Platino

Jo Rees · Capítulo 3 de 43

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Platino

Capítulo 2

 

I GUAL que una celebridad inaccesible, el superyate Pushkin dominaba a sus rivales con su exuberante clase. Aquella noche, amarrado al muelle de la muralla de Saint-Tropez, sobresalía por su enorme tamaño, pero también por la elegancia de sus líneas. Sin duda componía una formidable manifestación de poder y riqueza.

Corrían abundantes rumores acerca de los lujos que había a bordo, de las deslumbrantes fiestas que allí se celebraban y a las que acudía la élite de los más ricos del mundo. Sin embargo, sus diez camarotes para invitados, los lujosos salones y los bares, las cubiertas rebosantes de motocicletas de agua, equipos de submarinismo y windsurf todavía no habían sido objeto de reportaje para ninguna revista de alta sociedad; ni tampoco la plataforma de aterrizaje para helicópteros, con su correspondiente aparato, pintado del mismo y distinguido azul marino que el resto del barco.

Sin embargo, nadie entre los que ocupaban la terraza del exclusivo club situado encima del Café de París y se tomaban una copa al atardecer mientras admiraban el espectáculo que ofrecía el Pushkin y soñaban con ser invitados a bordo tenía la menor idea de que, al otro lado del reluciente casco azul, en las mismísimas entrañas del buque, a sus veinticinco años, Frankie Willis estaba doblando sábanas en la lavandería y soñando con la libertad de la que ellos disfrutaban.

Un soplo del aire fresco que respiraban habría sido solo el comienzo. Quizá la muralla del puerto estuviera apenas a unos pocos metros de la tabla de planchar ante la que se hallaba Frankie, pero para ella era igual que si estuviera en la otra cara de la luna.

Frankie cambió la lista de reproducción de su iPod buscando un poco de hip-hop francés que le levantara el ánimo, pero no le sirvió de nada: seguía sintiéndose igual que una maldita cenicienta.

Pero ¿acaso estaría mejor si no hubiera aceptado el trabajo a bordo de aquel palacio flotante? Se lo preguntó mientras cogía la plancha humeante. No, mejor no hacerse esas preguntas.

No quería pensar en su vida anterior, en su hogar en Sudáfrica. El Pushkin representaba el comienzo de una nueva etapa. Su vía de escape. Su billete hacia un futuro mejor y más seguro. Su forma de ver mundo. Su oportunidad para olvidarse de todo lo que había sido y descubrir en qué podía llegar a convertirse.

El único problema era que, solo dos meses después de haber empezado aquella nueva etapa, ya estaba completamente desilusionada. Tenía la sensación de que lo más cerca que llegaría a estar de algo interesante o mínimamente glamuroso sería viendo pasar bonitos puertos a través de un ojo de buey mientras fregaba por enésima vez los inodoros del barco.

Estaría mejor viendo todo aquello por televisión.

El Pushkin llevaba todo un mes con invitados a bordo. Los últimos habían sido un grupo de aburridos y gordos hombres de negocios rusos. La primera semana no había estado mal, ya que los acompañaban sus esposas. Pero entonces estas se marcharon y llegaron las amiguitas, una ruidosa panda de golfas cargadas de bisutería, que dejaban sus repugnantes juguetes sexuales tirados entre las sábanas y las medias colgadas de la ducha.

Y mientras que ellas no dejaban de exigir que las llevaran de puerto en puerto para hacer sus compras y volver cargadas con bolsas de ropa de marca, Frankie llevaba semanas sin bajar a tierra y empezaba a comprender el verdadero significado de la palabra claustrofobia. Todo la incomodaba, las estrictas normas de a bordo, la jerarquía, los excesos, el gasto y, lo peor de todo, el trabajo. ¡Por Dios, nunca había trabajado tanto en su vida!

Sobre todo era la pesadez de la rutina. Se levantaba a las cinco de la mañana, se ponía el polo y la falda azul marino del uniforme y se iba a atender su turno en la cocina con Bernard, el pinche, preparaban el desayuno de los huéspedes y después servía el de la tripulación en su comedor. Y todo ello antes de que empezara el maratón cotidiano de la limpieza.

Roz, la sobrecargo del navio, una avinagrada escocesa con cara de pocos amigos, había convertido el hecho de espiar a los invitados en su trabajo principal para poder predecir sus movimientos. Cada vez que cualquiera de ellos salía de su camarote, Frankie, Simone y Trudy —la brigada de emergencia de limpieza— entraban sin perder un segundo y se dedicaban a hacer la cama y limpiar frenéticamente el camarote, a dejar impecable el cuarto de baño, incluida la bañera con jacuzzi incorporado empotrada en el suelo; a sustituir las lociones y jabones, e incluso a doblar el extremo del papel higiénico de manera que, cuando volviera el invitado, pareciera que un hada madrina hubiera dado un toque con su varita mágica, dejándolo todo perfecto.

Perfección. Esa era la norma. Perfecto. Perfecto. Todo tenía que estar perfecto; lo cual lo convertía todo en un perfecto incordio.

Quizá la situación mejorara, pensaba Frankie, intentando mostrarse optimista. Puede que a ella le tocaran los trabajos más duros para ponerla a prueba. Era consciente de que a las demás no les había sentado bien que le dieran el codiciado cargo de ayudante de sobrecargo cuando, a diferencia de ellas, no tenía ninguna experiencia trabajando en yates. Sabía que el título de instructora de gimnasia que aparecía en su currículo era el que había hecho que Richard, el capitán, se decantara por ella tras la entrevista. Eso y el hecho de que había sido incapaz de dejar de mirarle las piernas.

Sin embargo, Roz había dejado bien claro desde el principio que no iba a permitirle que se librara de limpiar los inodoros solo porque sabía levantar pesas. Pero Frankie se estaba hartando de los venenosos comentarios de las otras sobre su aspecto y su figura.

Mientras alisaba la enésima sábana y repasaba las iniciales bordadas a mano en el algodón egipcio, Frankie comprendió que algo iba a tener que cambiar pronto, porque en esos momentos se sentía atrapada.

De repente dio un respingo y despertó de sus ensoñaciones al ver a Jeff junto a la puerta de la lavandería gritándole algo. Era el segundo maquinista y, como la mayoría de la tripulación masculina, tenía el cabello rubio y acento pijo.

También en una ocasión, como casi todos los hombres de la tripulación, había intentado besarla confundiéndose con la buena forma física y la resistencia al alcohol de Frankie.

Sin duda, Jeff era el tipo más atractivo de la tripulación, pero Frankie sabía que para ella resultaba demasiado sórdido, e incluso incestuoso, pensar siquiera en liarse con otro tripulante. No se consideraba una chica fácil, como las otras de a bordo, y no quería que nadie pensara que lo era.

No. Si Frankie se liara con alguien, sería una relación más madura y especial, con un hombre de verdad en el mundo de verdad. Por desgracia, parecía hallarse en el lugar menos adecuado para eso.

Se quitó rápidamente los auriculares del iPod, y sus oídos se vieron nuevamente asaltados por el rugido de las secadoras y el silbido de la plancha.

Jeff había estado en la sala de máquinas y se limpiaba la grasa de las manos con un trapo.

—¿Qué has dicho? —preguntó Frankie.

—Que Roz quiere verte —repitió Jeff.

Menuda sorpresa.

—¿Qué he hecho ahora? —preguntó Frankie.

Jeff le sonrió.

—No has sido tú. Ha sido Simone, que ha derramado una botella de lejía en el cuarto de baño del armador y ha estropeado las baldosas marroquíes del suelo. —Torció el gesto—. Un bonito desastre. Roz está en la cocina, hecha una furia.

Frankie siguió a Jeff fuera de la lavandería, metiendo la mano en su bolsillo en busca de la tarjeta que hacía las funciones de llave. Todos los miembros de la tripulación tenían una que solo les permitía acceder a las zonas permitidas del barco, a los lugares donde trabajaban y nada más.

La cocina principal tenía el mismo aspecto que la de un restaurante —con grandes mesas de trabajo de acero inoxidable y fogones industriales— y contaba con toda una hilera de neveras y cámaras frigoríficas rebosantes de los más exquisitos manjares.

Roz estaba allí en medio, con los brazos en jarras y el rostro colorado como un tomate. La pequeña y flacucha Simone se hallaba ante ella, llorando y suplicando que la perdonara. La tensión que se respiraba era tal que, por un momento, Frankie se preguntó de verdad si Roz no iría a empuñar uno de los cuchillos de trinchar que colgaban de un imán e hincárselo a la desdichada Simone. Incluso el enorme salmón que Chantelle, la chef del barco, había preparado para cenar parecía contemplar la situación con ojos desorbitados.

—¡Nunca tendría que haberte dado mi tarjeta! —chilló Roz. Frankie comprendió entonces por qué Roz estaba tan furiosa. Ella era la única autorizada para entrar en el camarote del armador, y estaba claro que había delegado sus tareas en Simone. Si el capitán se enteraba, Roz se encontraría en una situación tan apurada como la de su subalterna. Incluso podía costarle el puesto, y Roz era de las que lo perdían todo si perdían su trabajo. Todas las mujeres de la tripulación habían dejado el puesto diez años antes para poder tener hijos y llevar una vida normal en tierra, pero la arisca Roz no había tenido nunca pareja ni vida privada.

—¡Joder! —exclamó—. ¿Sabes cuánto valen esas malditas baldosas?

Simone gimoteó y negó con la cabeza. Miró a Frankie con expresión abatida. El rímel de los ojos se le había corrido con las lágrimas y grandes chorretones negros le manchaban las mejillas. No eran especialmente amigas, pero Frankie sintió que debía salir en su defensa. Simone solo tenía dieciocho años, siete menos que ella. No era más que una niña.

—¿Tan grave es? —preguntó.

—¡Sí, lo es! —gritó Roz, volviéndose hacia Frankie.

—Pero ha sido un accidente, ¿verdad, Simone?

Simone asintió, con un destello de esperanza en la mirada.

—Escucha, Roz, todos cometemos errores… —dijo Frankie.

—Este es un yate de lujo, Frankie —dijo conteniendo su furia—. Puede que todavía no lo hayas entendido, pero aquí no se admiten errores. ¡Santo Dios! ¿Por qué ha tenido que ocurrir esto precisamente ahora? ¿Por qué está noche?

Frankie no entendía nada.

—¿A qué te refieres? ¿Qué ocurre?

—¡Coño, Frankie! ¿Se puede saber en qué planeta vives? —gritó Roz.

«Pues en uno donde nadie me cuenta nada», le habría gustado contestar.

—¡El jefe llega esta noche! —explicó Roz.

Todo cobraba sentido, pensó Frankie. El misterioso jefe estaba a punto de llegar… por fin.

—¿Quieres que me ocupe yo de limpiar esas baldosas? —preguntó, dando por hecho que por eso la habían llamado.

—¡No! —espetó Roz—. ¡Yo me encargaré de eso! Lo último que necesito es que cualquiera de vosotras lo estropee todo aún más. —Clavó su mirada en Frankie—. Lo que quiero es que subas a ayudar a Hamish a la cubierta superior de invitados, que es donde debería estar yo si no fuera por culpa de esta idiota —aclaró, fulminando con la mirada a la pobre Simone.

¿La cubierta superior? Frankie estaba perpleja. Nunca había estado allí. A pesar de vivir en el mismo barco que los invitados, limpiar su mierda en los inodoros, recoger sus preservativos y vaciar sus platos en la basura, casi nunca había visto a ninguno de ellos. Lo poco que sabía lo había averiguado por los rumores que corrían en la sala de la tripulación.

Roz le entregó la tarjeta que le daría acceso.

—No lo jodas. ¡Ah, y ponte una gorra! Tienes un pelo espantoso —añadió.

Frankie se mordió la lengua. No debía contestar. Dejaría aquel trabajo en su momento, cuando le conviniera. Estaba decidida a no conceder a Roz la satisfacción de despedirla.

¡Menudo bicho era! Si le hubiera dejado medio minuto libre al día quizá habría podido hacer algo para mejorar su aspecto, se dijo Frankie mientras corría hacia su taquilla. Allí se miró en el pequeño espejo circular de la pared y se rehizo la cola de caballo con la que sujetaba su larga melena rubia. A continuación cogió una de las gorras azul marino que formaban parte del uniforme del Pushkin y se la puso.

Volvió a mirarse y decidió que no tenía tan mal aspecto. Tenía un rostro en forma de corazón y una piel fresca e impoluta; pero sabía que su mejor rasgo eran sus ojos, grandes y azules. Sonrió para examinarse los dientes.

El jefe. El jefe iba a subir a bordo aquella noche. Igual veía por fin al gran hombre, al legendario Alexéi Rodokov.

Estaba impaciente por comprobar si eran verdad tantas historias…