Platino
Capítulo 23
L A LLUVIA caía con fuerza contra los emplomados cristales de la cocina de Lechley Hall. Emma apuró de un trago el resto de whisky y dejó el vaso en la mesa con un golpe seco. En un rincón, encima de la vieja cocina de hierro colado, un televisor daba las noticias, y Emma contempló cómo la de la muerte de Julian daba paso a la sección de sociedad con un reportaje sobre el Festival de Cannes donde aparecía Todd Lands besando a una bella desconocida. No pudo soportarlo más. Cambió de canal con el mando a distancia y hundió la cabeza entre las manos.
¿Cómo era posible que un canal de noticias hiciera semejante barbaridad y pasara tranquilamente de un asunto tan serio a otro tan frívolo y carente de importancia?
¿Acaso no se daban cuenta de que la muerte de Julian lo significaba todo?
—No sé cómo pueden haberse enterado —le dijo Susie en tono de disculpa.
Emma se pasó las manos por la cara. Los noticiarios se iban a poner las botas. La mesa estaba cubierta por los periódicos del día, y todos ellos detallaban el suicidio de Julian y el desastre financiero que dejaba tras él. Emma no pudo evitar notar el tono de superioridad de algunos de los artículos y el placer con el que relataban el fracaso de los inversores de Julian.
—¡Esos hijos de puta…! —exclamó Emma, secándose las lágrimas, que no parecía capaz de contener—. ¿Es que no pueden dejar a la gente en paz?
—Hay una tal lady Whiteley que pregunta por ti —dijo Pim, entrando en la cocina—. He dejado el teléfono descolgado en el buró del vestíbulo.
Desde que se habían enterado del fallecimiento de Julian, ocurrido cinco días antes, Pim y Susie se habían portado fantásticamente; pero Emma se daba cuenta, a juzgar por la tensión que veía en las facciones de su hermano, de que él también estaba sufriendo las consecuencias financieras del hecho de que la mina de platino hubiera resultado una estafa.
Porque eso había sido: una estafa en toda regla.
Y lo peor de todo era que, en el fondo de su corazón, ella lo sospechaba. Lo sospechó desde el momento en que había contemplado el maligno rostro de Dimitri Serguéiokov. Y a pesar de ello, había permitido a Julian seguir adelante con el proyecto. Había hecho caso omiso de su intuición y había mirado hacia otra parte. El resultado era que Julian estaba muerto.
El pobre Julian había llegado a Rusia y se había encontrado con un puñado de aterrorizados ingenieros que le decían que la mina que había comprado estaba llena de arena. El informe geológico que Dimitri Serguéiokov había presentado era un completo fraude.
Pero el segundo descubrimiento había sido aún peor. El ruso se había ido desprendiendo de sus acciones en secreto mientras cotizaban a lo más alto. Cuando Julian intentó localizarlo, descubrió que Serguéiokov se había esfumado.
El desastre que se había producido a continuación había sido inevitable. Cuando corrió la noticia del verdadero estado de la mina, las acciones cayeron en picado. A las veinticuatro horas de la llegada de Julian, valían incluso menos que la propia mina.
Y por si eso fuera poco, hubo que sumar la catastrófica noticia de que el dinero que se suponía que tenía que haber sido transferido de Platinum Reach, en las islas Vírgenes británicas, al banco de Norilsk nunca había llegado. Julian no había sido capaz de soportarlo. Al menos, eso era lo que Emma suponía, teniendo en cuenta lo que su marido había hecho a continuación.
Saltar. Eso había hecho. Había saltado en plena noche del vigésimo piso de su hotel. Uno de los vigilantes de las cocinas había encontrado su cuerpo ensangrentado y helado en la calle al día siguiente.
Uno de los más afectados por la noticia del suicidio de Julian había sido Hugo, que confesó a Emma que se sentía parcialmente responsable. Entonces le explicó el desagradable enfrentamiento que había tenido con Julian por culpa del proyecto de la mina de platino y del entramado financiero organizado en torno a ella, especialmente la creación de Platinum Reach. La discusión había acabado tan mal que ni Hugo ni Victoria se habían visto con ánimo de acudir a la famosa fiesta de aniversario de Julian.
A Emma le costaba creer que su marido no le hubiera contado su desencuentro con Hugo. Hugo era su mejor amigo y siempre había sido su socio de mayor confianza. Y tampoco Victoria le había dicho nada porque Julian así se lo había pedido. No quería que nadie interfiriera ni molestara a Emma.
—No quiso escuchar —le había contado Hugo el día que ella había ido a verlos a Escocia—; lo intenté, créeme. Le dije que lo de esa mina era demasiado arriesgado, que los datos del informe geológico no se tenían en pie y que debía hacerlo contrastar costara lo que costase.
—¿Y Serguéiokov? ¿Qué hay de ese hombre? —le preguntó ella.
—Me puse en contacto con mis socios rusos y resultó que su nombre no aparecía asociado a nadie digno de confianza. Todas sus credenciales resultaban sospechosas. Le rogué a Julian que se retirara del negocio, pero no quiso. Creo que tenía otros socios de la City que aseguraban que yo decía tonterías, de modo que prefirió hacerles caso a ellos en lugar de fiarse de mí.
—Pero ¿por qué? —había preguntado Emma—. ¿Por qué hizo algo así? ¿Cómo pudo ser tan imprudente?
—Por la razón más antigua del mundo —le contestó Hugo con tristeza—, porque quería tener razón. Y puesto que había invertido ya tanto dinero en el proyecto y se estaba jugando tanto, no podía permitirse el lujo de haberse equivocado.
Sin embargo, Emma había sentido —y seguía sintiendo— que ella era la responsable de todo: no solo no había refrenado el entusiasmo de su marido, sino que había permitido que Julian viajara a Rusia solo.
Y en esos momentos se había ido. Se había ido para siempre.
Su cuerpo había llegado en un siniestro ataúd en una furgoneta negra a Lechley Park, donde al día siguiente recibiría sepultura. A Emma le daba igual cuánta gente asistiera al funeral. Lo único que deseaba era esconderse en un agujero y desaparecer del mundo.
Se levantó de la mesa y caminó por el húmedo pasillo arrastrando los pies para contestar al teléfono. Sabía de antemano cómo iba a transcurrir la conversación. La voz de lady Whiteley sonaba sinceramente compungida, pero a Emma le daba igual.
—Espero que lo entiendas, Emma. Me consta que eres siempre la primera en defender el buen nombre de nuestra fundación. Por lo tanto, comprenderás que las últimas noticias no constituyen una publicidad especialmente favorable y que, en consecuencia, no resulta conveniente que sigas siendo nuestra presidenta cuando tantos de nuestros miembros han perdido sus inversiones…
Emma dejó el auricular y cortó la comunicación. Durante unos instantes contempló los viejos retratos que colgaban a lo largo de la oscura escalera y tuvo la sensación de que aquellos ojos ciegos la miraban con reproche. Después de todo lo que había hecho —y de todo lo que Julian había confiado en lograr hacer — para proteger su centenario hogar y el de sus descendientes que vivían en él, todo iba a desaparecer. Pim y Susie seguramente perderían Lechley Hall y el parque. Se quedarían con las manos vacías, sin nada de nada.
Sonó un portazo que le hizo dar un respingo, y Cosmo apareció caminando por el pasillo, dejando huellas de barro en el suelo de damero. A Emma le dio un vuelco el corazón. Se había pasado el día muerta de preocupación por él. La noticia había afectado mucho a su pobre hijo. Deseó poder consolarlo, pero él parecía distante, y ella se sentía demasiado abrumada.
—Cariño, ¿dónde has estado? —preguntó Emma, yendo al encuentro de su hijo, pero Cosmo se la quitó de encima.
—Encontraron esto con el cuerpo —dijo, mostrándole una arrugada hoja de papel—. Me lo han dado los de la funeraria.
Emma vio que su hijo tenía el rostro contraído por la furia.
—¿Qué es? —preguntó, cogiendo la nota.
—Es de papá. Léela.
Emma se sentó en la pequeña silla de estilo Queen Anne del pasillo. ¿Cómo era posible que hubiera permitido que Cosmo tuviera aquella carta? Estaba tan impresionada al ver la escritura de Julian que apenas se dio cuenta de que su hijo había abierto una carta que era para ella.
Leyó: «Lamento haberte fallado…».
Cosmo estaba junto a ella, observándola. Emma sintió que un grito salía de su interior y se mordió el labio, decidida a mantener la serenidad ante su hijo.
He quedado como un idiota y te he hecho quedar igual. Lo he
perdido todo y no puedo esperar que me apoyes. Me siento incapaz de vivir con esta vergüenza. Te casaste con un cobarde, Emma. Siento el daño que pueda ocasionarte, pero estarás mejor sin mí.
Volvió a leer la nota, meneando la cabeza. No podía ser. Iba en contra de todo lo que conocía acerca de Julian. No era ningún cobarde y adoraba la vida. ¿Cómo era posible que se la hubiera quitado solo porque un negocio le había salido mal?
No tenía sentido.
Apartó la vista y contempló el oscuro pasillo como si fuera el cañón de un arma.
Sí, le habían estafado, ¿y qué? No era la primera vez que algo así le sucedía a un hombre de negocios británico ni tampoco sería la última. Antes de empezar, él mismo le había comentado que hacer negocios en Rusia suponía ciertos riesgos para los occidentales como ellos. Pero si había alguien capaz de volver por sus fueros tras un tropiezo así, ese era Julian.
¡Ya sabía qué significaba quebrar, maldita sea! Lo había perdido todo y había vuelto a empezar desde cero. Y lo habían hecho juntos, codo con codo.
Aquello no era propio de su Julian.
Sin embargo, allí estaba ante sus ojos la prueba de lo que había hecho. Era la letra de Julian. No había duda. Una letra que recordaba perfectamente de las cartas de amor, de las postales, de las tarjetas de regalo, de los post-it que dejaba por toda la casa y hasta de los cuentos que había escrito a Cosmo cuando este era pequeño.
Emma sintió que se le partía el corazón.
Cómo podía su querido Julian haber hecho una cosa tan deleznable. Un terrible desamparo la sobrecogió. ¿La conocía tan poco que pudo pensar que ella no aguantaría con él? ¿Qué era una crisis financiera o un descrédito social comparado con perderlo a él?
—No sé si lo ves, madre… —dijo Cosmo. Emma alzó la vista y se sorprendió al verlo todavía allí, de pie tras ella. La voz de su hijo era firme, pero tenía lágrimas en los ojos—, pero todo esto es por tu culpa.
Emma sintió como si la apuñalaran.
—¿Mi qué?
—Papá no podía decepcionarte y por eso decidió tomar la decisión de los cobardes, porque no podía enfrentarse a tu desaprobación, ¡por lo jodidamente materialista que eres!
—No es verdad —replicó Emma con un hilo de voz.
—¡Sí lo es! —Los ojos de Cosmo se encendieron de furia—. ¡Pero tú no quieres reconocerlo porque lo único que te interesa es el dinero y lo que este te permite aparentar!
Emma apenas podía respirar. Se levantó trabajosamente. Tenía ganas de abofetearlo, de clavarle las uñas, de castigarlo por decir algo tan cruel.
—¡No es verdad! —sollozó— ¡Retira lo que has dicho! ¡Retíralo ahora mismo!
—¡Ni hablar!
Emma le cruzó la cara con una bofetada.
Cosmo apenas se inmutó, y ella se quedó mirándolo, viendo cómo la roja marca de los dedos se le iba dibujando en el rostro. Apenas podía creer lo que acababa de hacer, pero no había podido contenerse. Estaba claro que su hijo creía todo lo que le había dicho. ¡Pensaba que todo era por culpa de ella!
En el rostro de Cosmo no había ni rastro de piedad, solo furia y dolor. Ni siquiera parpadeaba.
—Simplemente para que lo sepas, no pienso quedarme para recoger los pedazos —declaró, manteniéndola a raya con los brazos extendidos y retrocediendo—. Tú eres la responsable de esto, madre, la única responsable.
—¿Adónde vas? —preguntó ella, viendo que Cosmo daba media vuelta. Su voz era apenas un susurro.
—Lejos.
—¡No, no puedes! Cosmo, por favor…
—Te juro que mientras viva no te perdonaré.
Emma intentó sujetarlo, pero él se apartó y se fue, fuera de su alcance, hasta que salió, cerrando de un portazo y dejándola sumida en la oscuridad. Emma se llevó una temblorosa mano a la boca, y el grito interior de antes dejó de ser silencioso.
—Se tranquilizará —oyó que le decía Susie, mientras se levantaba sin poder dejar de llorar.
—Quiero irme a casa —murmuró—. Quiero estar sola. Por favor, Susie. Deja que me vaya.
—Me terno que primero tienes que hablar con Sebastian —le dijo Susie—. Pim está con él ahora, en la sala de estar.
Sebastian Gatsworth llevaba siendo el abogado de la familia desde que ella tenía uso de razón, y a ella nunca le había gustado.
Gatsworth se levantó cuando entró acompañada de Susie. Iba vestido con un traje diplomático y corbata de rayas, como si aquel fuera un día cualquiera. A Emma le costaba creer que el mundo siguiera girando cuando el suyo acababa de estrellarse en un charco sangriento, en un desconocido callejón de Rusia.
La sala de estar era espaciosa y estaba escasamente amueblada. El techo bajo con sus grandes vigas resultaba opresivo, y el viejo papel pintado de las paredes se había desprendido en algunos sitios, dejando a la vista manchas de humedad. Sin el calor del fuego de la chimenea, resultaba una estancia gélida.
Emma había pasado buena parte de su niñez allí, durante las Navidades familiares y jugando a las cartas con Julian, Susie y Pim. Y sin embargo, a pesar de tanta familiaridad, le parecía un lugar extraño, como si cualquier vínculo con él se hubiera roto.
—No sabes cuánto lamento todo esto —dijo Sebastian cuando Emma hubo recobrado la compostura y se hubo sentado en un sofá lleno de pelos de perro. El abogado caminó unos instantes ante la chimenea sin decir nada, hasta que por fin se decidió—: La verdad es que no tengo palabras para expresar lo que tengo que decir y me consta que no es el mejor momento, pero el asunto no puede esperar.
—¿Qué es lo que no puede esperar?
Emma miraba a Pim y a Susie. Pero estos tenían la mirada puesta en el suelo. De repente la invadió la sombra de un mal presagio.
Sebastian soltó un largo suspiro.
—He estado repasando los papeles de la familia y me temo que todos tus bienes han sido bloqueados.
—Pero…
—Y Wrentham Hall ya no es tuyo. Tu marido lo utilizó como aval. No sé si lo sabías, pero existe una cláusula de ejecución inmediata que…
—¡Pero Wrentham es mío! ¡Es mío…! ¡Es…!
—No, lady Emma. Me temo que ya no. Ni la casa ni nada de lo que contiene. De hecho, hoy hemos recibido noticias del banco de que ya tienen comprador.
—¿Que tienen qué?
—Un comprador —terció Pim—. Un ruso. Según parece tomará posesión de la casa a finales de semana.
—¿Un ruso? —preguntó Emma.
—Sí, a decir verdad, un fulano muy conocido aunque no especialmente distinguido —explicó Gatsworth—. Se llama Yuri Kordinski.