Platino

Jo Rees · Capítulo 29 de 43

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Platino

Capítulo 28

 

E MMA se despertó bruscamente. El ventilador del techo volvía a girar y agitaba los papeles que había en el escritorio del rincón. La electricidad había vuelto. Se levantó trabajosamente y abrió las contraventanas, dejando que entrara la luz y bostezando mientras contemplaba el paisaje desde la familiar suite de invitados de la mansión colonial de David Coulter. Vio que la tormenta había amainado por fin. Todo resplandecía y olía a limpio, a tierra mojada; pero por todas partes reinaba la devastación.

Vio que las tejas de la casa habían salido volando por el viento y se habían hecho añicos ante la veranda. Una palmera había sido arrancada de raíz y yacía en medio del camino de acceso. Se apoyó en el marco de madera de la ventana y observó la plomiza luz del cielo que aumentaba el contraste con el verde del césped, salpicado por los restos de flores y plantas de los destrozados parterres, como si fueran manchas de sangre. Por todas partes había prendas y ropa arrancadas de los tendederos. Parecía la escena de un accidente aéreo.

La casa de David era de piedra y había aguantado el imprevisible clima caribeño durante más de doscientos años; sin embargo, en ese momento Emma pensó en las barracas con el techo de planchas onduladas de uralita que había en la carretera, cerca de la entrada del largo camino de acceso a la mansión, y en los sonrientes escolares de uniforme que había visto en ellas cuando había llegado del aeropuerto el día anterior. Rezó para que todos hubieran sobrevivido a la tormenta.

Se frotó los ojos. Entre el aullido del viento y el golpeteo de la lluvia contra las ventanas solo había conseguido dormir a ratos, febrilmente, mientras sus sueños se poblaban de pesadillas. No obstante, sabía que en esos momentos no tenía sentido volverse a la cama porque no lograría conciliar el sueño. Dormir no le aportaba alivio ni consuelo.

El dolor se le hacía mucho más insoportable por las noches, y la tortura más cruel se ensañaba con ella si caía en un duermevela, porque durante una fracción de segundo, antes de despertar del todo, se olvidaba de todo lo sucedido y creía que la vida seguía siendo como siempre había sido y que Julian se hallaba en la cama, junto a ella, dormido y abrazándola.

Entonces ella recordaba… y el dolor volvía a golpearla igual que un puño.

Lo echaba tanto de menos que casi tenía la sensación de que le habían amputado un miembro, y la tristeza la abrumaba hasta tal punto que se sentía indefensa ante las enormes olas de desdicha que se abatían sobre ella, dejándola a merced de sus más negros sentimientos.

Y sin su casa, se sentía más perdida que nunca. Jamás había imaginado que algo tan firme, tan suyo, le pudiera ser arrebatado ante sus narices con tanta facilidad. Pero Wrentham Hall, con sus muebles, sus obras de arte y todos los pequeños detalles que hacían de él su hogar, ya no estaba. Y ese hecho la llenaba de un cúmulo de sensaciones de impotencia, de injusticia y de violación tan profundas que no podía quitárselas de encima.

Y en esos momentos, como siempre le sucedía con las primeras luces del día, su mente se centró en la única cosa que le hacía seguir adelante: un hombre, un nombre.

Kordinski.

Se acordó nuevamente de Natalia Kordinski en el almuerzo de la gala benéfica, en el modo en que esta había comentado que su marido creía que todo podía conseguirse en este mundo, y ella, despreocupadamente, no le había dado importancia a tan arrogantes palabras.

¡Qué segura y a salvo se había sentido, qué invulnerable y fuera del alcance de aquellos vulgares rusos con su dinero de nuevos ricos!

¡Y también qué equivocada, porque los Kordinski le habían arrebatado Wrentham Hall! Por muchas vueltas que le diera, seguía sin comprenderlo. Era imposible que ellos supieran que la mansión iba a salir al mercado, a menos que estuvieran al tanto de los detalles financieros en que se basaba el proyecto de Platinum Holdings. Además, Julian nunca habría aportado su casa como garantía —o mejor dicho, nunca lo habrían convencido para que lo hiciera— si hubiera pensado durante un segundo que su vida podía correr peligro o que el trato resultaba dudoso. Se trataba de un riesgo que él nunca habría corrido.

Eso significaba que, de un modo u otro, Kordinski estaba implicado. Tenía que estarlo necesariamente. De lo contrario, cómo se explicaba que se hubiera hecho con la propiedad tan rápidamente.

Sin embargo, tal como Pim y Susie no dejaban de señalarle, aquello no eran más que simples especulaciones. No tenía ninguna prueba, al menos por el momento, porque eso era precisamente lo que Emma se juró conseguir días atrás cuando estaba de pie, bajo la lluvia, delante del ataúd de Julian. Encontraría las pruebas que demostrarían que su marido no había sido un estafador, un cobarde o un incauto, y mostraría al mundo entero que el infeliz Julian había sido víctima, desde el principio, de un engaño monstruoso. Estaba dispuesta a no concederse un momento de descanso hasta hacer todo lo posible para hallar la verdad.

Porque Emma no creía que Julian se hubiera suicidado, a pesar de que eso era lo que todo el mundo le decía: que había sido un acto de espontáneo egoísmo después de no haber hallado otra salida. Sin embargo, ella conocía a Julian mejor que nadie y sabía que él nunca habría hecho algo semejante, ni a sí mismo ni a su familia; y desde luego no por las mezquinas razones que había dejado escritas. Aquella nota era lo más lejano a lo que ella había conocido y amado de Julian.

Algo no cuadraba. El único motivo que habría podido empujar a Julian a sacrificarse habría sido para salvarla a ella y a su familia. Lo cual significaba que el verdadero responsable era la persona que había urdido el fraude de la mina de platino.

Y por eso estaba ella en Tortola, en casa de David: pensaba comenzar desde el principio y seguir el rastro de los papeles. Allí era donde Julian había registrado Platinum Reach. Allí era donde el dinero había llegado y donde habían empezado los manejos turbios. Emma estaba decidida a saber quién más había estado implicado en la sociedad y a qué otras personas había visto Julian. Tenía que haber abogados o contables, testigos o pruebas, algo que demostrara que Julian era inocente y víctima de una estafa, que había sido persuadido para tomar parte en algo que se hallaba fuera de su control.

Volvió a la cama y cogió su iPhone. Miró el correo, pero no había ningún mensaje nuevo. Luego abrió una carpeta y leyó por enésima vez el correo que le había mandado Cosmo.

Se trataba de la única comunicación que había recibido de su hijo desde la terrible discusión que habían mantenido. Volvió a leerla: «Lamento las cosas que te dije. Cuanto menos sepas, mejor, pero estoy decidido a limpiar el buen nombre de papá».

En esos momentos, la furia que había sentido hacia él por no haber asistido al funeral de su padre se había convertido en pánico. Cosmo no era ni la mitad de hombre que Julian, ¿qué podía hacer ante la gente que había acabado con la vida de Julian y de paso con los sueños de su familia?

«Cuanto menos sepas, mejor.»

¿Qué quería decir con eso?

Decidió enviarle otra respuesta, como mínimo la vigésima que le escribía. No esperaba que él contestara. Hacía tiempo que había renunciado a tan vana esperanza. Cosmo era tozudo como una mula, casi tanto como ella cuando se decidía a hacer algo. Pero sabía que leería el mensaje, allí donde estuviera, haciendo lo que fuera; incluso aunque estuviera en las islas Vírgenes, como ella, para rastrear los negocios de su padre. Cosmo leería el mensaje y sabría que ella estaría a su lado cuando la necesitara. Tecleó: «Querido Cosmo, pienso en ti y te envío todo mi amor. Ten cuidado y no intentes resolver esto tú solo. No estás solo. Llámame y allí estaré».

Respiró hondo, preparándose para el día que le aguardaba. Alguien en aquella isla tenía que saber quién más estaba implicado en la sociedad, y ella estaba decidida a encontrarlo.

Las agitadas aguas del puerto estaban llenas de los restos flotantes que la tormenta había dejado a su paso: hojas de palmeras, troncos y basura. Emma se había sentado de espaldas al paseo, lleno de bares y yates. Estaba en la terraza de un bullicioso café junto al muelle, soportando el atronador ritmo de la música reggae que salía de la radio que había en el techo. Sin embargo, lo soportaba porque desde aquella mesa disfrutaba de una vista de casi trescientos sesenta grados del puerto y la calle principal, con su batiburrillo de viejos edificios coloniales de ladrillo y colores pastel.

De sus fachadas colgaban llamativos rótulos que anunciaban cremas bronceadoras, refrescos, centros turísticos y clubes de striptease. Tanto los comercios como las oficinas navieras, los bancos y los restaurantes se disputaban el espacio en las aceras. También había mucha gente, apoyada en la pared, en sus motocicletas o sentada en viejas sillas de madera. Unos hojeaban diarios, otros fumaban o tomaban café; hombres y mujeres de todos los ámbitos de la vida: busconas de playa, navegantes aficionados, gigolós, que aprovechaban el frescor de la mañana antes de verse obligados a huir de la inevitable humedad y refugiarse en los frescos confines de sus refrigeradas oficinas situadas encima de los comercios de la calle, antes de tener que enfrentarse al calor de los fogones de los restaurantes o a buscar por las playas mujeres maduras con dinero en el bolso y una mirada lasciva.

Emma pensó que aquella escena mañanera podría haber sido atractiva y sugerente como una foto de postal; pero, tras la tormenta de la noche anterior, en el ambiente flotaba una sensación de inquietud. Todo el mundo parecía alerta, con un ojo fijo en el horizonte en busca de nubes de tormenta y un oído atento a cualquier cambio en el tintineo de las jarcias de los barcos que, por el momento, se mecían suavemente con la brisa.

Nadie se atrevía a mencionarlo siquiera, pero estaba claro que todos pensaban en lo mismo: en el huracán.

El parte meteorológico había anunciado una tormenta tropical. Todos los diarios y los canales de televisión recogían la noticia. Emma no habría podido escoger un momento peor para llegar.

Sin embargo, los avisos que ocupaban las cabeceras de los periódicos no la preocupaban porque estaba concentrada en las dos palabras que aparecían grabadas en la placa de latón que adornaba la puerta de un estrecho edificio de oficinas encajonado entre una tienda de submarinismo y un bar.

El edificio se llamaba Heavenly House[4]. ¡Menuda broma! El lugar tenía un aspecto tan siniestro que más parecía una sucursal del infierno. Era la clase de sitio en el que no habría reparado de no haber sabido que estaba allí. Porque lo sabía. Porque tenía la dirección. Porque las palabras en las que tenía clavada la mirada decían: PLATINUM REACH.

Dos insignificantes palabras.

El principio del fin de Julian.

Emma llevaba observando el lugar desde hacía casi una hora; pero hasta el momento nadie se había presentado a trabajar.

En la puerta de Heavenly House aparecían listadas otras dieciocho empresas. Emma ya las había investigado a todas a través de Google. Abarcaban desde empresas farmacéuticas hasta importadoras de grano. Ninguna estaba relacionada con lo que le interesaba.

Aun así, alguien debía de trabajar allí, alguien que sin duda sabía algo de Platinum Holdings y de su relación con Platinum Reach. Alguien a quien Julian había ido a ver. Alguien con quien Emma pensaba reunirse por mucho que tuviera que esperar.

Acababa de pedir su segundo cóctel de frutas cuando vio a un tipo fumando y en moto que aparcaba ante el Heavenly House. Era un hombre blanco, de unos cincuenta años, vestido con un arrugado traje de algodón verde que le iba demasiado estrecho para la barriga que tenía. Le vio aparcar la moto y abrir la cerradura de la puerta.

Emma dejó rápidamente unos dólares en la mesa y cruzó la calle apresuradamente para poder alcanzar la puerta antes de que se cerrase del todo.

Dentro, la falta de aire acondicionado hacía que el calor resultara asfixiante. No había ninguna recepción, solo una pila de cajas de madera que bloqueaban el paso de un estrecho pasillo y una desvencijada escalera que conducía al piso de arriba. Emma oyó ruido en lo alto —pasos— y no se dio tiempo a acobardarse. Subió con decisión.

Al llegar al rellano vio una puerta con un cristal esmerilado y llamó con los nudillos antes de abrir.

—¿Hola?

El hombre al que había visto llegar en moto seguía fumando su cigarrillo sin filtro. Tenía los ojos saltones y la nariz torcida. Alzó la vista brevemente del montón de papeles que cubrían su escritorio y, a continuación, puso en marcha el ordenador y el ventilador.

—¿Sí? —preguntó, echándose hacia atrás sus grasientos cabellos.

—Busco una empresa que se llama Platinum Reach —dijo Emma, intentando no toser por culpa del acre humo de tabaco que llenaba la habitación. Los postigos y la ventana seguían cerrados—. ¿Son estas sus oficinas?

—Puede ser —contestó en tono áspero.

A Emma, el acento del sujeto le pareció norteamericano, pero no lo situó.

—Fuera hay una placa que dice que estas son sus oficinas.

—No puedo ayudarla —replicó el hombre.

Emma se irritó por aquella falta de modales. Había llegado el momento de ir al grano.

—Pero usted sabe algo sobre Platinum Reach.

El hombre alzó su gorda mano para interrumpirla. En su meñique izquierdo lucía un ostentoso anillo de oro con un rubí falso.

—Por favor —insistió Emma—, mi esposo, Julian Harvey, es… era el director de esta sociedad. Era suya.

La expresión del hombre cambió al oír el nombre de Julian, y entrecerró los ojos con súbito interés. ¿O era suspicacia? Seguro que conocía a Julian, debió de haberse reunido con él. ¿Estaría al corriente de lo que le había ocurrido?

—Necesito información —continuó Emma, deseosa de mantener su ventaja —. Resulta que por esta empresa ha pasado un montón de dinero y necesito saber adónde ha ido a parar, en qué cuenta se anotó cuando salió de aquí.

—¿Tiene usted poderes? —preguntó él.

—¿Qué?

—Porque, si no los tiene, no puedo decirle nada, señora.

—¡Pero si soy la mujer de Julian!

—Deje que le diga que no es usted la primera esposa que aparece por aquí husmeando para averiguar adónde ha ido a parar el dinero.

—Eso quiere decir que usted sabe algo, ¿verdad? ¿Conoce a los directores?

—Importa muy poco lo que yo sepa o deje de saber. No voy a decirle nada. Todos mis negocios y mis clientes son asuntos estrictamente confidenciales. — Volvió a sus papeles—. Y ahora, si quiere disculparme, tengo trabajo que hacer.

—Por favor —dijo Emma, oyendo que la voz se le quebraba por la desesperación—, necesito su ayuda. He venido desde Londres. Tiene usted que contarme…

—No tengo que contarle nada de nada —contestó el hombre, columpiándose en su silla.

¿Cómo se atrevía a tanta grosería? Emma sintió que se le acababa la paciencia.

—Bien, pondré este asunto en manos de un abogado, si eso es lo que prefiere. Haré que alguien empiece a investigar a Platinum Reach, a las otras empresas y a usted.

El hombre se encogió de hombros, indiferente a las amenazas, apagó el cigarrillo en el cenicero rebosante de colillas, sacó el móvil del bolsillo y lo dejó encima de la mesa, como si fuera una pistola. El significado estaba claro, si ella no se largaba, había gente a la que podía llamar que la obligarían a hacerlo antes de que pudiera causar problemas.

—Voy a contar hasta diez —advirtió.

—Y yo no me moveré de aquí hasta que usted me cuente toda la verdad.

Emma se dio cuenta de que su inflexible tono le había sorprendido. También le había sorprendido a ella, que no se creía capaz de parecer tan firme y decidida.

Lentamente, el hombre dejó de columpiarse en su silla y la miró de arriba abajo.

—Vaya, vaya —dijo entre dientes, mostrando una desagradable sonrisa—, así que tenemos aquí a una peleona.

Emma se disponía a protestar, pero él la interrumpió.

—Vaya con cuidado. Es demasiado temprano para ponerse en plan teatral.

—Pero…

—Le diré qué haremos. Viendo que ha venido de tan lejos y que este asunto parece importarle mucho, quizá vea la forma de que podamos llegar a algún tipo de acuerdo.

—¿Quiere decir con eso que va a ayudarme? —preguntó Emma, perpleja por aquel cambio de actitud.

El hombre se frotó las manos y la miró lascivamente de arriba abajo. Emma sintió que se ruborizaba y que la adrenalina le corría por las venas. Miró furtivamente las ventanas cerradas.

—Lo que sugiero —dijo el hombre— es que, dado que estamos solos, podríamos intercambiar nuestros… activos. Yo le ofrezco un poco de información sobre Platinum Reach y, a cambio, usted me deja que me familiarice con sus atractivos.

—¿Está bromeando?

—Nunca bromeo cuando hablo de negocios. —Una chispa de amenaza brilló en sus ojos.

Emma lo contempló con repulsión y horror. No podía hablar en serio. Pero al ver su mirada lasciva, comprendió que lo decía muy en serio. Lo observó pasándose la lengua por los amarillentos dientes, esperando una respuesta, desafiándola.

Se dijo que tenía que hacer algo para controlar la situación antes de que la controlara él. Debía recordar para qué estaba allí, que ese hombre disponía de la información que ella tan desesperadamente necesitaba y que sin duda le permitiría resolver el misterio de la muerte de Julian o que, al menos, la pondría en la pista correcta.

Tragó saliva y miró fijamente aquellos ojillos negros que la observaban imperturbables. Sabía lo que tenía que hacer. No le quedaba otra elección y tampoco nada que perder.

—Muy bien —contestó, rodeando la mesa y aguantándole la mirada mientras se desabrochaba lentamente el primer botón de la blusa. Se repitió que aquello no era más que una actuación, pero que, si iba a desarrollarse de ese modo, sería ella quien marcara las reglas—. Si una dama tiene que hacer lo que le corresponde como tal, entonces supongo que no me importa.

Él se echó a reír, como si le costara creer que ella se mostrara dispuesta a cooperar tan fácilmente. Emma siguió desabrochándose la camisa muy despacio, hasta dejar que su fino sostén de encaje negro fuera visible sobre su pálida piel.

Entonces se detuvo, fuera de su alcance, y se apoyó con ambas manos en la mesa para que pudiera verle el escote.

—Usted primero —le dijo.

—¿Como si fuera una especie de strip-póquer? —preguntó él, con los ojos que casi se le salían de las órbitas. La saliva se le acumulaba en la comisura de los labios—. Yo te enseño lo mío; y tú, lo tuyo.

—Más o menos. —Emma le vio desabrocharse el cinturón—. De todas maneras, ya que vamos a… intimar, creo que deberías decirme cómo te llamas.

—Vincent. Vincent Detroy —contestó él, sin apartar la vista del sostén.

Ella sonrió siguiéndole el juego, dándose cuenta de lo ansioso que estaba, demasiado ansioso. Listo para dejarse arrastrar por sus impúdicos deseos.

—Bueno, Vinny, cuéntame algo. Debes de ser un pez gordo si diriges todas esas sociedades, ¿o es que eres el propietario?

Detroy sonrió, pasándose la lengua por los labios.

—No son mías.

—¿Ah, no? —preguntó Emma, mirándolo a los ojos y jugueteando con los dedos encima de la mesa.

—No. La mayoría son empresas subsidiarias de Matrioska Enterprises — repuso, desabrochándose la bragueta a toda prisa, impaciente por llevarse su premio antes de que Emma se echara atrás—. Pero hoy no es su día de suerte porque el director de todas ellas va a venir mañana para liquidarlas. —Dio un golpecito a su ordenador—. Tengo listos todos los documentos necesarios.

—¿Matrioska Enterprises? ¿Tienen algo que ver con Platinum Reach?

—Puede que sí y puede que no.

Emma sonrió.

—Vamos, Vinny, puedes decírmelo. ¿Por qué no me cuentas cómo se llama el director?

—Ni hablar. Al menos hasta que venga aquí.

—Si no quieres decírmelo, acabaré averiguándolo por mi cuenta.

Vincent Detroy se echó a reír.

—Lo dudo mucho. Una vez que haya firmado, no quedará ni rastro de esas sociedades, solo los ladrillos de la casa. Así pues, el mejor consejo que puedo darle, señora mía, es que se olvide de todo esto y siga con su vida, empezando aquí y ahora mismo.

Emma se sintió satisfecha de su decisión. Había sido la adecuada. No se había fiado de Detroy y no pensaba permitir que le pusiera sus sucias manos encima.

Se incorporó y dio un paso atrás, al tiempo que se abrochaba la blusa.

—¡Eh! ¿Qué haces? —protestó Detroy, levantándose con el miembro en la mano—. ¿Adónde crees que vas?

Tenía el pantalón en los tobillos y no podía correr tras Emma.

—¡Guárdate esa… cosa asquerosa! —exclamó ella, fulminándolo con la mirada.

—Pero… ¡teníamos un trato! —farfulló.

—Créame, señor Detroy, no tiene usted nada, absolutamente nada que pueda interesarme. Buenos días.

Emma salió del despacho dando un portazo con todas sus fuerzas. Le repugnaba haber tenido que rebajarse a utilizar tácticas propias de una prostituta para conseguir lo que quería, pero habían funcionado. Bajó corriendo la escalera y salió a la calle.

 

Una lluvia caliente martilleaba la plataforma de carga del ferry mientras los truenos resonaban en la bahía. Rufus, el encargado de los campos de David, se agachó junto a la mesa del Jolly Roger Bar de Sopher’s Hole a la que estaban sentados Emma, David y Eli. Los fuertes y negros bíceps de Rufus se marcaban bajo la camiseta mientras acariciaba a Louis, el labrador de David, que gimió cuando otro relámpago surcó el cielo.

—Tranquilo, chico, tranquilo —dijo David a su querido animal.

Emma se dijo que David parecía más estresado de lo normal. Una expresión ceñuda había sustituido su habitual sonrisa traviesa. Era bien cierto que tan pronto como se había enterado de la muerte de Julian había dejado todo lo que tenía entre manos para ayudarla. Emma sabía que la pérdida de su amigo le había afectado profundamente y que, en esos momentos, estaba tan decidido como ella a demostrar su teoría de que Julian había sido víctima de un engaño.

Eli era el jefe de policía de la isla y estaba allí, como un favor especial hacia David, para ver si había alguna manera de obligar a Vincent Detroy a contarles lo que sabía. Iba vestido con unas bermudas color caqui, chanclas y una camisa hawaiana, y estaba empapado de arriba abajo. La tormenta lo había pillado por el camino.

Emma no les había contado el truco que había utilizado para soltar la lengua de Detroy. Seguía horrorizada por su encuentro con él y solo de pensar en lo que él le había propuesto se le ponía carne de gallina. Si lo contemplaba retrospectivamente, no podía dejar de sorprenderse de que a alguien tan desagradable se le ocurriera pensar que iba a estar dispuesta a entregarse así, sin más. ¡Increíble! Pero algo había quedado claro: que Vincent Detroy carecía de escrúpulos.

—¿Qué sabe la policía de él? —preguntó David.

—¿Detroy? Pues que se llama a sí mismo «abogado» —respondió Eli, cruzando las piernas— y que es una especie de hombre-orquesta que hace de todo. Su especialidad son las cuentas y las sociedades extranjeras.

—Es para evitar impuestos —lo interrumpió David para explicárselo a Emma—. Si una empresa estadounidense o británica decide registrar su sede aquí, se ahorra un montón de dinero. Lo único que necesitan es una placa y un abogado que se encargue del papeleo suficiente para demostrar que la compañía está registrada aquí.

—Pero ¿eso no es ilegal? —preguntó Emma—. ¿No es ilegal que todo ese dinero pase por aquí sin ninguna regulación?

Eli sonrió.

—Regulaciones, las hay, solo que muchas menos. Aun así, esas empresas se someten a la legislación de las islas Vírgenes. A eso se dedica Detroy. Rellena los espacios en blanco, se ocupa de la contabilidad y hace que todo parezca normal. Aquí, como en todas partes, tenemos nuestras leyes para el blanqueo de dinero. Pero Detroy es bueno en su trabajo. No infringe la ley, pero la orilla todo lo que puede.

Emma decidió ir al grano.

—¿Y no hay forma de que podamos conseguir una orden judicial para registrar sus oficinas y examinar la documentación?

—No, a menos que tengamos pruebas fiables de que ha infringido la ley aquí, en las islas. Si no es así, no hay juez que firme una orden.

—¡Pero el dinero que estaba en Platinum Reach ha sido robado!

—Eso es lo que usted dice, y yo la creo; pero mi respuesta sigue siendo la misma. A menos que aporte pruebas no puedo hacer nada. Lo siento. —Se volvió hacia David—. De verdad que lo siento.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Emma cuando Eli se hubo marchado —. Estoy segura de que existe una relación entre Platinum Reach y Matrioska Enterprises. Piénsalo, suena ruso, y si el director va a venir mañana…

—… entonces creo que deberíamos vigilar el edificio —dijo David tomándole la palabra— y ver quién entra y quién sale.

—Yo me quedaré en el café que hay enfrente —se ofreció Emma.

—No puedes pasarte el día ahí —objetó David—. No con este tiempo.

—Me quedaré día y noche, tanto como haga falta. No me importa —repuso Emma.

—Yo lo haré —intervino Rufus poniendo en pie su metro noventa de estatura. Su voz era grave y tranquila—. Nadie se fijará en mí si me paso el día dando vueltas por aquí.

—Me parece una buena idea —declaró David—. Además, Emma, estás agotada. Deja que Rufus se ocupe de la vigilancia. Nos llamará tan pronto como vea algo sospechoso.

—¿Estás seguro?

—Desde luego. Quiero que vuelvas a casa y descanses un poco. Lo necesitas.

Emma le sonrió. Por supuesto, David tenía razón. Aun así, prefería vigilar personalmente. Se preguntó si alguien se presentaría en las oficinas, si habría alguien dispuesto a ofrecerle la información que buscaba. A pesar de todos los millones que había perdido, le costaba creer que no contaba con ningún apoyo legal para entrar en el ordenador de Detroy. Pensó en el pobre Pim, en los demás inversores, que se habían quedado sin nada, y en que Detroy se iba a largar de rositas.

Bien, quizá había llegado el momento de dejar de atenerse a las normas, se dijo Emma mientras contemplaba un distante relámpago. Quizá había llegado el momento de combatir el fuego con el fuego.

 

Mucho más tarde, esa misma noche, Emma se hallaba sentada con David en uno de los cómodos sofás del salón de fumadores de la casa de este. Un ventilador giraba en el techo, refrescando el húmedo ambiente. Louis estaba acurrucado a los pies de su amo, roncando suavemente.

En la mesilla auxiliar había una botella de Balvenie, el whisky de malta favorito de Julian, dos vasos cortos y un montón de viejos álbumes de fotos. Ella Fitzgerald sonaba a través del equipo de música. Emma había rogado a David que no pusiera aquellas canciones que tanto le recordaban a su marido, pero él había insistido en que un poco de nostalgia no les haría ningún mal, que les ayudaría a compensar la decepción de su reunión con Eli y a ser ellos mismos de nuevo.

David sirvió un dedo más de whisky a Emma.

—Voy a coger una trompa —dijo ella.

—Y yo también —contestó David—. Julian lo aprobaría.

Emma rió fatigadamente.

—No puedo creer que hayas conservado todas estas fotos —comentó, acariciando una en la que aparecían ella, Julian, David y un montón de gente más, en una regata, veinte años atrás. Cosmo no era más que un sonriente niño con un trofeo en la mano, al que David sostenía en el hombro—. Y lo que más me cuesta creer es que hayas hecho todos estos álbumes con ellas.

—¿Por qué te resulta tan increíble?

—Porque no pensaba que tuvieras tiempo. Creía que estabas demasiado ocupado con tus fiestas.

—Puede que desapruebes mi estilo de vida, Emma, pero hay cosas que son valiosas y merecen ser preservadas. Las fotos de mis amigos favoritos es una de ellas. Los buenos recuerdos son importantes.

—¿Me estás diciendo que bajo tu aire frívolo y mundano eres un sentimental?

David hizo una mueca.

—Me has descubierto.

Emma le sonrió; sentía una oleada de afecto hacia él. Era plenamente consciente de que se había tomado muy mal la muerte de Julian y de que se preocupaba mucho por ella.

—Yo ni siquiera sé dónde están mis álbumes en estos momentos —comentó bajando la mirada—. ¡Qué desastre! Cuando pienso en todas las fotos de Cosmo de niño…

Dejó que las palabras quedaran suspendidas en el aire, mientras notaba que las lágrimas acudían de nuevo. David se levantó para sentarse a su lado. La rodeó con un brazo y la besó en el cabello mientras ella lloraba.

—Lo lamento —se disculpó Emma.

—No tienes por qué.

—¡Es que resulta tan doloroso…!

—No será así siempre.

Ella alzó la cabeza bruscamente y lo fulminó con la mirada.

—¿Es que no lo entiendes? No quiero que este dolor pase. Cuando ocurra querrá decir que me he acostumbrado a que Julian ya no esté, y no quiero. No quiero que su ausencia se convierta en normalidad, no quiero pensar que voy a pasar el resto de mis noches durmiendo sin él. No quiero. No puedo soportarlo.

Enterró la cabeza en el hombro de David y lloró desconsoladamente.

David le acarició el cabello mientras la consolaba, y Emma se dio cuenta de cuán agradable resultaba sentirse protegida y confortada. Pero al mismo tiempo sabía que David no era Julian; que solo eran amigos y que ella era demasiado mayor para apoyarse en él de aquella manera. Él no tenía ninguna varita mágica para hacer que Julian regresara ni para retroceder en el tiempo. Se apartó de David y suspiró, mientras se obligaba a sonreír.

—Lo siento —se disculpó—. Lo estoy estropeando. Se suponía que debíamos pasarlo bien recordando los viejos tiempos.

—Sí, ese era el plan —repuso David, sirviendo más whisky.

—Está bien —dijo Emma, recobrando la compostura—. Dime qué recuerdas de Julian.

No sabía si eso ayudaría, si hablar de lo maravilloso que había sido su esposo haría que dejara de pensar en su muerte. Pero por lo menos valía la pena intentarlo.

—Recuerdo muchas cosas, pero sobre todo que era mejor que yo en casi todo —dijo David, riendo con amargura—. Me parece que no lo ganaba ni al tenis.

—Tú siempre fuiste mejor que él a la hora de conquistar a las mujeres — respondió Emma con una sonrisa burlona y sintiéndose a gusto rodeada por el brazo de David. Se apoyó en él y se relajó.

—Sin embargo, el que acababa llevándoselas y conservándolas era Julian. Al menos consiguió conservar a la mejor de todas.

David guardó silencio un momento y Emma tomó un sorbo de licor, sorprendida de que él hubiera planteado una cuestión de la que nunca habían hablado.

—¿Sabes, Ems? —prosiguió él—, siempre puedes quedarte aquí. Me refiero a que, si quieres, mi puerta siempre estará abierta. Este también podría ser tu hogar.

Emma se dio cuenta de que lo decía sinceramente.

—Es muy amable por tu parte, David, pero no quisiera ser un estorbo en tu vida.

—Eres la última persona del mundo que podría serlo.

La voz de David sonaba tan llena de ternura que Emma levantó la mirada y se percató de que estaba muy serio.

—No tienes que decir nada, no tienes que comprometerte a nada —prosiguió él—. Solo quiero que sepas que la oferta está encima de la mesa.

Pasó un ángel mientras sus miradas se cruzaban. Entonces, el teléfono de David sonó de repente, rompiendo el encantamiento, y él se levantó apresuradamente para contestar.

Emma se dio cuenta de que se sentía muy aturdida por culpa del whisky, mientras observaba a David conversando por teléfono. No estaba segura de qué había significado exactamente el momento que acababa de pasar. ¿David le había ofrecido su amistad o se trataba de algo más? ¿De verdad había seguido alimentando la llama por ella durante todos aquellos años? ¿La encontraba atractiva todavía, después de todo?

David se volvió para mirarla.

—Era Rufus —le dijo.

Emma tuvo la sensación de que la sumergían en agua helada.

—¿Qué ocurre? ¿Alguien ha entrado o salido de esa oficina?

—No. Ha llamado para decirnos que cree que hay alguien más vigilando el edificio.