. Es la hora y yo también tengo que irme. —Se aclaró la garganta para recuperar un tono de fría profesionalidad—. Ha sido una sesión estupenda. Deberías sentirte orgulloso. Lo has hecho muy bien.

—¿Podemos repetirla mañana?

—Desde luego, cuando quieras.

Alex asintió.

—En estos momentos, lo que me gustaría es encontrar a alguien capaz de arreglar un problema que tengo con el correo electrónico, pero supongo que no podrás ayudarme en eso, ¿no?

Frankie sonrió tímidamente, recogiéndose el cabello tras la oreja. —Bueno, tiene gracia que lo menciones, pero sí, quizá pueda.